sábado, 21 de marzo de 2020

Prudente temor, patológico terror


Mi amiga Myriam me ha pasado esta mañana un video que me ha dado mucho que pensar. Myriam es una de esas personas con las que tengo el privilegio de mantener una amistad de esas que, aunque por circunstancias se encuentre larvada durante largos periodos de tiempo, surge con fuerza cada vez que nos ponemos de acuerdo. Los dos tenemos una sensibilidad muy parecida con respecto a nuestro entorno, a nuestra gente, a los amigos y al propio concepto de amistad. El caso, decía, es que esta mañana me ha pasado este video, comentándome que la había tranquilizado bastante:


Y es verdad, lo que dice este hombre, además de tener mucho sentido desde el punto de vista científico, aporta mucho con respecto a lo que debería ser nuestro comportamiento durante estos extraños días que estamos viviendo.

La situación nos sobrepasa a todos. Nadie, y repito, NADIE (ni siquiera nuestros mayores, que sonreirían socarronamente diciendo “esto ya lo he vivido yo” si realmente hubiera sido así) se ha encontrado jamás ante una emergencia como esta. El inolvidable “quédense en sus casas” que salía de un vehículo en marcha en la localidad de Benidorm el pasado sábado día 14 de marzo (sí, la alerta nos pilló a mi madre y a mí allí, en una visita de varios días a mis primos Isabel y Miguel, pero eso es otra historia…) se asemejaba vagamente a una escena vista en alguna película de ciencia ficción, pero a nada vivido realmente. Recuerdo al principio a mi madre descolocada, sin saber muy bien qué hacer, hasta que decidimos regresar a Madrid el domingo.

El vídeo de este hombre comienza con el llamamiento a la tranquilidad del presentador. “¿Por qué no nos pone un poco de tranquilidad en todo esto?”. Es importante mantener la calma, y Alfredo Miroli nos habla de los dos tipos de miedo que nos pueden sobrevenir. Por un lado, está el “Prudente temor” (mejor me cuido), y por otro el “Patológico terror”, que viene además acompañado de discriminación. Pero no voy a desvelar más sobre el video. Aunque es un poco largo, os recomiendo que lo veáis, ya que da muchas pautas para prevenirse contra el contagio. Es especialmente interesante también la parte que le dedica a la epidemia de peste que se cebó en Europa en la Edad Media, y en la que por culpa de ese “patológico terror” murieron más de 25.000.000 de personas en lugar de las 200.000 que deberían haber muerto (la causa de ese aumento os va a sobrecoger).

El tema está en lo que significa ese “Prudente temor”. Ayer estuve hablando con mi prima Maise, que trabaja en el 12 de Octubre (mi aplauso de las ocho de hoy ha sido para ella). Tenía miedo, pero era ese miedo prudente que la va a llevar a protegerse. Es como el miedo que tienen los que montan los andamios en las obras de construcción. Una vez me dijo uno de esos montadores “tenemos miedo, pero lo superamos y cumplimos con nuestro trabajo. El que no tiene miedo es el que se cae”. Y ese es el quiz de la cuestión. Creo que todos tenemos que tener en estos días ese “prudente temor”, mantener las indicaciones que se están dando desde las instituciones, no salir de casa, valorar el trabajo de los miles de héroes anónimos que se están jugando la vida, y centrarnos en llevar este problema, vuelvo a repetir que completamente desconocido, de la mejor manera posible.

Pero yo iría incluso un poco más allá: el confinamiento nos ha llevado a una nueva situación que en algunos casos puede producir stress por la falta de costumbre, por el contacto continuo con algún familiar o por esa incertidumbre sobre lo que va a durar en el tiempo. Ese “prudente temor” creo que se puede dedicar a hacer algunas actividades que igual no se nos ha ocurrido realizar antes. Existen multitud de iniciativas de plataformas digitales para aprovechar bien el tiempo. Podemos hacer cosas incluso por los que están enfermos, como escribir cartas anónimas para los que están aislados, preocuparnos de los mayores con menos recursos que están solos en sus casas… Hay multitud de páginas en Internet (no pongo enlaces, pero se pueden buscar sin problemas si es que no os han llegado ya por wasap) que se han centrado en lo que debería ser nuestro caballo de batalla, nuestro objetivo principal, que no es otro que el de arrimar el hombro, empujar todos en la misma dirección para terminar cuanto antes con esta situación.

Los que se han dejado llevar por el “patológico terror” no deberían merecer ni siquiera nuestra atención. Y no me refiero únicamente a los estúpidos que se empeñan en salir a la calle sin protección alguna, en parejas y sin un rumbo fijo, no, ni a los que montan broncas en los supermercados o acaparan productos como si no hubiera un mañana (y algún descerebrado incluso cuelga en Twitter el video de su casa llena hasta el techo de productos). Me refiero también a los que siguen increpando y sembrando el odio con dogmas políticos, culpando a la izquierda de convocar las manifestaciones previas a la crisis, y a la derecha de haber recortado los presupuestos de Sanidad para inyectar a los bancos, lo que provoca la falta de medios. Me refiero a los políticos de otras comunidades que hacen chistes sobre los muertos de Madrid. Me refiero a los que insultan a los responsables visibles de la gestión de la crisis, y a los que en Twitter hacen predicciones apocalípticas anticipando el fin de la especie, y culpando a unas personas a las que les viene muy bien que disminuya el número de seres humanos en el mundo. Me refiero a los descerebrados que piden comida a domicilio y ni siquiera son capaces de tomar la más mínima medida de seguridad con la persona que se la lleva a casa. Me refiero a esos que cogen el coche para pasar el fin de semana a su segunda residencia, sin tomar tampoco la más mínima medida. Me refiero a esos que han estado en lugares de riesgo y lo ocultan, como dice el doctor en su video, y ni siquiera toman las precauciones mínimas. Todas estas personas se han dejado llevar por el terror, y en estos momentos tenemos que ser fuertes para no dejar que sus cantos de sirena nos afecten lo más mínimo en lo que es nuestro objetivo, que es mantener la tranquilidad y arrimar el hombro en la medida de nuestras posibilidades. No hay que prestarles ni un segundo de atención, ni en las redes sociales ni en los medios. Son cobardes a los que lo mejor es despreciar, apartarlos de nuestro lado para siempre.

