sábado, 31 de julio de 2021

Narcisistas, Alcibíades y otros asuntos del amor

 

Descubrí este libro viendo una exposición sobre cómic dibujado por mujeres en Centro Centro, hace pocos días. Me dejaron impresionado algunas páginas, perfectamente ideadas además, que hablan sobre el fracaso actual del amor. No pude resistirme, necesitaba saber más, y compré el libro el mismo día que vi la exposición. Lo sé, ya sé lo que me van a decir los que me conocen, pero puedo aseguraros que merece la pena tenerlo, degustarlo, disfrutarlo y, por supuesto, leerlo.

La idea es más o menos sencilla: según Byung-Chul Han, filósofo surcoreano, el extremo narcisismo ha cambiado las bases de nuestra sociedad. La clave está en que buscamos en los demás proyecciones de nosotros mismos, lo que hace que, literalmente, anulemos al otro, hacemos que desaparezca. El otro, despojado de su alteridad (la capacidad de ser otra persona diferente. Lo he aprendido leyendo este libro), lo único que hace es alimentar nuestro ego, hasta el punto que no somos capaces de reconocer la alteridad del otro, su esencia.


Sigue el libro hablando de “El banquete”, un libro escrito en... Espera... ¿2017? No, anterior. ¿1950? Que no, que no, mucho antes. ¿1625? ¡¡Que no, que lo escribió Platón 385 años antes de Cristo!!. Parece mentira que ocurran estas cosas, pero a veces pienso que están más vigentes temas escritos hace miles de años, que soflamas y artículos de revistas de actualidad, que se quedan obsoletos en dos meses. 

En este libro, Alcibíades habla de su relación con Sócrates, y acaba proclamando entre los que acuden al banquete que, para él, Sócrates es único en el mundo, no se puede comparar a ningún otro, mientras que todos los demás hombres (nombra a Aquiles, a Pericles, etc) pueden ser comparados a otros hombres de aquella época. Eso hace que su amor por Sócrates sea inmenso, porque Sócrates es diferente a todo lo demás, incluso a él. En reconocer esa alteridad en la persona amada, su esencia, su personalidad, su diferencia con nosotros, está precisamente la clave del amor, y no en otra cosa.

Después, el libro sigue analizando las claves del desamor actual. Otra situación curiosa de hoy en día, por ejemplo, es que cuando quedamos con alguien ya sabemos, gracias a las redes y a las páginas destinadas a ello, cuales son sus gustos, sus preferencias de comida, sus aficiones, sus afinidades con nosotros. Quedamos para ver si nos enamoramos con alguien del que no vamos a tener casi sorpresas, cuando antes nos enamorábamos sin saber apenas nada de la otra persona. Primero venía el enamorarse, y luego ya la íbamos conociendo. Ahora el otro se ha convertido en un objeto de consumo, que se puede rechazar en cuanto veamos algo de él o ella que no nos gusta. Por todo ello, y muchas cosas más que vienen en el libro, cada día es más difícil que nos enamoremos, y el enamorarse, de hecho, es considerado por muchas personas como una debilidad.

Me he enamorado profundamente dos veces en mi vida. En realidad me he enamorado otras muchas, pero sin buenos resultados, por falta de correspondencia básicamente, antes de enamorarme de verdad por primera vez, y de ver que ese amor era compartido. Puede que en ese primer enamoramiento influyeran parámetros que no aparecieron para nada en el segundo. Tenía 26 años, y en mi horizonte probablemente, aunque de forma tácita, no claramente dibujada, estaba el hecho de tener hijos, hacer el amor de forma más o menos regular, y sobre todo, y eso creo que fue una de las cosas que más pesaban, no estar sólo. Fue el amor que encuadró mi vida digamos natural, el esquema que tenía y que creí que con esa persona se iba a desarrollar de la mejor manera posible, como así fue. Ella era completamente distinta a mí, pero amaba precisamente su alteridad, sus diferencias con respecto a lo que yo pensaba, y ella me amaba a mí a pesar de nuestras diferencias.


La segunda vez que me enamoré tenía 51 años, casi el doble de los que tenía cuando me enamoré por primera vez. En esta segunda ocasión, el hecho de no estar sólo ya no pesaba absolutamente nada en mis posibles motivaciones, porque ya había aprendido a estar sólo. Tampoco me podía motivar tener hijos, porque ya era mayor. Me enamoré simplemente, sin motivaciones, sin intenciones, sin nada, en un momento, además, en el que ni siquiera pensaba que existiera la posibilidad de volverme a enamorar. Fue muy curioso, lo recordaré toda mi vida. Estaba en una de las tantas obras en las que he trabajado, con el casco puesto. Me encontré a mí mismo sonriendo como un bobalicón, mirando al cielo, y pensando “joder, si me he enamorado...”.

No sé lo que es enamorarse, pero sí sé que me ha ocurrido, y que probablemente vuelva a ocurrirme, porque la naturaleza de cada uno es muy complicado cambiarla, y eso de enamorarme está en mis genes. No me importa en absoluto fracasar, ni que la otra persona no se enamore de mí, me enamoraré las veces que haga falta hasta que otra persona se enamore de mí como las dos personas que lo han hecho hasta ahora. Lo que me parece muy triste es que no seamos capaces de enamorarnos, por todo lo que explica Liv Stromquist en su libro, o por las razones que a cada uno se le ocurran. Es tan gratificante intercambiar vida con personas que nada tienen que ver con nosotros, que creo que no podemos dejar pasar esa oportunidad de conocer esa experiencia. Y sobre todo, y para terminar, no creo, ni por lo más remoto, que enamorarse sea un signo de debilidad. Creo que es mucho más débil encerrarse en la burbuja de nuestro narcisismo y andar picoteando de persona en persona sin sentir nada por ellas.

