lunes, 2 de mayo de 2022

LA GRAN ENGAÑIFA: LOS DEMÁS



“Mi tarjeta de miembro del clan. Me la dieron hace doce años. 

Era la primera vez en mi vida que me sentía formar parte de algo más grande que yo. Y después me hicieron presidente. ¿Presidente yo de algo tan importante? 

En el clan nos cuidamos unos a otros. Lo hacemos todo por los demás. Lo dice en la tarjeta. 

Pero ahora tengo un problema, porque hay mucho de eso en esta sala. Hay mucha gente en esta sala que hace por los demás. 

Y no sólo gente blanca, también hay gente negra que hace por los demás, por todos los demás. 

Pero soy el presidente del clan, y debo odiar a los negros. Enseño a la gente a odiar a los negros. Se supone que son inferiores a nosotros. 

Si no creo eso, no tengo derecho a ser presidente del clan. Y no lo creo, así que ya no necesito esto”

Es un resumen de las palabras de C.P Ellis, presidente del KKK en Durham, una localidad de EEUU, durante los duros 70, perteneciente a la película “No soy tu enemigo”, de Robin Bissell, que podéis ver en Netflix y que os recomiendo.

En ese resumen está la clave de lo que pretendo analizar en la entrada. Los demás. ¿Qué son "los demás" para ti? ¿De qué grupo de “los demás” te consideras integrante? ¿Qué estarías dispuesto a hacer por “los demás”?Y sobre todo, y a veces lo más importante, ¿a qué grupo de “los demás” crees que te asignan los que gestionan grupos de población (políticos, publicistas, Industria farmacéutica, PODER, así, en abstracto…)

La película sería ingenua, casi increíble, si no fuera porque los hechos que cuenta sucedieron en realidad. Durante diez días, se reunieron en Durham representantes del colectivo negro y del colectivo blanco, presididos estos por el mencionado C.P Ellis, presidente del KKK. En ese tiempo discutieron sobre medidas escolares, de integración, de consenso. Formaron lo que se denomina una Charrette, un encuentro para discutir y cambiar impresiones. Al principio parecía que el diálogo resultaba imposible, pero cuando los dos grupos se dieron cuenta que lo único que querían era lo mejor para sus hijos, empezaron a hacer algo perverso: escucharse unos a otros.

Lo dice C-P Ellis al principio de su discurso. Para muchas personas, sentirse importante en algo que se supone es más más grande que ellos, les impide llegar a escuchar siquiera al otro, al diferente, al que ese grupo más grande que uno mismo ha determinado que es el enemigo. Si esa persona se deja llevar por esa idea, sin molestarse siquiera en escuchar, en conocer aunque sea ligeramente las circunstancias del hipotético enemigo, tendrá el concepto de “los demás” limitado a su propio grupo, a su propio clan, a su propio país, a su propio lo que sea, y “los demás”, los demás diferentes, simplemente no existirán.

Pero si haces el sencillo ejercicio que hicieron CP Ellis y Ann Atwater, la activista negra que al final se hizo su amiga, de repente se disipará la nube que te impide ver que los demás son personas como tú, con tus mismos problemas y tus mismas ambiciones. Lo primero que hay que hacer, por tanto, es saber cómo viven los demás, qué piensan los demás, cuales son sus problemas del día a día. Te sorprenderá que cuando hablas con alguien a quien considerabas lejano, de otro mundo, sus problemas en el Mercadona para encontrar la salsa ali oli son idénticos a los tuyos.


Primer ejercicio hecho. Hemos identificado a los demás, les hemos aceptado. Entendemos que forman parte de nuestra sociedad, y que son necesarios. Entendemos que probablemente han huido de un infierno para llevar una vida medianamente digna, y lo aceptamos. El color de su piel, su lenguaje o su religión son circunstanciales, a menos que sean ellos mismos los que le den a eso más importancia que formar parte de nuestra sociedad. Una vez asimilado esto, ¿qué estarías dispuesto a hacer por ellos?

Independientemente de la caridad de cada uno, me refiero a si estarías dispuesto a votar de forma que se les facilite a esos “los demás” una situación más o menos cómoda en la sociedad. Servicios públicos, facilidad para la enseñanza, Sanidad Pública… Seguramente puedes tener tus necesidades cubiertas y no pensar en las necesidades de los demás. O puedes ser un empresario que quiera leyes de trabajo más justas que las que hay ahora. No sé, cada uno tiene sus circunstancias y su empatía liviana o profunda hacia los demás. Piénsalo, y a ser posible piensa en esos “los demás” diferentes sin mezclar prejuicios o frases hechas sobre hechos que denotan la ignorancia que tenía C.P Ellis antes de dialogar con los negros.

Otra cuestión con la que hay que tener cuidado. ¿En qué grupo de los demás· piensas que te clasifican tus allegados, y los que no son tus allegados? ¿En qué grupo crees que te clasifican los que buscan tu voto? Esto es muy importante, y no todo el mundo es capaz de hacerse una idea cierta del lugar que ocupa en la mente de un buscador de voto o de un publiciista. Recientemente, mucha gente con pocos recursos, de barrios deprimidos, votó algo que no les beneficiaba en absoluto, sin saber que lo que habían votado podría tener como meta acabar con varios servicios públicos. Muchos publicistas usan el slogan “porque tú lo vales” para provocar en la víctima del anuncio la sensación de que realmente él o ella lo vale. Para saber en qué grupo de “los demás” estamos es imprescindible la humildad, y la seguridad de que, a la mínima de cambio, tendremos los mismos problemas que muchos a los que consideramos inferiores. Vivir por encima de nuestras posibilidades ha provocado grandes dramas en muchísimas familias. Humildad y racionalidad, imprescindibles para autoclasificarnos.


Una forma inmediata de adquirir humildad en este sentido es viajar. ¿No habéis tenido a veces, en países europeos que se suponen más adelantados que nosotros, o en EEUU, la sensación de que nos miraban por encima del hombro? Podemos ser lo que seamos, pero para mucha gente, por desconocimiento o por perjuicio, somos marrulleros, vagos, chistosos y bailaores. No nos conocen, no se preocupan tampoco de conocernos. Estamos en esa fase de no preocuparse de conocer a los demás.

