viernes, 14 de febrero de 2020

Compañeros de viaje, compañeros de celda. La mirada obtusa, la mirada abierta


¿Somos conscientes del daño que le han hecho a la humanidad, y le siguen haciendo hoy en día tres simples palabras, “como debe ser”? ¿Qué sería de nosotros si los genios individuales, a lo largo de la historia, hubieran estudiado el cielo y las estrellas “como debe ser”, hubieran pintado según las reglas, “como debe ser”, o hubieran viajado únicamente por las rutas conocidas, “como debe ser”? Para Kant, el artista en estado puro es el genio creador, el que pone sus propias reglas e invita a sus discípulos a descubrir su propio camino buscando la inspiración que él encontró en su momento. Para Hegel, parte intrínseca de la obra de arte es la interpretación que de la misma hace el espectador, convirtiéndose este en una parte más de la obra de arte, otorgándole esa categoría con su admiración y respeto ante algo para lo que, previamente, ha sido educado, porque contemplar y valorar una obra de arte requiere una preparación, aunque sea mínima, consistente en disfrutar con las obras de arte.

Pues bien, “Sólo nos queda bailar” es una auténtica obra de arte. Se trata de una coproducción Suecia-Georgia dirigida por Levan Akin (desconocido para mí) que nos cuenta las vicisitudes de un bailarín de danza georgiana (desconocida para mí), interpretado por Levan Gelbakhiani (desconocido para mí), que descubre su homosexualidad, en un entorno cultural en el que la homosexualidad es una malformación que se puede curar en un monasterio. La historia es simple, las interpretaciones magistrales, las escenas de música y tradiciones fantásticas. Continuamente, al verla, piensas “pero cómo narices puedo saber tan poco de esta cultura tan interesante…”, y sales con ganas de saber más, de empaparte de una cultura muy cercana a la nuestra en muchos aspectos pero muy diferente en otros.

¿Y por qué me fui a verla ayer por la tarde, el mismo día del estreno? Porque había visto, en las noticias, que la película ha levantado protestas entre mucha gente de ese país, Georgia, y de otros afines, al tocar el tema de la homosexualidad en un entorno, el de la danza georgiana, que al parecer es la expresión de la masculinidad. Homófobos y ortodoxos se agolpaban en las puertas de los cines, protestando por una película que ni siquiera han visto, porque se lo dicen sus mayores, sus guías, sus pastores. Protestando ante algo que desconocen porque no es, en definitiva, “como debe ser”. ¿Son conscientes esas personas de que sus prejuicios, su religión, sus fobias, sus miedos, sus ideas políticas, les están impidiendo disfrutar de la inmensa magia, la inmensa poesía, la tolerancia, la esperanza en el ser humano y la grandeza de esa película? No, por supuesto, no lo son. Miden el mundo a la medida de su micromundo, de su mirada cerrada, de lo obtuso de su vida, y es una pena, pero no se puede hacer nada.


Mis cuatro hermanos (porque mi cuñada y mi cuñado son hermanos para mí) volvieron ayer de un viaje a la India. La fotografía que encabeza esta entrada la hizo mi hermano en el Ganges, al amanecer. Por la noche hablé con mi hermana. En un momento de la conversación, me dijo “pero es que hay una mirada de felicidad en sus ojos…”. Lo dijo con emoción, con admiración y respeto. Esta mañana la conversación ha sido con mi hermano. Recordando una imagen que contempló en un templo Sij perdido en el interior de la jungla, de un ser humano que estaba allí esperando a recibir comida, se ha emocionado. Al contarme que se emocionó al verla, ha vuelto a emocionarse. Ese es el respeto hacia otra cultura diferente de la nuestra. Eso es viajar con la mirada abierta.

Me ha contado con una naturalidad tremenda el asunto de la ceremonia de los difuntos en el Benarés. “Nosotros vivimos de espaldas a la muerte”, me ha dicho, y tiene razón. En ese momento, mi hermano era el otro, se había convertido por obra y gracia de su mirada abierta en el otro, con respeto y empatía hacia unas tradiciones muy diferentes a las nuestras pero igualmente válidas, porque lo son para otros seres humanos. Hace casi veinte años, un conocido que trabajaba conmigo, el mismo que me dijo al día siguiente de fallecer mi mujer “tienes que pensar en rehacer tu vida” (que tenía razón, pero no me lo digas al día siguiente, un poco de por favor…), me contó la misma escena del Benarés, pero de una forma muy diferente, haciendo hincapié en lo “truculento” que para él resultaba aquello, en la "gilipollez de adorar a las vacas en un país en el que mucha gente pasa hambre", para rematar diciendo que “en la India se come fatal”. Esa era la mirada obtusa a que me refería antes. Ese personaje no fue capaz de entresacar de su viaje otra experiencia que no fuera la de los prejuicios y clichés que ya llevaba de antemano en la maleta. No entendió absolutamente nada, porque ni viajando quería salir de su micromundo. Para este hombre, lo importante era ir medrando en su trabajo, a costa incluso de pisar las cabezas que hiciera falta (que lo hizo), y rendirle culto a su forma de ser, ya cerrada e impermeable a nuevas experiencias.

Hay muchos culpables de la mirada obtusa. Esa mirada surge cuando la pareja, la enseñanza, la educación, los padres, la religión, etc encaminan sus esfuerzos a impedirte que decidas por ti mismo. Esto hila otra vez con el pin parental, pero no es el tema de hoy. Parece que todos estos “amigos” se han puesto de acuerdo para anular del ser humano la empatía hacia otros pueblos, otras culturas, a base de prejuicios, tradiciones absurdas y mentiras descaradas cuya finalidad es anular la conciencia de la grandeza que todo ser humano posee. Esos estamentos se han convertido para nosotros en compañeros de celda, no en compañeros de viaje, que es lo que deberían ser. “¿Para que viajar, si lo tenemos todo aquí?”, le dice una mujer a su marido en la película de “El nadador”. Es otra vez la cultura del tener, no del ser, que es lo que engrandece al ser humano y produce genios como los que admira Kant.

