domingo, 18 de septiembre de 2011

El arbol de la vida

Viene avalada por haber ganado la Palma de oro en Cannes, aunque al parecer cuando se proyectó en tan prestigioso festival los abucheos se produjeron con tanta fuerza como los aplausos, y el director técnico, según informa un medio de comunicación, coaccionó a los miembros de un jurado encabezado por Robert de Niro para que votaran a su favor, aduciendo que “la historia les juzgaría” si no lo hacían. Por ese simple hecho, por esa imagen fija del principio que muestra la concesión del premio, como si eso ya supusiera por sí solo que estamos ante La Palabra o El Verbo, no deberíamos dudar de que nos encontramos ante una verdadera obra maestra, ante una película que marca un antes y un después en la historia del cine.

Y sin embargo, no es así. Ni mucho menos. Después de verla ayer, he leído críticas, comentarios y reseñas, y nadie se pone de acuerdo. He comprobado que algunos sesudos críticos tuvieron la misma sensación que yo, y que toda la parte del big bang, que dura nada más y nada menos que media hora, está auspiciada por el mismo especialista en efectos especiales que se encargó de la maravillosa, y esa sí que lo era, “2001, una odisea en el espacio”.
Al parecer Malick, el director, estudió filosofía en Oxford y Harvard, y eso le marcó. Esta película no tiene nada que ver con las que ha filmado antes. El film consiste en vomitar durante más de dos horas sobre el espectador la empanada mental que debe de tener este buen hombre sobre el origen de la vida, la vida propiamente dicha, y el final de la misma. Voces en off, destellos y reflejos en la escena, el uso abusivo de la steady cam, la visión de un paraíso que parece más bien un anuncio de una compañía de seguros de vida prolongado hasta la saciedad (curiosamente comparto esta similitud con algún comentarista de cine), y sobre todo, y eso sí que es imperdonable, el pegote, el tremendo pegote de media hora del origen del mundo, que me recordaba en su concepto, como ya he comentado antes, a esa escena del monolito de 2001, pero llevada a extremos ridículos de duración, pretenciosidad y solemnidad.

Una de las comentaristas que alaba el film, supongo que porque viene bendecido por el máximo pontífice cinéfilo que reside en Cannes, sugiere que cuando vayamos a verla nos olvidemos de nuestro concepto de lo que debe de ser el cine y, por qué no, de todo nuestro bagaje cultural. Yo iría más allá. No sólo debemos desnudar nuestra alma, sino también cogernos una cogorza monumental antes de entrar, para poder soportar, y disfrutar, si es que ello es posible, de dos horas de delirios infumables.
En serio, amigos: soportamos los anuncios de compresas porque son más o menos cortos, y los documentales del origen del universo cuando nos los ponen en el planetario, porque solo duran un cuarto de hora. Los anuncios de seguros de vida son bonitos, aunque causen cierta inquietud. Pero todo ello, junto, alargado hasta el paroxismo, salpicado de retazos entremezclados en el tiempo y en el espacio que no vienen a cuento, aderezados con piezas musicales que en sí mismas son una joya, pero que acompañando a esta demencia pierden su grandeza, conforma una infumable pesadez, que lejos de ser una sinfonía, como dicen algunos, se convierte en un infierno. Sean Penn, uno de los actores, reconoció que no sabía muy bien cuál había sido su papel, y para rematar la faena dijo lo siguiente: “Una narración más convencional hubiese beneficiado a la película sin restarle belleza ni impacto”. Pero claro, se trata de Sean Penn. ¿Qué sabrá ese indeseable de la altura intelectual más exquisita?.

Pretenciosa, lenta, infumable, inentendible (los comentarios a la salida del cine trataban de buscarle explicación a cosas que no la tenían), delirante, deprimente y rancia. Esos son los adjetivos que me provoca la cinta. Las voces en off absurdas y sin contenido parecen más encaminadas a ir soltando frases de Bucay y otros iluminados gurús, que a aportarle algo al argumento. Un gran anuncio de más de dos horas, un eterno tráiler de sí misma, un vergonzoso intento de manipulación de la conciencia del espectador, al que se le pide desde el principio que “se desnude de prejuicios y valores adquiridos para enfrentarse a la obra maestra que está a punto de ver”. En fin, que no merece la pena gastarse para nada el dinero que vale la entrada. Por ese importe se puede comprar uno una buena botella de vino, bebérsela de un trago, y conseguir más o menos el mismo efecto.
Dicen que “La risa es el homenaje que los idiotas rinden al genio”. Ayer debía estar el cine lleno hasta arriba de necios, porque al terminar la película, el público estalló en una sonora carcajada, supongo que como colofón final al suplicio que acabábamos de vivir.

viernes, 2 de julio de 2010

El espíritu de "Invictus"

Partamos de la base de que no soy en absoluto futbolero. No simpatizo con ningún equipo, si exceptuamos todo aquel que juega contra otro gran equipo, plagado de estrellas, y que a priori le va a dar una soberana paliza a su rival. En ese caso sí suelo tomar partido por el débil, y me alegro infinito si gana al equipo favorito. No sigo la liga, ni la Champion, ni la Copa del Rey, ni ningún otro trofeo similar. No conozco la vida y milagros de los jugadores, ni de los entrenadores, ni de los presidentes, excepto la de algunos pocos de estos últimos que en su delirio sobrepasan los meros límites del universo futbolístico, para meterse de lleno en terrenos como el político. Unos cuantos borrachos del poder que le han otorgado los jugadores a los que representan, por el mero hecho de pegarle patadas a un balón. Ocurre en casi todos los campos de la vida. Los que se llevan las medallas, los bocazas incontrolables, son los que dirigen al equipo, sin asumir humildemente que su única función debería ser la de firmar talones para contratar a tal o cual estrella, y quedarse calladito mientras su equipo mete goles o gana títulos.

