lunes, 26 de febrero de 2024

EL CRACK CERO, EL BARSA, Y LA MADRE DE LANZANI

Probablemente se trate de la mejor escena que he visto en mucho tiempo. No creo que haga spoiler contándola. Se trata de la llamada telefónica que le hace la madre al personaje que interpreta Peter Lanzani en ARGENTINA 1985. Ella, miembro de una familia muy bien acomodada, con militares y personajes ilustres en su seno, y que hasta ese momento le ha estado recriminando a su hijo la postura que ha adoptado como abogado, acusando a los militares y saliéndose con ello de esa esfera social a la que pertenece, llora literalmente por teléfono cuando, una vez que se han constatado los hechos, los crímenes de la dictadura militar, reconoce, admite y asimila que aquellos hechos fueron ciertos, y le anima a su hijo a seguir adelante. Me impactó por dos razones: porque es ella la que toma la iniciativa de llamar a su hijo, y porque reconociendo el absoluto mal que han hecho los suyos, lo rechaza. Su lado humano puede más que sus ideas, que su lado político. No quiere que ese crimen, que han cometido los suyos, quede impune. Es un gesto que implica determinación, empatía, inteligencia, valentía, criterio, resignación ante la podredumbre de lo propio, y eso duele. Tiene que doler, me imagino. Como tiene que doler el hecho de reconocer que tu rival en el campo ha jugado mucho mejor que tú, y celebrarlo además aplaudiendo en el estadio.

Eso sucedió en el Bernabeu, el 19 de Noviembre de 2005, cuando el Barsa ganó al Madrid por tres goles a cero. Hacia el final, cuando ya mucha gente abandonaba su asiento tirando la localidad al suelo, un espectador madridista se puso en pie de repente y empezó a aplaudir. Su gesto de nobleza y de reconocimiento fue rápidamente imitado por una gran cantidad de personas que se fueron sumando al aplauso. Fue algo grande, hermoso. No soy futbolero, pero reconozco que me encantó, porque es algo que no suele darse ni en el mundo del fútbol, ni probablemente en ninguno de los mundos que nos rodean. Es algo que, cuando se produce, refleja de inmediato la grandeza del ser humano por encima de todas las cosas, las simpatías o las ideas de cada uno.

Por último, en EL CRACK CERO, Germán Areta, personaje magistralmente interpretado por Carlos Santos, dice lo siguiente: “También decía mi padre que cuando un crimen queda impune, eso que llamamos el mundo, la sociedad, o la vida, lo acusa, y se vuelve un poco peor”.

Resulta muy complicado reconocer el error, la culpa, la responsabilidad ante lo que alguien de nuestro entorno, de nuestro equipo, de nuestra ideología política, ha hecho mal. Creo que debe ser algo relacionado con nuestra educación, con nuestra forma de ver las cosas. Estamos acostumbrados a un cierto fatalismo que nos dice, cuando ocurre algo así, un caso de corrupción, que el crimen va a quedar impune, como de hecho sucede, y ha venido sucediendo, durante muchos años. Siglos de resignación, e incluso, ¿por qué no decirlo?, de cierta admiración hacia el crimen en general, y ante el robo de bienes públicos en particular. No, es verdad, les cuesta admitirlo, y cuando finalmente no les que queda más remedio que asumir que la han cagado, se escudan en un mantra surrealista, ese “y tú más”, que ya resultaba triste y patético cuando lo lloriqueábamos en el patio del colegio, señalando al compañero, si nos regañaban por algo. Ese “y tú más” es lo que más daño hace, porque da comienzo con su presencia a una sarta de acusaciones de unos contra otros, jaleadas incluso por unos simpatizantes que lo que deberían hacer es exigir que se devolviera lo robado y que se metiera en la cárcel a los ladrones, y no apoyar hasta la muerte a los que en teoría tienen sus mismas ideas.

No, no reconocen la culpa, y no existen en su entorno cercano ni la madre de Lanzani ni el espectador madridista que aplaudió al Barsa. Hay que hacer un ejercicio de criterio, de liberación, de análisis de las propias ideas para poder exigir la dimisión de los responsables de algún crimen, aunque sean de un entorno en teoría afín a nosotros. Y para hacer eso, es necesario, es obligatorio, que la población esté lo suficientemente educada para ello.


Hace unos días, Raquel Lanseros, poeta y periodista, habló en el Instituto Cervantes de la enorme riqueza intelectual y educativa que floreció en España en la época anterior a 1936, gracias a la voluntad de reformar el magisterio y potenciar una enseñanza pública, obligatoria, gratuita y laica. Proliferaban instituciones como la Institución Libre de enseñanza, salones culturales como el Ateneo, reuniones literarias, cafés culturales, escuelas de pintura y escultura… La población tenía un acceso sencillo y directo a la cultura, a la educación, al desarrollo de valores humanos. Todo eso se desvaneció de un cañonazo al comienzo de la horrenda guerra civil, que dejó convertida a España en un erial, en un desierto cultural durante más de ochenta años. Mencionó Raquel a esas generaciones enteras de hombres y mujeres que nacieron y murieron en ese intervalo de oscurantismo, miedo al pecado e ignorancia institucionalizada, y no pude evitar recordar a las mujeres de mi familia, abuelas, tías, incluso mi propia madre, que se perdieron la posibilidad de poder educarse con voluntad, con criterio, con esa inteligencia que les hubiera permitido no consentir la impunidad, el fanatismo o la intolerancia, no consentir el abuso contra los más vulnerables. No consentir, en definitiva, que alguien a quien se ha votado se lucre con el dolor de toda una población en el peor momento de su historia, cuando una pandemia mortal se abatió sobre nosotros.