Y no hablo de la religión en términos absolutos. Para mí el capitalismo es la nueva religión del ser humano, que le mete en la sangre la idea de tener cada vez más, como dogma de fe, con un premio final que no es el paraíso, sino una tumba llena de cosas materiales. Esa sensación de no tener jamás las necesidades cubiertas nos empuja a seguir empeñados en cubrirlas de una forma absurda, adquiriendo cada vez más cosas y dedicando todo nuestro tiempo a seguir acumulando. Para disfrutar del arte, de la vida, de uno mismo, es imprescindible tener la sensación de tener cubiertas las necesidades, y es necesario tener tiempo para dedicarte a la contemplación, a la serenidad, a vivir y ver la vida. Eso es lo que nos está robando, sin que seamos conscientes, esta nueva y peligrosa religión. La mirada es cada vez más obtusa.

Hablando con el guía mi hermano, le preguntó que qué piensan ellos, los hindúes, de los ingleses. El guía le contestó “vivimos el presente. No nos ocupamos ni del pasado ni de un futuro que puede no llegar nunca o llegar cambiado. Es un tema histórico, pero no nos afecta en nuestra forma de vivir el día a día”.

¿Os imagináis lo que sería España si, de una santa vez, dejáramos atrás nuestro terrible pasado, abriéramos la mirada al mundo, y nos dedicáramos a avanzar en una dirección muy distinta a la que nos proponen esos compañeros de celda que nos quieren anular como personas?

Ahí lo dejo. A ver si el último anuncio de Coca-Cola tiene más suerte que yo para convencer a la gente de que hay que abrir la mente.

domingo, 2 de febrero de 2020

1945. Sobre el remordimiento, el perdón y las puertas mal cerradas


 Una maravillosa película, sin duda. La pusieron anoche en la 2. Ya me atrajo el sugerente blanco y negro del tráiler, la acertada fotografía, el título, la nacionalidad… En los comentarios iniciales, el presentador la comparó con “Sólo ante el peligro”, y es verdad. Tanto la puesta en escena, como las situaciones, los visillos apenas descorridos para atisbar sin ser visto, y sobre todo la inquietante presencia en un perdido pueblo de la Hungría Magyar en 1945 de dos judíos, recuerdan mucho el magnífico western de Fred Zinnemann. Porque la película, en definitiva, es eso, un western europeo, perfectamente equilibrado, con una tensión in crescendo que se va desarrollando a lo largo de unas pocas horas hasta la explosión final.

A un pueblo perdido de la Hungría profunda llegan en tren dos judíos ortodoxos. Alquilan un carro para llevar dos arcones de madera a un lugar que sólo ellos conocen. El conductor les ofrece llevarlos en el carro, pero ellos le dicen que no, que van a ir andando. Esa imagen de los dos judíos, caminando tras su equipaje, atravesando el pueblo en silencio hasta llegar a su destino, es la más emblemática de la película. Sólo en sí misma es ya todo un poema, una alegoría del regreso.

El paso de los judíos es visto con inquietud, miedo y sorpresa por la mayoría de los habitantes del pueblo, que se preparan para la boda del hijo del secretario general. La voz se va corriendo. “Han llegado dos de ellos”, susurran con temor. “Han traído dos baúles llenos de perfumes”, inventan sin haber visto en realidad el contenido de los arcones. Al paso de los judíos con su misteriosa carga asistimos al despertar de los remordimientos, de la ambición desmedida, de los fantasmas que muchos creían muertos y enterrados pero que han vuelto con una misteriosa misión. Poco a poco el espectador va tomando conciencia, a través de frases sueltas, de reproches largamente ocultados, de cargas morales que vuelven a hacer su aparición, de que en ese pueblo ocurrió algo terrible con los judíos, de que no queda ni uno sólo, y que sus posesiones, casas y negocios, pertenecen ahora a otras personas, en algunos casos a quienes les denunciaron.

La película es una alegoría del remordimiento, que explota con una intensa fuerza sin que los dos judíos hagan otra cosa que simplemente estar presentes, existir. No hace falta que digan nada, que hagan nada. Su mera presencia provoca una catarsis de remordimiento increíble. En un acierto que me parece una genialidad, el director insinúa apenas la presencia de una patrulla rusa, el nuevo poder que en un futuro va a dominar Hungría con la misma mano de hierro que habían utilizado antes los alemanes. La patrulla rusa, que si bien no incide en la trama muestra cada vez que aparece su desprecio a la población del lugar, se complementa perfectamente con la pareja de judíos caminantes.
Remordimiento, perdón… La película da mucho que pensar. Los habitantes del pueblo parecen esperar una venganza, temen que los dos judíos sean una avanzadilla de los muchos otros judíos que abandonaron el pueblo. De los que fueron obligados, mejor dicho, a abandonar el pueblo dejando toda su vida atrás. Pero no es así. O quizá sí lo sea, y los dos judíos saben de sobra que su mera presencia es capaz de despertar el fantasma del remordimiento que cada habitante de ese pueblo lleva dentro.

El remordimiento es algo muy peligroso. Salvando las distancias de los habitantes de ese pueblo húngaro (lo que les habían hecho a sus judíos era algo seguramente muchísimo más grave que lo que cualquiera de nosotros podrá hacerle a alguien en toda su vida), el peligro que tiene el remordimiento pone una barrera en cada uno de nosotros que, si no se supera con valentía, nos puede arruinar a la larga la vida. Todos tenemos la sensación de que hemos hecho daño, a alguien o a algo, en mayor o menor medida, en algún momento de nuestra vida, ya sea en nuestra infancia o en nuestra madurez. Si esa sensación se tiene en la infancia aparecen los traumas, que no nos dejarán crecer, madurar y pasar página hasta que no se superen. El remordimiento hace que aparezca con fuerza el sentimiento de culpa, o viceversa. Ambos son la peor losa que puede soportar la conciencia de una persona, un veneno del alma que impide por completo que la persona en cuestión sea capaz de acometer con total libertad el único camino de desarrollarse como ser humano: amarse a sí mismo. Puede parecer una perogrullada, pero no lo es, en absoluto. Amarse a sí mismo es la única manera de ser capaz de amar a los demás. La culpa, o el sentimiento de culpa de cada uno, más bien, no permite eso.

