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jueves, 17 de mayo de 2012

Hambre

Muchos de vosotros recordaréis unas imágenes que se emitieron por televisión hace bastantes años, procedentes de Argentina, cuando el país estaba sumido en su terrible crisis. Se trataba de una niña que estaba muriendo de hambre. Recuerdo que también salía hablando un político, que a la pregunta de una mujer, de por qué estaba sucediendo aquello, de cómo era posible que alguien muriera de hambre a aquella altura del siglo en un país supuestamente adelantado, respondía, con gesto de abatimiento, “Señora, eso está sucediendo porque todos los políticos de este país somos una casta de hijos de puta”. No recuerdo si a partir de aquello empezaron a mejorar o no las cosas en Argentina, pero quiero creer que, en efecto, así fue.
Esta tarde estaba buceando en la página de RNE. Por curiosidad, he escuchado una entrevista que Juan Ramón Lucas le hizo ayer a Antoni Bruuel Carreras, coordinador general de Cruz Roja, a tenor de la presentación del informe de vulnerabilidad social.
El documento me ha parecido espeluznante. Os dejo el enlace y os invito a escucharlo detenidamente. Sólo dura siete minutos.
Cruz Roja está ayudando con alimentos a 1.100.000 familias, con ropa a 80.000, y con ayudas para la escolarización a 10.000 niños, cuyo número se doblará el año que viene. El 80 por ciento de las personas que atiende Cruz Roja, está por debajo del umbral de la pobreza, que se sitúa en los 628 euros al mes. Por el sarcasmo de la estadística, el porcentaje ha bajado del año pasado a este, cuando se situaba en el 90 por ciento. No nos engañemos. El umbral de ingresos estaba situado en los 700 euros mensuales, de ahí que haya bajado el porcentaje. El perfil de los que acuden a la ayuda es de formación secundaria e incluso superior. El riesgo, que antes se asociaba sólo a factores sociales, se asocia ahora a factores puramente económicos, y termina desencadenándose en fracaso escolar, problemas de alcoholismo, depresiones, etc.
Lo peor sucede hacia el minuto 4:33. Juan Ramón lanza una pregunta, una terrible afirmación, más bien, y Antoni Bruul la corrobora, no sin titubear un momento:
Antoni, en estos momentos hay familias que están pasando hambre en España
— Si, si, definitivamente. Hay familias que están pasando hambre y que además se aíslan cada vez más. Otro dato que nos preocupaba muchísimo es el aislamiento de las personas por vergüenza o por sentirse inseguras.
La entrevista sigue. Juan Ramón comenta que en programa de Jordi Tuñón, “Afectos matinales”, un hombre parado llamó para decir que le habían tocado cien euros, y que se los había gastado en carne. Antoni dice entonces que muchas familias son incapaces de adquirir proteínas, en forma de carne o pescado, ni siquiera tres veces por semana. La entrevista acaba con una frase de Juan Ramón. “hay gente, el vecino de cualquiera de nosotros, que vive en nuestra escalera a lo mejor, que no puede comprarse carne”.
Me he quedado de piedra. No son una, ni dos. Son 1.100.000 familias las que están recibiendo alimentos. Me ha dolido en lo más hondo ese aislamiento al que hace alusión Antoni, por vergüenza o por sentirse inseguras. No son ellas precisamente quienes deberían sentirse avergonzadas. Ni mucho menos. Ya doy por hecho que aquí no van a salir a la luz, no van a presentarse ante las cámaras de televisión, ante la ciudadanía, la caterva que de una u otra manera nos ha empujado a todos a este callejón sin salida. Y no me refiero sólo a los políticos, tanto de un signo como de otro, sino a todo aquel que tenga algo que ver con esta situación.
Me refiero a unos sindicatos inútiles, ineficaces, con la tripa llena de dinero público, a los que les importa un carajo el bienestar de los trabajadores, y de lo único que se preocupan es de llenar las arcas.
Me refiero a los inútiles e ineficaces gobiernos de socialistas y de conservadores, más preocupados en defender sus reinos de taifas, sus parcelas de poder, el voto inútil y cautivo de sus incondicionales con orejeras, que del buen gobierno que un país como el nuestro necesita. Unos incapaces que se escudan en la incapacidad del otro para justificar la suya.
Me refiero a los corruptos en Ayuntamientos y Comunidades, desde el alcalde o el presidente hasta el más irrisorio concejal de festejos. A todos ellos, y son muchos, que han esquilmado nuestro dinero en gastos superfluos, consejerías que no valen para nada, subvenciones absurdas, comisiones vergonzantes, recalificaciones monstruosas y adjudicaciones de obras en burdeles de lujo y mercados de droga.  
Me refiero a esos falsos patriotas, patriotas de mierda, a los que lo único que les importa es el orden y conservar sus rancios privilegios, aunque este se rompa para reivindicar unos derechos básicos, como lo son la educación, la sanidad o el I+D, que nos están robando para compensar a un sistema financiero que se arrogó las atribuciones de promotor universal de España sin tener ni puta idea del negocio, y que sigue manteniendo unos sueldos astronómicos para consejeros que no sirven para nada. Los verdaderos patriotas, los que protestan, lo hacen porque aman de verdad a su país y a sus gentes, y aspiran a la perfección, como dijo alguien en Twitter hace poco.
Me refiero a los defraudadores de todo tipo, a los que luchan denodadamente por seguir sin dar un palo al agua, o por conseguir una baja permanente a pesar de estar sanísimos. A los que viven de subvenciones inmerecidas, a los que son incapaces de mover un dedo para mejorar su entorno, resignados como están a que en este país, “quien no corre, vuela”. A esos obreros especialistas en el escaqueo, y a esos empresarios de casta superior,  anquilosada en un pasado hortera, casposo y tercermundista, incapaces de subir diez céntimos el sueldo a su personal, pero muy capaces de gastarse 100.000 euros en invitar al corrupto de turno a irse de cacería y de putas caras para conseguir una licencia.
Me refiero a esos arribistas, empleados en una empresa, capaces de remover Roma con Santiago, de dar los codazos que sean necesarios, de chupar las pollas que hagan falta, para conservar su sillón. A esos cobardes de mierda incapaces de reivindicar mejoras laborales o una mera estabilidad, que vamos perdiendo poco por nuestra dejadez y nuestra absoluta falta de empatía con lo que le ocurra al prójimo.
A todos ellos les digo que deberían ser ellos los que se avergonzaran, que deberían ser ellos los que se metieran en su casa para no salir jamás, hasta que se pudrieran de vergüenza.
Aquí no ocurrirá como en Argentina con aquella niña a punto de morir de hambre. Aquí no se verán en televisión las imágenes de la primera víctima de esa lacra impensable en un país soberano. Ya se encargarán los medios de comunicación, al servicio también de oscuros intereses que nada tienen que ver con el bienestar del país, de ocultarla convenientemente con alguna final de fútbol, único acontecimiento de mierda capaz de remover nuestras conciencias y sacarnos a la calle. Probablemente ya se haya producido alguna defunción por hambre.
Probablemente, como decía Juan Ramón Lucas al final, sea ese vecino nuestro, que vive en nuestra escalera, el que haya fallecido, y ni siquiera nos hemos enterado. Probablemente ni siquiera nos enteremos cuando seamos nosotros mismos los que muramos de hambre.

