domingo, 17 de noviembre de 2019

Conversaciones con mi madre. Soylent green


Mi madre es una persona fuerte, aunque a veces ni ella misma sea consciente de ello. Al segundo día de morir mi padre, en el invierno de 2012, nos dijo a todos que ese trago tenía que pasarlo sola, que tenía que acostumbrarse a estar sin él en casa, a dormir sin una persona, mi padre, con la que llevaba más de 50 años de convivencia. Y así lo hizo. Al principio le costó, por supuesto, pero gracias a sus recursos sobrellevó perfectamente su soledad. Sus recursos, aparte de las frecuentes visitas de sus hijos, son su tablet, a la que se acostumbró rápidamente y en la que no deja de buscar los temas que le gustan relativos a literatura, cine, música, pintura, etc, y sobre todo la música. 

A veces no somos conscientes en mi familia de esa circunstancia, pero la música siempre ha estado presente en nuestras casas. Ahora procede de un sofisticado equipo de alta fidelidad, con su lector de CD, amplificador, altavoces y toda la parafernalia, pero cuando éramos pequeños salía de un destartalado equipo PHILIPS que tenía el altavoz integrado en la tapa y un tamaño ligeramente más grande que un vinilo de 33 revoluciones por minuto, que era el único formato, junto con los discos de 45 revoluciones, que era capaz de reproducir. El equipo lo había comprado mi abuela en Radio Quer, la tienda de toda la vida cuando se trataba de comprar electrónica o electrodomésticos. Eran otros tiempos, y las tiendas "de toda la vida" constituían un elemento indispensable para todo. Los botones de Pontejos (cuando íbamos a Pontejos, mi abuela decía "vamos a ir a Madrid, que tengo que comprar botones"), las salchichas de Ferpal, las napolitanas de la Menorquina...

Mi abuela tenía otro tocadiscos igual al nuestro. En realidad no sé si los compró todos juntos y le regaló uno a cada hija, o las hijas se fueron comprando el mismo que habían visto en casa de su madre. En casa de mi abuela también se escuchaba música a todas horas. Parece mentira. Supongo que la fortaleza de mi madre es genética, le viene de una persona que se quedó viuda con cinco hijas a las que sacó adelante en una época, la posguerra madrileña, en la que resultaba casi imposible salir adelante sin marido o sin algún hijo, pero mi abuela lo consiguió con coraje, con dos cojones más grandes que los de muchos hombres... Y con la música siempre sonando. La gente se sorprende muchas veces cuando les recito de memoria canciones de Antonio Machín, que ni siquiera era de mi época pero al que escuchaba constantemente (creo que tengo las "Dos gardenias para ti" incrustadas en alguna parte de mi cerebro), y, lo que es más increíble, fragmentos de la zarzuela "La del manojo de rosas", otro hit parade de la casa de mi abuela. Resultaba curioso. A veces me pongo a pensarlo, y mi madre me lo confirma cada vez que hablamos del tema. Era una época triste, había que hacer malabarismos para conseguir salir adelante, resultaba casi imposible que seis mujeres sobrevivieran sin que ninguna de ellas se torciera, pero lo consiguieron, no sé si por la música, por la fuerza, por el coraje, por la alegría que siempre había en esa casa, y que nos empujaba a mis hermanos y a mí de pequeños a querer pasar los fines de semana en casa de la abuela, o por una mezcla de todo ello.

Creo que me he ido un poco por las ramas. Me he dejado llevar, pero lo que quería resaltar era la fortaleza de mi madre, su forma de salir adelante, ese coraje vital que Emilio Duró define perfectamente. "La persona fuerte tiene momentos de bajón, pero siempre acaba remontando y volviendo a su línea, a su filosofía de vida". Hace dos días, hablando con ella por teléfono, no sé cómo salió la conversación y comentamos una película que había visto yo con mi padre en el cine GARDEN, de Moratalaz, ahora bingo o local cerrado, no lo sé. Esas noches con mi padre en el GARDEN son motivo de otra entrada. En ese cine vimos los dos el tipo de película que más nos gustaba.

La película en cuestión era "Soylent Green", en español "Cuando el destino nos alcance", que debería ser de obligada visión en colegios y lugares públicos. En ella se habla de un mundo futuro, superpoblado, sin luz del sol, sin bosques, en el que las manifestaciones se reprimen cogiendo a los manifestantes con excavadoras, y en la que en cada escalera de cada bloque de casas duerme cada noche un buen número de personas sin techo vigilados por un señor con una escopeta sentado en una silla en una de los rellanos. Un mundo horrible, en el que resulta un lujo reservado únicamente a las clases superiores conseguir un trozo de carne para comer. En ese mundo se produce un asesinato que tiene que investigar un policía interpretado por Charlton Heston, que vive con un anciano, Sol Roth, al que da vida un magistral Edward G. Robinson en uno de sus últimos papeles. Sol le habla en muchas ocasiones a Charlton Heston del mundo que ha vivido, ya desaparecido, pero el policía no le hace demasiado caso, asegurando que lo que le cuenta su compañero de piso no puede ser verdad. En un momento dado, Sol se entera de algo terrible y decide desaparecer de este mundo, para lo que acude, como muchos otros ancianos, al "Hogar", un lugar que les proporciona una muerte dulce a los que acuden a él. Os pongo la escena en cuestión:


Lo que resulta curioso y emocionante de esta escena, que todavía hoy al verla me pone la carne de gallina, es el encuentro del policía con un mundo que jamás hubiera podido imaginar. La escena es magistral, con la música de Beethoven sonando a todo trapo y esos paisajes que ni de lejos han aparecido antes en el ambiente oscuro de la película. Recuerdo que cuando la vimos en el cine, en un alarde técnico posiblemente realizado por el mismo operador de la cabina, la pantalla crecía a lo ancho, dándole a la escena todavía mayor importancia. Estamos viendo a dos personas completamente distintas. Una que ha conocido un mundo brutalmente diferente al que está viviendo el otro, que ni por ensoñación habría podido concebir jamás que pudiera haber existido un mundo tan hermoso. 