No es una cuestión de género, eso está más que claro. Por desgracia, la culpa, el remordimiento y la tristeza del alma que provocan ambos puede que sean los sentimientos más igualitarios que existen. Tampoco es una cuestión de edad. Como ya he dicho, el sentimiento de culpa puede aparecer durante la infancia, instalarse ahí, e impedir que la persona sea libre hasta que se libere de ese mal. Conozco tres personas que viven, o han vivido, con ese sentimiento de culpa. Dos hombres y una mujer, con edades muy diferentes, pero de carácter a veces similar. Ninguno de los tres es consciente de lo que ocurrió, de lo que les provocó esa culpa. Seguramente sería una insignificancia, sobre todo si lo comparamos con lo que les hicieron a los judíos los habitantes del pueblo húngaro de la película. Da igual. Fue algo que hicieron, o que no hicieron, o que exageran en su mente, o algo incluso de lo que les responsabilizó un adulto, sin tener en cuenta que eran unos niños a los que no se puede responsabilizar absolutamente de nada. Posiblemente un adulto tan enfermo de culpa y remordimiento como ellos. Un hecho fortuito, pero que se les quedó grabado en la memoria como la primera puerta sin cerrar.

Porque el sentimiento de culpa, o el de remordimiento, no son otra cosa que puertas sin cerrar, que provocan en las personas que las tienen y las van acumulando que su madurez quede en suspenso hasta que sean definitivamente cerradas y olvidadas.

No quererse a sí mismo conlleva una serie de problemas añadidos, de miedos que regulan muchas de las decisiones que estas personas toman en su trayectoria vital. Miedo al compromiso sentimental, a las relaciones de amistad, a hacer daño, a vivir su propia vida. Hasta que no se perdonen a sí mismos, no empezarán a quererse a sí mismos, y sus relaciones con los demás se verán perjudicadas. Para ellos, quererse a sí mismos es un síntoma de egoísmo. Lo ven así, y no hay manera de hacerles ver que es justamente lo contrario, que es el primer paso, como ya he dicho, para querer a los demás. Eso les sucede a los habitantes de ese pueblo de Hungría. Han vivido con ese remordimiento durante años, con ese miedo, y en su caso, son incapaces de perdonarse, aún a pesar incluso de que sí lo hayan hecho sus víctimas.


martes, 21 de enero de 2020

Educación, Pin parental, bizantinos y dispersiones varias


No hay nada peor en estos tiempos que dejarse llevar por la marea de noticias políticas, dadas de forma exagerada, y muchas veces tergiversada, por unos medios que parece que lo único que buscan no es ya la audiencia, sino el enfrentamiento de la población que los mira en la televisión, o los lee en los periódicos, contra la población que mira o lee los medios de signo político contrario. ¿Y qué es una noticia política? Cualquiera, porque todo, absolutamente todo, se está politizando de una manera que en España resulta perversa, vergonzosa y peligrosa, porque los dos polos opuestos, las dos Españas, cada vez tienen más claro que la única forma de convivencia posible es la aniquilación de las ideas y de las propuestas del contrario, cuando no de la aniquilación física, como se puede comprobar en las redes sociales y en las conversaciones familiares.

Se habla en estos días de la Educación, y en concreto del pin parental que VOX ha propuesto en Murcia. Supongo que a estas alturas todo el mundo sabe en qué consiste ese pin parental, pero por si acaso, haré un pequeño resumen: VOX quiere que los padres puedan autorizar a sus hijos a asistir a los cursos o charlas que organicen los colegios públicos. Así de sencillo, así de simple. Si yo, como padre, no quiero que mi hijo asista a una charla sobre educación sexual o identidad de género, o lo que sea, mi hijo no asiste, y punto. A esta propuesta contesta PSOE que no se puede, que es ilegal, que los hijos no son propiedad de los padres y que pueden tomar la decisión de asistir o no a esas charlas por su cuenta.

Y ya está el pollo montado.

Que si los hijos son del Estado, que si queremos imitar a Cuba, VOX dice que va a dar clases de caza en Andalucía, en Twitter te ponen el video de “Manolo, cómeme el coño” (sí, hay un video de una performer con ese tema, se puede buscar en Internet) diciendo que lo están enseñando en los colegios, personajes famosos como Jose Manuel Soto dice a sus miles de seguidores que en los colegios están enseñando a los niños a masturbarse, cuando lo cierto es que se trataba de un cursillo que se estaba dando en un bar de copas de Torremolinos (pagado con dinero público, eso sí…), que si un padre homófobo no puede tener la potestad de dejar asistir a su hijo/a a una charla sobre igualdad, que si tú dices eso porque no tienes hijos, que yo como padre religioso no puedo permitir que mi hijo vaya a una charla sobre ateísmo, que yo como padre anarquista no puedo permitir que mi hijo vaya a clases de religión… El circo de cinco pistas ha comenzado de nuevo su función, con discusiones que no llevan a nada más que a insultar, vejar, escupir y tratar de acabar con el contrario, como siempre. Ayer la Rosell comenta en broma que habría que aplicar el 155 a Murcia y se monta otro festival. Pero la pérdida del sentido del humor y de la cordura es otro tema que posiblemente trate en otra entrada.

Y yo me pregunto: ¿alguien se ha puesto a pensar en la educación en sí, en lo que está ocurriendo en este país con respecto a esta materia?

Vamos a recapitular un poco haciendo un poco de historia: cuando yo era un niño, la educación era importante, y ahora no lo es. Cuando el maestro te decía “dile a tu padre que venga a hablar conmigo”, yo me cagaba en los pantalones, y ahora el que se caga es el profesor, porque posiblemente ese padre vendrá a pegarle, o a decirle que no suspenda a su hijo en verano porque les ha jodido las vacaciones a toda la familia. No hay nada de respeto hacia la figura del profesor, ni respeto a la educación, ni respeto a la cultura en general. Y no nos engañemos, las familias con dinero seguirán llevando a sus cachorros a un colegio privado donde les inculquen a sus hijos sus valores, manteniéndoles además, eso sí, la mayor parte del tiempo ocupados, para que no sean los padres los que se tengan de ocupar de sus hijos. Las familias humildes llevarán a sus hijos a colegios públicos, pero con las mismas premisas de los padres con posibles, porque lo importante es que los hijos se mantengan ocupados el mayor tiempo posible, y así no me ocupo yo de ellos. Y cuando estén en casa, el poco tiempo que les deja la actividad escolar, lo mejor es que estén ocupados con el teléfono móvil, o viendo la televisión mientras cenan, o jugando al “Call of duty” en su cuarto, sin dar guerra. Porque para eso están los colegios, para educarles y para quitármelos de encima.