Es complicado volver a recuperar aquel periodo de esplendor de la educación y la cultura. Es una lucha a muerte contra la tendencia a seguir a youtubers, influencers y tiktokers a los que lo único que les importa es el materialismo más exacerbado, y que además se han convertido en sacerdotes de una ambición tan obscena como los que se dedican sistemáticamente a agrandar la brecha entre ricos y pobres. Es complicado, pero los que tenemos claro que la única vía para mejorar la sociedad, el mundo o la vida, como dice Germán Areta, es acabar con la impunidad, no podemos dejar de luchar, de exigir responsabilidades, de forzar dimisiones, aunque nos tengamos que convertir en la madre de Lanzani y arremeter contra nuestros en teoría afines.

Y ya no valen las urnas. Ya no vale esperar a que cambie algo para que se haga justicia. La justicia tiene que ser inmediata, instantánea, contundente y explosiva como un mazazo. Las urnas están manipuladas por la mentira, el miedo, los medios y un sistema de corruptos que se retroalimenta a sí mismo. Es imprescindible desterrar para siempre ese “Y tú más” que nos convierte en cómplices. Cambiar esto depende únicamente de la educación, del criterio y de la inteligencia de la mayoría de las personas que formamos la sociedad, y para conseguirlo, es imprescindible que podamos convertirnos, con un chasquido de dedos, en la madre de Lanzani o en aquel espectador madridista que aplaudió al Barsa.

Y una vez que hayamos logrado hacer eso, volveremos a las urnas, pero en una sociedad un poco mejor.


miércoles, 28 de junio de 2023

LIBRES

La utilidad, una obsesión que marca nuestra vida prácticamente desde que nacemos. Porque, ¿para qué sirve un ser humano?

En 1939, los nazis se preguntaron lo mismo, pero en pasiva. Decidieron que los retrasados mentales, los inválidos, los nacidos con malformaciones, no sólo no servían para nada, sino que además le costaban un dineral al estado. Exactamente 60.000 marcos anuales, como se puede ver en el cartel que adjunto a esta entrada. Los nazis encontraron rápidamente una solución a este problema. Una operación, la AKTION T4, que consistía básicamente en cargarse a estos ciudadanos que no servían para nada. Se trata de un episodio poco conocido, poco divulgado, porque las víctimas eran los propios ciudadanos alemanes. Las ejecuciones se llevaban a cabo en clínicas de Alemania y Austria, como Grafeneck, Hadamar o Sonnestein, siniestros lugares que cesaron su actividad en 1941, cuando los obispos de Berlín protestaron por estas ejecuciones. Siniestros lugares que se convirtieron en campos experimentales de todo lo que vino después, cuando los nazis se preguntaron ¿para qué sirve un judío?, o ¿para qué sirve un gitano?.

Sin llegar a los expeditivos métodos de los nazis, al menos de momento (todo futuro puede ser incierto), incluso a día de hoy nos hacemos a menudo preguntas similares. ¿Para qué sirve un anciano, por ejemplo?. No podemos evitar pensar que los ancianos, en realidad, no aportan nada a la sociedad, porque no hacen nada.

Y esa es precisamente la clave de la propuesta que Santos Blanco y Javier Lorenzo, director y guionista, nos ofrecen en su película, “Libres”. Porque en ella aparecen personas que han tomado la decisión de SER, no de HACER. En el coloquio posterior a la película, Javier Lorenzo nos confiesa que le descolocó bastante que una de esas personas, interna en un monasterio de clausura, le dijera que ellos rezaban, sí, pero para sí mismos, porque no consiste en hacer algo por los demás, sino en ser una criatura de Dios, del mismo modo que lo es un retrasado mental, un inválido o una persona nacida con malformaciones.

Sorprende casi desde el primer momento la convicción con la que estas personas, hombres y mujeres, decidieron abandonar el mundo, su familia, su lucrativa profesión en algunos casos, para abrazar la clausura cuando sintieron esa “llamada” de la que hablan algunos de ellos. Cuesta entender, desde nuestra perspectiva de integrados en ese mundo, en esa sociedad que ellos dejaron, que alguien pueda tomar una decisión así, pero eso ocurre, y a medida que transcurría la película me di cuenta, porque nosotros estamos tan inmersos en nuestra forma de vida, que lo único que valora es el hacer, el ser útil a la sociedad, que no somos capaces de entender sus razones. Desde el respeto más absoluto, sin mostrar ese lado oscuro o cuando menos pintoresco que le atribuimos por desconocimiento a un monasterio de clausura, Santos y Javier nos sumergen de lleno en esa realidad, usando para ello una fotografía y una música espectaculares.

Uno de los monjes manifiesta
al principio que “el brillo del mundo material no te llena, nunca te llena, pero consigue distraerte, y puede estar distrayéndote durante toda tu vida”. En algún momento de su vida sintió la llamada, y el mundo material dejó de tener importancia para él. En ese momento alcanzó la victoria, le perdió el miedo a la muerte, el miedo a todo, ese miedo, que nos atenaza en la sociedad, a cosas a las que no deberíamos tenerle miedo por lo poco importante que son. En ese momento sintieron a Cristo formando parte de ellos.

Los testimonios son diferentes, pero todos tienen el nexo común de proceder de una decisión muy meditada y prácticamente imposible de obviar. Cuesta entender las razones, cuesta entender las circunstancias que han llevado a cada uno de ellos a ese lugar, pero no cuesta nada dejarse llevar, dejarse irradiar por la enorme paz interior que muestran en todo momento.

