viernes, 29 de mayo de 2020

La jugada maestra. La tormenta perfecta

Esta viñeta de @MikiyDuarte publicada en los diarios de @grupojoly ilustra perfectamente la sensación que tuve los días 27 de Mayo, durante la jornada de control al Gobierno en el Congreso, y al día siguiente. Mientras los ciudadanos estamos preocupados por la pandemia, el posible rebrote y las consecuencias de una desescalada irresponsable y precipitada, y además entristecidos por el goteo incesante y continuo de fallecidos por el coronavirus, nuestra clase política se dedica en el Congreso a insultarse, a mencionar para hacer daño el origen y el parentesco de cada uno, a acusar y acosar a un ministro a causa de un informe tendencioso y mal ejecutado, a acusar a la oposición de querer dar un golpe de estado, y así hasta el infinito. Y para colmo, que es lo que ha dado lugar a esta entrada, un diputado del PP dijo ayer en los informativos que “las broncas en el congreso son un reflejo de la crispación que hay en la calle”.

 

Pues no, señores diputados y políticos en general, no tengan ustedes encima la desfachatez y la poca vergüenza de echar la culpa a los ciudadanos de su incompetencia, de su estupidez y de su fanatismo. No confundamos los términos, que ya está bien. Son ustedes, a los que todos nosotros les pagamos el sueldo para que trabajen, los que están sembrando la crispación de la que nos culpan a nosotros. Son ustedes los que, con el único afán de ocupar los asientos del Gobierno en el Congreso, vomitan ese odio que provoca que la brecha entre las dos Españas se esté haciendo más ancha que nunca. Son ustedes los que, desde el Gobierno, están gestionando la crisis tanto económica como sanitaria tirando pedradas a la oposición y a las autonomías que no están siendo gobernadas bajo su signo político. Que no les quepa duda de que todos, TODOS USTEDES, están haciendo las cosas ya no mal, sino fatal, así que no nos pongan a nosotros por pantalla.

 

Se les paga a ustedes para gobernar, para gestionar, para hacer bien su trabajo, para llegar al consenso al que están llegando en prácticamente todos los países del mundo frente a esta crisis sanitaria que nos ha sacudido. Con esa actitud de patio de colegio están provocando inestabilidad, crispación, incapacidad de maniobra, pero también risa y desprecio en todos los países del mundo, que nos miran asombrados de que ni aún con lo que tenemos encima seamos incapaces de olvidar ese odio ancestral, tribal y primitivo entre las dos Españas. Están provocando que Europa no nos conceda esa extraordinaria ayuda porque NO SE FÍA de ustedes, como tampoco las empresas multinacionales que van a empezar a huir de aquí por su estupidez y por la inestabilidad que están provocando. Esos son los verdaderos problemas, no la puta brecha de siempre.

 

Fanatismo, según la RAE, significa “Apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas”. Creo que la definición se queda corta. Fanatismo es luchar por una idea política obsesiva, aunque sea en medio de una crisis global, a nivel mundial, ante la cual la victoria se consigue únicamente si se juntan todas las fuerzas. Fanatismo es anteponer el odio al rival por encima de los sentimientos intrínsecos de todo ser humano, como puede ser el dolor ante la pérdida de un ser querido cercano. Fanatismo es ver el insulto del contrario y ser incapaz de ver el insulto de aquel con el que simpatizamos. Todo esto es fanatismo, y hay muchas personas que caen en ese pozo, por supuesto, pero nuestros políticos NO PUEDEN SER FANÁTICOS, así de simple, así de claro.

 

Si algún diputado, gobernante, responsable, juez, director, presidente o secretario muestra signos de fanatismo, como estos días atrás, tiene que ser cesado de inmediato, porque no nos hace ningún bien a los ciudadanos. Se supone que la clase política tiene que estar muy por encima del nivel de pensamiento de los ciudadanos, y existen políticos así, y muchos, pero es a los políticos fanáticos a los que se presta atención en los medios, que esa es otra lucha que ya doy por perdida. Claro que existe mucha gente capacitada para gobernar, y para estar en la oposición, pero se premia en los partidos al fanático, al que mejor tira por tierra al contrario con el único propósito de ocupar su lugar, de ganar votos y de, en definitiva, arrancar un trozo del pastel del poder.

 

Claro que hay fanáticos entre los ciudadanos. Ya lo demostró Dennis Gansel en “La ola”, una maravillosa película en la que se muestra mediante el experimento del profesor Rainer Wenger que se puede montar una dictadura de fanáticos en menos de una semana. Uno de los personajes, Tim, interpretado por Frederick Lau, se convierte en el fanático por excelencia, un fanático de libro. Se trata de una persona que se siente parte del montón, que nunca se ha sentido querido, ni en su casa ni en el colegio, que nadie le ha prestado atención hasta que se siente arropado por el “grupo”. Es un personaje triste, gris, negativo y muy, muy manipulable. El retrato perfecto de alguien que, teniéndolo todo, sin ninguna razón para odiar, se sumerge en el odio por la sencilla razón de que hay otros muchos que se sumergen en el odio como él. Lo estamos viendo en el barrio de Salamanca, en las manifestaciones de los independentistas catalanes, y hasta en los partidos de fútbol. No hay una razón real para odiar. No hay hambre, ni necesidades como probablemente las había en otros tiempos, en los que odiar no era lícito, pero en todo caso era más justo que hoy. No existe otra razón para caer en el fanatismo que la de amargarse la vida, que la de abrazar causas que no se defienden con lógica o con diálogo porque son indefendibles.

 

Pero a mí todo eso me pilla ya mayor. Tonterías, las justas. Durante estos dos días he decidido que no voy a entrar en ese juego, en esa jugada maestra de los políticos que consiste en crispar a las personas para conseguir votantes fanáticos a los que ni por ensoñación les pueda dar un día por pensar, y votar otra cosa diferente. No, ya estoy harto. Esta es mi última entrada dedicada a temas políticos, porque la política no puede llenar nuestras vidas como estos incompetentes desean. Que hagan su trabajo mientras el resto nos dedicamos a vivir, que con lo que tenemos encima en estos momentos ya es bastante y dura tarea.

