Carlos llevaba años intentando convencerme. En cada encuentro, en cada llamada de teléfono, en cada wasap, repetía como un mantra "tienes que venir, tienes que venir..." refiriéndose a Amaya, lugar en el que nació Ascensión, su mujer. La relación con ellos es algo que trasciende el parentesco, e incluso la amistad. Es mucho más profundo. Una fusión de sentimientos y experiencias compartidos, formas de ser similares, sentido del humor casi idéntico (patético para algunos, entrañable para otros), inquietudes y curiosidad infinitas... El eclipse era la excusa perfecta para sacudirme la desidia. La buena disponibilidad de Ana y la enorme generosidad de ellos hicieron el resto. El mismo día doce salimos hacia Amaya a primera hora de la mañana.
Tenía una idea del entorno gracias a una antigua fotografía
enmarcada que había visto en algún hogar familiar que no soy capaz de
concretar, pero ese vago recuerdo quedó borrado de un manotazo a medida que nos
acercábamos a la Peña, una mole imponente con el pueblo del mismo nombre a sus
pies. Tanto Ana como yo nos quedamos impactados ante su belleza. Ascen y Carlos
nos recibieron con los brazos abiertos, y después de las presentaciones comimos
los cinco (también estaba Mario, el hijo "pequeño" que nos saca la
cabeza a Carlos y a mí).
Por la tarde subimos a la Peña. La idea era vivir El
eclipse en algún punto a media altura. Nos sorprendió la cantidad de gente que
compartía con nosotros la pista forestal que llega hasta el aparcamiento, y nos
sorprendió más aún comprobar que el lugar estaba lleno de vehículos, muchos de
ellos con matrícula extranjera. Un buen número de personas habían montado el
observatorio en las inmediaciones del parking, con sombrillas, sillas, etc,
pero Carlos y Mario, con buen criterio, habían decidido subir hasta un
altiplano situado más arriba.
Finalmente llegamos a la caseta de vigilancia, un
pequeño edificio de madera desde el que se domina toda la zona. La vista de la
enorme llanura es espectacular. Nos sentamos al borde de un impresionante
cortado de roca caliza, con dos o tres grupos pequeños de personas a cierta
distancia de nosotros. Podíamos ver otros grupos, más numerosos, en un
altiplano situado por debajo del nuestro, y a algunos, más escasos, por encima,
en la zona de lo que llaman el castillo. Me sorprendió la altura del sol, que
me había imaginado mucho más bajo. Desde donde estábamos, sin una sola nube a
la vista, íbamos a disfrutar de un magnífico espectáculo.
Al tiempo que Ascen y Carlos nos contaban aspectos de
la Peña, preparábamos nuestra parafernalia, que consistía básicamente en sacar
del envoltorio dos gafas de papel homologadas para poder mirar el eclipse.
Mario y yo empezamos a buscar la luna, que no habíamos visto en ningún momento
de la subida, simplemente porque estaba ya tan cerca del sol que la luz de este
la ocultaba. Sobre las siete y media ya se veía, con las gafas especiales, un
pequeño mordisco negro sobre el disco solar, que fue creciendo muy lentamente,
creando una imagen muy parecida a la del antiguo Comecocos. La luz del entorno no
cambiaba, y al mirar al sol directamente (con gafas de sol, un par de
segundos), tampoco se veía ningún cambio. La zona negra se iba haciendo cada
vez más grande, se escuchaban los comentarios de los pocos grupos de personas
que compartíamos espacio (en uno de ellos, de nuestra edad, pude oir la palabra
"comecocos"), hacíamos fotografías, nos asustábamos cuando
Lucas retozaba saltando alegre de roca en roca por el borde del precipicio...
Todo transcurría con normalidad, sin cambios aparentes en el paisaje, mientras
esperábamos a que la luz del sol fuera completamente devorada por la oscuridad.
Cuando ya quedaban pocos minutos para que se produjera el eclipse nos
relajamos, atamos a Lucas, y muy poco a poco, pero de una manera muy clara, se
fueron apagando los murmullos de la gente.
Y de repente, a la hora indicada, sucedió.
Las gafas especiales ya no servían de nada en ese
momento. A través de ellas sólo se contemplaba la negrura más absoluta.
