domingo, 13 de noviembre de 2011

"El baile de los vampiros". Un gran musical

Las perspectivas no se presentaban demasiado halagüeñas que digamos. Mi hermana Laura, la misma que nos embarcó a toda la familia a ver “el árbol de la vida” (algo que estuvo a punto de provocar un cisma familiar tan terrible como los que se pueden ver en series como “Gran reserva”, por poner un ejemplo), conoce a un técnico de luces que participa en un grupo de teatro. “Vamos a ver la función, que está muy bien”, decía ella “bueeeennno…”, decíamos todos los demás, hasta que reservó las entradas la muy tunanta y ya no había marcha atrás.
El teatro está en el colegio salesiano San Miguel Arcángel, cerca del Paseo de Extremadura. La sala es grande, con sillas de cuero más o menos deterioradas y una sobria decoración, prácticamente inexistente. Suelo de terrazo, techo de escayola… Prácticamente como el cien por cien de los salones de actos de innumerables colegios, pero con una salvedad, que me extrañó desde el principio: el escenario era magnífico, muy grande. Más grande, me pareció, que muchos escenarios de los teatros de la Gran Vía en que se representan musicales.
Me extrañaron también el programa, y el puesto de venta de camisetas. Todo ello muy cuidado, me pareció, para tratarse de un grupo de teatro de aficionados. La obra era “El baile de los vampiros”, un musical basado en la película de Roman Polanski, una de mis películas preferidas. Eso al menos me proporcionaba cierto consuelo.
Nada más empezar la representación, todas mis malas expectativas se vinieron abajo de inmediato. Al levantarse el telón comprobé que el escenario no sólo era grande, sino profundo, muy profundo. Comprobé también que los decorados no parecían hechos para una función infantil o de colegio, sino que habían sido elaborados de una forma absolutamente profesional. Comprobé también la perfecta coreografía, la indumentaria y las buenas voces de unos actores que eran auténticos profesionales. Las luces se movían de forma profesional, creando una atmósfera muy sugerente. Todo eso lo comprobé desde el primer momento, en un número en el que unos aldeanos de Transilvania cantan las loas del ajo, bueno para la salud y para muchas otras cosas. Dios santo… ¿Qué era aquello? Pensaba encontrarme con una representación de aficionados, y estaba asistiendo a un montaje digno de cualquier teatro de la Gran Vía, o incluso superior en muchos aspectos. Desde el primer momento disfruté profundamente de una magnífica representación, más profesional que muchas de las que he visto, y que son unas cuantas. Me repantingué en mi asiento y me mantuve atento durante las tres horas que dura el espectáculo. En ningún momento me aburrí, en ningún momento decayó la atención, y eso es algo que no siempre se consigue. Todos los números eran perfectos, tanto los individuales de los actores protagonistas, como aquellos en los que participaba un buen número de personas, siempre perfectamente coreografiadas. Descubrí a personajes magistralmente interpretados, como el Barón Von Krolock, el vampiro protagonista cuyas apariciones siempre provocan inquietud, Alfred, el ayudante del profesor, Sarah, la chica de la que se enamora y que es raptada por el vampiro, el profesor Abronsius, siempre despistado y con una simpatía desbordante, Chagal, el padre de Sarah, al que como vampiro no le afectan los crucifijos porque es judío, Magda, su amante y compañera de ataud, Rebeca, la madre de Sarah, y Herbert, un curioso personaje, hijo de Krulock, que protagoniza un par de números que me parecieron estupendos.
El espectáculo transcurrió con todo su esplendor. Los efectos especiales, el humo que no dejaba de salir del escenario, los cambios de decorado, las subidas y bajadas de telón… Quiero hacer especial mención a las luces, magistralmente controladas, de forma más que profesional, por Rafael Justo.
Lo que no me esperaba, ni por lo más remoto, fue lo que sucedió al final. Tras el último número, magnífico, lleno de vampiros perfectamente ataviados con ropajes antiguos que danzaban de forma frenética, el público rompió a aplaudir. A todos nos había encantado, no cabía duda. Habíamos asistido a un musical profesional que además había salido redondo. Después de eso llegaron las presentaciones, primero la gente del coro, luego los protagonistas… Ellos saludaban mientras nosotros aplaudíamos hasta que empezaban a dolernos las manos. Al final, se colocaron todos en un par de filas, y siguieron saludando. Fue entonces cuando mi cuñado me dijo “mira, ese de ahí está llorando”. Me fijé, y era verdad. Uno de los actores estaba llorando a lágrima viva. “Mira, ahí hay otro, en la segunda fila”, dije yo. Y otro, y otro… Era increíble. Me emocioné. Ahora mismo, mientras lo recuerdo, me sigo emocionando. En aquel momento descubrí lo que estaba pasando. Actores llorando en el escenario de pura emoción, de puro sentir el teatro en el alma y en las venas. Eso era. Aquellos chicos y chicas eran actores con mayúsculas, más actores que muchos que se jactan de serlo. Habían disfrutado tanto interpretando, como nosotros al contemplarlos. Se había producido la simbiosis perfecta entre actor y espectador, algo que no suele producirse muy a menudo.
El grupo de teatro se llama “Amorevo”. Para los curiosos, mencionaré, porque lo he leído en su página web, que el nombre procede de “amorevolezza”, el principio que aplicaba para educar Don Bosco, el santo fundador de los salesianos, basado en el amor, nunca en el castigo. Son jóvenes, llenos de ilusión y de profesionalidad, que además, y eso es lo más importante, consiguen transmitir al que los contempla. Después de lo de ayer, creo que son capaces de atreverse con todo, con cualquier representación por complicada que pudiera resultar. El amor al teatro desborda por los poros de todos ellos, y por los de Ignacio Cano, un jovencísimo director que al final nos adelantó lo que viene.  Os dejo el enlace a su página, que es de lo más interesante:


No se les puede perder la pista. A la gente capaz de despertar nuestras emociones, hay que mimarla.

martes, 8 de noviembre de 2011

La madre del cuco y la prensa

Se ha levantado un gran revuelo en los últimos días a consecuencia de la polémica entrevista que le hizo Jordi González a Rosalía García, la madre del cuco, el pasado día 29 de Octubre, en “La Noria”. A pesar de que no veo jamás ese tipo de programas, resulta inevitable que no me vea salpicado al hacerse eco del debate varias emisoras de radio que sí suelo escuchar con una frecuencia prácticamente diaria. A raíz de los comentarios, he podido deducir que la madre de tan polémico personaje no mostró la cara en ningún momento, y además se llevó a su casa la friolera de entre 9.000 y 10.000 euros.
Al parecer, la polémica comenzó en el mismo programa, cuando, tras la entrevista, una de las invitadas, Pilar Rahola, comentó que la madre del cuco no debería haber cobrado nada por acudir al plató. Ni Jordi González ni María Antonia Iglesias habían comentado nada al respecto, porque esa era una de las condiciones que al parecer había impuesto el abogado de Rosalía García para conceder la entrevista.
Todos estos datos los he sacado de Internet. Ya he comentado que no vi la entrevista. La cadena trató de lavar su conciencia in situ, debatiendo la conveniencia de realizar o no la entrevista en nombre de la libertad de expresión, y cuestionando si la madre del cuco debería o no haber ido a que la diseccionaran en directo. He escuchado en algunas cadenas de radio a personas que arremeten contra ella por haber acudido cobrando a “defender” la inocencia de su hijo. Hasta ese punto se ha conseguido de nuevo ese lavado de cerebro comunitario al que nos están sometiendo, o nos pretenden someter, las cadenas de televisión mayoritarias.
No comprendo que la cadena pretenda hacernos creer que la culpable de toda esta historia es la propia madre del cuco por acudir al plató, y encima cobrando. ¿Qué sentido tiene hacer la entrevista, que por cierto al parecer no aportó absolutamente nada al caso, y tratar de demonizar después al entrevistado? Vamos a tratar de ser sensatos. Es imposible pedirle responsabilidad en los actos a una mujer cuyo fracaso como madre se pasea por los juzgados. Si a una mujer que probablemente no tenga ningún tipo de valor, de criterio o de personalidad, se le ofrece una cifra jugosa, lo más normal es que la acepte, y se presente en el plató con sus mejores ropas, con ese tremendo anillo de plata que al parecer lucía, y con las gafas colocadas sobre la cabeza. Así, porque ella lo vale, sin más, a pesar de que su hijo se halle envuelto en uno de los asesinatos más nauseabundos de la historia de nuestro país. ¿Qué le importa eso a ella, cuando le enseñan la pasta?
He escuchado declaraciones de todo tipo. Una de las que más gracia me hizo fue la de una mujer que decía “yo soy madre, y si mi hija se viera envuelta en algo así, sería la primera en denunciarla”. Vamos a dejarnos de tonterías, por favor. Por un hijo matamos, sea o no culpable, y al pensar los padres así, lo más probable es que los hijos salgan más o menos normales, con sus defectos y sus tonterías, pero sin ese grado de bestialidad que tanto el cuco como las otras alimañas que se están riendo de España entera son capaces de mostrar en un momento de ira. Me parece de lo más normal que una mujer como la madre del cuco vaya a un programa a cobrar una pasta. ¿Por qué iba a tener ella más ética que su hijo?
Una vez aclarado que pienso que la culpa no es en absoluto de ella, sino de la perversión de una cadena que no duda en entrevistar a quien sea con tal de ganar audiencia, me planteo la cuestión que da título a esta entrada. No entiendo la polémica. ¿Qué esperamos de una cadena como la que emite ese programa? ¿Ética? ¿Rigor periodístico? ¿Esclarecimiento de la verdad? Vamos, por favor. Creo que ha quedado más que demostrado que lo único que se muestra hoy en día al espectador es el morbo, la bazofia, la inmoralidad, la envidia y el rencor. Eso es lo que los altos directivos piensan que proporciona audiencia, a pesar de que para ello tengan que dañar gratuitamente a familias como la de Marta del castillo.
Se nos está estafando a todos los niveles con la información que nos arrojan los medios. De la noche a la mañana, han desaparecido todos los periódicos independientes y rigurosos de verdad, y los que lo eran se han rendido de la forma más obscena a los oscuros intereses de los grandes grupos que los editan. Resulta sangrante y grotesco que no haya aparecido ni en las televisiones ni en la prensa escrita la  terrible noticia del soldado estadounidense Alvin R. Gibbs, que asesinó impunemente a civiles en Afganistán por el mero placer de asesinarlos. De haber ocurrido en Vietnam hace treinta años, la noticia habría sido portada en los periódicos de todo el mundo. Hoy en día tenemos que enterarnos de una salvajada así, como en mi caso, por la mención que se hizo de ella en un programa de RNE. Podéis recabar más información en el siguiente enlace:
¿Qué está pasando? ¿Es que no existe nadie dispuesto a realizar un periodismo de calidad, a llamar a las cosas por su nombre, como sucedía antes? ¿Es que nos vamos a dejar aborregar con imbecilidades tan flagrantes como las que nos vomitan cada día los telediarios? Creo que ya está bien, que una parte de la población queremos conocer lo que ocurre en el mundo, saber la verdad aunque esta duela, analizar la materia de la que está hecha el ser humano, si es que se le puede llamar así. A todos los niveles, tanto sociales como políticos o económicos. Ya está bien de que nos tomen por idiotas. Nos meten el miedo en el cuerpo, continuamente, logrando exterminar nuestra confianza en nosotros mismos, con lo cual difícilmente saldremos de la crisis. No llegaremos a nada si miramos hacia otro lado, si nos empeñamos en esconder la cabeza cuando sucede una tragedia a nuestro alrededor. Ese proceso de aborregamiento tan perfectamente estudiado concluirá, como ya lo está haciendo, cuando no nos importe en absoluto lo que le ocurra a nuestro vecino, a nuestro amigo e incluso a nuestro familiar más cercano. ¿Es que pretende llegar a eso? Todos vivimos los dramas cercanos de compañeros que pierden el empleo de la noche a la mañana, y no ocurre absolutamente nada. En el fondo de nuestra alma pensamos “suerte que no me ha tocado a mí”. Ese es precisamente el triunfo de esa perversa manera de dosificar la información.
No todo es negrura, por suerte. Buceando en la famosa polémica, he descubierto que gracias al blog de un periodista llamado Pablo Herreros, se consiguió que las marcas patrocinadoras de La Noria retiraran sus anuncios del programa. El enlace a dicho blog es el siguiente:
Os invito desde aquí a echarle un vistazo. Resulta más que interesante la idea de Pablo de implicar a las marcas, que son las que realmente sostienen a la cadena. Esperemos que dentro de dos semanas no se haya olvidado todo. Con la memoria de borregos que se nos está quedando, no me extrañaría nada.