Todo esto me ha dado que pensar. En cierto modo, estoy empezando a identificarme con Sol Roth. Yo he conocido un mundo diferente al que estamos viviendo hoy en día. Un mundo en el que se valoraba el sacrificio individual, el esfuerzo, el coraje para sacar adelante una familia en una situación muchísimo más difícil de la que tenemos ahora. Un mundo en el que era posible salir adelante con ilusión, aunque se tuviera poco. Un mundo, como ya he dicho antes, en el que una canción de Antonio Machín llenaba la atmósfera y te alegraba la mañana. Un mundo, en definitiva, en el que la alegría se sobreponía a todo lo demás.

Ahora estamos en otro mundo. No quiero pensar que vayamos de cabeza hacia el caos que se describe en la película, pero la brecha entre ricos y pobres es cada vez mayor, y los pobres, la inmensa mayoría de la población, han perdido la alegría en su burda pretensión de igualarse a una clase superior, la de los ricos y privilegiados, que simplemente jamás los va a aceptar. Se ha perdido la alegría del esfuerzo, la que proporciona alcanzar la tranquilidad que da el hecho de no perder la cabeza por obtener algo que nos iguale a los ricos. No importa ser, sino tener, algo que para más inri cada vez es más complicado porque los sueldos son más bajos en virtud de esa brecha de la que hablaba antes. Teniéndolo prácticamente todo, somos cada vez más tristes y mezquinos. Compliquemos más el asunto con la contaminación ambiental, el cambio climático, la vuelta al miedo que provocan los enemigos extranjeros, y si lo pensáis, nos encontramos más cerca del mundo del policía que del de el bueno de Sol Roth.

Al menos me queda el consuelo de que mis hermanos y yo sí que hemos conocido ese mundo, y de que con un poco de suerte se lo hemos conseguido transmitir a nuestros hijos.

sábado, 9 de noviembre de 2019

La niebla. Mañana toca votar

Seguro que os ha pasado a todos más de una vez. Llegas a casa cansado del trabajo, te sientas en el sofá, y enciendes la televisión, dispuesto a tragarte lo que te pongan, sin demasiadas pretensiones. Haces zapping con el mando, empezando por tu canal favorito. Vaya, están echando algo que no te gusta. Sigues buscando... Y te encuentras con una película. Paras un momento. Tiene buena pinta. Vamos a analizar lo más importante: das al botón de la GUÍA (GUIDE en el mando. Dios mío, ¿cómo podíamos ser felices con aquellas televisiones de antaño en las que el mando tenía casi solamente el botón de encendido y apagado?), y compruebas que hace pocos minutos que ha empezado, y que acaba poco antes de tu hora de ir a la cama.

Así que empiezas a verla. Se trata de "La niebla", basada en una novela de Stephen King. Partamos de la base de que jamás he leído nada de este señor, pero reconozco que hay muchas películas basadas en sus libros que para mí se han convertido en iconos del cine ("Carrie", "El resplandor" y "Cadena perpetua" son las que me vienen ahora a la cabeza).

La película narra una sencilla historia de terror. Una niebla cae de repente en una de esas localidades perdidas de EEUU, y en su interior moran extraños seres venidos de otro mundo que se dedican a cepillarse a todo aquel que se atreva a internarse en la niebla. Los clientes de un supermercado se ven atrapados en su interior, sin poder salir al exterior. Y es ahí precisamente, en esa claustrofóbica situación, donde surge lo que me ha inspirado esta entrada. El argumento no puede ser más simple. No puedes salir a la niebla porque algo desconocido te va a matar.

Ante esta situación de incertidumbre surge de entre los clientes una mujer que tiene la explicación adecuada a todo lo que está pasando: Dios está castigando a la humanidad por los pecados que ha cometido. En ese momento, en ese lugar, se está desarrollando según ella nada más y nada menos que el Apocalipsis. Al principio, todo el mundo se ríe de este personaje. No se le presta atención, sencillamente. Una señora mayor le tira un manojo de verduras para que se calle, y todo el mundo se ríe. Pero a medida que pasa el tiempo, asistimos al hecho de que esta mujer (magistralmente interpretada por Marcia Gay Harden, que en la fotografía aparece enarbolando su dedo acusador contra alguien) va ganando acólitos casi a la chita callando. Y claro, eso es lo que me dio qué pensar. El número de acólitos de esta iluminada va creciendo, sin que el espectador se dé cuenta, a medida que crecen el aislamiento, el miedo a lo desconocido, la incertidumbre y la incapacidad de todo el mundo para saber qué les depara el futuro. Somos seres humanos y tememos a lo desconocido.


