domingo, 12 de abril de 2020

Amén, de Costa Gavras. Disciplina de partido, disciplina de vida


“Amén” es una película de Costa Gavras rodada en el año 2002, que nos cuenta la historia de dos luchas diferentes durante los años del holocausto alemán. Por un lado, la de Kurt Gerstein, un personaje real, integrado en las SS, que cuando ve lo que sus compañeros nazis están haciendo con el gas Ziklon B que él mismo está suministrando a los campos de concentración, decide denunciarlo a las autoridades, a la prensa extranjera y a la iglesia a la que pertenece como practicante, jugándose la vida y la de su familia en el empeño. La otra lucha es ficticia, y la emprende Ricardo, un jesuita que se opone a la matanza, y a cuyo dolor hace oídos sordos el Vaticano. La película narra, de una forma magistral, la indiferencia de todos aquellos que sabían lo que estaba pasando, y decidieron callarse.

Hoy me he acordado de esa película porque recuerdo que, cuando la vi en el cine, lo que más me impresionó de la misma, y me pareció un acierto de guión y un recurso increíble para provocar angustia en el espectador, era que cada pocas escenas salía un tren, cargado de judíos, rumbo a Auschwitz. Una imagen que apenas duraba unos segundos, pero de una enorme carga emocional. Los dos protagonistas hablaban con sus superiores, enviaban cartas, veían que se les abrían unas puertas y se les cerraban otras, pero cada día que pasaba, inexorables, inevitables, seguían circulando con su carga humana esos trenes de la muerte rumbo a Auschwitz.

He recordado la película, esa escena de los trenes en particular, porque me parece una metáfora perfecta de la situación que estamos viviendo estos días. No importa lo que se diga en los medios, lo que acuerden los partidos políticos que gobiernan y los que no, lo que ocurra en los hospitales y en las residencias. Cada día, inexorable, como una losa, sin que nadie pueda evitarlo hasta el momento, hay una cifra de fallecidos que varía, a veces a más, a veces un poco más baja, pero siempre muy superior a las cifras a las que estamos acostumbrados.

La situación es dantesca. Dado el peligro de contagio, la mayoría de esos fallecidos no han podido ser despedidos por sus familiares, que posiblemente ni siquiera les hayan visto días o incluso meses antes de su ida. Se van solos, sin compañía, sin lágrimas de despedida, sin el afecto de los suyos que tan necesario es en un trance tan duro como lo es el dejar la vida. Se van sin más, en silencio, sin compañía, dejando en los suyos, y en los sanitarios y médicos que presencian su último suspiro, un hueco en el alma y una desazón que va a resultar muy complicada de reparar.

Y mientras ese caudal de fallecidos sigue circulando ante nuestros ojos cada día, como ya he dicho inexorable, constante, fatídico y con toda su carga de dolor y desconsuelo, se alzan voces en muchos lugares, en muchos partidos, en muchas redes sociales, que tratan de encontrar la causa, la culpa, la responsabilidad ante esas muertes. Es muy sencillo: el culpable es el partido político del signo contrario al que sigo como sigo a mi equipo favorito de fútbol, a muerte, y nunca mejor dicho. Entre esas voces también las hay de carroñeros, de oportunistas para los cuales cualquier acción, por muy REPUGNANTE que sea, es válida para vomitar su odio contra el partido que gobierna, bien en la nación o en cada comunidad autonómica, en un intento desesperado por arrancar el poder de manos de quien lo ostenta en este momento. Esos carroñeros no dudan ni un segundo a la hora de realizar montajes fotográficos, utilizando ataúdes situados en determinados lugares más o menos emblemáticos, más o menos simbólicos, para desatar la ira contra el contrario de los que están con ellos por esa obscena manera de hacer política, y la repulsa de muchas otras personas, entre ellas muchos de sus propios votantes, que no están de acuerdo en utilizar a los fallecidos como arma arrojadiza. Pero a estos carroñeros prefiero no prestarles ni un segundo de atención. Su propia estupidez, y esa constante apología del odio, les pasará factura en un futuro más o menos incierto.

Los partidos políticos en nuestro país, y probablemente en muchos otros lugares del mundo, se han convertido en entes absolutamente deshumanizados, en lugares en lo que lo más importante no es el bienestar de la población, sino la propia disciplina de partido que dicta, además, que hay que hacer la guerra al oponente, sacar a la luz el máximo posible de trapos sucios del mismo, para robarle votos, porque para los partidos ya no somos personas, sino simples votos. Cuando se hacen elecciones en España esos partidos ocupan lugares destacados en tres posibles instituciones diferentes: gobierno central, gobiernos autonómicos, y ayuntamientos.

Y es ahí donde reside el problema. Llevamos muchos años comprobando que en muchas ocasiones, el gobierno autonómico o el ayuntamiento está ostentado por un partido de signo opuesto al que lleva el gobierno de la nación. Seguro que más de uno ha tenido alguna vez un problema administrativo y ha escuchado “no, eso es competencia del Ayuntamiento”, “es competencia del gobierno central”. Las fronteras a la hora de tomar decisiones no están muy claras, y esos organismos se desmarcan de sus competencias muchas veces culpando al contrario. Lo vimos hace poco con el tema del hacinamiento de chavales en las residencias de MENAS. La Comunidad culpaba al Ayuntamiento de la situación, y viceversa. Podemos imaginar fácilmente que, cuando ocurre eso, tanto la Comunidad le pondrá zancadillas al gobierno central, como el gobierno central a la Comunidad. Se paralizarán actuaciones por parte de uno y del otro simplemente por esa disciplina de partido que antepone su interés de joder al contrario, al interés por hacer un buen servicio a la comunidad. Se pondrán innumerables zancadillas administrativas para que el otro fracase, se taparán trapicheos, se contratarán fastos carísimos a personas afines a la institución correspondiente, o al familiar que precisamente se dedica a fabricar farolas, que tanta falta hace cambiar en toda la ciudad. Es inevitable, estamos acostumbrados a esas trampas, a esas “travesuras” políticas de unos y otros, a esa lacra mezcla de picaresca, ambición y estupidez.

El problema es seguir haciendo eso mismo en una situación como esta.