La película transcurre como un ejercicio de meditación, de comprensión, de empatía cada vez más acusada. A la incredulidad inicial, nacida de un prejuicio, de una especie de temor a lo desconocido, le sigue, a base de testimonios, imágenes, música, silencios y sonrisas, la apertura a un mundo, a una forma de pensar que seguramente ninguno de los espectadores habíamos pensado a priori que nos iba a impactar de esa manera. No se trata de una película religiosa, sino, sobre todo, espiritual. Lo resumió muy bien una espectadora en el coloquio final, “Aquí no se habla de Iglesia, ni de sus desmanes, ni de sus problemas, ni de sus pecados. No se trata de ser creyente o no, porque a cualquiera, sea o no creyente, no le puede dejar indiferente la enorme espiritualidad de estas personas

No se trata de juzgar, ni de opinar, ni tan siquiera de tratar de entender. De lo que se trata en realidad es de abrir el alma a una forma de entender la vida que conecta directamente con lo más puro del ser humano como parte de la naturaleza que nos rodea. Y sobre todo, de dejarse llevar por esa paz interior que irradia la película desde el principio hasta el final.

Y para que, de alguna manera, dejemos de seguir preguntando para qué sirve un ser humano.

sábado, 24 de junio de 2023

Buena Gente, Gente de Bien


Parece igual, pero no es lo mismo, ni mucho menos. No es lo mismo, ni de lejos, la Buena Gente, que la Gente de Bien. La Buena Gente, como en la canción de Presuntos Implicados, podría definirse así:

Gente, que se despierta cuando aún es de noche

y cocina cuando cae el sol

Gente, que acompaña a gente en hospitales, parques
Gente, que despide, que recibe a gente
En los andenes
Gente que va de frente
Que no esquiva tu mirada
Y que perciben el viento
¿Cómo será el verano?
¿Cómo será el invierno?

Unas pocas frases que sin embargo nos muestran con fuerza lo que para muchos es la Buena Gente. Solidaria, empática, que piensa en los demás, que comparte, que disfruta de su cultura, de su país, de su gente, y a la que le gustaría que todo el mundo pudiera disfrutar de lo que disfruta ella.

Gente creyente, o no creyente, de derechas o de izquierdas, es igual, porque ni sus ideas ni su religión constituyen el motor principal de su vida, de su forma de pensar. Gente que duda, que razona, que analiza, que asume que se equivoca cuando alguien les debate con criterio o un punto de vista diferente una idea, o una creencia. Gente que lee, que se informa, que indaga cuando algo no le cuadra, que no se sienta frente al televisor a que le vomiten noticias pasadas por el tamiz de la mentira y la manipulación más infame.  

Gente, que pide por la gente en los altares
En las romerías
Gente, que da la vida
Que infunde fe
Que crece y que merece paz
Gente, que se funde en un abrazo en el horror
Que comparte el oleaje de su alma
Gente que no renueva la pequeña esperanza
De un día
Vivir en paz

Buena Gente, que no está convencida de que Dios los prefiera a ellos, como sí está convencida de ello la Gente de Bien. Gente que, quizá sin pretenderlo, quizá sin saberlo, quizá sin presumir de ello, mantiene viva la llama de un cristianismo verdadero, que se debe a los demás, frente a otra forma de creencia egoísta, sectaria y basada en la muerte de su principal profeta. Una creencia que no perdona al enemigo, basada en un libro, la Biblia, que no escribió Dios, sino un ser humano. Es la creencia de esa Gente de Bien que puede pecar porque está iluminada por la Gracia de Dios, puede robar porque está legitimada para ello, y puede despreciar, esclavizar, asesinar, colonizar, violar y destruir, en nombre de un Dios que no es Dios, a los que no son como ellos.

Para vivir así
En miradas transparentes
Recibir su luz
Definitivamente
Nubes van
Y van pasando
Pero aquella luz
Nos sigue iluminando

Gente de Bien, que se creen Gente de Bien porque se pegan a la Gente de Bien, porque la secta de la Radio y la Televisión vomita continuamente mentiras, bulos, patrañas e idioteces que la Gente de Bien tiene que interiorizar, a pesar de que la realidad sea muy diferente. Gente de Bien que deja automáticamente de serlo cuando protestan por sus derechos, por los derechos de los demás, o porque se les ha caído la casa por las obras del metro. Gente de Bien que es desalojada porque un fondo buitre ha comprado entero el edificio donde vivía. Gente de Bien que justifica los desmanes y los vicíos de la Iglesia, que mantiene tradiciones ancestrales y salvajes, que quiere cambiarlo todo, con un gatopardismo suicida, para que todo siga igual que hace trescientos años.

Que fresca es la sombra que ofrecen
Que limpia el agua dulce de sus miradas
Es por ti que empiezo un nuevo día
Hay Ángeles entre nosotros
Ángeles entre nosotros

Buena Gente, Ángeles entre nosotros que a pesar de todo, de las restricciones, del desvío de fondos, de la corrupción, mantienen con entereza su labor, sin medios, pero con coraje. Enfermeros y médicos que lloran de impotencia frente a la falta de medios mientras Gente de Bien se lucra indecentemente precisamente con esos medios. Gente de Bien que grita y se queja de la falta de mano de obra todavía más barata, más miserable, más explotable. Gente de bien que escucha a los mismos fariseos que Cristo expulsó del templo, que lo único que buscan es enriquecerse a costa de los demás.