El segundo personaje que me pareció interesante está interpretado por William Sadler, un secundario de lujo que también salía en la mencionada "Cadena perpetua". Es un tipo de carácter, fuerte, bragado, baqueteado por la vida, que forma parte sin dudarlo del grupo de clientes del supermercado que salen a la niebla para tratar de entender lo que está ocurriendo. Comentar que al principio también se mea de la risa ante las catastróficas proclamas de la iluminada, y que es de los que más trabajan para convertir el supermercado en una improvisada fortaleza contra los ataques de los seres de la niebla.


Pues bien: este personaje, al enfrentarse al horror que se oculta en la niebla (no quiero hacer spoiler, pero desde luego el horror al que se enfrenta el comando es verdaderamente terrorífico), sufre una terrible transformación, y de ser un hombre valiente, fuerte y comprometido con la causa, pasa a estar completamente dominado por el miedo.

¿Qué ocurre entonces? que ese hombre empieza a escuchar, y sobre todo a creer, los mensajes apocalípticos que está emitiendo la iluminada. Y no sólo eso. Su terror y el desquiciado cambio de su cerebro le empujan a convertirse en uno de los brazos armados del nuevo grupo.

¿Y qué hace el nuevo grupo? Muy sencillo: al no entender lo que está ocurriendo en la niebla, al no tratar de arreglarlo, y sobre todo, al asimilarlo como un castigo divino, se dedican en cuerpo y alma a buscar en el interior del supermercado culpables de lo que está ocurriendo fuera del mismo. De hecho, encuentran uno rápidamente, y lo arrojan a la niebla, como en una especie de metáfora de sacrificio humano que sea capaz de calmar a los horrores externos.


Y ahora ha llegado el momento de reflexionar. Fijaos en el subtítulo que figura en el cartel de la película. "El miedo lo cambia todo". Me pregunto si en estos momentos no nos estará ocurriendo lo mismo que a los clientes de ese supermercado dejado de la mano de Dios.


¿No nos estaremos dejando llevar por el miedo en cada uno de los actos de nuestra vida, incluido el pensamiento político? ¿No estaremos consintiendo, con esas cortinas de humo políticas que nos invaden, que se banalicen y se evite dar una solución a los problemas realmente importantes que nos acucian?

Creo que nos estamos convirtiendo en una sociedad cobarde, como la que va surgiendo en el supermercado al amparo de la iluminada. El miedo nos empuja a buscar un culpable del mismo, y cada uno de nuestros políticos ha encontrado el suyo. La derecha tiene al inmigrante (condeno desde aquí a la apología que ha empujado a unos cuantos descerebrados a atacar a los menores del centro de menores de Hortaleza), los políticos catalanes al Estado Español que los oprime, la izquierda a esa derechona de siempre con sus privilegios y su corrupción... Empiezan a surgir incluso los brazos armados de uno y otro bando, cuyo personaje emblema en la película es ese William Sadler que se ha enfrentado el horror y ha perdido la cabeza por un ataque de pánico. En nuestro caso representados por bandas de jóvenes que son capaces de eliminar sin pestañear a sus enemigos fascistas, perroflautas, inmigrantes, pijos o progres. Son personas instaladas en un odio que procede del miedo, del prejuicio a lo desconocido, de la cobardía de unos políticos que no tienen ni idea de resolver los problemas, pero qué saben perfectamente jalear a sus bases para que se maten por ellos, en un alarde de soberbia y de control mental que no debería darse en un país supuestamente moderno y democrático. 

Y lo más grave y surrealista, además, es que estos jóvenes, y muchas personas mayores que si pudieran también acabarían aniquilando a los que piensan de forma diferente a ellos, se han instalado en el odio, pasando por el miedo, sin ni siquiera haberse enfrentado a un horror tan real como el que ha vivido en sus carnes el bueno de William Sadler.

No he escuchado a nadie en esta campaña hablar de los verdaderos problemas que nos afectan. Del paro, del éxodo brutal de jóvenes sobradamente preparados a otros países, del tercermundismo y la corrupción en nuestras exportaciones e importaciones (resulta ridículo y grotesco que importemos productos extranjeros de peor calidad teniendo la huerta que tenemos), de los recortes brutales a la sanidad, la investigación, las infraestructuras, del ingente coste de los gobiernos autonómicos, de la corrupción a todos los niveles, de la impunidad de bancos, instituciones y organismos que hacen y deshacen en opacas operaciones financieras, de la impunidad de empresas que se libran de sus impagos sistemáticos cambiando de nombre... Nadie habla de esto, porque tampoco nadie se encarga de denunciarlo. Parece mentira que en la mal llamada "Era de la comunicación" los medios estén tan politizados y tan mediatizados siempre con las mismas tonterías. Antes existían revistas que denunciaban todo este tipo de cosas, pero han sido borradas de un plumazo por medios sometidos a un poder que se nos escapa a los simples mortales.

Sí, tenemos un montón de problemas, pero para muchos, que por cierto se presentan mañana, lo prioritario era sacar de su agujero a un dictador al que fuimos incapaces de neutralizar en vida, o culpar a los inmigrantes de todos nuestros males.