domingo, 18 de septiembre de 2011

El arbol de la vida

Viene avalada por haber ganado la Palma de oro en Cannes, aunque al parecer cuando se proyectó en tan prestigioso festival los abucheos se produjeron con tanta fuerza como los aplausos, y el director técnico, según informa un medio de comunicación, coaccionó a los miembros de un jurado encabezado por Robert de Niro para que votaran a su favor, aduciendo que “la historia les juzgaría” si no lo hacían. Por ese simple hecho, por esa imagen fija del principio que muestra la concesión del premio, como si eso ya supusiera por sí solo que estamos ante La Palabra o El Verbo, no deberíamos dudar de que nos encontramos ante una verdadera obra maestra, ante una película que marca un antes y un después en la historia del cine.

Y sin embargo, no es así. Ni mucho menos. Después de verla ayer, he leído críticas, comentarios y reseñas, y nadie se pone de acuerdo. He comprobado que algunos sesudos críticos tuvieron la misma sensación que yo, y que toda la parte del big bang, que dura nada más y nada menos que media hora, está auspiciada por el mismo especialista en efectos especiales que se encargó de la maravillosa, y esa sí que lo era, “2001, una odisea en el espacio”.
Al parecer Malick, el director, estudió filosofía en Oxford y Harvard, y eso le marcó. Esta película no tiene nada que ver con las que ha filmado antes. El film consiste en vomitar durante más de dos horas sobre el espectador la empanada mental que debe de tener este buen hombre sobre el origen de la vida, la vida propiamente dicha, y el final de la misma. Voces en off, destellos y reflejos en la escena, el uso abusivo de la steady cam, la visión de un paraíso que parece más bien un anuncio de una compañía de seguros de vida prolongado hasta la saciedad (curiosamente comparto esta similitud con algún comentarista de cine), y sobre todo, y eso sí que es imperdonable, el pegote, el tremendo pegote de media hora del origen del mundo, que me recordaba en su concepto, como ya he comentado antes, a esa escena del monolito de 2001, pero llevada a extremos ridículos de duración, pretenciosidad y solemnidad.

Una de las comentaristas que alaba el film, supongo que porque viene bendecido por el máximo pontífice cinéfilo que reside en Cannes, sugiere que cuando vayamos a verla nos olvidemos de nuestro concepto de lo que debe de ser el cine y, por qué no, de todo nuestro bagaje cultural. Yo iría más allá. No sólo debemos desnudar nuestra alma, sino también cogernos una cogorza monumental antes de entrar, para poder soportar, y disfrutar, si es que ello es posible, de dos horas de delirios infumables.
En serio, amigos: soportamos los anuncios de compresas porque son más o menos cortos, y los documentales del origen del universo cuando nos los ponen en el planetario, porque solo duran un cuarto de hora. Los anuncios de seguros de vida son bonitos, aunque causen cierta inquietud. Pero todo ello, junto, alargado hasta el paroxismo, salpicado de retazos entremezclados en el tiempo y en el espacio que no vienen a cuento, aderezados con piezas musicales que en sí mismas son una joya, pero que acompañando a esta demencia pierden su grandeza, conforma una infumable pesadez, que lejos de ser una sinfonía, como dicen algunos, se convierte en un infierno. Sean Penn, uno de los actores, reconoció que no sabía muy bien cuál había sido su papel, y para rematar la faena dijo lo siguiente: “Una narración más convencional hubiese beneficiado a la película sin restarle belleza ni impacto”. Pero claro, se trata de Sean Penn. ¿Qué sabrá ese indeseable de la altura intelectual más exquisita?.

