viernes, 7 de abril de 2023

LA PIRÁMIDE DE MASLOW Y LA CREATIVIDAD

 


Primero la teoría: Abraham Maslow (1908 ç 1970), psicólogo humanista, buscaba mejorar el desarrollo personal y entender qué hace la gente “feliz”. Entrecomillo lo de feliz porque la definición de lo que significa la felicidad para cada persona ya de por sí me parece algo indefinible. El caso es que su teoría, que se publicó en 1943, nació en forma de pirámide, una pirámide que lo que hace es jerarquizar las necesidades humanas, tal como se muestra en la imagen. Para Maslow, a medida que el ser humano va satisfaciendo las necesidades de la parte baja de la pirámide, que son las básicas, se van desarrollando nuevas necesidades y deseos. Se considera una teoría motivacional porque la persona se tiene que motivar para subir un nivel en la pirámide.

Creo que la imagen es lo suficientemente gráfica como para entenderla fácilmente. Lo primero, la base, es lo primordial, es decir, respirar, comer, tener relaciones sexuales… y la homeostasis, que no es otra cosa que mantener todo esto de una forma constante y equilibrada. Después pasamos a un nivel en el que sentimos seguridad en lo que tenemos, en nuestro trabajo, en nuestra propiedad privada… Una vez conseguido eso, podemos pensar ya en conseguir la amistad, el afecto… Aquí ya empezó a chirriarme el concepto, porque siempre he pensado que este nivel, el tercero, tenía que ser en realidad el segundo. Pero bueno, seguimos subiendo.

Pasamos al cuarto nivel: autorreconocimiento, confianza, respeto, éxito. Lo del éxito no termino de entenderlo, porque creo que ocurre lo mismo que con la felicidad. Son conceptos muy diferentes para cada persona.

En el quinto nivel, la cumbre, aparecen la moralidad, la creatividad, la falta de prejuicios, la resolución de problemas, la aceptación de hechos… las metas del pensamiento humanista, vaya.

Me hablaron de la pirámide de Maslow en una de esas charlas motivacionales que de vez en cuando se encargan de darte en tu empresa. Recuerdo que en aquella charla, en aquel momento, hacía poco tiempo que había pasado por uno de los peores trances de mi vida, la perdida de mi mujer, y si bien escuchar a Emilio Duró (os lo recomiendo) me ayudó mucho en otros sentidos, el tema este de la pirámide me dejó pensando, y mucho, porque no terminaba de verlo, hasta que ayer, viendo el documental “Albert Camus en Menorca”, de Filmin, y habiendo leído hace unos días el libro “Del color de la leche”, de Nell Leyshon, conseguí dar con las razones por las que no me parece válida la tan famosa pirámide.

En primer lugar, creo que es bastante sencillo saltar del primer al segundo nivel, pero muy complicado, para muchísima gente, pasar del segundo. ¿Y por qué ocurre esto? Porque cada vez las personas tienen más inseguridad. Inseguridad de todo tipo. Laboral, económica, afectiva… Y además, curiosamente, a medida que más se tiene, se puede tener también más inseguridad. Esto provoca que se quiera poseer más, en una carrera hacia ninguna parte (la carrera de la rata, de Kiyosaki), que nos empuja a hipotecarnos, a adquirir bienes que nos proporcionen una sensación de felicidad cuando lo que provocan en realidad es una dependencia al consumismo, a comulgar con unas condiciones laborales cada vez más perversas para seguir manteniendo ese hipotéticamente maravilloso nivel de vida que no es otra cosa que nuestra claudicación y nuestro abrazo encantado al materialismo perfecto.

Esa seguridad no llega a alcanzarse porque las “necesidades básicas” cada vez son más numerosas. Muchos se pasan la vida deseando no ya un coche, sino el último modelo de la marca más cara, y para ellos supondrá una frustración si no lo consiguen. Esa hipotética seguridad, que debería valorarse con muchas menos cosas de las que se poseen, no llega nunca, con lo que el paso al tercer nivel no interesa, porque además supone un esfuerzo, y el único esfuerzo que se permite mucha gente es el de acumular lo máximo posible. ¿Cuántas veces hemos escuchado “es que yo no pude estudiar porque me tuve que poner a trabajar muy joven”? Y no me refiero a una época en la que por necesidad puede que fuera verdad que todos los miembros de una familia tuvieran que trabajar para poder sacar a la familia adelante, no. Me refiero a nuestro entorno cercano, a personas que podían haber estudiado y no lo hicieron porque preferían tener un sueldo para salir de noche o comprarse una moto, y sobre todo, no lo hicieron porque suponía un esfuerzo.

El tercer nivel ya he comentado que para mi gusto tendría que ser en realidad el segundo, y el cuarto probablemente sea el que más sentido tiene, porque significa quererse a uno mismo, tan sencillo y tan difícil como eso.

Y llegamos al último nivel. Según Maslow, para que se desarrolle la creatividad, la espontaneidad, la falta de prejuicios o la resolución de problemas, tienes que haber pasado por todos los niveles anteriores. Y es aquí cuando Albert Camus viene a decirnos que no, que ni de coña, que la creatividad puede darse perfectamente en el nivel más bajo.

Camus era pobre. Pero pobre de pasar hambre en su Argelia natal, de tener que trabajar en casa y en otros lugares desde niño. Gracias a la escuela pública y su método de enseñanza consiguió aprender a leer y a escribir. Cuando le concedieron el Premio Nóbel, le agradeció a Louis Germain, su tutor en la infancia, todo lo que le había aportado.

Cuando supe la noticia del premio Nobel, mi primer pensamiento, después de mi madre, fue para usted. Sin usted, sin esa mano afectuosa que tendió al chico pobre que era yo, sin sus enseñanzas y su ejemplo, nada de esto hubiera ocurrido

Camus pone en duda también el concepto de felicidad cuando, además de la terrible vida que llevó con enfermedades continuas, desastres sentimentales y varios intentos de suicidio, nos transmite su inmenso amor a la vida diciéndonos

No hay amor por la vida sin desesperación por la vida

Y ahí, en esa frase, está la clave de todo en mi opinión, y no en la pirámide de Maslow, porque sin seguridad, sin las necesidades básicas cubiertas, sin autorreconocimiento y sin nada de eso, Camus, como otros tantos escritores y artistas a lo largo de la Humanidad, fueron capaces de crear, de donarle al mundo un universo de creatividad y de amor por la vida que no se hubiera dado sin esa desesperación por la vida.

Es el mismo caso de Mary, la protagonista de “Del color de la leche”, que en cuanto aprende a escribir escribe desde la desesperación la historia que quiere que sepamos, su historia. En un mundo de analfabetismo y oscuridad, de personas que viven para trabajar sin otro horizonte, ella surge con una luminosidad brutal, y grita su desesperación con la única intención de que la conozcamos, y esa es la definición perfecta de la creatividad.