Entonces, ¿a qué viene tratar de controlar los contenidos que les puedan enseñar en el colegio? ¿No resulta un poco, o muy hipócrita, intervenir en algo, que es la educación, en lo que jamás han intervenido los padres? ¿No resulta muy triste y muy patético ahora rasgarse las vestiduras, cuando la educación de nuestros hijos no nos ha importado absolutamente nada hasta ahora? Todos los gobiernos, desde Felipe González hasta hoy, han estado cagándose literalmente en la educación, con leyes cada vez más permisivas, más creadoras de un entorno en el que aprobar iba costando cada vez menos. Hoy en día la educación no es más que cumplir un expediente, llegar incluso a tener estudios universitarios sin apenas esfuerzo. La cultura del sacrificio personal ni sirve ni se fomenta absolutamente nada hoy en día. Los profesores han ido perdiendo importancia, protagonismo y respeto, porque a nadie le importa la educación de unos hijos que, en su mayor parte, lo único que desean es que les cojan en un casting de Gran Hermano o en el consejo de administración de la empresa de papá o de un amigo. Esa es la realidad, y quien lo niegue miente como un bellaco. La única educación válida, que no se da ni en colegios públicos ni en colegios privados, sería la que formara a la persona en su propia identidad, la que impulsara la capacidad de cada uno de pensar por su cuenta, y de elegir los valores que mejor considere para desarrollar su vida. La que proporcionara herramientas y recursos para el desarrollo personal. No las de sus padres, si son tendenciosos en uno u otro sentido, ni las del colegio, sino las propias. Pero esto no es así.

Vemos con tristeza que los hijos de testigos de Jehová pueden perder incluso la vida por una creencia de sus padres, padres ultrareligiosos que no permitirían jamás que sus hijos no se casaran por la iglesia o que abortaran, padres independentistas que disfrazan a sus hijos con una estelada y le graban gritando “puta España” para colgarlo después en Twitter. ¿Es lógico que ese tipo de padre pueda vetar las charlas a las que pueda asistir su hijo?

La contestación más sensata a toda esta polémica, a mi parecer absurda, la ha dado en Twitter una profesora, con mucho sentido del humor pero también con cierto desencanto: “No somos capaces de hacerles a los alumnos poner un acento en su sitio, y vamos a ser capaces de hacer que se masturben…”.

viernes, 10 de enero de 2020

Lluvia Fina, de Luis Landero


¿Se puede decir algo mejor de un libro que el hecho de que te lo hayas leído de un tirón, que no podías dejarlo ni para comer, que lo terminaste una noche a las cinco de la mañana, diciendo a cada página “ya lo dejo, mañana seguiré”, sin poder hacer nada, tan sumergido como estabas en su lectura? Pues eso me ha ocurrido con “Lluvia fina”, de Luis Landero.

Fue un regalo de reyes. Me gustó nada más desenvolverlo. Soy un poco fetichista de los libros, y me gustan los libros de Tusquets, sus portadas, siempre sugerentes. Además era Landero. “Vaya, mi viejo amigo”, pensé, del que no leía nada desde “Caballeros de fortuna” pero del que sin embargo recordaba que me había gustado. Ojeé unas líneas, me gustó su prosa, siempre inquieta, siempre precisa, con ideas que se materializan en cuatro palabras. Una prosa que engancha. Me pasé el día 7 de Enero dudando. Tengo otros libros abiertos en mi mesilla, pero me apetecía meterme con Landero. El día 8 de Enero lo abrí por la primera página. Error. Me atrapó como las sirenas hubieran agarrado a Ulises de no haber taponado sus orejas con cera. Empecé a leerlo y ya no pude parar. Lo acabé anoche, a las cinco de la mañana, pensando “esto no puede ser, tienes que dormir”. Recordé aquellos tiempos de estudiante, cuando me quedaba hasta que amanecía, o las noches en la playa o el pueblo, cuando un libro me atrapaba hasta el final, cuando después de acabarlo, como sucedió ayer, los cerraba, el libro y los ojos, y pensaba “Joder, qué gran libro he leído”, con un placer que sólo pueden entender los que leen por necesidad, por vicio. Ayer me ocurrió eso, algo que ya pensaba que se había perdido hace muchos años, porque la vida nos lleva muchas veces por otros derroteros que no te permiten hacer locuras como la de quedarte leyendo hasta las cinco de la mañana, entre otras razones porque con la edad se te caen los párpados y te quedas dormido mucho antes.

La trama es sencilla. Gabriel y Sonia se casan en 1966, y tienen tres hijos: Sonia, Andrea y Gabriel, nacidos por ese orden. El padre, que era la personificación de la alegría, muere cuando los tres hijos son pequeños, y la madre, que en muchos aspectos recuerda a Bernarda Alba, se ata los machos para sacar a su prole adelante. La madre, de carácter tenebroso, decía que la alegría “trae mala suerte, porque detrás de la alegría viene siempre la desgracia”. Imaginaos la infancia que tuvieron las tres criaturas.

La novela arranca con la idea de Gabriel de reunir a la familia para celebrar el ochenta cumpleaños de la madre. Para ello, desoyendo los consejos de Aurora, su mujer, llama a su hermana Sonia para organizar el evento. Aurora, la mujer de Gabriel, es el personaje bondadoso al que todos, tanto los hermanos como sus cónyuges y la madre, le cuentan sus cosas, sus rencores, sus pequeñas mentiras que llevan fabricando desde su más tierna infancia, esos recuerdos que muchas veces no sabemos si son reales o inventados, esa vida fabricada en la que se culpan unos a otros de lo que les ha deparado la vida, ese “si tú no hubieras…” tan repetido, sobre todo en el caso de Andrea, un personaje muy conseguido, con una bipolaridad extrema en la que unas veces es víctima y otras verdugo. Aurora, por su bondad, por su mirada, por su silencio, es el paño de lágrimas de todos ellos. Esa primera llamada de Gabriel a Sonia desencadena otras llamadas, otras confidencias, una catarsis de recuerdos que se va desarrollando sin que Aurora pueda hacer otra cosa que escuchar a uno y a otro, sin juzgar, sin saber a ciencia cierta si lo que le cuentan es real o un sueño, y con la sensación, cada vez más más acusada, de estar asistiendo a la formación de una tela de araña familiar sin poder hacer nada.