Como decía Alcibíades, la persona amada es incomparable, única en su alteridad, y será imposible encontrar otra como ella. Las dos veces que me he enamorado ha ocurrido precisamente eso, las dos mujeres de mi vida han sido incomparables, únicas en su alteridad, y jamás volveré a encontrar otra como ellas.

jueves, 24 de junio de 2021

CARTA DE UN DESCONOCIDO


No me conoces, y sin embargo llevamos años viéndonos, cada verano al menos un par de veces. Yo tampoco te conozco en realidad, pero conozco tu historia, una parte de tu vida, y de esa parte soy capaz de imaginar el resto, de sentir, en parte, lo que has sentido, lo que has vivido, y desde ese ejercicio de imaginación me creo capaz de deducir que eres feliz.

Te descubrió mi padre, y a través de mi padre te descubrí yo. A través de mi padre, de su visión de las cosas, he descubierto muchas cosas en mi vida. Mi padre era un gran amante de la belleza. De la gran belleza. Amaba con pasión la pintura, el cine, la literatura, y supo inyectarme esa pasión suya. Cada vez que descubría la belleza, como hizo contigo, le gustaba compartirla, y lo hizo conmigo. Además de amar la belleza, amaba el café en todas sus variantes, y esa era la combinación perfecta para bajar a verte, a admirarte, a veces cada día. Le encantaban tus gestos, tu pelo siempre corto, tu sonrisa, esa voz tuya que, a pesar de no entender a veces los giros en valenciano, le sonaba musical. A mi padre le encantaba la belleza, y el que le conocía de verdad era capaz de vislumbrar la pasión que sentía cada vez que, como en tu caso, se cruzaba con ella. De ti decía algo muy parecido a lo que alguien, alguna vez, dijo de Ángeles, la mujer de Delibes, el escritor: “una mujer que, con su sola presencia, era capaz de aliviar la pesadumbre de vivir”. No era exactamente eso lo que decía mi padre, pero te puedo asegurar que se parecía bastante. Con tu forma de ser alegrabas esos momentos suyos de café, helado o blanco y negro, y eso era tan importante para él como para mí, que disfrutaba cuando le veía disfrutar.

De repente, un año cualquiera, un año aciago, se presentó la tristeza, tu tristeza, y tuve que decir, cuando me lo contó mi padre, la frase que había que tenido que decir en otras ocasiones a lo largo de mi vida: “Buenos días, tristeza”.

Me enteré en pleno duelo, en un momento muy duro de mi vida. Mi mujer había fallecido pocos meses antes. Era en aquel tiempo en el que no podía contener las lágrimas cuando veía una mujer con un pañuelo en la cabeza, intentando disimular la pavorosa caída del pelo que provoca la quimioterapia.

Mi padre me lo dijo, y me fijé en ti. Creo recordar que conservabas el pelo, pero tu aspecto había cambiado. Percibí tu lucha en tus movimientos, en tus gestos, en tu falta de sonrisa, de aquella sonrisa luminosa que había cautivado primero a mi padre y después a mí, en los visibles esfuerzos que hacías para servir los helados o los cafés. Reviví al verte, con un tremendo golpe en el alma, los últimos esfuerzos de mi mujer, ese baile con los lobos que tuvo hasta el final. En aquel momento, como ya te he dicho, estaba en pleno duelo, y, sinceramente, no era capaz de vislumbrar un desenlace feliz a tu situación. Y sin embargo, percibí que luchabas, y eso me ayudó a luchar a mí. Ese año, ese verano, a mi tristeza se sumó la tuya, y esa suma de tristezas, unida a la disipación de la belleza, de la magia, hizo que me interesara profundamente por ti.

Recuerdo que, el año siguiente, lo primero que hice, nada más llegar, fue acercarme a la heladería. Allí estabas, al pie del cañón, con un aspecto todavía débil, pero mucho mejor que el año anterior, el año de la tristeza. Recuerdo que pensé, al verte, que en cierto modo los dos estábamos superando los terribles escollos que nos había “regalado” la vida, tu cáncer y mi duelo por la pérdida de la mujer a la que había amado con todas mis fuerzas durante algo más de veinte años. Y a ese año siguieron otros, y cada año te veía mejor, y yo también me iba encontrando mejor. Un año recuperaste tu sonrisa, y quiero creer, aunque probablemente no sea así, que ese año yo también recuperé la mía.

Esta mañana he salido a andar temprano. Llegamos ayer por la tarde. La heladería estaba cerrada, pero al volver he visto mesas fuera, y al fijarme te he visto tras la barra con tu sonrisa de siempre, con tu pelo corto, con esa serena madurez que te está regalando ahora la vida, en una especie de compensación por la tristeza que te regaló una vez. La vida es así, voluble y caprichosa. Luchaste, y ahora estás recogiendo los frutos de esa lucha, y recuperando la belleza, tu belleza.

Iba escuchando música mientras andaba, como siempre que lo hago sólo, y al chute de “The Passenger”, se ha unido el chute de verte otra vez, otro año más.

He sonreído sin sonreír, y he saludado a la vida. Buenos días, belleza.

domingo, 21 de marzo de 2021

MOMENTOS, LUGARES

A veces los momentos se nos quedan grabados en la memoria, como a fuego, como si formaran parte de nosotros mismos, de nuestro ADN, de nuestra naturaleza particular. El momento del que hablo ocurrió en la primavera del 2000, en un lugar, el monasterio de Santa María de Monfero, en Ferrol, situado en medio de una especia de selva impresionante, formada por eucaliptos, hayas y orballos, llamada "Las fragas del Eume", a la ribera del río que desemboca en Pontedeume. Voy a intentar que imaginéis la escena. Un día soleado, bastante raro en Galicia. Una temperatura ideal. Mis padres y yo llegamos a una especie de explanada, después de recorrer el paraje, en la que se sitúa el monasterio, un edificio semi en ruinas pero que impresiona profundamente tanto por su tamaño como por su arquitectura. Nadie alrededor. Mientras caminamos escuchamos el sonido de nuestros pasos en la gravilla de la explanada. La puerta está abierta, no hay nadie en ella, la entrada es libre. El motivo, seguramente vergonzoso, por el que una joya así se está cayendo a pedazos sin que nadie, absolutamente nadie haga nada por impedirlo, no es el tema de esta entrada.