Partiendo de esa base, me ocurre sin embargo algo curioso cada cuatro años (en realidad cada dos, si contamos la Eurocopa): me engancho al Mundial de fútbol, desde la primera fase hasta la final, y disfruto con cada partido, incluso los primeros, como un niño con zapatos nuevos. Recuerdo los tiempos gloriosos en los que no había que pagar para ver los partidos. Me tragaba prácticamente todos, porque además el evento solía coincidir con algún período vacacional. Me resultaba muy grato ver jugar a las 12 de la mañana a Camerún contra Austria, por ejemplo, en aquel fatídico mundial en el que las selecciones de Alemania y Austria se pusieron de acuerdo para empatar su partido a cero y dejar a Camerún fuera. Recuerdo perfectamente el gol de Cardeñosa, la metedura de pata de Arconada, el labio partido de Luis Enrique y la desesperación, una y otra vez, cuando no pasábamos a octavos a pesar de todos los esfuerzos y de esa supuesta “furia española”, que ni nos llevaba a ninguna parte ni nadie sabía muy bien en realidad en qué consistía. Me daba igual que nos eliminaran. Yo seguía viendo los mundiales hasta el final, hasta ese partido electrizante en el que Zidane le pegaba un cabezazo a Materazzi, hasta ese partido en el que siempre rogaba porque ganara Holanda, y nunca lo conseguía.

Desde la Eurocopa del 2008 noté que algo había cambiado. Nuestra selección puede que no tenga “furia española”, ni puñetera falta que le hace. Lo que sí tiene, y creo que a raudales, es espíritu ganador, una gran cohesión como equipo, y esa humildad que te hace respetar al contrario para conocerle bien. Empecé a entreverlo cuando ganamos en el 2008 a Italia a los penaltis. ¡La campeona del mundo había caído!. En aquel momento pensé que podíamos hacerlo, que era posible ganar la Eurocopa, como así fue. El gol de Torres a Alemania nos dejó prácticamente afónicos a toda la familia de tanto celebrarlo.

Me está gustando España en estos mundiales, y mucho. Me está gustando hasta el punto de haberme comprado una camiseta de la selección. Me está algo pequeña. Ayer me la probé y parecía un tomate (voy a tener que investigar a ver dónde se la compró Manolo el del bombo, que debe ser más o menos de mi talla). Cada vez que juega España resulta todo un acontecimiento familiar. Mi hijo y mis sobrinos se han comprado el kit de animación, consistente en bufanda, banderín, trompeta y gran bandera que hemos desplegado en la ventana. El primer gol de Villa a esa despistada selección chilena que se iba para adelante sin ningún sentido me pareció un acto de inteligencia y de profesionalidad futbolística digno de pasar a los anales.

Se están vislumbrando varias cosas con la trayectoria que está siguiendo España en el Mundial. En primer lugar, se detecta en la selección espíritu de equipo, de saber lo que se está haciendo en cada momento. Cada uno en su lugar, y sobre todo, y eso es para mí lo más importante, perfectamente compenetrados con jugadores que, fuera del mundial, juegan en equipos rivales, y muy rivales a veces. No he escuchado todavía a nadie, y he hablado con mucha gente desde que empezó el campeonato (reconozcámoslo: a día de hoy, el Mundial es el tema de conversación por excelencia), hacer la más mínima mención a que Xabi, Iniesta o Piqué son del Barsa, ese equipo odiado en Madrid, o que Llorente sea vasco. Para todo el mundo, incluso para los madridistas acérrimos (conozco a unos cuantos), Xabi, Iniesta y Piqué son de la Selección, son de España, y Llorente hizo un partidazo el otro día ante Portugal. En ese sentido, me parece muy acertado ese anuncio de Cruzcampo que dice que no es una selección, sino un país, la que nos representa en los mundiales. Se acallan a toque de balón los absurdos comentarios sobre el Estatut, por ejemplo, o sobre el caos que se está organizando en Madrid con la huelga de transporte, con sindicatos y Comunidad enfrentados hasta el insulto. El espíritu de equipo de la Selección está por encima de todo eso.

Deberíamos reflexionar un poco sobre lo que la Selección española ha conseguido y, con un poco de suerte, está a punto de conseguir. Jamás había visto tantas banderas de España en la calle, en los coches, en las ventanas. Una bandera que se había intentado hace años emplear como símbolo político y como arma arrojadiza para denostar al partido o partido que en teoría se la apropiaba, se convierte por arte de gracia en un motivo de orgullo, en un símbolo de simpatía hacia la selección. Ocurre lo mismo con la camiseta. “La roja”, cuyo sólo nombre hubiera levantado ampollas no hace mucho, es posiblemente la prenda más vestida en estos días. La alegría cada vez que España se deshace de un rival se detecta en las calles, en las casas, en las familias. Una alegría que buena falta nos hace ante la crisis que tenemos encima. El consumo respira. Quien más, quien menos, se compra una televisión para ver a la roja, o se gasta unos euros tomando el aperitivo en el bar de abajo para ver el partido. Todos parecemos formar parte de un equipo, de un gran equipo en el que la Selección española, que lo está haciendo muy bien, resultaría ser la punta del iceberg.

