jueves, 15 de diciembre de 2011

Cedo la palabra a Rosa

Lo he escuchado esta tarde en la radio. Otra mujer con coraje, que dice las cosas con un estilo claro, incontestable. Sólo quiero comentaros un detalle: al final de su discurso, se ha emocionado. Aquí está el discurso:

"Cualquier ciudadano o ciudadana que formamos parte de esta gran mayoría de víctimas de esta crisis podríamos hablar hoy aquí, en nuestra radio pública y expresar nuestra justa indignación, como voy a intentarlo yo. Cualquiera de los casi 5 millones de parados de España o de los 23 millones en Europa, muchos de ellos rozando la exclusión social, y a quienes los gobiernos de turno sólo ofrecen reformas y más reformas laborales que aumentan el paro, la precariedad y la esclavitud salarial, como es la propuesta última del presidente de la CEOE de los 400 euros para sacar del paro a nuestros jóvenes.

Cualquiera de los pensionistas que ven peligrar el futuro de sus pensiones o de esos jóvenes que ven, desgraciadamente, que hoy mismo ya no tienen futuro. Cualquiera de esos miles de autónomos y pequeños empresarios que cierran porque los bancos no les dan créditos, o los más de 350.000 deshauciados que esos mismos bancos están echando a la calle y perdiendo sus viviendas. Sí, cualquiera de nosotros estamos indignados contra este casino mafioso en el que banqueros y especuladores juegan a la ruleta y siempre ganan, bien inflando burbujas de crédito y de ladrillo o bien, que es muchísimo peor, especulando con las deudas públicas de países que están abocados a la ruina.

Y sobre todo contra estas instituciones europeas y los gobiernos entrantes y salientes que han olvidado que la democracia es el gobierno del pueblo, para el pueblo y que deben gobernar en defensa de los intereses generales y no, como de nuevo ha demostrado esta vergonzosa Cumbre Europea, gobernar en defensa de los intereses de esa minoría que conforman los mercados financieros, los especuladores, y todavía lo que es mucho peor, en beneficio propio como demuestran los escandalosos casos de corrupción de políticos.

Pero la historia confirma que cuando esos pueblos indignados se ponen en marcha se derriban dictaduras, colonialismos y muros raciales y se conquistan derechos laborales y sociales. Hoy, la Primavera Árabe y el movimiento mundial de los indignados del 15M que están desde Wall Street pasando por Londres, por Portugal, por Grecia, por el mundo entero, y se demostró el 13 de octubre, están demostrándonos que otro mundo, que otra economía más justa, solidaria y sostenible con el planeta son posibles. Por lo tanto, hay esperanza."

Estas son sus palabras, pero os invito a escuchar la entrevista completa, en la que Rosa lee este discurso y después nos invita a conocer un poco más de su vida.


Sobran mis palabras. Escuchemos atentamente las de Rosa.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Hasta siempre, Montserrat

El pasado 23 de Noviembre falleció en Barcelona Montserrat Figueras, soprano de voz prodigiosa, musa y esposa de Jordi Savall. Descanse en paz.

No soy un gran entendido en música clásica, pero consigo emocionarme cuando la escucho, y no puedo evitar indagar en todo aquello que me emociona. Dentro de la música clásica existe la parcela de las músicas antigua, renacentista y pre-barroca, todo un universo en el que destaca por encima de todos sus integrantes, tanto nacionales como internacionales, la figura de Jordi Savall, musicólogo, director de su propio sello discográfico (Alia Vox), magnífico intérprete de viola de gamba, y fundador junto a su mujer de los grupos Hesperion XX (ahora Hesperion XXI), la Capella Reial de Catalunya y Les concerts des Nations.

Tuve la inmensa fortuna de adentrarme en el mundo de Jordi Savall a través del cine, en concreto gracias a la película “Todas las mañanas del mundo”, de Alain Corneau, que trata de la relación del melancólico Sainte Colombe con un joven Marin Marais, al que el primero da clases de viola. La música de esta película, con piezas de Colombe, Marais, Lully y otros, se llevó varios premios internacionales por su alta calidad. Con ella descubrí por primera vez el inconfundible sonido Savall, la impronta de buen hacer que el musicólogo impone en todo lo que crea, la “profesionalidad sencilla” de todo aquel que sabe perfectamente lo que hace y domina su oficio a la perfección.

Como no podía ser menos, después de escuchar aquello comencé a bucear en el mundo de la música renacentista y pre-barroca de la mano de Savall, que se ha movido siempre como pez en el agua en ese registro. Tengo pocos discos, lo reconozco, pero los disfruto con pasión cada vez que los escucho. Es un placer que recomiendo a todo aquel que quiera descubrir ese mundo. Las “ensaladas” de Matheo Flecha, “Ludi Music” de Samuel Scheidt, “Cancionero de Palacio”, títulos todos publicados por el sello Auvidis, muy frecuentado por Savall antes de fundar el suyo propio. Hay muchos más títulos, por supuesto, que os invito a descubrir.

