"Te lo digo yo, amigo, y cualquier álbum de "jazz" estándar no hace más que confirmarlo: no hay dos palabras más dañinas en inglés que "good job" ("buen trabajo")"
Terence Fletcher en "Wiplash"
Voy a empezar esta entrada a la manera de Javier Peña
y su soberbio podcast "Grandes infelices". Imaginad una novela con
esta trama: la hija de un afamado escritor español, profesora, poeta y
dramaturga, que además ha ganado un prestigioso premio español de literatura,
decide escribir una novela sobre el amor y el desamor. Crea tres personajes
femeninos: una recién divorciada, profesora en un colegio de EEUU, que entra en
shock porque su marido la ha abandonado mientras desayunaban; la amiga de esta,
también profesora, y una tercera que se enrolla con el marido de la primera.
Para darle algo más de enjundia a su novela, la autora mete digresiones más o
menos cultas, que no sólo no aportan nada a la trama, sino que además se
pueden encontrar fácilmente en la Wikipedia. Cuando describe un lugar lo hace
como lo haría una guía turística de las del modo basura, del tipo "Conozca
Roma en medio día", y los ambientes parecen párrafos de una revista de
decoración.
Los personajes son planos, banales, llenos de
prejuicios y tópicos. Basan su vida en su estatus, en sus posesiones, en sus
preciosas cositas que la autora describe con todo lujo de detalles. La trama
avanza sin más, sin que ocurra nada, sin emociones, con ese tufillo tan común a
los best sellers actuales de "Yo es que soy muy cool porque vivo y
trabajo en una Universidad de EEUU". La hermana de la divorciada vive
un bucle absurdo y sumamente inmaduro, aparentemente enamorada de un hombre que
no va a abandonar a su mujer, y sin que aparentemente le importe destrozar a su
marido y a sus dos hijos.
Terminé la novela por obligación, por el Club de
lectura al que pertenezco, porque de ser por mí la habría abandonado en la
página diez. Es una novela romántica de las malas, pero además con
pretensiones. Banalidad, superficialidad, inmadurez, y una profunda incapacidad
para transmitir emociones. Un artículo del "Hola", pero sin
fotos. Ni siquiera del Hola: de la peor revista de cotilleo de peluquería que
te puedas imaginar. Bastantes miembros del club de lectura dijeron que el libro
les entretuvo, sin más. El problema, creo, es que el entretenimiento en
lo que se refiere a un libro, para mí, consiste en que me haga reír, me haga
llorar, me cruja el alma o me vuele la cabeza. Para entretenerme no leo, sino
que veo la televisión.
Imaginad ahora que esa novela no la haya escrito la
hija del afamado escritor. Sería una novelita sin más, y seguramente
autopublicada, leída por unos cuantos amiguetes del autor, y seguramente
olvidada a los dos días. Pero no ocurre eso. Y no ocurre porque rápidamente
entran en acción los personajes que dan título a esta entrada: los chulos de la
ignorancia.
Incluso antes de que sea publicada, varias revistas,
cadenas de radio, librerías y otros medios, amparados y financiados por el
gigantesco paraguas del inmenso grupo editorial que publica la novela,
comienzan a bombardear a su inmenso público proclamando la grandeza del
producto. Una vez publicada, son ellos mismos los que, dándole palmaditas en la
espalda, le dicen a la novelista "buen trabajo", y esa expresión
sirve como pistoletazo de salida. La autora da entrevistas larguísimas,
seminarios, encuentros literarios, charlas, cócteles con gente VIP, vendiendo
su insulso producto. Los chulos de la ignorancia hacen su agosto a medida que
la novela se vende. Y se vende, por supuesto, aunque la mayoría de los que la
compren ni siquiera la lean. A ellos les da igual la calidad, y suponen, y en
la mayoría de los casos es así, que a los que les siguen también. No hay
filtro, no hay nadie que le diga a esa mujer que su novela no vale nada. A
nadie le preocupa, porque lo único importante es vender.
Estamos viviendo en un cuento, "El vestido
nuevo del emperador", en el que nadie es capaz de decir que el
emperador va desnudo. Lo que importa es vender, aunque se de él caso de que el
autor más vendido sea un escritor de folletines decimonónicos. La masa de la
ignorancia, jaleada por sus chulos, es cada vez más crítica, y lo inunda todo.
Un tipo con millones de seguidores canta letras machistas sin que nadie diga
nada. Una youtuber iluminada les dice a sus millones de seguidores que tampoco
pasa nada por no leer, y ninguno de esos seguidores protesta. Es el triunfo de
la ignorancia, el sacrificio de la sensibilidad, del arte, en favor del Dios
Beneficio. Resulta curioso, y casi insultante, que la novelista de la que
hablamos ponga a parir a Trump en su folletín, cuando tanto Trump como el Grupo
Editorial que la mima a muerte le rinden culto al nuevo dios de la Humanidad,
el puro y crudo BENEFICIO.
En otro de los podcast que escucho, RADIO NADIE AL
VOLANTE, Pablo Yupton y Gabriel Moreno nos hablan de libros y autores
maravillosos de todos los tiempos. Músicos, novelistas, poetas de los que leen
a veces un fragmento de dos líneas que encierra mucha más vida que la novela
entera de nuestra amiga. A veces se quejan, y con razón, de que muchos de los
libros de los que hablan están descatalogados o ni siquiera se han traducido.
Es no sólo vergonzoso que ocurra algo así, sino también incluso peligroso. No
me importaría que se promocionara la basura si hubiera también promoción de
estas joyas, pero por desgracia no es así.
En uno de sus podcast, Gabriel Moreno dijo que no hay
ningún problema en no elegir la poesía, que a la poesía de hecho le da igual
que la elijas o no, porque ella va a seguir ahí y se la suda si te gusta a ti o
no. Que cada cual elija lo que quiera. Yo elijo la poesía, pero además de forma
violenta, guerrera, visceral, porque es la única manera de combatir a la ignorancia. Al
final, la Ignorancia hace callo, y se propaga como la peste, con mucha más
rapidez que la sensibilidad. Por culpa de la ignorancia surgen personajes como
Trump, Milei, Putin, Maduro, cada vez más frecuentemente, y es inevitable que
más tarde o más temprano uno de estos iluminados acabe con la Humanidad. O eso,
o terminaremos unos cuantos como el bombero Montag de "Farenheit 451",
leyéndoles un poema a tres descerebradas, su mujer y dos amigas, que le escuchan sin entender nada, y
que sólo saben distraerse mirando la televisión. Una de las amigas, al contacto
con la sensibilidad que le transmite el poema que lee Montag, llora
desconsoladamente, sin poder parar, y las otras dos le recriminan al bombero
que la haya hecho sufrir. Y ahí precisamente está la clave. Buscar el no sufrir
(o el no reír, el no emocionarse) es el camino más directo a la imbecilidad, a
la ignorancia absoluta, a la falta total de empatía.
Y eso, queridos amigos, es el final.


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