La Selección nos está demostrando que se pueden hacer las cosas bien, por encima de las diferencias de procedencia, cultura, religión o axiomas políticos. Más de uno debería aplicarse el cuento, y adoptar ese espíritu. Al fin y al cabo, una selección no resulta muy diferente de una familia, una comunidad de vecinos, una provincia o un país. Si lo que se quiere es sacar las cosas adelante, se puede, como están demostrando en otros muchos países de nuestro entorno. Si lo que uno busca es su parcelita de poder, el insulto al contrario, la comodidad y los privilegios en el puesto de trabajo, haciendo para todo ello el menor esfuerzo posible, lo más probable es que no se llegue a ninguna parte. Parece una simpleza y una perogrullada, pero es así. Anteponiendo el esfuerzo, el sacrificio y un cierto espíritu ganador que creo que jamás hemos tenido como colectividad, se consigue muchísimo más que con los prejuicios, la intolerancia, y ese apartheid mental al que algunos se someten voluntariamente, en un intento, que jamás he entendido, de amargarse la vida.

Las perspectivas son positivas. Haga lo que haga, la Selección nos está alegrando en cierto modo la vida estos días. Mañana juega contra Paraguay, y volverá a ser un acontecimiento, un punto de encuentro, una descarga de emociones y sentimientos positivos, tanto si gana como si pierde.

¿Y si ganamos el Mundial?. Creo que me equivoco poco si afirmo que cambiaría bastante el panorama actual de nuestro país. Nos vendría muy bien que el espíritu de “Invictus” se instalara por una buena temporada en nuestros corazones.

lunes, 22 de febrero de 2010

Los asesinos de Voltaire


“No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo”.





Muchos de vosotros sabéis que he utilizado en innumerables ocasiones esta frase de Voltaire como firma en algún que otro foro. Creo que es la única frase que define en cierto modo la filosofía que trato de seguir en todos los órdenes de la vida. ¿Qué quiere decir Voltaire con ese axioma, perfecto en su rotundidad, y aparentemente contradictorio en su esencia? A veces, y a medida que transcurren los acontecimientos cada vez más, pienso que nadie se ha parado a pensar en el verdadero sentido de la tolerancia, único camino a seguir para avanzar hacia adelante. A eso se refiere la frase de Voltaire. El paradigma de la tolerancia, del respeto al contrario, consiste en admitir sus ideas, a pesar de que choquen frontalmente con las nuestras, y no sólo a admitirlas, sino a defender el derecho a exponerlas, libremente y sin ningún tipo de complejo.



¿Cuándo se produce, a mi parecer, el asesinato de Voltaire? Cuando se pasa como una apisonadora por la frase que define su forma de pensar. Es decir, cuando se practica la intolerancia. No nos estamos dando cuenta de que cada vez nos hacemos más intolerantes con lo que no comulga con nuestras ideas, del mismo modo en que no nos damos cuenta de que nuestras ideas son cada vez más básicas y poco elaboradas. Detecto intolerancia en cualquier foro, en todos los debates políticos, en la calle, en los periódicos, en la radio. Existen intolerancias no sólo hacia lo extranjero, sino hacia el que celebra simplemente el gol del equipo contrario al nuestro. La intolerancia no se manifiesta sólo por la violencia, el extremo antitolerante del descerebrado que opta por acabar directamente con el que no piense como él, sino por el desprecio, la sordera autoimpuesta, o el simple hecho de volverse de espaldas.

Se detecta una intolerancia que roza lo enfermizo cuando se realizan ataques absurdos contra una institución, un partido político o un equipo de fútbol. ¿Qué se entiende por “ataque absurdo”? Voy a poner un ejemplo: el reciente ataque contra la Iglesia realizado por una tal Ana Morgade en uno de los últimos programas de Buenafuente.

Vaya por delante que no soy practicante, pero tampoco soy ni ateo ni agnóstico. No tengo ningún problema en entrar a una iglesia cuando la ocasión lo requiere, al contrario que esos acérrimos que parecen creer que se les va a desplomar el techo sobre la cabeza si lo hacen. Entro a las iglesias del mismo modo en que podría entrar sin ningún perjuicio en una mezquita o en una sinagoga. La vida me ha proporcionado tantos motivos para creer en Dios como para no creer, pero desde luego, mi actitud ante la iglesia no está marcada por una mala experiencia con algún cura durante mis años de infancia, como parece estarlo la de la mayoría de personas que arremeten contra ella. Parecemos incapaces de entender que las instituciones están formadas por personas, y que la Iglesia como tal ha sido capaz de cometer los mayores desmanes, y los sigue cometiendo con opiniones en ocasiones obsoletas, pero también existen personas comprometidas con ella que realizan una labor digna de admiración en países del tercer mundo. Se le puede reprochar a la Iglesia que tomara partido por una facción al estallar la guerra civil, pero del mismo modo en que se les puede reprochar a unos cuantos descerebrados (los descerebrados de los que hablaba antes) que se dedicaran a quemar iglesias en el momento en que se proclamó la república.