Estamos igual que los clientes de ese supermercado norteamericano, pero con una diferencia muy importante: los horrores que se esconden en la niebla son reales en la película. Nosotros nos lo hemos inventado solitos.

Te propongo que mañana dejes en tu casa tu mochila de prejuicios, miedos e incertidumbres, que adoptes una actitud valiente y tolerante, y que vayas a votar. Buena suerte. 
 

sábado, 2 de noviembre de 2019

Decíamos ayer... La tercera España



Casi cinco años desde la última entrada de este blog. Parece algo pretencioso el título, y en realidad lo es. Todo el que escribe un blog tiene algo de pretencioso, eso hay que asumirlo. Además, me encanta esa frase de Fray Luis de León. Es una frase que transmite paz, tranquilidad, la serenidad de alguien que volvía de haber tenido que vérselas con la Inquisición. Cuando todo el mundo esperaba que se pusiera a despotricar, a insultar a los que le habían vejado, o a quejarse de forma desesperada de su amarga experiencia, el catedrático salió con ese "decíamos ayer...", que logró desarmar tanto a sus detractores como a sus seguidores, a sus FOLLOWERS, para que me entiendan todos.

Es una frase que transmite la paz y la serenidad de quien la pronuncia. Algo que creo que en los tiempos que corren nos hace mucha falta.

Creo que hay que recuperar esa tercera España que quería la paz a toda costa, el diálogo, la serenidad y el senido común de la que hablaba Unamuno (se puede ver la película de Amenábar en ese sentido, el de recuperar a Unamuno y su afán de diálogo), y a la que Paul Preston le dedica un libro mucho más que interesante. Estoy de acuerdo con Buenafuente en que esta casta política actual nos está empujando a trincheras en las que una gran parte de españoles no queremos estar. Se está jaleando a la juventud, pero también a grandes sectores de las clases dirigentes (de izquierdas o de derechas) a defender la idea de que hay que eliminar al enemigo, a esa otra media España que piensa de diferente manera. De una manera inconsciente, suicida y falta por completo de toda lógica, se está volviendo al pensamiento que precedió nuestra guerra civil, de tan nefasto recuerdo. Ya no se ven personas, sino rivales políticos a los que hay que eliminar, o compañeros de viaje por los que seríamos capaces de matar. Tras más de cuarenta años de democracia, en los que se supone que deberíamos haber madurado tanto ética como políticamente, no sólo no somos capaces de cerrar las heridas sino que las abrimos cada vez más. La ley de memoria histórica no ha servido absolutamente para nada, y no servirá hasta que no respete por igual los muertos de los dos bandos que se despedazaron en aquella masacre general, sin distinciones. Estoy harto de que me hablen de Lorca y jamás se mencione a Muñoz Seca. Estoy harto de que no se comprenda que aquella guerra no tuvo ninguna motivación política, sino que se mataba a la gente la mayoría de las veces por envidia, por ambición, por celos o por cualquier otro motivo. Hubo salvajismo en los dos lados porque éramos salvajes, sin más, y utilizábamos una bandera para justificar las atrocidades injustificables que se cometieron. Badajoz, Paracuellos, el mencionado Lorca, Muñoz Seca, la represión franquista, la represión catalana… Es absurdo pretender que sólo hubo muertos por una de las dos partes. En realidad sí que había dos Españas en aquella época: la de los muertos, y la de los que quedaron vivos.

Que entonces ocurriera lo que ocurrió era casi normal en un país con al bagaje histórico que llevábamos arrastrando. Analfabetismo, mala gestión política, instituciones políticas y religiosas secularmente corrompidas… Pero que ocurra ahora, en la era de la tecnología, formando parte de Europa, y con lo que he mencionado antes, más de cuarenta años de democracia, no tiene ningún sentido. Sobre todo cuando hemos atravesado por un momento de relativo sentido común tras la muerte de Franco, cuando teníamos una casta política muy diferente a la que pulula ahora por el Congreso. 

Me parece vergonzoso, por poner un ejemplo, que los políticos catalanes afines al tan cacareado procés sigan defendiendo una idea que rechaza la mitad de la sociedad catalana. Si ves, como político, que una parte de la población no quiere ni de lejos independizarse, no deberías seguir por ese camino, simplemente, o en todo caso deberías plantearte educar a esa mitad de la población para que acepten tus planteamientos, pero nunca, jamás, bajo ningún concepto, jalear a la mitad de la población que te es afin contra la otra. Eso es vergonzoso, mezquino, de un idiotismo que raya en la estupidez. Y cobarde, sobre todo muy cobarde. Tan cobarde como cobarde es el que se encapucha para cometer actos violentos contra su propia casa. Y no he hablado del problema catalán sino para extrapolar esa situación al resto de España. 

Y es aquí, en esa cobardía de unos y otros, en lo que se basa el hecho de anclarse en el odio contra el otro, contra el rival, contra el enemigo. Enfrentarse a esa tendencia hoy en día, formar parte de esa tercera España que reivindico, se está convirtiendo en una hazaña casi imposible, porque cada vez hay más gente que, por miedo o por sentirse seguro en uno de los bandos, toma partido por opciones cada vez más extremistas. ¿Qué prueba más clara, más contundente se necesita para corroborar la cobardía, la falsedad y la ambición de nuestra casta política actual, que el hecho de que no hayan sido capaces de ponerse de acuerdo para formar un gobierno? Otra vez estamos en campaña, malgastando tiempo y dinero públicos. ¿Y si ocurre de nuevo lo mismo?
Este video habla de eso, de la cobardía, de atacar al contrario, de la falta de tolerancia y de alguna cosa más. Pertenece a la película "Buenas noches, y buena suerte", que se desarrolla durante la caza de brujas que montó MCarthy en EEUU. 