 

Ayer me encantó una frase que dijo Héctor Alterio en “kamikaze”: “Siempre hay alguien que sufre más que tú, y no quedan más que dos opciones: o pudrirte por dentro, o bailar al ritmo de la vida”. Una persona que ya no está entre nosotros me dijo una vez “mientras haya música, hay que bailar”, así que os deseo lo mejor a los fanáticos, a los que odiais, a los que permanecéis en pozos de tristeza excavados por vosotros mismos. A los que en definitiva, habéis elegido la opción de pudriros por dentro por una causa que os impide vivir. Os deseo lo mejor, repito, pero a mí perdonadme que me aleje de vosotros, porque prefiero seguir bailando mientras la música suene.


jueves, 14 de mayo de 2020

Amores a España. Amores que matan


ACLARACIÓN IMPORTANTE: Hoy, 18 de mayo, acabo de ver en las redes que el palo de golf no es un palo de golf, sino un cepillo. Entré al trapo del bulo sin mirar bien la fotografía. Mea culpa, pido disculpas. No quiero corregir la entrada, prefiero dejarla tal y como estaba, con esta aclaración. 

La fotografía de la izquierda muestra al famoso Cojo Manteca, aquel personaje que destrozaba mobiliario urbano en la manifestación estudiantil que se desarrolló en Madrid en 1987. Símbolo mediático, en las muchas entrevistas que le hicieron solía decir siempre más o menos lo mismo, “Los estudiantes no me importan nada. Lo que me gusta es tirar piedras”.

La fotografía de la derecha corresponde a la manifestación “espontánea” de ayer en la calle Núñez de Balboa para protestar por las medidas que está tomando el gobierno, y pedir la dimisión de Pedro Sánchez. Una persona mayor ha echado mano de un palo de golf para golpear una señal de tráfico y unirse así a la cacerolada que se estaba produciendo en los balcones de esa calle. 

El espíritu de las dos fotografías es exactamente el mismo: la protesta. Los medios son parecidos: una muleta y un palo de golf. Igual de contundentes, y golpeando lo mismo, el mobiliario urbano, si bien el cojo Manteca era más meticuloso y radical a la hora de destrozarlo. El momento también es diferente. Muy diferente, de hecho. En 1987 no había una pandemia mundial como la que tenemos ahora encima.

Los paralelismos entre las dos fotografías podrían analizarse si consiguiéramos por un momento eliminar las ideas políticas que tenga cada uno. Al cojo Manteca no le importaban los estudiantes, lo que le gustaba era tirar piedras. Al señor de la derecha no le interesan los ciudadanos, lo que le gusta es protestar y, si puede ser, derribar a este gobierno (chavista, asesino, ladrón, bolchevique… cualquiera de estos adjetivos define lo que es el gobierno para este hombre).

Los dos se parecen mucho más de lo que ellos mismos quisieran. Los dos son energúmenos, los dos son insolidarios, los dos carecen por completo de empatía, los dos representan dos polarizaciones extremas que, si se encontraran frente a frente en una plaza de toros, se pelearían hasta la muerte para acabar el uno con el otro, porque su idea de la política consiste en proteger a muerte a “los suyos” y eliminar por completo a “los otros”, a los que no piensan como ellos o simplemente no comulgan ni con un extremo ni con el otro.

Uno odia a España. El otro dice que la ama, pero en realidad sólo ama a SU España, que no es la España solidaria, fuerte, trabajadora, puntera y alegre que todos queremos. Sólo se ama a sí mismo. Ni siquiera a “los suyos”, porque no saben amar a nadie. Ninguno de los dos. El primero porque sólo sabe odiar, el segundo porque antepone siempre su fanatismo político a cualquier otra cosa. Ninguno de los dos ve a una persona cuando la tiene enfrente. Sólo saben ver ideas políticas, consignas, banderas de la República, peinetas, mantillas, hoces y martillos. Símbolos que poco o nada tienen que ver con la verdadera naturaleza del ser humano.

Para ellos no existe la pandemia. No ven las noticias, no ven la cantidad de gente que está muriendo en todo el mundo, no sólo aquí. Para lo único que utilizan la pandemia es para culpar al 8M de la situación, para una finalidad política, cuando en esa fecha ni ellos ni nadie sabía o podía valorar la gravedad de lo que se nos venía encima. Les da igual que en ese momento estuvieran entrando miles de aviones repletos de gente de todos los países del mundo. Les da igual que ese fin de semana hubiera miles de actos multitudinarios en toda España, entre ellos uno en Vista Alegre. Todo eso les da igual, ya han adoptado su mantra del 8M y de ahí no les va a bajar nadie. Entre otras razones, porque con ellos no se puede razonar. Ya sabemos por activa y por pasiva que el virus se contagia con una velocidad extrema, que un tipo positivo en Seul contagió en una tarde a casi cuarenta personas. Pero todo eso a ellos les da igual. El confinamiento es un arresto que ha orquestado el gobierno para imponer con total impunidad su estado bolivariano, dicen ellos. El confinamiento tiene para ellos una razón política, no de salud pública.

Que no me digan que aman a España, porque no la han amado jamás, ni siquiera cuando gobiernan. En Madrid su presidenta está empeñada en pasar a la Fase 1, cuando cada día sigue subiendo, aunque sea poco, el número de contagios, hoy mismo por encima del número de recuperados. La población de la Comunidad de Madrid supone el 14 por ciento de la población de toda España, y sin embargo el número de fallecidos en la Comunidad está muy cerca del 33 por ciento del total. Tenemos también el oscuro record de fallecidos en residencias de ancianos, y eso es responsabilidad de la Comunidad, absolutamente, a pesar de que algunos amigos del señor del palo de golf digan que las residencias son responsabilidad del señor Pablo Iglesias.

Que no me digan que aman a España, porque para amar un país hay que amar a su gente, amar la vida, y esta gente se ha cagado literalmente, y se está cagando en la vida de los demás cuando salen a la calle de esa manera, sabiendo de sobra el peligro que supone. Para ellos, los que nos quedamos en casa le estamos bailando el agua al gobierno, cuando la realidad es que muchos no estamos de acuerdo con muchas gestiones que se están haciendo rematadamente mal, pero hemos entendido que el confinamiento es la única manera de contener la enfermedad, como se ha venido demostrando desde que empezó el mismo.