Cruzamos el umbral de lo que era la iglesia anexa al monasterio, y al avanzar unos pasos, y sumergirnos en la penumbra, rota solamente por unos cuantos rayos de sol que penetraban por agujeros del techo, formando una atmósfera mágica, escuchamos, claramente, cada vez más potente, una música que procedía del fondo, de la zona del altar. Mi madre dijo "uy, si han puesto música", y yo me sorprendí, muy agradablemente, porque lo que se escuchaba, en todo su esplendor, era "Shine on you crazy diamond", de Pink Floyd. Imaginaos el momento. Los tres. sorprendidos ante la salvaje belleza de un lugar que en otro tiempo fue grande y que conserva su grandeza, empequeñecidos ante una arquitectura soberbia, y escuchando a Pink Floyd. Al cabo de unos minutos nos dirigimos al altar, a la zona de la que procedía la música, y a nuestro encuentro salió un individuo delgado, desnudo de torso para arriba, con barba de chivo, ojos de loco y pelo muy largo. Caminaba deprisa, nervioso, y llevaba en la mano una maqueta que estaba haciendo en barro de uno de los capiteles de aquel lugar. "Buenas tardes. Si les molesta la música puedo bajarla". "Al contrario -le digo- Nos encanta. Ha sido una sorpresa escuchar a Pink Floyd en este lugar". Se trataba del restaurador. Nos estuvo explicando durante un buen rato la historia del monasterio, su destino, su futuro. El hombre tenía su taller montado allí, seguramente pagado por la Xunta, y se entretenía en su mundo, con su música.

Cuando salimos de allí y nos metimos en el coche, recuerdo que mi padre, que estaba sentado delante, se volvió hacia atrás, sonriendo, cogió la mano de mi madre, y dijo sólo dos palabras: "qué felicidad".

El otro día soñé con él, con mi padre. En el sueño, estaba en el mismo lugar, en Monfero, con la misma luz y la misma música, pero en esta ocasión yo sólo, sin mi madre, y era él el que aparecía, en lugar del restaurador, sonriente, desde la parte del fondo del altar, silbando con su silbido particular antes de dejarse ver, y cuando llegó a mi altura, me dijo, "qué felicidad".

Soy creyente a mi manera. No creo en el cielo ni en el infierno, ni en muchos otros dogmas, pero sí que creo que los nuestros, los que se han ido, pasan a formar de alguna manera parte de nosotros. Desde el sueño del otro día, además, creo que los nuestros están en lugares concretos, en puntos en los que en algún momento de su vida han sido felices. Mi padre es una de las personas que en más lugares se encuentra ahora mismo. Además de en El Retiro, uno de los lugares que más le gustaba, seguro que podemos encontrarle en Monfero, o en el U Flecu de Praga, donde también tuvo uno de sus momentos más importantes de felicidad, o en la impresionante desembocadura del Duero, en Oporto, o en el castillo de Lisboa, o en el Balcón del Mediterráneo, cuando cantó aquel tango con otro familiar que también vivió con él muchos momentos de felicidad en Benidorm (no sé si soñaste con él al mismo tiempo que yo, hermano, pero te acordaste de él y me llamaste, y esa llamada tuya también fue un momento de felicidad). Del mismo modo que Pilar está en Granada, y en el parador de Salamanca, y en esa fábrica de vidrio soplado de Manacor en la que fue feliz una tarde, además de formar parte intrínseca de mí y de mi hijo.

No me cabe duda. Están en nosotros, y están en los lugares en los que, siendo felices, nos han hecho felices a los que hemos tenido el privilegio de conocerlos. Porque la felicidad, para mí, es que los míos sean felices, con todo lo que abarca ese concepto de "míos" (familiares, amigos, compañeros, conocidos...). No se es feliz siempre, por supuesto, porque hay momentos de tristeza, pero hasta esos momentos te hacen apreciar más y mejor los momentos de felicidad, y los lugares en los que esta se produce.

En fin, que aunque hayan pasado un par de días, feliz día del padre.  

miércoles, 20 de enero de 2021

El hogar de los libros de Umberto Eco

 

Ayer vi este video en Twitter. Se trata de Umberto Eco, paseando por su biblioteca:

https://www.youtube.com/watch?v=bF9tG5Q6NTA&ab_channel=PlzAle

Bien es verdad que en Twitter no se veía como en este enlace. Se reproducía sin música, lo que lo hacía aún más inquietante. Inmediatamente me surgieron varias preguntas. Sentí una especie de desasosiego bastante difícil de explicar, y no supe el por qué prácticamente hasta hoy. ¿Se trataba de su casa, de su hogar? Si es así, ¿dónde están los signos que marcan un hogar? Se veían cuadros, mesas, e incluso un perchero con un par de sombreros. “No – pensé aiviado -. No es su casa, es una oficina, seguramente su oficina, donde trabaja gente y ha metido todos sus libros”. Me quedé más o menos tranquilo, hasta que hoy, indagando, he leído varias páginas en las que se habla de esta biblioteca.

En efecto, era su casa, en concreto la de Milán, donde Eco tenía una colección de unos 30.000 libros, y 20.000 más en su casa de veraneo, cerca de Urbino. Un “hogar” que, más que suyo, era de los libros que coleccionaba. Cuando alguien le preguntaba “¿Los has leído todos?”, Eco contestaba “no, estos son los que tengo reservados para fin de mes. Los que he leído los tengo en mi despacho”.