En serio, el mundo iría mejor, muchísimo mejor, si se hicieran Charrettes por todo el globo. Nos hacemos una idea de lo que está ocurriendo en Ucrania, por ejemplo, tomamos partido por uno u otro, pero en realidad no sabemos lo que representa, lo que significa de verdad esa guerra. Estoy seguro que se podría resolver el conflicto con diálogo, con compromiso, y con el profundo deseo de todas las partes de pararlo, pero los medios, los políticos, los psicópatas y los iluminados impiden que se celebre esa Charrete tan necesaria en este caso.


viernes, 11 de marzo de 2022

UCRANIA, el horror que se repite

 

A partir de 1930, la GPU (Dirección Política del Estado) empezó a requisar masivamente todas las cosechas de Ucrania, dejando la tierra sin semillas que pudieran germinar, y sin dar tiempo suficiente para que se volviera a plantar.

El 7 de Agosto se aprobó la ley de las Espigas, que imponía castigos a los que robaran el grano confiscado, llevándoles a las prisiones de Balashevo o Elan, o incluso ejecutándoles. Según los registros, se ejecutó a 5.400 personas, y 125.000 fueron llevadas a los gulags de Siberia.

Stalin tenía muy presente la revolución del campesinado ucraniano durante la guerra civil de 1918 a 1921. En 1932 toma la decisión de cerrar las fronteras con Ucrania, y crea unas brigadas especializadas en confiscar, de casa en casa, las cosechas de los campesinos ucranianos. El programa tenía una doble finalidad. Por un lado, matar literalmente de hambre a los campesinos que se oponían a las colectivizaciones del estado, y por otro, reprimir el nacionalismo ucraniano, que se situaba del lado de Europa y alejado de Moscú. En unos meses, la población empieza a morir de hambre, y en las zonas rurales más alejadas comienzan a darse casos de canibalismo. Holodomor, en ucraniano, significa precisamente eso, morir de hambre. Murieron entre 7 y 10 millones de personas. Un auténtico genocidio.

Todo el horror del Holodomor aparece en la película “Mr Jones”, de la directora polaca Agniezska Holland, que nos cuenta la historia real del periodista Galés Gareth Jones, interpretado por James Norton, que se internó en Ucrania y vivió de cerca el horror del Holodomor, arriesgando su vida ante la terrible represión de Stalin. La película tiene escenas brutales, pero lo peor de todo, es que al regresar a Europa nadie le creyó. Nadie sospechaba lo que estaba haciendo Stalin con su población. Por suerte Jones tuvo un encuentro con George Orwell, que desembocó en su famosa obra “Rebelión en la granja”, una de las críticas más feroces, junto a su otra novela, “1984”, del sistema político de Josef Stalin.

Al parecer la fijación de Rusia contra Ucrania viene de lejos, seguramente por razones históricas que se me escapan, pero lo cierto es que actualmente Rusia ha emprendido de nuevo su cruzada particular contra Ucrania, y las razones, al menos las que se conocen (en este tipo de conflictos siempre existen intereses ocultos que se nos escapan a los mortales de a pie) parecen ser las mismas: el intento de acercamiento de Ucrania a Europa.

El caso cierto es que estamos en guerra. En la época de Mr Jones no se sabía lo que ocurría en un lugar tan apartado de Europa como Ucrania. A Mr Jones no le creyó nadie cuando describía el horror. Ahora es justo al revés. Hay miles de periodistas informando del conflicto, miles de imágenes que cada día hay que clasificar para organizar la información, y el problema es que ahora, con tanta información, la mayoría de la gente sigue viendo esta guerra como algo muy lejano, que no nos va a salpicar a nosotros.

No. Simplemente, no puede ser. No puede ocurrir que un individuo, probablemente fascinado por su “padrecito” Stalin, ponga en jaque de un plumazo a todo el mundo. Estamos viviendo ya, y vamos a seguir sufriendo, las consecuencias económicas de esta guerra, que nos afecta a todos, primero a los europeos, y después a todo el mundo. No podemos permitirnos dejar que Europa y la OTAN, organizaciones a las que pertenecemos, sigan con una tibieza que no conduce absolutamente a nada. Si la finalización del conflicto pasa por permitir a Ucrania que forme parte de la UE, hagámoslo, pero hagámoslo ya. El otro día escuché en la radio a una persona muy vinculada a Bruselas decir que no era nada fácil meter a un nuevo miembro en la UE, que una vez que se ha metido no se le puede echar, etc, etc. Daba excusas para no meter a Ucrania en la UE. Entonces, de ser así, si realmente no existe una voluntad de la UE de hacer miembro a Ucrania, ¿por qué ha atacado Putin? Esa misma persona insinuó en un par de ocasiones que lo importante era “no cabrear a Putin”. Es lógico que la gente de a pie tenga miedo, pero lo que no puede consentirse es el miedo en las instituciones que en teoría tienen que velar por nosotros.

Hay muchos intereses que se nos escapan. Está el tema del envío de armas, que ha provocado un cisma en nuestro Gobierno. Está el tema de la energía, el tema de la carestía económica y muchos otros temas, pero lo real, lo sangrante, lo que le revuelve las tripas a los profesionales que organizan la información cada día, son esas imágenes de personas muertas que lo único que han hecho es estar en el peor momento en el lugar inadecuado. Alguien muy cercano a mí se pasó hace tres días toda la mañana llorando ante esas imágenes, y lleva tres semanas de estrés continuo ante toda esa información que tiene que digerir y transmitir. Lo último, lo más terrible hasta ahora, ha sido el ataque a ese hospital materno infantil. El horror ya es insoportable.

Todos tenemos en la cabeza, aunque no hablemos de ello, esa espada de Damocles que supone el armamento nuclear de Rusia, y probablemente la tibieza se deba precisamente a eso. Pero si no le paramos los pies, si permitimos que tome Ucrania, no va a parar. Tiene la cabeza llena de estrategias militares, de los pasos dado en el pasado por Napoleón, por Hitler y por otros, y sus ansias megalomaníacas no se van a conformar con Ucrania, eso está claro. A base de negociaciones, de restricciones, de acuerdos económicos, de lo que sea, pero hay que pararle.

