sábado, 27 de junio de 2026

LOS CHULOS DE LA IGNORANCIA

"Te lo digo yo, amigo, y cualquier álbum de "jazz" estándar no hace más que confirmarlo: no hay dos palabras más dañinas en inglés que "good job" ("buen trabajo")"

Terence Fletcher en "Wiplash"

 

Voy a empezar esta entrada a la manera de Javier Peña y su soberbio podcast "Grandes infelices". Imaginad una novela con esta trama: la hija de un afamado escritor español, profesora, poeta y dramaturga, que además ha ganado un prestigioso premio español de literatura, decide escribir una novela sobre el amor y el desamor. Crea tres personajes femeninos: una recién divorciada, profesora en un colegio de EEUU, que entra en shock porque su marido la ha abandonado mientras desayunaban; la amiga de esta, también profesora, y una tercera que se enrolla con el marido de la primera. Para darle algo más de enjundia a su novela, la autora mete digresiones más o menos cultas, que no sólo no aportan nada a la trama, sino que además se pueden encontrar fácilmente en la Wikipedia. Cuando describe un lugar lo hace como lo haría una guía turística de las del modo basura, del tipo "Conozca Roma en medio día", y los ambientes parecen párrafos de una revista de decoración. 

Los personajes son planos, banales, llenos de prejuicios y tópicos. Basan su vida en su estatus, en sus posesiones, en sus preciosas cositas que la autora describe con todo lujo de detalles. La trama avanza sin más, sin que ocurra nada, sin emociones, con ese tufillo tan común a los best sellers actuales de "Yo es que soy muy cool porque vivo y trabajo en una Universidad de EEUU". La hermana de la divorciada vive un bucle absurdo y sumamente inmaduro, aparentemente enamorada de un hombre que no va a abandonar a su mujer, y sin que aparentemente le importe destrozar a su marido y a sus dos hijos.

Terminé la novela por obligación, por el Club de lectura al que pertenezco, porque de ser por mí la habría abandonado en la página diez. Es una novela romántica de las malas, pero además con pretensiones. Banalidad, superficialidad, inmadurez, y una profunda incapacidad para transmitir emociones. Un artículo del "Hola", pero sin fotos. Ni siquiera del Hola: de la peor revista de cotilleo de peluquería que te puedas imaginar. Bastantes miembros del club de lectura dijeron que el libro les entretuvo, sin más.  El problema, creo, es que el entretenimiento en lo que se refiere a un libro, para mí, consiste en que me haga reír, me haga llorar, me cruja el alma o me vuele la cabeza. Para entretenerme no leo, sino que veo la televisión. 

Imaginad ahora que esa novela no la haya escrito la hija del afamado escritor. Sería una novelita sin más, y seguramente autopublicada, leída por unos cuantos amiguetes del autor, y seguramente olvidada a los dos días. Pero no ocurre eso. Y no ocurre porque rápidamente entran en acción los personajes que dan título a esta entrada: los chulos de la ignorancia.

Incluso antes de que sea publicada, varias revistas, cadenas de radio, librerías y otros medios, amparados y financiados por el gigantesco paraguas del inmenso grupo editorial que publica la novela, comienzan a bombardear a su inmenso público proclamando la grandeza del producto. Una vez publicada, son ellos mismos los que, dándole palmaditas en la espalda, le dicen a la novelista "buen trabajo", y esa expresión sirve como pistoletazo de salida. La autora da entrevistas larguísimas, seminarios, encuentros literarios, charlas, cócteles con gente VIP, vendiendo su insulso producto. Los chulos de la ignorancia hacen su agosto a medida que la novela se vende. Y se vende, por supuesto, aunque la mayoría de los que la compren ni siquiera la lean. A ellos les da igual la calidad, y suponen, y en la mayoría de los casos es así, que a los que les siguen también. No hay filtro, no hay nadie que le diga a esa mujer que su novela no vale nada. A nadie le preocupa, porque lo único importante es vender. 