Ese es el problema. Paralizar un envío de material sanitario en la frontera “por una cuestión administrativa”, simplemente porque lo haya pedido para una determinada Comunidad un partido de diferente signo, es un problema. Comprar material defectuoso con un dinero que no te pertenece, es un problema. Esos aviones de material sanitario que no terminan de llegar, son un problema. Esos respiradores que misteriosamente no se homologan por parte de Sanidad, son un problema, y todos esos problemas, que habría que resolver de un plumazo, con coraje y decisión, están costando vidas.

Es imprescindible, urgente como jamás lo ha sido, y una cuestión de sentido común, que los partidos políticos en su totalidad abandonen su disciplina de partido y se pongan de una vez a trabajar por el bien común, por la salud del país, por la VIDA de las personas. No pueden seguir dedicándose impunemente a sus trapicheos, sus zancadillas, sus insultos al contrario, su “y vosotros más” al que nos tienen acostumbrados, porque eso, señores, está costando vidas. No se trata de buscar culpables en estos momentos, porque eso no soluciona nada. Ya llegará el momento, en un futuro más o menos incierto, de investigar si esos respiradores fueron retenidos por una cuestión administrativa o una negligencia, o si los contagios se produjeron en los aviones cargados de pasajeros procedentes de países en riesgo porque los TCP de vuelo no llevaban las protecciones adecuadas en el momento adecuado, o si la flagrante falta de EPIS se debe a compras fraudulentas, o a que alguien se ha forrado con las gestiones necesarias, o a que alguien ha ocultado de mala manera lo que estaba ocurriendo en la residencia de su responsabilidad, o si la Comunidad sabía perfectamente lo que ocurría en sus residencias, o si se podían haber tomado otras medidas mucho más efectivas para detectar a los asintomáticos que han estado trasmitiendo el virus, sin que nadie lo detectara porque no presentaban síntomas.

Ya llegará el momento de investigar las causas, porque de unos fallecimientos será culpable la pandemia en sí, de otros una institución, una Comunidad, un departamento de compras, un director de residencia, un ministro o un partido, y de otros cualquier otra causa que se determine en esa necesaria investigación. Pero lo que está claro es que no hay un único culpable, sino muchos, muy variados y de diferente signo según el lugar que se analice.

Pero ahora, por favor, poneos de acuerdo todos para detener esos trenes de la muerte que circulan inexorables cada día.



sábado, 21 de marzo de 2020

Prudente temor, patológico terror


Mi amiga Myriam me ha pasado esta mañana un video que me ha dado mucho que pensar. Myriam es una de esas personas con las que tengo el privilegio de mantener una amistad de esas que, aunque por circunstancias se encuentre larvada durante largos periodos de tiempo, surge con fuerza cada vez que nos ponemos de acuerdo. Los dos tenemos una sensibilidad muy parecida con respecto a nuestro entorno, a nuestra gente, a los amigos y al propio concepto de amistad. El caso, decía, es que esta mañana me ha pasado este video, comentándome que la había tranquilizado bastante:


Y es verdad, lo que dice este hombre, además de tener mucho sentido desde el punto de vista científico, aporta mucho con respecto a lo que debería ser nuestro comportamiento durante estos extraños días que estamos viviendo.

La situación nos sobrepasa a todos. Nadie, y repito, NADIE (ni siquiera nuestros mayores, que sonreirían socarronamente diciendo “esto ya lo he vivido yo” si realmente hubiera sido así) se ha encontrado jamás ante una emergencia como esta. El inolvidable “quédense en sus casas” que salía de un vehículo en marcha en la localidad de Benidorm el pasado sábado día 14 de marzo (sí, la alerta nos pilló a mi madre y a mí allí, en una visita de varios días a mis primos Isabel y Miguel, pero eso es otra historia…) se asemejaba vagamente a una escena vista en alguna película de ciencia ficción, pero a nada vivido realmente. Recuerdo al principio a mi madre descolocada, sin saber muy bien qué hacer, hasta que decidimos regresar a Madrid el domingo.

El vídeo de este hombre comienza con el llamamiento a la tranquilidad del presentador. “¿Por qué no nos pone un poco de tranquilidad en todo esto?”. Es importante mantener la calma, y Alfredo Miroli nos habla de los dos tipos de miedo que nos pueden sobrevenir. Por un lado, está el “Prudente temor” (mejor me cuido), y por otro el “Patológico terror”, que viene además acompañado de discriminación. Pero no voy a desvelar más sobre el video. Aunque es un poco largo, os recomiendo que lo veáis, ya que da muchas pautas para prevenirse contra el contagio. Es especialmente interesante también la parte que le dedica a la epidemia de peste que se cebó en Europa en la Edad Media, y en la que por culpa de ese “patológico terror” murieron más de 25.000.000 de personas en lugar de las 200.000 que deberían haber muerto (la causa de ese aumento os va a sobrecoger).

El tema está en lo que significa ese “Prudente temor”. Ayer estuve hablando con mi prima Maise, que trabaja en el 12 de Octubre (mi aplauso de las ocho de hoy ha sido para ella). Tenía miedo, pero era ese miedo prudente que la va a llevar a protegerse. Es como el miedo que tienen los que montan los andamios en las obras de construcción. Una vez me dijo uno de esos montadores “tenemos miedo, pero lo superamos y cumplimos con nuestro trabajo. El que no tiene miedo es el que se cae”. Y ese es el quiz de la cuestión. Creo que todos tenemos que tener en estos días ese “prudente temor”, mantener las indicaciones que se están dando desde las instituciones, no salir de casa, valorar el trabajo de los miles de héroes anónimos que se están jugando la vida, y centrarnos en llevar este problema, vuelvo a repetir que completamente desconocido, de la mejor manera posible.

Pero yo iría incluso un poco más allá: el confinamiento nos ha llevado a una nueva situación que en algunos casos puede producir stress por la falta de costumbre, por el contacto continuo con algún familiar o por esa incertidumbre sobre lo que va a durar en el tiempo. Ese “prudente temor” creo que se puede dedicar a hacer algunas actividades que igual no se nos ha ocurrido realizar antes. Existen multitud de iniciativas de plataformas digitales para aprovechar bien el tiempo. Podemos hacer cosas incluso por los que están enfermos, como escribir cartas anónimas para los que están aislados, preocuparnos de los mayores con menos recursos que están solos en sus casas… Hay multitud de páginas en Internet (no pongo enlaces, pero se pueden buscar sin problemas si es que no os han llegado ya por wasap) que se han centrado en lo que debería ser nuestro caballo de batalla, nuestro objetivo principal, que no es otro que el de arrimar el hombro, empujar todos en la misma dirección para terminar cuanto antes con esta situación.