Es impensable hoy por hoy que en España se alce una voz como esta para reivindicar la fuerza de la democracia. Los medios son tan cobardes como quienes los dirigen, y su único cometido es cabrear a la pblación para que no piense en los verdaderos problemas que nos acucian. Sin embargo, creo que con los años podríamos llegar a este nivel de periodismo (al que por cierto ya tuvimos en el pasado), siempre que seamos capaces de otorgarle a la política el sentido común y seamos capaces de dejar a un lado de una vez los miedos que nos empujan a seguir inmersos en esta locura revanchista por un lado y clasista por el otro.

Os dejo por último esta frase de Ayn Rand, la autora de "El manantial" y una de las principales defensoras del poder del individuo. Como podéis comprobar, sigue en plena vigencia hoy.

„Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino, por el contrario son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá, afirmar sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada.“


Fuente: https://citas.in/autores/ayn-rand/



miércoles, 12 de noviembre de 2014

Ni Amazon ni nada...

Creo que fue uno de los momentos más felices de mi vida. Recibí la llamada en el trabajo. Una gran editorial se interesaba por mi novela, “El hombre de Grafeneck”, tras quedar la misma bien clasificada en un concurso de novela histórica convocado por ellos. Recuerdo el placer que sentí mientras la entusiasta editora me felicitaba por ello. Ella misma había leído la novela, y lo que es mejor, le había gustado. Me entrevisté con ella personalmente, entusiasmado, y firmé el contrato de edición. La única pega es que la novela vería la luz únicamente en formato digital, en un sello creado por el grupo editorial.

Hubo campaña, por supuesto, patrocinio del club de lectura que se montó en Facebook, y entusiasmo, mucho entusiasmo por todas las partes, pero aquello no terminaba de funcionar. El sistema de compra de los libros era farragoso. Algunos amigos me decían que no habían sido capaces de descargarlo. Otros que no se veía, que los enlaces no conducían a ninguna parte… La gran editorial optó por cambiar de sistema digital, con resultados similares. En dos años apenas he vendido doscientos o trescientos ejemplares. Para mí tenía mucho más valor la profesionalidad y cariño de la persona que me recibió en aquel despacho del Paseo de la Castellana, que había creído en mí y en mi producto, que el resultado final de ventas, que a mi parecer no reflejaba en absoluto la calidad de la novela si la comparaba con otras que vendían más y sin embargo eran peores.

¿En qué radicaba la clave del problema? En que las editoriales se sorprendieron en su momento y no supieron reaccionar al indiscutible liderazgo de Amazon en lo referido a la venta digital. Algunas incluso se rindieron a la influencia del gran gigante, y publicaron en papel libros que ni siquiera se habían tomado la molestia de corregir (cosa que sí hizo, y de forma mucho más que profesional, la editorial que publicó “El hombre de Grafeneck” en su sello). Se ha discutido por activa y por pasiva que el problema de Amazon, líder mundial indiscutible en la venta de libros digitales, es la calidad. Cualquiera puede escribir y editar lo que le venga en gana, sin corregir y sin tomarse la molestia siquiera de comprobar si al menos está bien escrito. Después se anuncia a bombo y platillo entre los amiguetes, cuantos más mejor, se bombardea con publicidad en todas las redes sociales posibles, y ya está. A vender tocan. Pero se sigue cuestionando la calidad. ¿y qué hace Amazon al respecto? Convoca un concurso de novela, respaldado por un periódico de gran tirada y una prestigiosa editorial española. El concurso ya se ha fallado, y hay cinco finalistas. Me he tomado la molestia de leerme las primeras páginas de los cinco libros. Es sencillo, se puede hacer en Amazon.com, pinchando en “look inside”, sobre la portada del libro.

Y ahora es cuando van a comenzar a levantarse unas cuantas ampollas.

De los cinco libros finalistas, uno tiene un lenguaje, un estilo tan engolado y pretencioso que dificulta la lectura de una historia tan farragosa y copiada de la saga del señor de los Anillos que huele de lejos. Otro está mal puntuado y con evidentes faltas de ortografía. Otro tiene errores históricos de bulto y una tendenciosidad tan marcada que se hace insoportable, y el cuarto cuenta una historia con una protagonista tan sectaria y enamorada de sí misma que parece más bien el diario de una frustrada. Sólo uno de ellos se salva, al menos en esas primeras páginas. La historia que cuenta y el personaje que la lleva parecen interesantes. El nivel de este libro es aceptable a priori, pero no comprendo, sinceramente, que los otros cuatro hayan llegado a ser finalistas. Alguien dirá sin duda que esto es un lloriqueo porque mi novela no haya llegado a nada. Me da igual. La mía sin duda es mejor que cualquiera de las cuatro que he comentado.