No estoy nada seguro, más bien todo lo contrario, de que la creatividad surja de un estado de felicidad. Es más, creo que para que se produzca, tiene que darse esa desesperación por la vida, que unida a un potente amor a la vida les empuja a crear a los que crean. Y creo que dejarse atrapar por esa creatividad de otros nos ayuda a amar la vida como la aman ellos.

 

domingo, 12 de marzo de 2023

COMO NIÑOS

El video lo colgó una persona en el grupo del club de lectura. Se trata de la charla que da un maestro, José Antonio Fernández Bravo, a un grupo de oyentes. Es de esos videos de la serie “Aprendiendo en línea” que está difundiendo BBVA en las redes, seguro que lo podéis encontrar en internet y verlo. No obstante, os dejo por aquí el enlace.

https://www.facebook.com/100063716043247/videos/aprendiendoenl%C3%ADnea-un-maestro-nunca-deja-de-aprender-fuente-bbva/509377791104563/

En su charla, José Antonio nos viene a decir, resumiendo, que a su edad, con su mochila de maestro, todavía sigue aprendiendo de los niños. A medida que le escuchaba había, sin embargo, algo que no me cuadraba, que me chirriaba. Y no era que de vez cuando denominara a los niños con el apelativo “tesoro”, que también, sino algo más profundo. Descubrí qué era cuando dijo una frase que, siendo cierta, me dio la clave:

Muchas veces decimos que no razonan, porque desconocemos la causa por la cual se expresan

Me di cuenta en ese momento. José Antonio habla en el video de los niños a los que da clase, unas veces bien, otras veces riéndose de sus ocurrencias y provocando la risa de sus oyentes. Una veces con respeto, otras con admiración, otras con condescendencia… Pero siempre, y eso es lo que me resultó claro desde casi el principio, desde fuera del concepto de niño. José Antonio aparece, o a mí me lo pareció, como esa persona adulta, que ha sido o se ha hecho adulta en un determinado momento de su vida, dejando en ese momento de ser niño, y que ahora, por alguna extraña circunstancia del destino, o de su vida, ha descubierto que los niños no son tan tontos como parecen, o como a él le parecían cuando dejó de ser un niño. Digamos que José Antonio está volviendo, desde fuera, a recuperar ese alma de niño que en algún momento de su vida se había disipado sin saber muy bien cómo.

Los hay, claro que sí. De hecho, la mayoría de las personas son como José Antonio. Mucha gente confunde la madurez con el hecho de ser adulto, cuando una cosa no tiene nada que ver con la otra. Se puede tener madurez manteniendo siempre ese espíritu. Lo dice muy sabiamente Luis Landero en su libro “El huerto de Emerson”, en su capítulo titulado “El niño y el sabio”:

Un artista, un escritor, un científico, un filósofo, pero también cualquiera que aspire a alcanzar lo mejor de sí mismo, o un buen gustador de la vida, es el que prolonga de algún modo su infancia, y de algún modo su inocencia. Después, con los años, con la observación, con el estudio, cada cual a su modo llegará a ser un poco sabio. Pues bien, el sabio y el niño llegarán a formar un magnífico dúo. ¿Y qué puede aportar el niño al negocio común? Algo esencial para cualquiera que aspire a vivir la vida de primera mano: la intuición y el asombro. La incansable capacidad de asombro. Del asombro nace el conocimiento, como nos indica Platón”.

Siempre me han sorprendido, desde niño, esas personas que presumían de saberlo todo, de estar de vuelta de todo, de ser más adultos, más “mayores” que el resto de sus compañeros. Conozco personas que desde niños querían ser como sus padres, incluso físicamente, y abandonar ese mundo infantil que les correspondía por edad. Ahora también me encuentro con gente a la que ya no le queda nada por aprender, que han perdido esa capacidad de asombro, esa curiosidad infinita que le lleva a uno a seguir disfrutando cuando viaja, cuando se enfrenta con lo desconocido, cuando vive, en una palabra. Me cuesta asimilar esa madurez impostada que en muchos casos lleva a hacer en la vida “lo que hay que hacer, porque es lo que se debe hacer”, que lleva a muchas personas a sumergirse de lleno en una situación de infelicidad, simplemente porque han perdido no sólo esa necesaria prolongación de su infancia, sino también ese punto de rebeldía que tiene el niño ante lo que no le cuadra. Conozco gente “con la vida resuelta”, cuando la vida no se resuelve, sino que le resuelve a uno con los palos que le pega de vez en cuando. Conozco personas que no son capaces de ver que la vida te puede cambiar en un suspiro, y que de no tener esa capacidad de asombro, esa curiosidad insaciable por lo nuevo que te pueda venir, lo vas a pasar fatal por muy maduro que te creas, por muy controlado que creas que lo tienes todo.

El video de José Antonio me ha dado mucho que pensar. Hace pocos días, una persona de ese mismo club de lectura, que creo con una gran vida interior, me preguntó si sabía de dónde me venía una supuesta capacidad de introspección que ella me supone, y que realmente no sé si tengo o al menos no era consciente de que la tenía. Soy consciente de la insaciable curiosidad que tengo y he tenido durante toda mi vida, probablemente heredada de mi padre, que a día de hoy, a mi edad, me sigue impulsando a conocer personas que me puedan aportar conocimientos, sensaciones, sentimientos, alegrías y tristezas. Soy consciente de la capacidad de asombro que me produce todavía a día de hoy tirarme a la piscina por alguien que me parezca interesante, y que el riesgo de que salga mal me importe mucho menos que la oportunidad que posiblemente me hubiera perdido de no haberlo hecho, porque hasta esas cosas que salen mal forman parte de la vida, y te asombran, y te enseñan a seguir tirándote a la piscina las veces que haga falta, porque el problema surgirá, y también soy consciente de ello, cuando se disipe la curiosidad por conocer personas, lugares, momentos memorables, y se me quiten esas ganas de tirarme a la piscina.

Soy consciente, en definitiva, de que mi alma de niño sigue intacta, a pesar de todo lo vivido, de todo lo sufrido, de todas las alegrías y tristezas que he tenido, o precisamente gracias a todo eso. Soy consciente, y eso me asombra, de que mi curiosidad no sólo no disminuye, sino que se hace más potente a medida que pasan los años. Me asombro de mí mismo y me asombran los demás, con sus alegrías, sus tristezas, y su vida, y creo, sinceramente, que ese asombro, y esa curiosidad, son los que mantienen mis ganas de vivir.

Creo que nunca he dejado de aprender, porque nunca he dejado de ser niño, y cuando soy capaz de descubrir, mediante una conversación, o por una sonrisa, o por un repentino brillo de ojos ante una determinada frase, al niño o la niña que se sienta a mi lado, o pasea junto a mí, soy feliz, y me asombro, porque me siento vivo, y me siento entre los míos.