domingo, 12 de febrero de 2012

Memento mori

En esta ocasión voy a trabajar poco.  Es un poco largo, pero merece la pena perder unos minutos para leerlo y otros tantos para reflexionar. Con un artículo tan magnífico como el que os presento, sobran las palabras. Os dejo las de David Santos Orcero:

memento mori

Sábado, 23 de Septiembre de 2006
Por mi post anterior en el blog, ya pueden imaginarse mi interés por la ética del periodo republicano de Roma. Este va tambien de lo mismo.
Hablando con unos amigos de una persona que ha llegado hace poco a su cargo de gran responsabilidad en una empresa muy importante en su sector de ámbito nacional, uno de ellos comentó: “fulanito ha comenzado a levitar demasiado pronto”. Curiosa forma de definir la acción de una persona.
Desgraciadamente algunas personas cuando ocupan un puesto de poder o de responsabilidad -la ya comentada potestas-, comienzan a hacer tonterías que ninguna persona en su sano juicio habría realizado. Me recuerda a una viñeta cómica de Brasil, donde un Fernando Henrique Cardoso -ex-presidente de Brasil-, en pleno auge de su mandato, desde el palco y contemplando una manifestación, le pregunta a su vice: ¿Quien es aquel que grita tanto allá al fondo de la manifestación? Es usted hace diez años, le responde su vice.. Por haber mencionado un ejemplo de una viñeta cómica de un político, no debemos pensar que esto es un problema de los políticos: muy al contrario, afecta a las personas independientemente del estrato cultural y del poder alcanzado, y tiene más que ver con el hecho de haber adquirido la potestas sin el periodo de “combate en las trincheras” necesario para adquirir auctoritas. Dale un pito a un tonto, dice el dicho castellano, y tendrás un tirano.
Algunas personas, desgraciadamente -para ellos y para las empresas para las que trabajan- una vez que alcanzado un cargo ejecutivo, comienzan a distanciarse de la realidad; su percepción de esta comienza a alterarse, y comienza a creerse el centro del universo y que sus opiniones, por tener un cargo ejecutivo, son correctas per se. Y los humanos de a pie que lo escuchan ven su disociación de la realidad; pero nadie quiere gritar que el rey está desnudo. Esto es la levitación, que desgraciadamente es una enfermedad que afecta a algunas personas con poder real. Todos hemos tenido al inicio de nuestra carrera profesional algún jefe tipo “Jefe de Dilbert”. Años más tarde, cuando ascendemos en la empresa y conocemos a antiguos colaboradores de sudodicho iluminado, descubrimos que muchas veces este jefe fue una persona inteligente, aguda y competente en algún momento pasado; y su visión comenzó a disociarse de la realidad en algún momento después de adquirir la potestas. Otras veces nos confirman que ya venía imbécil de fábrica, y que lo único que ha pasado es que ha tardado en descubrir su vocación: tengo particularmente en la cabeza ahora a un middle-management de la banca, reconvertido a otro sector, y que vive levitando, mientras que salta de la empresa grande en la que trabajaba y que ha sumergido en el caos a otra pequeña, sumerge en el caos a la pequeña, y retorna a la grande para seguir esparciendo caos. En base a mi experiencia, no es el primero ni el último al que la potestas le sienta muy mal.
También encontramos empresarios, de gran experiencia profesional y valía, muy competentes, que ante una situación de crisis comienzan a creerse su propia propaganda. Y van cantando, victoria tras victoria, hasta la derrota final. Han olvidado que la realidad es terca, y se suele imponer a su propia propaganda.
Algunos pueden pensar que esto es una derivación del principio de Peter, o del más moderno -y más depresivo- “principio Dilbert”. Sin embargo, si vamos un poco más al pasado, veremos que estos dos principios están completamente descaminados: el despegue de la realidad por parte de algunas personas que tienen poder efectivo es tan antiguo como el mundo.
Volvamos a Roma. Porque ya ellos sabían de este problema, y tenían una curiosa forma de plantear una solución. En la época de la república romana, existía una ceremonia, denominada Triunfo, con unas características muy interesantes. Antes de que degenerara durante el Imperio en una ceremonia de exaltación del Imperator, el Triunfo era un evento culturalmente muy interesante para el tema que nos toca. Vamos a hablar de este tema, con el enfoque que supone algo que se hacía hace dos milenios.
En la época republicana, era potestad exclusiva del senado el otorgar el triunfo a una legión; y se notaba en todos sus detalles: el triunfo era una ceremonia en la que se enaltecía el trabajo por la república realizada por una unidad militar, siempre según el principio de la virtus romana. Las condiciones para celebrar un triunfo eran muy estrictas: la primera, que el dux -comandante de las tropas- debía haber adquirido la potestas de consul o praetor; estas son dos potestas que necesitan toda una vida de ejercicio de las virtudes romanas para ser obtenidas. Además, el dux y las legiones aclamadas debían haber ganado una victoria sobre extranjeros: no valía una victoria sobre legiones romanas en una guerra civil, algo que no era visto por los propios romanos como una victoria. Los romanos nunca vieron una victoria de sus legiones sobre los propios romanos como una victoria; sino como una derrota, ganara quien ganara.
La victoria debía haber sido rotunda: al menos, debía haber exterminado a 5000 soldados enemigos. 5000 soldados enemigos, para la época, eran muchos soldados enemigos; sobre todo si tenemos en cuenta que no contaban, por supuesto, víctimas de pillaje ni civiles. Masacrar poblaciones civiles no daba derecho al triunfo. Vencer a una fuerza militar superior sí. Por si fuera poco, solamente se podía celebrar el triunfo si la mayor parte de las tropas propias volvían. Una victoria pírrica, o una batalla sangrienta no daba triunfo. Recordemos que las legiones en la época republicana aún no estaban profesionalizadas, por lo que la muerte de una legión era un daño para muchos sectores de la ciudad. Es curioso, pero si un romano de la época republicana viese uno de nuestros proyectos tipo “marcha de la muerte” los consideraría un fracaso, aunque se terminase el proyecto correctamente: comenzar con veinte programadores, y terminar con seis, de los cuales la mitad no comenzaron contigo, y contabilizando conque dentro del equipo ha habido un divorcio, tres rupturas con novios o novias, dos ex trabajadores con depresión, varios con terrores nocturnos, uno con eccemas cutáneos por estres, tres úlceras de estómago -una sangrante- y todos los programadores completamente quemados, no puede ser considerados por nadie como un triunfo. Ni siquiera por el jefe de equipo que se gana un bonus y es ascendido por su habilidad con el látigo y el mobbing. Los romanos, al menos, no lo considerarían meritorio del triunfo.
El triunfo incluía en la cabecera los símbolos republicanos, incluyendo las ágilas de las legiones homenajeadas -las ágilas eran esos bastones con un águila en la punta, donde ponía S.P.Q.R., que son las siglas de Senatus Populusque Romanus, el senado del pueblo de Roma-. Estos signos simbolizaban que la legión no había ido a guerrear a beneficio del dux, sino en nombre del senado. ¿Cuantos proyectos y cuantas decisiones se toman a beneficio de un cargo intermedio en una empresa, en lugar de por el bien del conjunto? Como representación del senado, la pérdida de un águila conllevaba la ejecución de parte de los soldados. Pero esto es otra historia, de la que ya hablaremos.
Detrás del águila iban todos los recursos que, como parte del tratado de rendición, los rendidos habían “cedido”. Oro, gemas, y otros productos preciosos, que pasaban a pertenecer al pueblo de Roma. Frente a lo que dice la mitología popular, ni el dux ni la legión se beneficiaba del pillaje de las ciudades conquistadas; los legionarios cobraban su paga todos los meses, y al final un interesante paquete de jubilación. Esto permitía evitar que las tropas se diesen al pillaje en lugar de ser disciplinadas cuando no debían serlo. No somos conscientes de la cantidad de batallas que se han perdido porque los soldados se han dedicado al pillaje con las poblaciones civiles, en lugar de a la lucha contra los ejércitos enemigos.
Inmediatamente detrás iban encadenados los prisioneros de guerra y los esclavos. Los romanos tenían la costumbre de que si tomaban una ciudad por rendición o con poca violencia, respetaban a las poblaciones autóctonas. Si la resistencia era especialmente fiera, los más valientes de los enemigos capturados eran prisioneros de guerra, que serían ejecutados. Los supervivientes eran vendidos como esclavos.
Después iban porteadores con grandes pendones con los momentos más críticos de la batalla bordados.
Finalmente, las legiones homenajeadas y el dux.
Muchos pensamos que en este evento encontraríamos una exaltación del dux, y apenas una representación mínima de las tropas, y las tropas apenas para cubrir hueco. De hecho, así era en la época imperial, y en la época moderna: en la actualidad cuando una empresa tiene un éxito, las felicitaciones orales y monetarias suelen ir para los “dux”, no para las legiones. Y las medallas se las cuelgan los “dux”. Pero no era así en la república. En el triunfo de la república, era una fiesta del pueblo de Roma a todos y cada uno de los heroicos legionarios. Todos los legionarios participaban de la celebración.
¿Y el Dux?
El dux no desfilaba en su caballo, lo que hubiese sido razonable -y más heroico-, sino una biga -un carro ligero como los empleados por las unidades de arqueros egipcias, de dos caballos-. Esto no era honroso, ni glorioso.
¿Por qué?
La razón de emplear una biga para llevar al dux es que no podía ir solo en un triunfo jamás. Siempre debía llevar un esclavo en el carro. El esclavo -lo más bajo de la sociedad romana- debía sujetar una corona de laurel encima de la cabeza del dux, que no podía tocar la cabeza del dux, y debía estar repitiendo constantemente en los oidos del dux la frase “Memento mori”. Literalmente: Recuerda que vas a morirte.
Lo del esclavo era un punto más importante y simbólico de lo que puede parecer. La sociedad romana tenía una serie de puntos muy negativos: era muy esclavista, y muy clasista. Lo más bajo de la sociedad era un esclavo. Lo más alto en aquel momento era el dux, además en pleno triunfo. Y era un esclavo, el más bajo de la sociedad, el que repetía insistentemente al dux en lo que probablemente sería lo más alto y memorable de su carrera política que iba a morir. El laurel era el símbolo del triunfo; pero nunca podía tocar la cabeza del dux. Al dux durante el triunfo no se le reconocía el privilegio de portar la corona de laurel; sólamente podía tenerla de forma temporal sobre la cabeza, sin tocarla; y además sujeta por un esclavo, hasta llegar al templo de Jupiter Optimum Máximum, donde se le ofrecía el triunfo a la triada capitolina, como símbolo de que el triunfo realmente le correspondía a los valores romanos, simbolizados por la triada capitolina. El culto a la triada capitolina se confundía con los valores romanos hasta el punto que “impietas” era indistintamente no respetar a los dioses de la triada capitolina, desobedecer al senado o traicionar a los valores de la propia Roma.
Dejando a un lado que ya sabemos de donde viene la costumbre de entregarle el triunfo de la liga de fútbol a una virgen, hay una serie de enseñanzas muy interesantes que podemos extraer. Dejando a un lado la vena salvaje que teníamos hace dos mil años -incluyendo guerras y esclavitud-, hay una serie de valores que debemos aprender del mundo romano; porque independientemente de sus errores, son aplicables al mundo moderno.
La primera enseñanza que podemos extraer de la ceremonia del triunfo es como entendían los romanos el triunfo: el triunfo de una empresa es algo que debe agradecérsele no sólamente al que “manda”; es un esfuerzo de todo el conjunto de la empresa, obtenido gracias a muchos sacrificios de todos sus pertenecientes. El triunfo no es propiedad del directivo, sino es algo de todos y que se ofrece a la empresa y a la sociedad. Para llegar el triunfo, han participado gran cantidad de personas como piezas de un engranaje. Lo que ha marcado el triunfo ha sido el equipo, no el individuo.
La segunda enseñanza es la importancia que tenía el individuo en el mundo romano: el triunfo se podía celebrar solamente si las tropas volvían. Una de las “modas” en “management” es pensar en el equipo técnico ya no como recursos, sino además como recursos fungibles. Quemarlos hasta que se vallan, y confiar en que habrá sustitutos en el mercado. Es cierto que los técnicos son sustituibles, tal y como repite incesantemente una parte del “management” que ha cosificado a sus empleados. Pero ojo: el equipo directivo también es reemplazable. Nadie es imprescindible, aunque el costo de la sustitución por la pérdida de Know-how y por el desgaste de la moral de la plantilla hace que no sea una estrategia inteligente quemar, desgastar y echar a la gente valiosa.
Por último, la enseñanza más importante hasta en el momento más álgido de su carrera, el directivo siempre tiene que recordar “memento mori”. Recuerda que vas a morirte. Ser consciente que quien es el verdadero artífice del triunfo, a quien pertenece este, y que aún en la posición más alta dentro de la cadena de mandos uno es mortal. Esto es imprescindible para no convertirse mañana en el jefe de Dilbert, o simplemente en otro que de un momento a otro comenzará a levitar.
¿Un consejo no solicitado? Evita sufrir la levitación. Evita que se convierta en tu enfermedad laboral. Mucha gente con muchísima potestas no padece levitación, por lo que es posible evitarla: basta con tener la responsabilidad para escuchar a tu equipo, y la humildad para aprender de ellos, especialmente cuando alguno de nuestros empleados nos recuerda que el rey está desnudo. No debemos jamás reprender al que te dice la verdad en lugar de lo que queremos oír. Por el contrario, debemos apreciarlo. Él es el único que tiene el valor, el coraje y la integridad profesional de recordarnos al oído: “memento mori”. Este empleado será nuestro ancla a la realidad.

