martes, 12 de marzo de 2013

"Detrás del cristal", de Mayte Esteban

“A veces nos dejamos llevar por personas que dibujan para nosotros un escenario donde somos las estrellas principales, sin darnos cuenta que las luces del teatro deslumbran tan solo por un par de horas, apagándose de pronto y dejando el alma en la más completa oscuridad.”



¿Porqué me gustan los libros de Mayte Esteban? Precisamente por frases como la que precede esta entrada. Frases que se podrían leer una y otra vez, de gran belleza literaria, de gran belleza espiritual. He leído dos libros de Mayte, “La arena del reloj” y este, y los dos me han encantado. ¿Porqué, siendo de temáticas aparentemente tan diferentes, disfruto con la escritura de Mayte?



No me gustan las novelas románticas. Los que me conocen, aunque sea de manera superficial, lo saben de sobra, y al que no lo sepa, se lo digo ahora. Leí la novela de Mayte porque me la recomendó encarecidamente una persona a la que le encantó, y porque en cierto modo me sentía obligado al figurar como uno de los autores a los que se refiere Mayte en los agradecimientos del final del libro. Con estas premisas comencé a leer, y con la seguridad de que se trataba de Mayte, de que no se iba a limitar a escribir una novela romántica al uso. No, no podía ser. “Es Mayte -me dije-, ya te ha dado muestras de su desbordada imaginación y de su buen hacer”… Y me quedé enganchado desde la primera página. ¿Porqué me ocurre esto con Mayte Esteban?



Creo poder ser capaz a estas alturas de dar una respuesta a esa pregunta. Me gusta lo que escribe Mayte, cualquier cosa que escriba, cualquier incursión suya en el género que sea. He llegado a la conclusión de que Mayte hace literatura. Literatura de verdad, con mayúsculas, comprometida con la razón, con el alma, con el sentimiento. Leyendo a Mayte da la impresión de que cuando escribe lo hace desde el mismo fondo de su alma, y eso es algo que muy pocos, poquísimos autores son capaces de conseguir, y sobre todo, de transmitir. “Detrás del cristal” es una muestra de su buen hacer. Pudiendo ser clasificada en el género romántico, en caso de que alguien fuera capaz, o sintiera esa necesidad a veces injusta que sentimos muchas veces de clasificar las cosas, la novela desborda sin embargo los clichés del género, y se convierte en algo más.



“Detrás del cristal” es una galería de personajes perfectamente construidos, desde Pablo hasta Andrés, pasando por Irene, César o Ana. Provoca admiración la facilidad de Mayte para dotar a sus personajes de matices, de sentimientos, de convicciones que se rompen y emociones que les llevan a acertar o a equivocarse, a meter la pata hasta el corvejón o a tomar decisiones trascendentales para su porvenir. Sus personajes no son planos, no son previsibles, no pueden enmarcarse en un determinado cliché. Se mueven por la novela como cualquiera de nosotros por la vida, y nos atraen con sus errores, con sus aciertos, con sus tonterías, con sus bromas… Nos atraen, en definitiva, porque VIVEN, y eso es algo muy difícil de transmitir.



“Detrás del cristal” es un ejercicio de buena literatura, de esa que cuando estás leyendo tienes la impresión de estar haciendo algo positivo para tu alma, para alimentar el espíritu. Las casualidades dotan de encanto a la trama y no parecen increíbles en ningún momento. Los ambientes descritos son perfectos, tanto las casas de los protagonistas como el bar de copas o la sección de empaquetado de unos grandes almacenes. La línea temporal está magistralmente construida, apretada en la primera parte y más diluida en la segunda. Todo, en definitiva, está èrfectamente orquestado por la mano fuerte y la desatada imaginación de la autora. No se tiene jamás la tentación de estar perdiendo el tiempo cuando uno se enfrenta a un libro de Mayte Esteban.



“Detrás del cristal”, una novela más que recomendable. Sobrepasará con creces las expectativas de todo amante de la novela romántica, de la novela de humor, de la novela testimonial y de cualquier otro género, porque el libro está muy por encima de poder encuadrarse, algo que solo ocurre con los ejercicios de literatura tan magníficos como este.