Cuando la intolerancia se desata, una cosa lleva a la otra, en una espiral de violencia y sinrazón que no conduce más que a la aniquilación y al desastre. Creo que resulta peligroso jugar a esos “ataques absurdos”, y sobre todo en programas de gran audiencia, porque siempre existirán descerebrados que lo tomarán como cruzada y como tema de conversación para descartar el derecho de miles de católicos practicantes a permanecer entre nosotros. A menos que el absurdo ataque de Ana Morgade esté destinado a desviar la atención sobre un hipotético “enemigo” fácilmente atacable, no le encuentro ningún sentido al asunto. Me parece absurdo hablar de la financiación de la Iglesia, cuando la realidad es que la propia cadena que paga a la Morgade obtiene ingresos que rayan la obscenidad gracias a la publicidad, a la financiación pública, y a todos esos pobres de espíritu que inundan los programas de sms casi ilegibles, el de Buenafuente incluido.

No somos conscientes en España de los peligros que lleva implícita la intolerancia. Gracias a una educación tercermundista, basada en el desprecio a los valores y al desarrollo de la inteligencia, y cuyo único sentido para los que la definen en cada momento parece ser la de conseguir ciudadanos que voten una determinada opción, estamos consiguiendo ceporros intolerantes contra todo, cuya máxima aspiración en la vida consiste en aparecer en televisión, aunque sea a costa de mostrarle al mundo sus imbecilidades y las de sus progenitores. Eso, unido a esa ingente masa de personas mayores y gran parte de su progenie, que votan a piñón fijo, de una forma peligrosamente subjetiva, en función de las heridas producidas durante la guerra civil en uno y otro bando, que sin duda se habrían cerrado ya de una vez de no ser por la demencial política en ese sentido de los partidos mayoritarios, nos lleva sin remisión a un bipartidismo irreconciliable, incapaz de avanzar en ninguna dirección que no sea la de justificar sus desmanes aireando los del contrario. Ese pacto tan necesario, que se produciría sin dudar e instantáneamente en cualquier otro país europeo, es imposible que se produzca en España a causa de la intolerancia hacia el otro, a causa de esos asesinos de Voltaire a los que no les importa en absoluto hundirse con tal de que el adversario político se hunda a su vez.

La intolerancia empapa todo lo que nos rodea a los españoles. En las encuestas de la radio se dibuja la tendencia de cada uno cuando apenas ha pronunciado diez o doce palabras. Enseguida se ve si es de izquierdas o de derechas, del mismo modo que se detecta con leer los titulares la tendencia de todos y cada uno de los periódicos que inundan los quioscos. Incluso este escrito resulta impublicable, debido a que no toma partido por ninguno de los dos grandes poderes políticos españoles actuales.

Yo reivindico la intolerancia contra la intolerancia, aunque parezca un contrasentido. Dado que resulta una utopía implantar en España el sistema de listas abiertas, único modo de elegir lo mejor de cada uno de los partidos, y desechar la morralla de personas inútiles y enfermas de ansia de poder que pueblan desde los ministerios hasta el más misérrimo ayuntamiento, reivindico al menos la creación de un partido auténticamente de centro, tolerante con sus adversarios y dispuesto a caminar hacia adelante, con soluciones que no huelan desde lejos a partidismo o a oscuros intereses electoralistas. Sólo de esa manera nos subiremos al tren de la modernidad y de la auténtica convivencia.



De otro modo, seguiremos asesinando cada día a Voltaire, al tiempo que cavamos nuestra propia fosa.

martes, 9 de febrero de 2010

Palabras de una amiga que vive en Venezuela

Copio esta sentida entrada del blog de una amiga que vive en Venezuela. Creo que no procede dar ni nombres ni datos que pudieran perjudicarla de algún modo:

"Desde que decidí abrir el blog quise dedicarlo exclusivamente a tocar temas literarios, como la gran mayoría de blogeros hace. Hoy voy a hacer una excepción, pues creo que ha llegado el momento. Vivo en un país donde la libertad de expresión está en peligro y es probable que en poco tiempo no pueda seguir teniendo acceso a Internet ni a mantener mi blog.







El presidente, teniente coronel Hugo Chávez, no conforme con insultar al pueblo de Venezuela siete días a la semana en largas cadenas que abarcan todos los medios de comunicación audiovisuales, nos ha “prometido” que para solucionar el problema de la energía termoeléctrica, traerá al comandante Ramiro Valdez, un cubano a cargo de la represión en Cuba al estilo Stasi de la fenecida República Democrática Alemana o de la KGB de la hoy extinta República Soviética, responsable de que en esa isla sea casi imposible el acceso a Internet.






Novecientos mil millones de dólares, léase: US$ 900.000.000.000,oo provenientes del ingreso petrolero no fueron suficientes para que tengamos energía como en un país civilizado.






190.000 muertos por asesinato, cientos de miles de empleos perdidos, 170 industrias cerradas o “tomadas” por el gobierno, miles de hectáreas “recuperadas” de tierras fértiles que antes se dedicaban a la cría de ganado o a la agricultura y que hoy yacen mustias y cubiertas de barriadas. Y una población sin acceso a comprar divisas extranjeras, con una policía que reprime a los ciudadanos en lugar de protegerlos, es el resultado de once años de desgobierno, en el que el ciudadano presidente no sólo ha cambiado el nombre al país, sino que lo ha declarado socialista.






Claro, apoyado por La corte suprema de Justicia, El poder Electoral, La asamblea nacional y todos los militares, es muy fácil perpetuarse en el poder. Lo único que tiene que hacer es repartir dinero o permitir la corrupción, que hoy por hoy conforma una boliburguesía (de bolivarianos burgueses) que son los que se plegaron al gobierno y forman parte de uno de los grupos multimillonarios del mundo. Muchos de ellos tienen cuentas de dos mil o tres mil millones de dólares o euros. Si no es más.