Juegan con el miedo, como siempre han hecho. Pero cuando la gente tiene miedo, hay que arrimar el hombro, cada uno en la medida de sus posibilidades, no gritar “¡Fuego!” mientras arrojas a las llamas un cubo de gasolina. Quedarse en casa es una opción de sentido común, de criterio, de amor a la vida y del verdadero amor a España. Ya habrá tiempo de pedir cuentas, de recuperarse, de levantar de nuevo el país como tantas veces lo hemos hecho a lo largo de nuestra historia, pero hoy es momento de prevenir, de precaución, de paciencia y de espera a que realmente el número de fallecidos no siga aumentando cada día. No es momento de llamar a la rebelión, a la desobediencia, como ha hecho hoy Espinosa de los Monteros con estas palabras, “Aliento a todos los españoles que así lo deseen a que salgan a manifestarse donde les dé la gana siempre que cumplan el mantenimiento de la distancia de seguridad para no poner en riesgo la salud de nadie". ¿Es consciente este hombre de lo que está haciendo incitando a la gente a salir a la calle? Seguramente, pero para él lo importante es la ventaja política que pueda obtener, no la salud de los que salgan. 

Que no me vengan después con el respeto a los fallecidos, ni con postureos de ese tipo, porque por su culpa puede haber muchos más fallecidos de los que tenemos hoy. Todo lo que no sea arrimar el hombro, poner cada uno de su parte y respetar a los demás, es una pura y simple obsesión, fanatismo, dolor y muerte. No nos dejemos arrastrar por estos extremismos (y me refiero a los dos, a los de uno y otro signo) para los cuales la ciudadanía no importamos ni una mierda. Vamos a seguir tranquilos, sin entrar al trapo, con serenidad y con esperanza. Por el bien de España y de todos


domingo, 12 de abril de 2020

Amén, de Costa Gavras. Disciplina de partido, disciplina de vida


“Amén” es una película de Costa Gavras rodada en el año 2002, que nos cuenta la historia de dos luchas diferentes durante los años del holocausto alemán. Por un lado, la de Kurt Gerstein, un personaje real, integrado en las SS, que cuando ve lo que sus compañeros nazis están haciendo con el gas Ziklon B que él mismo está suministrando a los campos de concentración, decide denunciarlo a las autoridades, a la prensa extranjera y a la iglesia a la que pertenece como practicante, jugándose la vida y la de su familia en el empeño. La otra lucha es ficticia, y la emprende Ricardo, un jesuita que se opone a la matanza, y a cuyo dolor hace oídos sordos el Vaticano. La película narra, de una forma magistral, la indiferencia de todos aquellos que sabían lo que estaba pasando, y decidieron callarse.

Hoy me he acordado de esa película porque recuerdo que, cuando la vi en el cine, lo que más me impresionó de la misma, y me pareció un acierto de guión y un recurso increíble para provocar angustia en el espectador, era que cada pocas escenas salía un tren, cargado de judíos, rumbo a Auschwitz. Una imagen que apenas duraba unos segundos, pero de una enorme carga emocional. Los dos protagonistas hablaban con sus superiores, enviaban cartas, veían que se les abrían unas puertas y se les cerraban otras, pero cada día que pasaba, inexorables, inevitables, seguían circulando con su carga humana esos trenes de la muerte rumbo a Auschwitz.

He recordado la película, esa escena de los trenes en particular, porque me parece una metáfora perfecta de la situación que estamos viviendo estos días. No importa lo que se diga en los medios, lo que acuerden los partidos políticos que gobiernan y los que no, lo que ocurra en los hospitales y en las residencias. Cada día, inexorable, como una losa, sin que nadie pueda evitarlo hasta el momento, hay una cifra de fallecidos que varía, a veces a más, a veces un poco más baja, pero siempre muy superior a las cifras a las que estamos acostumbrados.

La situación es dantesca. Dado el peligro de contagio, la mayoría de esos fallecidos no han podido ser despedidos por sus familiares, que posiblemente ni siquiera les hayan visto días o incluso meses antes de su ida. Se van solos, sin compañía, sin lágrimas de despedida, sin el afecto de los suyos que tan necesario es en un trance tan duro como lo es el dejar la vida. Se van sin más, en silencio, sin compañía, dejando en los suyos, y en los sanitarios y médicos que presencian su último suspiro, un hueco en el alma y una desazón que va a resultar muy complicada de reparar.

Y mientras ese caudal de fallecidos sigue circulando ante nuestros ojos cada día, como ya he dicho inexorable, constante, fatídico y con toda su carga de dolor y desconsuelo, se alzan voces en muchos lugares, en muchos partidos, en muchas redes sociales, que tratan de encontrar la causa, la culpa, la responsabilidad ante esas muertes. Es muy sencillo: el culpable es el partido político del signo contrario al que sigo como sigo a mi equipo favorito de fútbol, a muerte, y nunca mejor dicho. Entre esas voces también las hay de carroñeros, de oportunistas para los cuales cualquier acción, por muy REPUGNANTE que sea, es válida para vomitar su odio contra el partido que gobierna, bien en la nación o en cada comunidad autonómica, en un intento desesperado por arrancar el poder de manos de quien lo ostenta en este momento. Esos carroñeros no dudan ni un segundo a la hora de realizar montajes fotográficos, utilizando ataúdes situados en determinados lugares más o menos emblemáticos, más o menos simbólicos, para desatar la ira contra el contrario de los que están con ellos por esa obscena manera de hacer política, y la repulsa de muchas otras personas, entre ellas muchos de sus propios votantes, que no están de acuerdo en utilizar a los fallecidos como arma arrojadiza. Pero a estos carroñeros prefiero no prestarles ni un segundo de atención. Su propia estupidez, y esa constante apología del odio, les pasará factura en un futuro más o menos incierto.

Los partidos políticos en nuestro país, y probablemente en muchos otros lugares del mundo, se han convertido en entes absolutamente deshumanizados, en lugares en lo que lo más importante no es el bienestar de la población, sino la propia disciplina de partido que dicta, además, que hay que hacer la guerra al oponente, sacar a la luz el máximo posible de trapos sucios del mismo, para robarle votos, porque para los partidos ya no somos personas, sino simples votos. Cuando se hacen elecciones en España esos partidos ocupan lugares destacados en tres posibles instituciones diferentes: gobierno central, gobiernos autonómicos, y ayuntamientos.