Landero propone en su prosa conceptos muy interesantes relacionados con las palabras. En su inicio, ya nos dice que los relatos, ni siquiera los que se producen en el sueño, son del todo inocentes, que las palabras entrañan una amenaza y que no es cierto que el viento se las lleve tan fácilmente. Quedan ahí, larvadas y a la espera de desarrollar su poder, de reavivar rencores y heridas que jamás han quedado del todo cerradas. Con mucha ironía y un sentido del humor en cierto modo negro, Landero nos habla, por boca de Aurora, de ese “montón de palabras que todos tenemos que son como fieras enjauladas y hambrientas que están rabiando por salir a la luz”, o esas “cosas que se dicen pero que en realidad no se sienten, ideas fijas momentáneas”, o las “conversaciones que dicen poco pero que confirman la continuidad y la dulzura de los hábitos”.

Todos tienen algo, algún fantasma, un trauma infantil, un recuerdo distorsionado por el tiempo y una imaginación desbordada. A medida que avanza la novela descubrimos más de cada personaje y aparecen otros nuevos, como Horacio, que vive en una especie de mansión encantada llena de juguetes y cómics y se convierte en el primer marido de Sonia hija, o Roberto, su segundo amor.

Leyendo la crítica de la novela me entero de que Landero la escribió en cuatro días, como un fogonazo de imaginación que tuvo tras conocer una noticia en un periódico. Se nota la pasión, la velocidad en la escritura, la revelación en cada frase, ese estado de frenesí que suele provocar que lo que se escribe se haga con el alma, del tirón, y eso es precisamente lo que hace que la novela enganche. No os fieis mucho de la guarda que la editorial ha colocado en los ejemplares como reclamo publicitario, en la que se compara esta novela con “Patria”, de Aramburu. No tiene nada que ver, en absoluto, o al menos a mí me lo parece. “Patria” es la reflexión, la hondura, el compromiso. “Lluvia fina” es el torrente, la catarsis, el pasado que hace daño sin ninguna injerencia exterior, como en “Patria”. En lo único que probablemente se parecen un poco es en la perfección, en la humanidad con la que están construidos los personajes, aunque para mi gusto los de Landero son más interesantes por sus picos de carácter y sus puntos de inflexión.

Una novela más que recomendable, de esas que te hacen pensar en tu propia existencia, reflexionar sobre muchos aspectos de tu vida, e indagar en las causas del porqué de muchos de tus comportamientos vitales, tomando conciencia de los episodios de la infancia en los que pudieron tomar forma.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Dolor y Gloria. Reconciliación y respeto



Una persona me comentó en Twitter que las dos películas más punteras para los Premios Goya del año que viene son “Cuando acabe la guerra”, de Amenábar, y “Dolor y Gloria”, de Almodóvar. Al leer ese tuit comenté que la de Amenábar ya la había visto (y me gustó mucho, por cierto), y que la de Almodóvar me daba pereza, la verdad. Esa persona comentó “Almodóvar te puede gustar mucho o nada. Esta es de las que te gustan”, así que decidí verla.

No con mucho entusiasmo, la verdad. Con Almodóvar la mayoría de las veces me ha ocurrido siempre lo mismo. Sus temas recurrentes (infancia en la España profunda, curas perversos en el seminario, toqueteos y escenas de sexo explícito puestas ahí para escandalizar…) llegó un momento, cuando empezaron a enranciarse, que me aburrían. Me parecía uno de esos directores que se escandalizaban, o trataban de escandalizar, por lo que ya no se escandalizaba nadie, con una mezcla de ranciedad y modernidad que se me estaba haciendo muy complicada de digerir. Conste que lo intenté muchas veces, pero a partir de “Que he hecho yo para merecer esto”, con honrosas excepciones como “Átame” o “Hable con ella”, la verdad es que siempre me pareció que hacía la misma película, su película.

El comienzo de “Dolor y gloria” no fue una excepción. Mis prejuicios mandaban. “Ya está con lo de siempre. Escena bucólica de su infancia, curas perversos en el seminario…”. Pero no. En esta ocasión esos temas estaban tratados de otra manera, como con cariño, sin malos recuerdos. Poco a poco me fui enganchando. En la conversación que Antonio Banderas sostiene con Cecilia Roth (para mí los dos son muy grandes actores, que mejoran con el tiempo) aparece lo que, después de verla, es para mí la clave de la película. Salvador (Antonio Banderas) le dice a Zulema (Cecilia) “He vuelto a ver “Sabor” (una de sus primeras películas como director) y la actuación de Alberto Crespo (Asier Etxeandía, soberbio, para mí lo mejor de la película) no me ha parecido tan mala como cuando se estrenó. La película ha envejecido bien”. Zulema le contesta “Son tus ojos los que la ven de otra manera. La película sigue siendo la misma”.

Y es eso precisamente lo que le ha ocurrido a Almodóvar, o al menos a mí me lo parece. De alguna manera su alma ha cambiado, ha limado asperezas con su vida, se ha reconciliado con un montón de cosas, y ha filmado una película soberbia, en la que la reconciliación, el perdón, la necesidad, que parece llegar a medida que se prolonga nuestra vida, de cerrar el círculo, lo impregna todo, desde el personaje de Salvador al de Alberto, pasando por el de Federico, probablemente la mejor actuación de Leonardo Sbaraglia que haya visto nunca.