De no hacerlo, probablemente nos veamos abocados a la Tercera Guerra Mundial. Y ya sabemos todos lo que dijo Einstein al respecto: “No sé cómo será la Tercera Guerra Mundial, pero lo que sí puedo asegurarles es que la siguiente a esa será con palos y piedras”

 

 

viernes, 7 de enero de 2022

¿Pueden suceder tales cosas?

 

¿Puede suceder que alguien se de cuenta que está ante una persona especial en la segunda o la tercera frase del chat de una aplicación para conocer gente? Puede suceder, y de hecho sucedió. Ella tenía como fotografía de perfil la imagen de la boda de Marilyn Monroe y Arthur Miller. Una imagen bellísima. Mirándola, vemos a una persona eternamente enamorada, feliz, segura de que había encontrado por fin al amor de su vida. Él, probablemente enamorado del amor, pero incapaz de amar. No lo sabemos, y jamás lo sabremos, pero la imagen me atrajo más que la mayoría de las fotografías que se ponen como perfil en ese tipo de páginas, la mayoría con gafas de sol, o de varios años atrás, o en una situación idílica en la que a veces se detecta a un lado la imagen suprimida de la relación anterior. Elegir esa imagen decía de ella, a mis ojos, más que si hubiera elegido una imagen propia. Se lo dije, y me respondió, con tanta sensibilidad, que casi al instante supe que estaba ante una persona especial. Y ese fue el detonante de lo que sucedió después.

¿Puede suceder que alguien conozca a una persona por teléfono? Puede suceder, y de hecho sucedió. La clave para que esto suceda se basa en dos principios fundamentales, en los que tanto ella como yo hemos sido educados a lo largo de toda una vida cargada de experiencias, algunas dolorosas y otras alegres, y sobre todo una infancia muy parecida en la que se forjaron esos dos principios. Por un lado, la valentía. Desde el primer momento no nos importó, a ninguno de los dos, desnudar nuestra alma, hablar de esas experiencias, algunas de ellas trágicas, otras felices. ¿Qué teníamos que perder hablando con sinceridad? Nada, absolutamente nada. A medida que ella me contaba, le contaba yo a ella, teniendo siempre la impresión de que nos conocíamos desde mucho tiempo atrás. Ella es sincera, yo también. Ella tiene una curiosidad perpetua por aprender, y la ha tenido toda su vida. Yo también. Ella tiene una educación universitaria privilegiada, y una vastísima cultura, yo también. Eso hace que desde el primer momento cada uno admirara casi al instante lo que había hecho el otro a lo largo de su vida.

El otro principio fundamental para que esto suceda de forma natural y rápida es saber escuchar. En eso, los dos somos maestros. Creo que ella es la persona que mejor sabe escuchar que me he encontrado en mi vida. Yo también sé escuchar, y lo sé entre otras cosas porque me lo ha dicho ella.

¿Puede suceder que alguien se enamore de otra persona en los dos primeros encuentros? Puede suceder, y de hecho ha sucedido. Y ha sucedido desde la sinceridad, desde la franqueza, desde la claridad, desde el respeto, desde la admiración mutua, desde la valentía, desde todo lo que hemos aprendido cada uno en soledad, y sobre todo desde la seguridad, desde la tremenda seguridad, de que cada uno se siente profundamente querido, amado y respetado por el otro. Solo ha habido dos encuentros, el primero en mi mundo, el segundo en el suyo, y los dos mundos, el suyo y el mío, se han iluminado profundamente con nosotros, y han admirado nuestro amor.

¿Puede suceder que la persona a la que amas te haga crecer? Puede suceder, y de hecho está sucediendo. Nuestro amor no es un amor de película, ni de novela rosa, ni de folletín del siglo XIX, aunque también tenga elementos de las películas, los libros y las canciones que nos gustan a los dos. No. Nuestro amor es un amor de aprendizaje continuo el uno del otro, de crecer juntos en todo momento, de sumar, nunca de restar, y de seguir hacia adelante, jamás de dar un paso atrás. En poco menos de un mes (sí, amigos, todo esto empezó el 8 de Diciembre. Mañana hará un mes) hemos conseguido racionalizar algunas cosas de nuestro pasado que ni siquiera nosotros mismos habíamos sido capaces de analizar. Gracias a ella, y gracias a mí, sabemos que somos capaces de vivir en soledad, pero una vez que nos hemos conocido no concebimos vivir el uno sin el otro. Es como esa pareja de la fotografía que encabeza esta entrada. Cada vez que veía dos personas mayores paseando, cogidas de la mano, o hablando, pensaba que eso no me iba a ocurrir a mí. Esta mañana, al hacer la fotografía, me he emocionado, porque ahora sí presiento, de una forma clara y diáfana, que algún día ella y yo seremos esa pareja.

Pueden, pueden suceder tales cosas. Doy fe, con el alma saltando como loca en mi interior, con su imagen siempre presente en mi pensamiento, con ese chute de energía positiva que siento cada mañana al escuchar su voz. Pueden suceder tales cosas, porque suceden desde la libertad que cada uno de los dos nos hemos construido a lo largo de nuestra vida, y pueden suceder, sobre todo, porque los dos nos merecemos amar y ser amados por una persona como el otro, porque hemos aprendido a hacerlo aunque muchos de los que nos han rodeado no se hayan dado cuenta jamás. Ahora ha llegado nuestro momento, probablemente en el mejor momento de nuestra vida, sin cargas, sin obligaciones, sin ataduras ni económicas ni de ningún otro tipo, sin nada que no sea amarse el uno al otro con toda la intensidad de la que somos capaces, que es mucha, tanto por su parte como por la mía.