Sí, señores, este gobierno ha regalado a los países que lo secundan ochenta y dos mil millones de dólares. Tal como lo leen, y ha permitido que sesenta y dos mil cubanos penetren las fuerzas armadas, controlen el ministerio de documentación personal, y sean los jefes. Luego Chávez llama apátridas a los estudiantes que se alzan en contra suya, porque en este país no existe una oposición política valiente, capaz y organizada.






Un señor que se rodea de seis escudos de guardaespaldas, y que a una orden suya cualquiera puede ser detenido, puede insultar, agredir, amenazar, decir palabras soeces a una ciudadanía inerme, porque con armas y guardaespaldas se puede ser muy valiente. Pero quiero ver al señor Chávez enfrentar a una simple ciudadana, que podría ser yo, que él se quite el uniforme, la gorra roja, que mande al cuartel a sus soldados y a sus focas de circo que aplauden hasta cuando respira, y que se ponga frente a mí, con una simple camisa de color neutro, sin tener ni un cortaplumas en el bolsillo, que quiero ver si es capaz de defenderse.






Sé que corro un gran riesgo al escribir esto, es probable que me vea amenazada como ha ocurrido con otras personas que se atrevieron a decir lo que piensan, pero creo que ya no es momento de callar. Soy una persona que se presenta con su nombre y apellido, y muy fácil de ubicar. Aquí me tienen. De todos modos, como trofeo, no soy una buena pieza de caza. Lo siento."

sábado, 23 de enero de 2010

"Nine", de Rob Marshall


Los maléficos lumbreras de siempre ya vaticinan su fracaso en taquilla, basándose simplemente en que en Estados Unidos no termina de arrancar. ¿Cómo espera el consejo de sabios que triunfe en el país de las palomitas una película cuyo espíritu es cien por cien europeo?

Entre otras muchas cosas, el bagaje cinematográfico que llevo a mis espaldas me ha servido para simplificar cada vez más mi acercamiento a los estrenos. No me dejo llevar por nada, ni por las críticas de sesudos expertos que se centran más en la iluminación o en el vestuario que en la historia que se nos cuenta, ni por los comentarios de mentecatos que son incapaces de reconocer que el mundo no gira ni alrededor de ellos ni alrededor de su blog. No. En esta ocasión, podría haberme dejado llevar por ese absurdo comentario que ya han esgrimido unos cuantos eruditos (“un remake del inmortal Fellini. ¿A quién se le ocurre?”), o por la reciente visión de una muestra de cine en estado puro como “Avatar”, pero no, no lo he hecho.

He decidido que la mejor manera de disfrutar de una película, es hacer una especie de cura de humildad. Sentarse en la butaca, dejar de lado nuestros conocimientos, nuestra cultura cinematográfica, nuestra mezquina existencia con ínfulas de renombrado crítico, y disfrutar, simplemente, del espectáculo. Esta noche he sentido verdadera lástima de la chica sentada a mi lado, que miraba la luz de su móvil cada treinta segundos, o del joven que, a la salida, le comentaba a su novia, con tono de “porque yo lo valgo”, que no soportaba esa manía de mezclar imágenes en blanco y negro con imágenes en color. He sentido verdadera lástima, porque me he dado cuenta de que jamás serán capaces de disfrutar de un espectáculo como “Nine”. Los árboles que tienen en la cabeza jamás les permitirán ver el bosque. Es una pena, pero es así. “Nine” no gustará a mucha gente, pero mientras existan unos cuantos que disfruten como lo he hecho yo esta noche, merecerá la pena ir al cine no sólo a comer palomitas.

“Nine” es algo más que un simple homenaje a la película 8 y medio de Fellini. Ni conozco el musical de Broadway, ni me importa. Tampoco conocía el espectáculo en el que Tim Burton basó su “Sweeney Tood”, otra joya de película, y cuando lo vi me defraudó profundamente. “Nine” es una referencia, para los que hemos visto algo de cine, a un montón de películas, tanto de Fellini como de otros directores. “Nine” recuerda en algunos números a “Cabaret”, a “Chicago” y hasta a los anuncios del hombre de Martini. La magistral mezcla de imágenes en blanco y negro con imágenes en color, de la que se quejaba mi vecino espectador, consigue un efecto de cambio temporal perfectamente equilibrado. En algún lugar he leído que Rob Marshal, el director (¿estamos ante el nuevo Bob Fosse?) deslavaza los números musicales aislándolos entre sí, no enfrentando, por ejemplo, a Sofía Loren con Penélope Cruz, como ya hiciera en Chicago. ¿Es eso un error, o una genialidad, al presentarnos a cada una de las mujeres presentes en la vida de Guido Contini como la protagonista de su propio espacio vital, de su propio número musical? Empiezo a estar un poco harto de esos críticos enfermizos, que saltan de alegría cuando descubren una sombra en un mar de luces, como ese simple que escribió que le extrañaba que las flechas de los indígenas de Avatar fueran capaces de romper un cristal de helicóptero americano.

Por favor, dejaos llevar por el espectáculo. Es imposible que el número musical de Saraghina, el personaje interpretado por Fergie, no os ponga la piel de gallina (como me recordaba esta mujer a la Volpina de Amarcord, por cierto) durante toda su duración, o que no disfrutéis con la canción interpretada por Kate Hudson, rodeada de esos “hombres Martini” tan sugerentes. “Nine” ha conseguido incluso el afianzamiento de mi reconciliación con Penélope Cruz, que empezó con “Vicky Cristina Barcelona”, perfecta en su papel de Carla, la voluptuosa amante del disperso director de cine. Su baile y la canción que canta al principio de la película darán sin duda mucho que hablar. La actriz está demostrando que será buena mientras no vuelva a dirigirla Almodóvar.