La primera vez que escuché la voz de Montserrat Figueras tuve el privilegio de hacerlo con su magnífica interpretación del “Lamento della ninfa”, de Monteverdi, pieza que, a partir de ese momento, consideré como la más importante y bella escrita jamás para una voz femenina. Ya dije antes que no soy un gran entendido en música clásica, así que os dejo el enlace a dicha pieza para que juzguéis por vosotros mismos. La catarata de sensaciones que provoca la voz de Montserrat alcanza cotas inimaginables. Es un tema al que vuelvo recurrentemente cada muy poco tiempo. Precisamente lo estoy escuchando mientras escribo esta entrada.


A partir de ahí, me resultó imposible sustraerme a la belleza de la voz de Montserrat, perfectamente conjugada con la minuciosa labor de investigación sobre música antigua que había emprendido conjuntamente con su marido, Jordi Savall.

En muchas ocasiones, y ahora con más razón, he lamentado profundamente no haberme propuesto asistir a alguno de los conciertos de verano que Savall y su mujer solían hacer en el Castillo de Perelada.

De Montserrat se ha escrito y se está escribiendo mucho estos días por gente mucho más cualificada que yo para hacerlo, más entendida y mucho más comprometida con la música, que la conocían, la seguían y la amaban profundamente. Me apetecía escribir la entrada simplemente para dedicarle mi pequeño homenaje de aficionado, ni siquiera buen aficionado posiblemente, y abrir la puerta de su espíritu inmortal y su buen hacer a los que posiblemente no hayáis tenido la ocasión de cruzaros con ella. Os invito a disfrutar de la perfecta simbiosis Savall-Figueras, a emocionaros con una forma de trabajar y de sentir la música que entra dentro del terreno de la inmortalidad. Para ello, como espoleta de arranque, os invito a ver este magnífico documental:


Atentos a las serenas palabras de Savall, a su modo de hacer, a los sentimientos a flor de piel que transmiten Montserrat y el resto de los músicos, a los escenarios en que se desarrolla ese mundo, a los oficios paralelos, como el magnífico episodio del lutier Bartés. Os aseguro que vais a disfrutar al verlo tanto como lo hice yo.

Montserrat, tu sereno espíritu y tu voz inmortal nos acompañarán para siempre. Descansa en paz allá donde te encuentres.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Adios, tristeza

Enhorabuena, “socialistas”. Y lo pongo, así, entrecomillado, porque lo cierto, queridos amigos, es que vosotros de socialistas no tenéis absolutamente nada.

Ese ha sido vuestro verdadero triunfo, el legado que nos habéis dejado tras unos cuantos años de desgobierno absurdo y rayano en la paranoia: acabar con la verdadera esencia del socialismo, con la filosofía que deberíais haber adoptado desde el principio, y que sin embargo despreciasteis, para emprender esa carrera sin sentido que ha terminado con las ilusiones auténticamente socialistas. Recuperar la ética, la decencia de las ideas y la integridad socialista en las que muchos de nosotros creíamos hasta que vosotros os habéis dedicado a destrozarlas sistemáticamente, va a resultar una labor titánica, de muchos años y varias legislaturas.

Comencemos por el final. ¿Cabe mayor desatino que la patética campaña electoral que habéis llevado a cabo? ¿No se os cae la cara de vergüenza al proclamar, a los cuatro borregos que hayan querido escucharos, que sois vosotros los únicos que tenéis la clave para salir de esta crisis? Si esa afirmación fuera cierta, ¿por qué no la habéis aplicado durante los casi ocho años que lleváis en el gobierno? ¿Cabe mayor desatino, a estas alturas, que hacer campaña ironizando sobre la política del rival, en vez de presentar las propias ideas? Señores, la gente ya no es idiota, o al menos la gente que no se haya dejado abducir por vosotros. Al genio publicitario que se le haya ocurrido imitar grotescamente a una simpatizante del PP para abrir los anuncios, habría que felicitarle públicamente, regalarle una maleta, y embarcarle con billete de ida a un país situado en el otro extremo del mundo, asegurando que no volviera jamás. “Pelea por lo que quieres”… ¿por qué hay que pelear? Yo no quiero pelear. Quiero mantener lo conseguido, y conseguir más, y que no se me escurra entre los dedos, que es lo que vosotros parecéis buscar. Vuestra campaña no ha sido más que la guinda en el pastel de incompetencia, inmadurez política, ignorancia y falta de compromiso que habéis estado elaborando durante todos estos años.