Puedes ver cada mañana a la Buena Gente en el metro, en las paradas de los autobuses, en la calle, dirigiéndose a sus lugares de trabajo. Vestidos de maneras muy diferentes, pensando de manera muy diferente, pero luchando por su vida sin pisotear, sin insultar, sin escupir a nadie a la cara. Buena Gente que no se merece una izquierda revanchista y revolucionaria, ni una derecha que baila el vals del terror con una ultraderecha sanguinaria, inculta y tercermundista. No, la Buena Gente que yo conozco, con la que hablo, con la que trabajo, con la que vivo, con la que leo y debato lo leído, con la que disfruto de exposiciones, cine, teatro y conciertos, a la que saludo cada día en la puerta de mi portal o en el supermercado, no se merece ni de lejos que esa Gente de Bien, que no se harta de decir que lo es, le robe su vida, se meta en su manera de pensar o de actuar, y le aniquile la libertad. Esa Buena Gente no se merece que una Iglesia corrupta o unas leyes mal aplicadas les destroce la infancia a sus hijos mediante violaciones o manipulaciones psicológicas. Esa Buena Gente no se merece que sus hijos tengan que emigrar forzosamente a otros lugares en los que la Educación es algo mucho más importante que aquí, a pesar del enorme talento que tiene la juventud. Esa Buena Gente no merece que se desprecie la cultura, que se expolie o se deje caer a pedazos el Patrimonio, que sean los ignorantes, los interesados, los mentirosos y los que sólo saben odiar los que manejen los medios, la opinión pública y, en definitiva, la Democracia.

Esa Buena Gente no se merece que, cada vez que este país despunta por algo en el mundo, asoma la cabeza en lugares como la economía, la investigación o el arte, o empieza a salir del pozo de ignorancia, incultura y fanatismo en el que llevamos metidos desde hace siglos, aparezcan de nuevo las hordas siniestras de la Gente de Bien para empujarles otra vez al vacío.

Escuchad la canción, y no dejéis que os roben la libertad de vivir vuestra vida como la estáis viviendo, como queréis vivirla:

https://www.youtube.com/watch?v=kUhByWqLJ_U&ab_channel=WarnerMusicSpain

 

lunes, 5 de junio de 2023

PARA SU TRANQULIDAD, HAGA SU PROPIO MUSEO

Hace muchos, muchos años, más de los que quisiera recordar, estuve en una exposición de Sebastiao Salgado. Después vendrían más, pero creo que fue la primera que se hizo en Madrid de este fotógrafo. Salgado es un experto en reflejar el lado más duro y cruel del trabajo humano. Sus imágenes de Minas Gerais, en Brasil, de los desmontadores de barcos, muchos de ellos niños, en Bombay, o de otros muchos lugares en los que el ser humano vive completamente anulado y explotado, son demoledoras. Sin embargo, recuerdo que, mientras veía aquellas fotografías, de rostros endurecidos y cuerpos devastados por el dolor y el sufrimiento físico, había algo que me llamaba mucho la atención, que no pude identificar en un primer momento. A la salida, al firmar en el libro de visitas, leí una frase que jamás olvidaré, porque me reveló de golpe lo que yo no había sido capaz de identificar. “Fijaos en sus ojos. ¿Habéis visto alguna vez ojos tan cargados de vida en el mundo occidental? A veces pienso que son ellos los que están vivos, y nosotros llevamos mucho tiempo muertos…”.

Recordé esa frase a medida que avanzaba la película “Para su tranquilidad, haga su propio museo”, de Ana Endara Mislow y Pilar Moreno, proyectada la semana pasada con coloquio posterior de esta última. Lo primero que percibí fue la inmensa paz que transmite, potenciada sin duda por el uso del sonido que recopila diferentes ambientes del lugar en que se desarrolla la acción, Paritilla, un pueblo de Panamá perteneciente a la provincia de Los Santos, en el que una mujer, Senobia Cerrud, decidió una vez, sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo, crear su propio museo, al que denominó “El Museo de Antigüedades de Todas las Especies”. Pilar Moreno, directora de la película, conoció a Senobia a través de su nieto. Interesada en el Arte espontáneo, completamente vocacional y encuadrado siempre fuera de los circuitos habituales del Arte tradicional, se quedó impresionada con el museo que Senobia había ido formando a lo largo de su vida, compuesto tanto de objetos de uso habitual, como tansistores, micrófonos, reproductores de cintas de casette o teléfonos de sobremesa, como de pequeñas obras de arte creadas por ella misma a base de telas, pequeñas piezas de madera natural, botones de colores, frutas naturales, etc.


¿Y por qué recordé la frase que había leído en la exposición de Sebastiao Salgado? Porque tuve exactamente la misma sensación que entonces. Senobia había encontrado la manera perfecta de permanecer viva, en primer lugar a través de su arte y de los escritos que iba pegando por las paredes de su casa, que recogían sus pensamientos, muy cercanos a la filosofía profunda, pero sobre todo por el camino de vida que había elegido, que había escogido libremente y con todas sus consecuencias y dificultades en una sociedad como la suya. Pilar Moreno nos lo desvela en el coloquio que tuvimos tras la proyección. Senobia había conseguido con su arte, con sus escritos, con su enseñanza, transmitir a la directora el testigo de su arte, con lo que de alguna manera su legado no se pierde, y Senobia permanece viva.