Los que se han dejado llevar por el “patológico terror” no deberían merecer ni siquiera nuestra atención. Y no me refiero únicamente a los estúpidos que se empeñan en salir a la calle sin protección alguna, en parejas y sin un rumbo fijo, no, ni a los que montan broncas en los supermercados o acaparan productos como si no hubiera un mañana (y algún descerebrado incluso cuelga en Twitter el video de su casa llena hasta el techo de productos). Me refiero también a los que siguen increpando y sembrando el odio con dogmas políticos, culpando a la izquierda de convocar las manifestaciones previas a la crisis, y a la derecha de haber recortado los presupuestos de Sanidad para inyectar a los bancos, lo que provoca la falta de medios. Me refiero a los políticos de otras comunidades que hacen chistes sobre los muertos de Madrid. Me refiero a los que insultan a los responsables visibles de la gestión de la crisis, y a los que en Twitter hacen predicciones apocalípticas anticipando el fin de la especie, y culpando a unas personas a las que les viene muy bien que disminuya el número de seres humanos en el mundo. Me refiero a los descerebrados que piden comida a domicilio y ni siquiera son capaces de tomar la más mínima medida de seguridad con la persona que se la lleva a casa. Me refiero a esos que cogen el coche para pasar el fin de semana a su segunda residencia, sin tomar tampoco la más mínima medida. Me refiero a esos que han estado en lugares de riesgo y lo ocultan, como dice el doctor en su video, y ni siquiera toman las precauciones mínimas. Todas estas personas se han dejado llevar por el terror, y en estos momentos tenemos que ser fuertes para no dejar que sus cantos de sirena nos afecten lo más mínimo en lo que es nuestro objetivo, que es mantener la tranquilidad y arrimar el hombro en la medida de nuestras posibilidades. No hay que prestarles ni un segundo de atención, ni en las redes sociales ni en los medios. Son cobardes a los que lo mejor es despreciar, apartarlos de nuestro lado para siempre.

Hay muertos en esta crisis. Muertos que de momento están aumentando con cifras alarmantes en todo el mundo. Por respeto a esos muertos, por respeto a la vida, debemos centrarnos en tranquilizarnos y en tomar las medidas que debemos tomar para evitar los contagios. Ya habrá tiempo, cuando las aguas se hayan calmado, para pedir explicaciones y ajustar cuentas con los que han preferido dejarse llevar por el “Patológico terror”.

jueves, 5 de marzo de 2020

El mes que, como mujer, viví peligrosamente. EMPATÍA


Aunque parezca mentira, todo ha empezado esta mañana con una conversación en Twitter. Una conversación de esas que merecen la pena, de las que hacen pensar que en Twitter también se puede aprender algo siempre que tengas la mente abierta para aprender, por supuesto. Noelia-ae (@MumBronte, podeis leer su hilo de 4 de marzo de 2020 a las 10:36 pm) contó ayer una historia que le ocurrió en su primer año de carrera, cuando salía a las 21:00 de la universidad y tenía que pasar por una terraza en la que un grupo de chicos la “piropeaba” cada día en un tono subido, de forma cada vez más violenta, provocando que cambiara de ruta atemorizada. Al final sus padres tiraron de conocidos, que les dieron un toque a los chicos y dejaron de molestarla. Estaba leyendo la historia y he empatizado con Noelia hasta tal punto, que me he venido arriba y he contado, en la misma conversación, la historia que viene ahora, que sin tener nada que ver aborda el tema de los “inocentes piropos”:

Fue más o menos durante el verano de 2015. Quería poner en circulación una novela, y conversando con mi novia, y dado que está más que comprobado que existen más lectoras que lectores, decidimos publicarla en Amazon con un nombre femenino (digamos Marisa, por ejemplo), un seudónimo. La publicación en Amazon nos llevó tres minutos, y el perfil de Marisa que creamos en FB para darle publicidad a la novela, poco más o menos lo mismo. Como fotografía de perfil escogimos algo parecido a la imagen que preside esta entrada (no era esa, pero muy similar). Tras unos cuantos tecleos y unas cuantas noticias colgadas en el muro, conseguimos amigos rápidamente, tanto mujeres como hombres. Hasta aquí, todo perfecto. Me metía cada dos por tres en el perfil de Marisa (cualquier escritor novel sabe que sin publicidad en las redes su novela se puede morir inmediatamente), y colgaba comentarios, noticias, estados y, por supuesto, el enlace a Amazon. Hasta aquí, todo perfecto.

El problema surge cuando un buen día, de repente, uno de esos “amigos”, un hombre de unos cincuenta años con una fotografía de perfil en la que aparecía con pinta de latin lover en decadencia, me envía por el chat la siguiente frase: “Hola, preciosa, ¿te gusta andar desnuda por casa?”. Yo me quedé de piedra. No sabía qué contestar. Quería darle un pequeño hachazo, y le contesté algo así como que no estaba en FB para ligar, ni mucho menos. Pero el tipo siguió preguntando cosas, cada vez más subidas de tono. Mis respuestas le entraban por un oído y le salían por el otro, él seguía erre que erre con su machaqueo. Aquello duró un par de días. Al tercero, otro tipo, que después me enteré de que era amigo del anterior, me bombardeó con preguntas del mismo tono que el otro. Que si prefería ponerme arriba al follar, que como tenía las tetas, que le enviara alguna fotografía… me pidió una cita, me pidió el teléfono… Lo que más me sorprendió de todo aquello era que por mucho que no les diera pie a seguir, ellos machacaban con lo mismo una y otra vez, con la esperanza, supongo (no soy capaz de meterme en esa línea de pensamiento), de que la torre finalmente caería, de que aquella actitud mía no era más que una táctica para provocar aún más sus instintos. Todo acabó un día, calculo que un par de semanas después del primer mensaje, en el que mi novia y yo asistimos, muy sorprendidos y algo asustados, al llenado de la pantalla con los chats abiertos de cinco o seis hombres, que enviaban sus mensajes a los tres segundos de que se conectara Marisa.