Muchos fariseos compararán a Daniel Day Lewis con Marcello Mastroianni. Resulta inevitable. Serán incapaces de darse cuenta de que, cada uno con su estilo, han personificado de una manera muy digna al trastornado director de cine obsesionado con las mujeres que han dirigido su vida. “Italia es un país dirigido por hombres a los que manipulan sus mujeres”, proclama con acierto en un momento de la película. Es otra faceta que se puede encontrar el que acuda a verla sin prejuicios, sin equipaje: las frases. Cada una de ellas podría constituir perfectamente un axioma filosófico. Las conversaciones del protagonista con Judi Dench son dignas de figurar en una antología de la relación entre hombres y mujeres. De hecho, al salir he tenido la sensación de que la película es, como ya lo era 8 y medio, un monumento perfecto a la mujer. Daniel Day Lewis camina encorvado por los pasillos de la pensión en la que ha sumergido a Carla, fuma sin darse cuenta de que está fumando, sufre, llora, pide ayuda y muestra su debilidad y fragilidad a cada momento, algo que no hacen las mujeres que forman parte de su vida (salvo Carla en el episodio de la pensión). Nicole Kidman (perfecta. Aunque no sea mi actriz preferida, lo reconozco) y Sofía Loren muestran una entereza absoluta, un dominio de la situación casi completo. Contini, el director, es el centro del Universo, un centro cambiante, variable, en ocasiones fuerte y en ocasiones enfermo, y ellas sus satélites.

La película destila también un marcado carácter mediterráneo. A veces cuesta pensar que se trate de una película americana. El ambiente romano de los años sesenta ha sido retratado a la perfección. El balneario de Anzio despierta en el espectador las ganas de perderse por unos días en un rincón tan decadente y tranquilo como ese. Los paparazzis persiguiendo en moto al director de cine, la recreación de los estudios de ciune de Cineccitá, las vistas de Roma y sus alrededores, o los continuos guiños a películas italianas de la época, conforman un ambiente muy conseguido, que logra retrotraernos a esa época de esplendor.

“Nine”, un verdadero espectáculo que no defraudará ni a los amantes del cine musical, ni a los que disfrutan con esas películas que nos muestran el cine dentro del cine, en este caso con un resultado magistral.

lunes, 28 de diciembre de 2009

El clan


Escucho casi sin querer que en los restaurantes de las zonas turísticas de Madrid existen dos cartas, una para españoles (o madrileños, o del centro, vaya usted a saber) y otra para extranjeros, bastante más disparatada en cuanto a los precios que la otra. Escucho también los desmanes que cometen los taxistas con todo aquel que tenga pinta de guiri o de paleto. Es normal. No me extraña nada. Desde hace mucho tiempo, soy consciente de que, en España, si no perteneces al clan, estás perdido. Completa y absolutamente perdido.



Haces una reparación en el coche. Lo llevas al taller de confianza. Ya te has tomado unos cuantos cafés con el dueño, y te invitó incluso al cumpleaños de su hijo. Está hecho, ya perteneces a su clan. Compruebas con sorpresa que a otro caballero, que además había llegado antes que tú, le hacen esperar el doble, le hacen lo mismo que a ti, y le cobran cuatro veces más. Normal. ¿Qué narices esperaba, si es un desconocido?.

Haces una gestión en cualquier ministerio. El que sea. Colas interminables, formularios absurdos, y al final, un individuo de mirada lateral te dice “todo esto se podría agilizar si usted quiere”, o “si le hubiera hecho en mi estudio el proyecto de reforma, ya estaría aprobado”, o cualquier otra propuesta que, si perteneces al clan, te ahorras.

La corrupción en España es un mal endémico desde siempre, y a todos los niveles. Te engaña el funcionario, el del taller, el del puesto de la fruta. Te engaña tu compañero de estudios, que se presenta al examen cuando todos han decidido no hacerlo, te engaña tu compañero de trabajo, poniéndote la zancadilla ante tu jefe para escalar posiciones. Es acojonante. A veces, no basta con pertenecer al clan. Además hay que morder, por si acaso.

Las tramas Gurtel, Pulpí, etc, son sólo la punta del iceberg de lo que se mueve entre bambalinas. Cuando te has tomado un par de cafés con alguien que trabaja en la Comunidad, la que sea, te susurrará al oído que están en bancarrota, y que todo lo que se ha hecho (Madrid, Barcelona, Valencia...) ha sido con dinero de los fondos europeos, un dinero que se ha terminado para España. Te quedas sorprendido, entre otras cosas porque ese conocido se pasa todo el santo día sin dar un palo al agua, y nadie hace nada.

Pertenezco al clan de la construcción. Hay una crisis terrible, pero los promotores,los constructores o hasta los simples propietarios de una empresa de fointanería, siguen gastándose dinero en comidas, para amigos o clientes, de doscientos euros el cubierto, y viajando en business privado a sus dominios. Hay crisis, pero las grandes cadenas de ropa o de lo que sea siguen abriendo tiendas por todo el mundo. ¿A base de qué? Pues a base de pagar sueldos de mierda a sus empleados, que sin embargo están contentos por estar trabajando para una gran cadena.