En la película salen otras muchas mujeres de Paritilla, que además de conocer a Senobia, nos relatan sus inquietudes, su recuerdos, sus vivencias, con una expresividad y un sentido del humor que contrasta profundamente con la dureza que tanto la naturaleza como la situación de su país les ha impuesto desde tiempo inmemorial. Son mujeres duras, fuertes, sin dobleces, naturales, transparentes, con esa forma de ser que solamente pueden tener los seres humanos que no viven en un universo de luces, ruidos, plástico y prisas. Hay que desembarazarse del estrés, pararse a pensar, cerrar los ojos y respirar profundamente para entender, aunque sólo sea por un segundo, la enorme vitalidad de estas mujeres. Es algo que jamás vislumbraremos siquiera los occidentales, paridos y crecidos en un mundo en el que no falta de nada y sobra de todo. Estas mujeres viven al día, disfrutan cuando toca disfrutar y sufren cuando hay que sufrir, porque eso es lo que hay.

Desde el primer momento me relajé en la sala del cine, gracias al canto de los pájaros y los sonidos de la jungla, disfrutando del arte de Senobia, intentando memorizar las frases que escribió a lo largo de su vida, y escuchando a esas mujeres, todas con el mismo vestido (un detalle simpático de la directora de la película que algunas aceptaron mejor que otras) y mirando a la cámara con esa vitalidad fuera de lo común que se mantiene perpetua hasta el momento de la muerte. E incluso más allá, como en el caso de Senobia Cerrud.


Probablemente hubiera resultado sencilla una iniciativa como la de esa mujer en otro entorno, más occidental, más hipotéticamente “civilizado”, con más suavidad en el clima y en la economía, pero en el caso de Senobia, en ese mundo, en ese lugar, y en la época que le tocó vivir, fue toda una hazaña, fruto de una decisión tomada con una fortaleza de espíritu muy por encima de la media de la gente.

Otra vez hay que dar las gracias a los cines Zoco por esta iniciativa, y a Pilar Moreno porque con sus película y sus palabras supo impregnarnos del espíritu de Senobia Cerrud, alguien que sin duda ya nos ha dejado en el alma una huella imborrable.

 

domingo, 28 de mayo de 2023

JUSQU´ICI, TOUT VA. LA HONESTIDAD

 

— Hombre, tú por aquí. ¿Qué tal va todo, qué tal el finde?

No le había visto venir. Estaba tan concentrado en el café de media mañana, que ni siquiera cuando se sentó a mi lado noté su presencia.

— Hola Julián. Bien, bien. Ha merecido la pena.

— ¿Has hecho algo especial, o lo de siempre?

Es el tono habitual de Julián, entre irónico y ligeramente hiriente. Hay que quererle como es, a pesar de todo.

— Ya te digo que ha merecido la pena. El viernes vi una película soberbia, de esas que te cambian muchos esquemas.

— ¿Ah, sí? ¿Qué película?

— Jusqu´ici, tout va

Hizo un gesto como de escalofrío inmediato, abriendo mucho los ojos y fingiendo un temblor de sorpresa.

— Ostia, macho, vaya titulito, como para acordarse… ¿Y dónde la viste?

— Donde siempre, en los cines Zoco de Majadahonda. Bueno, donde siempre no, donde siempre desde un tiempo a esta parte.

— Mucho vas tú últimamente a los Zoco. Por algo será, porque lo que es precisamente cerca de esos cines no vives…

Me encojo de hombros

— Voy por varias razones. En primer lugar, porque tardo menos desde mi casa en ir a esos cines, que a los Renoir de Princesa o a los Verdi, por ejemplo, que son los que me gustan. En segundo lugar, porque no es sólo cine. Son eventos, charlas con directores, conciertos de jazz, presentación de varios cortos… Son personas con una inquietud cultural tremenda, que me contagiaron desde el primer momento, y me encuentro muy cómodo allí.

— ¿Y cómo fue meterte a ver esa película precisamente?

Sonrío al acordarme

— Pues precisamente por eso que te digo. Habíamos quedado Pilar y yo para meternos a ver una película, sin habernos decidido entre la de Morgan Freeman o la francesa, cuando me encontré con Jesús, uno de los directivos del Zoco, cargado con una televisión de plasma, y me saludó “Hombre, Félix, ¿qué tal estás?. ¿Vas al evento”. “¿Qué evento?”, le pregunté, y ahí empezó todo. Me contó a grandes rasgos el tema principal, me dijo que después había coloquio con el director, después vino Pilar, se lo conté, nos convencimos los dos mutuamente, y nos metimos a verla. La culpa fue de Jesús, por haber estado en ese momento en ese lugar y cruzarse conmigo.

— Mira, una de esas casualidades que conducen a algo bueno.

— Así es, esa es la verdad.

— Bueno, ¿y de qué va?

— Pues mira, la verdad es que empieza de una manera que me despistó por completo. Una chica bañada con una luz roja intensa, bailando frenéticamente un ritmo muy fuerte. Me recordó a “Titane”.

— ¿”Titane”? No me jodas… Recuerdo que me dijiste que te saliste a media película.

— Sí, es verdad. Será muy buena, pero no me gustó nada. El caso es que ese comienzo no me cuadraba con lo que me había contado Jesús. “Cine dentro del cine”, me había dicho, y ya sabes también que ese subgénero me encanta. “La noche americana”, por ejemplo, es una de mis películas de referencia.

— Sí, lo sé. Y “El crepúsculo de los dioses”, también. Me has dado la brasa con ella varias veces.