Hay muertos en esta crisis. Muertos que de momento están aumentando con cifras alarmantes en todo el mundo. Por respeto a esos muertos, por respeto a la vida, debemos centrarnos en tranquilizarnos y en tomar las medidas que debemos tomar para evitar los contagios. Ya habrá tiempo, cuando las aguas se hayan calmado, para pedir explicaciones y ajustar cuentas con los que han preferido dejarse llevar por el “Patológico terror”.

jueves, 5 de marzo de 2020

El mes que, como mujer, viví peligrosamente. EMPATÍA


Aunque parezca mentira, todo ha empezado esta mañana con una conversación en Twitter. Una conversación de esas que merecen la pena, de las que hacen pensar que en Twitter también se puede aprender algo siempre que tengas la mente abierta para aprender, por supuesto. Noelia-ae (@MumBronte, podeis leer su hilo de 4 de marzo de 2020 a las 10:36 pm) contó ayer una historia que le ocurrió en su primer año de carrera, cuando salía a las 21:00 de la universidad y tenía que pasar por una terraza en la que un grupo de chicos la “piropeaba” cada día en un tono subido, de forma cada vez más violenta, provocando que cambiara de ruta atemorizada. Al final sus padres tiraron de conocidos, que les dieron un toque a los chicos y dejaron de molestarla. Estaba leyendo la historia y he empatizado con Noelia hasta tal punto, que me he venido arriba y he contado, en la misma conversación, la historia que viene ahora, que sin tener nada que ver aborda el tema de los “inocentes piropos”:

Fue más o menos durante el verano de 2015. Quería poner en circulación una novela, y conversando con mi novia, y dado que está más que comprobado que existen más lectoras que lectores, decidimos publicarla en Amazon con un nombre femenino (digamos Marisa, por ejemplo), un seudónimo. La publicación en Amazon nos llevó tres minutos, y el perfil de Marisa que creamos en FB para darle publicidad a la novela, poco más o menos lo mismo. Como fotografía de perfil escogimos algo parecido a la imagen que preside esta entrada (no era esa, pero muy similar). Tras unos cuantos tecleos y unas cuantas noticias colgadas en el muro, conseguimos amigos rápidamente, tanto mujeres como hombres. Hasta aquí, todo perfecto. Me metía cada dos por tres en el perfil de Marisa (cualquier escritor novel sabe que sin publicidad en las redes su novela se puede morir inmediatamente), y colgaba comentarios, noticias, estados y, por supuesto, el enlace a Amazon. Hasta aquí, todo perfecto.

El problema surge cuando un buen día, de repente, uno de esos “amigos”, un hombre de unos cincuenta años con una fotografía de perfil en la que aparecía con pinta de latin lover en decadencia, me envía por el chat la siguiente frase: “Hola, preciosa, ¿te gusta andar desnuda por casa?”. Yo me quedé de piedra. No sabía qué contestar. Quería darle un pequeño hachazo, y le contesté algo así como que no estaba en FB para ligar, ni mucho menos. Pero el tipo siguió preguntando cosas, cada vez más subidas de tono. Mis respuestas le entraban por un oído y le salían por el otro, él seguía erre que erre con su machaqueo. Aquello duró un par de días. Al tercero, otro tipo, que después me enteré de que era amigo del anterior, me bombardeó con preguntas del mismo tono que el otro. Que si prefería ponerme arriba al follar, que como tenía las tetas, que le enviara alguna fotografía… me pidió una cita, me pidió el teléfono… Lo que más me sorprendió de todo aquello era que por mucho que no les diera pie a seguir, ellos machacaban con lo mismo una y otra vez, con la esperanza, supongo (no soy capaz de meterme en esa línea de pensamiento), de que la torre finalmente caería, de que aquella actitud mía no era más que una táctica para provocar aún más sus instintos. Todo acabó un día, calculo que un par de semanas después del primer mensaje, en el que mi novia y yo asistimos, muy sorprendidos y algo asustados, al llenado de la pantalla con los chats abiertos de cinco o seis hombres, que enviaban sus mensajes a los tres segundos de que se conectara Marisa.

No quiero ni debo juzgar nada, ni sacar ninguna conclusión. En algún momento, siendo Marisa, y contestando como creía que debía contestar ella, sentí vergüenza de pertenecer al mismo género que aquellos personajes. Hoy soy consciente de que esa vergüenza se debía a que había empatizado con esa mujer ficticia hasta tal punto, que pude comprobar en mi propia carne lo que estaban sufriendo muchas mujeres en FB. Cada uno de aquellos “angelitos” tenía un gran número de “amigas” en su perfil, y seguro que Marisa no era ni la primera ni la única a la que le habían tirado los tejos de esa forma tan cansina.

No todos los hombres somos así, por suerte. No sería justo que los hombres de verdad que lean esto (“el hombre de verdad se contiene”, decía Albert Camus) se sientan identificados o comparados con unos cuantos enfermos a los que, en justicia, no se les debería llamar hombres. Una gran mayoría vemos, o estamos aprendiendo a ver a las mujeres como personas, iguales que nosotros, alguien a quien no hay ni que proteger ni que avasallar, como decía en mi entrada anterior. Esa minoría de hombres digamos “especiales”, que piropean en la calle o de forma anónima, es eso, una minoría, pero avasallan a tantas mujeres a lo largo de su día a día como depredador, como macho alfa, que al final son una gran mayoría las mujeres molestadas por una minoría de hombres. Muchos me dirán que no es algo grave, que un piropo bien dicho es elegante, y que una mujer no debería molestarse por eso. Podría ser, en algunos casos, no digo que no, pero en el caso de Marisa, lo que le dijeron, lo que me dijeron esos tipos, no fue ni fino ni elegante precisamente.