No quiero ni debo juzgar nada, ni sacar ninguna conclusión. En algún momento, siendo Marisa, y contestando como creía que debía contestar ella, sentí vergüenza de pertenecer al mismo género que aquellos personajes. Hoy soy consciente de que esa vergüenza se debía a que había empatizado con esa mujer ficticia hasta tal punto, que pude comprobar en mi propia carne lo que estaban sufriendo muchas mujeres en FB. Cada uno de aquellos “angelitos” tenía un gran número de “amigas” en su perfil, y seguro que Marisa no era ni la primera ni la única a la que le habían tirado los tejos de esa forma tan cansina.

No todos los hombres somos así, por suerte. No sería justo que los hombres de verdad que lean esto (“el hombre de verdad se contiene”, decía Albert Camus) se sientan identificados o comparados con unos cuantos enfermos a los que, en justicia, no se les debería llamar hombres. Una gran mayoría vemos, o estamos aprendiendo a ver a las mujeres como personas, iguales que nosotros, alguien a quien no hay ni que proteger ni que avasallar, como decía en mi entrada anterior. Esa minoría de hombres digamos “especiales”, que piropean en la calle o de forma anónima, es eso, una minoría, pero avasallan a tantas mujeres a lo largo de su día a día como depredador, como macho alfa, que al final son una gran mayoría las mujeres molestadas por una minoría de hombres. Muchos me dirán que no es algo grave, que un piropo bien dicho es elegante, y que una mujer no debería molestarse por eso. Podría ser, en algunos casos, no digo que no, pero en el caso de Marisa, lo que le dijeron, lo que me dijeron esos tipos, no fue ni fino ni elegante precisamente.

No quiero que esto se utilice para atacar a los hombres en su conjunto, ni mucho menos, como sin duda harán muchas feministas radicales para las que la igualdad consiste básicamente en la eliminación completa del género masculino. No, no lo hago por eso. Escribo esta entrada para que todo el mundo sea consciente, hombres y mujeres, de que hay muchos hombres capaces de empatizar con la mujer ante ese acoso que socialmente sufren y han estado sufriendo durante muchos años, y muchas mujeres que empatizan, apoyan y respetan a esa clase de hombres. Y la escribo animado por los comentarios positivos de muchas personas (hombres y mujeres, otra vez) que han participado en la positiva y respetuosa conversación de esta mañana en Twitter. También reconozco que hasta ese momento, y por esa especie de corporativismo absurdo de género que tenemos o teníamos muchos, no le había dado demasiada importancia al asunto de los piropos. Soy mayor, me eduqué en un entorno más machista que el de ahora (como muy bien me ha hecho ver un hombre de 19 años que con sus argumentos me ha dado mucho que pensar), en el que la conversación de bar o de vestuario de gimnasio entre los colegas giraba siempre entre las tetas de una y otra, o “las bragas de la de siempre”. “En el fondo les encanta que las piropeemos” era una frase muy extendida. Y yo probablemente no le daba importancia al asunto, hasta que me convertí en Marisa durante un corto espacio de tiempo, y comencé a entender muchas cosas, y muchas actitudes que no conducen a nada.

Son pocos, son enfermos, pero meten mucho ruido.

martes, 25 de febrero de 2020

Sexismo, Feminismo, ¿Personismo? El amor construye, no destruye


La fotografía que encabeza la entrada pertenece a la campaña que está desarrollando el Ayuntamiento de Madrid en un intento de alertar contra la violencia de género. "El amor construye. Si destruye, no es amor. Si te controla, no es amor". Aunque para muchos pueda parecer una perogrullada, lo cierto es que existen todavía muchas personas que no consiguen identificar todavía lo que es amor y lo que es otra cosa, muy diferente, que no se puede definir fácilmente, y que puede conducir a la violencia de género: el sexismo. Me vais a permitir que en esta entrada agregue de vez en cuando una frase, que me gustaría que se leyese como un mantra. Ahí va la frase:

NADIE NECESITA A NADIE

Puede parecer dura, pero es la realidad que todo el mundo debería tener en la cabeza desde el momento en que adquiere uso de razón. A ver, me refiero a nivel sentimental. Es obvio que si se nos estropea el coche, el grifo de la ducha o la próstata, debemos acudir a los profesionales correspondientes que nos arreglen esos desajustes. A ver si alguno o alguna la va a tomar al pie de la letra y la vamos a liar. Vamos a hacer un poco de historia:

NADIE NECESITA A NADIE

Si esta entrada se lee en grupo podéis repetir la frase con la misma cadencia que cuando asistís a una novena, a la oración en la mezquita o a un templo budista. Bien, vamos allá: hubo un tiempo en el que los papeles, los roles de hombre y mujer, no tenían preponderancia uno sobre el otro. El hombre cazaba, la mujer procreaba y cuidaba del hogar, pero no era más importante la labor de uno que la del otro, o en todo caso puede que incluso lo fuera más la de la mujer, que aseguraba la supervivencia de la especie. El personaje más importante era el artista, hombre o mujer, que representaba los símbolos que adoraban.

NADIE NECESITA A NADIE

El problema surge cuando el ser humano se para a cultivar, y necesita a alguien que no cultiva, pero que le gestiona los productos. Aparece así la primera casta inútil, que vaya usted a saber por qué, está compuesta por hombres, los funcionarios y los sacerdotes. Alguno de ellos se pone en una ocasión un trozo de oro en el dedo, porque le gusta como brilla, y ahí aparece un nuevo mal: la codicia. Para controlar a los sacerdotes aparece el poder, y ese poder está encarnado en hombres. Son los hombres los que empiezan a empoderarse, por decirlo con una palabra actual, y sus consortes las/los que empiezan a rivalizar entre ellas/ellos por obtener el favor de los poderosos.

NADIE NECESITA A NADIE

La historia de nuestra sociedad ha otorgado roles diferentes a hombres y mujeres, y por el hecho de nacer con un sexo o el contrario asumimos esos roles. La mujer se siente oprimida por el hecho de serlo. Y no se trata de algo innato, sino de la estructura patriarcal que dicta que el hombre es la máxima autoridad en la familia. Esto ha sido así hasta hace muy poco, y de hecho sigue siendo así en muchas sociedades, incluso en la nuestra. Resulta patético, a pesar de su belleza literaria, leer las historias de Jane Austen, en las que la máxima aspiración de una madre para sus hijas, y de las hijas mismas, era pescar a un rico hacendado que les solucionara la vida. No hace mucho de aquello, es algo que se ve como natural incluso ahora, como esas madres que disfrazan de princesitas a sus hijas en los carnavales. Se ha promovido y se promueve la dependencia de la mujer hacia el hombre, hacia el príncipe azul.