¿Qué os parece? Creo que esto es aplicable a todos los estamentos de la sociedad, no sólo a los directivos. Me refiero al hecho de levitar. Todos levitamos en algún momento, cuando los tiempos que corren obligan a bajar a tierra, clavar bien hondo los pies en el suelo, y empezar a arrimar el hombro. No podemos seguir soportando que los listos, los pícaros, los fanáticos, los radicales, los racistas, los ladrones, los absentistas laborales profesionales, los vagos, los chulos, los que nos toman por idiotas mientras se lucran con nosotros, los déspotas, los acosadores, los sobornables, los codiciosos, los imbéciles,  los miserables, y todos los que en general levitan y son incapaces de producir absolutamente nada, nos sigan restregando encima por la cara su nauseabunda forma de moverse por la vida.

Os dejo el enlace por si queréis echarle un vistazo en su versión original. merece la pena:


Un fuerte abrazo a todos

sábado, 14 de enero de 2012

"La doctrina del shock", de Naomí Klein

Todos tenemos más o menos alguna teoría sobre lo que está ocurriendo con la economía mundial en general y la española en particular. Cada cual aporta su granito de arena en función de lo que ha escuchado o de lo que hayan dicho en el informativo de la mañana. Cada cual aporta su solución, influenciada muchas veces por su matiz político, por su estatus social, por su inteligencia o por su falta de ella. Las discusiones sobre economía, sobre paro, sobre crisis o sobre la prima de riesgo, algo que antes de lo que nos está ocurriendo ni siquiera sabíamos que existía, ganan “audiencia”, por utilizar un símil televisivo, a las que versan sobre fútbol, toros, o las veleidades sentimentales de Belén Esteban. No terminamos de comprometernos, porque tampoco entendemos lo suficiente como para saber qué camino deberían tomar los políticos a los que votamos. No podemos cargar la culpa contra un enemigo interno, porque el enemigo son “los mercados”, así, como suena, con toda su carga de dispersión y falta de concreción. Damos bandazos a uno y otro lado, mientras las empresas siguen cayendo, los créditos no fluyen y el horizonte se pone cada vez más negro. Sentimos cierta necesidad de indignarnos, pero nos damos la vuelta cuando comprobamos que a cualquier movimiento en ese sentido se juntan enseguida okupas, vagos y tañedores de flauta que nada tienen que ver con nuestro estatus. Por cierto, ¿cuál es nuestro estatus?
“La doctrina del shock”, el documental que pusieron ayer en la 2, resulta muy esclarecedor en muchos sentidos. Basado en el libro de Naomí Klein del mismo título, desgrana desde los comienzos la historia de las razones de lo que nos está pasando. Es una película amena, llena de imágenes reales de sus protagonistas, que analiza un período histórico que abarca desde la gran depresión hasta nuestros días. Poco a poco iremos entendiendo las razones, los motivos, la forma de actuar y las terribles consecuencias que se derivan de la política económica a la que nos están llevando unos cuantos descerebrados sin escrúpulos. El enlace para ver “La doctrina del shock” en youtube es el siguiente:


Todo procede de las teorías económicas de un catedrático de la Universidad de Chicago, Milton Friedman, que llegó incluso, posteriormente, a ser premio nobel de economía (impagables las imágenes reales de la entrega del premio, con un exaltado que le insultó). Este hombre era partidario de desregularizar la intromisión de los gobiernos en la industria y la economía, y de la privatización de las empresas públicas, con lo que se conseguiría que los problemas económicos se resolvieran por sí mismos. Es lo que se ha dado en llamar capitalismo neoliberal o capitalismo salvaje, que entronca profundamente con las ideas, opuestas en esencia, de John Maynard Keynes, que propugnaba la intervención gubernamental en la economía para que no se desmadrara la economía en función de las tendencias fluctuantes financieras, que es precisamente lo que está ocurriendo hoy. Keynes pensaba, y lo copio de la Wikipedia, “que el sistema capitalista no tiende a un equilibrio de pleno empleo de los factores productivos, sino hacia un equilibrio que solo de forma accidental coincidirá con el pleno empleo. Keynes y sus seguidores de la posguerra destacaron no solo el carácter ascendente de la oferta agregada en contraposición con la visión clásica, sino además la inestabilidad de la demanda agregada proveniente de los shocks ocurridos en mercados privados, como consecuencia de los altibajos en la confianza de los inversionistas”. ¿Os suena? Exacto, estamos precisamente en eso. Por alguna extraña razón que se me escapa, alguien decidió en algún momento adoptar las locuras de Friedman. ¿Quién? Tanto en el libro de Naomí Klein como en el documental de la 2, queda diáfanamente claro.
Las teorías de Friedman eran demasiado descabelladas como para llevarlas a cabo en el propio territorio de los Estados Unidos. Se exportaron a Chile, como una especie de experimento. Los “chicago boys” ocuparon varios altos cargos del ministerio de economía, y en esas estaban cuando surgió el amigo Allende desafiando el poder de los EEUU. ¿Qué hizo Nixon? Quitárselo de en medio y colocar al amigo Pinochet, de infausto recuerdo. Es en este momento donde aprendemos, viendo el documental, que esa teoría económica sólo puede darse en un estado en el que se mantenga a la población adormecida, aterrorizada, ya que la primera consecuencia de la aplicación de las privatizaciones salvajes es el cierre de industrias estatales, el paro, y por lo tanto, la indignación de la población, que se neutraliza con la búsqueda de un enemigo, exterior o interior, real o imaginario, que en el caso de Chile fue la lucha contra el marxismo, en la que murieron muchas personas y se torturó a una gran parte de la población. En Argentina se hizo exactamente lo mismo, con las mismas consecuencias. En un país en el que no había parados, la implantación de las teorías de Friedman provocó la mayor inflación del mundo. ¿Qué ocurría en el mundo supuestamente civilizado? Aparentemente nada, hasta que los amigos Reagan y Tatcher coincidieron en el poder. No quiero aburriros, porque ese documental hay que verlo. El caso es que ahora todo sigue igual. Bush se buscó el enemigo fuera cuando cayó el bloque comunista, centrando el eje del mal en Afganistán primero e Iraq después (curiosa la referencia a Pakistán, un hervidero de terroristas y fundamentalismo en el que EEUU no sólo no se  fijó, sino que le financiaba y le vendía material nuclear). El documental termina con Naomí Klein poniendo un ejemplo que estremece. Después de la Gran depresión, similar e incluso inferior a la ocurrida en los ochenta y los noventa, hubo más cuatro mil huelgas, ¿sabéis cuantas ha habido en esta crisis?”, y alguien de la sala responde “dos”, despertando la risa del auditorio, y la Klein aclara “veinte”, para acabar diciendo que la única manera de parar esto es luchar contra ello “ahí fuera”.

La visión del documental me dejó claras varias cosas que ya tenía claras desde hace tiempo, pero que no conseguía entrelazar hasta ayer.

-        Ya no existen las derechas ni las izquierdas, sino las ideas particulares de los políticos. En ese sentido, el documental falla, porque trata de imbuir un cierto tufillo izquierdista con homenaje a Obama incluído, pero no os dejéis llevar por los prejuicios. Quedaos con el grano y no con la paja. Tampoco es admisible tratar de achacar todo esto a unos experimentos con electroshock que se hicieron en EEUU a mitad de siglo. Esas partes del documental son anecdóticas, y no deben restarle su verdadera esencia. No podemos seguir votando a golpe de ideología, a ultranza, a uno u otro partido. No es lo mismo el afán privatizador de Esperanza Aguirre, por ejemplo, que el proteccionismo que parecen predicar otros. No hay por qué votar en bloque. Listas abiertas, por tanto, y exigir a cada uno que nos aclare las ideas que piensa aplicar. Eso en lo que se refiere a nosotros. Contra los mercados exteriores, en principio, no se puede hacer nada, pero si seguimos privatizando, acabaremos como Chile o Argentina.

-        El capitalismo salvaje provoca que un encargado general (o un consejero) gane cuatrocientas veces más que un empleado medio. Eso trae como consecuencia 8estremecedoras las imágenes en las que se muestra esto en el documental) que se instaura una élite de supermillonarios por encima de una población sumida en la miseria. Aclaremos esto:  Toda la población acaba sumida en la miseria, salvo la élite, y no nos engañemos: ni tú, ni yo, ni nadie de nuestro entorno, formaríamos parte de esa élite, a la que sólo se accede mediante amiguismos e influencias, como deja claro el documental en el caso de Rusia, con una casta de hipermillonarios amiguetes de Boris Yeltsin que se repartieron las industrias estatales a su antojo y disfrutaban de sus fiestas en el “salvaje oeste” en que se convirtió Moscú, frente a una población que se moría de hambre. El gran triunfo del sistema Friedman es la aniquilación de la clase media, y la creación de una población esclava y sumisa que trabaja para la élite cada día más rica.

-        Nadie, absolutamente nadie, ni los políticos, a menos que se den cuenta de una vez de que están a nuestro servicio, ni por supuesto los bancos, nos van a resolver la vida. Empezamos a ser vistos como carne de cañón, como pagadores de impuestos que no rechistan. Los sueldos son cada vez más bajos, lo que impide, junto a la subida de impuestos, que podamos levantar cabeza y vivir dignamente. Eso los que todavía contamos con sueldos, por supuesto, porque el paro atenaza cada vez más y la miseria está a la vuelta de la esquina. No podemos seguir siendo conformistas y aceptando situaciones de semiesclavitud laboral. No debemos consumir nada cuya manufacturación huela a esclavitud, y creo que eso resultaría sencillo si nos pusiéramos todos más o menos de acuerdo.