Desapareció por completo la claridad del día, para dar paso a una oscuridad
extraña, casi siniestra, que teñía el paisaje de un tono blanquecino apagado,
como un crepúsculo invernal. No pude evitar pensar en el momento de la
crucifixión de Cristo visto en tantas y tantas películas ("Ben Hur",
"La túnica sagrada"...), cuando el día se convierte en noche
de repente. Me sacudió una sensación extraña, como de magia mezclada con cierta
inquietud. Apenas se podía distinguir a las personas que contemplaban el
eclipse por debajo de nosotros, ni a las del castillo, muy por encima. El
silencio era absoluto, no se escuchaba nada, ni un pájaro, ni un ladrido, como
si se hubiera paralizado el universo. En ese momento no había ningún problema
en mirar directamente al sol, porque no había sol, sino únicamente un débil
resplandor anaranjado alrededor de un círculo completamente negro. Fue algo
increíble, un sentimiento intenso que no se puede describir. La Peña se
desdibujó, bañada por una tenue luz muy especial.
De repente apareció un minúsculo punto luminoso, una partícula, por arriba del círculo a la derecha. Se escucharon exclamaciones lejanas, incluso aplausos.
Fue en ese momento cuando la Peña me habló.
"Me llamaron Amaya, la madre. Hubo un
tiempo, hace más de tres mil años, en que los hombres me adoraban, pedían mi
protección y a cambio me ofrecían sus mejores armas en mi fuente. Hubo un
tiempo en el que fui una diosa. Hay quien dice que los dioses morimos cuando
nadie nos reza, hay quien dice que sólo quedamos dormidos. Hoy despierto para
contarte la historia de mis hijos".
A medida que la partícula de luz iba creciendo, y la
mole del castillo recuperaba su tono anaranjado previo a la puesta del sol,
Amaya me habló de los portadores del bronce, de los primeros cántabros cuyo
ganado pastaba en sus planicies, de esos más de treinta mil hombres que
vinieron de Roma obsesionados por la codicia y el poder.
"La paz mezcla a los hombres, y cuando
marchó el ejército romano, varias décadas después, mis hijos ya se consideraban
romanos y continuaron en mi falda varios siglos".
Y en aquel instante yo me sentí cántabro, y me sentí
romano. Era simplemente un ser humano, sin adjetivos, unido a la Peña por un vínculo que se
escapa a la comprensión, pero que seguramente tendrá mucho que ver con nuestra
pertenencia a la Madre Tierra.
"Para quien ha visto tanto como yo, la
lección más cierta es que nada en el mundo de los hombres es permanente, y
hasta el poderoso imperio de Roma fue borrado por el viento de la historia"
Y comenzó a hablarme de los visigodos, que llegaron huyendo de los musulmanes, y de los musulmanes que llegaron para robar a los visigodos, y mientras me hablaba, yo era visigodo, y luego musulmán, y después otra vez una mezcla de musulmán y cristiano, hasta el siglo XIV en el que llegaron la desolación y el despoblamiento, y los hijos de la Peña bajaron a la llanura.
"Os invito a recorrerme con los sentidos
despiertos, y en la voz del viento, mi más fiel compañero, y en el vuelo de los
buitres, me encontraréis. Tratadme con respeto. Recordad que soy una diosa
dormida".
Se despidió la Peña, justo cuando el Sol volvía a iluminarlo todo, y yo volvía a ser yo.
Al día siguiente, después de un espectacular recorrido
por la comarca de la mano de Ascen, Carlos y Diego (el hijo mayor, que también
nos saca la cabeza a Carlos y a mí), nos despedimos de ellos en la preciosa
iglesia de Amaya. Alguien, probablemente un artista anónimo, talló al estilo barroco dos astros en el altar
mayor: en el lado izquierdo, el sol, con cara alegre y pintada de
dorado. En el lado derecho, la luna, de perfil y pintada de negro. Ambos
separados, ambos complementarios. Me pareció agradable imaginar que, lo que un
hombre había separado en la tierra siglos atrás, lo había unido la Peña Amaya
el día antes en el cielo para contarnos su historia.
Nota importante: Aunque es verdad que la Peña me habló, no lo hizo eexactamente con esas palabras tan elegantes. Estas las he sacado de un proyecto promovido por el
Ayuntamiento de Sotresgudo, titulado LA PEÑA AMAYA. Os dejo el enlace, merece
la pena verlo: https://youtu.be/j-43HTm-b1M?si=m40LEYZmBY6wtjp4
Las fotografías sí son mías