Ha pasado menos de un mes, pero todo transcurre con una intensidad brutal. Los dos somos valientes, los dos hemos cogido fortaleza a lo largo de nuestra vida, y los dos amamos la vida por encima de todas las cosas. Los dos tenemos sentido común, la cabeza muy bien amueblada, y una ingente capacidad de amar y ser amado. En menos de un mes, hemos construido algo muy, muy hermoso, y estoy muy orgulloso de compartirlo con vosotros. Ojalá que todos os sintáis tan amados y seáis capaces de amar con tanta intensidad como lo estamos haciendo ella y yo.

domingo, 31 de octubre de 2021

MAIXABEL, o la enorme potencia del perdón

Después de ver MAIXABEL, sólo me queda decir tres cosas: que Iciar Bollain se ha convertido a mi juicio en el mejor director/a español del panorama cinematográfico actual, que Blanca Portillo es la mejor actriz española actual (la escena inicial en la plaza, sola, desubicada, me ha puesto la carne de gallina), y que Luis Tosar me ha hecho llorar, cuando lo cierto es que el hecho de que Luis Tosar te haga llorar es algo que sólo podría conseguir Iciar Bollain.

Y dicho esto, a partir de este momento, aviso: esta entrada no va a ser sencilla, y no va a gustar a más de uno. Probablemente, alguno de los que me leéis habitualmente, en esta ocasión piense “Ufffff… Una entrada sobre ETA. Paso”, y lo veo muy lógico. A los que sí os interese ese aspecto de nuestra historia, o simplemente os haya gustado la película, o tengáis dudas sobre si verla o no, os invito a seguir leyendo, por supuesto. Pero para entender la idea final, la reflexión que durante los títulos del final se ha abierto paso a golpes desde la boca del estómago hasta mi cerebro, creo que es necesario que antes realicemos juntos unos cuantos (no muchos, pero sí muy intensos) ejercicios de mentalización. Unos ejercicios de DESAPRENDIZAJE, difíciles, pero necesarios. Voy a numerarlos, y os ruego que no paséis al siguiente hasta que no hayáis entendido, y asimilado, al menos en parte, el precedente.

Vamos a ello:

EJERCICIO 1: Olvidad, al menos por un momento, vuestras ideas políticas, o vuestra ideología, si la tenéis. En muchas ocasiones, la ideología provoca prejuicios que no tienen nada que ver con el hecho cierto de que somos seres humanos. Jáuregui era socialista, y había estado incluso en la banda que le asesinó. Olvidaos que era socialista. Olvidaos del signo político de todas las asociaciones de víctimas del terrorismo. Tratad de dejar la mente en blanco y pensad en Jáuregui como una persona que está en un casino del país vasco, se acerca un pistolero armado y le pega un tiro en la nuca. No es socialista, no ha tenido una trayectoria política. Es difícil, pero tratad de verlo así. Fuera los prejuicios políticos, fuera las ideologías, ya sean de izquierda o de derecha. ¿Podemos hacerlo? No pasa nada, cuando acabéis de leer podéis recuperar esas ideas… si queréis, por supuesto. ¿Dispuestos a dar otro paso? Vamos allá:

EJERCICIO 2: Olvidad, al menos por un momento, todo lo que sabéis, o no sabéis pero intuís, sobre el pueblo vasco, sobre el problema vasco, sobre el nacionalismo vasco y sobre la lucha armada de ETA. Todos y cada uno de nosotros tenemos nuestra idea, inculcada muchas veces por los medios, los prejuicios, la historia y lo que nos cuentan, de lo que ocurre en el país vasco, y de cómo son los vascos, pero ninguno de nosotros (hablo de los que no somos vascos) lo ha vivido como ellos. Conozco a personas que odian a los vascos, a TODOS los vascos, sin más, sin conocer a los vascos, porque lo fácil es etiquetar a pueblos enteros, a naciones enteras, y no indagar más en su naturaleza. Imaginad que ni Jáuregui ni Maixabel son vascos. Imaginad que son de vuestra ciudad, del barrio de cada uno de vosotros. Imaginad un bar que os guste de vuestro entorno, una mesa al lado de un escaparate, y a vosotros tomando un café. De repente entra un desconocido, y le pega un tiro en la nuca a vuestro vecino de mesa. No ha sido en el país vasco, sino en vuestra ciudad, en vuestra calle. ¿Podéis imaginarlo? Interiorizadlo, por favor. No es algo relacionado con los vascos, sino con personas iguales a vosotros. ¿Sois capaces de imaginarlo? Bien!! Ya llevamos dos ejercicios, nos vamos acercando. Seguimos entonces reflexionando juntos:

EJERCICIO 3: Este es probablemente el más complicado. Tenéis que desterrar de vuestra mente por completo (y sería bueno desterrarlo incluso para siempre) esa manía, innata en nosotros, de juzgar, de decir “qué haría yo si…”. “Yo es que buscaría al asesino y le pegaría un tiro”. “Le metía en la cárcel hasta que se pudriera”. Lo comprendo, es algo muy humano, todos lo hemos hecho en innumerables ocasiones, recrear en nuestra mente lo que haríamos si nos sucediera algo que en realidad le está sucediendo a otra persona. A mí me dijeron muchas personas cuando falleció mi mujer “Yo en tu lugar…”, y lo respetaba mucho, y lo escuchaba, por si podía extraer alguna idea que muchas veces me ayudaba a superar el trance, pero la realidad, la cruda realidad, amigo, es que tú, realmente, no estás en mi lugar, porque no has vivido lo que yo he vivido.

Maixabel vivió una experiencia que sólo los que la han vivido pueden entender, y no del todo. En una frase memorable de la película, Maixabel le dice a otra víctima del terrorismo “¿A ti te ha escuchado alguien que no sea de tu familia?”, y la otra contesta que no. Porque nadie, absolutamente NADIE, puede ponerse en el lugar de alguien que haya perdido a su marido de la manera en que lo perdió Maixabel. Borremos pues de nuestra mente ese “lo que yo haría”, y centrémonos en lo que hizo Maixabel. Vamos a recapitular, para que no se nos olviden los dos ejercicios anteriores: Jáuregui no era socialista, ni era vasco: era un ser humano exactamente igual que todos nosotros. ¿Lo tenemos? Pues vamos al siguiente, que ya vamos llegando:

EJERCICIO 4: Borrad de vuestra mente aforismos apocalípticos, reglas bíblicas (ojo por ojo), conceptos incrustados en nuestro ADN como la venganza, la justicia, el quid pro quo y conceptos de ese tipo. No nos corresponde a nosotros aplicar esas reglas, sino a quienes tienen que aplicarlas. No os dejéis llevar por nuestra naturaleza de justicieros, y pensad simplemente en el hecho, en lo que ocurrió, y en las circunstancias que vivieron los protagonistas de la historia. Nosotros no somos protagonistas, sino testigos de lo que sucedió. Ni siquiera los miembros del partido al que pertenecía Jáuregui, ni por supuesto los de la oposición, están legitimados para pensar, o peor, para establecer las actuaciones a seguir, ante algo que sólo atañe a tres personas: la víctima, su asesino, y la esposa de la víctima. Este es el último ejercicio. Si habéis llegado hasta aquí, creo que ya va siendo hora de establecer esa reflexión de la que os hablaba al principio, que me ha sacudido, como un aldabonazo, nada más terminar de ver la película.