Analizando el video, he llegado a varias conclusiones, relacionadas con el tema de la acumulación de cosas, con el desasosiego, con la despersonalización del “hogar” cuando te sacude una afición coleccionista, y con el propio Umberto Eco. Vayamos por partes, y empiezo por el último punto.

Umberto Eco era una persona excepcional, y un autor brutal. Escribió “El nombre de la rosa”, probablemente la mejor novela que haya leído jamás. La devoré en un mes, mientras estudiaba, y recuerdo que la leímos juntos varias personas. Nos juntábamos en el estanco de un amigo, y la comentábamos como se comenta hoy “Juego de tronos” entre los aficionados a la serie. Si alguno de los amigos había avanzado una noche algo más, y empezaba a destripar la trama, le dábamos la paliza a base de gritos y codazos para que se callara, para que no hiciera “spoiler”. Disfruté un montón de la novela y de las circunstancias en la que la leí, en un tiempo en que leer empezaba a ser algo vital para mí.

Después vino “El péndulo de Foucault”… Y ya no fue lo mismo. Me gustó, pero no era para mí como “El nombre de la rosa”. Luego leí “Baudolino”, y me ocurrió otra vez. “El cementerio de Praga”, siendo fantástica, tampoco llega a la altura de la rosa. “La misteriosa llama de la reina Loana” me entusiasmó, e incluso me inspiró una trama parecida, pero tampoco era lo mismo. Y mi pregunta era, a partir de entonces, ¿pensará igual Umberto Eco? ¿Escribirá bajo la losa de haber escrito lo mejor que puede escribir una persona? ¿Vivirá toda su vida condenado, agotado por la presión de tener que superarse a sí mismo? Viéndole pasear en ese video con los hombros cargados, a ese paso más o menos rápido, como a la búsqueda de algo, esas preguntas volvieron a mi mente, y de ahí al desasosiego hubo sólo un paso.


Una de las páginas que he leído hoy habla de la Antibiblioteca, compuesta por todos esos libros de una biblioteca personal que no se han leído, y que muchas veces tiene más libros que los que realmente se han leído. Es como una especie de reconocimiento, se decía en esa página, de todo lo que nos queda por aprender, de todo lo que nos queda por leer. La certeza palpable de que lo que hemos aprendido hasta el momento es una gota en el océano comparado con lo que no sabemos. He dejado volar la imaginación y he visto a Umberto Eco paseando eternamente por esos pasillos de la biblioteca de su casa, vaga imitación de la que aparece en su mejor novela, buscando la idea que le empujara a escribir algo más grande que “El nombre de la rosa”. Inquietante.

Me gustan los libros, no puedo negarlo, y los que me conocen lo saben. A veces he comprado libros por el aspecto, o por las ilustraciones, o porque era una edición que me gustaba más que la que tenía. Tengo tres “Nieblas”, cuatro “El río que nos lleva”, etc. Pero de un tiempo a esta parte, no sé si será por la edad o porque el pensamiento y las ideas van cambiando por un proceso natural de nuestro cerebro, no le doy tanto valor a acumular. De hecho estoy organizando seriamente la venta de un montón de libros. Hace poco, con motivo de una vivienda que tuvimos que vaciar la familia, que estaba también llena de libros, hicimos varios viajes al Retiro para dejarlos en las hornacinas que hay cerca de la estatua de Galdós y en los jardines de la casa de fieras. Llevamos un montón de libros, y no me dio ningún reparo en deshacerme de ellos. Hace tiempo que prefiero acumular experiencias, sensaciones, momentos entrañables con familia o amigos, cenas, viajes, exposiciones, paseos… Y sigo teniendo muchos libros, por supuesto, pero soy consciente de que muchos, muchísimos de ellos, no los voy a leer, y no me importa, porque seguiré leyendo y disfrutaré de los que me dé tiempo.

El caso es que estuve todo el día con el desasosiego, porque las respuestas de la gente al video eran de admiración, de aplauso al hecho de tener esos libros, en esos pasillos interminables de estanterías hasta el techo. Parecía no haber nadie con esa sensación inquietante que había tenido yo, hasta que Rosa Montero respondió más o menos que de qué servía todo eso, que Umberto se había muerto igual, y añadía unas palabras de Simone de Beauvoir: “Lo que más me tortura son todos esos libros que he leído, todo lo que he aprendido, que desaparecerá en la nada”.

Al leer la respuesta de Rosa tuve dos sensaciones. Una de consuelo, al no ser el único al que le había parecido inquietante ese video, y otra de certeza de que Rosa había escrito el tuit en un momento de bajón, porque si bien estaba de acuerdo con la primera parte de su pensamiento, que no sirve de nada acumular, no compartía ni mucho menos esas palabras de Beauvoir.

No, Rosa, en eso no puedo estar de acuerdo, porque lo que tú has leído, lo que has vivido, se plasma de alguna manera en “La hija del caníbal”, o en “la ridícula idea de no volver a verte”, o en “Te trataré como a una reina”, o en muchas otras, que mucha gente hemos leído y nos han marcado, como otros muchos libros tuyos. Porque lo que leyó Eco se plasmó en sus libros, y los que los hemos leído los hemos disfrutado y hemos aprendido. Nada de lo que leas o aprendas se pierde, porque siempre habrá alguien que lo haya asimilado simplemente por tu forma de ser, que probablemente se deba a muchos factores que nada tengan que ver con la lectura, pero también a ella. No tiene nada que ver aprender, leer, estudiar, con el hecho de acumular libros, que no es más que un síndrome de Diógenes del que poco a poco hay que ir curándose. Entre el Umberto que escribe, y el Umberto que tiene libros, indudablemente me quedo con el primero.

sábado, 26 de diciembre de 2020

Nochebuena

 

Con un año tan horrible como el que hemos tenido, la verdad es que el espíritu navideño se había disipado por completo de mi cabeza. No le veía ningún sentido a disfrutar de las luces, los paseos por los lugares emblemáticos de Madrid, los encuentros navideños con familia y amigos… A esto último no sólo no le veía sentido, sino que, con lo que tenemos encima, le veo precisamente más sentido a no reunirse con nadie, porque el amor, el encuentro, los abrazos y los besos, y esos “Vuelve a casa por navidad” este año pueden ser letales, y se demuestra mucho más amor no viendo a tus seres queridos, que reuniéndote con ellos. Ya habrá tiempo y ocasión para volver a las tradiciones cuando la pandemia esté por fin controlada, que ahora precisamente no lo está en absoluto, aunque empiezan a verse luces al final del camino.