NADIE NECESITA A NADIE

Tanto la mayoría de los hombres, como muchas mujeres, consideran a las mujeres vulnerables. Esto se llama sexismo, y el machismo sólo es una parte del sexismo, que puede ser hostil cuando se considera a la mujer como alguien inferior y hay que dominarla, aunque sea con violencia (germen de la violencia de género), o se consideran las tareas masculinas más importantes y se la aparta del poder, o existe una hostilidad manifiesta hacia las mujeres libres o independientes. El otro sexismo es el benévolo, no tan peligroso pero sí a erradicar. Este sexismo ve a la mujer como alguien a proteger, “no lo hagas tú, ya lo hago yo”, etc. Trae como consecuencias la caballerosidad y el mito de la media naranja, en la que una mitad es siempre inferior a la otra.

NADIE NECESITA A NADIE

Con estas premisas, esta historia de la Humanidad y esa ridícula estructura patriarcal, hemos vivido hasta el momento en que la mujer ha comenzado a reivindicar su estatus de persona, y esa es la clave de todo esto: somos PERSONAS, no hombres ni mujeres, y una vez que lo entendamos y lo asimilemos en nuestro ADN, comienza a tener sentido el mantra, porque la realidad es esa, que nadie necesita a nadie. Ni un hombre a una mujer, ni una mujer a un hombre. Para desarrollar una vida plena es necesario desarrollarse uno mismo como persona, sin tener en cuenta el concepto de género, potenciando las capacidades sin tener en cuenta los roles que la sociedad le asigna a cada uno. Tenemos que desaprender, despojarnos de ese disfraz de princesita que le pusieron a mi hermana por ser niña, y del de futbolista que me colocaron a mí aunque jugara al fútbol como el puto culo.

NADIE NECESITA A NADIE

Muchas mujeres sexistas buscan la protección del hombre, como antes han disfrutado de la del padre. Asumen el rol que la sociedad les ha otorgado, NECESITAN  alguien que las proteja por su debilidad. Ahí empieza el problema del maltrato. Pero amigos, en eso no hay amor. No es un acto de amor, es un acto de miedo, de necesidad, de querer tener las necesidades cubiertas, de dependencia. No es algo bonito, que es lo que debería ser el amor, sino difícil, dañino. Es meterse en la boca del lobo. El dominador, que asume su papel de una forma hostil (ya hemos visto que el sexismo benévolo es más o menos igual, pero no tan agresivo), acabará anulando a la dominada (o al dominado), pero eso, ya digo, no es amor.

El amor surge cuando somos conscientes de que somos personas libres, autónomas e independientes, que hemos elegido gestionar nuestra vida a nuestra manera, sin tener en cuenta esos papeles que los que nos rodean se van a encargar de recordarnos de manera machacona a lo largo de toda nuestra vida. ¿Quién no ha escuchado, incluso de familiares cercanos, las preguntas “¿Y cuando te casas? ¿Y cuando vas a tener un niño? ¿Y para cuando la parejita?...”. ¿Cuánto daño ha hecho el “Qué dirán” a las relaciones entre seres humanos? El que asume eso como norma de vida me atrevo a decir que no es capaz de enamorarse, que se limita a seguir el camino "correcto, tradicional". De ahí la culpabilidad que hasta no hace mucho han sentido los homosexuales, tanto hombres como mujeres.

NADIE NECESITA A NADIE

Y es en ese momento cuando surge el amor. Heterosexual, homosexual… Es lo mismo, es amor, y no debemos verlo jamás como una situación de dependencia, sino como una oportunidad más para crecer y desarrollarnos como seres humanos libres e independientes. No busquemos a nuestra media naranja, sino a otra naranja completa que nos ame y a la que amemos con toda el alma.

Quiero agradecer a Laura Redondo el tuit del que he resumido los conceptos de sexismo, roles sociales, estructura patriarcal y violencia de género. Es una persona de la que estoy aprendiendo mucho sobre estos temas. Si queréis echarle un ojo a su tuit os paso el enlace:


viernes, 14 de febrero de 2020

Compañeros de viaje, compañeros de celda. La mirada obtusa, la mirada abierta


¿Somos conscientes del daño que le han hecho a la humanidad, y le siguen haciendo hoy en día tres simples palabras, “como debe ser”? ¿Qué sería de nosotros si los genios individuales, a lo largo de la historia, hubieran estudiado el cielo y las estrellas “como debe ser”, hubieran pintado según las reglas, “como debe ser”, o hubieran viajado únicamente por las rutas conocidas, “como debe ser”? Para Kant, el artista en estado puro es el genio creador, el que pone sus propias reglas e invita a sus discípulos a descubrir su propio camino buscando la inspiración que él encontró en su momento. Para Hegel, parte intrínseca de la obra de arte es la interpretación que de la misma hace el espectador, convirtiéndose este en una parte más de la obra de arte, otorgándole esa categoría con su admiración y respeto ante algo para lo que, previamente, ha sido educado, porque contemplar y valorar una obra de arte requiere una preparación, aunque sea mínima, consistente en disfrutar con las obras de arte.

Pues bien, “Sólo nos queda bailar” es una auténtica obra de arte. Se trata de una coproducción Suecia-Georgia dirigida por Levan Akin (desconocido para mí) que nos cuenta las vicisitudes de un bailarín de danza georgiana (desconocida para mí), interpretado por Levan Gelbakhiani (desconocido para mí), que descubre su homosexualidad, en un entorno cultural en el que la homosexualidad es una malformación que se puede curar en un monasterio. La historia es simple, las interpretaciones magistrales, las escenas de música y tradiciones fantásticas. Continuamente, al verla, piensas “pero cómo narices puedo saber tan poco de esta cultura tan interesante…”, y sales con ganas de saber más, de empaparte de una cultura muy cercana a la nuestra en muchos aspectos pero muy diferente en otros.