Y es ahí donde reside el problema. Llevamos muchos años comprobando que en muchas ocasiones, el gobierno autonómico o el ayuntamiento está ostentado por un partido de signo opuesto al que lleva el gobierno de la nación. Seguro que más de uno ha tenido alguna vez un problema administrativo y ha escuchado “no, eso es competencia del Ayuntamiento”, “es competencia del gobierno central”. Las fronteras a la hora de tomar decisiones no están muy claras, y esos organismos se desmarcan de sus competencias muchas veces culpando al contrario. Lo vimos hace poco con el tema del hacinamiento de chavales en las residencias de MENAS. La Comunidad culpaba al Ayuntamiento de la situación, y viceversa. Podemos imaginar fácilmente que, cuando ocurre eso, tanto la Comunidad le pondrá zancadillas al gobierno central, como el gobierno central a la Comunidad. Se paralizarán actuaciones por parte de uno y del otro simplemente por esa disciplina de partido que antepone su interés de joder al contrario, al interés por hacer un buen servicio a la comunidad. Se pondrán innumerables zancadillas administrativas para que el otro fracase, se taparán trapicheos, se contratarán fastos carísimos a personas afines a la institución correspondiente, o al familiar que precisamente se dedica a fabricar farolas, que tanta falta hace cambiar en toda la ciudad. Es inevitable, estamos acostumbrados a esas trampas, a esas “travesuras” políticas de unos y otros, a esa lacra mezcla de picaresca, ambición y estupidez.

El problema es seguir haciendo eso mismo en una situación como esta.

Ese es el problema. Paralizar un envío de material sanitario en la frontera “por una cuestión administrativa”, simplemente porque lo haya pedido para una determinada Comunidad un partido de diferente signo, es un problema. Comprar material defectuoso con un dinero que no te pertenece, es un problema. Esos aviones de material sanitario que no terminan de llegar, son un problema. Esos respiradores que misteriosamente no se homologan por parte de Sanidad, son un problema, y todos esos problemas, que habría que resolver de un plumazo, con coraje y decisión, están costando vidas.

Es imprescindible, urgente como jamás lo ha sido, y una cuestión de sentido común, que los partidos políticos en su totalidad abandonen su disciplina de partido y se pongan de una vez a trabajar por el bien común, por la salud del país, por la VIDA de las personas. No pueden seguir dedicándose impunemente a sus trapicheos, sus zancadillas, sus insultos al contrario, su “y vosotros más” al que nos tienen acostumbrados, porque eso, señores, está costando vidas. No se trata de buscar culpables en estos momentos, porque eso no soluciona nada. Ya llegará el momento, en un futuro más o menos incierto, de investigar si esos respiradores fueron retenidos por una cuestión administrativa o una negligencia, o si los contagios se produjeron en los aviones cargados de pasajeros procedentes de países en riesgo porque los TCP de vuelo no llevaban las protecciones adecuadas en el momento adecuado, o si la flagrante falta de EPIS se debe a compras fraudulentas, o a que alguien se ha forrado con las gestiones necesarias, o a que alguien ha ocultado de mala manera lo que estaba ocurriendo en la residencia de su responsabilidad, o si la Comunidad sabía perfectamente lo que ocurría en sus residencias, o si se podían haber tomado otras medidas mucho más efectivas para detectar a los asintomáticos que han estado trasmitiendo el virus, sin que nadie lo detectara porque no presentaban síntomas.

Ya llegará el momento de investigar las causas, porque de unos fallecimientos será culpable la pandemia en sí, de otros una institución, una Comunidad, un departamento de compras, un director de residencia, un ministro o un partido, y de otros cualquier otra causa que se determine en esa necesaria investigación. Pero lo que está claro es que no hay un único culpable, sino muchos, muy variados y de diferente signo según el lugar que se analice.

Pero ahora, por favor, poneos de acuerdo todos para detener esos trenes de la muerte que circulan inexorables cada día.



sábado, 21 de marzo de 2020

Prudente temor, patológico terror


Mi amiga Myriam me ha pasado esta mañana un video que me ha dado mucho que pensar. Myriam es una de esas personas con las que tengo el privilegio de mantener una amistad de esas que, aunque por circunstancias se encuentre larvada durante largos periodos de tiempo, surge con fuerza cada vez que nos ponemos de acuerdo. Los dos tenemos una sensibilidad muy parecida con respecto a nuestro entorno, a nuestra gente, a los amigos y al propio concepto de amistad. El caso, decía, es que esta mañana me ha pasado este video, comentándome que la había tranquilizado bastante:


Y es verdad, lo que dice este hombre, además de tener mucho sentido desde el punto de vista científico, aporta mucho con respecto a lo que debería ser nuestro comportamiento durante estos extraños días que estamos viviendo.

La situación nos sobrepasa a todos. Nadie, y repito, NADIE (ni siquiera nuestros mayores, que sonreirían socarronamente diciendo “esto ya lo he vivido yo” si realmente hubiera sido así) se ha encontrado jamás ante una emergencia como esta. El inolvidable “quédense en sus casas” que salía de un vehículo en marcha en la localidad de Benidorm el pasado sábado día 14 de marzo (sí, la alerta nos pilló a mi madre y a mí allí, en una visita de varios días a mis primos Isabel y Miguel, pero eso es otra historia…) se asemejaba vagamente a una escena vista en alguna película de ciencia ficción, pero a nada vivido realmente. Recuerdo al principio a mi madre descolocada, sin saber muy bien qué hacer, hasta que decidimos regresar a Madrid el domingo.

El vídeo de este hombre comienza con el llamamiento a la tranquilidad del presentador. “¿Por qué no nos pone un poco de tranquilidad en todo esto?”. Es importante mantener la calma, y Alfredo Miroli nos habla de los dos tipos de miedo que nos pueden sobrevenir. Por un lado, está el “Prudente temor” (mejor me cuido), y por otro el “Patológico terror”, que viene además acompañado de discriminación. Pero no voy a desvelar más sobre el video. Aunque es un poco largo, os recomiendo que lo veáis, ya que da muchas pautas para prevenirse contra el contagio. Es especialmente interesante también la parte que le dedica a la epidemia de peste que se cebó en Europa en la Edad Media, y en la que por culpa de ese “patológico terror” murieron más de 25.000.000 de personas en lugar de las 200.000 que deberían haber muerto (la causa de ese aumento os va a sobrecoger).

El tema está en lo que significa ese “Prudente temor”. Ayer estuve hablando con mi prima Maise, que trabaja en el 12 de Octubre (mi aplauso de las ocho de hoy ha sido para ella). Tenía miedo, pero era ese miedo prudente que la va a llevar a protegerse. Es como el miedo que tienen los que montan los andamios en las obras de construcción. Una vez me dijo uno de esos montadores “tenemos miedo, pero lo superamos y cumplimos con nuestro trabajo. El que no tiene miedo es el que se cae”. Y ese es el quiz de la cuestión. Creo que todos tenemos que tener en estos días ese “prudente temor”, mantener las indicaciones que se están dando desde las instituciones, no salir de casa, valorar el trabajo de los miles de héroes anónimos que se están jugando la vida, y centrarnos en llevar este problema, vuelvo a repetir que completamente desconocido, de la mejor manera posible.