— Exacto. Por suerte ese baile dura poco, se trata de una escena que están rodando el director y su equipo. El director, por cierto, y protagonista también de la película, es Francesc Cuéllar, un hombre de treinta años con un talento especial

. Aparece Cuéllar dando unas indicaciones a las que nadie hace caso, y alguien le dice que le está esperando Lola, la actriz principal, para hablar con él. No muy convencido, y estresado porque le queda menos de una hora para rodar los tres planos que tiene que rodar, acude al encuentro con Lola. Después de unas frases corteses, de compromiso, Lola le dice que no está dispuesta a rodar la escena de desnudo que al parecer habían pactado que iba a rodar, y ahí empieza todo.

— Parece interesante. ¿Al final se desnuda?

— Julián, lo que empieza es una conversación de casi una hora. La película es la conversación de Lola y Francesc.

— ¿Una hora de conversación? No me jodas…

— No, no es una hora de conversación. Es una hora de reflexión, de introspección, de un intimismo tan absoluto por parte de los dos, Lola y Francesc, que te repites a ti mismo a cada frase, a cada gesto, a cada giro del guión, que estás asistiendo a algo grande, muy grande. Los dos personajes están tan magistralmente interpretados que no parecen personajes, sino seres humanos reales que están discutiendo delante de ti. Porque discuten, Julián, y hablan de un montón de temas que, por culpa del estrés, o si quieres por culpa del lastre que cada uno nos echamos encima aunque no queramos, tenemos perfectamente olvidados.

— ¿Cómo cuales?

— Pues mira, hablan por ejemplo de ese miedo a la mediocridad, que nos empuja a hacer, y hacer, y hacer por hacer, buscando siempre el reconocimiento de los demás, cuando la mediocridad, y eso es algo que comentó después Francesc en el coloquio, no tiene por qué ser algo directamente a despreciar. Hablan del miedo a decir que no, porque Lola dice que no va a hacer el desnudo, pero tampoco está tan convencida de que su decisión sea la correcta, y apela continuamente al sentido de ser humano de Francesc, cuya única razón a priori para meter ese desnudo en la película era que “molaba”. Poco a poco, frase a frase, Lola consigue que el alma de Francesc se desgarre, y se muestre tal como es, con sus miedos y sus miserias, con sus tristezas y sus alegrías. Y lo consigue porque sabe que en el fondo, muy en el fondo quizá, Francesc no ha podido perder la honestidad que le había demostrado al principio de su carrera, porque los dos llevan mucho tiempo trabajando juntos y se conocen perfectamente. Se puede decir que la película es un canto sublime a la honestidad al hacer las cosas, a no rendirse a lo que se lleva, o a lo que en teoría se debe hacer. A no tenerle miedo a decir que no, porque, tal como dice Lola, “decir que sí te compromete, pero decir que no te define”. Es un canto a la honestidad, y también un canto a la libertad de cada uno para elegir lo que quiere ser en la vida. En el coloquio nos dijo Francesc que tiene un amigo que hace cine comercial y gana dinero, mientras que él se gasta su dinero en hacer el cine que quiere hacer. Es lo que tantas y tantas veces hemos hablado, Julián, la vocación frente a la ambición, la plenitud frente a la banalidad, tener una vida propia frente a tener una vida fabricada por otros. Lo dice también Francesc, con una madurez brutal que no solemos atribuir, muchas veces como en este caso de forma equivocada, a personas de treinta años, “Se cataloga a las personas por su profesión, no por lo que son”. Francesc es director de cine, actor, director de teatro, escritor, filósofo y muchas cosas más de forma vocacional, lo que convierte automáticamente su profesión en su forma de vida, en su vida, en definitiva. Cuando contó la anécdota de su amigo que hace cine comercial, me recordó a Howard Roark.

— Ya. El arquitecto protagonista de “El manantial”. Otra referencia tuya

— Pues sí, porque creo que es así, que el creador de verdad no busca la fama, ni el dinero, ni tan siquiera el reconocimiento. Lo que busca el creador de verdad, y Francesc Cuéllar lo es, y de los buenos, es simplemente crear, y hacer de su creación su vida.

— Vamos, que me la recomiendas.

— Joder, Julián, si después de la brasa que te he dado, todavía dudas, es para matarte. Yo no puedo recomendar películas, sólo te digo que esta película ha hecho que se tambaleen algunas de mis convicciones, si es que me quedaba alguna sin tambalear, y ha consolidado la idea de que siempre se puede descubrir algo interesante. Y mis convicciones se tambalean del mismo modo que se tambalean también las de Lola y Francesc a medida que hablan, porque otra clave importante que tiene la película, en un mundo en el que nadie escucha ni cambia sus convicciones, es que una buena conversación, que apele al lado humano de cada uno, es capaz de hacerte cambiar de idea por muy enraizada que esa idea pueda estar en tu conciencia. En fin, Julián, ya sabes lo que suelo decir en estos casos.

— Ya, ya lo sé. Que debería ser una película de obligada visión.

— Exactamente

lunes, 22 de mayo de 2023

JULIAN VALLE. EL MISTERIO DE LAS COSAS


Lo que ha creado Julián Valle en el espacio OLumen, Claudio Coello 141, no es una exposición al uso. Se vive más bien como un viaje, como una introspección al interior de cada uno, o como una experiencia en la que el tiempo se detiene para mostrarnos la perfecta comunión del artista con la naturaleza y consigo mismo. 