lunes, 25 de febrero de 2013

"El hombre de Grafeneck". Balance de reseñas

Ha pasado un año desde que publiqué “El hombre de Grafeneck” en Amazon, allá por febrero del 2012. En ese año la novela me ha dado más alegrías que tristezas, más estímulos para seguir escribiendo que para dejarlo. A mediados de año me llamó la editora del sello Tagus, la marca digital de Casa del Libro, perteneciente al grupo Planeta, que comenzaba su andadura. Estaban interesados por la novela, que había quedado finalista en un concurso de novela histórica, y fue publicada por ellos en septiembre. Tanto en Amazon como en Tagus, la novela se ha desenvuelto bien y ha cosechado nada más y menos que diecinueve reseñas, todas ellas fantásticas, todas rigurosas, todas objetivas y acertadas. Empezando por la de Blanca Miosi (la primera persona que se leyó la novela, y que me regaló unas cuantas ideas para mejorarla), siguiendo por Montse, paradigma de la honestidad y la objetividad, y terminando por Eva, que no sólo tuvo la generosidad de reseñar, sino de organizar una lectura conjunta de la novela, cada una de las reseñas ha provocado en mi ánimo un subidón de adrenalina, un estímulo para seguir escribiendo, una alegría ante el hecho de que alguien, unas veces amigo y otras no, se tome la molestia no sólo de leer la novela, sino de comentarla.
No se puede describir con palabras lo que se siente al leer la reseña de un libro propio. Un reseñador no es un familiar, que siempre va a alabar tu trabajo aunque no valga para nada. Se trata de alguien riguroso, acostumbrado a leer, con un gusto literario sólido, objetivo y en muchas ocasiones exigente, que no te conoce de nada, salvo como mucho a través de las redes, que coge tu libro y se lo lee, y que, encima, tiene la generosidad, el enorme gesto de comentarlo en su página o en su blog. No soy capaz de expresar la emoción que me producen los comentarios que van surgiendo de los seguidores de esos blogs de reseñas, que suelen ser muchos, y muy sensibles al feeling literario de la persona que conduce el lugar con criterio y rigurosidad.
Seamos serios y coherentes. Los que estamos en este mundillo, los que publicamos en amazon o somos repescados en alguna ocasión por una editorial importante, pero de forma esporádica, estamos jugando en la tercera división de la literatura. Lo dijo hace poco un compañero de penurias que está a punto de ascender de categoría, y creo que tenía toda la razón. Nos movemos en aguas turbulentas. Los agentes, que empiezan a llamar a mi amigo ahora que empieza a descollar y que ha escrito un libro acojonantemente bueno, pasaban antes de él, y de todos nosotros, como de la mierda. No nos engañemos a nosotros mismos. Y una vez comprendido eso, valoremos como se merece la actuación, solitaria, completamente altruista, objetiva y minuciosa de los reseñadores, porque sin ellos, creedme, los que escribimos en esta tercera división no veríamos jamás la luz.
Creo que están todas las reseñas de la novela, colocadas por orden de aparición. Si me he olvidado de alguna, por favor, que alguien me avise. Mi torpeza manifiesta para todo lo relacionado con la tecnología es ya legendaria.
http://labibliotecademontse.blogspot.com.es/2012/03/el-hombre-de-grafeneck-jaime-cortes.html

A todos los reseñadores, gracias, porque si alguna vez ascendemos los que jugamos en esta categoría, será en gran parte gracias a vuestra fantástica valor. Un fuerte abrazo.

sábado, 16 de febrero de 2013

IBERIA

Tengo que reconocer que me toca la fibra ese anuncio de Balay en el que un hombre jubilado, que trabajó allí, visita la fábrica y rememora situaciones entrañables, como cuando le dice a una empleada actual “y en esa cadena trabajaba tu padre”. Se quiere transmitir la impresión, y se consigue, de que ese hombre está visitando un lugar que le emociona, su segunda casa, el lugar en el que se ha desarrollado gran parte de su vida. Se quiere transmitir, y se transmite, que el valor más importante de cualquier empresa es su potencial humano, las personas que trabajan en ellas. Ocurre algo parecido cuando Nadal, en el anuncio de Mapfre, declara “personas que trabajan para personas”. Porque las empresas son eso, no nos olvidemos, personas, que viven, actúan, se mueven y son susceptibles de sufrir o disfrutar de las mismas emociones que cualquiera de nosotros.

El caso de Iberia no es diferente. Ni mucho menos. Recuerdo con auténtico placer un vuelo a Londres, hace unos ocho años, cuando mi hijo era pequeño. El piloto, que era compañero y seguramente amigo de un amigo común, nos invitó a mi hijo y a mí a la cabina cuando regresamos a Madrid. Mi hijo disfrutó como el niño que era de aquel momento, de las charlas del piloto y sus tripulantes, de las bromas que se gastaban entre ellos mientras la inmensidad del cielo, que encontrábamos por primera vez desde ese punto de vista, nos dejaba con la boca abierta. Recuerdo que pensé que aquel hombre era piloto, pero primero era persona, y buena persona, que disfrutaba con la alegría de mi hijo.

Recuerdo también el trato de la tripulación de a bordo, siempre amable, siempre atenta, dispuesta a suavizar en todo momento la inevitable sensación de nerviosismo de casi todo aquel que coge un avión. En alguna ocasión he escuchado “A, no, yo siempre vuelo con Iberia. Aunque salga algo más caro, me siento mucho más cómodo”, y actualmente añaden “y seguro”.

Conozco a algunas personas que trabajan en Iberia. Personas sobradamente preparadas, que tuvieron que aprobar una dura prueba de varios exámenes para conseguir un puesto de trabajo que durante toda la vida se ha considerado respetable y hasta envidiable. Personas cuyo potencial humano, su capacidad para estar pendiente de los requerimientos del pasaje, para organizar los vuelos, el equipaje, el ocio a bordo, las comidas, el tránsito por los pasillos, a poco que uno repare en ello, es digna de admiración y respeto. Azafatas siempre dispuestas a llevarle un vaso de agua a un pasajero sediento, a cambiar sus hábitos de sueño en función de los vuelos en los que tengan que trabajar, sobrecargos que desarrollan su trabajo con paciencia, amor y profesionalidad, porque se encuentran, como el jubilado de Balay, en su segunda casa.