 


 

 

sábado, 21 de enero de 2023

COSAS DE LIBROS. COSAS DEL ALMA


En cada uno de los días de mi vida, desde que tengo uso de razón, en algún momento de la noche me ha arropado un libro. Cada día, desde siempre, incluso en los momentos más tristes y duros, cuando dormía en el sofá de la habitación del hospital en el que estaba ingresada Pilar, con esa extraña sensación de no poder o no querer dormir por si ella necesitaba repentinamente algo. Pues incluso en esas noches, esas muchas noches en ese sofá, en algún momento me arropó un libro. 

Tengo muchas cosas que agradecerle a mi padre. Infinidad de ellas. Podría vivir una vida entera dedicada exclusivamente a agradecerle la forma en que me construyó, los valores que me inculcó, y la libertad de pensamiento y obra que supo transmitirme, no sé todavía, y creo que no lo sabré nunca, si consciente o inconscientemente. Una de esas cosas a agradecer es la encantadora manera con la que consiguió que me interesara por la literatura, por los libros, por los tebeos. Me contaba a su manera el libro que preside esta entrada. Como si fuera un cuento, recorría con su dedo la ruta que siguió Ulises en su viaje, y justo cuando se suponía que iba a llegar a Ítaca, y el Dios Eolo desvió su barco con una tempestad, mi padre decía “mira, parece que va a llegar, ya está llegando, ya va a volver a ver por fin a Penélope y a Telémaco, pero espera… ¡Noooooo…!! ¡¡Eolo está soplando, la tempestad lo aleja!! Y vuelta a empezar”, y señalaba con su dedo justo la curva que estoy señalando yo en la fotografía, dibujada en el interior del libro. En mi recuerdo, ese libro fue el primero, y con ese libro nos pasamos mi padre y yo las horas muertas, leyendo y analizando los dibujos, sufriendo cuando el cíclope Polifemo se come vivos a unos cuantos compañeros de Ulises, y disfrutando cuando Ulises consigue por fin llegar a Ítaca y saluda a su perro Argos y a su fiel criado Eumeo. 

Después vendrían más, muchos más libros. Y tebeos, infinidad de tebeos. De hecho, hubo más tebeos que libros, lo que de alguna manera inquietó a mi padre hasta el punto que un día se las arregló para entrar al patio del colegio en el que yo cursaba, con ocho años, tercero de primaria, y coger por banda a don Jesús, mi profesor, para decirle que su hijo le preocupaba porque leía muchos tebeos. Don Jesús, sin inmutarse, le contestó “que lea tebeos, o libros, es indiferente. Lo importante es que lea”, dejando a mi padre mucho más tranquilo ya para siempre. 

Para mí, ir de visita a casa de mis primos, consistía sobre todo en coger un libro o un tebeo de su librería (mis primos también han sido siempre muy buenos lectores), y aislarme en un sillón leyendo, y rezando para que la visita no terminara antes de que yo acabara mi lectura. Y lo más curioso es que no recuerdo que nadie nunca me recriminara esa especie de insociabilidad congénita. Mis tíos y primos ya parecían tener asumido que nada más llegar iba a sacar de debajo de la cama de mi prima el cajón de madera repleto de tebeos antiguos de Bruguera, tales como Tío Vivo, Pulgarcito o DDT, a dos colores, o los libros gordos de PELÍCULAS de Walt Disney con el lomo blanco con letras doradas en casa de mis otros primos, y me sentaba para devorarlos sin ninguna consideración. 

Recuerdo una charla que Emilio Duró nos regaló a todo el personal de mi empresa. Además de las muchas ideas motivadoras que nos transmitió, se me quedó grabado lo que dijo acerca de las personas más o menos positivas, con más o menos un buen nivel de autoestima, de equilibrio anímico. Dibujó una línea recta en la pizarra, que representaba la trayectoria mental de una persona positiva. De repente bajó la línea en picado. “Aquí aparece un momento fatal, una tragedia, un suceso incontrolado en la vida de nuestra persona positiva, y la moral se va por los suelos, aparece la ansiedad, la depresión, la tristeza. La persona toca fondo, pero por poco tiempo. Nuestra persona, más tarde o más temprano, irá recuperando poco a poco su manera de ser (en ese momento dibujaba con la tiza la línea hacia arriba), hasta alcanzar el mismo nivel de felicidad que tenía antes de la tragedia, del tremendo mazazo que le ha dado la vida. Y siempre, pase lo que pase, y se hunda lo que se hunda, acabará remontando y recuperando ese nivel”. 

Creo que en mi caso siempre se ha cumplido esa regla, y de hecho, se ha vuelto a cumplir. El año pasado, después del verano más feliz y completo de mi vida, que da para otra entrada o incluso para una buena novela, tuve un periodo de cierto bajón, en el que a veces me levantaba con la famosa frase “Buenos días, tristeza”, con una sensación, y me he dado cuenta ahora que por fin he conseguido volver a coger la perspectiva que siempre he tenido sobre mi propia vida, de una ligera pérdida de autoestima, de confianza en mí mismo. Como digo, ni siquiera he sido consciente de ello hasta ahora, y lo soy porque he alcanzado otra vez, como tantas otras veces a lo largo de mi vida, la línea horizontal de mi felicidad. 

Alguien me preguntó, precisamente en ese periodo de cierta pérdida de confianza en mí mismo, si era feliz, y la verdad es que no contesté, o contesté de mala manera. Ahora soy consciente que sí, que soy feliz, y que también era feliz en ese momento, si bien posiblemente debido a la incertidumbre del trabajo era feliz un ocho en una escala de cero a diez, y era feliz porque en algún momento de la noche, durante mi estado de duermevela o en la inconsciencia, un libro me arropaba.

Salvo en esos períodos, normalmente cortos, en los que, por lo que sea, por las circunstancias o los hechos que me rodean, no soy consciente de que soy feliz, el resto del tiempo, como ahora, creo que lo soy plenamente. Hasta en esos momentos ligeramente tristes, sé que más tarde o más temprano volveré a ser el que era, el que he sido siempre. 

¿Y cómo consigo recuperarme más o menos rápido, más o menos bien, más o menos airoso, de esos períodos de tristeza? Hace bastantes años, cuando sucedió lo de Pilar, llegó un momento en que creía que no podía más, en que me costaba un mundo levantarme y afrontar el día a día, y fui a una psicóloga. A la tercera visita me dijo “tienes recursos de sobra para afrontar y superar tu tristeza. No te hace falta un psicólogo”. Salí de allí entre aturdido y relajado. Aturdido porque no era consciente de tener recursos para remontar, y tranquilo porque, si lo decía un profesional, debía de ser verdad. 