Pero yo iría incluso un poco más allá: el confinamiento nos ha llevado a una nueva situación que en algunos casos puede producir stress por la falta de costumbre, por el contacto continuo con algún familiar o por esa incertidumbre sobre lo que va a durar en el tiempo. Ese “prudente temor” creo que se puede dedicar a hacer algunas actividades que igual no se nos ha ocurrido realizar antes. Existen multitud de iniciativas de plataformas digitales para aprovechar bien el tiempo. Podemos hacer cosas incluso por los que están enfermos, como escribir cartas anónimas para los que están aislados, preocuparnos de los mayores con menos recursos que están solos en sus casas… Hay multitud de páginas en Internet (no pongo enlaces, pero se pueden buscar sin problemas si es que no os han llegado ya por wasap) que se han centrado en lo que debería ser nuestro caballo de batalla, nuestro objetivo principal, que no es otro que el de arrimar el hombro, empujar todos en la misma dirección para terminar cuanto antes con esta situación.

Los que se han dejado llevar por el “patológico terror” no deberían merecer ni siquiera nuestra atención. Y no me refiero únicamente a los estúpidos que se empeñan en salir a la calle sin protección alguna, en parejas y sin un rumbo fijo, no, ni a los que montan broncas en los supermercados o acaparan productos como si no hubiera un mañana (y algún descerebrado incluso cuelga en Twitter el video de su casa llena hasta el techo de productos). Me refiero también a los que siguen increpando y sembrando el odio con dogmas políticos, culpando a la izquierda de convocar las manifestaciones previas a la crisis, y a la derecha de haber recortado los presupuestos de Sanidad para inyectar a los bancos, lo que provoca la falta de medios. Me refiero a los políticos de otras comunidades que hacen chistes sobre los muertos de Madrid. Me refiero a los que insultan a los responsables visibles de la gestión de la crisis, y a los que en Twitter hacen predicciones apocalípticas anticipando el fin de la especie, y culpando a unas personas a las que les viene muy bien que disminuya el número de seres humanos en el mundo. Me refiero a los descerebrados que piden comida a domicilio y ni siquiera son capaces de tomar la más mínima medida de seguridad con la persona que se la lleva a casa. Me refiero a esos que cogen el coche para pasar el fin de semana a su segunda residencia, sin tomar tampoco la más mínima medida. Me refiero a esos que han estado en lugares de riesgo y lo ocultan, como dice el doctor en su video, y ni siquiera toman las precauciones mínimas. Todas estas personas se han dejado llevar por el terror, y en estos momentos tenemos que ser fuertes para no dejar que sus cantos de sirena nos afecten lo más mínimo en lo que es nuestro objetivo, que es mantener la tranquilidad y arrimar el hombro en la medida de nuestras posibilidades. No hay que prestarles ni un segundo de atención, ni en las redes sociales ni en los medios. Son cobardes a los que lo mejor es despreciar, apartarlos de nuestro lado para siempre.

Hay muertos en esta crisis. Muertos que de momento están aumentando con cifras alarmantes en todo el mundo. Por respeto a esos muertos, por respeto a la vida, debemos centrarnos en tranquilizarnos y en tomar las medidas que debemos tomar para evitar los contagios. Ya habrá tiempo, cuando las aguas se hayan calmado, para pedir explicaciones y ajustar cuentas con los que han preferido dejarse llevar por el “Patológico terror”.

jueves, 5 de marzo de 2020

El mes que, como mujer, viví peligrosamente. EMPATÍA


Aunque parezca mentira, todo ha empezado esta mañana con una conversación en Twitter. Una conversación de esas que merecen la pena, de las que hacen pensar que en Twitter también se puede aprender algo siempre que tengas la mente abierta para aprender, por supuesto. Noelia-ae (@MumBronte, podeis leer su hilo de 4 de marzo de 2020 a las 10:36 pm) contó ayer una historia que le ocurrió en su primer año de carrera, cuando salía a las 21:00 de la universidad y tenía que pasar por una terraza en la que un grupo de chicos la “piropeaba” cada día en un tono subido, de forma cada vez más violenta, provocando que cambiara de ruta atemorizada. Al final sus padres tiraron de conocidos, que les dieron un toque a los chicos y dejaron de molestarla. Estaba leyendo la historia y he empatizado con Noelia hasta tal punto, que me he venido arriba y he contado, en la misma conversación, la historia que viene ahora, que sin tener nada que ver aborda el tema de los “inocentes piropos”:

Fue más o menos durante el verano de 2015. Quería poner en circulación una novela, y conversando con mi novia, y dado que está más que comprobado que existen más lectoras que lectores, decidimos publicarla en Amazon con un nombre femenino (digamos Marisa, por ejemplo), un seudónimo. La publicación en Amazon nos llevó tres minutos, y el perfil de Marisa que creamos en FB para darle publicidad a la novela, poco más o menos lo mismo. Como fotografía de perfil escogimos algo parecido a la imagen que preside esta entrada (no era esa, pero muy similar). Tras unos cuantos tecleos y unas cuantas noticias colgadas en el muro, conseguimos amigos rápidamente, tanto mujeres como hombres. Hasta aquí, todo perfecto. Me metía cada dos por tres en el perfil de Marisa (cualquier escritor novel sabe que sin publicidad en las redes su novela se puede morir inmediatamente), y colgaba comentarios, noticias, estados y, por supuesto, el enlace a Amazon. Hasta aquí, todo perfecto.