Os aplaudo, amigos. Habéis estado a punto de alcanzar la gloria. Hacía años que no se observaba en un país supuestamente civilizado una masa amorfa de población tan inconsciente, ignorante, cobarde y sumisa como la que, a fuerza de decretazos, campañas y lavados de cerebro, habéis conseguido vosotros. Nunca hasta ahora se habían visto vulnerados derechos tan fundamentales como la libertad de prensa o la libertad de expresión. Y lo habéis conseguido enmascarando vuestras acciones para disfrazarlas de modernidad, cuando obedecen en realidad a planteamientos tan anticuados, retrasados, pacatos y tercermundistas como los que se produjeron en la segunda república, posiblemente válidos entonces, pero en absoluto en los tiempos que corren. La prensa hace unos años libre se ha doblegado sumisamente a vuestros deseos. Cada vez que alguien levantaba la voz para debatir, era acallado de inmediato en aras de ese supuesto bien común que para lo único que ha servido ha sido para levantar ampollas entre grandes sectores de la población.

Lejos de fomentar la necesaria, si es que queremos llegar a algo, reconciliación entre las dos Españas, habéis conseguido agrandar la herida con vuestros planteamientos mentecatos y revanchistas. Vuestro socialismo no ha sido en ningún momento el socialismo de la transición, sino una especie de engendro alimentado por el odio y el afán de enfrentar a unos con otros. Ni una sola de las leyes promulgadas por vosotros ha servido para otra cosa que ralentizar, enfangar y calentar a la sociedad para la que en teoría habían sido dictadas.

Ante vuestra incapacidad manifiesta para controlar nada, desde la política exterior hasta esos jueces que dictan sentencias absurdas y ponen a delincuentes en la calle sin que nadie les pare, habéis vuelto la mirada al pueblo, algo que ha resultado nefasto para él. Os ha importado un carajo no sólo la educación, sino la estimulación del esfuerzo personal, de la capacidad intrínseca del individuo para decidir sobre su propio futuro. Habéis engendrado una juventud completamente desmotivada, ignorante, inútil, violenta, golfa, insolente y perezosa, acostumbrada a la subvención y a que alguien les resuelva la vida. En la búsqueda fanática y obsesiva de sectores de votantes cada vez más numerosos, os habéis olvidado en el camino a los verdaderos demócratas, a los que respetamos la individualidad y el libre albedrío del ser humano por encima de todo. Vuestra política ha sido comparable a esas dictaduras de derechas y de izquierdas, cercanas y lejanas, cuya única pretensión ha sido y será siempre la de anular al individuo y acabar con la clase media, verdadero motor de cualquier sociedad civilizada.

Vuestro ideal ha sido conseguir una masa de población miserable, egoísta y enfrentada a los que vosotros definís como “los que tienen mucho”, en ese paroxismo de ambigüedad y falta de criterio que ha caracterizado cada una de vuestras intervenciones. Una masa de población incapaz de medrar en la vida, de crecer, de pensar, de mantener unos ideales y unos valores que vosotros, por alguna siniestra razón que en realidad se me escapa, os habéis empeñado en eliminar de la forma más burda y primitiva.

Me siento triste, indignado y avergonzado de haber abrazado alguna vez el ideal socialista que vosotros habéis demolido con tanta contundencia. Un ideal al que se unieron en su momento personas y políticos dignos, íntegros y más o menos honrados. Un ideal que propugnaba la educación, la cultura y la honestidad por encima de cualquier otra consideración. Un ideal respetado en el mundo entero por lo que significaba. Un ideal, amigos, que si bien existe todavía en muchos países de Europa, ha muerto por completo en el nuestro. Os habéis rendido tan miserablemente a los dictados de los grupos de presión, engendrados muchas veces por vosotros mismos, que cualquier parecido de vuestra política con los ideales verdaderos, no es más que pura coincidencia. Habéis aplaudido y ensalzado a filibusteros como los señores de la SGAE. Vuestros ediles, ministros y diputados han sido los más incapaces de la historia, preocupados la mayor parte de las veces en sacar tajada o insultar a los rivales, que en reivindicar las necesidades de los electores. Ya, ya sé que a esto me vais a contestar que “los otros también lo hacen”. Jamás se ha utilizado tantas veces esa coletilla como en vuestro gobierno, para justificar miserablemente la vergonzosa costumbre de no hacer absolutamente nada por mejorar las cosas.

Enhorabuena, “socialistas”. Descansad, relameos de vuestras heridas, reflexionad sobre la debacle, pero sobre todo, dormid. Dormid, por favor, y que vuestro sueño dure muchos años.

 