Friedman murió poco después del huracán que asoló Nueva Orleáns. Poco antes de morir dijo que la zona devastada era una gran oportunidad para empezar de cero y conseguir jugosos contratos de reconstrucción en la zona. Lo mismo se había hecho en Iraq, zona en la que acabaron existiendo más contratistas que soldados. Tras el tsunami de Filipinas, los que perdieron sus pobres casa de pescadores fueron expulsados de los terrenos que aquella ocupaban para levantar hoteles de lujo. El capitalismo salvaje no es la forma de salir adelante, ni mucho menos. Conocer su filosofía es el primer paso para luchar contra él, y el documental es una buena manera de acercarse al problema. Creo que el libro del mismo título también está disponible en la red. Os invito encarecidamente tanto a ver el documental como a leer el libro. No os defraudará, os lo aseguro.

martes, 8 de noviembre de 2011

La madre del cuco y la prensa

Se ha levantado un gran revuelo en los últimos días a consecuencia de la polémica entrevista que le hizo Jordi González a Rosalía García, la madre del cuco, el pasado día 29 de Octubre, en “La Noria”. A pesar de que no veo jamás ese tipo de programas, resulta inevitable que no me vea salpicado al hacerse eco del debate varias emisoras de radio que sí suelo escuchar con una frecuencia prácticamente diaria. A raíz de los comentarios, he podido deducir que la madre de tan polémico personaje no mostró la cara en ningún momento, y además se llevó a su casa la friolera de entre 9.000 y 10.000 euros.
Al parecer, la polémica comenzó en el mismo programa, cuando, tras la entrevista, una de las invitadas, Pilar Rahola, comentó que la madre del cuco no debería haber cobrado nada por acudir al plató. Ni Jordi González ni María Antonia Iglesias habían comentado nada al respecto, porque esa era una de las condiciones que al parecer había impuesto el abogado de Rosalía García para conceder la entrevista.
Todos estos datos los he sacado de Internet. Ya he comentado que no vi la entrevista. La cadena trató de lavar su conciencia in situ, debatiendo la conveniencia de realizar o no la entrevista en nombre de la libertad de expresión, y cuestionando si la madre del cuco debería o no haber ido a que la diseccionaran en directo. He escuchado en algunas cadenas de radio a personas que arremeten contra ella por haber acudido cobrando a “defender” la inocencia de su hijo. Hasta ese punto se ha conseguido de nuevo ese lavado de cerebro comunitario al que nos están sometiendo, o nos pretenden someter, las cadenas de televisión mayoritarias.
No comprendo que la cadena pretenda hacernos creer que la culpable de toda esta historia es la propia madre del cuco por acudir al plató, y encima cobrando. ¿Qué sentido tiene hacer la entrevista, que por cierto al parecer no aportó absolutamente nada al caso, y tratar de demonizar después al entrevistado? Vamos a tratar de ser sensatos. Es imposible pedirle responsabilidad en los actos a una mujer cuyo fracaso como madre se pasea por los juzgados. Si a una mujer que probablemente no tenga ningún tipo de valor, de criterio o de personalidad, se le ofrece una cifra jugosa, lo más normal es que la acepte, y se presente en el plató con sus mejores ropas, con ese tremendo anillo de plata que al parecer lucía, y con las gafas colocadas sobre la cabeza. Así, porque ella lo vale, sin más, a pesar de que su hijo se halle envuelto en uno de los asesinatos más nauseabundos de la historia de nuestro país. ¿Qué le importa eso a ella, cuando le enseñan la pasta?
He escuchado declaraciones de todo tipo. Una de las que más gracia me hizo fue la de una mujer que decía “yo soy madre, y si mi hija se viera envuelta en algo así, sería la primera en denunciarla”. Vamos a dejarnos de tonterías, por favor. Por un hijo matamos, sea o no culpable, y al pensar los padres así, lo más probable es que los hijos salgan más o menos normales, con sus defectos y sus tonterías, pero sin ese grado de bestialidad que tanto el cuco como las otras alimañas que se están riendo de España entera son capaces de mostrar en un momento de ira. Me parece de lo más normal que una mujer como la madre del cuco vaya a un programa a cobrar una pasta. ¿Por qué iba a tener ella más ética que su hijo?
Una vez aclarado que pienso que la culpa no es en absoluto de ella, sino de la perversión de una cadena que no duda en entrevistar a quien sea con tal de ganar audiencia, me planteo la cuestión que da título a esta entrada. No entiendo la polémica. ¿Qué esperamos de una cadena como la que emite ese programa? ¿Ética? ¿Rigor periodístico? ¿Esclarecimiento de la verdad? Vamos, por favor. Creo que ha quedado más que demostrado que lo único que se muestra hoy en día al espectador es el morbo, la bazofia, la inmoralidad, la envidia y el rencor. Eso es lo que los altos directivos piensan que proporciona audiencia, a pesar de que para ello tengan que dañar gratuitamente a familias como la de Marta del castillo.
Se nos está estafando a todos los niveles con la información que nos arrojan los medios. De la noche a la mañana, han desaparecido todos los periódicos independientes y rigurosos de verdad, y los que lo eran se han rendido de la forma más obscena a los oscuros intereses de los grandes grupos que los editan. Resulta sangrante y grotesco que no haya aparecido ni en las televisiones ni en la prensa escrita la  terrible noticia del soldado estadounidense Alvin R. Gibbs, que asesinó impunemente a civiles en Afganistán por el mero placer de asesinarlos. De haber ocurrido en Vietnam hace treinta años, la noticia habría sido portada en los periódicos de todo el mundo. Hoy en día tenemos que enterarnos de una salvajada así, como en mi caso, por la mención que se hizo de ella en un programa de RNE. Podéis recabar más información en el siguiente enlace:
¿Qué está pasando? ¿Es que no existe nadie dispuesto a realizar un periodismo de calidad, a llamar a las cosas por su nombre, como sucedía antes? ¿Es que nos vamos a dejar aborregar con imbecilidades tan flagrantes como las que nos vomitan cada día los telediarios? Creo que ya está bien, que una parte de la población queremos conocer lo que ocurre en el mundo, saber la verdad aunque esta duela, analizar la materia de la que está hecha el ser humano, si es que se le puede llamar así. A todos los niveles, tanto sociales como políticos o económicos. Ya está bien de que nos tomen por idiotas. Nos meten el miedo en el cuerpo, continuamente, logrando exterminar nuestra confianza en nosotros mismos, con lo cual difícilmente saldremos de la crisis. No llegaremos a nada si miramos hacia otro lado, si nos empeñamos en esconder la cabeza cuando sucede una tragedia a nuestro alrededor. Ese proceso de aborregamiento tan perfectamente estudiado concluirá, como ya lo está haciendo, cuando no nos importe en absoluto lo que le ocurra a nuestro vecino, a nuestro amigo e incluso a nuestro familiar más cercano. ¿Es que pretende llegar a eso? Todos vivimos los dramas cercanos de compañeros que pierden el empleo de la noche a la mañana, y no ocurre absolutamente nada. En el fondo de nuestra alma pensamos “suerte que no me ha tocado a mí”. Ese es precisamente el triunfo de esa perversa manera de dosificar la información.
No todo es negrura, por suerte. Buceando en la famosa polémica, he descubierto que gracias al blog de un periodista llamado Pablo Herreros, se consiguió que las marcas patrocinadoras de La Noria retiraran sus anuncios del programa. El enlace a dicho blog es el siguiente:
Os invito desde aquí a echarle un vistazo. Resulta más que interesante la idea de Pablo de implicar a las marcas, que son las que realmente sostienen a la cadena. Esperemos que dentro de dos semanas no se haya olvidado todo. Con la memoria de borregos que se nos está quedando, no me extrañaría nada.

viernes, 2 de julio de 2010

El espíritu de "Invictus"

Partamos de la base de que no soy en absoluto futbolero. No simpatizo con ningún equipo, si exceptuamos todo aquel que juega contra otro gran equipo, plagado de estrellas, y que a priori le va a dar una soberana paliza a su rival. En ese caso sí suelo tomar partido por el débil, y me alegro infinito si gana al equipo favorito. No sigo la liga, ni la Champion, ni la Copa del Rey, ni ningún otro trofeo similar. No conozco la vida y milagros de los jugadores, ni de los entrenadores, ni de los presidentes, excepto la de algunos pocos de estos últimos que en su delirio sobrepasan los meros límites del universo futbolístico, para meterse de lleno en terrenos como el político. Unos cuantos borrachos del poder que le han otorgado los jugadores a los que representan, por el mero hecho de pegarle patadas a un balón. Ocurre en casi todos los campos de la vida. Los que se llevan las medallas, los bocazas incontrolables, son los que dirigen al equipo, sin asumir humildemente que su única función debería ser la de firmar talones para contratar a tal o cual estrella, y quedarse calladito mientras su equipo mete goles o gana títulos.