O se encontraban, mejor dicho.

Hoy, esas personas asisten impotentes al desmoronamiento de su casa, de su trabajo, de su vida, provocado por una directiva inepta para la que el valor humano de una empresa no significa nada, para la que los trabajadores cualificados de su plantilla no son sino números a los que eliminar, a los que vender. Esas personas a las que conozco, tan profesionales, tan válidas y tan seguras antaño de sí mismas, con esa cualidad humana tan admirable y tan escasa hoy en día como es la empatía hacia el pasaje que cuidan como su fuera su familia, son hoy en día víctimas de la incertidumbre, del miedo a su futuro, de la angustia que provoca una situación que al parecer a nadie responsable de este país le importa un carajo. Esas personas, que nadan con su admirable naturaleza humana entre las mediocres aguas de unos sindicatos y una patronal a los que lo único que les importa es el beneficio inmediato, los números y otros valores relacionados con esa gran imbecilidad que son los mercados, asisten impotentes al mangoneo y a las malas prácticas, encaminadas a engordar los bolsillos de unos pocos y a hundir una compañía que ha sido pionera en su sector durante toda la vida.

Maldita sea por siempre la empresa, la asociación o el partido político que se olvide por un momento de que el valor más importante de cualquier asociación es su valor humano. Maldita sea la empresa que provoque entre sus trabajadores el malestar y la incertidumbre. Maldita sea la empresa, en definitiva, que nos prive a los ciudadanos de la sensación, como se ha tenido hasta ahora, de estar en buenas manos. Una empresa que no es deficitaria no puede convertirse en una cabeza de turco para ninguna compañía, ni extranjera ni nacional. No puede, no se debe consentir que poco a poco nos dejemos arrebatar lo mejor de nosotros mismos. El caso de Iberia no es un caso aislado. Innumerables empresas están en la misma situación, en manos de agentes a los que el potencial humano no les importa en absoluto.

Si existe algo de dignidad en este país, si todavía queda un resquicio de orgullo, de admiración por el trabajo bien hecho, de respeto hacia el trabajo de personas que realmente se ocupan de personas, no deberíamos permitir que Iberia, y tantas otras empresas como ella, se vayan al carajo de la forma tan humillante en que se están yendo.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Sister Act Amorevo

Si me encantó el año pasado el montaje que hizo Amorevo de “El baile de los vampiros”, este año me ha gustado más si cabe “Sister Act”. Se nota ya la profesionalidad, el saber hacer, las ganas de teatro, de darlo todo de sí, de actuar, porque todos los actores de Amorevo, y los iluminadores, los decoradores, el director, en definitiva, la gran familia que conforman, está dedicados en cuerpo y alma a eso, a hacer buen Teatro, excelentes Musicales, así, con mayúsculas.

Comentábamos precisamente eso a la salida del teatro, después de tres horas de espectáculo que se nos habían pasado en un suspiro, con números que jamás olvidaremos, como el baile en solitario de “Sudorito”, el del grupo de gangsters en el que muestran sus encantos para seducir a las monjas, o cualquiera de los números que protagonizan unas hermanas que al principio cantan como el culo y al final acaban cantando como los propios ángeles. Comentábamos, decía, lo buenos actores que son todos, lo bien que declaman, que cantan, que consiguen emocionar al espectador, probablemente lo más complicado de conseguir. Son los de Amorevo actores con mayúsculas, de escuela, que parecen haber mamado clases de actuación desde la misma cuna. No hay momentos de aburrimiento en “Sister Act”. No decae ni por un momento el espíritu que tiene que tener que tener todo buen musical que se precie de serlo. El montaje que hacen es digno de cualquier teatro de la Gran Vía, e incluso superior a muchas de las obras que se representan hoy allí. No tiene nada que envidiar a Broadway. Los de Amorevo lo tienen todo. Tablas, ideas, genio, ingenio, sentido del humor a mansalva, y una ilusión que desde el primer momento consiguen inocular en los espectadores.

Ya lo viví el año pasado, y he vuelto a vivirlo este año. No creo haber asistido a ningún espectáculo en mucho tiempo en que la salva de aplausos, con todo el mundo de pie, suene de una forma tan atronadora, con “bravos” emocionados de un público entregado. Iba con dos personas que pensaban antes de entrar lo mismo que pensé yo el año pasado antes de ver “El baile de los vampiros”. “Bueeeno, vamos a pasar la tarde… Un grupo de teatro aficionado… A ver si acaba pronto y nos dedicamos a otra cosa…”. Puedo dar fe, porque estaba a su lado, que desde el primer momento alucinaron en colores con las luces, con el montaje, con los decorados, con los actores. Aplaudieron los dos a rabiar, y juraron volver al próximo montaje, y al siguiente, y a todos, porque Amorevo es como una sustancia que se mete en el alma y te convierte en adicto a su forma de ver los musicales. Dos más que han caído, y no serán los últimos.