domingo, 13 de noviembre de 2011

"El baile de los vampiros". Un gran musical

Las perspectivas no se presentaban demasiado halagüeñas que digamos. Mi hermana Laura, la misma que nos embarcó a toda la familia a ver “el árbol de la vida” (algo que estuvo a punto de provocar un cisma familiar tan terrible como los que se pueden ver en series como “Gran reserva”, por poner un ejemplo), conoce a un técnico de luces que participa en un grupo de teatro. “Vamos a ver la función, que está muy bien”, decía ella “bueeeennno…”, decíamos todos los demás, hasta que reservó las entradas la muy tunanta y ya no había marcha atrás.
El teatro está en el colegio salesiano San Miguel Arcángel, cerca del Paseo de Extremadura. La sala es grande, con sillas de cuero más o menos deterioradas y una sobria decoración, prácticamente inexistente. Suelo de terrazo, techo de escayola… Prácticamente como el cien por cien de los salones de actos de innumerables colegios, pero con una salvedad, que me extrañó desde el principio: el escenario era magnífico, muy grande. Más grande, me pareció, que muchos escenarios de los teatros de la Gran Vía en que se representan musicales.
Me extrañaron también el programa, y el puesto de venta de camisetas. Todo ello muy cuidado, me pareció, para tratarse de un grupo de teatro de aficionados. La obra era “El baile de los vampiros”, un musical basado en la película de Roman Polanski, una de mis películas preferidas. Eso al menos me proporcionaba cierto consuelo.
Nada más empezar la representación, todas mis malas expectativas se vinieron abajo de inmediato. Al levantarse el telón comprobé que el escenario no sólo era grande, sino profundo, muy profundo. Comprobé también que los decorados no parecían hechos para una función infantil o de colegio, sino que habían sido elaborados de una forma absolutamente profesional. Comprobé también la perfecta coreografía, la indumentaria y las buenas voces de unos actores que eran auténticos profesionales. Las luces se movían de forma profesional, creando una atmósfera muy sugerente. Todo eso lo comprobé desde el primer momento, en un número en el que unos aldeanos de Transilvania cantan las loas del ajo, bueno para la salud y para muchas otras cosas. Dios santo… ¿Qué era aquello? Pensaba encontrarme con una representación de aficionados, y estaba asistiendo a un montaje digno de cualquier teatro de la Gran Vía, o incluso superior en muchos aspectos. Desde el primer momento disfruté profundamente de una magnífica representación, más profesional que muchas de las que he visto, y que son unas cuantas. Me repantingué en mi asiento y me mantuve atento durante las tres horas que dura el espectáculo. En ningún momento me aburrí, en ningún momento decayó la atención, y eso es algo que no siempre se consigue. Todos los números eran perfectos, tanto los individuales de los actores protagonistas, como aquellos en los que participaba un buen número de personas, siempre perfectamente coreografiadas. Descubrí a personajes magistralmente interpretados, como el Barón Von Krolock, el vampiro protagonista cuyas apariciones siempre provocan inquietud, Alfred, el ayudante del profesor, Sarah, la chica de la que se enamora y que es raptada por el vampiro, el profesor Abronsius, siempre despistado y con una simpatía desbordante, Chagal, el padre de Sarah, al que como vampiro no le afectan los crucifijos porque es judío, Magda, su amante y compañera de ataud, Rebeca, la madre de Sarah, y Herbert, un curioso personaje, hijo de Krulock, que protagoniza un par de números que me parecieron estupendos.
El espectáculo transcurrió con todo su esplendor. Los efectos especiales, el humo que no dejaba de salir del escenario, los cambios de decorado, las subidas y bajadas de telón… Quiero hacer especial mención a las luces, magistralmente controladas, de forma más que profesional, por Rafael Justo.
Lo que no me esperaba, ni por lo más remoto, fue lo que sucedió al final. Tras el último número, magnífico, lleno de vampiros perfectamente ataviados con ropajes antiguos que danzaban de forma frenética, el público rompió a aplaudir. A todos nos había encantado, no cabía duda. Habíamos asistido a un musical profesional que además había salido redondo. Después de eso llegaron las presentaciones, primero la gente del coro, luego los protagonistas… Ellos saludaban mientras nosotros aplaudíamos hasta que empezaban a dolernos las manos. Al final, se colocaron todos en un par de filas, y siguieron saludando. Fue entonces cuando mi cuñado me dijo “mira, ese de ahí está llorando”. Me fijé, y era verdad. Uno de los actores estaba llorando a lágrima viva. “Mira, ahí hay otro, en la segunda fila”, dije yo. Y otro, y otro… Era increíble. Me emocioné. Ahora mismo, mientras lo recuerdo, me sigo emocionando. En aquel momento descubrí lo que estaba pasando. Actores llorando en el escenario de pura emoción, de puro sentir el teatro en el alma y en las venas. Eso era. Aquellos chicos y chicas eran actores con mayúsculas, más actores que muchos que se jactan de serlo. Habían disfrutado tanto interpretando, como nosotros al contemplarlos. Se había producido la simbiosis perfecta entre actor y espectador, algo que no suele producirse muy a menudo.
El grupo de teatro se llama “Amorevo”. Para los curiosos, mencionaré, porque lo he leído en su página web, que el nombre procede de “amorevolezza”, el principio que aplicaba para educar Don Bosco, el santo fundador de los salesianos, basado en el amor, nunca en el castigo. Son jóvenes, llenos de ilusión y de profesionalidad, que además, y eso es lo más importante, consiguen transmitir al que los contempla. Después de lo de ayer, creo que son capaces de atreverse con todo, con cualquier representación por complicada que pudiera resultar. El amor al teatro desborda por los poros de todos ellos, y por los de Ignacio Cano, un jovencísimo director que al final nos adelantó lo que viene.  Os dejo el enlace a su página, que es de lo más interesante:


No se les puede perder la pista. A la gente capaz de despertar nuestras emociones, hay que mimarla.

martes, 8 de noviembre de 2011

La madre del cuco y la prensa

Se ha levantado un gran revuelo en los últimos días a consecuencia de la polémica entrevista que le hizo Jordi González a Rosalía García, la madre del cuco, el pasado día 29 de Octubre, en “La Noria”. A pesar de que no veo jamás ese tipo de programas, resulta inevitable que no me vea salpicado al hacerse eco del debate varias emisoras de radio que sí suelo escuchar con una frecuencia prácticamente diaria. A raíz de los comentarios, he podido deducir que la madre de tan polémico personaje no mostró la cara en ningún momento, y además se llevó a su casa la friolera de entre 9.000 y 10.000 euros.
Al parecer, la polémica comenzó en el mismo programa, cuando, tras la entrevista, una de las invitadas, Pilar Rahola, comentó que la madre del cuco no debería haber cobrado nada por acudir al plató. Ni Jordi González ni María Antonia Iglesias habían comentado nada al respecto, porque esa era una de las condiciones que al parecer había impuesto el abogado de Rosalía García para conceder la entrevista.
Todos estos datos los he sacado de Internet. Ya he comentado que no vi la entrevista. La cadena trató de lavar su conciencia in situ, debatiendo la conveniencia de realizar o no la entrevista en nombre de la libertad de expresión, y cuestionando si la madre del cuco debería o no haber ido a que la diseccionaran en directo. He escuchado en algunas cadenas de radio a personas que arremeten contra ella por haber acudido cobrando a “defender” la inocencia de su hijo. Hasta ese punto se ha conseguido de nuevo ese lavado de cerebro comunitario al que nos están sometiendo, o nos pretenden someter, las cadenas de televisión mayoritarias.
No comprendo que la cadena pretenda hacernos creer que la culpable de toda esta historia es la propia madre del cuco por acudir al plató, y encima cobrando. ¿Qué sentido tiene hacer la entrevista, que por cierto al parecer no aportó absolutamente nada al caso, y tratar de demonizar después al entrevistado? Vamos a tratar de ser sensatos. Es imposible pedirle responsabilidad en los actos a una mujer cuyo fracaso como madre se pasea por los juzgados. Si a una mujer que probablemente no tenga ningún tipo de valor, de criterio o de personalidad, se le ofrece una cifra jugosa, lo más normal es que la acepte, y se presente en el plató con sus mejores ropas, con ese tremendo anillo de plata que al parecer lucía, y con las gafas colocadas sobre la cabeza. Así, porque ella lo vale, sin más, a pesar de que su hijo se halle envuelto en uno de los asesinatos más nauseabundos de la historia de nuestro país. ¿Qué le importa eso a ella, cuando le enseñan la pasta?
He escuchado declaraciones de todo tipo. Una de las que más gracia me hizo fue la de una mujer que decía “yo soy madre, y si mi hija se viera envuelta en algo así, sería la primera en denunciarla”. Vamos a dejarnos de tonterías, por favor. Por un hijo matamos, sea o no culpable, y al pensar los padres así, lo más probable es que los hijos salgan más o menos normales, con sus defectos y sus tonterías, pero sin ese grado de bestialidad que tanto el cuco como las otras alimañas que se están riendo de España entera son capaces de mostrar en un momento de ira. Me parece de lo más normal que una mujer como la madre del cuco vaya a un programa a cobrar una pasta. ¿Por qué iba a tener ella más ética que su hijo?
Una vez aclarado que pienso que la culpa no es en absoluto de ella, sino de la perversión de una cadena que no duda en entrevistar a quien sea con tal de ganar audiencia, me planteo la cuestión que da título a esta entrada. No entiendo la polémica. ¿Qué esperamos de una cadena como la que emite ese programa? ¿Ética? ¿Rigor periodístico? ¿Esclarecimiento de la verdad? Vamos, por favor. Creo que ha quedado más que demostrado que lo único que se muestra hoy en día al espectador es el morbo, la bazofia, la inmoralidad, la envidia y el rencor. Eso es lo que los altos directivos piensan que proporciona audiencia, a pesar de que para ello tengan que dañar gratuitamente a familias como la de Marta del castillo.
Se nos está estafando a todos los niveles con la información que nos arrojan los medios. De la noche a la mañana, han desaparecido todos los periódicos independientes y rigurosos de verdad, y los que lo eran se han rendido de la forma más obscena a los oscuros intereses de los grandes grupos que los editan. Resulta sangrante y grotesco que no haya aparecido ni en las televisiones ni en la prensa escrita la  terrible noticia del soldado estadounidense Alvin R. Gibbs, que asesinó impunemente a civiles en Afganistán por el mero placer de asesinarlos. De haber ocurrido en Vietnam hace treinta años, la noticia habría sido portada en los periódicos de todo el mundo. Hoy en día tenemos que enterarnos de una salvajada así, como en mi caso, por la mención que se hizo de ella en un programa de RNE. Podéis recabar más información en el siguiente enlace:
¿Qué está pasando? ¿Es que no existe nadie dispuesto a realizar un periodismo de calidad, a llamar a las cosas por su nombre, como sucedía antes? ¿Es que nos vamos a dejar aborregar con imbecilidades tan flagrantes como las que nos vomitan cada día los telediarios? Creo que ya está bien, que una parte de la población queremos conocer lo que ocurre en el mundo, saber la verdad aunque esta duela, analizar la materia de la que está hecha el ser humano, si es que se le puede llamar así. A todos los niveles, tanto sociales como políticos o económicos. Ya está bien de que nos tomen por idiotas. Nos meten el miedo en el cuerpo, continuamente, logrando exterminar nuestra confianza en nosotros mismos, con lo cual difícilmente saldremos de la crisis. No llegaremos a nada si miramos hacia otro lado, si nos empeñamos en esconder la cabeza cuando sucede una tragedia a nuestro alrededor. Ese proceso de aborregamiento tan perfectamente estudiado concluirá, como ya lo está haciendo, cuando no nos importe en absoluto lo que le ocurra a nuestro vecino, a nuestro amigo e incluso a nuestro familiar más cercano. ¿Es que pretende llegar a eso? Todos vivimos los dramas cercanos de compañeros que pierden el empleo de la noche a la mañana, y no ocurre absolutamente nada. En el fondo de nuestra alma pensamos “suerte que no me ha tocado a mí”. Ese es precisamente el triunfo de esa perversa manera de dosificar la información.
No todo es negrura, por suerte. Buceando en la famosa polémica, he descubierto que gracias al blog de un periodista llamado Pablo Herreros, se consiguió que las marcas patrocinadoras de La Noria retiraran sus anuncios del programa. El enlace a dicho blog es el siguiente:
Os invito desde aquí a echarle un vistazo. Resulta más que interesante la idea de Pablo de implicar a las marcas, que son las que realmente sostienen a la cadena. Esperemos que dentro de dos semanas no se haya olvidado todo. Con la memoria de borregos que se nos está quedando, no me extrañaría nada.