Pretenciosa, lenta, infumable, inentendible (los comentarios a la salida del cine trataban de buscarle explicación a cosas que no la tenían), delirante, deprimente y rancia. Esos son los adjetivos que me provoca la cinta. Las voces en off absurdas y sin contenido parecen más encaminadas a ir soltando frases de Bucay y otros iluminados gurús, que a aportarle algo al argumento. Un gran anuncio de más de dos horas, un eterno tráiler de sí misma, un vergonzoso intento de manipulación de la conciencia del espectador, al que se le pide desde el principio que “se desnude de prejuicios y valores adquiridos para enfrentarse a la obra maestra que está a punto de ver”. En fin, que no merece la pena gastarse para nada el dinero que vale la entrada. Por ese importe se puede comprar uno una buena botella de vino, bebérsela de un trago, y conseguir más o menos el mismo efecto.
Dicen que “La risa es el homenaje que los idiotas rinden al genio”. Ayer debía estar el cine lleno hasta arriba de necios, porque al terminar la película, el público estalló en una sonora carcajada, supongo que como colofón final al suplicio que acabábamos de vivir.

viernes, 2 de julio de 2010

El espíritu de "Invictus"

Partamos de la base de que no soy en absoluto futbolero. No simpatizo con ningún equipo, si exceptuamos todo aquel que juega contra otro gran equipo, plagado de estrellas, y que a priori le va a dar una soberana paliza a su rival. En ese caso sí suelo tomar partido por el débil, y me alegro infinito si gana al equipo favorito. No sigo la liga, ni la Champion, ni la Copa del Rey, ni ningún otro trofeo similar. No conozco la vida y milagros de los jugadores, ni de los entrenadores, ni de los presidentes, excepto la de algunos pocos de estos últimos que en su delirio sobrepasan los meros límites del universo futbolístico, para meterse de lleno en terrenos como el político. Unos cuantos borrachos del poder que le han otorgado los jugadores a los que representan, por el mero hecho de pegarle patadas a un balón. Ocurre en casi todos los campos de la vida. Los que se llevan las medallas, los bocazas incontrolables, son los que dirigen al equipo, sin asumir humildemente que su única función debería ser la de firmar talones para contratar a tal o cual estrella, y quedarse calladito mientras su equipo mete goles o gana títulos.

Partiendo de esa base, me ocurre sin embargo algo curioso cada cuatro años (en realidad cada dos, si contamos la Eurocopa): me engancho al Mundial de fútbol, desde la primera fase hasta la final, y disfruto con cada partido, incluso los primeros, como un niño con zapatos nuevos. Recuerdo los tiempos gloriosos en los que no había que pagar para ver los partidos. Me tragaba prácticamente todos, porque además el evento solía coincidir con algún período vacacional. Me resultaba muy grato ver jugar a las 12 de la mañana a Camerún contra Austria, por ejemplo, en aquel fatídico mundial en el que las selecciones de Alemania y Austria se pusieron de acuerdo para empatar su partido a cero y dejar a Camerún fuera. Recuerdo perfectamente el gol de Cardeñosa, la metedura de pata de Arconada, el labio partido de Luis Enrique y la desesperación, una y otra vez, cuando no pasábamos a octavos a pesar de todos los esfuerzos y de esa supuesta “furia española”, que ni nos llevaba a ninguna parte ni nadie sabía muy bien en realidad en qué consistía. Me daba igual que nos eliminaran. Yo seguía viendo los mundiales hasta el final, hasta ese partido electrizante en el que Zidane le pegaba un cabezazo a Materazzi, hasta ese partido en el que siempre rogaba porque ganara Holanda, y nunca lo conseguía.

Desde la Eurocopa del 2008 noté que algo había cambiado. Nuestra selección puede que no tenga “furia española”, ni puñetera falta que le hace. Lo que sí tiene, y creo que a raudales, es espíritu ganador, una gran cohesión como equipo, y esa humildad que te hace respetar al contrario para conocerle bien. Empecé a entreverlo cuando ganamos en el 2008 a Italia a los penaltis. ¡La campeona del mundo había caído!. En aquel momento pensé que podíamos hacerlo, que era posible ganar la Eurocopa, como así fue. El gol de Torres a Alemania nos dejó prácticamente afónicos a toda la familia de tanto celebrarlo.

Me está gustando España en estos mundiales, y mucho. Me está gustando hasta el punto de haberme comprado una camiseta de la selección. Me está algo pequeña. Ayer me la probé y parecía un tomate (voy a tener que investigar a ver dónde se la compró Manolo el del bombo, que debe ser más o menos de mi talla). Cada vez que juega España resulta todo un acontecimiento familiar. Mi hijo y mis sobrinos se han comprado el kit de animación, consistente en bufanda, banderín, trompeta y gran bandera que hemos desplegado en la ventana. El primer gol de Villa a esa despistada selección chilena que se iba para adelante sin ningún sentido me pareció un acto de inteligencia y de profesionalidad futbolística digno de pasar a los anales.