No quiero que esto se utilice para atacar a los hombres en su conjunto, ni mucho menos, como sin duda harán muchas feministas radicales para las que la igualdad consiste básicamente en la eliminación completa del género masculino. No, no lo hago por eso. Escribo esta entrada para que todo el mundo sea consciente, hombres y mujeres, de que hay muchos hombres capaces de empatizar con la mujer ante ese acoso que socialmente sufren y han estado sufriendo durante muchos años, y muchas mujeres que empatizan, apoyan y respetan a esa clase de hombres. Y la escribo animado por los comentarios positivos de muchas personas (hombres y mujeres, otra vez) que han participado en la positiva y respetuosa conversación de esta mañana en Twitter. También reconozco que hasta ese momento, y por esa especie de corporativismo absurdo de género que tenemos o teníamos muchos, no le había dado demasiada importancia al asunto de los piropos. Soy mayor, me eduqué en un entorno más machista que el de ahora (como muy bien me ha hecho ver un hombre de 19 años que con sus argumentos me ha dado mucho que pensar), en el que la conversación de bar o de vestuario de gimnasio entre los colegas giraba siempre entre las tetas de una y otra, o “las bragas de la de siempre”. “En el fondo les encanta que las piropeemos” era una frase muy extendida. Y yo probablemente no le daba importancia al asunto, hasta que me convertí en Marisa durante un corto espacio de tiempo, y comencé a entender muchas cosas, y muchas actitudes que no conducen a nada.

Son pocos, son enfermos, pero meten mucho ruido.

martes, 25 de febrero de 2020

Sexismo, Feminismo, ¿Personismo? El amor construye, no destruye


La fotografía que encabeza la entrada pertenece a la campaña que está desarrollando el Ayuntamiento de Madrid en un intento de alertar contra la violencia de género. "El amor construye. Si destruye, no es amor. Si te controla, no es amor". Aunque para muchos pueda parecer una perogrullada, lo cierto es que existen todavía muchas personas que no consiguen identificar todavía lo que es amor y lo que es otra cosa, muy diferente, que no se puede definir fácilmente, y que puede conducir a la violencia de género: el sexismo. Me vais a permitir que en esta entrada agregue de vez en cuando una frase, que me gustaría que se leyese como un mantra. Ahí va la frase:

NADIE NECESITA A NADIE

Puede parecer dura, pero es la realidad que todo el mundo debería tener en la cabeza desde el momento en que adquiere uso de razón. A ver, me refiero a nivel sentimental. Es obvio que si se nos estropea el coche, el grifo de la ducha o la próstata, debemos acudir a los profesionales correspondientes que nos arreglen esos desajustes. A ver si alguno o alguna la va a tomar al pie de la letra y la vamos a liar. Vamos a hacer un poco de historia:

NADIE NECESITA A NADIE

Si esta entrada se lee en grupo podéis repetir la frase con la misma cadencia que cuando asistís a una novena, a la oración en la mezquita o a un templo budista. Bien, vamos allá: hubo un tiempo en el que los papeles, los roles de hombre y mujer, no tenían preponderancia uno sobre el otro. El hombre cazaba, la mujer procreaba y cuidaba del hogar, pero no era más importante la labor de uno que la del otro, o en todo caso puede que incluso lo fuera más la de la mujer, que aseguraba la supervivencia de la especie. El personaje más importante era el artista, hombre o mujer, que representaba los símbolos que adoraban.

NADIE NECESITA A NADIE

El problema surge cuando el ser humano se para a cultivar, y necesita a alguien que no cultiva, pero que le gestiona los productos. Aparece así la primera casta inútil, que vaya usted a saber por qué, está compuesta por hombres, los funcionarios y los sacerdotes. Alguno de ellos se pone en una ocasión un trozo de oro en el dedo, porque le gusta como brilla, y ahí aparece un nuevo mal: la codicia. Para controlar a los sacerdotes aparece el poder, y ese poder está encarnado en hombres. Son los hombres los que empiezan a empoderarse, por decirlo con una palabra actual, y sus consortes las/los que empiezan a rivalizar entre ellas/ellos por obtener el favor de los poderosos.

NADIE NECESITA A NADIE

La historia de nuestra sociedad ha otorgado roles diferentes a hombres y mujeres, y por el hecho de nacer con un sexo o el contrario asumimos esos roles. La mujer se siente oprimida por el hecho de serlo. Y no se trata de algo innato, sino de la estructura patriarcal que dicta que el hombre es la máxima autoridad en la familia. Esto ha sido así hasta hace muy poco, y de hecho sigue siendo así en muchas sociedades, incluso en la nuestra. Resulta patético, a pesar de su belleza literaria, leer las historias de Jane Austen, en las que la máxima aspiración de una madre para sus hijas, y de las hijas mismas, era pescar a un rico hacendado que les solucionara la vida. No hace mucho de aquello, es algo que se ve como natural incluso ahora, como esas madres que disfrazan de princesitas a sus hijas en los carnavales. Se ha promovido y se promueve la dependencia de la mujer hacia el hombre, hacia el príncipe azul.

NADIE NECESITA A NADIE

Tanto la mayoría de los hombres, como muchas mujeres, consideran a las mujeres vulnerables. Esto se llama sexismo, y el machismo sólo es una parte del sexismo, que puede ser hostil cuando se considera a la mujer como alguien inferior y hay que dominarla, aunque sea con violencia (germen de la violencia de género), o se consideran las tareas masculinas más importantes y se la aparta del poder, o existe una hostilidad manifiesta hacia las mujeres libres o independientes. El otro sexismo es el benévolo, no tan peligroso pero sí a erradicar. Este sexismo ve a la mujer como alguien a proteger, “no lo hagas tú, ya lo hago yo”, etc. Trae como consecuencias la caballerosidad y el mito de la media naranja, en la que una mitad es siempre inferior a la otra.