Ahora soy más consciente de esos recursos. El año pasado sufrí un mazazo relacionado con el trabajo, y lo superé visitando una exposición de pintura en la Casa de vacas del Retiro. Esa fase de tristeza que he mencionado que tuve a finales del año pasado, relacionada en parte precisamente con el trabajo, la he remontado gracias a mis charlas con Chateaubriand, a compartir las miserias y grandezas de Rafael Chirbes, a comentar con Timandra sus encuentros con Alcibíades, y a la contemplación de la belleza en bastantes, muchas exposiciones. También me han acompañado en mi penar Delibes, Flotats, y los delirantes personajes de Harold Pinter que integran ese “Retorno al hogar” que te deja de todo menos indiferente. He caminado por mis sombras al lado de Kit, y del mismo modo que ella, cuando abandona el fuerte en el que ha muerto Port, su marido, y emprende su aventura con los hombres azules por las arenas del Sáhara. Además de la familia, como siempre, me han arropado los libros. 

No es una fórmula, no es la panacea, no trato de escribir un tratado psicológico para superar la tristeza. Funciona en mi caso, porque lleva funcionando toda mi vida, pero no sé si funciona en otras personas. Lo que sí puedo decir, porque creo que es así, es que no solamente somos lo que leemos, sino que lo que leemos nos ayuda a recuperar el sentido de nuestra vida cuando por alguna razón se desvía. Y si por alguna razón, por alguna extraña circunstancia, perdemos temporalmente esa comunión con la lectura, no debemos preocuparnos, porque algo de todo lo que hayamos leído a lo largo de nuestra vida vendrá a arroparnos cada noche, hasta que recuperemos nuestra verdadera esencia, nuestra verdadera alma.

sábado, 24 de diciembre de 2022

LONDRES, MIES Y EL PRÍNCIPE CARLOS. Presentación COAM 21/12/2022

El miércoles 21 de Diciembre fue un día duro en el trabajo. De hecho, no estaba mentalizado del evento hasta que G, un amigo y vecino con una gran inquietud cultural y literaria, me llamó a las seis de la tarde con la duda de si se tenía que inscribir o no en la página del COAM para poder asistir a la presentación. Fue justo en ese instante cuando empecé a tomar conciencia de lo que me esperaba, cuando dejé de lado los problemas del trabajo para empezar a pensar en el evento. De camino al COAM, de forma precipitada, marqué en el folio que había impreso los párrafos más interesantes, las impresiones que creía que debía contar. Con eso ayudaba también a neutralizar el hipotético nerviosismo que en teoría debería sentir, y que sin embargo, para mí sorpresa, no terminaba de aparecer. A ratos me convencía de que se me iba a ir la voz, o que iba a empezar a sudar, o que iba a soltar una cagada de tal calibre que se iba a arruinar la charla por mi culpa. Nada más salir del metro me compré un paquete de caramelos Halls de los más fuertes y me comí dos de golpe, para neutralizar la hipotética pérdida de voz.

Cuando llegué, me sorprendió la poca actividad en el COAM, la tranquilidad y la penumbra. De hecho, además del vigilante de la entrada, sólo estaba G, terminando de ver la interesante exposición de Molezún, y descubriendo que en una de las vitrinas habían equivocado las etiquetas de dos objetos relacionados con la navegación. Nada más saludarle entraron también mi hermano y mi madre, a la que me hizo mucha ilusión ver, y después de presentarlos subimos al aula 5, justo al lado del auditorio, en la segunda planta. En una mesa en el exterior había dejado ya Sergio unos cuantos libros. El COAM había proyectado una imagen del libro justo detrás de la mesa desde la que íbamos a hablar. El aula 5 me pareció muy cómoda, acogedora, muy adecuada para la presentación, con una luz tenue que infundía calma. Hablábamos casi en susurros, tal era la perfecta acústica del lugar, mejorada también por la ausencia, como ya he dicho, de público en general. Daba la impresión que el COAM había abierto esa tarde exclusivamente para nosotros.

En ese momento sólo estaban Sergio, algunos amigos suyos, y miembros de mi familia, además de G y alguna que otra persona que había acudido por su cuenta. Sergio me presentó a Fernando, arquitecto y vocal del COAM, la persona que le había gestionado la presentación, un hombre muy amable y muy volcado en los temas culturales. A medida que iba llegando más gente, me iba poniendo más nervioso. Al filo de las siete y cuarto nos sentamos por fin para empezar. Fernando nos presentó uno por uno a Dani, el amigo de Sergio que iba a hacer de moderador, a Sergio y a mí. Se hizo el silencio entre el público, que en ese momento ya llenaba el aula, y Dani comenzó su presentación. Le hizo una indicación a Sergio, y Sergio comenzó a hablar.


En aquel momento, justo en ese instante, noté con fuerza que algo muy importante estaba sucediendo en mi interior. Algo que todavía hoy, al escribir estas líneas, me emociono profundamente al recordarlo. 

Al ver, al sentir, el aplomo de Sergio, la comodidad con la que hablaba, la facilidad para expresar lo que le había empujado a emprender con su libro esa aventura, ese viaje, se me escabulló el nerviosismo en el alma, se disipó por completo, para dejar su lugar a la paz, a la comodidad, a la tranquilidad. Fui plenamente consciente en ese momento de que Sergio me estaba transmitiendo directamente su serenidad, su plena confianza en lo que estaba haciendo. Fui plenamente consciente, una vez más, de que de nuevo, como en muchas otras ocasiones en los últimos años, estaba aprendiendo de mi hijo, lo que para mí constituye el máximo orgullo que puede sentir un padre.

Cuando Dani se dirigió a mí para hablar del prólogo, eligió sin duda el párrafo que más me gustó escribir del mismo, ese en el que, mirando a Sergio mientras estudiaba un panel en el RIBA, en Londres, emprendí un viaje al pasado en el que rememoré el principio, el origen de la vocación de Sergio que nos había llevado finalmente hasta ese momento, hasta ese viaje a Londres en el que disfrutamos de nuestra profesión y de otras muchas cosas. Después de leer ese párrafo, Dani me cedió la palabra y hablé tranquilo, sereno, simplemente porque estaba hablando de lo que más me gusta: mi vocación, y la vocación de mi hijo. Y mientras hablaba, y mientras veía que la gente escuchaba, muchos de ellos con una sonrisa, sentí que estábamos viviendo un momento mágico, uno de esos momentos que jamás olvidaremos.

Hablamos también de cine, de "El manantial", de "El nadador". Hablamos de las ciudades que nos gustan, de los lugares mágicos que hemos visitado, de música, de sentimientos, de pasiones, de un sin fin de elementos que probablemente no tengan nada que ver con nuestra pasión, que es el arte y la arquitectura, o quizá sí, porque es posible que sin todos esos elementos nuestra pasión hubiera sido difícilmente alimentada.