domingo, 18 de septiembre de 2011

El arbol de la vida

Viene avalada por haber ganado la Palma de oro en Cannes, aunque al parecer cuando se proyectó en tan prestigioso festival los abucheos se produjeron con tanta fuerza como los aplausos, y el director técnico, según informa un medio de comunicación, coaccionó a los miembros de un jurado encabezado por Robert de Niro para que votaran a su favor, aduciendo que “la historia les juzgaría” si no lo hacían. Por ese simple hecho, por esa imagen fija del principio que muestra la concesión del premio, como si eso ya supusiera por sí solo que estamos ante La Palabra o El Verbo, no deberíamos dudar de que nos encontramos ante una verdadera obra maestra, ante una película que marca un antes y un después en la historia del cine.

Y sin embargo, no es así. Ni mucho menos. Después de verla ayer, he leído críticas, comentarios y reseñas, y nadie se pone de acuerdo. He comprobado que algunos sesudos críticos tuvieron la misma sensación que yo, y que toda la parte del big bang, que dura nada más y nada menos que media hora, está auspiciada por el mismo especialista en efectos especiales que se encargó de la maravillosa, y esa sí que lo era, “2001, una odisea en el espacio”.
Al parecer Malick, el director, estudió filosofía en Oxford y Harvard, y eso le marcó. Esta película no tiene nada que ver con las que ha filmado antes. El film consiste en vomitar durante más de dos horas sobre el espectador la empanada mental que debe de tener este buen hombre sobre el origen de la vida, la vida propiamente dicha, y el final de la misma. Voces en off, destellos y reflejos en la escena, el uso abusivo de la steady cam, la visión de un paraíso que parece más bien un anuncio de una compañía de seguros de vida prolongado hasta la saciedad (curiosamente comparto esta similitud con algún comentarista de cine), y sobre todo, y eso sí que es imperdonable, el pegote, el tremendo pegote de media hora del origen del mundo, que me recordaba en su concepto, como ya he comentado antes, a esa escena del monolito de 2001, pero llevada a extremos ridículos de duración, pretenciosidad y solemnidad.