NADIE NECESITA A NADIE

Con estas premisas, esta historia de la Humanidad y esa ridícula estructura patriarcal, hemos vivido hasta el momento en que la mujer ha comenzado a reivindicar su estatus de persona, y esa es la clave de todo esto: somos PERSONAS, no hombres ni mujeres, y una vez que lo entendamos y lo asimilemos en nuestro ADN, comienza a tener sentido el mantra, porque la realidad es esa, que nadie necesita a nadie. Ni un hombre a una mujer, ni una mujer a un hombre. Para desarrollar una vida plena es necesario desarrollarse uno mismo como persona, sin tener en cuenta el concepto de género, potenciando las capacidades sin tener en cuenta los roles que la sociedad le asigna a cada uno. Tenemos que desaprender, despojarnos de ese disfraz de princesita que le pusieron a mi hermana por ser niña, y del de futbolista que me colocaron a mí aunque jugara al fútbol como el puto culo.

NADIE NECESITA A NADIE

Muchas mujeres sexistas buscan la protección del hombre, como antes han disfrutado de la del padre. Asumen el rol que la sociedad les ha otorgado, NECESITAN  alguien que las proteja por su debilidad. Ahí empieza el problema del maltrato. Pero amigos, en eso no hay amor. No es un acto de amor, es un acto de miedo, de necesidad, de querer tener las necesidades cubiertas, de dependencia. No es algo bonito, que es lo que debería ser el amor, sino difícil, dañino. Es meterse en la boca del lobo. El dominador, que asume su papel de una forma hostil (ya hemos visto que el sexismo benévolo es más o menos igual, pero no tan agresivo), acabará anulando a la dominada (o al dominado), pero eso, ya digo, no es amor.

El amor surge cuando somos conscientes de que somos personas libres, autónomas e independientes, que hemos elegido gestionar nuestra vida a nuestra manera, sin tener en cuenta esos papeles que los que nos rodean se van a encargar de recordarnos de manera machacona a lo largo de toda nuestra vida. ¿Quién no ha escuchado, incluso de familiares cercanos, las preguntas “¿Y cuando te casas? ¿Y cuando vas a tener un niño? ¿Y para cuando la parejita?...”. ¿Cuánto daño ha hecho el “Qué dirán” a las relaciones entre seres humanos? El que asume eso como norma de vida me atrevo a decir que no es capaz de enamorarse, que se limita a seguir el camino "correcto, tradicional". De ahí la culpabilidad que hasta no hace mucho han sentido los homosexuales, tanto hombres como mujeres.

NADIE NECESITA A NADIE

Y es en ese momento cuando surge el amor. Heterosexual, homosexual… Es lo mismo, es amor, y no debemos verlo jamás como una situación de dependencia, sino como una oportunidad más para crecer y desarrollarnos como seres humanos libres e independientes. No busquemos a nuestra media naranja, sino a otra naranja completa que nos ame y a la que amemos con toda el alma.

Quiero agradecer a Laura Redondo el tuit del que he resumido los conceptos de sexismo, roles sociales, estructura patriarcal y violencia de género. Es una persona de la que estoy aprendiendo mucho sobre estos temas. Si queréis echarle un ojo a su tuit os paso el enlace:


viernes, 14 de febrero de 2020

Compañeros de viaje, compañeros de celda. La mirada obtusa, la mirada abierta


¿Somos conscientes del daño que le han hecho a la humanidad, y le siguen haciendo hoy en día tres simples palabras, “como debe ser”? ¿Qué sería de nosotros si los genios individuales, a lo largo de la historia, hubieran estudiado el cielo y las estrellas “como debe ser”, hubieran pintado según las reglas, “como debe ser”, o hubieran viajado únicamente por las rutas conocidas, “como debe ser”? Para Kant, el artista en estado puro es el genio creador, el que pone sus propias reglas e invita a sus discípulos a descubrir su propio camino buscando la inspiración que él encontró en su momento. Para Hegel, parte intrínseca de la obra de arte es la interpretación que de la misma hace el espectador, convirtiéndose este en una parte más de la obra de arte, otorgándole esa categoría con su admiración y respeto ante algo para lo que, previamente, ha sido educado, porque contemplar y valorar una obra de arte requiere una preparación, aunque sea mínima, consistente en disfrutar con las obras de arte.

Pues bien, “Sólo nos queda bailar” es una auténtica obra de arte. Se trata de una coproducción Suecia-Georgia dirigida por Levan Akin (desconocido para mí) que nos cuenta las vicisitudes de un bailarín de danza georgiana (desconocida para mí), interpretado por Levan Gelbakhiani (desconocido para mí), que descubre su homosexualidad, en un entorno cultural en el que la homosexualidad es una malformación que se puede curar en un monasterio. La historia es simple, las interpretaciones magistrales, las escenas de música y tradiciones fantásticas. Continuamente, al verla, piensas “pero cómo narices puedo saber tan poco de esta cultura tan interesante…”, y sales con ganas de saber más, de empaparte de una cultura muy cercana a la nuestra en muchos aspectos pero muy diferente en otros.

¿Y por qué me fui a verla ayer por la tarde, el mismo día del estreno? Porque había visto, en las noticias, que la película ha levantado protestas entre mucha gente de ese país, Georgia, y de otros afines, al tocar el tema de la homosexualidad en un entorno, el de la danza georgiana, que al parecer es la expresión de la masculinidad. Homófobos y ortodoxos se agolpaban en las puertas de los cines, protestando por una película que ni siquiera han visto, porque se lo dicen sus mayores, sus guías, sus pastores. Protestando ante algo que desconocen porque no es, en definitiva, “como debe ser”. ¿Son conscientes esas personas de que sus prejuicios, su religión, sus fobias, sus miedos, sus ideas políticas, les están impidiendo disfrutar de la inmensa magia, la inmensa poesía, la tolerancia, la esperanza en el ser humano y la grandeza de esa película? No, por supuesto, no lo son. Miden el mundo a la medida de su micromundo, de su mirada cerrada, de lo obtuso de su vida, y es una pena, pero no se puede hacer nada.


Mis cuatro hermanos (porque mi cuñada y mi cuñado son hermanos para mí) volvieron ayer de un viaje a la India. La fotografía que encabeza esta entrada la hizo mi hermano en el Ganges, al amanecer. Por la noche hablé con mi hermana. En un momento de la conversación, me dijo “pero es que hay una mirada de felicidad en sus ojos…”. Lo dijo con emoción, con admiración y respeto. Esta mañana la conversación ha sido con mi hermano. Recordando una imagen que contempló en un templo Sij perdido en el interior de la jungla, de un ser humano que estaba allí esperando a recibir comida, se ha emocionado. Al contarme que se emocionó al verla, ha vuelto a emocionarse. Ese es el respeto hacia otra cultura diferente de la nuestra. Eso es viajar con la mirada abierta.