Al final del espectáculo tuvimos la oportunidad de saludar a algunos de los miembros del equipo, entre ellos a Rafael Justo, compañero y amigo de mi hermana, encargado de las luces, que por cierto son un espectáculo en sí mismas. Después saludamos a varios actores, y en ese momento fue cuando me llevé la sorpresa, la gran sorpresa de la noche: son actores muy jóvenes, todos, y os puedo asegurar que no lo parecen, que en el escenario crecen y se hacen gigantes del espectáculo. Tuve el gran honor de saludar a “Sudorito”, vestido todavía con su traje de faena, con el micrófono pegado a la mejilla, y quejándose de que al quitarle el traje en la maravillosa escena de su baile, se lo rompieron sin querer. Me hice una fotografía a su lado, y me sorprendió su juventud, sobre todo después de haber tenido el privilegio de contemplar su grandeza y su madurez como el gran actor que es. Lo mismo me ocurrió con el gángster rubio de la coleta, que se marca uno de esos bailes que cuesta trabajo olvidar en mucho tiempo, y con una de la hermanas. Son todos jóvenes, pero grandes, muy grandes actores.

El cine español está plagado de actores que no saben ni declamar ni, por supuesto, actuar, que basan todo su atractivo en su hipotética belleza, en su tabla de chocolate o en unos senos más o menos sugerentes, en la atracción que ejercen hacia una plaga de espectadores que ni sabe apreciar una buena actuación ni le importa un carajo, en su insolencia frente a las cámaras, en una supuesta rebeldía contra su entorno en particular y contra el mundo en general que de falsa que es ya aburre, y en sus constantes apariciones en la televisión, ese monstruo cada vez más mediocre, falso e insulso, que se fagocita a sí mismo y al mundo de la interpretción en general. Aparecen en series interminables, que aburren desde el primer capítulo, al menos a los que buscamos algo más que simplemente pasar el rato. Comentábamos todo eso a la salida de Sister Act, y llegamos a la conclusión de que menos mal que nos queda Amorevo. La cantera que supone ese grupo se valorará algún día como se merece.

Larga vida a Amorevo, y gracias por la ilusión, el saber hacer y la emoción que sois capaces de transmitir con un simple movimiento, una frase bien dicha, y una canción que hace vibrar.





sábado, 6 de octubre de 2012

Un sencillo test para determinar nuestra esencia

Hoy vamos a hacer un bonito test, parecido a esos que salen de vez en cuando en las revistas frívolas, para determinar un aspecto más o menos interesante, según se mire, de la personalidad de cada uno. En esta ocasión, que no será la primera, vamos a hacer todos el test de esencia española. Es muy sencillo, sólo hay dos opciones, y hay que escoger una de las dos. Digo que sólo hay dos opciones aunque en realidad hay tres, pero la tercera opción no está todavía al alcance de cualquiera. Luego veréis por qué.
El test consiste en lo siguiente: se relatan dos sucesos, y luego aparecen las opciones. Ambos sucesos se produjeron durante nuestra vergonzosa Guerra Civil. Seguramente los habrá más bárbaros, pero estos dos son probablemente los que más fuertemente se me quedaron grabados en la memoria.
SUCESO Nº 1
Creo que lo contaba Vilallonga, pero no estoy muy seguro. Toda su familia, buena familia, estaba en casa, en medio de una fiesta, cuando por delante de la mansión pasó un pelotón de falangistas con un grupo de personas maniatadas a las que iban a fusilar. El joven Vilallonga, o quién fuera, corrió a donde estaba su padre, gritando “!Les van a matar!...!No es justo!”. Su padre le respondió soltándole un ostiazo, al tiempo que le decía, con la voz desencajada por la ira “!Ellos han perdido la guerra!”
SUCESO Nº 2
Este al parecer lo vivió una de mis abuelas. Paseaba al lado de las tapias del cementerio de la Almudena. Poco antes habían fusilado a unos cuantos falangistas. Una mujer se agachó a horcajadas sobre uno de los fusilados, y comenzó a orinar sobre su cara. Con una voz desencajada por el odio, que mi abuela jamás pudo olvidar, gritó “!es un fascistaaaa!”…
 