Estando así las cosas, una de las tradiciones que he seguido otros años, la de enviar mensajes de felicitación, la había descartado por completo, hasta que, lógicamente, empecé a recibirlos de personas más o menos cercanas, pero siempre queridas y apreciadas. Al leerlos, me di cuenta de que me apetecía saber de otras personas, de las que he tenido noticias de forma esporádica durante la pandemia por mensajes que nos hemos ido enviando simplemente para saber si todo iba bien, si habíamos tenido algún problema, etc. La cuestión, pues, no era enviar ese mensaje navideño rutinario, sino saber de esa persona, saber si seguía bien él o ella, y su familia. Creo que nunca he encontrado más valor a la felicitación navideña que este año precisamente, en el que la Navidad, para mí, ha pasado a un plano mucho menos importante que el que ha tenido en otras ocasiones.

Puesto a ello, estuve gran parte de la tarde del día 24 enviando y recibiendo mensajes. Por suerte, todas las personas a las que he saludado y me han contestado siguen bien, ellos y sus familias, lo que ya de por sí me alegró bastante la tarde y la noche.

Una de esas personas contestó de una manera muy especial a mi mensaje. Se trata de una chica, llamémosla Isabel (no se llama así, pero la llamaremos Isabel por razones de seguridad) que estuvo trabajando conmigo en Murcia, en una de las mejores épocas de mi vida, en un equipo en el que éramos muy pocos, seis personas, pero muy bien compenetrados, tanto en lo personal como en lo profesional. Isabel era amable, siempre sonriente, trabajadora, simpática, y sobre todo muy, muy buena persona. Por aquella época estaba con una relación, y cuando ya lo tenían todo preparado para casarse, con el salón, las invitaciones enviadas y toda la parafernalia que conlleva preparar una boda, su novio voló, dejando a Isabel hecha polvo. Poco después de aquello yo me tuve que volver a Madrid de manera urgente por las razones que todos mis conocidos saben (por si alguno de los que leen este blog no lo sabe, mi mujer enfermó de cáncer), y le perdí la pista a Isabel y al resto del equipo, aunque siempre he sabido más o menos de ellos comunicándome de vez en cuando.

Isabel contestó a mi mensaje del otro día. Por sus palabras, deduje que seguía siendo la misma persona de siempre. Amable, simpática, sonriente, y sobre todo, buena persona. Tras dos o tres mensajes, me envió la foto de su hija, Estrella (este sí es el nombre real), una niña preciosa, que ahora tiene dos años. Mirando de cerca los ojos de esa niña, su sonrisa, ese aspecto de muñeca que tiene mucho de Isabel, sentí algo que me dijo que esa niña era el regalo del destino para Isabel. Estrella era la razón, el fin, el resultado de todo lo que le había ocurrido a su madre. Ese novio que había volado tenía que volar, por fuerza, porque por alguna razón que se nos escapaba a todos en ese momento, no era la persona adecuada para Isabel. Esa tristeza que sin duda tuvo mi compañera no era más que los preliminares de la felicidad que tiene ahora, encarnada en esa niña que, sin duda, es la mejor obra que Isabel habrá hecho en su vida. Recuerdo que en alguna ocasión, cuando ella estaba destrozada porque aquel chico la había abandonado por un ataque de pánico ante la boda que se le venía encima (siempre he supuesto que fue por eso, aunque igual era por otra razón que ni sé, ni me imagino, ni me importa), yo le decía “probablemente es lo mejor que te ha podido pasar, porque esa no era la persona adecuada para ti”, y el tiempo nos ha dado la razón, porque ahora, viendo a esa niña, me doy cuenta de que Isabel conoció más tarde a la persona adecuada para tener un regalo como la hija que ha tenido.

Estuve charlando en Nochebuena por wasap con Isabel hasta que ya no podía mantenerme despierto. En esa conversación, Isabel me dijo una cosa sobre mí que me encantó. Probablemente lo más bonito que me han dicho en mi vida, que no pongo aquí porque parecería presuntuoso, y porque seguramente tampoco es verdad, por muy orgulloso que estuviera si yo fuera realmente como ella me dijo que me veía, aunque sólo fuera en una pequeña parte. Si es cierto que no somos lo que creemos que somos, sino la forma en que de verdad nos ven los demás, me doy por muy contento con lo que me dijo Isabel.

Y eso me llevó a otra conclusión. He estado en proyectos muy importantes en mi vida. Unos cuantos emblemáticos, como la Torre Repsol, la sede del BBVA en las Tablas (sí, la tapa de inodoro…) o el Hotel AC Oblatas en Santiago de Compostela. Otros no tan emblemáticos pero complicados, como el Portón de los Jerónimos en Murcia. Otros modestos, como muchos bloques de viviendas desperdigados por Madrid, Getafe, Leganés, o Guadalajara, y reformas en lugares bellísimos como el Palacio de los Serrano, en Ávila. He tocado también la logística en un proyecto muy interesante en Illescas, que me sirvió para desarrollar una rama de la edificación que no había tocado hasta ahora. Todos esos edificios son importantísimos para mí, porque en todos ellos he sufrido, he reído, he llorado y hasta he amado (no en ellos, sino mientras estaba trabajando en ellos, no seáis mal pensados), y guardo de ellos un recuerdo en lo profesional y en lo humano increíble, hasta el punto de que siempre he tenido la sensación de que no he trabajado, porque estaba haciendo lo que me gustaba, que era construir, ver levantarse una obra desde los cimientos hasta la cubierta.