¿Y por qué me fui a verla ayer por la tarde, el mismo día del estreno? Porque había visto, en las noticias, que la película ha levantado protestas entre mucha gente de ese país, Georgia, y de otros afines, al tocar el tema de la homosexualidad en un entorno, el de la danza georgiana, que al parecer es la expresión de la masculinidad. Homófobos y ortodoxos se agolpaban en las puertas de los cines, protestando por una película que ni siquiera han visto, porque se lo dicen sus mayores, sus guías, sus pastores. Protestando ante algo que desconocen porque no es, en definitiva, “como debe ser”. ¿Son conscientes esas personas de que sus prejuicios, su religión, sus fobias, sus miedos, sus ideas políticas, les están impidiendo disfrutar de la inmensa magia, la inmensa poesía, la tolerancia, la esperanza en el ser humano y la grandeza de esa película? No, por supuesto, no lo son. Miden el mundo a la medida de su micromundo, de su mirada cerrada, de lo obtuso de su vida, y es una pena, pero no se puede hacer nada.


Mis cuatro hermanos (porque mi cuñada y mi cuñado son hermanos para mí) volvieron ayer de un viaje a la India. La fotografía que encabeza esta entrada la hizo mi hermano en el Ganges, al amanecer. Por la noche hablé con mi hermana. En un momento de la conversación, me dijo “pero es que hay una mirada de felicidad en sus ojos…”. Lo dijo con emoción, con admiración y respeto. Esta mañana la conversación ha sido con mi hermano. Recordando una imagen que contempló en un templo Sij perdido en el interior de la jungla, de un ser humano que estaba allí esperando a recibir comida, se ha emocionado. Al contarme que se emocionó al verla, ha vuelto a emocionarse. Ese es el respeto hacia otra cultura diferente de la nuestra. Eso es viajar con la mirada abierta.

Me ha contado con una naturalidad tremenda el asunto de la ceremonia de los difuntos en el Benarés. “Nosotros vivimos de espaldas a la muerte”, me ha dicho, y tiene razón. En ese momento, mi hermano era el otro, se había convertido por obra y gracia de su mirada abierta en el otro, con respeto y empatía hacia unas tradiciones muy diferentes a las nuestras pero igualmente válidas, porque lo son para otros seres humanos. Hace casi veinte años, un conocido que trabajaba conmigo, el mismo que me dijo al día siguiente de fallecer mi mujer “tienes que pensar en rehacer tu vida” (que tenía razón, pero no me lo digas al día siguiente, un poco de por favor…), me contó la misma escena del Benarés, pero de una forma muy diferente, haciendo hincapié en lo “truculento” que para él resultaba aquello, en la "gilipollez de adorar a las vacas en un país en el que mucha gente pasa hambre", para rematar diciendo que “en la India se come fatal”. Esa era la mirada obtusa a que me refería antes. Ese personaje no fue capaz de entresacar de su viaje otra experiencia que no fuera la de los prejuicios y clichés que ya llevaba de antemano en la maleta. No entendió absolutamente nada, porque ni viajando quería salir de su micromundo. Para este hombre, lo importante era ir medrando en su trabajo, a costa incluso de pisar las cabezas que hiciera falta (que lo hizo), y rendirle culto a su forma de ser, ya cerrada e impermeable a nuevas experiencias.

Hay muchos culpables de la mirada obtusa. Esa mirada surge cuando la pareja, la enseñanza, la educación, los padres, la religión, etc encaminan sus esfuerzos a impedirte que decidas por ti mismo. Esto hila otra vez con el pin parental, pero no es el tema de hoy. Parece que todos estos “amigos” se han puesto de acuerdo para anular del ser humano la empatía hacia otros pueblos, otras culturas, a base de prejuicios, tradiciones absurdas y mentiras descaradas cuya finalidad es anular la conciencia de la grandeza que todo ser humano posee. Esos estamentos se han convertido para nosotros en compañeros de celda, no en compañeros de viaje, que es lo que deberían ser. “¿Para que viajar, si lo tenemos todo aquí?”, le dice una mujer a su marido en la película de “El nadador”. Es otra vez la cultura del tener, no del ser, que es lo que engrandece al ser humano y produce genios como los que admira Kant.

Y no hablo de la religión en términos absolutos. Para mí el capitalismo es la nueva religión del ser humano, que le mete en la sangre la idea de tener cada vez más, como dogma de fe, con un premio final que no es el paraíso, sino una tumba llena de cosas materiales. Esa sensación de no tener jamás las necesidades cubiertas nos empuja a seguir empeñados en cubrirlas de una forma absurda, adquiriendo cada vez más cosas y dedicando todo nuestro tiempo a seguir acumulando. Para disfrutar del arte, de la vida, de uno mismo, es imprescindible tener la sensación de tener cubiertas las necesidades, y es necesario tener tiempo para dedicarte a la contemplación, a la serenidad, a vivir y ver la vida. Eso es lo que nos está robando, sin que seamos conscientes, esta nueva y peligrosa religión. La mirada es cada vez más obtusa.

Hablando con el guía mi hermano, le preguntó que qué piensan ellos, los hindúes, de los ingleses. El guía le contestó “vivimos el presente. No nos ocupamos ni del pasado ni de un futuro que puede no llegar nunca o llegar cambiado. Es un tema histórico, pero no nos afecta en nuestra forma de vivir el día a día”.

¿Os imagináis lo que sería España si, de una santa vez, dejáramos atrás nuestro terrible pasado, abriéramos la mirada al mundo, y nos dedicáramos a avanzar en una dirección muy distinta a la que nos proponen esos compañeros de celda que nos quieren anular como personas?

Ahí lo dejo. A ver si el último anuncio de Coca-Cola tiene más suerte que yo para convencer a la gente de que hay que abrir la mente.

domingo, 2 de febrero de 2020

1945. Sobre el remordimiento, el perdón y las puertas mal cerradas


 Una maravillosa película, sin duda. La pusieron anoche en la 2. Ya me atrajo el sugerente blanco y negro del tráiler, la acertada fotografía, el título, la nacionalidad… En los comentarios iniciales, el presentador la comparó con “Sólo ante el peligro”, y es verdad. Tanto la puesta en escena, como las situaciones, los visillos apenas descorridos para atisbar sin ser visto, y sobre todo la inquietante presencia en un perdido pueblo de la Hungría Magyar en 1945 de dos judíos, recuerdan mucho el magnífico western de Fred Zinnemann. Porque la película, en definitiva, es eso, un western europeo, perfectamente equilibrado, con una tensión in crescendo que se va desarrollando a lo largo de unas pocas horas hasta la explosión final.