Hasta aquí los sucesos. Ahora vienen las opciones. Las opciones consisten en decidir cuál de los dos sucesos relatados es más bárbaro. Elegid una de ellas:
OPCIÓN A: La barbaridad auténtica es el suceso 1. Parece mentira que esta gentuza, estos fascistas, chulos, beatones, soberbios y asesinos, sigan pensando que son los amos y los guardianes de la Patria. Son una casta de poderosos que mangonean y destrozan el tejido social para su propio beneficio. Qué pena que no hayamos tenido nuestra guillotina particular en su momento. Todo lo que hacen se les perdona en la misa del domingo, así, por el artículo treinta y tres. Ojalá desaparecieran quemadas todas las iglesias de un plumazo y los que van a ellas. No les importa hundir empresas porque saben que sus amiguitos de la secta les van a colocar rápidamente en otra. Si el patriotismo que esta gentuza tiene consiste en llevarse su pasta fuera del país, que me lo cuenten, que no lo veo… Y lo peor de todo es que siguen siendo exactamente iguales que cuando el abuelo Paquito campaba por sus respetos. Esa es la herencia que nos ha dejado su dictadura. Menos mal que existe un partido capaz de poner en su sitio a toda esa chusma. Ojalá se murieran todos.
OPCION B: La verdadera barbaridad es el suceso 2. La chusma debería tener una única cabeza para poder cortársela de un sólo tajo. Parece mentira que estos rojos huelguistas, vagos, abortistas profesionales, maricones, incendiarios de iglesias, ateos, asesinos, separatistas y chulos, pretendan pervertir el orden establecido con sus huelgas y sus manifestaciones. Los sindicatos, que chupan de la teta del estado, son los culpables de todo al meter mierda en la cabeza de los trabajadores. Anda que no hay gentuza viviendo del cuento, de las subvenciones, de los falsos eres, de los fraudes fiscales. Y ahí los tienes a los rojazos, gobernando como si hubieran aprendido en algún momento, removiendo la mierda de nuestro pasado, abriendo heridas que ya deberían estar olvidadas.  Escandalizando a los patriotas de verdad, amantes del orden y de la justicia. Menos mal que existe un partido capaz de meter en vereda a toda esa chusma. Ojalá se murieran todos
OPCION C: Los dos sucesos son auténticas barbaridades. No merece la pena desenterrar episodios de otro tiempo en el que estábamos, absolutamente todos en función de la zona en que le tocara vivir, marcados por el odio. No había personas en aquella época. Sólo había rojos y fachas. Era más sencillo eliminar a un rojo, o a un facha, que a una persona con nombre y apellidos. Cualquier suceso de un bando puede compensarse con otro del bando contrario. En caso de sacar toda esta mierda a la luz, que sea para restar, para ir eliminando uno con otro, no para sumar odio. Curiosamente, los dos partidos que mayor tiempo llevan gobernando, están nutridos de esta esencia, y la manejan a su antojo para arrojarla contra el otro, para enfrentar a sus votantes y, lo que es peor, para no hacer absolutamente nada, basándose en la inutilidad e inoperancia del otro. Jalean el odio, lo promueven, hablan de la derechona o de los rojos por igual, básicamente para distraer la atención. Saben que mientras se odia no se piensa con inteligencia, y esa es su arma. Ninguno de los dos es válido mientras no se preocupen de unir en vez de desunir más a los españoles.
Ahora te toca a ti elegir cualquiera de las tres opciones. Si eliges una de las dos primeras, tendrás claro a cuál de las dos Españas perteneces. Es sencillo. Por poco que rebusques en tu pasado, o en el de tus padres o abuelos, conseguirás motivos para odiar a los de la otra mitad. Si lo que buscas son motivos para odiar, adelante, lo tienes fácil, eso es lo que ha resultado más fácil en este país desde tiempo inmemorial. Una de las dos Españas es la tuya. Arremete contra la otra, no te cortes. Odia a tu contrario hasta el punto de desear que muera. Al fin y al cabo, nuestro sino es el de degollarnos unos a otros en cuanto se nos presenta la ocasión, como los paranoicos de ese cuadro de Goya que se dan de garrotazos enterrados hasta las rodillas. Y posiblemente esa fuera la solución, que una de las dos Españas desapareciera totalmente, pero, ¿cuál? En estos momentos de crisis, el campo está abonado para el odio. La cobardía, el miedo, la incertidumbre, despiertan el odio, las incontenibles ganas de culpar al que no piensa como nosotros de todo lo que está ocurriendo.
Si eliges la tercera, predicarás en el desierto, pero probablemente con el tiempo se te vaya uniendo algún loco más.  Piensa que la frontera entre cualquiera de las dos Españas establecidas es cada vez más difusa, y que cualquiera puede cambiar de lado en función de un reajuste de personal que le mande a la calle, un ascenso inesperado, un premio de la primitiva, un desahucio, un bajón del consumo del producto que venda en su negocio, o un simple manotazo de los mercados. Piensa que el odio no hace crecer, sino que limita. Que el odio sólo engendra odio. No se puede construir absolutamente nada con odio, no nos olvidemos. Y si eliges la tercera opción, y tienes la suerte de que a medida que transcurra el tiempo la vaya eligiendo más gente, probablemente llegará un momento en que se les podrá exigir a los que eligen sistemáticamente cualquiera de las otras dos que dejen de dar por culo a España con ese puto odio que no conduce a nada. Y entonces habrá llegado el momento de que los que verdaderamente gobernemos seamos nosotros, los ciudadanos, eligiendo a los que realmente no se preocupen de otra cosa que no sea la de conducir con inteligencia un país tan sumamente válido como el nuestro.
Espero que hayáis disfrutado con este bonito test.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Hablando de Grafeneck, de Tagus, de Amazon...Y del tiempo.