Impone ya desde el principio el espacio, una iglesia desacralizada cuya majestuosidad no se intuye en absoluto desde el exterior, con un magnífico crucifijo enclavado entre tres paramentos de ladrillo oscuro llagueado de blanco, y techos inclinados de madera. Impone también la luz, perfecta, matizada, adaptada por el autor a la obra que ilumina, como formando parte indisoluble del conjunto. Impone, por último, el silencio, que contrasta, y eso es algo que percibes nada más entrar, con el exterior agresivo. 

Sin conocer todavía a Julián, emprendo desde el primer momento un viaje interior, nada más ver la obra de la entrada. El espacio que representa, una oquedad iluminada vislumbrada desde el exterior, me evoca momentos del pasado en el campo, sensaciones casi olvidadas de mis paseos por los parajes de Burgos o Guadalajara, alguna que otra película, aquel día en las Médulas cuando me dejé llevar por el placer de estar allí y tardé veinticuatro horas en regresar a Madrid. 



Antes de la visita guiada me presento a Julián. Mira a los ojos cuando te habla, con una voz suave pero intensa, y sobre todo, algo a lo que no estoy muy acostumbrado, escucha, y escucha con mucha atención, además. Tras unos minutos de cortesía, nos reunimos en corro junto a él, y Julián nos empieza a hablar de su arte, de su vida, más bien, porque su arte es vida, y su vida es arte. 

Una de las primeras cosas que se me quedan grabadas de lo que dice, es el papel que nos otorga a los espectadores. Para Julián, cada espectador crea su propia obra a partir de la suya, su propio viaje a su interior, su propia comunión con la naturaleza. Él no quiere mostrar algo dado por sentado, porque, según sus propias palabras, el arte se expone, no se impone. Es la simbiosis perfecta entre artista y espectador. 

Otra característica que me impresiona es su capacidad de improvisación, unida también a la de observación, que le permite crear un proyecto nuevo y personal a partir de un proyecto encargado. Nos habla de la materia, y de cómo deja que se exprese y le muestre a veces un camino, en su propio lenguaje, en el que probablemente no había reparado a priori. Nos habla de los eremitorios rupestres que se muestran en gran parte de las obras expuestas, a través de acuarelas sobre tela y maquetas, y de la sensación de formar un único ser con la naturaleza cuando los visita. Nos habla de las huellas del pasado visibles, intuidas o sentidas en el presente, y de la impresión que produce una zarza, o unas cuantas hojas muertas, cuando rellenan una antigua tumba al aire libre horadada en la piedra. 

Julián nos habla, y nos habla con sumo respeto, y nos transmite su pasión, ese trabajo, por llamarlo de alguna manera, que realiza de una manera vocacional y sumamente admirable. Un trabajo que más que eso es una vida, una vida propia, y plena. Una vida como debería ser la vida.

El tiempo pasa volando escuchándole, o puede más bien que incluso se detenga, por la agradable comodidad que sentimos los que escuchamos. Escuchamos, sentimos, revivimos aquellos paseos de otoño en las Fragas del Eume, cuando caminaba despacio sobre una cuna de hojas de roble, de orballo, muy parecidas a las que Julián a recubierto de porcelana azul para crear una obra que remueve el alma. 

Y por último, sus cuadernos de campo, que son obras de arte en sí mismos. Un increíble recorrido por la naturaleza con dibujos hechos a veces con elementos naturales, como bayas, higos o madera mojada, y una tipografía cuidada y especial en cada hoja. Algunos de esos dibujos, acaben o no conformando una obra de arte, reflejan perfectamente el placer que estaba sintiendo Julián en aquel momento en aquel lugar.

Parece que durante un tiempo que no hemos sabido o no hemos querido medir, hemos viajado a otro mundo, muy diferente al que solemos vivir, o más bien malvivir, cada día. Ha sido una experiencia inmersiva en el lado probablemente más enigmático de nuestra naturaleza cercana, que nos ha llevado a su vez al rincón más representativo de nuestro propio ser, de nuestra propia alma. 

 Escuchemos a Julián: 

En “El silencio del arte”, Ramón Gaya nos dice que “la obra no es un fin, sino un tránsito”, un lugar de paso. Lo podemos entender también desde la transformación espiritual que acompaña una actividad que desde siempre fue vía de conocimiento. No aspira a un decir, no se le puede añadir nada desde fuera: “el arte no es vestir, sino desnudar”

Una experiencia que no te puedes perder, porque no puedes dejar escapar la profunda huella que va dejar en el camino de tu vida.

viernes, 5 de mayo de 2023

LA CORTA VIDA DEL CORTO

Ocurrió ayer, en los Cines Zoco de Majadahonda, uno de esos pocos lugares que trascienden su propio concepto, en este caso “cine”, para transformarse en algo mucho más importante, más comprometido, más humano. Una pequeña “aldea gala” en la que los que la gobiernan luchan con vocación, y una pasión absoluta por lo que hacen, contra los embistes de una industria que valora más vender palomitas que buen cine. Un lugar vivo en el que se organizan debates, coloquios, conciertos de jazz, encuentros con los directores… Un lugar para personas que viven de lleno su afición a la cultura.