Me sentía a veces uno con mi hijo, compartiendo vivencias y conceptos que parecían interesarle al público asistente. Dani llevaba la moderación de una manera magistral, haciendo preguntas y provocando un debate que venía al hilo de la idea que quiere transmitir Sergio con su libro. Hablamos mucho de la vocación (como condena, o salvación, según matizó muy bien Dani), de lo que el libro consigue provocando a cada momento la inquietud del lector, invitándole a seguir las innumerables referencias de libros, películas, mapas de ciudades y hasta música, de la apelación a la libertad de pensamiento de cada uno, o al menos del sentido crítico, para elegir ciudad, para elegir el lugar en que vivimos. Hablamos mucho de la profesión, del papel del arquitecto en todo esto, de la transgresión por un lado, o de la aceptación por otro del camino fácil, academicista y sometido a las corrientes más conservadoras. Hablamos de muchos temas, y leí la referencia a Jacobs que escribe Sergio en el epílogo del libro, en la que el autor invita a pensar por uno mismo.

Jacobs, al final de su ensayo, proponía soluciones específicas para reconectar con ese espacio urbano que las ciudades parecían haber perdido. Al contrario que ella, más osada y directa, lo que pretendo con este epílogo es que penséis en las ciudades en las que vivimos, que penséis en el papel que estáis teniendo en decidir cómo se desarrollan

Porque eso, y no otra cosa, pretende Sergio con su libro. Que cada uno piense por sí mismo, sin dogmas, sin prejuicios, sin pensamientos preconcebidos. Algo, y no me cuesta nada admitirlo, que tanto Sergio como yo llevamos haciendo toda nuestra vida. De ahí, probablemente, nuestra visión vocacional no sólo de la Arquitectura, de nuestra profesión, sino de todo lo que nos rodea.

Alguien nos dijo, después de los aplausos y las felicitaciones, "habéis sabido transmitir perfectamente vuestra pasión por lo que hacéis". Creo que esas palabras son el mejor regalo que me han hecho en mucho tiempo, porque me parece muy complicado transmitir lo que sea, pero también creo que el miércoles, después de los nervios, y además de las palabras, también hubo magia. La magia que supieron desarrollar durante bastante más de una hora, con su simpatía, su entrega, su pasión y su profesionalidad tanto Sergio como su amigo Dani.

El único problema de todo esto es que lo pasamos tan bien, nos sentimos tan a gusto, tan cómodos, tan motivados hablando de lo que nos entusiasma, que ya estamos contando los días, las horas, para hacer la siguiente presentación. Esto no ha hecho más que empezar.

Quiero dedicarle con todo mi cariño, mi admiración y mi agradecimiento esta entrada a Fernando Landecho, arquitecto y vocal del COAM, por todas las facilidades, por su presentación, por su amabilidad, por haber estado atento en todo momento a la charla, y quiero dedicársela porque gracias a personas como él se materializan los sueños de personas como mi hijo.

Y por supuesto, se la dedico también a Dani, gran profesional y mejor persona, porque también aprendí mucho de él el otro día. Con todo mi cariño, mi afecto y mi admiración, Dani, gracias por la magia que supiste desarrollar.



domingo, 27 de noviembre de 2022

PARIS, 1940. FLOTATS Y "LOS PORTADORES DE LA LUZ"

De nuevo la magia del teatro. De nuevo la magia de Flotats. Teatro en estado puro, teatro dentro del teatro. A partir de un texto de Louis Jouvet, que escribió en 1940 durante sus enseñanzas en el Conservatorio de París a jóvenes actores, Flotats ha creado un espectáculo magnífico en torno al mundo del teatro, en torno al maestro que mientras enseña a su alumna la forma de interpretar el papel de doña Elvira del don Juan de Moliere (uno de los menos representados y sin embargo bellísimo), nos habla del trabajo, del esfuerzo, de la técnica teatral, del sentimiento que tiene que inundar el alma del actor por completo para que su interpretación sea verdadera, y pueda atrapar al público. Nos habla, en definitiva, de la vida, de la superación
, y de lo que la fuerza de la dedicación personal a un oficio le puede aportar.

Se trata de una obra estructurada en siete lecciones impartidas por el maestro Flotats a sus alumnos, en especial a Claudia, que interpreta el papel de una Elvira empeñada en salvar a don Juan del abismo, a lo largo del año 1940, fecha en que se produjo la invasión de París por las tropas nazis. En la primera lección el espíritu es jovial, alegre, desenfadado. El maestro y sus alumnos disfrutan de su aprendizaje, y la música que acompaña la escena, al principio y al final, es suave, compuesta canciones francesas ligeras de aquella época. Una música que se va endureciendo, salpicada de discursos y marchas nazis, a medida que va avanzando el año. Claudia sigue interpretando su escena, la misma escena, unas veces mejor y otras peor, mientras don Juan y su criado apenas hablan. Las interrupciones de Flotats para analizar la interpretación de la chica se van espaciando cada vez más, a medida que la mejora de la joven actriz se va haciendo cada vez más evidente. Poco a poco, clase a clase, escena a escena, la tristeza se va adueñando de los cuatro personajes, del mismo modo que las tinieblas y la oscuridad se abaten sobre todo lo demás. En un momento dado, a alguien se le ocurre que es una buena idea colocar una enorme bandera, símbolo del opresor, en el lugar en que el profesor y sus alumnos trabajan, y eso pesa como una losa sobre ellos. Pero aún así, las clases continúan. 

Cerca ya del final, Flotats pronuncia las palabras que dan título a esta entrada. "Y recordad que habéis estudiado
en la escuela de la República, laica y libre, y que siempre seréis los portadores de la luz". Porque es cierto. Los cuatro personajes que declaman, que aprenden a actuar, que se emocionan ante las enseñanzas de un maestro que se emociona a su vez con los progresos de sus alumnos, que tiene a Moliere como patrón y que imita a los actores endiosados de su época, incapaces de no interpretarse más que a sí mismos, con una gracia que no deja indiferente, son portadores de luz frente a las tinieblas del nazismo que se van a abatiendo sobre todas las cosas.

Al parecer Flotats se ocupa de todo en cada uno de sus montajes. De la música, de la iluminación, de la puesta en escena. Los cuatro actores declaman en vivo, sin ampliación, y se les escucha perfectamente. Me pareció increíble, grandiosa, la interpretación de Natalia Huarte, llena de emotividad y una profesionalidad sobre el escenario que denota muchos años de experiencia y de esfuerzo sobre él. Resultan encantadoras también las continuas alusiones de Flotats al público, señalándole mientras les dice a sus alumnos "si no tenéis sentimiento, si no sois vuestro personaje, el público se aburre", algo que desde luego no ocurre en un espectáculo que dura hora y media y sin embargo se pasa volando.