Siempre he pensado eso, pero el otro día, viendo la cara de Estrella, la cara de Isabel, me di cuenta de que lo bonito, lo grande, además de haber estado en esos proyectos, es haber conocido a toda la gente especial que he conocido a lo largo de mi trayectoria. Personas importantes en mi vida, muchos de ellos anteriormente jefes y ahora amigos, muchos compañeros abnegados, dispuestos siempre a echar una mano, codo con codo siempre, con sus problemas, sus tristezas, sus alegrías, y sobre todo sus grandezas como personas y como profesionales. Muchos de ellos compañeros, otros clientes, incluso rivales en el terreno profesional, pero todos ellos grandes personas, y ahora buenos amigos. A muchos les saludé la otra noche, y les seguiré saludando sin duda, porque han conformado gran parte de mi vida profesional, pero sobre todo, humana.

Muchas gracias, Isabel, por ser como eres, y por haber finalizado, con nota, una obra tan importante y bonita como Estrella. Es un honor y un placer conocerte y haber trabajado contigo

domingo, 13 de diciembre de 2020

BREXIT, UNA GUERRA INCIVIL. ¿LA MUERTE DE LA DEMOCRACIA?

 


Se trata de una película protagonizada por Benedict Cumberbatch en el papel de Dominic Cummings, el artífice de la victoria del NO a Europa en el referéndum que se hizo en 2016 en Gran Bretaña. En el menú de Movistar aparece como comedia, pero no os dejéis engañar, lo único que tiene de comedia, si acaso, son las patochadas de Boris Johnson.

Veamos los precedentes: Cameron, en su campaña, le prometió a una “chusma que alguien había azuzado contra él” (palabras de Douglas Carswell, diputado del UKIP, en la película) que si ganaba, cosa que ni él mismo se creía que sucedería, convocaría un referéndum para preguntarle a la población si querían seguir o no en Europa. Ganó, y no le quedó más remedio que convocar un referendum.

Cameron y los suyos veían la cosa muy clara. Con un mínimo esfuerzo, iban a conseguir que la población votara seguir en Europa apelando al espíritu económico, a la fortaleza que daba estar en bloque en la Unión, a la solidaridad y al trabajo. Primer error: basar su estrategia en lo de siempre. Mítines, pegada de carteles, encuestas, programas en la televisión, artículos de opinión en los periódicos… Obviaron, o no tuvieron en cuenta, por ignorancia y sobre todo por prepotencia, el tremendo poder que hoy en día tienen las redes sociales.

La intervención de Zack Massingham, presidente de AGGREGATEIQ magistralmente interpretado por el actor Kyle Soller, supone todo un máster para entender el poder de las redes sociales en todo esto. La cosa es sencilla cuando él la explica: dos mil millones de personas se meten doce veces al día para compartir con otros sus sueños, sus pesadillas, lo que comen, lo que piensan, lo que les impide dormir lo que hacen a cada momento. Todas esas intervenciones forman patrones de conducta, conductas que se solapan y que pueden alimentar un algoritmo. Esos algoritmos sofisticados sirven para realizar un enfoque de la población y saber lo que piensan, para diseñar anuncios y consignas adecuados para ellos. El sistema puede hacer predicciones, y darle a cada persona lo que necesita en cada momento. Es el sistema, no las personas, lo que influye más en la gente.  

De lo que se trata es de captar a la gente que nunca ha votado. A los indignados, a los perezosos, a los desencantados, a los que los políticos, en definitiva, nunca tienen ni han tenido en cuenta. En este sentido es curiosa la visita que Carswell y los suyos hacen a un barrio de Londres empobrecido y triste. Cuando el diputado dice “no conocía este barrio”, alguien le contesta “pues pertenece a tu jurisdicción”. El discurso político es cada vez más memo por culpa de los memos que se alimentan de él. De lo que se trata, en la película y en la realidad, o al menos lo que intentaba Cummings antes de que se le fuera de las manos, era de jalear el si8stema político para que reaccionara, pero al final ese sistema político, anquilosado en sus viejos procedimientos (no se trata de la izquierda contra la derecha, dice Massingham, sino de lo viejo contra lo nuevo), no es capaz de sobreponerse, y todos sabemos lo que sucedió. La salida de Europa ganó por más de un millón de votos.

AGGREGATEIQ hizo llegar a los votantes mil millones de anuncios de enfoque selectivo durante la campaña. Mil millones. ¿Os imagináis?. Esa empresa, junto con Cambridge Analytica, está vinculada al empresario multimillonario Robert Mercer, que luego se convirtió en el mayor donante de la campaña de Trump. Y todos recordamos que Trump ganó las elecciones.


La única buena noticia es que parece que los políticos, aunque a remolque, han tomado buena nota de la estrategia y han empezado a actuar de otra manera muy diferente a la que llevaban haciendo. La consecuencia es el reciente triunfo de Biden en EEUU, la reciente defenestración de Cummings por la nefasta gestión que ha hecho con el asunto del COVID en Inglaterra (una cosa es manipular a los votantes y otra muy diferente gestionar una crisis de salud) que provocará casi con toda seguridad la caída de Boris Johnson, cuyo único mérito político consistió en subirse al carro del abandono de Europa y que esta opción fuera la ganadora, lo que provocó la inminente dimisión de Cameron.