Lo único que demuestra el resultado del concurso es que en Amazon, como en tantos otros lugares, sigue sin tenerse en cuenta la calidad, pero sí los comentarios de los amiguetes o las cifras de ventas de los libros, para lo cual no es necesario escribir bien, por supuesto, sino ser un experto en márketing viral e invertir un montón de tiempo en las redes.

Conclusión: ni Amazon, ni nada. No hay una vía segura para el que se busca un lugar en la literatura. Nadie está dispuesto a invertir en un valor que no sea seguro, salvo entusiastas personas como la directiva de esa gran editorial que creyó en mi novela y que sin embargo no disponía de un aparato editorial detrás con la funcionalidad que requiere un sello digital para poder competir con el gigante. Recientemente me fue ofrecida de nuevo la oportunidad de publicar mi última novela en digital, y no me quedó más remedio que rechazar la oferta, porque en ese campo Amazon no tiene rivales.

Estoy cansado de intentarlo, pero no me canso de escribir. No voy a colgar más cosas en Amazon, porque a la vista de los resultados del concurso he comprobado que la calidad les importa una auténtica mierda. Felicito a los autores que son capaces de disponer de cientos de comentarios elogiosos hacia sus obras, pero para mí es más importante que alguien me diga, como el editor de esa revista digital que me pide un relato de vez en cuando, que mi novela es una de las mejores que ha leído. Seguiré presentándome a concursos, porque a lo que no estoy dispuesto es a arrojar la toalla mientras veo cómo autores que hoy en día están consagrados en Amazon, son capaces de mentirme descaradamente sobre el argumento de su libro (no, tu novela no es como PERSÉPOLIS. En absoluto. Es un culebrón insoportable y mal escrito) para que lo compre, o solicitarme un comentario elogioso hacia su libro, o, lo que resulta más sangrante, pedirme que lo vote en un determinado concurso. Estoy harto de personas que se dicen “escritores”, pagados de sí mismos, cuando son incapaces de escribir una frase sin una falta de ortografía. Pero venden, y eso les hace pensar que son los reyes del mambo. Parafraseando a Unamuno, “Venderéis, pero no convenceréis”.

De todas formas, lo de no valorar la calidad literaria en España es algo que viene de lejos. Hace poco leí estas frases que parecen de rabiosa actualidad:

Y a la verdad, ¿qué es un literato en España? Una planta exótica a quien ningún árbol presta su sombra, un ave que pasa sin anidar; espíritu sin forma ni color; astro, en fin, desprendido del cielo, en una tierra ingrata que no conoce su valor”. Ramón de Mesonero Romanos

En todas partes es más apreciada la aristocracia del talento. En España no se lee porque no se escribe, y no se escribe porque no se lee”. Mariano José de Larra

La pluma no produce en España nada a nadie. Yo suelo decir que con el dinero que me traen las cuartillas, solo tengo para merendar. Es una cosa muy triste que las letras en este país no le produzcan al que las cultiva lo suficiente para vivir y tenga que estar a la caza de un destino o de un hueco en política en vez de ilustrarse”. Miguel de Unamuno

El fabricante de novelas es, sin duda, y ha sido siempre, un tipo de rincón, agazapado, observador, curioso y tenaz”. Pío Baroja


Pues eso, a seguir en el rincón, agazapado y observando, porque a lo que no estoy dispuesto, ni por lo más remoto, es a dejar de seguir escribiendo. Es lo que me gusta de verdad, y estoy convencido de que alguien se dará cuenta algún día de que no lo hago tan mal.

miércoles, 2 de julio de 2014

Se acabó el recreo

Venga, chicos, que ya se ha acabado la hora del recreo, dejad de jugar de una vez a haceros los importantes, los privilegiados, los que Dios ha elegido para llevar las riendas de la Humanidad. Veeeenga, que ya no queda casi pastel, es hora de volver a clase a hacer los deberes, a arrimar el hombro como todos los demás, a sacrificarse para conseguir sacar las cosas adelante.

Dejaos ya de cachondeo, de despreciar la voluntad luchadora de todo un pueblo mucho más que preparado para poder sacar adelante una nación, de reíros de los sufrimientos a los que vuestra locura y ansia de poder está abocando a una parte de la población cada vez más grande. Sufrimientos que callan, que por pura vergüenza no proclaman a los cuatro vientos, cuando a los que se les debería caer la cara de vergüenza es a vosotros y a los que piensan como vosotros.

Os creéis los amos cuando en realidad seríais incapaces, por vosotros mismos, de sacar adelante cualquier proyecto por simple que fuera. Necesitáis del enchufe del familiar, el amigo de toda la vida o el miembro más influyente de la secta que sea, porque habéis ocupado el cargo, el máximo al que se puede aspirar, directamente, a base de soltar pasta o repartir la influencia de vuestros progenitores. Como mucho, después de “estudiar” un máster en el que se desprecia la experiencia acumulada, en el que se enseña que lo único importante es el máximo beneficio de la empresa al menor coste posible, y en el que el factor humano es el primero a prescindir. Estáis convencidos de que eso es así porque algún iluminado anterior ha decidido que eso sea así, y cobra ingentes cantidades de dinero por impartir sus enseñanzas. Para vosotros, lo caro tiene que ser cierto por fuerza, así que os lanzáis a aprender esas cuatro consignas que hunden empresas en otro tiempo más que rentables.