Han pasado ya dos semanas desde la salida de mi novela “El hombre de Grafeneck”, publicada por Tagus, el nuevo sello independiente de Casa del Libro, que a su vez depende del Grupo Planeta. ¡Dos semanas ya! Y dos semanas sólo. Parece que el tiempo transcurre de otra manera en la era digital. Apenas dos semanas, y ya me apetece hacer balance de la experiencia, contar mis impresiones, como escritor novel que soy, en un sello novel en un nuevo entorno del mundo editorial que, por qué no decirlo, también tiene algo de novel.
Uno escribe para que le lean, o al menos es esa la premisa de la que he partido siempre. ¿Qué sentido tiene transmitir las propias inquietudes al papel, si no es compartirlas con los demás? Partiendo de esa base, hay varios caminos para intentar conseguir algo que debería ser sencillo y que para todo aquel que comienza a escribir es sin embargo el escollo principal: conseguir que le lean. Así de simple. Así de duro.
¿Por qué ocurre esto, cuando precisamente lo que hoy sobran son medios para leer más y mejor, para conocer la obra de alguien justo cuando acaba de teclear la palabra fin? La respuesta es sencilla: leer supone dedicarle tiempo a alguien. Y dedicar tiempo a alguien, en un mundo en el que hoy en día todos nos creemos su ombligo, es algo muy raro. Una vez que alguien, por alguna extraña razón, se decide a ello, ¿por qué se lo va a dedicar a un desconocido, cuando existen tantos escritores consagrados, valores seguros, obras de las que todo el mundo habla, y que por tanto, tienen que estar bien?
Esa es la clave, y no creo que haya otra. El tiempo que cada uno de nosotros, como lectores, estemos dispuestos a dedicarle a los demás, a alguien que empieza, a alguien que probablemente escriba como los ángeles, pero que no sabe vender su trabajo. A alguien que tiene mucho que decir, pero al que nadie está dispuesto a escuchar porque no es más que un desconocido.
¿Cuál es el camino para hacerse ver en el mar de escritores que empieza? Creo que está claro que el de enviar el manuscrito sin más a editoriales y agentes está quemado, que hoy en día no sirve absolutamente para nada. En un mundo en crisis, las editoriales no dedican un minuto a leer todo lo que les llega, que es mucho, y apuestan por lo seguro. Lo mismo ocurre con los agentes, una figura que gracias a las nuevas tecnologías, o a causa de ellas, se encuentra en peligro de extinción, y se defiende como gato panza arriba apostando por los autores que mantiene en cartera que todavía venden con sólo nombrarlos.
Surge entonces un buen día la vía alternativa: la autopublicación en Amazon. Es sencillo, es gratuito, ¿qué más se puede pedir? Los autores suben sus novelas. Cualquiera puede subir lo que sea, lo que resulta a la vez una bendición y una maldición, porque lo mismo se pueden encontrar en Amazon joyas que verdaderos bodrios.
¿Quién decide si una obra es buena o no en Amazon? Aparentemente, el lector. Se dijo por activa y por pasiva “ahora es el lector el que tiene la sartén por el mango. La imposición de las grandes editoriales ha muerto. ¡Viva el lector independiente!”. El problema es que el lector se deja llevar muchas veces también por las listas, las famosas listas de ventas. Tan es así, que las listas deciden, que una prestigiosa editorial decidió un buen día fichar a los que estaban más arriba de las mismas, autores de éxito, con buenos productos, lo reconozco, pero no mucho mejores que otros muchos que pueblan la jungla de Amazon sin aparecer en las listas, porque no saben hacer publicidad de sí mismos o porque han colgado su novela “para ver qué pasa”.
La clave, vuelvo a repetir, no está en amazon, ni en las editoriales al uso, ni en nada de eso. La clave, el único camino para darse a conocer es conseguir que alguien se fije en lo que escribes. Alguien con criterio, con tiempo que dedicarte, con experiencia de lector, que no se consigue de otra manera que leyendo. Es la única manera.