Estamos viviendo en un cuento, "El vestido nuevo del emperador", en el que nadie es capaz de decir que el emperador va desnudo. Lo que importa es vender, aunque se de él caso de que el autor más vendido sea un escritor de folletines decimonónicos. La masa de la ignorancia, jaleada por sus chulos, es cada vez más crítica, y lo inunda todo. Un tipo con millones de seguidores canta letras machistas sin que nadie diga nada. Una youtuber iluminada les dice a sus millones de seguidores que tampoco pasa nada por no leer, y ninguno de esos seguidores protesta. Es el triunfo de la ignorancia, el sacrificio de la sensibilidad, del arte, en favor del Dios Beneficio. Resulta curioso, y casi insultante, que la novelista de la que hablamos ponga a parir a Trump en su folletín, cuando tanto Trump como el Grupo Editorial que la mima a muerte le rinden culto al nuevo dios de la Humanidad, el puro y crudo BENEFICIO.

En otro de los podcast que escucho, RADIO NADIE AL VOLANTE, Pablo Yupton y Gabriel Moreno nos hablan de libros y autores maravillosos de todos los tiempos. Músicos, novelistas, poetas de los que leen a veces un fragmento de dos líneas que encierra mucha más vida que la novela entera de nuestra amiga. A veces se quejan, y con razón, de que muchos de los libros de los que hablan están descatalogados o ni siquiera se han traducido. Es no sólo vergonzoso que ocurra algo así, sino también incluso peligroso. No me importaría que se promocionara la basura si hubiera también promoción de estas joyas, pero por desgracia no es así. 

En uno de sus podcast, Gabriel Moreno dijo que no hay ningún problema en no elegir la poesía, que a la poesía de hecho le da igual que la elijas o no, porque ella va a seguir ahí y se la suda si te gusta a ti o no. Que cada cual elija lo que quiera. Yo elijo la poesía, pero además de forma violenta, guerrera, visceral, porque es la única manera de combatir a la ignorancia. Al final, la Ignorancia hace callo, y se propaga como la peste, con mucha más rapidez que la sensibilidad. Por culpa de la ignorancia surgen personajes como Trump, Milei, Putin, Maduro, cada vez más frecuentemente, y es inevitable que más tarde o más temprano uno de estos iluminados acabe con la Humanidad. O eso, o terminaremos unos cuantos como el bombero Montag de "Farenheit 451", leyéndoles un poema a tres descerebradas, su mujer y dos amigas, que le escuchan sin entender nada, y que sólo saben distraerse mirando la televisión. Una de las amigas, al contacto con la sensibilidad que le transmite el poema que lee Montag, llora desconsoladamente, sin poder parar, y las otras dos le recriminan al bombero que la haya hecho sufrir. Y ahí precisamente está la clave. Buscar el no sufrir (o el no reír, el no emocionarse) es el camino más directo a la imbecilidad, a la ignorancia absoluta, a la falta total de empatía.

Y eso, queridos amigos, es el final.

 

jueves, 11 de junio de 2026

LEONORA, de Elena Poniatowska

Ni soy ni he sido nunca lo que se suele denominar "un buen partido". No tengo grandes posesiones materiales, ni dinero, ni joyas. No he sido un magnate de los negocios, ni de las finanzas. Ni siquiera me he molestado en darle alegría a mis redes sociales (que se pudren como esas redes abandonadas al sol en los puertos de Andalucía) para adquirir la fama que tienen los que saben cultivarlas. No, no tengo ni he tenido nunca nada de eso, pero sí que puedo presumir de haber construido, a lo largo de mi vida, un magnífico palacio: el palacio de mi imaginación, el palacio de mi alma.