¿Y por qué os he planteado estos ejercicios, que para algunos resultarán imposibles, y para otros no tanto? Simplemente, porque es lo que Iciar Bollain, con una maestría que raya con la genialidad, consigue transmitir, si el espectador, por supuesto, se deja, con su maravillosa película. Si hacemos los ejercicios antes de la proyección, resultará muchísimo más sencillo comprender el mensaje, que es muy duro, durísimo, pero que por otro lado es la única puerta abierta a conseguir pasar página. Y ese mensaje no es otro que la magnífica, la brutal potencia del perdón.

Maixabel se creó enemigos cuando incluyó en su lista de víctimas no sólo a las víctimas de ETA, sino también a las víctimas de los GAL, de la violencia policial, de la Guardia Civil. Para ella no existían colores en las víctimas, sino personas, y a partir de ese momento tuvo que llevar escolta. Ahí ya demostró un coraje y una fuerza descomunales, que se siguió desarrollando cuando tuvo el coraje, el valor y la tremenda manifestación de lo que debe representar el alma humana, de perdonar a los que asesinaron a su marido. Previo arrepentimiento de esos asesinos, por supuesto, porque sin arrepentimiento no puede haber perdón.

El perdón es la fuerza más grande que puede desarrollar una sociedad, y no puede darse ni por instituciones, ni por partidos políticos, ni por programas de reinserción, ni por supuesto, por los medios. El perdón tiene que desarrollarse por personas, y solamente por aquellas personas que tienen o que pueden perdonar algo, como Maixabel. Son las víctimas, o los descendientes de las víctimas (porque el perdón es extrapolable a nuestra guerra civil) los únicos que pueden perdonar, y ese perdón, que se produzca o no, no depende de nadie más que de ellos. Ya se puede legislar, debatir, aleccionar, discutir, odiar, negar o afirmar lo que se quiera, que si los que tienen que perdonar no lo hacen, jamás se pasará página.

Y, por supuesto, nadie, absolutamente NADIE, está cualificado para juzgar si Maixabel debe perdonar o no. El perdón de Maixabel fue una decisión personal, que para algunos es detestable y para otros (en mi caso) admirable. Existen muchas decisiones humanas que tienen que ser personales, que no pueden estar dictadas ni por la religión, ni por los prejuicios, ni por el que dirán, ni por la política, ni por ninguna de esas trabas que impiden que crezcamos como seres humanos.

Porque no os quepa ninguna duda, y si habéis llegado hasta aquí probablemente ya lo hayáis intuido, que la única forma de crecer, de avanzar, de pasar página y de olvidar nuestros fantasmas, es perdonar, y admirar e imitar a quienes lo hacen.

Y ahora, os invito a ver Maixabel. Disfrutadla, sentidla, emocionaos con ella, dejad que los sentimientos se manifiesten a flor de piel, y después reflexionad. Reflexionad sobre la enorme potencia del perdón.

viernes, 22 de octubre de 2021

El amigo MAGRITTE (THYSSEN)



Lo primero que nos sorprendió cuando visitamos la casa de Magrite en Jette, un barrio en la periferia de Bruselas, fue lo complicado que era llegar al lugar en cuestión. Preguntamos de hecho a varias personas, a menos de cincuenta metros de la casa, y ninguno supo decirnos dónde se encontraba. Después de deambular un rato, y tirar de Google y sus indicaciones, conseguimos llegar por fin. No existen en esa casa signos externos de lo que contiene su interior. De hecho llamamos al timbre no muy convencidos de que efectivamente fuera esa la casa en la que Magritte vivió y pintó durante gran parte de su vida. La puerta se abrió, para dar paso a la segunda sorpresa: varias personas, colocadas en fila en el pasillo de la entrada con carpetas en sus manos, nos miraban con una sonrisa. Eran de edades muy diferentes, hombres y mujeres. Un anciano muy amable, alto y delgado, preguntó “¿español?”. Le dijimos que sí, y se presentó afable como nuestro guía por la vivienda.

Comenzó así, de tan extraña manera, una de las visitas más agradables que recuerdo al hogar de un artista. Me encanta deambular por los lugares en los que alguien se ha dedicado a crear una obra interesante (algún día hablaré de la visita a la casa de Dickens en Londres, otro lugar mágico). Nuestro guía, que hablaba español porque había pasado varias temporadas en nuestro país, nos explicaba encantado lo que nos íbamos a encontrar en cada sala, y después nos esperaba tranquilamente a que hiciéramos las fotografías que quisiéramos y visitáramos la habitación a nuestro ritmo. Estuvimos más de una hora en el lugar, disfrutando del taller, del jardín y del entorno general, que nada tenía que ver ni con el barrio donde se situaba la casa ni con la gente que lo habitaba. Un islote mágico, como esas rocas levitantes que solía pintar el artista.

No voy a contar la vida del pintor belga. Existen innumerables libros y estudios sobre la vida y la obra de este hombre que pintaba con traje y al que le gustaba ponerse un bombín y autorretratarse. Pero sus autorretratos no lo son al uso. Como he podido leer en uno de los carteles de la exposición, “con ellos no pretende, como otros pintores, estudiar su propia fisonomía ni menos aún contarnos su vida. Lo que le interesa es presentarnos la figura del artista como mago, dotado de superpoderes. El concepto de mago es aquí deliberadamente ambiguo: ¿se trata de un hechicero capaz de auténticos prodigios, o de un prestidigitador con un repertorio de trucos? A diferencia de André Bretón y otros surrealistas, Magritte sugiere en sus autorretratos una actitud irónica hacia el mito del genio creador”.