Se están vislumbrando varias cosas con la trayectoria que está siguiendo España en el Mundial. En primer lugar, se detecta en la selección espíritu de equipo, de saber lo que se está haciendo en cada momento. Cada uno en su lugar, y sobre todo, y eso es para mí lo más importante, perfectamente compenetrados con jugadores que, fuera del mundial, juegan en equipos rivales, y muy rivales a veces. No he escuchado todavía a nadie, y he hablado con mucha gente desde que empezó el campeonato (reconozcámoslo: a día de hoy, el Mundial es el tema de conversación por excelencia), hacer la más mínima mención a que Xabi, Iniesta o Piqué son del Barsa, ese equipo odiado en Madrid, o que Llorente sea vasco. Para todo el mundo, incluso para los madridistas acérrimos (conozco a unos cuantos), Xabi, Iniesta y Piqué son de la Selección, son de España, y Llorente hizo un partidazo el otro día ante Portugal. En ese sentido, me parece muy acertado ese anuncio de Cruzcampo que dice que no es una selección, sino un país, la que nos representa en los mundiales. Se acallan a toque de balón los absurdos comentarios sobre el Estatut, por ejemplo, o sobre el caos que se está organizando en Madrid con la huelga de transporte, con sindicatos y Comunidad enfrentados hasta el insulto. El espíritu de equipo de la Selección está por encima de todo eso.

Deberíamos reflexionar un poco sobre lo que la Selección española ha conseguido y, con un poco de suerte, está a punto de conseguir. Jamás había visto tantas banderas de España en la calle, en los coches, en las ventanas. Una bandera que se había intentado hace años emplear como símbolo político y como arma arrojadiza para denostar al partido o partido que en teoría se la apropiaba, se convierte por arte de gracia en un motivo de orgullo, en un símbolo de simpatía hacia la selección. Ocurre lo mismo con la camiseta. “La roja”, cuyo sólo nombre hubiera levantado ampollas no hace mucho, es posiblemente la prenda más vestida en estos días. La alegría cada vez que España se deshace de un rival se detecta en las calles, en las casas, en las familias. Una alegría que buena falta nos hace ante la crisis que tenemos encima. El consumo respira. Quien más, quien menos, se compra una televisión para ver a la roja, o se gasta unos euros tomando el aperitivo en el bar de abajo para ver el partido. Todos parecemos formar parte de un equipo, de un gran equipo en el que la Selección española, que lo está haciendo muy bien, resultaría ser la punta del iceberg.

La Selección nos está demostrando que se pueden hacer las cosas bien, por encima de las diferencias de procedencia, cultura, religión o axiomas políticos. Más de uno debería aplicarse el cuento, y adoptar ese espíritu. Al fin y al cabo, una selección no resulta muy diferente de una familia, una comunidad de vecinos, una provincia o un país. Si lo que se quiere es sacar las cosas adelante, se puede, como están demostrando en otros muchos países de nuestro entorno. Si lo que uno busca es su parcelita de poder, el insulto al contrario, la comodidad y los privilegios en el puesto de trabajo, haciendo para todo ello el menor esfuerzo posible, lo más probable es que no se llegue a ninguna parte. Parece una simpleza y una perogrullada, pero es así. Anteponiendo el esfuerzo, el sacrificio y un cierto espíritu ganador que creo que jamás hemos tenido como colectividad, se consigue muchísimo más que con los prejuicios, la intolerancia, y ese apartheid mental al que algunos se someten voluntariamente, en un intento, que jamás he entendido, de amargarse la vida.

Las perspectivas son positivas. Haga lo que haga, la Selección nos está alegrando en cierto modo la vida estos días. Mañana juega contra Paraguay, y volverá a ser un acontecimiento, un punto de encuentro, una descarga de emociones y sentimientos positivos, tanto si gana como si pierde.

¿Y si ganamos el Mundial?. Creo que me equivoco poco si afirmo que cambiaría bastante el panorama actual de nuestro país. Nos vendría muy bien que el espíritu de “Invictus” se instalara por una buena temporada en nuestros corazones.

lunes, 22 de febrero de 2010

Los asesinos de Voltaire


“No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo”.





Muchos de vosotros sabéis que he utilizado en innumerables ocasiones esta frase de Voltaire como firma en algún que otro foro. Creo que es la única frase que define en cierto modo la filosofía que trato de seguir en todos los órdenes de la vida. ¿Qué quiere decir Voltaire con ese axioma, perfecto en su rotundidad, y aparentemente contradictorio en su esencia? A veces, y a medida que transcurren los acontecimientos cada vez más, pienso que nadie se ha parado a pensar en el verdadero sentido de la tolerancia, único camino a seguir para avanzar hacia adelante. A eso se refiere la frase de Voltaire. El paradigma de la tolerancia, del respeto al contrario, consiste en admitir sus ideas, a pesar de que choquen frontalmente con las nuestras, y no sólo a admitirlas, sino a defender el derecho a exponerlas, libremente y sin ningún tipo de complejo.