Os cagáis directamente en la experiencia, en la fuerza del trabajador, en el sacrificio de muchos por llevar a cabo una buena labor, una buena gestión, con el único condicionante de percibir una remuneración económica mucho más que merecida, que se amortiza rápidamente con dos o tres buenas gestiones a lo largo del año. Eso no lo veis, sois incapaces, porque en el máster o en lo que sea no se menciona que la capacidad de trabajo de una persona supera con creces cualquier otro planteamiento, y que si esa persona está contenta con lo que percibe, consumirá, y conseguirá que la rueda siga girando. Eso, con todas vuestras luces, vuestras conferencias, vuestros emblemáticos y exclusivos encuentros en la cumbre, en las fundaciones o en cualquier otro lugar en el que se reúnen otros especímenes como vosotros, no sois capaces de entenderlo, a pesar de su sencillez. En esa rueda estamos todos, y no tiene ningún sentido, ni a largo ni a corto plazo, que una gran parte de la población pierda ilusión, capacidad y poder adquisitivo, porque la rueda se acabará parando, tenedlo por seguro, y todos, TODOS nos hundiremos en la miseria.

Ahora habláis de terminar con el sueldo mínimo, y con la prestación de desempleo. ¿Qué será lo próximo? ¿Qué tipo de casta de empresario pensáis que estáis creando? Por favor, viajad un poco, daos una vuelta por el mundo en general y por Europa en particular. En ningún otro lugar el sueldo mínimo es tan bajo, pero existe. Posiblemente existan muchas personas que abusen de las prestaciones, no digo que no, pero eso también es una consecuencia de la mala política de empleo y de la bajada de sueldos. ¿Para qué trabajar, si voy a ganar lo mismo sin dar un palo al agua? Si los sueldos fueran dignos, y el reconocimiento al que se esfuerza de verdad fuera premiado, la cuestión laboral daría un giro radical, y lo sabéis.


Por favor, dejad de jugar, chicos. Venga, ha llegado la hora de que la gente seria, los profesionales verdaderamente auténticos, los que aman su profesión de verdad, los que saben de lo que hablan y son respetados en su entorno por ello, tomen de nuevo las riendas. Dejad de jugar, y de robar, y de desviar fondos a paraísos fiscales de todo tipo. Y me refiero a cualquiera que piense como vosotros, ya sea miembro de un consejo de administración, dirigente de un sindicato obrero, ex-trabajador buscador compulsivo de subvenciones y ayudas incapaz de dar un palo al agua, alcalde, concejal, o miembro de un partido político, sea del signo que sea. Dejad que los que trabajan, los que aportan, los que pagan religiosamente sus impuestos, sigan haciendo lo que hacen, que es levantar el país, algo para lo que ninguno en absoluto de vosotros está mínimamente preparado.

sábado, 17 de mayo de 2014

Algunas reflexiones relacionadas con el asesinato de León

Con relación a la inmensa polvareda que se ha montado en todas partes por el asesinato a sangre fría de Isabel Carrasco, se me ocurren algunas cosas:
1.- Se achacó en un principio al clima de odio generado contra la clase política. Creo recordar hablando en los informativos en este sentido a Rita Barberá, a Isabel San Sebastián, que insistió en vincularlo con los escraches, a Luis Salom, que culpa a un chiste que publicó El Jueves hace nada menos que dos años… "Este tipo de bromas acaban sembrando odio y, al final, ha pasado lo más grave, un asesinato", dijo el señor Salom.

Ninguno de los mencionados se ha disculpado, ahora que se ha demostrado que el crimen se debe a una venganza personal planeada desde hace dos años. Prácticamente en el momento de conocerse la noticia, ellos soltaron así, sin anestesia, y con la caja de resonancia que suponen los medios para cosas como esta, sus fantasmas personales.

Da la impresión de que no tienen la conciencia demasiado tranquila, de que saben que muy bien no lo están haciendo precisamente, cuando están tan seguros de que se está generando este clima de ODIO contra la clase política. Y puede incluso que sea verdad, que las actuaciones de los últimos años (bastantes años, incluso antes de que volviera a ganar el PP) hayan generado algo de odio, pero lo que han generado, sobre todo, es rabia, impotencia, desesperación ante la corrupción generalizada, ante la impunidad absoluta y vergonzosa de los que se han forrado con nuestro dinero, ante la descarada soberbia de unos políticos que siguen teniendo prebendas y sueldos altísimos cuando la situación no lo permite. Esto genera odio, pero también muchas cosas más, ante la imposibilidad que tiene el ciudadano de a pie de modificar la situación, porque su voto no vale absolutamente para nada. 

¿Se les ha ocurrido pensar a los que nos gobiernan que, posiblemente, para acabar con ese clima de odio, lo más sencillo sería que ellos hicieran bien su trabajo, que castigaran a los corruptos y a los miserables de sus filas, y que se ocuparan de verdad de gobernar de una forma eficaz y honrada?

2.- Ana Samboal, presentadora de Telemadrid, alucina frente a Hermann Tersch y Nicolás Redondo Terreros, y comenta que cada uno de nosotros es responsable de lo que nos está pasando, que hay seis millones de parados y que como ese clima de odio se generalice, adiós muy buenas. Sin comentarios. Una de las cosas que nos están robando precisamente es la de poder hacernos dueños de nuestra propia vida, porque repito, ni siquiera nuestro voto, o la ausencia del mismo, vale absolutamente para nada. Para esta señora no deben existir los miles de personas que han tenido que salir del país a buscarse la vida, ni los miles que saldrán en breve.