Me ha contado con una naturalidad tremenda el asunto de la ceremonia de los difuntos en el Benarés. “Nosotros vivimos de espaldas a la muerte”, me ha dicho, y tiene razón. En ese momento, mi hermano era el otro, se había convertido por obra y gracia de su mirada abierta en el otro, con respeto y empatía hacia unas tradiciones muy diferentes a las nuestras pero igualmente válidas, porque lo son para otros seres humanos. Hace casi veinte años, un conocido que trabajaba conmigo, el mismo que me dijo al día siguiente de fallecer mi mujer “tienes que pensar en rehacer tu vida” (que tenía razón, pero no me lo digas al día siguiente, un poco de por favor…), me contó la misma escena del Benarés, pero de una forma muy diferente, haciendo hincapié en lo “truculento” que para él resultaba aquello, en la "gilipollez de adorar a las vacas en un país en el que mucha gente pasa hambre", para rematar diciendo que “en la India se come fatal”. Esa era la mirada obtusa a que me refería antes. Ese personaje no fue capaz de entresacar de su viaje otra experiencia que no fuera la de los prejuicios y clichés que ya llevaba de antemano en la maleta. No entendió absolutamente nada, porque ni viajando quería salir de su micromundo. Para este hombre, lo importante era ir medrando en su trabajo, a costa incluso de pisar las cabezas que hiciera falta (que lo hizo), y rendirle culto a su forma de ser, ya cerrada e impermeable a nuevas experiencias.

Hay muchos culpables de la mirada obtusa. Esa mirada surge cuando la pareja, la enseñanza, la educación, los padres, la religión, etc encaminan sus esfuerzos a impedirte que decidas por ti mismo. Esto hila otra vez con el pin parental, pero no es el tema de hoy. Parece que todos estos “amigos” se han puesto de acuerdo para anular del ser humano la empatía hacia otros pueblos, otras culturas, a base de prejuicios, tradiciones absurdas y mentiras descaradas cuya finalidad es anular la conciencia de la grandeza que todo ser humano posee. Esos estamentos se han convertido para nosotros en compañeros de celda, no en compañeros de viaje, que es lo que deberían ser. “¿Para que viajar, si lo tenemos todo aquí?”, le dice una mujer a su marido en la película de “El nadador”. Es otra vez la cultura del tener, no del ser, que es lo que engrandece al ser humano y produce genios como los que admira Kant.

Y no hablo de la religión en términos absolutos. Para mí el capitalismo es la nueva religión del ser humano, que le mete en la sangre la idea de tener cada vez más, como dogma de fe, con un premio final que no es el paraíso, sino una tumba llena de cosas materiales. Esa sensación de no tener jamás las necesidades cubiertas nos empuja a seguir empeñados en cubrirlas de una forma absurda, adquiriendo cada vez más cosas y dedicando todo nuestro tiempo a seguir acumulando. Para disfrutar del arte, de la vida, de uno mismo, es imprescindible tener la sensación de tener cubiertas las necesidades, y es necesario tener tiempo para dedicarte a la contemplación, a la serenidad, a vivir y ver la vida. Eso es lo que nos está robando, sin que seamos conscientes, esta nueva y peligrosa religión. La mirada es cada vez más obtusa.

Hablando con el guía mi hermano, le preguntó que qué piensan ellos, los hindúes, de los ingleses. El guía le contestó “vivimos el presente. No nos ocupamos ni del pasado ni de un futuro que puede no llegar nunca o llegar cambiado. Es un tema histórico, pero no nos afecta en nuestra forma de vivir el día a día”.

¿Os imagináis lo que sería España si, de una santa vez, dejáramos atrás nuestro terrible pasado, abriéramos la mirada al mundo, y nos dedicáramos a avanzar en una dirección muy distinta a la que nos proponen esos compañeros de celda que nos quieren anular como personas?

Ahí lo dejo. A ver si el último anuncio de Coca-Cola tiene más suerte que yo para convencer a la gente de que hay que abrir la mente.

domingo, 2 de febrero de 2020

1945. Sobre el remordimiento, el perdón y las puertas mal cerradas


 Una maravillosa película, sin duda. La pusieron anoche en la 2. Ya me atrajo el sugerente blanco y negro del tráiler, la acertada fotografía, el título, la nacionalidad… En los comentarios iniciales, el presentador la comparó con “Sólo ante el peligro”, y es verdad. Tanto la puesta en escena, como las situaciones, los visillos apenas descorridos para atisbar sin ser visto, y sobre todo la inquietante presencia en un perdido pueblo de la Hungría Magyar en 1945 de dos judíos, recuerdan mucho el magnífico western de Fred Zinnemann. Porque la película, en definitiva, es eso, un western europeo, perfectamente equilibrado, con una tensión in crescendo que se va desarrollando a lo largo de unas pocas horas hasta la explosión final.

A un pueblo perdido de la Hungría profunda llegan en tren dos judíos ortodoxos. Alquilan un carro para llevar dos arcones de madera a un lugar que sólo ellos conocen. El conductor les ofrece llevarlos en el carro, pero ellos le dicen que no, que van a ir andando. Esa imagen de los dos judíos, caminando tras su equipaje, atravesando el pueblo en silencio hasta llegar a su destino, es la más emblemática de la película. Sólo en sí misma es ya todo un poema, una alegoría del regreso.

El paso de los judíos es visto con inquietud, miedo y sorpresa por la mayoría de los habitantes del pueblo, que se preparan para la boda del hijo del secretario general. La voz se va corriendo. “Han llegado dos de ellos”, susurran con temor. “Han traído dos baúles llenos de perfumes”, inventan sin haber visto en realidad el contenido de los arcones. Al paso de los judíos con su misteriosa carga asistimos al despertar de los remordimientos, de la ambición desmedida, de los fantasmas que muchos creían muertos y enterrados pero que han vuelto con una misteriosa misión. Poco a poco el espectador va tomando conciencia, a través de frases sueltas, de reproches largamente ocultados, de cargas morales que vuelven a hacer su aparición, de que en ese pueblo ocurrió algo terrible con los judíos, de que no queda ni uno sólo, y que sus posesiones, casas y negocios, pertenecen ahora a otras personas, en algunos casos a quienes les denunciaron.