Partiendo de esa base, me ocurre sin embargo algo curioso cada cuatro años (en realidad cada dos, si contamos la Eurocopa): me engancho al Mundial de fútbol, desde la primera fase hasta la final, y disfruto con cada partido, incluso los primeros, como un niño con zapatos nuevos. Recuerdo los tiempos gloriosos en los que no había que pagar para ver los partidos. Me tragaba prácticamente todos, porque además el evento solía coincidir con algún período vacacional. Me resultaba muy grato ver jugar a las 12 de la mañana a Camerún contra Austria, por ejemplo, en aquel fatídico mundial en el que las selecciones de Alemania y Austria se pusieron de acuerdo para empatar su partido a cero y dejar a Camerún fuera. Recuerdo perfectamente el gol de Cardeñosa, la metedura de pata de Arconada, el labio partido de Luis Enrique y la desesperación, una y otra vez, cuando no pasábamos a octavos a pesar de todos los esfuerzos y de esa supuesta “furia española”, que ni nos llevaba a ninguna parte ni nadie sabía muy bien en realidad en qué consistía. Me daba igual que nos eliminaran. Yo seguía viendo los mundiales hasta el final, hasta ese partido electrizante en el que Zidane le pegaba un cabezazo a Materazzi, hasta ese partido en el que siempre rogaba porque ganara Holanda, y nunca lo conseguía.

Desde la Eurocopa del 2008 noté que algo había cambiado. Nuestra selección puede que no tenga “furia española”, ni puñetera falta que le hace. Lo que sí tiene, y creo que a raudales, es espíritu ganador, una gran cohesión como equipo, y esa humildad que te hace respetar al contrario para conocerle bien. Empecé a entreverlo cuando ganamos en el 2008 a Italia a los penaltis. ¡La campeona del mundo había caído!. En aquel momento pensé que podíamos hacerlo, que era posible ganar la Eurocopa, como así fue. El gol de Torres a Alemania nos dejó prácticamente afónicos a toda la familia de tanto celebrarlo.

Me está gustando España en estos mundiales, y mucho. Me está gustando hasta el punto de haberme comprado una camiseta de la selección. Me está algo pequeña. Ayer me la probé y parecía un tomate (voy a tener que investigar a ver dónde se la compró Manolo el del bombo, que debe ser más o menos de mi talla). Cada vez que juega España resulta todo un acontecimiento familiar. Mi hijo y mis sobrinos se han comprado el kit de animación, consistente en bufanda, banderín, trompeta y gran bandera que hemos desplegado en la ventana. El primer gol de Villa a esa despistada selección chilena que se iba para adelante sin ningún sentido me pareció un acto de inteligencia y de profesionalidad futbolística digno de pasar a los anales.

Se están vislumbrando varias cosas con la trayectoria que está siguiendo España en el Mundial. En primer lugar, se detecta en la selección espíritu de equipo, de saber lo que se está haciendo en cada momento. Cada uno en su lugar, y sobre todo, y eso es para mí lo más importante, perfectamente compenetrados con jugadores que, fuera del mundial, juegan en equipos rivales, y muy rivales a veces. No he escuchado todavía a nadie, y he hablado con mucha gente desde que empezó el campeonato (reconozcámoslo: a día de hoy, el Mundial es el tema de conversación por excelencia), hacer la más mínima mención a que Xabi, Iniesta o Piqué son del Barsa, ese equipo odiado en Madrid, o que Llorente sea vasco. Para todo el mundo, incluso para los madridistas acérrimos (conozco a unos cuantos), Xabi, Iniesta y Piqué son de la Selección, son de España, y Llorente hizo un partidazo el otro día ante Portugal. En ese sentido, me parece muy acertado ese anuncio de Cruzcampo que dice que no es una selección, sino un país, la que nos representa en los mundiales. Se acallan a toque de balón los absurdos comentarios sobre el Estatut, por ejemplo, o sobre el caos que se está organizando en Madrid con la huelga de transporte, con sindicatos y Comunidad enfrentados hasta el insulto. El espíritu de equipo de la Selección está por encima de todo eso.

Deberíamos reflexionar un poco sobre lo que la Selección española ha conseguido y, con un poco de suerte, está a punto de conseguir. Jamás había visto tantas banderas de España en la calle, en los coches, en las ventanas. Una bandera que se había intentado hace años emplear como símbolo político y como arma arrojadiza para denostar al partido o partido que en teoría se la apropiaba, se convierte por arte de gracia en un motivo de orgullo, en un símbolo de simpatía hacia la selección. Ocurre lo mismo con la camiseta. “La roja”, cuyo sólo nombre hubiera levantado ampollas no hace mucho, es posiblemente la prenda más vestida en estos días. La alegría cada vez que España se deshace de un rival se detecta en las calles, en las casas, en las familias. Una alegría que buena falta nos hace ante la crisis que tenemos encima. El consumo respira. Quien más, quien menos, se compra una televisión para ver a la roja, o se gasta unos euros tomando el aperitivo en el bar de abajo para ver el partido. Todos parecemos formar parte de un equipo, de un gran equipo en el que la Selección española, que lo está haciendo muy bien, resultaría ser la punta del iceberg.

La Selección nos está demostrando que se pueden hacer las cosas bien, por encima de las diferencias de procedencia, cultura, religión o axiomas políticos. Más de uno debería aplicarse el cuento, y adoptar ese espíritu. Al fin y al cabo, una selección no resulta muy diferente de una familia, una comunidad de vecinos, una provincia o un país. Si lo que se quiere es sacar las cosas adelante, se puede, como están demostrando en otros muchos países de nuestro entorno. Si lo que uno busca es su parcelita de poder, el insulto al contrario, la comodidad y los privilegios en el puesto de trabajo, haciendo para todo ello el menor esfuerzo posible, lo más probable es que no se llegue a ninguna parte. Parece una simpleza y una perogrullada, pero es así. Anteponiendo el esfuerzo, el sacrificio y un cierto espíritu ganador que creo que jamás hemos tenido como colectividad, se consigue muchísimo más que con los prejuicios, la intolerancia, y ese apartheid mental al que algunos se someten voluntariamente, en un intento, que jamás he entendido, de amargarse la vida.

Las perspectivas son positivas. Haga lo que haga, la Selección nos está alegrando en cierto modo la vida estos días. Mañana juega contra Paraguay, y volverá a ser un acontecimiento, un punto de encuentro, una descarga de emociones y sentimientos positivos, tanto si gana como si pierde.

¿Y si ganamos el Mundial?. Creo que me equivoco poco si afirmo que cambiaría bastante el panorama actual de nuestro país. Nos vendría muy bien que el espíritu de “Invictus” se instalara por una buena temporada en nuestros corazones.

lunes, 22 de febrero de 2010

Los asesinos de Voltaire


“No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo”.





Muchos de vosotros sabéis que he utilizado en innumerables ocasiones esta frase de Voltaire como firma en algún que otro foro. Creo que es la única frase que define en cierto modo la filosofía que trato de seguir en todos los órdenes de la vida. ¿Qué quiere decir Voltaire con ese axioma, perfecto en su rotundidad, y aparentemente contradictorio en su esencia? A veces, y a medida que transcurren los acontecimientos cada vez más, pienso que nadie se ha parado a pensar en el verdadero sentido de la tolerancia, único camino a seguir para avanzar hacia adelante. A eso se refiere la frase de Voltaire. El paradigma de la tolerancia, del respeto al contrario, consiste en admitir sus ideas, a pesar de que choquen frontalmente con las nuestras, y no sólo a admitirlas, sino a defender el derecho a exponerlas, libremente y sin ningún tipo de complejo.