El final es sobrecogedor. Poco antes hemos visto a los alumnos y al profesor escuchar atentamente en el gramófono a una antigua cantante interpretando una hermosísima aria de Handel, como una especie de contrapunto y acceso de rebeldía de profesor ante canciones nazis que ya lo impregnan casi todo. Se trata de la última lección, y la interpretación de Claudia de la escena de don Juan es perfecta. El epílogo, sin palabras, de una fuerza y un mensaje brutales, me hizo llorar literalmente en la butaca. Es un final que jamás olvidaré.Es el final, sin duda, que provocó, junto al resto de la obra, por supuesto, que casi todo el público que inundaba la sala se pusiera en pie a aplaudir al maestro y a sus alumnos, que tuvieron que salir cuatro veces a saludar

Resulta inquietante hoy en día el mensaje tan actual que emana de una obra de 1940. Resulta muy triste que a la cultura, al arte, al esfuerzo y a la superación de cada uno se le siga dando la mínima importancia para darle la máxima al enfrentamiento, la ignorancia, la intolerancia y la oscuridad. Lo dice muy bien el mismo Flotats:

"Creo acertado y oportuno, en estos momentos en que la sociedad, cada vez más olvidadiza de su historia, parece resaltar como ejemplo y valor máximo el discurso hipermediático, rápido y masivo, que le ofrece la digitalización, los tweets y las fake-news, gracias al big data, big pharma y big finances, pararse a reflexionar sobre nuestro arte dramático.

Protundizar en él no únicamente a los que practicamos su aprendizaje, sino también hacia el público que lo recibe en vivo. Cuestionarnos sobre nuestro oficio, sobre nuestra realización, a través de él o gracias a él".

Una obra para disfrutar, para saborear, para reflexionar, para sentir. Una obra para aprender algunos aspectos muy importantes sobre el teatro, que no es en definitiva más que un camino muy adecuado para entender la vida

 

lunes, 10 de octubre de 2022

PERSONAS DE ALBAIDA. PERSONAS DE MADRID

El dueño de La Casona de Albaida nos había recomendado dejar el coche en la estación, porque nuestro alojamiento estaba muy cerca de allí. Recorrimos apenas cien metros hasta las dos casas que habíamos alquilado, y nada más dejar bolsas y maletas subimos
aquella calle tranquila, completamente silenciosa y vacía, que no nos hacía presagiar nada en absoluto de lo que nos esperaba. Éramos seis, las primeras seis personas de Madrid, y no todos nos conocíamos todavía.

Esa calle desembocaba en la plaza. Nada más llegar, sobre las ocho, vimos salir de la Iglesia la procesión de la Mare del Deu del Remei, patrona de la ciudad. Poco público todavía, pero muy entregado, muy atento al descenso de la Virgen por la puerta del Palacio de los Marqueses de Albaida, el edificio más emblemático del lugar. La mayoría de la gente vestía para la ocasión, de una forma elegante. Visitamos la iglesia, muy bonita, medio vacía todavía, y después dimos una vuelta por los alrededores.


N se puso en contacto con nosotros, y nos encontramos en la plaza. Nos invitó a entrar en la iglesia, que se llenaba cada vez más deprisa, y nos llevó hasta el mismo altar, desde donde teníamos una visión privilegiada de todo lo que iba a ocurrir. La música acompañó la llegada de la Virgen. Desde la tribuna superior, algunas personas de Albaida tiraban pétalos de rosa. Cogí uno, y era real. Una chica que estaba a mi lado me miró, y sonriendo, me dijo “sí, son de verdad”. A mi lado, un hombre trajeado que me observaba mientras hacía fotografías, me explicó, también con una sonrisa, y con la emoción a flor de piel, la historia, el significado de todo aquello.

Aquel hombre no me conocía de nada, pero sin saberlo, o probablemente sí, me estaba transmitiendo con sus palabras, con sus expresiones, con su devoción, la emoción que estaba sintiendo en aquel momento. Una emoción que tenía desde niño (me contó que cuando era monaguillo a veces Segrelles le daba un duro), y que estaba compartiendo conmigo sin ninguna traba, sin ninguna vergüenza, con absoluta generosidad. Una persona de Albaida, inoculando su alma a una persona desconocida de Madrid.

Y en ese momento fue cuando supe que esos días iban a ser mágicos.

Cuando salimos de la Iglesia se agregaron a nosotros otras dos personas de Madrid, además de V, el marido de N. Bajamos de la plaza hacia la zona nueva, a la casa de M y D, otros amigos de Albaida. En el camino, V, una de las personas más entusiastas y orgullosas de su cuna que conozco, nos explicaba la transformación que había sufrido la ciudad en aquella zona, al tiempo que le metía prisa a N y al resto, porque no nos iba a dar tiempo a llegar al castillo de fuegos.

M y D nos recibieron en su casa con alegría, orgullosos de tenernos entre ellos. Rápidamente nos colocamos en la terraza, cuando el castillo de fuegos ya empezaba a pocos metros
de allí. Probablemente los fuegos artificiales más espectaculares que haya visto en mi vida, por su calidad y por el privilegiado lugar desde el que los estaba contemplando. Algunos estallidos de la pólvora hacían retumbar la casa, y de paso nuestro corazón. Cuando terminaron, no pudimos evitar dar un gran aplauso.

M y D, sin conocernos a algunas de las personas de Madrid, nos habían preparado una merienda para tomarla antes de cenar. Nos abrieron su casa con generosidad, con afecto, con una alegría que saben transmitir muy bien únicamente las personas que se ocupan y preocupan de las personas que tienen a su alrededor. La magia continuaba, y continuó durante la cena en los Arcos, y durante el rato que estuvimos escuchando a la sorprendente (por su calidad) orquesta Montecarlo. El viernes, a pesar de ser corto, había resultado muy intenso, y las ocho personas de Madrid nos fuimos a dormir con una sonrisa y una fuerte sensación de comodidad.

El sábado comenzó con D, el marido de M, recogiéndonos en las casas para acompañarnos a desayunar. Nos estuvo explicando las costumbres, la vida en Albaida, y después nos llevó al centro para visitar la oficina de turismo y hacer tiempo hasta la hora de comer en la Filá. En aquel momento llegaron las dos personas que faltaban de Madrid. Éramos diez en total.

La Filá de les Pirates, a la que pertenecen N y V, habían colocado en la calle mesas alargadas. Por lo que nos había dicho V, entre miembros de la Filá e invitados éramos unas ciento noventa personas. El mayor miedo que tenían, dadas las previsiones del tiempo, era que lloviera y tuviéramos que meternos en el local de la filá, porque no cabíamos, literalmente. Por suerte no cayó ni una gota de agua. La comida transcurrió con total normalidad.