La película es una alegoría del remordimiento, que explota con una intensa fuerza sin que los dos judíos hagan otra cosa que simplemente estar presentes, existir. No hace falta que digan nada, que hagan nada. Su mera presencia provoca una catarsis de remordimiento increíble. En un acierto que me parece una genialidad, el director insinúa apenas la presencia de una patrulla rusa, el nuevo poder que en un futuro va a dominar Hungría con la misma mano de hierro que habían utilizado antes los alemanes. La patrulla rusa, que si bien no incide en la trama muestra cada vez que aparece su desprecio a la población del lugar, se complementa perfectamente con la pareja de judíos caminantes.
Remordimiento, perdón… La película da mucho que pensar. Los habitantes del pueblo parecen esperar una venganza, temen que los dos judíos sean una avanzadilla de los muchos otros judíos que abandonaron el pueblo. De los que fueron obligados, mejor dicho, a abandonar el pueblo dejando toda su vida atrás. Pero no es así. O quizá sí lo sea, y los dos judíos saben de sobra que su mera presencia es capaz de despertar el fantasma del remordimiento que cada habitante de ese pueblo lleva dentro.

El remordimiento es algo muy peligroso. Salvando las distancias de los habitantes de ese pueblo húngaro (lo que les habían hecho a sus judíos era algo seguramente muchísimo más grave que lo que cualquiera de nosotros podrá hacerle a alguien en toda su vida), el peligro que tiene el remordimiento pone una barrera en cada uno de nosotros que, si no se supera con valentía, nos puede arruinar a la larga la vida. Todos tenemos la sensación de que hemos hecho daño, a alguien o a algo, en mayor o menor medida, en algún momento de nuestra vida, ya sea en nuestra infancia o en nuestra madurez. Si esa sensación se tiene en la infancia aparecen los traumas, que no nos dejarán crecer, madurar y pasar página hasta que no se superen. El remordimiento hace que aparezca con fuerza el sentimiento de culpa, o viceversa. Ambos son la peor losa que puede soportar la conciencia de una persona, un veneno del alma que impide por completo que la persona en cuestión sea capaz de acometer con total libertad el único camino de desarrollarse como ser humano: amarse a sí mismo. Puede parecer una perogrullada, pero no lo es, en absoluto. Amarse a sí mismo es la única manera de ser capaz de amar a los demás. La culpa, o el sentimiento de culpa de cada uno, más bien, no permite eso.

No es una cuestión de género, eso está más que claro. Por desgracia, la culpa, el remordimiento y la tristeza del alma que provocan ambos puede que sean los sentimientos más igualitarios que existen. Tampoco es una cuestión de edad. Como ya he dicho, el sentimiento de culpa puede aparecer durante la infancia, instalarse ahí, e impedir que la persona sea libre hasta que se libere de ese mal. Conozco tres personas que viven, o han vivido, con ese sentimiento de culpa. Dos hombres y una mujer, con edades muy diferentes, pero de carácter a veces similar. Ninguno de los tres es consciente de lo que ocurrió, de lo que les provocó esa culpa. Seguramente sería una insignificancia, sobre todo si lo comparamos con lo que les hicieron a los judíos los habitantes del pueblo húngaro de la película. Da igual. Fue algo que hicieron, o que no hicieron, o que exageran en su mente, o algo incluso de lo que les responsabilizó un adulto, sin tener en cuenta que eran unos niños a los que no se puede responsabilizar absolutamente de nada. Posiblemente un adulto tan enfermo de culpa y remordimiento como ellos. Un hecho fortuito, pero que se les quedó grabado en la memoria como la primera puerta sin cerrar.

Porque el sentimiento de culpa, o el de remordimiento, no son otra cosa que puertas sin cerrar, que provocan en las personas que las tienen y las van acumulando que su madurez quede en suspenso hasta que sean definitivamente cerradas y olvidadas.

No quererse a sí mismo conlleva una serie de problemas añadidos, de miedos que regulan muchas de las decisiones que estas personas toman en su trayectoria vital. Miedo al compromiso sentimental, a las relaciones de amistad, a hacer daño, a vivir su propia vida. Hasta que no se perdonen a sí mismos, no empezarán a quererse a sí mismos, y sus relaciones con los demás se verán perjudicadas. Para ellos, quererse a sí mismos es un síntoma de egoísmo. Lo ven así, y no hay manera de hacerles ver que es justamente lo contrario, que es el primer paso, como ya he dicho, para querer a los demás. Eso les sucede a los habitantes de ese pueblo de Hungría. Han vivido con ese remordimiento durante años, con ese miedo, y en su caso, son incapaces de perdonarse, aún a pesar incluso de que sí lo hayan hecho sus víctimas.


martes, 21 de enero de 2020

Educación, Pin parental, bizantinos y dispersiones varias


No hay nada peor en estos tiempos que dejarse llevar por la marea de noticias políticas, dadas de forma exagerada, y muchas veces tergiversada, por unos medios que parece que lo único que buscan no es ya la audiencia, sino el enfrentamiento de la población que los mira en la televisión, o los lee en los periódicos, contra la población que mira o lee los medios de signo político contrario. ¿Y qué es una noticia política? Cualquiera, porque todo, absolutamente todo, se está politizando de una manera que en España resulta perversa, vergonzosa y peligrosa, porque los dos polos opuestos, las dos Españas, cada vez tienen más claro que la única forma de convivencia posible es la aniquilación de las ideas y de las propuestas del contrario, cuando no de la aniquilación física, como se puede comprobar en las redes sociales y en las conversaciones familiares.