¿Cuándo se produce, a mi parecer, el asesinato de Voltaire? Cuando se pasa como una apisonadora por la frase que define su forma de pensar. Es decir, cuando se practica la intolerancia. No nos estamos dando cuenta de que cada vez nos hacemos más intolerantes con lo que no comulga con nuestras ideas, del mismo modo en que no nos damos cuenta de que nuestras ideas son cada vez más básicas y poco elaboradas. Detecto intolerancia en cualquier foro, en todos los debates políticos, en la calle, en los periódicos, en la radio. Existen intolerancias no sólo hacia lo extranjero, sino hacia el que celebra simplemente el gol del equipo contrario al nuestro. La intolerancia no se manifiesta sólo por la violencia, el extremo antitolerante del descerebrado que opta por acabar directamente con el que no piense como él, sino por el desprecio, la sordera autoimpuesta, o el simple hecho de volverse de espaldas.

Se detecta una intolerancia que roza lo enfermizo cuando se realizan ataques absurdos contra una institución, un partido político o un equipo de fútbol. ¿Qué se entiende por “ataque absurdo”? Voy a poner un ejemplo: el reciente ataque contra la Iglesia realizado por una tal Ana Morgade en uno de los últimos programas de Buenafuente.

Vaya por delante que no soy practicante, pero tampoco soy ni ateo ni agnóstico. No tengo ningún problema en entrar a una iglesia cuando la ocasión lo requiere, al contrario que esos acérrimos que parecen creer que se les va a desplomar el techo sobre la cabeza si lo hacen. Entro a las iglesias del mismo modo en que podría entrar sin ningún perjuicio en una mezquita o en una sinagoga. La vida me ha proporcionado tantos motivos para creer en Dios como para no creer, pero desde luego, mi actitud ante la iglesia no está marcada por una mala experiencia con algún cura durante mis años de infancia, como parece estarlo la de la mayoría de personas que arremeten contra ella. Parecemos incapaces de entender que las instituciones están formadas por personas, y que la Iglesia como tal ha sido capaz de cometer los mayores desmanes, y los sigue cometiendo con opiniones en ocasiones obsoletas, pero también existen personas comprometidas con ella que realizan una labor digna de admiración en países del tercer mundo. Se le puede reprochar a la Iglesia que tomara partido por una facción al estallar la guerra civil, pero del mismo modo en que se les puede reprochar a unos cuantos descerebrados (los descerebrados de los que hablaba antes) que se dedicaran a quemar iglesias en el momento en que se proclamó la república.

Cuando la intolerancia se desata, una cosa lleva a la otra, en una espiral de violencia y sinrazón que no conduce más que a la aniquilación y al desastre. Creo que resulta peligroso jugar a esos “ataques absurdos”, y sobre todo en programas de gran audiencia, porque siempre existirán descerebrados que lo tomarán como cruzada y como tema de conversación para descartar el derecho de miles de católicos practicantes a permanecer entre nosotros. A menos que el absurdo ataque de Ana Morgade esté destinado a desviar la atención sobre un hipotético “enemigo” fácilmente atacable, no le encuentro ningún sentido al asunto. Me parece absurdo hablar de la financiación de la Iglesia, cuando la realidad es que la propia cadena que paga a la Morgade obtiene ingresos que rayan la obscenidad gracias a la publicidad, a la financiación pública, y a todos esos pobres de espíritu que inundan los programas de sms casi ilegibles, el de Buenafuente incluido.

No somos conscientes en España de los peligros que lleva implícita la intolerancia. Gracias a una educación tercermundista, basada en el desprecio a los valores y al desarrollo de la inteligencia, y cuyo único sentido para los que la definen en cada momento parece ser la de conseguir ciudadanos que voten una determinada opción, estamos consiguiendo ceporros intolerantes contra todo, cuya máxima aspiración en la vida consiste en aparecer en televisión, aunque sea a costa de mostrarle al mundo sus imbecilidades y las de sus progenitores. Eso, unido a esa ingente masa de personas mayores y gran parte de su progenie, que votan a piñón fijo, de una forma peligrosamente subjetiva, en función de las heridas producidas durante la guerra civil en uno y otro bando, que sin duda se habrían cerrado ya de una vez de no ser por la demencial política en ese sentido de los partidos mayoritarios, nos lleva sin remisión a un bipartidismo irreconciliable, incapaz de avanzar en ninguna dirección que no sea la de justificar sus desmanes aireando los del contrario. Ese pacto tan necesario, que se produciría sin dudar e instantáneamente en cualquier otro país europeo, es imposible que se produzca en España a causa de la intolerancia hacia el otro, a causa de esos asesinos de Voltaire a los que no les importa en absoluto hundirse con tal de que el adversario político se hunda a su vez.

La intolerancia empapa todo lo que nos rodea a los españoles. En las encuestas de la radio se dibuja la tendencia de cada uno cuando apenas ha pronunciado diez o doce palabras. Enseguida se ve si es de izquierdas o de derechas, del mismo modo que se detecta con leer los titulares la tendencia de todos y cada uno de los periódicos que inundan los quioscos. Incluso este escrito resulta impublicable, debido a que no toma partido por ninguno de los dos grandes poderes políticos españoles actuales.

Yo reivindico la intolerancia contra la intolerancia, aunque parezca un contrasentido. Dado que resulta una utopía implantar en España el sistema de listas abiertas, único modo de elegir lo mejor de cada uno de los partidos, y desechar la morralla de personas inútiles y enfermas de ansia de poder que pueblan desde los ministerios hasta el más misérrimo ayuntamiento, reivindico al menos la creación de un partido auténticamente de centro, tolerante con sus adversarios y dispuesto a caminar hacia adelante, con soluciones que no huelan desde lejos a partidismo o a oscuros intereses electoralistas. Sólo de esa manera nos subiremos al tren de la modernidad y de la auténtica convivencia.