En las mesas conversamos con otras personas de Albaida que no conocíamos de nada, y N y V nos presentaron también a algunos amigos suyos. A nuestro lado estaba R, que había trabajado en Madrid y conocía más lugares para comer que nosotros, y S, su novia, que desde el primer momento se preocupó de que nos sintiéramos cómodos. También estaba A, primo de V, que nos explicó las tradiciones, los eventos, y la forma correcta de marcar el paso en el desfile. Cada dos por tres la banda que comía con nosotros tocaba una pieza, y rápidamente muchos miembros de la filá se colocaban en la acera, de espaldas a la fachada, para desfilar al ritmo de la música.

Sin saber muy bien por qué, y sin ninguna timidez, algunos de nosotros quisimos también participar de aquello, y salimos a desfilar al lado de V y A
. Las personas de Albaida, los Pirates, estaban ejerciendo su magia, y nos integraron de una manera tan elegante y fuerte en su tradición, que mientras nos movíamos acompasados al ritmo de las marchas, empezábamos a sentir que, por primera vez en nuestra vida (al menos en mi caso), estábamos viviendo DESDE DENTRO, y eso es lo más importante que nos ha ocurrido, la emoción de una fiesta muy arraigada en el alma de quienes la viven. Poco a poco salimos todos, incluso los dos amigos de Madrid que faltaban, y que en principio no iban a desfilar, y cantábamos a voz en grito el himno de les Pirates mientras uno de los miembros más antiguos, ya veterano, nos decía que lo estábamos haciendo “de puta mare…”.

Por la tarde descansamos de aquella comida, y por la noche volvimos a la Filá, a cenar, a desfilar y a charlar con las personas de Albaida, las ya conocidas y las que acabábamos de conocer. Se me ponía la carne de gallina al ver a mi familia y a mis amigos plenamente tranquilos, muy cómodos, saliendo a la acera a desfilar cuando había que salir, y disfrutando de todo aquello. Me parecía muy lejana la duda de si íbamos a desfilar o no, impuesta una semana antes de ir por los prejuicios, la timidez o un cierto orgullo que muchas veces no nos deja apreciar lo que tenemos delante. Si aquella duda había existido algunos días antes, se estaba disipando a marchas forzadas, porque en aquel momento no sólo estábamos convencidos, sino que nos apetecía mucho desfilar junto a las personas de Albaida.

Nos disfrazamos en el local de N y V, que generosamente también nos habían prestado como centro de operaciones para ver la fiesta, vestirnos, etc. Después subimos la cuesta hacia el barrio alto donde empieza todo. En un momento dado nos colocamos en varias filas, con los hombros pegados, y empezó el espectáculo.

Resulta increíble el poder de la música. Durante más de una hora estuvimos andando, o parados, al ritmo tremendo que marcaban los timbales que teníamos detrás. V, A y otros miembros de la Filá estaban pendientes en todo momento de que no perdiéramos el paso, de que la línea se mantuviera más o menos recta, de que estuviéramos cómodos, de que sintiéramos en nuestra piel, que casi en todo momento estuvo erizada tanto por el sonido potente de los timbales como por la intensidad de lo que estábamos viviendo, la emoción de las fiestas de Moros y Cristianos de Albaida. A pesar del disfraz que llevábamos, aquello era serio. Tan serio, que las personas de Albaida que nos miraban desde aceras, tribunas y balcones nos aplaudían continuamente, lo cual para nosotros también era un honor. Tuvimos la inmensa fortuna de que el tiempo acompañó prácticamente hasta el final, y aunque en los últimos metros tuvimos que correr y nos empapamos hasta el tuétano, volvimos al alojamiento de nuevo con la sonrisa y con la sensación de haberlo pasado muy bien.

El domingo era el día de la partida. Desayunamos de nuevo con D, M y A, y vimos la entrada de bandas en la plaza. Al final ganó el concurso una banda de Onteniente, pero la de los piratas quedó tercera. Como cierre del acto se entonó el himno de Albaida, y ocurrió otro suceso de los que dejan huella para siempre. Obviamente, las personas de Madrid no conocíamos ese himno, o si lo conocíamos apenas le habíamos dado importancia. Ese día, sin embargo, nos sonó de otra manera. Sin entender muy bien por qué, o quizá porque cuando me volví vi a mi amigo V entonando la letra con los ojos húmedos, sentí que aquel himno estaba empezando a formar parte de mí. V, persona de Albaida, estaba consiguiendo, con su emoción, con su devoción, con su amor a su ciudad, que yo, persona de Madrid, sintiera exactamente lo mismo. De nuevo, el espíritu se estaba inoculando.

Por la tarde, con las maletas ya en el coche los seis amigos de Madrid que teníamos que volver, contemplamos desde la acera de la oficina de N el maravilloso desfile de las Filás cristianas, lamentándonos, ante el increíble espectáculo, de no haber organizado un día más de vacaciones que nos hubiera permitido ver el desfile de las Filás moras. Cuando nos despedimos de N y V y sus amigos de Albaida que ya eran nuestros, sentimos mucho tener que irnos.

Creo que en muchas ocasiones especiales, dar las “gracias”, o las “muchas gracias”, o poner las “gracias” entre signos de admiración, se queda muy corto para expresar el agradecimiento ante las sensaciones vividas. Va mucho más allá de eso. La generosidad, la simpatía, la absoluta entrega, el afán por hacer que nos sintiéramos cómodos en todo momento, el habernos permitido, empujado y animado para que pudiéramos vivir sus tradiciones, su VIDA, desde dentro, es algo que trasciende el mero agradecimiento. Es algo que te transforma, que te hace sentir que muchas de las cosas que te rodean son muy poco importantes al lado de este intercambio emocional entre personas, que en principio parecen provenir de distintos lugares y que sin embargo están unidas por un vínculo muy fuerte y un lugar común: la tremenda, la irresistible fuerza de la generosidad, de la empatía, de la vida. Una fuerza que elimina ideologías, prejuicios, nacionalismos y creencias, porque procede de la parte más potente del alma del ser humano. Ese trasvase, ese chute de energía, esa inoculación de sentimientos, que tan difícilmente se puede explicar a los que no lo han vivido, se queda para siempre grabado en el alma.

Una gran parte de nuestro corazón, de las personas de Madrid, se ha quedado en Albaida, en las personas de Albaida. Anoche, e incluso hoy, muchos de nosotros todavía estamos asimilando la tremenda carga emocional que hemos vivido estos días. Durante todo el viaje no paramos de comentar los diferentes momentos. Una de las personas de Madrid, gracias a la cual hemos podido vivir esta experiencia al convencernos de que teníamos que hacerlo, definió esta sensación como “resaca emocional”, y es verdad. Han sido tres días tan intensos, tan auténticos, tan importantes para seguir sintiéndonos vivos, que nos va a costar mucho tiempo olvidarlos.

Tanto tiempo, al menos, como el que tenga que transcurrir hasta que volvamos a Albaida.