También hay que decir que, además de los algoritmos de las redes, ayudó bastante a que ganara el NO a Europa el discurso xenófobo y nacionalista de una derecha rancia y estúpida, de la que hasta el mismo Cummings quería desmarcarse en todo momento porque no soportaba esa apelación al odio, a la nostalgia de unos tiempos pasados siempre mejores y al rencor contra los inmigrantes. Es esa derecha la que tribaliza a la gente y provoca que una diputada, Jo Cox, fuera asesinada por un exaltado.

Y también, por último, ayuda mucho repartir por todas partes mentiras a las que la gente débil de carácter o perezosa de mente se agarra sin contrastar siquiera. >En ese sentido es graciosa la escena en la que una simpatizante le dice a Boris Johnson “Van a venir a Inglaterra sesenta millones de turcos. Lo pone aquí, en su panfleto”, y es el mismo Boris Johnson quien le aclara “bueno, disculpe, lo que pone es que Turquía tiene sesenta millones de habitantes”. Mentiras como la entrada inminente de Turquía en la UE, ocultaciones de la verdad, como las ayudas que la UE proporciona a todos los países miembros en materia de inmigración o gestión de refugiados (eso ocurre también en España, por cierto), quedan impunes ante la opinión pública porque el partido gobernante es incapaz de explicarle a la población que eso no es así, que no se trata más que de tendenciosas maniobras que apelan a esa nostalgia y a ese odio que no de debería usar en ninguna campaña política, pero que los que querían que el NO a Europa triunfara, y lo consiguieron.


¿Os suena?

Sí, es un poco lo que está ocurriendo también aquí. El mensaje de odio a lo exterior, a ese inmigrante que nos quita el pan de la boca, es el mismo, y se puede ver, incluso hoy mismo, si te metes en las redes y buceas un poco. La apelación a los miles de muertos por el COVID es otra llamada al dolor, que trata de enfocar ese dolor en el responsable que en este momento está gobernando. Pero no, en serio, no nos dejemos llevar por esos mensajes tendenciosos, falsos y mentirosos. Seamos capaces de indagar un poco, de bucear en temas como el famoso de los okupas, cuya única finalidad es meter el miedo a la gente, porque la gente con miedo es más manipulable, no nos dejemos engañar.

El tema del manejo de las redes ya es otro cantar. Los partidos extremistas de este país ya han intentado su jugada, o su jugarreta más bien, en este terreno, pero creo que estamos empezando a verles el plumero, como ya han hecho en EEUU y en otros países. Aquí es verdad que el discurso político sigue siendo memo, estúpido y despreciativo, y que todavía no tiene en cuenta a toda la población, sino sólo a los que piensan como cada una de las opciones, pero si no queremos que este sistema se vaya directamente al carajo, porque la realidad es que es el único sistema válido de convivencia en un país normal, tenemos que votar con criterio, analizando los programas, desenmascarando las mentiras, investigando lo que cada uno dice, si es verdad o no.  No podemos dejarnos llevar por lo que se diga en las redes, porque hay mucha gente falsa en las redes, que ni siquiera existe, es uno de esos algoritmos que crea patrones, y no hay que hacerles caso.

Votar no es un asunto banal, y ese es el problema, y el peligro de la democracia. Tomarse el voto a la ligera es muy peligroso, a corto y a largo plazo. Vale, siempre habrá gente que vota a piñón fijo, a su partido de toda la vida. Siempre habrá señoras que vitan a fulanito “porque es muy guapo”, o “porque tiene carisma”. Siempre habrá personas que voten por miedo a algo, o para contrarrestar el voto del cuñado. No es a esos a quienes hay que tener en cuenta, porque esos no deciden el resultado de las elecciones. Ese resultado se decide por la gente que analiza, que piensa, que reflexiona, y que cada vez que vota se inclina a uno u trol ad en función de lo que le ofrezca cada uno o de lo bien o lo mal que lo hayan hecho los que están. Es para esa gente para la que se necesita en estos momentos un partido serio, consecuente, con ganas de hacer cosas, que no se dedique sistemáticamente a tirar por tierra lo que hace el otro, a derrocar la monarquía o a expulsar a los inmigrantes como hizo la reina Isabel la Católica con los judíos. Señores, hay temas muchísimo más importantes que abordar de una vez por todas, como la educación o la inversión en I+D, por poner un par de ejemplos.

No todo está perdido. No nos rindamos. Recordad que la democracia es el ÚNICO sistema válido, y que ese sistema depende de nosotros. No lo dejemos en manos de las redes, no lo dejemos en manos de incapaces. Vamos a coger las riendas de una vez por todas.

 

miércoles, 18 de noviembre de 2020

No somos dioses. La paradoja del ser humano

 


Probablemente no he sido consciente de lo que ha ocurrido con mi actividad en las redes. No, no he sido consciente de que la última entrada de mi blog la escribí en Agosto, y de que desde el 7 de septiembre no he entrado en Twitter, y de que he tenido muy poca actividad también con wasap, por lo que me dice mi teléfono con su informe semanal.

No, realmente no me había dado cuenta del asunto hasta que hace un par de días me lo recordó una muy querida amiga, que de hecho también reapareció en mi wasap después de esos casi tres meses, para comentarme que había leído mi última entrada, que como ya he dicho era de agosto. Resulta curiosa la forma en que se altera la consciencia de cada uno cuando sucede algo inesperado, que nos supera y que nos empuja de un mazazo a sumirnos de repente en un estado de shock. El 8 de septiembre ocurrió una de esas cosas inesperadas con una persona que ha significado mucho en mi vida y en mi forma de ser y de pensar. Sufrió un terrible accidente del que por suerte, a día de hoy, se está recuperando felizmente. Eso es lo que me ha empujado hoy, animado también por la conversación con esa querida amiga que reapareció “de entre los vivos”, a retomar poco a poco la actividad en las redes.