A un pueblo perdido de la Hungría profunda llegan en tren dos judíos ortodoxos. Alquilan un carro para llevar dos arcones de madera a un lugar que sólo ellos conocen. El conductor les ofrece llevarlos en el carro, pero ellos le dicen que no, que van a ir andando. Esa imagen de los dos judíos, caminando tras su equipaje, atravesando el pueblo en silencio hasta llegar a su destino, es la más emblemática de la película. Sólo en sí misma es ya todo un poema, una alegoría del regreso.

El paso de los judíos es visto con inquietud, miedo y sorpresa por la mayoría de los habitantes del pueblo, que se preparan para la boda del hijo del secretario general. La voz se va corriendo. “Han llegado dos de ellos”, susurran con temor. “Han traído dos baúles llenos de perfumes”, inventan sin haber visto en realidad el contenido de los arcones. Al paso de los judíos con su misteriosa carga asistimos al despertar de los remordimientos, de la ambición desmedida, de los fantasmas que muchos creían muertos y enterrados pero que han vuelto con una misteriosa misión. Poco a poco el espectador va tomando conciencia, a través de frases sueltas, de reproches largamente ocultados, de cargas morales que vuelven a hacer su aparición, de que en ese pueblo ocurrió algo terrible con los judíos, de que no queda ni uno sólo, y que sus posesiones, casas y negocios, pertenecen ahora a otras personas, en algunos casos a quienes les denunciaron.

La película es una alegoría del remordimiento, que explota con una intensa fuerza sin que los dos judíos hagan otra cosa que simplemente estar presentes, existir. No hace falta que digan nada, que hagan nada. Su mera presencia provoca una catarsis de remordimiento increíble. En un acierto que me parece una genialidad, el director insinúa apenas la presencia de una patrulla rusa, el nuevo poder que en un futuro va a dominar Hungría con la misma mano de hierro que habían utilizado antes los alemanes. La patrulla rusa, que si bien no incide en la trama muestra cada vez que aparece su desprecio a la población del lugar, se complementa perfectamente con la pareja de judíos caminantes.
Remordimiento, perdón… La película da mucho que pensar. Los habitantes del pueblo parecen esperar una venganza, temen que los dos judíos sean una avanzadilla de los muchos otros judíos que abandonaron el pueblo. De los que fueron obligados, mejor dicho, a abandonar el pueblo dejando toda su vida atrás. Pero no es así. O quizá sí lo sea, y los dos judíos saben de sobra que su mera presencia es capaz de despertar el fantasma del remordimiento que cada habitante de ese pueblo lleva dentro.

El remordimiento es algo muy peligroso. Salvando las distancias de los habitantes de ese pueblo húngaro (lo que les habían hecho a sus judíos era algo seguramente muchísimo más grave que lo que cualquiera de nosotros podrá hacerle a alguien en toda su vida), el peligro que tiene el remordimiento pone una barrera en cada uno de nosotros que, si no se supera con valentía, nos puede arruinar a la larga la vida. Todos tenemos la sensación de que hemos hecho daño, a alguien o a algo, en mayor o menor medida, en algún momento de nuestra vida, ya sea en nuestra infancia o en nuestra madurez. Si esa sensación se tiene en la infancia aparecen los traumas, que no nos dejarán crecer, madurar y pasar página hasta que no se superen. El remordimiento hace que aparezca con fuerza el sentimiento de culpa, o viceversa. Ambos son la peor losa que puede soportar la conciencia de una persona, un veneno del alma que impide por completo que la persona en cuestión sea capaz de acometer con total libertad el único camino de desarrollarse como ser humano: amarse a sí mismo. Puede parecer una perogrullada, pero no lo es, en absoluto. Amarse a sí mismo es la única manera de ser capaz de amar a los demás. La culpa, o el sentimiento de culpa de cada uno, más bien, no permite eso.

No es una cuestión de género, eso está más que claro. Por desgracia, la culpa, el remordimiento y la tristeza del alma que provocan ambos puede que sean los sentimientos más igualitarios que existen. Tampoco es una cuestión de edad. Como ya he dicho, el sentimiento de culpa puede aparecer durante la infancia, instalarse ahí, e impedir que la persona sea libre hasta que se libere de ese mal. Conozco tres personas que viven, o han vivido, con ese sentimiento de culpa. Dos hombres y una mujer, con edades muy diferentes, pero de carácter a veces similar. Ninguno de los tres es consciente de lo que ocurrió, de lo que les provocó esa culpa. Seguramente sería una insignificancia, sobre todo si lo comparamos con lo que les hicieron a los judíos los habitantes del pueblo húngaro de la película. Da igual. Fue algo que hicieron, o que no hicieron, o que exageran en su mente, o algo incluso de lo que les responsabilizó un adulto, sin tener en cuenta que eran unos niños a los que no se puede responsabilizar absolutamente de nada. Posiblemente un adulto tan enfermo de culpa y remordimiento como ellos. Un hecho fortuito, pero que se les quedó grabado en la memoria como la primera puerta sin cerrar.

Porque el sentimiento de culpa, o el de remordimiento, no son otra cosa que puertas sin cerrar, que provocan en las personas que las tienen y las van acumulando que su madurez quede en suspenso hasta que sean definitivamente cerradas y olvidadas.

No quererse a sí mismo conlleva una serie de problemas añadidos, de miedos que regulan muchas de las decisiones que estas personas toman en su trayectoria vital. Miedo al compromiso sentimental, a las relaciones de amistad, a hacer daño, a vivir su propia vida. Hasta que no se perdonen a sí mismos, no empezarán a quererse a sí mismos, y sus relaciones con los demás se verán perjudicadas. Para ellos, quererse a sí mismos es un síntoma de egoísmo. Lo ven así, y no hay manera de hacerles ver que es justamente lo contrario, que es el primer paso, como ya he dicho, para querer a los demás. Eso les sucede a los habitantes de ese pueblo de Hungría. Han vivido con ese remordimiento durante años, con ese miedo, y en su caso, son incapaces de perdonarse, aún a pesar incluso de que sí lo hayan hecho sus víctimas.


martes, 21 de enero de 2020

Educación, Pin parental, bizantinos y dispersiones varias


No hay nada peor en estos tiempos que dejarse llevar por la marea de noticias políticas, dadas de forma exagerada, y muchas veces tergiversada, por unos medios que parece que lo único que buscan no es ya la audiencia, sino el enfrentamiento de la población que los mira en la televisión, o los lee en los periódicos, contra la población que mira o lee los medios de signo político contrario. ¿Y qué es una noticia política? Cualquiera, porque todo, absolutamente todo, se está politizando de una manera que en España resulta perversa, vergonzosa y peligrosa, porque los dos polos opuestos, las dos Españas, cada vez tienen más claro que la única forma de convivencia posible es la aniquilación de las ideas y de las propuestas del contrario, cuando no de la aniquilación física, como se puede comprobar en las redes sociales y en las conversaciones familiares.