Personas de Albaida, personas de Madrid, ha sido un auténtico honor compartir lo compartido con vosotros estos días. Estamos tristes porque ha acabado, pero muy felices porque ha ocurrido


domingo, 17 de julio de 2022

LONDRES, MIES Y EL PRÍNCIPE CARLOS


Cada vez que alguien cercano escribe un libro, existen varias realidades, varios momentos más o menos trascendentales, acontecimientos que marcan la experiencia, el viaje (y nunca mejor dicho) con respecto a ese libro.

En este caso, el primer acontecimiento fue su promesa de publicación, al haberse alcanzado la cifra que marcaba la editorial para su lanzamiento. Eso lo sabéis muy bien todos los que, con vuestra generosidad, habéis hecho posible que “Londres, Mies y el Príncipe Carlos” haya sido publicado. La carrera hasta alcanzar la cifra necesaria finalizó el 28 de Mayo del 2021, hace más de un año, tras un mes de nervios en los que la búsqueda de mecenas constituyó una labor cuando menos curiosa para nosotros. En aquel momento nos dimos cuenta de lo generosa que pueden llegar a ser las personas ante algo que, en realidad, ninguno sabíamos a ciencia cierta de lo que iba. Confiamos simplemente en el sueño de la persona que iba a escribir el libro, que ya se prometía gracias a la campaña (video de la página, resumen, comentarios) muy interesante.

El segundo acontecimiento fue la publicación propiamente dicha. Ese 28 de mayo la editorial anunció que se iba a lanzar el libro, y comenzó la carrera para elaborarlo, para reescribirlo, para corregirlo, para mirar las galeradas que le presentaba a Sergio la editorial. La fecha de publicación finalmente se dilató hasta Junio de este año, si bien la editorial, de una manera muy acertada, iba informando puntualmente por correo a cada uno de los mecenas de los pasos que se iban dando, algo muy de agradecer por la tranquilidad que transmitía con respecto a la buena consecución del proyecto.

Ahora viene el tercer acontecimiento, probablemente el más delicado de todos, al menos para mí: leer el libro. Confieso que la primera vez que lo abrí, lo hice nervioso, con el peso de la duda, de si el tema escogido podía resultar interesante, y en caso de serlo, que estuviera presentado de una forma atractiva, que enganchara al mecenas que había adelantado su dinero, y al lector en general. Que Sergio escribe bien, incluso muy bien, lo tengo y lo he tenido siempre muy claro, pero ahora se trataba de algo muy serio, del resultado final de un proceso en el que se ha puesto en juego el dinero de muchas personas, pero sobre todo su ilusión y su confianza en un autor del que no habían leído nada.

A medida que leía el libro, esas dudas, ese nerviosismo, página a página, capítulo a capítulo, se fue disipando.

Para mí existen dos tipos diferentes de escritores, tanto si se trata de ficción literaria como de ensayo. Por un lado está el escritor que te lo da todo mascado. Expone su disertación, o su novela, o sus memorias, o el viaje que haya realizado a un lugar concreto, y no te queda otra que leerla, consumirla sin más, disfrutarla o no según la afinidad que tengamos con ese determinado autor o con el tema tratado.

Por otro lado, está el autor que hace un ejercicio de verdadero compromiso con el lector, porque le hace partícipe de sus ideas y le presenta todos los parámetros para que sea él, el lector, quien decida en cierto modo la ruta de su viaje, primero por el libro y después por las referencias que se le han presentado. No sé si os ocurre a vosotros. Para mí no es lo mismo leer las memorias de Albert Speer, por ejemplo, que no deja lugar al juego del lector porque expone los hechos con esa especie de halo siempre presente de exordio, de dejar claro que él fue una marioneta del nazismo sin que le gustara ese papel, que leer los diarios de Rafael Chirbes, que dan lugar por su propia naturaleza a un sinfín de notas y referencias a revisar posteriormente. No es lo mismo leer el viaje de Livingstone buscando a Stanley, que los viajes de Javier Reverte a Roma o a Grecia (“Un otoño en Roma” y “Corazón de Ulises”, respectivamente. Imposible leerlos sin un cuaderno al lado para tomar notas tanto históricas como de referencia para conocer lugares).

Sergio es un autor de la segunda categoría. Ya queda claro esto en la misma introducción, cuando nos dice

Jacobs, al final de su ensayo, proponía soluciones específicas para reconectar con ese espacio urbano que las ciudades parecían haber perdido. Al contrario que ella, más osada y directa, lo que pretendo con este epílogo es que penséis en las ciudades en las que vivimos, que penséis en el papel que estáis teniendo en decidir cómo se desarrollan

Porque esa es la intención de Sergio al escribir este libro, hacernos reflexionar, tomar decisiones, pensar en el papel que tenemos a la hora de hacer ciudad. Sin perder de vista el tema principal del libro, o al menos el punto de arranque, que no es otro que el encargo que se le hizo al arquitecto Mies Van der Rohe de una torre en plena City de Londres que jamás llegó a construirse por las causas que se analizan en el libro, Sergio nos sumerge en un viaje muy interesante que tiene que ver con lo arquitectónico, pero también con lo humano, con el papel que desarrollan y han desarrollado gobiernos y gobernados a la hora de tejer el tejido urbano de una ciudad.

Sergio no dogmatiza. Apenas da una opinión casi en ningún momento del libro. Se limita a exponer los hechos, y te invita a pensar a ti, a seguir las referencias que te presenta (desde mapas de Google que hay que revisitar para disfrutar con ellos, hasta películas y libros relacionados con el tema que sin duda despiertan nuestra curiosidad para seguir indagando en un tema tan apasionante como quizá tan poco tratado). De lo que se trata, lo que busca el autor, es que despierte tu capacidad crítica para participar en la construcción de la ciudad, algo que ya está sucediendo en países del Norte de Europa, y que dispongas de las herramientas necesarias para que esa capacidad crítica pueda ser desarrollada en función de tu propio criterio, de las conclusiones que hayas sacado después de leer el libro. En ese sentido, me parece increíble que un libro de apenas doscientas páginas encierre tanta información, y que esa información sea barajada, tratada y reciclada de la forma en que se ha hecho para que la lectura del libro resulte tan altamente amena y adictiva.

Un amigo arquitecto, alto directivo, ha comentado lo siguiente del libro: “No tiene nada que envidiar a otros libros que he leído de autores encumbrados como Aldo Rosi en “La arquitectura de la ciudad” o Renato de Fusco en “La idea de la arquitectura””.

Y sin embargo, no hay que ser arquitecto, ni mucho menos entendido, para disfrutar de su lectura. Basta con que al que lo lea le guste viajar, por la tierra y por las ideas, por la historia y por la ciudad, y hacerlo de la mano de un autor tan cercano, profesional, humilde y viajero como Sergio.

Feliz viaje