El clan es fruto de la ignorancia y el miedo, y el miedo y la ignorancia generan paranoia. El clan es el que gobierna nuestros destinos, el que tapiza con un manto de ceguera cualquier cosa que se haga en su nombre. Es normal robar al que no pertenece al clan. Vivimos como en los tiempos de la Prehistoria, con clanes con todos lados, que soportan a sus miembros pero desprecian a los que no lo son. Los nacionalismos, los partidismos absurdos que buscan culpables antes que soluciones, las actitudes como la de no hacer nada esperando a que alguien falle para poder echarle la culpa de que el barco se hunda, sin plantearse siquiera la posibilidad de impedir ese hundimiento. Lo estamos viendo a cada momento, en el trabajo, en el bar de la esquina, en el banco, en ese restaurante en el que se permiten el lujo de pasar de atenderte, colando a los amiguetes, simplemente porque no perteneces al clan. ¿Cómo vamos a ser capaces de pedir esfuerzos a nuestros políticos, si a nosotros mismos nos encantaría tocarnos las narices como ellos?

Gerald Brenan lo definía perfectamente en “El laberinto español”. La actitud española está dominada por el caciquismo, el amiguismo, la desidia, y los delirios de grandeza procedentes de un desaparecido pasado imperial. ¿Cómo voy a llevarme yo comida a la oficina? Es algo que hemos escuchado en miles de ocasiones, cuando en Londres ves que los altos ejecutivos van en el metro con sus tarteras. Claro, tal vez la solución sea la de no viajar.

Odiamos al que tenemos enfrente si es catalán y nosotros madrileños, y dentro de Madrid, odiamos a los del sur si somos del norte, y viceversa. Cuando yo era niño, organizábamos guerras de piedras día sí y día también con los niños de “la otra calle”. Es inevitable, lo llevamos en la sangre. Ese cuadro de Goya con dos tipos que se dan de garrotazos con las piernas enterradas, sin posibilidad de escapatoria, nos define perfectamente.

Para acabar con el clan hay que abrir la mente, y para abrir la mente hay que fomentar la educación. No es posible evolucionar si no se cuida como a un hijo un campo tan importante como ese. Nuestras políticas universitarias y escolares están llegando a ser las más atrasadas no ya de Europa, sino del mundo. No creo que existan jóvenes más zopencos y superficiales en la faz de la tierra que los que aparecieron en “Curso del 63” o en cualquier programa de tv a los que les dejen asomarse. Estamos abocándonos a un auténtico desastre con la venda en los ojos, tratando de sobrevivir de mala manera y sin ningún resquicio a la esperanza.

Cuando llegue el momento del caos, el clan no nos va a salvar.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Los unos y los otros, de Claude Lelouch