Esa ironía se encuentra también en sus películas, que se pueden ver, junto a una colección muy curiosa de fotografías, y de forma totalmente gratuita, en la sala pequeña situada en la planta alta del museo, una sala a la que se puede acceder sin pasar por taquilla. Las películas, rodadas en super ocho, mudas, muestran un Magritte jovial, rodeado de amigos y esposa, haciendo casi siempre payasadas y disfrazándose continuamente. Si vais a la exposición no dejéis de ver estas películas, os harán pasar un buen rato.

Entre las fotografías, destacan las dedicadas a la guapísima Georgette, su esposa, que aparece siempre con una expresión muy sugerente, muy diferente a otra musa del surrealismo, probablemente más problemática. Me refiero a Gala Dalí. Viendo las fotos de Georgette, con esa expresión angelical, no he podido evitar pensar en el contraste que supone la otra. Además de esas fotografías, me han gustado algunas en las que se veía a Magritte pintando con traje y corbata. Dudo si ese era su uniforme oficial para crear, pero viendo sus obras, sus películas y su trayectoria, la verdad es que no me sorprendería nada.

La exposición es mucho más que interesante. Creía conocer bastante bien el grueso de la obra de Magritte. Como ya he dicho antes, visité su casa museo en Bruselas, el museo Magritte propiamente dicho en la misma ciudad (visita imprescindible9, y algunas exposiciones antológicas en Madrid y otras ciudades- Es un pintor cuya obra siempre me ha atraído mucho por varias razones, entre las que destacan su desbordada imaginación, su limpieza a la hora de pintar (he llegado a pensar que esa limpieza, y la denominada “línea clara” de los comics son productos endémicos de Bélgica que no se repiten en ningún otro lugar con tanta fuerza), y sus temas, que entroncan directamente con el mundo de los sueños. Ese cuadro suyo con dos personas que se besan con las cabezas envueltas en paños blancos me ha atraído siempre con mucha fuerza, sin que sepa explicar muy bien el por qué. Creía conocer, como ya he dicho, la obra de Magritte casi al completo, pero hay algo por lo que destaca mucho la exposición organizada por el Thyssen: el gran número de obras pertenecientes a colecciones privadas, algunas de las cuales tan exclusivas que ni siquiera se pueden fotografiar. Las muestras que aparecen en esta entrada son fotografías personales de obras de Magritte que no conocía, y que me han sorprendido mucho por su belleza.

La exposición, como siempre perfectamente organizada, se divide en temas, con un trazado y un recorrido que permite conocer más o menos cronológicamente la obra de este singular creador. El catálogo, muy interesante, no se limita a recopilar sin más obras del pintor que ni siquiera se muestran en la exposición. No, es muy riguroso y recoge todo lo que se muestra y algo más.

Una exposición que sin duda hay que visitar.

domingo, 26 de septiembre de 2021

ESPECIALES


Seguro que algunos de los que leen estas entradas recuerdan esas películas que grababan nuestros padres cuando éramos niños. El que más y el que menos se compró el "tomavistas", un aparato muy cómodo y manejable (desde luego mucho más manejable que las cámaras "Handycam" de Sony que salieron muchos años más tarde), que grababa películas mudas en un formato que creo recordar que se llamaba "súper ocho". Las películas se tenían que enviar a KODAK para que las revelaran, y el producto resultante, una película con la funda de plástico de color naranja, que se proyectaba con un proyector de mesa sobre una pantalla blanca o sobre la misma pared, tenía los bordes como despeluchados y era muda, aunque el color era bastante bueno. Recuerdo como si fuera ayer el sonido que producía el proyector al pasar la película, y el olor que salía de repente cuando la película se quemaba. Cuando llegaba una película revelada montábamos una fiesta en casa. Apagábamos las luces, poníamos la pantalla, y disfrutábamos de las imágenes.

Habré visto esas películas... No sé... Cincuenta, sesenta veces, y a lo mejor me quedo corto. Montar el proyector para verlas ya era algo fastidioso, pero compensaba porque las sesiones cada vez eran más largas, porque solíamos ver la película que mi padre acababa de recibir rebelada, y todas las anteriores, por supuesto. Con el tiempo, pasamos las viejas cintas de súper ocho a VHS, incluyendo música de fondo, y con el tiempo convertimos esos VHS en DVD. La primera imagen de esas películas se ha quedado grabada para siempre en nuestro ADN, porque fue la primera que grabó mi padre con su nueva adquisición: mi madre, sonriendo, frente a la ventana de la cocina, seguida por unos segundos de un balón naranja metido en una red y colgado al lado de esa ventana.

En esas películas, en las primeras, ya aparece ella, mi prima. Siempre detrás de mí, o a mi lado, mientras que mi hermana y su hermano siempre iban juntos también, pero unos metros más atrás. Ella es más o menos de mi edad, y ya desde entonces nos llevábamos como el perro y el gato. En esas películas no se aprecia, aunque se intuyen las trastadas que montábamos. En una imagen que ha quedado para la posteridad, mi madre me pega un azotazo por haber dejado caer una farola sobre mi pobre hermana, que casi siempre acababa siendo la víctima de mis malas ideas y aparecía llorando en la película. Ella, mi prima, era tan perniciosa o incluso más que yo, y raro era el día que no acabábamos a bofetada limpia. Mis padres y los suyos, mis tíos, solían acabar esas jornadas de domingo, traje y corbata, discutiendo y despidiéndose de mala manera, con un "adiós" brusco y duro, con la firme promesa de no volver a vernos nunca más, tal era la tensión que creábamos entre ella y yo.

Pero a la semana siguiente volvíamos a quedar. La cercanía era una ventaja, y una abuela común que vivía con ellos, y que de vez en cuando nos llevaba a ver películas de Manolo Escobar o Rafael al cine París, al Bristol o al Río, contribuía a esa cercanía en la que convivíamos casi como hermanos. Discutiendo y a bofetada limpia, pero como hermanos. Lo nuestro era una relación de amor-odio sobre la que seguramente un psicólogo tendría mucho que decir. Nos repelíamos como el agua y el aceite, pero en cuanto nos juntábamos no podíamos separarnos el uno del otro.