Poco a poco Salvador va remontando una culpa, un episodio de su vida que indudablemente no ha superado. Un episodio entre muchos otros que le afectan que le han llevado a una especie de postración mental y física, teñida de una infinita tristeza, de la que parece querer salir pero sin saber muy bien cómo. La conversación con Zulema le lleva a visitar a Alberto, con el que no hablaba desde el estreno de “Sabor”. Esa visita le lleva a otras situaciones, a reencontrarse con otras personas que formaron parte de su pasado y que le dejaron una huella tan tremenda que le afectó en su estado de ánimo, sumiéndole en una especie de depresión de la que, hasta este momento, no se había molestado en salir. Son sus nuevos ojos, esa nueva alma, ese ver la película de otra manera, no tan crítica, y sí más entrañable, lo que le va empujando, sin que apenas sea consciente, a volver a ver la luz.

Me iba enganchando a la película, no cabía duda. Con cierta sorpresa, no demasiada, porque a Sergio, mi hijo, le había encantado, y si a Sergio le gusta una película, inevitablemente me gusta también a mí. Pero coño, es que es Almodóvar, el de siempre, el de la Movida, que a veces parecía haberse quedado anclado en el Madrid de los 80, con esporádicas salidas al pueblo en el que transcurrió su infancia. No, esta vez Sergio se ha equivocado (pensaba yo), no puede ser.

Pero no, Sergio no se había equivocado, en absoluto. 

Estaba disfrutando del intimismo de la película, de sus toques de humor (inolvidable la tertulia de la Filmoteca), de sus momentos de nostalgia, de la remontada de Salvador. Estaba gozando de la película, y de repente, llega esa escena, tan de Almodóvar, tan simple y grande a la vez, en la que Alberto (Asier Etxeandía), antes de ensayar su monólogo, el soberbio monólogo que pone la carne de gallina y que es la piedra fundamental de toda la película, enciende un casette y da unos pasos de baile con los primeros compases de la mítica versión de “La vie en rose” que interpretó en los 80 Grace Jones. En ese momento caí rendido ante el genio de Almodóvar. Es increíble que se pueda expresar tanto sentimiento, tanta serenidad del alma, con una escena que apenas dura unos segundos.

No sé cómo transmitir la tremenda sensación de paz, de tranquilidad del alma, de belleza y de sentimientos a flor de piel que me ha proporcionado la película. La reconciliación personal de Almodóvar con sus fantasmas, con unos traumas que indiscutiblemente viene arrastrando desde su más tierna infancia, ha supuesto también mi reconciliación con su cine, con su alma, con su manera de narrar. He visto sinceridad, mucha, y coraje, al desnudar su espíritu en la forma en que lo ha hecho en muchas escenas. He visto una simbiosis perfecta entre el personaje, su intérprete, y el director. En una entrevista dijo Banderas hace poco que no sabía explicar muy bien los sentimientos que había tenido a la hora de interpretar a Salvador. Se ha metido tanto en el papel, probablemente el más grande de su carrera, que no interpretaba, sino que era el mismo director de la película.

Igual es un poco tarde para recomendarla, pero si podéis no dejéis de verla. Una película extraordinaria, de esas que te remueven el alma hasta el punto de ver las cosas de otra manera mucho más serena y tranquila. Enhorabuena, maestro.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Sembrar... Recoger.


Tal fecha como hoy, hace ya seis años, fue un día triste para la familia. Se fue mi padre, sin hacer ruido, en silencio. Había decidido por su cuenta dejar de bailar, evitar lo que probablemente se le hubiera venido encima, un tratamiento duro. Me lo imagino muchas veces diciendo “¿Que me van a hacer qué? Quita, quita, yo me largo…”. Ya le dediqué una entrada por aquellas fechas, quienes le conocieron le llevan todavía en su interior, saben y aprecian lo que sembró. De los que quiero hablar ahora es de los que estuvieron en el último momento, acompañándole en el tanatorio y en la incineración, en la Almudena.

Recuerdo la soledad inicial, el amanecer de la noche en que falleció, mi hermano y yo en la habitación del hospital. Poco a poco fue llegando gente. Mi cuñada creo recordar que fue la primera, desconsolada. Después mi cuñado y mi hermana, y poco a poco todos los demás. Después de hacer las gestiones necesarias, le trasladamos al tanatorio de San Isidro.

Familia, amigos, conocidos y hasta vecinos llenaban la sala, durante todo el tiempo. Hubo abrazos, besos, charlas emotivas de la gente que le conocía, recordando anécdotas, viajes, discusiones, comidas, encuentros y desencuentros en los que él había participado. La imagen que tengo de aquel día y el siguiente es de la cantidad de gente, de la cantidad de lágrimas que se vertieron en su honor.

Recordé lo que me había dicho mi jefe durante la incineración de Pilar, mi mujer, en septiembre de 2008, a la que también acudió muchísima gente. Yo me sorprendí al ver allí no sólo a compañeros, sino incluso a personas que simplemente trabajaban en la misma obra pero que no pertenecían a mi empresa. Al comentárselo a mi jefe, este me susurró al oído “recoges lo que siembras”.

Se me quedó grabada esa frase. La recordé también el 4 de Octubre de 2017, hace poco más de dos años, cuando falleció el padre de mi novia. El escenario era diferente, un tanatorio pequeño, pero muy entrañable, a las afueras de Benalmádena, pero el sentimiento era idéntico. Cuando llegamos allí, desde Madrid, en el primer AVE que salió de Atocha, todavía era pronto, pero a medida que avanzaba el día, aquel pequeño rincón se fue llenando de gente, de familia llegada de Barcelona, de Cádiz, de Valencia… De amigos, de compañeros de trabajo del Ayuntamiento, de clientes… Todos recordaban a aquel hombre con cariño, y contaban anécdotas, vivencias, manías, rasgos de su carácter… Exactamente igual que con mi padre. Vidal también había sembrado, y mucho. No coincidí con él demasiado, ni por la distancia ni por el tiempo, pero era una de esas personas que por su forma de ser dejan huella profunda en el alma.