De otro modo, seguiremos asesinando cada día a Voltaire, al tiempo que cavamos nuestra propia fosa.

martes, 9 de febrero de 2010

Palabras de una amiga que vive en Venezuela

Copio esta sentida entrada del blog de una amiga que vive en Venezuela. Creo que no procede dar ni nombres ni datos que pudieran perjudicarla de algún modo:

"Desde que decidí abrir el blog quise dedicarlo exclusivamente a tocar temas literarios, como la gran mayoría de blogeros hace. Hoy voy a hacer una excepción, pues creo que ha llegado el momento. Vivo en un país donde la libertad de expresión está en peligro y es probable que en poco tiempo no pueda seguir teniendo acceso a Internet ni a mantener mi blog.







El presidente, teniente coronel Hugo Chávez, no conforme con insultar al pueblo de Venezuela siete días a la semana en largas cadenas que abarcan todos los medios de comunicación audiovisuales, nos ha “prometido” que para solucionar el problema de la energía termoeléctrica, traerá al comandante Ramiro Valdez, un cubano a cargo de la represión en Cuba al estilo Stasi de la fenecida República Democrática Alemana o de la KGB de la hoy extinta República Soviética, responsable de que en esa isla sea casi imposible el acceso a Internet.






Novecientos mil millones de dólares, léase: US$ 900.000.000.000,oo provenientes del ingreso petrolero no fueron suficientes para que tengamos energía como en un país civilizado.






190.000 muertos por asesinato, cientos de miles de empleos perdidos, 170 industrias cerradas o “tomadas” por el gobierno, miles de hectáreas “recuperadas” de tierras fértiles que antes se dedicaban a la cría de ganado o a la agricultura y que hoy yacen mustias y cubiertas de barriadas. Y una población sin acceso a comprar divisas extranjeras, con una policía que reprime a los ciudadanos en lugar de protegerlos, es el resultado de once años de desgobierno, en el que el ciudadano presidente no sólo ha cambiado el nombre al país, sino que lo ha declarado socialista.






Claro, apoyado por La corte suprema de Justicia, El poder Electoral, La asamblea nacional y todos los militares, es muy fácil perpetuarse en el poder. Lo único que tiene que hacer es repartir dinero o permitir la corrupción, que hoy por hoy conforma una boliburguesía (de bolivarianos burgueses) que son los que se plegaron al gobierno y forman parte de uno de los grupos multimillonarios del mundo. Muchos de ellos tienen cuentas de dos mil o tres mil millones de dólares o euros. Si no es más.






Sí, señores, este gobierno ha regalado a los países que lo secundan ochenta y dos mil millones de dólares. Tal como lo leen, y ha permitido que sesenta y dos mil cubanos penetren las fuerzas armadas, controlen el ministerio de documentación personal, y sean los jefes. Luego Chávez llama apátridas a los estudiantes que se alzan en contra suya, porque en este país no existe una oposición política valiente, capaz y organizada.






Un señor que se rodea de seis escudos de guardaespaldas, y que a una orden suya cualquiera puede ser detenido, puede insultar, agredir, amenazar, decir palabras soeces a una ciudadanía inerme, porque con armas y guardaespaldas se puede ser muy valiente. Pero quiero ver al señor Chávez enfrentar a una simple ciudadana, que podría ser yo, que él se quite el uniforme, la gorra roja, que mande al cuartel a sus soldados y a sus focas de circo que aplauden hasta cuando respira, y que se ponga frente a mí, con una simple camisa de color neutro, sin tener ni un cortaplumas en el bolsillo, que quiero ver si es capaz de defenderse.






Sé que corro un gran riesgo al escribir esto, es probable que me vea amenazada como ha ocurrido con otras personas que se atrevieron a decir lo que piensan, pero creo que ya no es momento de callar. Soy una persona que se presenta con su nombre y apellido, y muy fácil de ubicar. Aquí me tienen. De todos modos, como trofeo, no soy una buena pieza de caza. Lo siento."

sábado, 23 de enero de 2010

"Nine", de Rob Marshall


Los maléficos lumbreras de siempre ya vaticinan su fracaso en taquilla, basándose simplemente en que en Estados Unidos no termina de arrancar. ¿Cómo espera el consejo de sabios que triunfe en el país de las palomitas una película cuyo espíritu es cien por cien europeo?

Entre otras muchas cosas, el bagaje cinematográfico que llevo a mis espaldas me ha servido para simplificar cada vez más mi acercamiento a los estrenos. No me dejo llevar por nada, ni por las críticas de sesudos expertos que se centran más en la iluminación o en el vestuario que en la historia que se nos cuenta, ni por los comentarios de mentecatos que son incapaces de reconocer que el mundo no gira ni alrededor de ellos ni alrededor de su blog. No. En esta ocasión, podría haberme dejado llevar por ese absurdo comentario que ya han esgrimido unos cuantos eruditos (“un remake del inmortal Fellini. ¿A quién se le ocurre?”), o por la reciente visión de una muestra de cine en estado puro como “Avatar”, pero no, no lo he hecho.