La vida les golpeó muy jóvenes. Se quedaron sin padre muy de niños, ella con seis años más o menos, su hermano con cuatro, y su madre, mi tía, embarazada del tercer hermano. Aquello fue un durísimo golpe para todos. Muchos años después, al revisar esas películas en familia cuando nos juntábamos en Navidad, mi tía no podía soportar la emoción cada vez que veía a mi tío con ese traje que se ponía los domingos. Ella, mi prima, era una niña, pero la época era otra, y sin que hubiera un acuerdo previo, ni indicaciones concretas ni nada de nada, se decidió que debía de ocuparse en cierta manera de sus hermanos, que además eran más pequeños que ella. Y así lo hizo, mientras mi tía se tuvo que poner a trabajar, en la misma empresa en que había estado su marido. Eran otros tiempos, ya lo he dicho, y no vale la pena, con la perspectiva de ahora, tan diferente, juzgar si aquello estaba bien o mal. Era lo que había que hacer, y punto.

La vida siguió, para cada uno de manera diferente. Ella se casó y tuvo una hija, yo me casé y tuve a mi hijo, y cada uno discurrimos por sendas distintas. Pasaron muchos años desde aquellas salvajadas que hacíamos juntos de niños, y puede que hasta nuestra alma cambiase para convertirnos en personas más o menos normales, bondadosas, mucho menos dañinas que en la época en la que éramos niños. Seguimos viéndonos de tarde en tarde, por supuesto, pero no con la intensidad de aquellos tiempos. Era lógico, cada uno tenía su pareja y su vida alrededor de la familia que se había formado, con nuevos amigos, nueva familia del cónyuge, etc.

Después fue a mí a quien le pegó otro durísimo golpe la vida. Recuerdo que, en el velatorio de mi mujer, ella me dijo unas palabras que jamás podré olvidar. Hubo muchas muestras de cariño, apoyo y consuelo por parte de la familia, amigos y compañeros de trabajo, por supuesto, pero ella me dijo algo tan grande, tan magnífico, que a partir de ese momento me di cuenta de que podía empezar mi duelo particular con total tranquilidad, porque lo que había sido mi vida con Pilar, había sido perfecto, y los dos habíamos tenido tiempo de hacer una gran obra. Es algo que no se puede explicar con palabras, pero lo que me dijo fue lo que más me reconfortó en ese momento durísimo.

Y la vida siguió, para ella y para mí, como no podía ser de otra manera. Con sus momentos interesantes, sus tristezas, sus alegrías, sus reuniones con esas personas a las que quieres y que te quieren, vaya usted a saber por qué, sus esporádicos viajes, sus encuentros y sus desencuentros. Esas pequeñas cosas que conforman este viaje como las atracciones de un crucero. Y de repente, sin buscarlo, y sobre todo sin poder evitarlo, la vida volvió a darle otro durísimo golpe a ella.

Primero fue la crisis que se cebó en la actividad que hasta ese momento estaba ejerciendo su marido, y después, cuando parecía que la cosa no podía ir a peor, a él le sacudió una terrible enfermedad que le incapacitó casi definitivamente para ejercer su profesión.

La historia ha acabado bien. No quiero dar más detalles sobre lo ocurrido, pero sí puedo decir, y me alegra infinitamente poder hacerlo, que su marido se ha restablecido satisfactoriamente de su enfermedad, y además se ha reciclado, ejerciendo otra actividad, la pintura, que ha conseguido hacer que la alegría de vivir haya vuelto a su alma.

Ella está contenta. Cuando el otro día puso en el grupo de primos de Wasap que su marido había conseguido sobreponerse a la enfermedad y además estaba ilusionado con su nueva exposición de pintura (porque ya es la segunda, que yo sepa), pude imaginarla escribiendo, con esa alegría innata suya.

Porque, y no sé si lo he dicho anteriormente, mi prima es la alegría personificada.

Sus ojos le brillan cada vez que se descojona literalmente de risa cuando hablamos de alguna anécdota de nuestra infancia. Su sentido del humor es especial, como toda ella, y recuerdo que, en lo peor de la enfermedad de su marido, cuando prácticamente se podía haber perdido toda esperanza, intercambiamos unos mensajes llenos de sentido del humor, tanto por su parte como por la mía. No es sencillo conservar el sentido del humor en las peores circunstancias, pero mi prima es una experta en eso, y creo que yo también. El sentido del humor no tiene por qué estar reñido con el dolor, pero eso es algo que muy pocas personas pueden entender.

Creo, sin temor a equivocarme, que en la recuperación de su marido, mi prima ha tenido mucho que ver. Su coraje, su paciencia, sus dos cojones a la hora de afrontar la situación para que la falta de actividad no supusiera una hecatombe económica, y sobre todo, su fortaleza y su gran, enorme y fantástica capacidad de sobreponerse a todo, han sido decisivos en el devenir de las circunstancias. Cualquier otra persona se habría derrumbado, y nadie, repito, nadie, podría habérselo reprochado. Otros, de una naturaleza que por desgracia se ha cruzado muchas veces en mi camino, simplemente habrían abandonado el barco para seguir con sus vidas. Ella no lo ha hecho. Se ha arremangado, ha puesto sus dos cojones sobre la mesa, y ha tirado de su familia hacia adelante. Y lo ha hecho porque es una persona especial, y siempre lo ha sido.

Hay muchas personas a las que quiero, pero hay muy pocas a las que, además de quererlas, las admiro, y mi prima es una de ellas. Tenemos poco contacto, ya lo he dicho antes, pero cada vez que coincidimos, aquella atracción inevitable que sentíamos cuando éramos niños, vuelve a aparecer, tan fuerte, o incluso más, que antes. No necesitamos vernos, no necesitamos comunicarnos por wasap. Yo sé que ella está ahí, para cuando necesite una opinión con criterio y un chute de fortaleza y de energía positiva, y ella sabe que yo estoy aquí para cuando sea ella la que necesite un apoyo, quizá no tan fuerte como el suyo, pero desde luego con todo el cariño que soy capaz de transmitir.