Pilar, Jose Luis, Vidal, Raimundo, Enriqueta y muchos otros… Ellos sembraron. Cada uno de los que les hemos conocido les llevamos en nuestro interior. Y no hablo en un sentido metafórico, no. En muchas ocasiones somos ellos, actuamos exactamente igual que ellos. Están en nosotros, y en muchos de los que llenaron también la sala del tanatorio, de los que abarrotaron el comedor de su casa cuando todavía no era muy usual el uso de los tanatorios, de los que formaron cuando se fueron un ejército de personas que les lloraba, pero que también sonreían recordando su vida, su forma de ser. Llorar porque se han ido, reír por haber tenido la inmensa suerte de haberles conocido. Personas que siembran, personas que recogen.

No recuerdo la fecha. Ni siquiera el año. Tenemos tendencia a olvidar los sucesos que nos han amargado, y aquel fue probablemente el que más tristeza me ha causado en toda mi vida. El padre de un supuesto amigo había fallecido, y estaba en el tanatorio de una ciudad fuera de Madrid. No fui por el amigo, sino por aquel hombre entrañable, al que yo había conocido cuando era niño, en el colegio, cuando era compañero de ese supuesto amigo. Creo que jamás he sentido una angustia tan profunda como cuando entré en la sala de aquel tanatorio. El supuesto amigo estaba sentado en un sillón, con su mujer al lado, mientras su hija pequeña jugaba con unas muñecas en una mesita supletoria.
No había nadie más.

Tuve una sensación muy extraña, de profunda pena. Ni por lo más remoto me hubiera imaginado algo así. Recuerdo que pensé que aquel hombre no merecía aquello, que su carácter jovial, siempre con una anécdota que contar con aquella agradable voz que todavía recuerdo, siempre generoso a la hora de mostrar sus sentimientos, tenía que haber sembrado por fuerza en el alma de muchas personas, como lo habían hecho Pilar, mi padre, Vidal, mi abuela… No podía ser, no es justo que una persona esté tan poco acompañada en su partida. No me entraba en la cabeza. Después de dar el pésame, salí con mi supuesto amigo a la puerta del tanatorio. Allí, sentados en un banco, mi supuesto amigo aprovechó la ocasión para pedirme dinero prestado. Le negué el préstamo, le saludé, le di un apretón de manos, y me marché. No he vuelto a verle más, por suerte. No me molestó, no me dolió, más bien, que me pidiera dinero, sino que le hubiera robado a su padre, con sus acciones y su comportamiento, la oportunidad de recoger lo que, sin ninguna duda, aquel hombre había sembrado a lo largo de su vida.

Ayer estuve leyendo unas notas de mi padre, escritas con esa letra suya tan peculiar. Anécdotas de una Semana Santa en Gandía, con nuestros hijos todavía niños dando la brasa ("¿Cuándo llegamos? ¿Cuándo comemos? Me meo…"), pensamientos de grandes hombres que copiaba de libros o del ordenador… Siembra.

Hoy es un día triste, porque se fue, pero también es un día alegre, porque está ahí, a nuestro lado. Muchas personas se obsesionan por dejar algo para la posteridad, por ser ricos y famosos, por ser recordados, como Aquiles, o por dejar una cuantiosa herencia… Yo me conformo con sembrar un poco, aunque sea la décima parte de lo que han sembrado en mi alma las personas a las que he tenido la inmensa fortuna de conocer.


viernes, 29 de noviembre de 2019

El problema catalán. Opinión de un centralista opresor


Antes de nada, aclarar que el centralista soy yo, por supuesto. El hecho de vivir en Madrid, haber nacido en Madrid, y estar orgulloso de ser de Madrid, me convierte en un centralista opresor a ojos de muchos que claman contra “los españoles opresores” en muchos foros relacionados con el independentismo.

Voy a hacer un poco de historia. Es necesario para aclarar lo que pienso del problema catalán. Nací en Madrid, ya lo he dicho, pero he sido siempre, desde que recuerdo, un enamorado de la cultura catalana (de la madrileña también, ojo. De la cultura en general, para qué me voy a engañar). O lo era, al menos, cuando esta existía. ¿Por qué? Pues muy sencillo: me encantan los comics, o los tebeos de siempre, vaya, y las mejores editoriales de tebeos (Juventud, Toutain, con su editor, "Filstrup", todo un personaje, en la foto de la izquierda), Bruguera, Toray y muchas otras) estaban en Barcelona.

Además de eso, viví la transición, para mí una época más dura que la dictadura de Franco (probablemente porque cuando Franco murió yo tenía 14 años y no me había dado tiempo a enterarme de nada), con palizas continuas de cachorros de ultraderecha a todo el que paseara por sus feudos (los bajos de Aurrerá, la calle Goya, zonas de la calle Serrano y la Plaza de Colón, etc…). La matanza de los abogados de Atocha en el 77 fue un mazazo al clima de libertad que se quería respirar, a pesar de la resistencia de los políticos que conformaban el famoso “Búnker”. Los grises repartían ostiones por la calle, se legalizó el PCE tras mucho sufrimiento… Eran tiempos duros. Los personajes de películas como “Camada negra” eran reales.


Yo tenía entonces una filosofía muy claramente de izquierdas (natural. Era joven. Ahora doy bandazos de un lado a otro sin saber dónde anclarme, y sin ganas, no voy a negarlo), y escuchaba una y otra vez el disco de Lluis Llach en el Olympia, hasta el punto de aprenderme las canciones en catalán. Escuchando a Lluis Llach pasé un buen día a escuchar a Sisa, del que me iba comprando todos los vinilos hasta aquel “Sisa y Melodrama” del 78 o 79. Recuerdo que en 1979 fui a un concierto suyo en Bellreguard, Valencia, en el que también participaban La Companya Eléctrica Darma, All Tall y algún otro (en realidad no lo he recordado. Me ha ayudado mi hermana, que también estuvo allí con mi cuñado y unos amigos. El cartel está a la izquierda más abajo). Allí ocurrió algo que me chirrió. Cuando preguntamos al que estaba en la taquilla el precio de la entrada nos contestó en valenciano. El que estaba a su lado le dijo “no te entienden. Hablan el idioma del reino”.


¿Del reino? (pensé yo). ¿Qué reino?