El evento estaba comisariado por dos personas, Beatriz y José Luis, en cuya concisa tarjeta de visita figura el título “Gestoría cultural”, y en letras más pequeñas “gestión, inmersión y difusión”, además de la sugerente frase "persistencia, detalle y alma" que encabeza su página web, https://www.jlbea-gestioncultural.com/ . Consistía en la emisión de cinco cortos, de temática diferente pero unidos por un nexo común: en cada uno de ellos se hacía alusión a un libro, en ocasiones de forma explícita y en otras de una forma más sutil. Tras las primeras explicaciones, en las que ya se intuía el amor por lo que estaban haciendo, se proyectaron los cortos, con un intervalo entre uno y otro de unos diez segundos en el que el público aplaudía

El primero era “The following year”, de Miguel campaña, un inquietante planteamiento de ciencia ficción que atrapa desde el primer momento, con reminiscencias de las historietas que aparecían en los años ochenta en revistas como Totem, Vampus o 1984. El segundo, “Franceska”, de Alberto Cano, propone en clave de animación una visión humorística y transgresora de la historia de Frankestein, de Mary Shelley. La imagen en blanco y negro y el ligero parecido entre este Igor y el interpretado en su día por Marty Feldman me recordaron “El jovencito Frankestein”.

El tercero fue “Lo efímero”, una maravillosa historia de Jorge Muriel, en la que dos hombres, que arrastran un pasado complicado, determinarán su futuro cuando se encuentran durante un fugaz trayecto en un vagón de metro. La fotografía, las interpretaciones, los silencios, la música… Pura poesía. Para mi gusto, el más interesante y cautivador de los cinco. El cuarto, “Adam Peiper”, de Mónica Mateo, nos muestra un futuro distópico en el que la explotación del ser humano por el ser humano sigue siendo el motor económico y político. Por último, “Casitas”, de Javier Marco, que con un punto de infinita tristeza aderezado con sentido del humor, nos sumerge de lleno en una deliciosa oda a la empatía.

Los cortos fueron interesantes, nos cautivaron a todos por completo y nos dejamos llevar por las sugerentes historias que nos contaban, pero lo mejor vino al final, cuando los dos organizadores nos comentaron diversos aspectos de la realización de cada uno de ellos, con anécdotas de rodaje, entresijos del guión, del montaje, etc. Disfrutaban de lo que contaban y lo transmitían con facilidad a los que escuchábamos, lo que supuso que se prolongara la magia del encuentro casi hasta las once de la noche.

Mientras veía los cortos emprendí un viaje al pasado, a aquellos lejanos años ochenta en los que la cultura del corto formaba parte de nuestro ADN. Recordé que antes de cada película se proyectaba siempre un corto, y que aquellos cortos se comentaban a veces con tanta pasión o incluso más que las películas a las que precedían. Aquello desapareció de nuestra cultura, como poco a poco fueron desapareciendo otras muchas cosas.

A nuestra generación se le fueron robando descaradamente un buen número de manifestaciones culturales, y no precisamente en la época dura de la dictadura, sino más bien en plena democracia. Poco a poco los cines de sesión continua fueron cerrando, llevados por la corriente de los bingos. A veces le recito de memoria a mi hijo las salas  que había en mi barrio y le parece algo increíble, impensable hoy en día. También fue cambiando radicalmente el aspecto de los kioskos, escaparate en una época de gran cantidad de publicaciones de todo tipo, comics, revistas de ciencia ficción, etc, que de repente un buen día desaparecieron del panorama cultural, como desaparecieron también los numerosos cine-forum que había en Moncloa, en las facultades, o los conciertos de los colegios mayores, o incluso actualmente los talleres de escritura que promocionaban algunas bibliotecas municipales y que hoy, alegando falta de presupuesto, han pasado a mejor vida.

Nos robaron muchas cosas, y nos hemos dejado robar, y cuando de vez en cuando, como ayer, se te reaviva en el alma la nostalgia de lo perdido, se despierta la tristeza. Al preguntarles a los organizadores la razón por la que ya no se emiten cortos antes de la película, como se hacía antes, comentaron que se trata de una razón puramente económica, porque a las salas les interesa más poner publicidad, que les aporta más ingresos. Por otro lado, la carrera del corto es corta. A las distribuidoras lo único que les interesan son los festivales de cortos, o el ganar algún premio importante. Al parecer, resulta muy complicado ver, por no decir imposible, el corto “Arquitectura emocional”, a pesar de haber ganado el Goya este mismo año. Se trata de un corto que, muy al contrario, debería emitirse incluso en colegios, dada la carga emotiva y de valores que posee, y sin embargo no es así debido al estado del mercado de cortos.

Hace unos días, una persona de un grupo de personas con inquietudes culturales entre las que orgullosamente me encuentro, colgó una entrevista a Johann Hari, en la que venía a decir que nuestro modo de vida frenético y absurdo está acabando con nuestra capacidad de atención. Es algo muy serio, y muy triste, que sin embargo se puede aliviar dependiendo menos del teléfono móvil o de la insistente tentación de hacer varias cosas al mismo tiempo. Añadiría, además, que deberíamos hacer el ejercicio, en la medida de nuestras posibilidades, de intentar recuperar lo que con tanta desvergüenza se nos ha robado sin que apenas opusiéramos resistencia. Yo iría de cabeza, por ejemplo, y con una fidelidad casi religiosa, a un cine en el que en lugar de anuncios emitieran un corto antes de la película. Es necesario primero recuperar la capacidad de atención, y después exigir que se le otorgue a la cultura un trato muy diferente al que se le está dando. Iniciativas tan atractivas como la de los gestores culturales de ayer deberían convertirse en permanentes, ser promocionadas e incentivadas por todo aquel que pudiera hacerlo, porque llegan directamente al alma de quien tiene la suerte de participar en ellas, y alimentar el alma, además de no resultar nada sencillo, tiene la virtud de crear mejores personas.

Una velada muy agradable, y muy de agradecer iniciativas como la de ayer. Bienvenidas sean siempre.