El problema surge cuando un buen día, de repente, uno de esos “amigos”, un hombre de unos cincuenta años con una fotografía de perfil en la que aparecía con pinta de latin lover en decadencia, me envía por el chat la siguiente frase: “Hola, preciosa, ¿te gusta andar desnuda por casa?”. Yo me quedé de piedra. No sabía qué contestar. Quería darle un pequeño hachazo, y le contesté algo así como que no estaba en FB para ligar, ni mucho menos. Pero el tipo siguió preguntando cosas, cada vez más subidas de tono. Mis respuestas le entraban por un oído y le salían por el otro, él seguía erre que erre con su machaqueo. Aquello duró un par de días. Al tercero, otro tipo, que después me enteré de que era amigo del anterior, me bombardeó con preguntas del mismo tono que el otro. Que si prefería ponerme arriba al follar, que como tenía las tetas, que le enviara alguna fotografía… me pidió una cita, me pidió el teléfono… Lo que más me sorprendió de todo aquello era que por mucho que no les diera pie a seguir, ellos machacaban con lo mismo una y otra vez, con la esperanza, supongo (no soy capaz de meterme en esa línea de pensamiento), de que la torre finalmente caería, de que aquella actitud mía no era más que una táctica para provocar aún más sus instintos. Todo acabó un día, calculo que un par de semanas después del primer mensaje, en el que mi novia y yo asistimos, muy sorprendidos y algo asustados, al llenado de la pantalla con los chats abiertos de cinco o seis hombres, que enviaban sus mensajes a los tres segundos de que se conectara Marisa.

No quiero ni debo juzgar nada, ni sacar ninguna conclusión. En algún momento, siendo Marisa, y contestando como creía que debía contestar ella, sentí vergüenza de pertenecer al mismo género que aquellos personajes. Hoy soy consciente de que esa vergüenza se debía a que había empatizado con esa mujer ficticia hasta tal punto, que pude comprobar en mi propia carne lo que estaban sufriendo muchas mujeres en FB. Cada uno de aquellos “angelitos” tenía un gran número de “amigas” en su perfil, y seguro que Marisa no era ni la primera ni la única a la que le habían tirado los tejos de esa forma tan cansina.

No todos los hombres somos así, por suerte. No sería justo que los hombres de verdad que lean esto (“el hombre de verdad se contiene”, decía Albert Camus) se sientan identificados o comparados con unos cuantos enfermos a los que, en justicia, no se les debería llamar hombres. Una gran mayoría vemos, o estamos aprendiendo a ver a las mujeres como personas, iguales que nosotros, alguien a quien no hay ni que proteger ni que avasallar, como decía en mi entrada anterior. Esa minoría de hombres digamos “especiales”, que piropean en la calle o de forma anónima, es eso, una minoría, pero avasallan a tantas mujeres a lo largo de su día a día como depredador, como macho alfa, que al final son una gran mayoría las mujeres molestadas por una minoría de hombres. Muchos me dirán que no es algo grave, que un piropo bien dicho es elegante, y que una mujer no debería molestarse por eso. Podría ser, en algunos casos, no digo que no, pero en el caso de Marisa, lo que le dijeron, lo que me dijeron esos tipos, no fue ni fino ni elegante precisamente.

No quiero que esto se utilice para atacar a los hombres en su conjunto, ni mucho menos, como sin duda harán muchas feministas radicales para las que la igualdad consiste básicamente en la eliminación completa del género masculino. No, no lo hago por eso. Escribo esta entrada para que todo el mundo sea consciente, hombres y mujeres, de que hay muchos hombres capaces de empatizar con la mujer ante ese acoso que socialmente sufren y han estado sufriendo durante muchos años, y muchas mujeres que empatizan, apoyan y respetan a esa clase de hombres. Y la escribo animado por los comentarios positivos de muchas personas (hombres y mujeres, otra vez) que han participado en la positiva y respetuosa conversación de esta mañana en Twitter. También reconozco que hasta ese momento, y por esa especie de corporativismo absurdo de género que tenemos o teníamos muchos, no le había dado demasiada importancia al asunto de los piropos. Soy mayor, me eduqué en un entorno más machista que el de ahora (como muy bien me ha hecho ver un hombre de 19 años que con sus argumentos me ha dado mucho que pensar), en el que la conversación de bar o de vestuario de gimnasio entre los colegas giraba siempre entre las tetas de una y otra, o “las bragas de la de siempre”. “En el fondo les encanta que las piropeemos” era una frase muy extendida. Y yo probablemente no le daba importancia al asunto, hasta que me convertí en Marisa durante un corto espacio de tiempo, y comencé a entender muchas cosas, y muchas actitudes que no conducen a nada.

Son pocos, son enfermos, pero meten mucho ruido.

martes, 25 de febrero de 2020

Sexismo, Feminismo, ¿Personismo? El amor construye, no destruye


La fotografía que encabeza la entrada pertenece a la campaña que está desarrollando el Ayuntamiento de Madrid en un intento de alertar contra la violencia de género. "El amor construye. Si destruye, no es amor. Si te controla, no es amor". Aunque para muchos pueda parecer una perogrullada, lo cierto es que existen todavía muchas personas que no consiguen identificar todavía lo que es amor y lo que es otra cosa, muy diferente, que no se puede definir fácilmente, y que puede conducir a la violencia de género: el sexismo. Me vais a permitir que en esta entrada agregue de vez en cuando una frase, que me gustaría que se leyese como un mantra. Ahí va la frase:

NADIE NECESITA A NADIE

Puede parecer dura, pero es la realidad que todo el mundo debería tener en la cabeza desde el momento en que adquiere uso de razón. A ver, me refiero a nivel sentimental. Es obvio que si se nos estropea el coche, el grifo de la ducha o la próstata, debemos acudir a los profesionales correspondientes que nos arreglen esos desajustes. A ver si alguno o alguna la va a tomar al pie de la letra y la vamos a liar. Vamos a hacer un poco de historia:

NADIE NECESITA A NADIE

Si esta entrada se lee en grupo podéis repetir la frase con la misma cadencia que cuando asistís a una novena, a la oración en la mezquita o a un templo budista. Bien, vamos allá: hubo un tiempo en el que los papeles, los roles de hombre y mujer, no tenían preponderancia uno sobre el otro. El hombre cazaba, la mujer procreaba y cuidaba del hogar, pero no era más importante la labor de uno que la del otro, o en todo caso puede que incluso lo fuera más la de la mujer, que aseguraba la supervivencia de la especie. El personaje más importante era el artista, hombre o mujer, que representaba los símbolos que adoraban.

NADIE NECESITA A NADIE

El problema surge cuando el ser humano se para a cultivar, y necesita a alguien que no cultiva, pero que le gestiona los productos. Aparece así la primera casta inútil, que vaya usted a saber por qué, está compuesta por hombres, los funcionarios y los sacerdotes. Alguno de ellos se pone en una ocasión un trozo de oro en el dedo, porque le gusta como brilla, y ahí aparece un nuevo mal: la codicia. Para controlar a los sacerdotes aparece el poder, y ese poder está encarnado en hombres. Son los hombres los que empiezan a empoderarse, por decirlo con una palabra actual, y sus consortes las/los que empiezan a rivalizar entre ellas/ellos por obtener el favor de los poderosos.