Pensaba que el libro estaba completamente cerrado con esa persona que sufrió el accidente el día ocho. Casi siempre creemos estar seguros de nuestros sentimientos hacia los demás, como solemos estar más o menos seguros de nuestras ideas. Lo que ocurre, lo que te hace la vida de vez en cuando, y en mi caso no es la primera vez, es demostrarte con un mazazo que esa seguridad tuya se puede desmoronar en un instante. Me sentía ya muy alejado de ella, por una discrepancia bastante profunda en lo que se refiere a ideas políticas, religiosas, morales y vitales. La diferencia de nuestra forma de pensar derivó en el fin de la relación, y poco a poco el libro se cerró. Esa diferencia de ideas, tan sólida y tan determinante, se disolvió de un plumazo, “como lágrimas en la lluvia”, que diría el bueno de Roy Batty, cuando me enteré del accidente que había sufrido. No existía la política, ni la religión, ni nada más que la repentina y dolorosa toma de conciencia de lo frágiles que somos los seres humanos. Durante bastantes días estuvo en la UCI, en coma, y hasta que no salió de ese estado creo que muchas de las personas que habíamos tenido la suerte de conocerla estuvimos en estado de shock.

Sentí impotencia, y rabia, y tristeza, mucha tristeza. Sentí que mis ideas no valían absolutamente nada, que lo que dominaba mi mente era la intensa toma de conciencia de la fragilidad. Por mucho que quisiéramos no podíamos hacer absolutamente nada que no fuera desear con todas nuestras fuerzas que se recuperara cuanto antes, que saliera de ese estado de coma. Transmitirle de la forma que fuera nuestra energía positiva y rezar, no por convicción, sino porque ella rezaba. Ahora ya está mucho mejor. Se está recuperando y muy pronto saldrá del hospital para reunirse de nuevo con los suyos y retomar su vida.  

He llegado al convencimiento de que las ideas políticas, religiosas, económicas, sociales, etc, no valen nada, absolutamente nada, ante la inmensa fragilidad del ser humano. Somos frágiles, y cuando tomas conciencia de ello, curiosamente, se produce la paradoja de que te haces más fuerte, porque no necesitas amparar tu vida con un escudo político, religioso o social para sentirte mejor, o más acompañado por otros con esas mismas ideas. Somos frágiles, no somos dioses, somos incapaces de conseguir que alguien cambie su vida o su forma de pensar escuchándonos. Seamos realistas: cualquier día, en cualquier momento, la vida nos va a dar un mazazo, y en ese momento las ideas pasarán a un segundo plano y nos pondremos en la piel del otro, o para ser más exactos, SEREMOS el otro.

Puede incluso que tomar conciencia de nuestra propia fragilidad ayudara a que las cosas fueran bastante mejor. Esa es la otra cara de la moneda, la fortaleza de la que hablaba antes, esa paradoja que se produce en el ser humano por su propia naturaleza de ser humano, con sus fallos, sus taras y su profunda, enorme incapacidad para convertirse en un dios. Despojarse de las convicciones políticas, económicas y religiosas, y ponerse simplemente en el lugar del que sufre, o SER el que sufre, convertiría este mundo en algo bastante más agradable de lo que es ahora. Seríamos mucho más humanos, y nos preocuparíamos mucho más de los que sufren o pueden sufrir. La pandemia del COVID se hubiera acabado hace bastante tiempo si en su gestión no primaran las decisiones políticas, económicas, estadistas y religiosas. En el fondo de nuestra alma tratamos de esconder nuestra fragilidad bajo una capa muy profunda de ideas, y es precisamente cuando somos capaces de eliminar esas ideas cuando alcanzamos a entrever la verdadera grandeza del ser humano.

A casi todos nos gusta que los demás compartan lo que a nosotros nos resulta agradable. Cuando ves una película que te pone la carne de gallina, te preocupas por hacerles ver a las personas de tu entorno que se trata de una gran película. Posiblemente sea esa la razón por la que uno decide un día escribir: para compartir gustos, ideas, experiencias, simplemente por el placer de compartir, sabiendo de antemano que algunas personas lo apreciarán y otras no. También puede ser una razón para escribir tratar de ordenar los pensamientos, sacarlos de alguna forma al exterior para que no te vuelvan loco. Durante este tiempo no he escrito en redes, pero sí para mí, como terapia para eliminar la tristeza que me producía la situación.

El problema surge cuando alguien escribe únicamente para forrarse, o cuando abre un canal para hacerse influencer, o se mete en política por un irresistible deseo de poder. Aunque parezca una estupidez, sentimientos como la codicia, o el ansia de poder no son más que irreprimibles deseos de convertirse en un dios que ejerza su influencia sobre los demás, y eso es lo más alejado que se puede estar de ser un ser humano, que es lo verdaderamente grande e importante.

No, no podemos influir en los demás, y mucho menos, por esa mismo razón, tampoco podemos juzgar a nadie por lo que haga o deje de hacer, por sus ideas o por su forma de ser. Para los delitos ya están los jueces oficiales, para todo lo demás debería estar la conciencia de cada uno, pero nadie es quien para juzgar a nadie.

Da igual lo que se haga, en un sentido o en otro. Da igual que pretendas ser un dios, o forrarte, o humillar a todo el que puedas en tu trabajo. Más tarde o más temprano, la vida te da un mazazo, en tus propias carnes o a través de una persona que te ha dejado una profunda huella en el alma. A menos, claro está, que tus ideas estén lo suficientemente claras e incrustadas en tu mente como para que un mazazo sobre alguien de tu entorno, actual o pasado, te deje completamente indiferente, y antepongas las ideas al dolor que te produce la situación de esa persona. En ese caso, la verdad es que no sé qué decirte.