Una de las comentaristas que alaba el film, supongo que porque viene bendecido por el máximo pontífice cinéfilo que reside en Cannes, sugiere que cuando vayamos a verla nos olvidemos de nuestro concepto de lo que debe de ser el cine y, por qué no, de todo nuestro bagaje cultural. Yo iría más allá. No sólo debemos desnudar nuestra alma, sino también cogernos una cogorza monumental antes de entrar, para poder soportar, y disfrutar, si es que ello es posible, de dos horas de delirios infumables.
En serio, amigos: soportamos los anuncios de compresas porque son más o menos cortos, y los documentales del origen del universo cuando nos los ponen en el planetario, porque solo duran un cuarto de hora. Los anuncios de seguros de vida son bonitos, aunque causen cierta inquietud. Pero todo ello, junto, alargado hasta el paroxismo, salpicado de retazos entremezclados en el tiempo y en el espacio que no vienen a cuento, aderezados con piezas musicales que en sí mismas son una joya, pero que acompañando a esta demencia pierden su grandeza, conforma una infumable pesadez, que lejos de ser una sinfonía, como dicen algunos, se convierte en un infierno. Sean Penn, uno de los actores, reconoció que no sabía muy bien cuál había sido su papel, y para rematar la faena dijo lo siguiente: “Una narración más convencional hubiese beneficiado a la película sin restarle belleza ni impacto”. Pero claro, se trata de Sean Penn. ¿Qué sabrá ese indeseable de la altura intelectual más exquisita?.

Pretenciosa, lenta, infumable, inentendible (los comentarios a la salida del cine trataban de buscarle explicación a cosas que no la tenían), delirante, deprimente y rancia. Esos son los adjetivos que me provoca la cinta. Las voces en off absurdas y sin contenido parecen más encaminadas a ir soltando frases de Bucay y otros iluminados gurús, que a aportarle algo al argumento. Un gran anuncio de más de dos horas, un eterno tráiler de sí misma, un vergonzoso intento de manipulación de la conciencia del espectador, al que se le pide desde el principio que “se desnude de prejuicios y valores adquiridos para enfrentarse a la obra maestra que está a punto de ver”. En fin, que no merece la pena gastarse para nada el dinero que vale la entrada. Por ese importe se puede comprar uno una buena botella de vino, bebérsela de un trago, y conseguir más o menos el mismo efecto.
Dicen que “La risa es el homenaje que los idiotas rinden al genio”. Ayer debía estar el cine lleno hasta arriba de necios, porque al terminar la película, el público estalló en una sonora carcajada, supongo que como colofón final al suplicio que acabábamos de vivir.

viernes, 2 de julio de 2010

El espíritu de "Invictus"

Partamos de la base de que no soy en absoluto futbolero. No simpatizo con ningún equipo, si exceptuamos todo aquel que juega contra otro gran equipo, plagado de estrellas, y que a priori le va a dar una soberana paliza a su rival. En ese caso sí suelo tomar partido por el débil, y me alegro infinito si gana al equipo favorito. No sigo la liga, ni la Champion, ni la Copa del Rey, ni ningún otro trofeo similar. No conozco la vida y milagros de los jugadores, ni de los entrenadores, ni de los presidentes, excepto la de algunos pocos de estos últimos que en su delirio sobrepasan los meros límites del universo futbolístico, para meterse de lleno en terrenos como el político. Unos cuantos borrachos del poder que le han otorgado los jugadores a los que representan, por el mero hecho de pegarle patadas a un balón. Ocurre en casi todos los campos de la vida. Los que se llevan las medallas, los bocazas incontrolables, son los que dirigen al equipo, sin asumir humildemente que su única función debería ser la de firmar talones para contratar a tal o cual estrella, y quedarse calladito mientras su equipo mete goles o gana títulos.

Partiendo de esa base, me ocurre sin embargo algo curioso cada cuatro años (en realidad cada dos, si contamos la Eurocopa): me engancho al Mundial de fútbol, desde la primera fase hasta la final, y disfruto con cada partido, incluso los primeros, como un niño con zapatos nuevos. Recuerdo los tiempos gloriosos en los que no había que pagar para ver los partidos. Me tragaba prácticamente todos, porque además el evento solía coincidir con algún período vacacional. Me resultaba muy grato ver jugar a las 12 de la mañana a Camerún contra Austria, por ejemplo, en aquel fatídico mundial en el que las selecciones de Alemania y Austria se pusieron de acuerdo para empatar su partido a cero y dejar a Camerún fuera. Recuerdo perfectamente el gol de Cardeñosa, la metedura de pata de Arconada, el labio partido de Luis Enrique y la desesperación, una y otra vez, cuando no pasábamos a octavos a pesar de todos los esfuerzos y de esa supuesta “furia española”, que ni nos llevaba a ninguna parte ni nadie sabía muy bien en realidad en qué consistía. Me daba igual que nos eliminaran. Yo seguía viendo los mundiales hasta el final, hasta ese partido electrizante en el que Zidane le pegaba un cabezazo a Materazzi, hasta ese partido en el que siempre rogaba porque ganara Holanda, y nunca lo conseguía.

Desde la Eurocopa del 2008 noté que algo había cambiado. Nuestra selección puede que no tenga “furia española”, ni puñetera falta que le hace. Lo que sí tiene, y creo que a raudales, es espíritu ganador, una gran cohesión como equipo, y esa humildad que te hace respetar al contrario para conocerle bien. Empecé a entreverlo cuando ganamos en el 2008 a Italia a los penaltis. ¡La campeona del mundo había caído!. En aquel momento pensé que podíamos hacerlo, que era posible ganar la Eurocopa, como así fue. El gol de Torres a Alemania nos dejó prácticamente afónicos a toda la familia de tanto celebrarlo.