Se habla en estos días de la Educación, y en concreto del pin parental que VOX ha propuesto en Murcia. Supongo que a estas alturas todo el mundo sabe en qué consiste ese pin parental, pero por si acaso, haré un pequeño resumen: VOX quiere que los padres puedan autorizar a sus hijos a asistir a los cursos o charlas que organicen los colegios públicos. Así de sencillo, así de simple. Si yo, como padre, no quiero que mi hijo asista a una charla sobre educación sexual o identidad de género, o lo que sea, mi hijo no asiste, y punto. A esta propuesta contesta PSOE que no se puede, que es ilegal, que los hijos no son propiedad de los padres y que pueden tomar la decisión de asistir o no a esas charlas por su cuenta.

Y ya está el pollo montado.

Que si los hijos son del Estado, que si queremos imitar a Cuba, VOX dice que va a dar clases de caza en Andalucía, en Twitter te ponen el video de “Manolo, cómeme el coño” (sí, hay un video de una performer con ese tema, se puede buscar en Internet) diciendo que lo están enseñando en los colegios, personajes famosos como Jose Manuel Soto dice a sus miles de seguidores que en los colegios están enseñando a los niños a masturbarse, cuando lo cierto es que se trataba de un cursillo que se estaba dando en un bar de copas de Torremolinos (pagado con dinero público, eso sí…), que si un padre homófobo no puede tener la potestad de dejar asistir a su hijo/a a una charla sobre igualdad, que si tú dices eso porque no tienes hijos, que yo como padre religioso no puedo permitir que mi hijo vaya a una charla sobre ateísmo, que yo como padre anarquista no puedo permitir que mi hijo vaya a clases de religión… El circo de cinco pistas ha comenzado de nuevo su función, con discusiones que no llevan a nada más que a insultar, vejar, escupir y tratar de acabar con el contrario, como siempre. Ayer la Rosell comenta en broma que habría que aplicar el 155 a Murcia y se monta otro festival. Pero la pérdida del sentido del humor y de la cordura es otro tema que posiblemente trate en otra entrada.

Y yo me pregunto: ¿alguien se ha puesto a pensar en la educación en sí, en lo que está ocurriendo en este país con respecto a esta materia?

Vamos a recapitular un poco haciendo un poco de historia: cuando yo era un niño, la educación era importante, y ahora no lo es. Cuando el maestro te decía “dile a tu padre que venga a hablar conmigo”, yo me cagaba en los pantalones, y ahora el que se caga es el profesor, porque posiblemente ese padre vendrá a pegarle, o a decirle que no suspenda a su hijo en verano porque les ha jodido las vacaciones a toda la familia. No hay nada de respeto hacia la figura del profesor, ni respeto a la educación, ni respeto a la cultura en general. Y no nos engañemos, las familias con dinero seguirán llevando a sus cachorros a un colegio privado donde les inculquen a sus hijos sus valores, manteniéndoles además, eso sí, la mayor parte del tiempo ocupados, para que no sean los padres los que se tengan de ocupar de sus hijos. Las familias humildes llevarán a sus hijos a colegios públicos, pero con las mismas premisas de los padres con posibles, porque lo importante es que los hijos se mantengan ocupados el mayor tiempo posible, y así no me ocupo yo de ellos. Y cuando estén en casa, el poco tiempo que les deja la actividad escolar, lo mejor es que estén ocupados con el teléfono móvil, o viendo la televisión mientras cenan, o jugando al “Call of duty” en su cuarto, sin dar guerra. Porque para eso están los colegios, para educarles y para quitármelos de encima.

Entonces, ¿a qué viene tratar de controlar los contenidos que les puedan enseñar en el colegio? ¿No resulta un poco, o muy hipócrita, intervenir en algo, que es la educación, en lo que jamás han intervenido los padres? ¿No resulta muy triste y muy patético ahora rasgarse las vestiduras, cuando la educación de nuestros hijos no nos ha importado absolutamente nada hasta ahora? Todos los gobiernos, desde Felipe González hasta hoy, han estado cagándose literalmente en la educación, con leyes cada vez más permisivas, más creadoras de un entorno en el que aprobar iba costando cada vez menos. Hoy en día la educación no es más que cumplir un expediente, llegar incluso a tener estudios universitarios sin apenas esfuerzo. La cultura del sacrificio personal ni sirve ni se fomenta absolutamente nada hoy en día. Los profesores han ido perdiendo importancia, protagonismo y respeto, porque a nadie le importa la educación de unos hijos que, en su mayor parte, lo único que desean es que les cojan en un casting de Gran Hermano o en el consejo de administración de la empresa de papá o de un amigo. Esa es la realidad, y quien lo niegue miente como un bellaco. La única educación válida, que no se da ni en colegios públicos ni en colegios privados, sería la que formara a la persona en su propia identidad, la que impulsara la capacidad de cada uno de pensar por su cuenta, y de elegir los valores que mejor considere para desarrollar su vida. La que proporcionara herramientas y recursos para el desarrollo personal. No las de sus padres, si son tendenciosos en uno u otro sentido, ni las del colegio, sino las propias. Pero esto no es así.

Vemos con tristeza que los hijos de testigos de Jehová pueden perder incluso la vida por una creencia de sus padres, padres ultrareligiosos que no permitirían jamás que sus hijos no se casaran por la iglesia o que abortaran, padres independentistas que disfrazan a sus hijos con una estelada y le graban gritando “puta España” para colgarlo después en Twitter. ¿Es lógico que ese tipo de padre pueda vetar las charlas a las que pueda asistir su hijo?

La contestación más sensata a toda esta polémica, a mi parecer absurda, la ha dado en Twitter una profesora, con mucho sentido del humor pero también con cierto desencanto: “No somos capaces de hacerles a los alumnos poner un acento en su sitio, y vamos a ser capaces de hacer que se masturben…”.