¿Cuándo se produce, a mi parecer, el asesinato de Voltaire? Cuando se pasa como una apisonadora por la frase que define su forma de pensar. Es decir, cuando se practica la intolerancia. No nos estamos dando cuenta de que cada vez nos hacemos más intolerantes con lo que no comulga con nuestras ideas, del mismo modo en que no nos damos cuenta de que nuestras ideas son cada vez más básicas y poco elaboradas. Detecto intolerancia en cualquier foro, en todos los debates políticos, en la calle, en los periódicos, en la radio. Existen intolerancias no sólo hacia lo extranjero, sino hacia el que celebra simplemente el gol del equipo contrario al nuestro. La intolerancia no se manifiesta sólo por la violencia, el extremo antitolerante del descerebrado que opta por acabar directamente con el que no piense como él, sino por el desprecio, la sordera autoimpuesta, o el simple hecho de volverse de espaldas.

Se detecta una intolerancia que roza lo enfermizo cuando se realizan ataques absurdos contra una institución, un partido político o un equipo de fútbol. ¿Qué se entiende por “ataque absurdo”? Voy a poner un ejemplo: el reciente ataque contra la Iglesia realizado por una tal Ana Morgade en uno de los últimos programas de Buenafuente.

Vaya por delante que no soy practicante, pero tampoco soy ni ateo ni agnóstico. No tengo ningún problema en entrar a una iglesia cuando la ocasión lo requiere, al contrario que esos acérrimos que parecen creer que se les va a desplomar el techo sobre la cabeza si lo hacen. Entro a las iglesias del mismo modo en que podría entrar sin ningún perjuicio en una mezquita o en una sinagoga. La vida me ha proporcionado tantos motivos para creer en Dios como para no creer, pero desde luego, mi actitud ante la iglesia no está marcada por una mala experiencia con algún cura durante mis años de infancia, como parece estarlo la de la mayoría de personas que arremeten contra ella. Parecemos incapaces de entender que las instituciones están formadas por personas, y que la Iglesia como tal ha sido capaz de cometer los mayores desmanes, y los sigue cometiendo con opiniones en ocasiones obsoletas, pero también existen personas comprometidas con ella que realizan una labor digna de admiración en países del tercer mundo. Se le puede reprochar a la Iglesia que tomara partido por una facción al estallar la guerra civil, pero del mismo modo en que se les puede reprochar a unos cuantos descerebrados (los descerebrados de los que hablaba antes) que se dedicaran a quemar iglesias en el momento en que se proclamó la república.

Cuando la intolerancia se desata, una cosa lleva a la otra, en una espiral de violencia y sinrazón que no conduce más que a la aniquilación y al desastre. Creo que resulta peligroso jugar a esos “ataques absurdos”, y sobre todo en programas de gran audiencia, porque siempre existirán descerebrados que lo tomarán como cruzada y como tema de conversación para descartar el derecho de miles de católicos practicantes a permanecer entre nosotros. A menos que el absurdo ataque de Ana Morgade esté destinado a desviar la atención sobre un hipotético “enemigo” fácilmente atacable, no le encuentro ningún sentido al asunto. Me parece absurdo hablar de la financiación de la Iglesia, cuando la realidad es que la propia cadena que paga a la Morgade obtiene ingresos que rayan la obscenidad gracias a la publicidad, a la financiación pública, y a todos esos pobres de espíritu que inundan los programas de sms casi ilegibles, el de Buenafuente incluido.

No somos conscientes en España de los peligros que lleva implícita la intolerancia. Gracias a una educación tercermundista, basada en el desprecio a los valores y al desarrollo de la inteligencia, y cuyo único sentido para los que la definen en cada momento parece ser la de conseguir ciudadanos que voten una determinada opción, estamos consiguiendo ceporros intolerantes contra todo, cuya máxima aspiración en la vida consiste en aparecer en televisión, aunque sea a costa de mostrarle al mundo sus imbecilidades y las de sus progenitores. Eso, unido a esa ingente masa de personas mayores y gran parte de su progenie, que votan a piñón fijo, de una forma peligrosamente subjetiva, en función de las heridas producidas durante la guerra civil en uno y otro bando, que sin duda se habrían cerrado ya de una vez de no ser por la demencial política en ese sentido de los partidos mayoritarios, nos lleva sin remisión a un bipartidismo irreconciliable, incapaz de avanzar en ninguna dirección que no sea la de justificar sus desmanes aireando los del contrario. Ese pacto tan necesario, que se produciría sin dudar e instantáneamente en cualquier otro país europeo, es imposible que se produzca en España a causa de la intolerancia hacia el otro, a causa de esos asesinos de Voltaire a los que no les importa en absoluto hundirse con tal de que el adversario político se hunda a su vez.

La intolerancia empapa todo lo que nos rodea a los españoles. En las encuestas de la radio se dibuja la tendencia de cada uno cuando apenas ha pronunciado diez o doce palabras. Enseguida se ve si es de izquierdas o de derechas, del mismo modo que se detecta con leer los titulares la tendencia de todos y cada uno de los periódicos que inundan los quioscos. Incluso este escrito resulta impublicable, debido a que no toma partido por ninguno de los dos grandes poderes políticos españoles actuales.

Yo reivindico la intolerancia contra la intolerancia, aunque parezca un contrasentido. Dado que resulta una utopía implantar en España el sistema de listas abiertas, único modo de elegir lo mejor de cada uno de los partidos, y desechar la morralla de personas inútiles y enfermas de ansia de poder que pueblan desde los ministerios hasta el más misérrimo ayuntamiento, reivindico al menos la creación de un partido auténticamente de centro, tolerante con sus adversarios y dispuesto a caminar hacia adelante, con soluciones que no huelan desde lejos a partidismo o a oscuros intereses electoralistas. Sólo de esa manera nos subiremos al tren de la modernidad y de la auténtica convivencia.



De otro modo, seguiremos asesinando cada día a Voltaire, al tiempo que cavamos nuestra propia fosa.

martes, 9 de febrero de 2010

Palabras de una amiga que vive en Venezuela

Copio esta sentida entrada del blog de una amiga que vive en Venezuela. Creo que no procede dar ni nombres ni datos que pudieran perjudicarla de algún modo:

"Desde que decidí abrir el blog quise dedicarlo exclusivamente a tocar temas literarios, como la gran mayoría de blogeros hace. Hoy voy a hacer una excepción, pues creo que ha llegado el momento. Vivo en un país donde la libertad de expresión está en peligro y es probable que en poco tiempo no pueda seguir teniendo acceso a Internet ni a mantener mi blog.







El presidente, teniente coronel Hugo Chávez, no conforme con insultar al pueblo de Venezuela siete días a la semana en largas cadenas que abarcan todos los medios de comunicación audiovisuales, nos ha “prometido” que para solucionar el problema de la energía termoeléctrica, traerá al comandante Ramiro Valdez, un cubano a cargo de la represión en Cuba al estilo Stasi de la fenecida República Democrática Alemana o de la KGB de la hoy extinta República Soviética, responsable de que en esa isla sea casi imposible el acceso a Internet.






Novecientos mil millones de dólares, léase: US$ 900.000.000.000,oo provenientes del ingreso petrolero no fueron suficientes para que tengamos energía como en un país civilizado.