Me está gustando España en estos mundiales, y mucho. Me está gustando hasta el punto de haberme comprado una camiseta de la selección. Me está algo pequeña. Ayer me la probé y parecía un tomate (voy a tener que investigar a ver dónde se la compró Manolo el del bombo, que debe ser más o menos de mi talla). Cada vez que juega España resulta todo un acontecimiento familiar. Mi hijo y mis sobrinos se han comprado el kit de animación, consistente en bufanda, banderín, trompeta y gran bandera que hemos desplegado en la ventana. El primer gol de Villa a esa despistada selección chilena que se iba para adelante sin ningún sentido me pareció un acto de inteligencia y de profesionalidad futbolística digno de pasar a los anales.

Se están vislumbrando varias cosas con la trayectoria que está siguiendo España en el Mundial. En primer lugar, se detecta en la selección espíritu de equipo, de saber lo que se está haciendo en cada momento. Cada uno en su lugar, y sobre todo, y eso es para mí lo más importante, perfectamente compenetrados con jugadores que, fuera del mundial, juegan en equipos rivales, y muy rivales a veces. No he escuchado todavía a nadie, y he hablado con mucha gente desde que empezó el campeonato (reconozcámoslo: a día de hoy, el Mundial es el tema de conversación por excelencia), hacer la más mínima mención a que Xabi, Iniesta o Piqué son del Barsa, ese equipo odiado en Madrid, o que Llorente sea vasco. Para todo el mundo, incluso para los madridistas acérrimos (conozco a unos cuantos), Xabi, Iniesta y Piqué son de la Selección, son de España, y Llorente hizo un partidazo el otro día ante Portugal. En ese sentido, me parece muy acertado ese anuncio de Cruzcampo que dice que no es una selección, sino un país, la que nos representa en los mundiales. Se acallan a toque de balón los absurdos comentarios sobre el Estatut, por ejemplo, o sobre el caos que se está organizando en Madrid con la huelga de transporte, con sindicatos y Comunidad enfrentados hasta el insulto. El espíritu de equipo de la Selección está por encima de todo eso.

Deberíamos reflexionar un poco sobre lo que la Selección española ha conseguido y, con un poco de suerte, está a punto de conseguir. Jamás había visto tantas banderas de España en la calle, en los coches, en las ventanas. Una bandera que se había intentado hace años emplear como símbolo político y como arma arrojadiza para denostar al partido o partido que en teoría se la apropiaba, se convierte por arte de gracia en un motivo de orgullo, en un símbolo de simpatía hacia la selección. Ocurre lo mismo con la camiseta. “La roja”, cuyo sólo nombre hubiera levantado ampollas no hace mucho, es posiblemente la prenda más vestida en estos días. La alegría cada vez que España se deshace de un rival se detecta en las calles, en las casas, en las familias. Una alegría que buena falta nos hace ante la crisis que tenemos encima. El consumo respira. Quien más, quien menos, se compra una televisión para ver a la roja, o se gasta unos euros tomando el aperitivo en el bar de abajo para ver el partido. Todos parecemos formar parte de un equipo, de un gran equipo en el que la Selección española, que lo está haciendo muy bien, resultaría ser la punta del iceberg.

La Selección nos está demostrando que se pueden hacer las cosas bien, por encima de las diferencias de procedencia, cultura, religión o axiomas políticos. Más de uno debería aplicarse el cuento, y adoptar ese espíritu. Al fin y al cabo, una selección no resulta muy diferente de una familia, una comunidad de vecinos, una provincia o un país. Si lo que se quiere es sacar las cosas adelante, se puede, como están demostrando en otros muchos países de nuestro entorno. Si lo que uno busca es su parcelita de poder, el insulto al contrario, la comodidad y los privilegios en el puesto de trabajo, haciendo para todo ello el menor esfuerzo posible, lo más probable es que no se llegue a ninguna parte. Parece una simpleza y una perogrullada, pero es así. Anteponiendo el esfuerzo, el sacrificio y un cierto espíritu ganador que creo que jamás hemos tenido como colectividad, se consigue muchísimo más que con los prejuicios, la intolerancia, y ese apartheid mental al que algunos se someten voluntariamente, en un intento, que jamás he entendido, de amargarse la vida.

Las perspectivas son positivas. Haga lo que haga, la Selección nos está alegrando en cierto modo la vida estos días. Mañana juega contra Paraguay, y volverá a ser un acontecimiento, un punto de encuentro, una descarga de emociones y sentimientos positivos, tanto si gana como si pierde.

¿Y si ganamos el Mundial?. Creo que me equivoco poco si afirmo que cambiaría bastante el panorama actual de nuestro país. Nos vendría muy bien que el espíritu de “Invictus” se instalara por una buena temporada en nuestros corazones.