El corazón me dio un vuelco cuando vi anunciado el pack de Lelouch en el catálogo de la Fnac. ¿Los unos y los otros? ¿Se trataría de aquella serie que vagamente recordaba haber visto, cuando la emitieron por televisión allá por los años ochenta? No podía ser, pensé. Eran tres capítulos de más de una hora, y en el pack se anunciaba como película. Ayer encontré el pack, en la tienda, lo ojeé, vi que se trataba de una película de más de tres horas... y caí en la tentación, claro. Ni siquiera me dolieron los diecinueve euros que salieron de mi bolsillo. Se trataba de “Los unos y los otros”, y de otra película que no conozco, pero que seguramente merecerá también la pena.
“Los unos y los otros”. Varias escenas se me habían grabado como a fuego, para siempre, cuando vi la serie por primera vez. Por encima de todas ellas, la magnífica coreografía que parió Maurice Béjart en los años sesenta para “el bolero de Ravel”, interpretada por Jorge Donn encima de una plataforma redonda roja. No me gusta el ballet, pero esa pieza es otra cosa, que trasciende los sentidos. La película empieza con un aperitivo de ese número, que se desarrolla en toda su magnificencia al final.
“Los unos y los otros” es un auténtico monumento. Un monumento a muchas cosas. A la música (Michel Legrand, el grande), a la tolerancia, a la solidaridad, a la paz, pero sobre todo, a la frágil existencia del ser humano, cuya única forma de inmortalidad parece residir en su perpetuación a través de los hijos. Esa es la clave de una película en ciertos momentos dura, en otros momentos terrible, pero siempre extraordinaria.
La película relata varias historias de personajes de distintos países, relacionados en todos los casos con la música. Ivonne y Simón, una violinista y un pianista, se conocen en un cabaret, y unirán sus vidas para siempre. La Segunda Guerra Mundial y la locura de Hitler les aboca a un campo de concentración, debido a su naturaleza judía. Simon sospecha algo en el mismo tren que les conduce al horror, ata a su hijo con un cinturón y lo deposita, a través del agujero del retrete, y ante el sufrimiento desesperado de la madre, en las vías de una estación francesa, aprovechando una parada del tren. No os podéis imaginar, ni por lo más remoto, lo magistralmente narrado que está el encuentro entre esa madre y su hijo, interpretado por el mismo actor que el padre, muchos años después. Sin histrionismos, con delicadeza, contemplado desde una ventana, y con la música del Bolero como fondo. Creo que pocas veces me he emocionado tanto ante una escena.
Está también la historia de la familia americana, interpretada por James Caan y Geraldine Chaplin. Él es director de una orquesta de jazz, y ella cantante. Probablemente sea la historia más sosa, pero también es de destacar el encuentro que le preparan cuando regresa a casa.
La historia del director de orquesta alemán (¿Karajan? Al parecer, todas las historias están basadas en personajes reales), que tuvo la desgracia de que el Fuhrer le estrechara la mano después de un concierto de piano en 1936, antes de que la locuras se desatase, y de que la fotografía que recogió el acontecimiento fuera utilizada contra él como arma arrojadiza. Resulta impresionante el concierto de este hombre en un enorme teatro de Nueva York, con todas las entradas vendidas... y con dos únicos espectadores, que por cierto eran críticos musicales de revistas del género. El alemán no se arredra ante la sala vacía, y dirige a la orquesta con fuerza y sentimiento. Cuando acaba, del techo del teatro caen copias de la famosa imagen suya con Hitler. Los judíos de Nueva York habían comprado todas las entradas del concierto nada más ponerse a la venta, para boicotearle no asistiendo a su concierto. Una gran historia, que se entrecruza con la de Ivonne cuando llega en un tren de deportados al tiempo que él parte en un tren de prisioneros. La profesionalidad con la que Lelouch aborda este episodio, con infinitos movimientos de cámara en una escena que jamás se corta, resulta impresionante.
Sin embargo, para mi gusto, la mejor historia, la más fascinante, la que más escarba en los sentimientos del espectador, y que es sin embargo probablemente la que menos se desarrolla, es la de la familia rusa, compuesta de Tatiana y Boris Sutovich. ¿Cómo describir la elegancia, la fragilidad de Tatiana? La película comienza con una imagen de la coreografía del Bolero de Béjart, y enlaza enseguida con la imagen de Tatiana. Está compitiendo con otra bailarina para obtener el puesto de bailarina principal del Bolshoi. Las dos mujeres bailan de una forma extraordinaria, pero sólo una se quedará con el puesto. Uno de los jueces no aparta la vista de Tatiana. Sin lugar a dudas es su preferida. El puesto es para la otra, pero Boris, que así se llama el juez, se acerca a Tatiana y la aplaude, al tiempo que se presenta. La escena cambia, y les vemos casándose. ¿Cómo describir el impacto que la Segunda guerra mundial causa en estas personas? No merece la pena intentarlo, Os pongo simplemente las palabras que le escribe Boris a Tatiana desde el frente. La carta es leída por una voz en off mientras observamos la marcha de Boris en una impresionante escena, a través del barro, rodeado de tanques deshechos y oxidados, con el cansancio reflejado en el rostro, probablemente en el transcurso de una retirada. Dejemos hablar a Boris:
“Tatiana, amor mío, un hombre que ha conocido la guerra, jamás podrá declarar otra. Los que las alimentan, los que las provocan, no tienen ni vínculos ni amor. Seguramente esta es su forma de vengarse de la felicidad de los demás. Hace un año, cuando me fui, creía que en algún lugar existiría una explicación para el enfrentamiento de los que se odian. Ahora estoy seguro de que no habrá más que perdedores. Me sostiene el pensamiento de ese primer permiso que nos prometen, para enero de 1943. Espero que hayas vuelto de Stalingrado, donde por lo visto nuestras tropas están haciendo maravillas. Sueño con el momento en que suba las escaleras, para reunirme contigo y con nuestro hijo.
El poeta Simonof está con nosotros. Acaba de escribir algo precioso. Escucha: Si tú me esperas, volveré. Pero espérame intensamente. Espera cuando la lluvia amarilla te lleve la tristeza. Espera cuando la nieve caiga sobre los tejados. Espera cuando triunfe el verano. Espera cuando el pasado se olvide y los demás ya no esperen. Espera cuando, desde países lejanos, ya no llegue el correo. Espera cuando se hayn cansado los que junto a ti esperaban”.
Soberbio, ¿no os parece? Poco después, contemplamos una de esas escenas que se me habían grabado en el cerebro como a buril. Tatiana, ataviada con un colorido traje regional ruso, baila para los soldados, probablemente en las inmediaciones de Stalingrado. Unos pases de ballet con la gracia que la caracterizan. Su naturaleza contrasta profundamente, tanto en color como en movimientos, con los aburridos uniformes y la inmovilidad de los pobres soldados que la contemplan embelesados. Una maravilla de escena, os lo aseguro. Si Tatiana fracasa con el Bolero al principio de la película, su hijo, interpretado por Jorge Donn, el bailarín fetiche de Béjart que desgraciadamente murió de Sida en la década de los noventa, triunfa apoteósicamente al final con la misma pieza. Es en esa escena final cuando las historias se entrecruzan. El director de orquesta es el alemán, los que cantan son los hijos de James Caan y el nieto de Ivonne, el que baila es el hijo de Tatiana...
Esa es, ni más ni menos, la clave de la película. Una clave que nos plantea la voz en off de nuevo, cuando los hijos de los primeros protagonistas, interpretados por los mismos actores que sus padres, coinciden en un tren. Edith, la hija de una colaboracionista, espera a su novio, que no llega. La voz en off habla:
“Qué pasaría si la historia no tuviera imaginación? Veinte años antes, veinte años después, de una guerra mundial a una guerra en Argelia. ¿Qué podía haber cambiado para que Edith no conociera los mismos miedos, las mismas estaciones, los mismos fracasos que su madre? ¿porqué no estaba allí su novio? ¿porqué la continuación es igual que el principio? ¿porqué el principio es como el fin? ¿porqué los hijos son como los padres? ¿porqué el destino se maquilla siempre igual? ¿porqué son siempre los mismos los que se encuentran solos?”.