"Buenas tardes, Félix. ¿Sobre qué hora llegaréis? Tenemos que ir a recoger unas cosas del evento. Para organizarnos"
El mensaje de Gema me entra un cuarto de hora antes de
salir. Calculo lo que vamos a tardar y le respondo. Llegaremos sobre las seis y
cuarto. La hora le cuadra, el evento es a las ocho y media.
Conocimos La Resinera de La Adrada por
casualidad, una mañana de sol justiciero en la que andábamos medio perdidos, al
borde de la deshidratación, y asustados porque Lucas se había desplomado agotado
en una sombra y no sabíamos si iba a poder levantarse. Cuando llegamos a la
casa, Gema nos dio una botella de agua, y de paso nos dio un paseo por el lugar.
Nos encantó. Antigua fábrica de resina, ha sido restaurada con profesionalidad,
y decorada con muy buen gusto, pero sobre todo con un exquisito amor al
detalle. Intercambiamos teléfonos, y pocos días después nos llegó un mensaje de
Gema informándonos del evento. No lo pensamos mucho, concretamos y reservamos
casi de inmediato.
Nuestras expectativas resultaban algo confusas. No parecía muy lógico pasar la noche en un lugar situado a cinco kilómetros de casa, pero la posada nos había encantado, y el evento tenía muy buena pinta. Por otro lado, era la primera vez que nos alojábamos en un lugar con Lucas, y teníamos curiosidad por la experiencia. Resultaba imposible dejarle sólo en la habitación durante el evento, porque con toda seguridad ladraría, y tampoco sabíamos si iba a hacerlo estando a nuestro lado... Por suerte, ambos hemos aprendido a no fiarnos demasiado de las expectativas, a dejarnos llevar por la magia.
Llegamos en el momento previsto. Tenemos más de dos
horas por delante, que no sabemos muy bien cómo llenar. Después de relajarnos
un rato sentados en una mesa situada en el enorme patio adoquinado flanqueado
de fresnos, decidimos descansar un rato en la habitación, el lugar más fresco
en aquel momento. El ambiente invita a la paz, al silencio, a la tranquilidad,
con esa sabia mezcla de naturaleza y una arquitectura con sabor de antaño
perfectamente integrada en ella. Ecos de películas como "Muerte en
Venecia", "El jardín de los Finzi Contini" y otras
muchas. Nos sumergimos en la lectura, y al poco tiempo escuchamos sonidos
procedentes del jardín. Alguien está probando una guitarra mientras ajusta el
altavoz y el micrófono a su voz. Se trata de pasajes cortos, pero suenan muy
bien. Lucas está absolutamente tranquilo, y el ambiente es perfecto. Una vez
más, las expectativas se van diluyendo, desaparecen, para dejar su lugar a una
realidad que promete.
El tiempo pasa volando. No nos hemos atrevido a salir
durante el ensayo para no interrumpirlo, pero al filo de las ocho y media nos
asomamos. Alguien ha colocado mesas redondas y sillas, pocas, apenas cinco o
seis, formando una herradura frente a la imponente pérgola de madera que
preside la entrada a la casa. El escenario no puede ser más modesto, pero resulta
también muy elegante: un altavoz negro encima de una mesa auxiliar de madera
con ruedas. Sobre una fina tela azul con motivos geométricos tendida en el
suelo, una silla de hierro, de esas finas pero resistentes, y un micrófono
sobre un mástil. Todavía no hay nadie sentado, nos acercamos a unos caballos
que se asoman desde la parcela colindante, y saludamos a una mujer acompañada
de una niña. Por el corte de pelo, similar al de la imagen que aparece en el
cartel del evento que me envió Gema, deducimos que se trata de la protagonista.
Va llegando gente al patio, y nos sentamos con Lucas en la que suponemos que es la mesa reservada para nosotros, la más cercana a nuestra habitación. Gema, Fernando y otra persona colocan platos con uvas, nueces, queso, moras y arándanos en una de las mesas, además de un cubo con hielo y una botella de cava. Poco a poco, sin prisa, los asistentes van ocupando las mesas. Fernando se agacha a colocar la tela azul del suelo, que ha doblado el viento. Es un gesto simple, pero denota el amor al detalle.
Alba Avilés sale de la casa, y tarda unos minutos en
ajustar el micrófono, el altavoz y la guitarra. Nos advierte que no vamos a
entender la letra de la primera canción a menos que hablemos swahili, y empieza
a cantar Malaika.
Los ensayos que hemos oído desde la habitación son un
pálido reflejo de lo que escuchamos ahora. Va a ser un concierto íntimo,
para unos pocos aristócratas de lo sensible, precioso.
Los aplausos cuando acaba son discretos, pero
intensos. Doce personas no pueden meter mucho ruido. Te miro. Tu vestido blanco
realza el tono bronceado de tu piel. Me miras, y sin palabras, sé perfectamente
lo que te está ocurriendo, porque yo estoy sintiendo lo mismo. Prácticamente
desde que nos conocemos, nuestras sensibilidades se han sincronizado, para
convertirse en una sola. Cualquier otra característica que pueda servir para
definir una relación amorosa (afecto, dependencia, temor a la soledad,
atracción física...) es una fugaz nube de humo, un suspiro, una
insignificancia, comparada con la potencia, con la fuerza incontenible de dos
sensibilidades que se fusionan, desde la libertad de cada uno, como lo han
hecho las nuestras.
Alba sigue cantando, con una voz increíble, canciones
eternas que acompaña con una guitarra que parece formar parte de ella misma,
que suena suave cuando el tema lo requiere, y potente cuando toca. El silencio
del entorno es absoluto mientras ella interpreta a Chavela, a Cafrune, y a
muchos otros. Gema y Fernando se mueven como ángeles sin alas, casi levitando,
para ofrecernos frutas variadas y cava. Estamos viviendo, con el alma a flor de
piel, un momento mágico, de esos que se quedan eternamente grabados en la
memoria.
Al terminar "El niño y el canario"
lloras, y Alba te ve hacerlo. Cuando acaba el concierto, tras los aplausos, se
acerca a nuestra mesa y nos dice "gracias por llorar".
"Gracias por llorar". Sólo eso. Sólo
tres palabras, pero más llenas de vida, de sentimiento, que todo un voluminoso
tratado que hable de vida o sentimientos.
No nos ha resultado difícil llorar escuchándola.
Seguro que Chavela y Cafrune también lo han hecho, estén donde estén,
reviviendo sus canciones a través de Alba.
En KOLJÓS, obra maestra de Emmanuel Carrere, el autor nos
confiesa que en una ocasión lloró, literalmente, al escuchar la canción "El
pañuelo azul", una balada compuesta en honor de los soldados rusos
muertos en la Gran Guerra, interpretada por una cantante en el pequeño teatro
de una pequeña ciudad. Cuando le dijo a la mujer que había llorado, ella sonrió
y le contestó "te entiendo. Lo que has visto esta noche, era mi alma".
Fernando nos dijo que llevabas una temporada sin cantar, Alba. Por favor, no
dejes de hacerlo. Tú nos diste las gracias por llorar, nosotros queremos seguir
dándote las gracias por dejarnos ver tu alma.




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