Yo tuve la suerte, la inmensa suerte, de que mi novela fuera leída por el jurado de un concurso de novela histórica, valorada, elevada a la lista de los ganadores de ese concurso. Esa es la tercera vía, que casi nadie ha tenido nunca en cuenta, de la que casi nadie habla: la de los concursos. ¿Por qué se infravalora esta vía? Supongo que porque cuando alguien envía una obra suya a un concurso, y no gana, surge el desánimo, la sospecha de que realmente no se escribe tan bien como uno piensa. Se envía la segunda, y tampoco gana, y una tercera…Pero llega un momento en el que ya no se envían más. Ese es el error. El no ganar en uno, en diez, en cien concursos, no significa que uno escriba mal. Lo único que significa es que en ese concurso en concreto probablemente ni se hayan tomado la molestia de leerlo. Pero hay que seguir enviando manuscritos a concursos. En mi caso ha funcionado.
La editora de Tagus me telefoneó una mañana. Una llamada que jamás olvidaré, diciéndome que representaba al Grupo Planeta y que estaban interesados en la publicación de “El hombre de Grafeneck”. Ahí empezó todo. En un momento de la conversación me dijo que ella misma se había leído la novela, y que le había gustado. Recuerdo que durante toda la conversación, en la que creo que estuve un poco frío porque no me acababa de creer lo que me estaba ocurriendo, la idea que se ancló más profundamente en mi cabeza fue, precisamente, que aquella editora, perteneciente a uno de los más importantes grupos editoriales del mundo, se había tomado la molestia de leer mi novela, es decir, me había dedicado, a mí, escritor novel, una buena parte de su precioso tiempo.
Conozco a algunos reticentes a entablar relaciones con Tagus. Es un sello nuevo, con una andadura incierta, en un mundo actualmente revuelto, con un contrato más o menos vinculante… Bien, es una opción tan respetable como otra cualquiera. La publicación en Amazon también lo es, por supuesto. Bajo mi punto de vista, cualquier medio destinado a que alguien nos conozca, nos lea, nos valore y se tome la molestia de publicarnos, o de decirle a sus amigos que no escribimos del todo mal, es lícito de tomar. Yo no fiché por Tagus por otra razón que no fuera que su máximo responsable había creído en el potencial de la novela. Y además me había dedicado parte de su tiempo leyéndola, y eso es algo, esa es la clave, por la que le estaré siempre agradecido.
Del mismo modo que estaré siempre agradecido a todas aquellas personas que leyeron la novela, que perdieron parte de su tiempo conmigo, y en especial a las que se tomaron además la molestia de reseñarlas,
 como Blanca Miosi, la primera persona que la leyó, se tomó la molestia de corregir el sin fin de errores que tenía en su primera versión, y sobre todo, creyó en ella, porque es un tema que le entusiasma como a mí.
Como Lidia Cervantes, amiga de los tiempos de Yoescribo, que escribió una magnífica reseña.
Como Montse Martín, que escribió una reseña que me llegó al alma y que me tira de las ojeras cada vez que dudo de la calidad de la novela. Montse me dijo el otro día la frase probablemente más bonita: "Tú puedes pensar de tu novela lo que quieras, pero de mí no pienses que soy tonta, porque a mí me encantó.”
 Como Nyra Parra, que escribió una reseña, también emotiva, en la que incluyó fotografías de los posibles protagonistas de la película.
Como El bibliófilo enmascarado, otra persona a la que no conocía y que sin embargo realizó una crítica ecuánime y certera.
Como Jesúsde las Heras, que la leyó con criterio de conocedor del tema y la reseñó de la misma manera.
Como Tatty, de El Universo de los libros, que la leyó porque también le atrae el tema, y escribió una reseña digna de enmarcar.
O como PaulAndreas Wunderlinch, un gran amante del objetivismo de Ayn Rand (la autora de “El manantial”), que encontró en la novela aspectos que incluso a mí me habían pasado desapercibidos en el momento de escribirlos.
Pinchando en el nombre de cada uno de ellos, podréis acceder a la reseña que hicieron de la novela.
“El hombre de Grafeneck” ha comenzado su andadura de la mano de Tagus, cuya responsable creyó en la novela y se tomó la molestia de leerla. Hasta dónde llegue, sólo el tiempo lo dirá. Al final, es únicamente el tiempo el que coloca a cada cosa en su lugar.
A todas aquellas personas que dedicaron parte de su tiempo a conocer mi novela, a conocerme a mí, les dedico esta entrada. Gracias de todo corazón.
ENTREVISTAS
“EL HOMBRE DE GRAFENECK” EN CASA DEL LIBRO
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PLANETA DE LIBROS
 