No le di importancia al incidente. Supuse que era una consecuencia de la fama de chulos que siempre hemos tenido en todas partes los madrileños. He trabajado fuera de Madrid muchas veces, y después de un tiempo, tanto en Galicia como en Murcia como en Avila, y hasta en el mismo Barcelona (mi empresa tenía una delegación allí y tengo muy buenos amigos en esa ciudad) he escuchado “pues tú no eres un chulo como el resto de madrileños”. El caso es que seguí escuchando música de Sisa, de Pau Riba, de la CED, de Iceberg, de Tete Montoliu, de Jordi Sabatés… Seguí leyendo revistas como 1984, fancines como “El Rrollo enmascarado” en el que destacaba Nazario y sus estrambóticos personajes, “El víbora”, con Nazario otra vez y su inolvidable Anarcoma, “Makoki”… Al lado del panorama catalán, Madrid parecía un erial, si bien con una revista emblemática, TOTEM, editada por Nueva Frontera y hoy objeto de culto, que además había sido la primera de ese tipo en salir al mercado.

A partir de los 80 comenzó la crisis cultural. Jordi Pujol empezó su andadura en el 80, y Felipe González, en 1982. Bajo las políticas de uno y otro fueron desapareciendo las editoriales de aquel paraíso cultural (os recomiendo “LOS PROFESIONALES”, de Carlos Giménez, la historia de este dibujante madrileño que emigró a Barcelona a dibujar tebeos), y los cines fueron transformándose en bingos. A veces, muchas veces, he pensado que tanto Pujol como González cogieron la bandera de acabar con la cultura para engendrar la ignorancia, tan necesaria siempre para los nacionalismos. Posiblemente hasta estuvieran de acuerdo en todo momento, hermanados en la turbiedad y en sus manejos particulares. Surgió en Madrid la Movida Madrileña, y en Cataluña personajes tan importantes como Boadella, que ya había luchado contra la Dictadura franquista, Flotats, o Josep María Pou (impagable su discurso cuando le otorgaron el premio al catalán del año, con Torra a su lado con el lacito amarillo y los de TV3 cortando el final. Este es el enlace: 


Y a partir de ahí, la decadencia. Los músicos catalanes que me gustaban desaparecen o se dedican a otra cosa, los únicos tebeos que proliferan son el manga o los superhéroes, a Boadella le defenestra la Generalitat cuando estrena UBU PRESIDENT en el 95, Flotats emigra a Madrid… Poco a poco, la cultura nacionalista, es decir, la NO-CULTURA, se va apoderando de todo. El Borne, que había sido cerrado en los ochenta, resurge de sus cenizas como un manifiesto panfletario de una falsa historia que se empeña en tergiversar la historia para dotar de fundamento al catalanismo. Esto de cambiar la historia llega a extremos ridículos con un instituto, NOVA HISTORIA, que la Generalitat se ha sacado de la manga para justificar históricamente lo injustificable, llegando a conclusiones tan peregrinas como que Colón, Shakespeare, Santa Teresa, el mismo Jesucristo y hasta la antigua Roma eran catalanes. Esto es lo de siempre, alguien debe estar forrándose con las subvenciones que recibe esta institución, a la que el mundo académico histórico oficial nunca invita por lo ridículo de sus afirmaciones.

¿Y cual es la conclusión de todo esto? Que un grupo dudosamente mayoritario en Cataluña (vamos a suponer que en torno al 50%) está promoviendo un deseo independentista basado en una falsa historia, en un falso catalanismo y en una intimidación diaria y continua (manifestaciones, huelgas, intolerancia lingüística en colegios e instituciones, etc) del otro 50% que se opone a esa independencia. Pero es que aunque sea menos el porcentaje de los que no quieren hablar de independencia, los políticos deberían desestimar la idea de imponerla por la fuerza, y deberían educar a la población para valorar si, de una manera lógica y dialogante, se podría conseguir esa independencia en un futuro, y sobre todo, analizar todas y cada una de las consecuencias económicas, sociales y culturales que conllevaría esa independencia. Algo parecido a lo que sucedió en Quebec, que también quería la independencia de Canadá. Pero no, la clase política catalana ha preferido empezar la casa por el tejado. En lugar de eso, lo primero que han hecho ha sido inventarse el enemigo, ese estado opresor que es España, para jalear a unas bases (los CDR) que siembran el caos en su propia casa. y tratar de convertir en mártires a una serie de supuestos “presos políticos” que lo único que han hecho ha sido saltarse la ley que salió de una Transición que sí que estuvo plagada de presos políticos reales. Parece mentira que sean los propios políticos catalanes los que provoquen esta situación, incluso a sabiendas de que la mitad de la población de Cataluña no está de acuerdo con su idea independentista, o por lo menos con la idea de imponerla por la fuerza. Les da igual. No les importa el odio que se está generando, alimentado por la ignorancia, primero entre los propios catalanes, y después entre estos y el resto de España.


Os invito a asomaros a la cultura catalana. Ya sé que el que es del Real Madrid o del Atlético de Madrid odia a muerte al aficionado del Barsa, pero las cosas no son así. Que no os chirríe escuchar el catalán, porque en la intimidad lo hablan muchas personas que se sienten españolas. He conocido a catalanes más españoles que muchos que se dicen españoles, y viceversa. No os dejéis engañar, conoced por vosotros mismos la cultura catalana, porque esa es la única manera de eliminar los prejuicios: conociendo. Ni los madrileños somos chulos ni ellos son peseteros, pero para darse cuenta de eso hay que hacer el esfuerzo de conocerlos y entenderlos. No permitamos que se nos utilice como un enemigo contra el que luchar y del que separarse. No somos opresores, sino en todo caso oprimidos de otra manera, pero por los mismos negros poderes que siembran el caos en Cataluña. No dejemos que unos pocos nos hagan odiar al resto. Ni es justo, ni es sensato.

Os dejo con esta canción de Sisa, que en su día se convirtió casi en un himno:


“Qualsevol nit pot sortir el sol”, 1975. El insuperable estribillo es la mejor muestra de una hospitalidad que siempre ha existido en Cataluña, por mucho que se empeñen unos cuantos en echar de allí a los que no piensen como ellos. "Bienvenidos, pasad, pasad. De las tristezas haremos humo. Mi casa es vuestra casa, si es que la casa es de alguien”.