Se habla en estos días de la Educación, y en concreto del pin parental que VOX ha propuesto en Murcia. Supongo que a estas alturas todo el mundo sabe en qué consiste ese pin parental, pero por si acaso, haré un pequeño resumen: VOX quiere que los padres puedan autorizar a sus hijos a asistir a los cursos o charlas que organicen los colegios públicos. Así de sencillo, así de simple. Si yo, como padre, no quiero que mi hijo asista a una charla sobre educación sexual o identidad de género, o lo que sea, mi hijo no asiste, y punto. A esta propuesta contesta PSOE que no se puede, que es ilegal, que los hijos no son propiedad de los padres y que pueden tomar la decisión de asistir o no a esas charlas por su cuenta.

Y ya está el pollo montado.

Que si los hijos son del Estado, que si queremos imitar a Cuba, VOX dice que va a dar clases de caza en Andalucía, en Twitter te ponen el video de “Manolo, cómeme el coño” (sí, hay un video de una performer con ese tema, se puede buscar en Internet) diciendo que lo están enseñando en los colegios, personajes famosos como Jose Manuel Soto dice a sus miles de seguidores que en los colegios están enseñando a los niños a masturbarse, cuando lo cierto es que se trataba de un cursillo que se estaba dando en un bar de copas de Torremolinos (pagado con dinero público, eso sí…), que si un padre homófobo no puede tener la potestad de dejar asistir a su hijo/a a una charla sobre igualdad, que si tú dices eso porque no tienes hijos, que yo como padre religioso no puedo permitir que mi hijo vaya a una charla sobre ateísmo, que yo como padre anarquista no puedo permitir que mi hijo vaya a clases de religión… El circo de cinco pistas ha comenzado de nuevo su función, con discusiones que no llevan a nada más que a insultar, vejar, escupir y tratar de acabar con el contrario, como siempre. Ayer la Rosell comenta en broma que habría que aplicar el 155 a Murcia y se monta otro festival. Pero la pérdida del sentido del humor y de la cordura es otro tema que posiblemente trate en otra entrada.

Y yo me pregunto: ¿alguien se ha puesto a pensar en la educación en sí, en lo que está ocurriendo en este país con respecto a esta materia?

Vamos a recapitular un poco haciendo un poco de historia: cuando yo era un niño, la educación era importante, y ahora no lo es. Cuando el maestro te decía “dile a tu padre que venga a hablar conmigo”, yo me cagaba en los pantalones, y ahora el que se caga es el profesor, porque posiblemente ese padre vendrá a pegarle, o a decirle que no suspenda a su hijo en verano porque les ha jodido las vacaciones a toda la familia. No hay nada de respeto hacia la figura del profesor, ni respeto a la educación, ni respeto a la cultura en general. Y no nos engañemos, las familias con dinero seguirán llevando a sus cachorros a un colegio privado donde les inculquen a sus hijos sus valores, manteniéndoles además, eso sí, la mayor parte del tiempo ocupados, para que no sean los padres los que se tengan de ocupar de sus hijos. Las familias humildes llevarán a sus hijos a colegios públicos, pero con las mismas premisas de los padres con posibles, porque lo importante es que los hijos se mantengan ocupados el mayor tiempo posible, y así no me ocupo yo de ellos. Y cuando estén en casa, el poco tiempo que les deja la actividad escolar, lo mejor es que estén ocupados con el teléfono móvil, o viendo la televisión mientras cenan, o jugando al “Call of duty” en su cuarto, sin dar guerra. Porque para eso están los colegios, para educarles y para quitármelos de encima.

Entonces, ¿a qué viene tratar de controlar los contenidos que les puedan enseñar en el colegio? ¿No resulta un poco, o muy hipócrita, intervenir en algo, que es la educación, en lo que jamás han intervenido los padres? ¿No resulta muy triste y muy patético ahora rasgarse las vestiduras, cuando la educación de nuestros hijos no nos ha importado absolutamente nada hasta ahora? Todos los gobiernos, desde Felipe González hasta hoy, han estado cagándose literalmente en la educación, con leyes cada vez más permisivas, más creadoras de un entorno en el que aprobar iba costando cada vez menos. Hoy en día la educación no es más que cumplir un expediente, llegar incluso a tener estudios universitarios sin apenas esfuerzo. La cultura del sacrificio personal ni sirve ni se fomenta absolutamente nada hoy en día. Los profesores han ido perdiendo importancia, protagonismo y respeto, porque a nadie le importa la educación de unos hijos que, en su mayor parte, lo único que desean es que les cojan en un casting de Gran Hermano o en el consejo de administración de la empresa de papá o de un amigo. Esa es la realidad, y quien lo niegue miente como un bellaco. La única educación válida, que no se da ni en colegios públicos ni en colegios privados, sería la que formara a la persona en su propia identidad, la que impulsara la capacidad de cada uno de pensar por su cuenta, y de elegir los valores que mejor considere para desarrollar su vida. La que proporcionara herramientas y recursos para el desarrollo personal. No las de sus padres, si son tendenciosos en uno u otro sentido, ni las del colegio, sino las propias. Pero esto no es así.

Vemos con tristeza que los hijos de testigos de Jehová pueden perder incluso la vida por una creencia de sus padres, padres ultrareligiosos que no permitirían jamás que sus hijos no se casaran por la iglesia o que abortaran, padres independentistas que disfrazan a sus hijos con una estelada y le graban gritando “puta España” para colgarlo después en Twitter. ¿Es lógico que ese tipo de padre pueda vetar las charlas a las que pueda asistir su hijo?

La contestación más sensata a toda esta polémica, a mi parecer absurda, la ha dado en Twitter una profesora, con mucho sentido del humor pero también con cierto desencanto: “No somos capaces de hacerles a los alumnos poner un acento en su sitio, y vamos a ser capaces de hacer que se masturben…”.

viernes, 10 de enero de 2020

Lluvia Fina, de Luis Landero


¿Se puede decir algo mejor de un libro que el hecho de que te lo hayas leído de un tirón, que no podías dejarlo ni para comer, que lo terminaste una noche a las cinco de la mañana, diciendo a cada página “ya lo dejo, mañana seguiré”, sin poder hacer nada, tan sumergido como estabas en su lectura? Pues eso me ha ocurrido con “Lluvia fina”, de Luis Landero.