Bueno, matizo: cada vez que nos juntamos, aquella atracción vuelve a surgir con fuerza, como cuando éramos niños, pero sin darnos de bofetadas, que conste.

Te quiero, prima.

sábado, 31 de julio de 2021

Narcisistas, Alcibíades y otros asuntos del amor

 

Descubrí este libro viendo una exposición sobre cómic dibujado por mujeres en Centro Centro, hace pocos días. Me dejaron impresionado algunas páginas, perfectamente ideadas además, que hablan sobre el fracaso actual del amor. No pude resistirme, necesitaba saber más, y compré el libro el mismo día que vi la exposición. Lo sé, ya sé lo que me van a decir los que me conocen, pero puedo aseguraros que merece la pena tenerlo, degustarlo, disfrutarlo y, por supuesto, leerlo.

La idea es más o menos sencilla: según Byung-Chul Han, filósofo surcoreano, el extremo narcisismo ha cambiado las bases de nuestra sociedad. La clave está en que buscamos en los demás proyecciones de nosotros mismos, lo que hace que, literalmente, anulemos al otro, hacemos que desaparezca. El otro, despojado de su alteridad (la capacidad de ser otra persona diferente. Lo he aprendido leyendo este libro), lo único que hace es alimentar nuestro ego, hasta el punto que no somos capaces de reconocer la alteridad del otro, su esencia.


Sigue el libro hablando de “El banquete”, un libro escrito en... Espera... ¿2017? No, anterior. ¿1950? Que no, que no, mucho antes. ¿1625? ¡¡Que no, que lo escribió Platón 385 años antes de Cristo!!. Parece mentira que ocurran estas cosas, pero a veces pienso que están más vigentes temas escritos hace miles de años, que soflamas y artículos de revistas de actualidad, que se quedan obsoletos en dos meses. 

En este libro, Alcibíades habla de su relación con Sócrates, y acaba proclamando entre los que acuden al banquete que, para él, Sócrates es único en el mundo, no se puede comparar a ningún otro, mientras que todos los demás hombres (nombra a Aquiles, a Pericles, etc) pueden ser comparados a otros hombres de aquella época. Eso hace que su amor por Sócrates sea inmenso, porque Sócrates es diferente a todo lo demás, incluso a él. En reconocer esa alteridad en la persona amada, su esencia, su personalidad, su diferencia con nosotros, está precisamente la clave del amor, y no en otra cosa.

Después, el libro sigue analizando las claves del desamor actual. Otra situación curiosa de hoy en día, por ejemplo, es que cuando quedamos con alguien ya sabemos, gracias a las redes y a las páginas destinadas a ello, cuales son sus gustos, sus preferencias de comida, sus aficiones, sus afinidades con nosotros. Quedamos para ver si nos enamoramos con alguien del que no vamos a tener casi sorpresas, cuando antes nos enamorábamos sin saber apenas nada de la otra persona. Primero venía el enamorarse, y luego ya la íbamos conociendo. Ahora el otro se ha convertido en un objeto de consumo, que se puede rechazar en cuanto veamos algo de él o ella que no nos gusta. Por todo ello, y muchas cosas más que vienen en el libro, cada día es más difícil que nos enamoremos, y el enamorarse, de hecho, es considerado por muchas personas como una debilidad.

Me he enamorado profundamente dos veces en mi vida. En realidad me he enamorado otras muchas, pero sin buenos resultados, por falta de correspondencia básicamente, antes de enamorarme de verdad por primera vez, y de ver que ese amor era compartido. Puede que en ese primer enamoramiento influyeran parámetros que no aparecieron para nada en el segundo. Tenía 26 años, y en mi horizonte probablemente, aunque de forma tácita, no claramente dibujada, estaba el hecho de tener hijos, hacer el amor de forma más o menos regular, y sobre todo, y eso creo que fue una de las cosas que más pesaban, no estar sólo. Fue el amor que encuadró mi vida digamos natural, el esquema que tenía y que creí que con esa persona se iba a desarrollar de la mejor manera posible, como así fue. Ella era completamente distinta a mí, pero amaba precisamente su alteridad, sus diferencias con respecto a lo que yo pensaba, y ella me amaba a mí a pesar de nuestras diferencias.


La segunda vez que me enamoré tenía 51 años, casi el doble de los que tenía cuando me enamoré por primera vez. En esta segunda ocasión, el hecho de no estar sólo ya no pesaba absolutamente nada en mis posibles motivaciones, porque ya había aprendido a estar sólo. Tampoco me podía motivar tener hijos, porque ya era mayor. Me enamoré simplemente, sin motivaciones, sin intenciones, sin nada, en un momento, además, en el que ni siquiera pensaba que existiera la posibilidad de volverme a enamorar. Fue muy curioso, lo recordaré toda mi vida. Estaba en una de las tantas obras en las que he trabajado, con el casco puesto. Me encontré a mí mismo sonriendo como un bobalicón, mirando al cielo, y pensando “joder, si me he enamorado...”.

No sé lo que es enamorarse, pero sí sé que me ha ocurrido, y que probablemente vuelva a ocurrirme, porque la naturaleza de cada uno es muy complicado cambiarla, y eso de enamorarme está en mis genes. No me importa en absoluto fracasar, ni que la otra persona no se enamore de mí, me enamoraré las veces que haga falta hasta que otra persona se enamore de mí como las dos personas que lo han hecho hasta ahora. Lo que me parece muy triste es que no seamos capaces de enamorarnos, por todo lo que explica Liv Stromquist en su libro, o por las razones que a cada uno se le ocurran. Es tan gratificante intercambiar vida con personas que nada tienen que ver con nosotros, que creo que no podemos dejar pasar esa oportunidad de conocer esa experiencia. Y sobre todo, y para terminar, no creo, ni por lo más remoto, que enamorarse sea un signo de debilidad. Creo que es mucho más débil encerrarse en la burbuja de nuestro narcisismo y andar picoteando de persona en persona sin sentir nada por ellas.

Como decía Alcibíades, la persona amada es incomparable, única en su alteridad, y será imposible encontrar otra como ella. Las dos veces que me he enamorado ha ocurrido precisamente eso, las dos mujeres de mi vida han sido incomparables, únicas en su alteridad, y jamás volveré a encontrar otra como ellas.