190.000 muertos por asesinato, cientos de miles de empleos perdidos, 170 industrias cerradas o “tomadas” por el gobierno, miles de hectáreas “recuperadas” de tierras fértiles que antes se dedicaban a la cría de ganado o a la agricultura y que hoy yacen mustias y cubiertas de barriadas. Y una población sin acceso a comprar divisas extranjeras, con una policía que reprime a los ciudadanos en lugar de protegerlos, es el resultado de once años de desgobierno, en el que el ciudadano presidente no sólo ha cambiado el nombre al país, sino que lo ha declarado socialista.






Claro, apoyado por La corte suprema de Justicia, El poder Electoral, La asamblea nacional y todos los militares, es muy fácil perpetuarse en el poder. Lo único que tiene que hacer es repartir dinero o permitir la corrupción, que hoy por hoy conforma una boliburguesía (de bolivarianos burgueses) que son los que se plegaron al gobierno y forman parte de uno de los grupos multimillonarios del mundo. Muchos de ellos tienen cuentas de dos mil o tres mil millones de dólares o euros. Si no es más.






Sí, señores, este gobierno ha regalado a los países que lo secundan ochenta y dos mil millones de dólares. Tal como lo leen, y ha permitido que sesenta y dos mil cubanos penetren las fuerzas armadas, controlen el ministerio de documentación personal, y sean los jefes. Luego Chávez llama apátridas a los estudiantes que se alzan en contra suya, porque en este país no existe una oposición política valiente, capaz y organizada.






Un señor que se rodea de seis escudos de guardaespaldas, y que a una orden suya cualquiera puede ser detenido, puede insultar, agredir, amenazar, decir palabras soeces a una ciudadanía inerme, porque con armas y guardaespaldas se puede ser muy valiente. Pero quiero ver al señor Chávez enfrentar a una simple ciudadana, que podría ser yo, que él se quite el uniforme, la gorra roja, que mande al cuartel a sus soldados y a sus focas de circo que aplauden hasta cuando respira, y que se ponga frente a mí, con una simple camisa de color neutro, sin tener ni un cortaplumas en el bolsillo, que quiero ver si es capaz de defenderse.






Sé que corro un gran riesgo al escribir esto, es probable que me vea amenazada como ha ocurrido con otras personas que se atrevieron a decir lo que piensan, pero creo que ya no es momento de callar. Soy una persona que se presenta con su nombre y apellido, y muy fácil de ubicar. Aquí me tienen. De todos modos, como trofeo, no soy una buena pieza de caza. Lo siento."

lunes, 28 de diciembre de 2009

El clan


Escucho casi sin querer que en los restaurantes de las zonas turísticas de Madrid existen dos cartas, una para españoles (o madrileños, o del centro, vaya usted a saber) y otra para extranjeros, bastante más disparatada en cuanto a los precios que la otra. Escucho también los desmanes que cometen los taxistas con todo aquel que tenga pinta de guiri o de paleto. Es normal. No me extraña nada. Desde hace mucho tiempo, soy consciente de que, en España, si no perteneces al clan, estás perdido. Completa y absolutamente perdido.



Haces una reparación en el coche. Lo llevas al taller de confianza. Ya te has tomado unos cuantos cafés con el dueño, y te invitó incluso al cumpleaños de su hijo. Está hecho, ya perteneces a su clan. Compruebas con sorpresa que a otro caballero, que además había llegado antes que tú, le hacen esperar el doble, le hacen lo mismo que a ti, y le cobran cuatro veces más. Normal. ¿Qué narices esperaba, si es un desconocido?.

Haces una gestión en cualquier ministerio. El que sea. Colas interminables, formularios absurdos, y al final, un individuo de mirada lateral te dice “todo esto se podría agilizar si usted quiere”, o “si le hubiera hecho en mi estudio el proyecto de reforma, ya estaría aprobado”, o cualquier otra propuesta que, si perteneces al clan, te ahorras.

La corrupción en España es un mal endémico desde siempre, y a todos los niveles. Te engaña el funcionario, el del taller, el del puesto de la fruta. Te engaña tu compañero de estudios, que se presenta al examen cuando todos han decidido no hacerlo, te engaña tu compañero de trabajo, poniéndote la zancadilla ante tu jefe para escalar posiciones. Es acojonante. A veces, no basta con pertenecer al clan. Además hay que morder, por si acaso.

Las tramas Gurtel, Pulpí, etc, son sólo la punta del iceberg de lo que se mueve entre bambalinas. Cuando te has tomado un par de cafés con alguien que trabaja en la Comunidad, la que sea, te susurrará al oído que están en bancarrota, y que todo lo que se ha hecho (Madrid, Barcelona, Valencia...) ha sido con dinero de los fondos europeos, un dinero que se ha terminado para España. Te quedas sorprendido, entre otras cosas porque ese conocido se pasa todo el santo día sin dar un palo al agua, y nadie hace nada.

Pertenezco al clan de la construcción. Hay una crisis terrible, pero los promotores,los constructores o hasta los simples propietarios de una empresa de fointanería, siguen gastándose dinero en comidas, para amigos o clientes, de doscientos euros el cubierto, y viajando en business privado a sus dominios. Hay crisis, pero las grandes cadenas de ropa o de lo que sea siguen abriendo tiendas por todo el mundo. ¿A base de qué? Pues a base de pagar sueldos de mierda a sus empleados, que sin embargo están contentos por estar trabajando para una gran cadena.

El clan es fruto de la ignorancia y el miedo, y el miedo y la ignorancia generan paranoia. El clan es el que gobierna nuestros destinos, el que tapiza con un manto de ceguera cualquier cosa que se haga en su nombre. Es normal robar al que no pertenece al clan. Vivimos como en los tiempos de la Prehistoria, con clanes con todos lados, que soportan a sus miembros pero desprecian a los que no lo son. Los nacionalismos, los partidismos absurdos que buscan culpables antes que soluciones, las actitudes como la de no hacer nada esperando a que alguien falle para poder echarle la culpa de que el barco se hunda, sin plantearse siquiera la posibilidad de impedir ese hundimiento. Lo estamos viendo a cada momento, en el trabajo, en el bar de la esquina, en el banco, en ese restaurante en el que se permiten el lujo de pasar de atenderte, colando a los amiguetes, simplemente porque no perteneces al clan. ¿Cómo vamos a ser capaces de pedir esfuerzos a nuestros políticos, si a nosotros mismos nos encantaría tocarnos las narices como ellos?

Gerald Brenan lo definía perfectamente en “El laberinto español”. La actitud española está dominada por el caciquismo, el amiguismo, la desidia, y los delirios de grandeza procedentes de un desaparecido pasado imperial. ¿Cómo voy a llevarme yo comida a la oficina? Es algo que hemos escuchado en miles de ocasiones, cuando en Londres ves que los altos ejecutivos van en el metro con sus tarteras. Claro, tal vez la solución sea la de no viajar.

Odiamos al que tenemos enfrente si es catalán y nosotros madrileños, y dentro de Madrid, odiamos a los del sur si somos del norte, y viceversa. Cuando yo era niño, organizábamos guerras de piedras día sí y día también con los niños de “la otra calle”. Es inevitable, lo llevamos en la sangre. Ese cuadro de Goya con dos tipos que se dan de garrotazos con las piernas enterradas, sin posibilidad de escapatoria, nos define perfectamente.

Para acabar con el clan hay que abrir la mente, y para abrir la mente hay que fomentar la educación. No es posible evolucionar si no se cuida como a un hijo un campo tan importante como ese. Nuestras políticas universitarias y escolares están llegando a ser las más atrasadas no ya de Europa, sino del mundo. No creo que existan jóvenes más zopencos y superficiales en la faz de la tierra que los que aparecieron en “Curso del 63” o en cualquier programa de tv a los que les dejen asomarse. Estamos abocándonos a un auténtico desastre con la venda en los ojos, tratando de sobrevivir de mala manera y sin ningún resquicio a la esperanza.

Cuando llegue el momento del caos, el clan no nos va a salvar.