NADIE NECESITA A NADIE

La historia de nuestra sociedad ha otorgado roles diferentes a hombres y mujeres, y por el hecho de nacer con un sexo o el contrario asumimos esos roles. La mujer se siente oprimida por el hecho de serlo. Y no se trata de algo innato, sino de la estructura patriarcal que dicta que el hombre es la máxima autoridad en la familia. Esto ha sido así hasta hace muy poco, y de hecho sigue siendo así en muchas sociedades, incluso en la nuestra. Resulta patético, a pesar de su belleza literaria, leer las historias de Jane Austen, en las que la máxima aspiración de una madre para sus hijas, y de las hijas mismas, era pescar a un rico hacendado que les solucionara la vida. No hace mucho de aquello, es algo que se ve como natural incluso ahora, como esas madres que disfrazan de princesitas a sus hijas en los carnavales. Se ha promovido y se promueve la dependencia de la mujer hacia el hombre, hacia el príncipe azul.

NADIE NECESITA A NADIE

Tanto la mayoría de los hombres, como muchas mujeres, consideran a las mujeres vulnerables. Esto se llama sexismo, y el machismo sólo es una parte del sexismo, que puede ser hostil cuando se considera a la mujer como alguien inferior y hay que dominarla, aunque sea con violencia (germen de la violencia de género), o se consideran las tareas masculinas más importantes y se la aparta del poder, o existe una hostilidad manifiesta hacia las mujeres libres o independientes. El otro sexismo es el benévolo, no tan peligroso pero sí a erradicar. Este sexismo ve a la mujer como alguien a proteger, “no lo hagas tú, ya lo hago yo”, etc. Trae como consecuencias la caballerosidad y el mito de la media naranja, en la que una mitad es siempre inferior a la otra.

NADIE NECESITA A NADIE

Con estas premisas, esta historia de la Humanidad y esa ridícula estructura patriarcal, hemos vivido hasta el momento en que la mujer ha comenzado a reivindicar su estatus de persona, y esa es la clave de todo esto: somos PERSONAS, no hombres ni mujeres, y una vez que lo entendamos y lo asimilemos en nuestro ADN, comienza a tener sentido el mantra, porque la realidad es esa, que nadie necesita a nadie. Ni un hombre a una mujer, ni una mujer a un hombre. Para desarrollar una vida plena es necesario desarrollarse uno mismo como persona, sin tener en cuenta el concepto de género, potenciando las capacidades sin tener en cuenta los roles que la sociedad le asigna a cada uno. Tenemos que desaprender, despojarnos de ese disfraz de princesita que le pusieron a mi hermana por ser niña, y del de futbolista que me colocaron a mí aunque jugara al fútbol como el puto culo.

NADIE NECESITA A NADIE

Muchas mujeres sexistas buscan la protección del hombre, como antes han disfrutado de la del padre. Asumen el rol que la sociedad les ha otorgado, NECESITAN  alguien que las proteja por su debilidad. Ahí empieza el problema del maltrato. Pero amigos, en eso no hay amor. No es un acto de amor, es un acto de miedo, de necesidad, de querer tener las necesidades cubiertas, de dependencia. No es algo bonito, que es lo que debería ser el amor, sino difícil, dañino. Es meterse en la boca del lobo. El dominador, que asume su papel de una forma hostil (ya hemos visto que el sexismo benévolo es más o menos igual, pero no tan agresivo), acabará anulando a la dominada (o al dominado), pero eso, ya digo, no es amor.

El amor surge cuando somos conscientes de que somos personas libres, autónomas e independientes, que hemos elegido gestionar nuestra vida a nuestra manera, sin tener en cuenta esos papeles que los que nos rodean se van a encargar de recordarnos de manera machacona a lo largo de toda nuestra vida. ¿Quién no ha escuchado, incluso de familiares cercanos, las preguntas “¿Y cuando te casas? ¿Y cuando vas a tener un niño? ¿Y para cuando la parejita?...”. ¿Cuánto daño ha hecho el “Qué dirán” a las relaciones entre seres humanos? El que asume eso como norma de vida me atrevo a decir que no es capaz de enamorarse, que se limita a seguir el camino "correcto, tradicional". De ahí la culpabilidad que hasta no hace mucho han sentido los homosexuales, tanto hombres como mujeres.

NADIE NECESITA A NADIE

Y es en ese momento cuando surge el amor. Heterosexual, homosexual… Es lo mismo, es amor, y no debemos verlo jamás como una situación de dependencia, sino como una oportunidad más para crecer y desarrollarnos como seres humanos libres e independientes. No busquemos a nuestra media naranja, sino a otra naranja completa que nos ame y a la que amemos con toda el alma.

Quiero agradecer a Laura Redondo el tuit del que he resumido los conceptos de sexismo, roles sociales, estructura patriarcal y violencia de género. Es una persona de la que estoy aprendiendo mucho sobre estos temas. Si queréis echarle un ojo a su tuit os paso el enlace:


viernes, 14 de febrero de 2020

Compañeros de viaje, compañeros de celda. La mirada obtusa, la mirada abierta


¿Somos conscientes del daño que le han hecho a la humanidad, y le siguen haciendo hoy en día tres simples palabras, “como debe ser”? ¿Qué sería de nosotros si los genios individuales, a lo largo de la historia, hubieran estudiado el cielo y las estrellas “como debe ser”, hubieran pintado según las reglas, “como debe ser”, o hubieran viajado únicamente por las rutas conocidas, “como debe ser”? Para Kant, el artista en estado puro es el genio creador, el que pone sus propias reglas e invita a sus discípulos a descubrir su propio camino buscando la inspiración que él encontró en su momento. Para Hegel, parte intrínseca de la obra de arte es la interpretación que de la misma hace el espectador, convirtiéndose este en una parte más de la obra de arte, otorgándole esa categoría con su admiración y respeto ante algo para lo que, previamente, ha sido educado, porque contemplar y valorar una obra de arte requiere una preparación, aunque sea mínima, consistente en disfrutar con las obras de arte.