He decidido que la mejor manera de disfrutar de una película, es hacer una especie de cura de humildad. Sentarse en la butaca, dejar de lado nuestros conocimientos, nuestra cultura cinematográfica, nuestra mezquina existencia con ínfulas de renombrado crítico, y disfrutar, simplemente, del espectáculo. Esta noche he sentido verdadera lástima de la chica sentada a mi lado, que miraba la luz de su móvil cada treinta segundos, o del joven que, a la salida, le comentaba a su novia, con tono de “porque yo lo valgo”, que no soportaba esa manía de mezclar imágenes en blanco y negro con imágenes en color. He sentido verdadera lástima, porque me he dado cuenta de que jamás serán capaces de disfrutar de un espectáculo como “Nine”. Los árboles que tienen en la cabeza jamás les permitirán ver el bosque. Es una pena, pero es así. “Nine” no gustará a mucha gente, pero mientras existan unos cuantos que disfruten como lo he hecho yo esta noche, merecerá la pena ir al cine no sólo a comer palomitas.

“Nine” es algo más que un simple homenaje a la película 8 y medio de Fellini. Ni conozco el musical de Broadway, ni me importa. Tampoco conocía el espectáculo en el que Tim Burton basó su “Sweeney Tood”, otra joya de película, y cuando lo vi me defraudó profundamente. “Nine” es una referencia, para los que hemos visto algo de cine, a un montón de películas, tanto de Fellini como de otros directores. “Nine” recuerda en algunos números a “Cabaret”, a “Chicago” y hasta a los anuncios del hombre de Martini. La magistral mezcla de imágenes en blanco y negro con imágenes en color, de la que se quejaba mi vecino espectador, consigue un efecto de cambio temporal perfectamente equilibrado. En algún lugar he leído que Rob Marshal, el director (¿estamos ante el nuevo Bob Fosse?) deslavaza los números musicales aislándolos entre sí, no enfrentando, por ejemplo, a Sofía Loren con Penélope Cruz, como ya hiciera en Chicago. ¿Es eso un error, o una genialidad, al presentarnos a cada una de las mujeres presentes en la vida de Guido Contini como la protagonista de su propio espacio vital, de su propio número musical? Empiezo a estar un poco harto de esos críticos enfermizos, que saltan de alegría cuando descubren una sombra en un mar de luces, como ese simple que escribió que le extrañaba que las flechas de los indígenas de Avatar fueran capaces de romper un cristal de helicóptero americano.

Por favor, dejaos llevar por el espectáculo. Es imposible que el número musical de Saraghina, el personaje interpretado por Fergie, no os ponga la piel de gallina (como me recordaba esta mujer a la Volpina de Amarcord, por cierto) durante toda su duración, o que no disfrutéis con la canción interpretada por Kate Hudson, rodeada de esos “hombres Martini” tan sugerentes. “Nine” ha conseguido incluso el afianzamiento de mi reconciliación con Penélope Cruz, que empezó con “Vicky Cristina Barcelona”, perfecta en su papel de Carla, la voluptuosa amante del disperso director de cine. Su baile y la canción que canta al principio de la película darán sin duda mucho que hablar. La actriz está demostrando que será buena mientras no vuelva a dirigirla Almodóvar.

Muchos fariseos compararán a Daniel Day Lewis con Marcello Mastroianni. Resulta inevitable. Serán incapaces de darse cuenta de que, cada uno con su estilo, han personificado de una manera muy digna al trastornado director de cine obsesionado con las mujeres que han dirigido su vida. “Italia es un país dirigido por hombres a los que manipulan sus mujeres”, proclama con acierto en un momento de la película. Es otra faceta que se puede encontrar el que acuda a verla sin prejuicios, sin equipaje: las frases. Cada una de ellas podría constituir perfectamente un axioma filosófico. Las conversaciones del protagonista con Judi Dench son dignas de figurar en una antología de la relación entre hombres y mujeres. De hecho, al salir he tenido la sensación de que la película es, como ya lo era 8 y medio, un monumento perfecto a la mujer. Daniel Day Lewis camina encorvado por los pasillos de la pensión en la que ha sumergido a Carla, fuma sin darse cuenta de que está fumando, sufre, llora, pide ayuda y muestra su debilidad y fragilidad a cada momento, algo que no hacen las mujeres que forman parte de su vida (salvo Carla en el episodio de la pensión). Nicole Kidman (perfecta. Aunque no sea mi actriz preferida, lo reconozco) y Sofía Loren muestran una entereza absoluta, un dominio de la situación casi completo. Contini, el director, es el centro del Universo, un centro cambiante, variable, en ocasiones fuerte y en ocasiones enfermo, y ellas sus satélites.

La película destila también un marcado carácter mediterráneo. A veces cuesta pensar que se trate de una película americana. El ambiente romano de los años sesenta ha sido retratado a la perfección. El balneario de Anzio despierta en el espectador las ganas de perderse por unos días en un rincón tan decadente y tranquilo como ese. Los paparazzis persiguiendo en moto al director de cine, la recreación de los estudios de ciune de Cineccitá, las vistas de Roma y sus alrededores, o los continuos guiños a películas italianas de la época, conforman un ambiente muy conseguido, que logra retrotraernos a esa época de esplendor.

“Nine”, un verdadero espectáculo que no defraudará ni a los amantes del cine musical, ni a los que disfrutan con esas películas que nos muestran el cine dentro del cine, en este caso con un resultado magistral.