Los cimientos los puso mi padre, bien anclados, potentes, en una colina de Ítaca. Al principio parecía una casita de pescadores de Santorini, pequeña, azul y blanca, pero poco a poco, como en Versalles, se fueron añadiendo edificios. Posiblemente la mejor época de mi vida transcurrió mientras lo construía. De vez en cuando Poe me echaba una mano. Lovecraft era más vaguete, se pasaba las horas muertas mirando a lo lejos sin poner un ladrillo. A veces Jack London y yo divisábamos a lo lejos el lomo de Moby Dick, desde una torre que crecía a medida que mi imaginación se alimentaba. El palacio no dejaba de crecer, pero cada vez lo hacía más lentamente, más pausado. A la euforia del lector que se iniciaba le siguió la parsimonia de un lector que, por leer mucho, ya no disfrutaba mucho.
Hubo sin embargo dos momentos de ampliación importantes: el primero gracias a mi hijo, que me descubrió a un Piranesi que diseñó para mi palacio unos sótanos inmensos parecidos a sus cárceles, y a un Mies que por fin edificó en mi jardín la torre que un rey ignorante no le permitió plantar en Londres. El segundo gracias a mi pareja, que tiene un palacio a su alma tan grande o incluso más que el mío. Desde que nos conocimos no hacemos más que ampliar alas, tirar tabiques, pintar techos con la pintura de la pasión, unas veces en su palacio y otras en el mío, indistintamente, con sensibilidad y sosiego, pero sin parar. Nuestro palacio, nuestra alma, se retroalimenta con nuestras lecturas.
El palacio, como todos, necesita un mantenimiento, una atención constante. De vez en cuando visitamos los palacios de amigos y conocidos, y algunos dan pena. Grises, oscuros, tristes, con los muros plagados de enredaderas secas, denotan que la imaginación de sus propietarios se ha secado, bien por un exceso de conocimientos, o bien porque se ha perdido esa capacidad de asombro que debe mantenerse tan intacta como la de un niño. Son personas que leen sin pasión, sin dejarse llevar por el libro, buscando estilos, formas, estrategias, sin darse cuenta de que los árboles no les dejan ver el bosque.
Hace unos días, mi palacio sufrió una sacudida terrible desde los mismos cimientos, por culpa de Elena Poniatowska. LEONORA es una obra maestra de casi quinientas páginas que nos cuenta la vida de Leonora Carrington, probablemente la artista surrealista más importante. Con un estilo maravilloso, Elena Poniatowska despliega, con admiración, respeto y magia, mucha magia, el peculiar universo de una persona que, desde el principio de su vida, supo que estaba destinada a engrandecer el alma de quienes tuvieran contacto con ella o con su obra. A Leonora le importaban un pimiento la clase, la posición social o la fortuna de su familia. Antepuso por delante de todo lo demás una libertad alimentada por una imaginación desbordante, plagada de unicornios, caballos alados, shides y todas las demás criaturas de los universos de Alicia y de Gulliver.
El libro te atrapa desde la primera página, o al menos eso fue lo que sucedió conmigo. Hay que leerlo con una tablet o con un teléfono en la otra mano, para buscar y disfrutar de las innumerables referencias a obras no sólo de Leonora, sino también de Max Ernst, de la inigualable Remedios Varo y de otros muchos artistas de los que yo ni siquiera había oído hablar. En el universo de Leonora cabían todos, y muchos ampliaron su universo gracias a ella. Poniatowska nos cuenta la verdadera historia de Frank Cappa, y nos introduce en el pensamiento de George Gurdjieff y su discípulo, Ouspensky.
Al tercer día de empezar el libro estaba ya completamente abducido por Leonora. Le robaba horas al día y a la noche para avanzar, y tomé conciencia de que estaba disfrutando tanto de la lectura, y de la investigación derivada de ella por sus innumerables referencias, como cuando empecé a construir mi palacio. Volví a mis veinte años. El placer era el mismo, y mientras el palacio se tambalear y recuperaba la belleza inicial por completo, yo no podía dejar de leer. Leonora viajó mucho, cambió varias veces de país debido a las circunstancias de la guerra, y en cada uno de esos viajes conoció a personas muy importantes del mundo del arte y la cultura. Leonora vivió intensamente su libertad, su imaginación y su creatividad, hasta crear un mundo propio inolvidable.
Todo el libro es maravilloso,  pero el final... Creo que jamás he leído nada como ese capítulo final. Con la última página mi alma se estremeció, y con la última frase, explotó, directamente. Ese último capítulo de LEONORA constituye por sí sólo una oda a la magia, una obra poética que alguien debería convertir en película, o en una obra de teatro que removería no sólo los cimientos de mi palacio, sino los de todos los palacios del mundo. Tal es su poder, su inmensa carga de Humanidad.
El palacio de mi imaginación ha cambiado varias veces, pero casi nunca con la potencia de ahora. Las fachadas resplandecen, la vegetación se ha llenado de orquídeas exuberantes, y en un rincón del ala norte ha nacido un inmenso torreón, de cientos de metros de altura, con la capacidad suficiente como para albergar a la giganta.