Pues bien, “Sólo nos queda bailar” es una auténtica obra de arte. Se trata de una coproducción Suecia-Georgia dirigida por Levan Akin (desconocido para mí) que nos cuenta las vicisitudes de un bailarín de danza georgiana (desconocida para mí), interpretado por Levan Gelbakhiani (desconocido para mí), que descubre su homosexualidad, en un entorno cultural en el que la homosexualidad es una malformación que se puede curar en un monasterio. La historia es simple, las interpretaciones magistrales, las escenas de música y tradiciones fantásticas. Continuamente, al verla, piensas “pero cómo narices puedo saber tan poco de esta cultura tan interesante…”, y sales con ganas de saber más, de empaparte de una cultura muy cercana a la nuestra en muchos aspectos pero muy diferente en otros.

¿Y por qué me fui a verla ayer por la tarde, el mismo día del estreno? Porque había visto, en las noticias, que la película ha levantado protestas entre mucha gente de ese país, Georgia, y de otros afines, al tocar el tema de la homosexualidad en un entorno, el de la danza georgiana, que al parecer es la expresión de la masculinidad. Homófobos y ortodoxos se agolpaban en las puertas de los cines, protestando por una película que ni siquiera han visto, porque se lo dicen sus mayores, sus guías, sus pastores. Protestando ante algo que desconocen porque no es, en definitiva, “como debe ser”. ¿Son conscientes esas personas de que sus prejuicios, su religión, sus fobias, sus miedos, sus ideas políticas, les están impidiendo disfrutar de la inmensa magia, la inmensa poesía, la tolerancia, la esperanza en el ser humano y la grandeza de esa película? No, por supuesto, no lo son. Miden el mundo a la medida de su micromundo, de su mirada cerrada, de lo obtuso de su vida, y es una pena, pero no se puede hacer nada.


Mis cuatro hermanos (porque mi cuñada y mi cuñado son hermanos para mí) volvieron ayer de un viaje a la India. La fotografía que encabeza esta entrada la hizo mi hermano en el Ganges, al amanecer. Por la noche hablé con mi hermana. En un momento de la conversación, me dijo “pero es que hay una mirada de felicidad en sus ojos…”. Lo dijo con emoción, con admiración y respeto. Esta mañana la conversación ha sido con mi hermano. Recordando una imagen que contempló en un templo Sij perdido en el interior de la jungla, de un ser humano que estaba allí esperando a recibir comida, se ha emocionado. Al contarme que se emocionó al verla, ha vuelto a emocionarse. Ese es el respeto hacia otra cultura diferente de la nuestra. Eso es viajar con la mirada abierta.

Me ha contado con una naturalidad tremenda el asunto de la ceremonia de los difuntos en el Benarés. “Nosotros vivimos de espaldas a la muerte”, me ha dicho, y tiene razón. En ese momento, mi hermano era el otro, se había convertido por obra y gracia de su mirada abierta en el otro, con respeto y empatía hacia unas tradiciones muy diferentes a las nuestras pero igualmente válidas, porque lo son para otros seres humanos. Hace casi veinte años, un conocido que trabajaba conmigo, el mismo que me dijo al día siguiente de fallecer mi mujer “tienes que pensar en rehacer tu vida” (que tenía razón, pero no me lo digas al día siguiente, un poco de por favor…), me contó la misma escena del Benarés, pero de una forma muy diferente, haciendo hincapié en lo “truculento” que para él resultaba aquello, en la "gilipollez de adorar a las vacas en un país en el que mucha gente pasa hambre", para rematar diciendo que “en la India se come fatal”. Esa era la mirada obtusa a que me refería antes. Ese personaje no fue capaz de entresacar de su viaje otra experiencia que no fuera la de los prejuicios y clichés que ya llevaba de antemano en la maleta. No entendió absolutamente nada, porque ni viajando quería salir de su micromundo. Para este hombre, lo importante era ir medrando en su trabajo, a costa incluso de pisar las cabezas que hiciera falta (que lo hizo), y rendirle culto a su forma de ser, ya cerrada e impermeable a nuevas experiencias.

Hay muchos culpables de la mirada obtusa. Esa mirada surge cuando la pareja, la enseñanza, la educación, los padres, la religión, etc encaminan sus esfuerzos a impedirte que decidas por ti mismo. Esto hila otra vez con el pin parental, pero no es el tema de hoy. Parece que todos estos “amigos” se han puesto de acuerdo para anular del ser humano la empatía hacia otros pueblos, otras culturas, a base de prejuicios, tradiciones absurdas y mentiras descaradas cuya finalidad es anular la conciencia de la grandeza que todo ser humano posee. Esos estamentos se han convertido para nosotros en compañeros de celda, no en compañeros de viaje, que es lo que deberían ser. “¿Para que viajar, si lo tenemos todo aquí?”, le dice una mujer a su marido en la película de “El nadador”. Es otra vez la cultura del tener, no del ser, que es lo que engrandece al ser humano y produce genios como los que admira Kant.

Y no hablo de la religión en términos absolutos. Para mí el capitalismo es la nueva religión del ser humano, que le mete en la sangre la idea de tener cada vez más, como dogma de fe, con un premio final que no es el paraíso, sino una tumba llena de cosas materiales. Esa sensación de no tener jamás las necesidades cubiertas nos empuja a seguir empeñados en cubrirlas de una forma absurda, adquiriendo cada vez más cosas y dedicando todo nuestro tiempo a seguir acumulando. Para disfrutar del arte, de la vida, de uno mismo, es imprescindible tener la sensación de tener cubiertas las necesidades, y es necesario tener tiempo para dedicarte a la contemplación, a la serenidad, a vivir y ver la vida. Eso es lo que nos está robando, sin que seamos conscientes, esta nueva y peligrosa religión. La mirada es cada vez más obtusa.

Hablando con el guía mi hermano, le preguntó que qué piensan ellos, los hindúes, de los ingleses. El guía le contestó “vivimos el presente. No nos ocupamos ni del pasado ni de un futuro que puede no llegar nunca o llegar cambiado. Es un tema histórico, pero no nos afecta en nuestra forma de vivir el día a día”.

¿Os imagináis lo que sería España si, de una santa vez, dejáramos atrás nuestro terrible pasado, abriéramos la mirada al mundo, y nos dedicáramos a avanzar en una dirección muy distinta a la que nos proponen esos compañeros de celda que nos quieren anular como personas?

Ahí lo dejo. A ver si el último anuncio de Coca-Cola tiene más suerte que yo para convencer a la gente de que hay que abrir la mente.