jueves, 17 de mayo de 2012

Hambre

Muchos de vosotros recordaréis unas imágenes que se emitieron por televisión hace bastantes años, procedentes de Argentina, cuando el país estaba sumido en su terrible crisis. Se trataba de una niña que estaba muriendo de hambre. Recuerdo que también salía hablando un político, que a la pregunta de una mujer, de por qué estaba sucediendo aquello, de cómo era posible que alguien muriera de hambre a aquella altura del siglo en un país supuestamente adelantado, respondía, con gesto de abatimiento, “Señora, eso está sucediendo porque todos los políticos de este país somos una casta de hijos de puta”. No recuerdo si a partir de aquello empezaron a mejorar o no las cosas en Argentina, pero quiero creer que, en efecto, así fue.
Esta tarde estaba buceando en la página de RNE. Por curiosidad, he escuchado una entrevista que Juan Ramón Lucas le hizo ayer a Antoni Bruuel Carreras, coordinador general de Cruz Roja, a tenor de la presentación del informe de vulnerabilidad social.
El documento me ha parecido espeluznante. Os dejo el enlace y os invito a escucharlo detenidamente. Sólo dura siete minutos.
Cruz Roja está ayudando con alimentos a 1.100.000 familias, con ropa a 80.000, y con ayudas para la escolarización a 10.000 niños, cuyo número se doblará el año que viene. El 80 por ciento de las personas que atiende Cruz Roja, está por debajo del umbral de la pobreza, que se sitúa en los 628 euros al mes. Por el sarcasmo de la estadística, el porcentaje ha bajado del año pasado a este, cuando se situaba en el 90 por ciento. No nos engañemos. El umbral de ingresos estaba situado en los 700 euros mensuales, de ahí que haya bajado el porcentaje. El perfil de los que acuden a la ayuda es de formación secundaria e incluso superior. El riesgo, que antes se asociaba sólo a factores sociales, se asocia ahora a factores puramente económicos, y termina desencadenándose en fracaso escolar, problemas de alcoholismo, depresiones, etc.
Lo peor sucede hacia el minuto 4:33. Juan Ramón lanza una pregunta, una terrible afirmación, más bien, y Antoni Bruul la corrobora, no sin titubear un momento:
Antoni, en estos momentos hay familias que están pasando hambre en España
— Si, si, definitivamente. Hay familias que están pasando hambre y que además se aíslan cada vez más. Otro dato que nos preocupaba muchísimo es el aislamiento de las personas por vergüenza o por sentirse inseguras.
La entrevista sigue. Juan Ramón comenta que en programa de Jordi Tuñón, “Afectos matinales”, un hombre parado llamó para decir que le habían tocado cien euros, y que se los había gastado en carne. Antoni dice entonces que muchas familias son incapaces de adquirir proteínas, en forma de carne o pescado, ni siquiera tres veces por semana. La entrevista acaba con una frase de Juan Ramón. “hay gente, el vecino de cualquiera de nosotros, que vive en nuestra escalera a lo mejor, que no puede comprarse carne”.
Me he quedado de piedra. No son una, ni dos. Son 1.100.000 familias las que están recibiendo alimentos. Me ha dolido en lo más hondo ese aislamiento al que hace alusión Antoni, por vergüenza o por sentirse inseguras. No son ellas precisamente quienes deberían sentirse avergonzadas. Ni mucho menos. Ya doy por hecho que aquí no van a salir a la luz, no van a presentarse ante las cámaras de televisión, ante la ciudadanía, la caterva que de una u otra manera nos ha empujado a todos a este callejón sin salida. Y no me refiero sólo a los políticos, tanto de un signo como de otro, sino a todo aquel que tenga algo que ver con esta situación.
Me refiero a unos sindicatos inútiles, ineficaces, con la tripa llena de dinero público, a los que les importa un carajo el bienestar de los trabajadores, y de lo único que se preocupan es de llenar las arcas.
Me refiero a los inútiles e ineficaces gobiernos de socialistas y de conservadores, más preocupados en defender sus reinos de taifas, sus parcelas de poder, el voto inútil y cautivo de sus incondicionales con orejeras, que del buen gobierno que un país como el nuestro necesita. Unos incapaces que se escudan en la incapacidad del otro para justificar la suya.
Me refiero a los corruptos en Ayuntamientos y Comunidades, desde el alcalde o el presidente hasta el más irrisorio concejal de festejos. A todos ellos, y son muchos, que han esquilmado nuestro dinero en gastos superfluos, consejerías que no valen para nada, subvenciones absurdas, comisiones vergonzantes, recalificaciones monstruosas y adjudicaciones de obras en burdeles de lujo y mercados de droga.  
Me refiero a esos falsos patriotas, patriotas de mierda, a los que lo único que les importa es el orden y conservar sus rancios privilegios, aunque este se rompa para reivindicar unos derechos básicos, como lo son la educación, la sanidad o el I+D, que nos están robando para compensar a un sistema financiero que se arrogó las atribuciones de promotor universal de España sin tener ni puta idea del negocio, y que sigue manteniendo unos sueldos astronómicos para consejeros que no sirven para nada. Los verdaderos patriotas, los que protestan, lo hacen porque aman de verdad a su país y a sus gentes, y aspiran a la perfección, como dijo alguien en Twitter hace poco.
Me refiero a los defraudadores de todo tipo, a los que luchan denodadamente por seguir sin dar un palo al agua, o por conseguir una baja permanente a pesar de estar sanísimos. A los que viven de subvenciones inmerecidas, a los que son incapaces de mover un dedo para mejorar su entorno, resignados como están a que en este país, “quien no corre, vuela”. A esos obreros especialistas en el escaqueo, y a esos empresarios de casta superior,  anquilosada en un pasado hortera, casposo y tercermundista, incapaces de subir diez céntimos el sueldo a su personal, pero muy capaces de gastarse 100.000 euros en invitar al corrupto de turno a irse de cacería y de putas caras para conseguir una licencia.
Me refiero a esos arribistas, empleados en una empresa, capaces de remover Roma con Santiago, de dar los codazos que sean necesarios, de chupar las pollas que hagan falta, para conservar su sillón. A esos cobardes de mierda incapaces de reivindicar mejoras laborales o una mera estabilidad, que vamos perdiendo poco por nuestra dejadez y nuestra absoluta falta de empatía con lo que le ocurra al prójimo.
A todos ellos les digo que deberían ser ellos los que se avergonzaran, que deberían ser ellos los que se metieran en su casa para no salir jamás, hasta que se pudrieran de vergüenza.
Aquí no ocurrirá como en Argentina con aquella niña a punto de morir de hambre. Aquí no se verán en televisión las imágenes de la primera víctima de esa lacra impensable en un país soberano. Ya se encargarán los medios de comunicación, al servicio también de oscuros intereses que nada tienen que ver con el bienestar del país, de ocultarla convenientemente con alguna final de fútbol, único acontecimiento de mierda capaz de remover nuestras conciencias y sacarnos a la calle. Probablemente ya se haya producido alguna defunción por hambre.
Probablemente, como decía Juan Ramón Lucas al final, sea ese vecino nuestro, que vive en nuestra escalera, el que haya fallecido, y ni siquiera nos hemos enterado. Probablemente ni siquiera nos enteremos cuando seamos nosotros mismos los que muramos de hambre.