Fue un regalo de reyes. Me gustó nada más desenvolverlo. Soy un poco fetichista de los libros, y me gustan los libros de Tusquets, sus portadas, siempre sugerentes. Además era Landero. “Vaya, mi viejo amigo”, pensé, del que no leía nada desde “Caballeros de fortuna” pero del que sin embargo recordaba que me había gustado. Ojeé unas líneas, me gustó su prosa, siempre inquieta, siempre precisa, con ideas que se materializan en cuatro palabras. Una prosa que engancha. Me pasé el día 7 de Enero dudando. Tengo otros libros abiertos en mi mesilla, pero me apetecía meterme con Landero. El día 8 de Enero lo abrí por la primera página. Error. Me atrapó como las sirenas hubieran agarrado a Ulises de no haber taponado sus orejas con cera. Empecé a leerlo y ya no pude parar. Lo acabé anoche, a las cinco de la mañana, pensando “esto no puede ser, tienes que dormir”. Recordé aquellos tiempos de estudiante, cuando me quedaba hasta que amanecía, o las noches en la playa o el pueblo, cuando un libro me atrapaba hasta el final, cuando después de acabarlo, como sucedió ayer, los cerraba, el libro y los ojos, y pensaba “Joder, qué gran libro he leído”, con un placer que sólo pueden entender los que leen por necesidad, por vicio. Ayer me ocurrió eso, algo que ya pensaba que se había perdido hace muchos años, porque la vida nos lleva muchas veces por otros derroteros que no te permiten hacer locuras como la de quedarte leyendo hasta las cinco de la mañana, entre otras razones porque con la edad se te caen los párpados y te quedas dormido mucho antes.

La trama es sencilla. Gabriel y Sonia se casan en 1966, y tienen tres hijos: Sonia, Andrea y Gabriel, nacidos por ese orden. El padre, que era la personificación de la alegría, muere cuando los tres hijos son pequeños, y la madre, que en muchos aspectos recuerda a Bernarda Alba, se ata los machos para sacar a su prole adelante. La madre, de carácter tenebroso, decía que la alegría “trae mala suerte, porque detrás de la alegría viene siempre la desgracia”. Imaginaos la infancia que tuvieron las tres criaturas.

La novela arranca con la idea de Gabriel de reunir a la familia para celebrar el ochenta cumpleaños de la madre. Para ello, desoyendo los consejos de Aurora, su mujer, llama a su hermana Sonia para organizar el evento. Aurora, la mujer de Gabriel, es el personaje bondadoso al que todos, tanto los hermanos como sus cónyuges y la madre, le cuentan sus cosas, sus rencores, sus pequeñas mentiras que llevan fabricando desde su más tierna infancia, esos recuerdos que muchas veces no sabemos si son reales o inventados, esa vida fabricada en la que se culpan unos a otros de lo que les ha deparado la vida, ese “si tú no hubieras…” tan repetido, sobre todo en el caso de Andrea, un personaje muy conseguido, con una bipolaridad extrema en la que unas veces es víctima y otras verdugo. Aurora, por su bondad, por su mirada, por su silencio, es el paño de lágrimas de todos ellos. Esa primera llamada de Gabriel a Sonia desencadena otras llamadas, otras confidencias, una catarsis de recuerdos que se va desarrollando sin que Aurora pueda hacer otra cosa que escuchar a uno y a otro, sin juzgar, sin saber a ciencia cierta si lo que le cuentan es real o un sueño, y con la sensación, cada vez más más acusada, de estar asistiendo a la formación de una tela de araña familiar sin poder hacer nada.

Landero propone en su prosa conceptos muy interesantes relacionados con las palabras. En su inicio, ya nos dice que los relatos, ni siquiera los que se producen en el sueño, son del todo inocentes, que las palabras entrañan una amenaza y que no es cierto que el viento se las lleve tan fácilmente. Quedan ahí, larvadas y a la espera de desarrollar su poder, de reavivar rencores y heridas que jamás han quedado del todo cerradas. Con mucha ironía y un sentido del humor en cierto modo negro, Landero nos habla, por boca de Aurora, de ese “montón de palabras que todos tenemos que son como fieras enjauladas y hambrientas que están rabiando por salir a la luz”, o esas “cosas que se dicen pero que en realidad no se sienten, ideas fijas momentáneas”, o las “conversaciones que dicen poco pero que confirman la continuidad y la dulzura de los hábitos”.

Todos tienen algo, algún fantasma, un trauma infantil, un recuerdo distorsionado por el tiempo y una imaginación desbordada. A medida que avanza la novela descubrimos más de cada personaje y aparecen otros nuevos, como Horacio, que vive en una especie de mansión encantada llena de juguetes y cómics y se convierte en el primer marido de Sonia hija, o Roberto, su segundo amor.

Leyendo la crítica de la novela me entero de que Landero la escribió en cuatro días, como un fogonazo de imaginación que tuvo tras conocer una noticia en un periódico. Se nota la pasión, la velocidad en la escritura, la revelación en cada frase, ese estado de frenesí que suele provocar que lo que se escribe se haga con el alma, del tirón, y eso es precisamente lo que hace que la novela enganche. No os fieis mucho de la guarda que la editorial ha colocado en los ejemplares como reclamo publicitario, en la que se compara esta novela con “Patria”, de Aramburu. No tiene nada que ver, en absoluto, o al menos a mí me lo parece. “Patria” es la reflexión, la hondura, el compromiso. “Lluvia fina” es el torrente, la catarsis, el pasado que hace daño sin ninguna injerencia exterior, como en “Patria”. En lo único que probablemente se parecen un poco es en la perfección, en la humanidad con la que están construidos los personajes, aunque para mi gusto los de Landero son más interesantes por sus picos de carácter y sus puntos de inflexión.

Una novela más que recomendable, de esas que te hacen pensar en tu propia existencia, reflexionar sobre muchos aspectos de tu vida, e indagar en las causas del porqué de muchos de tus comportamientos vitales, tomando conciencia de los episodios de la infancia en los que pudieron tomar forma.