3.- Ahora resulta que la bestia negra es Twitter. Señores, por favor, vamos a tener un poco de cabeza. Twitter no tiene nada que ver con los descerebrados absolutos que lo usan. Nadie, ni Twitter ni ninguna otra plataforma, tiene nada que ver, de hecho, con la cantidad de descerebrados que llenan las calles. Pero seamos realistas, por el amor de Dios. No hace falta meterse en Internet para ser consciente de esto. Basta con darse una vuelta por los bares situados en los alrededores de un estadio un día de partido importante, para escuchar verdaderas salvajadas, en primer lugar contra el equipo contrario, pero también contra la mujer en general, contra los inmigrantes, contra la religión o a favor de ella… Señores, su política de educación (la suya y la de todos los gobiernos anteriores al suyo) está produciendo una auténtica plaga de descerebrados, movidos por el odio o por la insensatez, porque son incapaces de pensar de otra manera, con una mente abierta como la que tienen los habitantes de otros muchos lugares del mundo. Existe un artículo en el código penal, que es el 510, “que penaliza la provocación a la discriminación, al odio o a la violencia contra grupos o asociaciones”. No me jodan, señores. Si se aplicara ese artículo con rigor, media España estaría en la cárcel, y la otra media a punto de entrar. Y muchos de los dirigentes políticos que se llevan las manos a la cabeza, escandalizados por el clima de odio que ellos mismos han creado, también.

Ocurre lo de siempre. Los medios, los políticos, las personas comprometidas con cualquier ideología, los descerebrados, los incapaces, los imbéciles de todo rango, los que se creen el ombligo del mundo, los que creen que pueden sacar tajada, económica o de poder, se empeñan, cuando ocurre un hecho tan lamentable como este, de remover la conciencia de los que no tenemos absolutamente nada que ver, ni con lo que se ha hecho ni con lo que se dice. Yo no me siento culpable en absoluto de nada, y ni siquiera pensé en nada cuando me enteré de la noticia. Sospechaba desde el principio que se trataba de algo que llevaba mucho tiempo gestándose, de una venganza personal que nada tiene que ver ni con las afiliaciones de asesinada y asesinas, ni con el clima de crispación, ni con los escraches, ni con ninguna de esas tonterías. Dos personas matan a otra, a tiros, y eso es lo que debería hacernos reflexionar. Todo lo demás son esas gilipolleces con las que quieren calentarnos la cabeza para que votemos en un sentido o en otro y sigamos portándonos como corderos.

Algo muy podrido debe de haber en todo el tinglado que han montado, cuando el que gana las elecciones se alegra, a pesar de saber lo que, hipotéticamente, se le va a venir encima…

domingo, 11 de mayo de 2014

Los hipócritas

Lo primero que piensas al leer el cartelito que porta la mujer de Obama, es que Twitter se va a forrar con esto, de una u otra manera. Hasta la frase está pensada, con el símbolo del hashtag de entrada, para arrasar en esa red social en la que, si no estás, no eres absolutamente nada. “Bring Back our girls”, cuando en realidad debería ser “Bring our girls back”. Lo segundo que te pasa por la cabeza es la parafernalia, el montaje que conlleva realizar una campaña como esa. Los americanos son muy serios para esas cosas, porque saben que hacen mella en las conciencias de todo el mundo. Algún experto en expresiones ha estado varias horas con la señora Obama, cobrando una buena cantidad por ello, asesorándola, para que adopte una expresión “triste, pero con cierta dureza”. Ni siquiera algunas de las fotos de las niñas que circulan por ahí sn auténticas, como puedes leer en este enlace: 

http://www.abc.es/internacional/20140510/abci-fotos-bring-back-girls-201405091921.html 

Lo tercero, piensas en la forma en que algunos, muchos, se subirán al carro. En efecto. Pocas horas después de la fotografía de la señora Obama, aparecen otras personas, actores, actrices, políticos de todo el mundo, con el mismo cartelito en la mano. Algunos pensarán que muy bien, que ya está de nuevo Occidente movilizándose ante una causa justa. Qué orgullo, el de pertenecer al primer mundo, para poder ocuparse de solucionarles la vida a esos pobres tercermundistas que son incapaces de organizarse por sí mismos.

¿Y las niñas? ¿Alguien se ha puesto, de verdad, seriamente, a pensar en esas niñas, absolutamente inocentes? ¿Le importa a alguien, en realidad, lo que pueda sucederles?

La esclavitud está permitida en los países árabes, y consentida por las grandes potencias que dependen del petróleo. Existen más de treinta millones de esclavos en todo el mundo, muchos de ellos niños. Pero no nos engañemos. Muchas de esas niñas, si es que nadie se ocupa de verdad de recuperarlas, algo que parece ya lejano dado el tiempo que ha pasado desde su secuestro, acabarán en Europa, y algunas de ellas en España, en algún polígono industrial, o en la Casa de Campo. En cualquier lugar al que acudan esos enfermos de nuestra sociedad que buscan alivio rápido a sus impulsos sexuales. Acabarán probablemente como Edith Napoleon, la chica que acabó asesinada y descuartizada como un animal, tal y como nos cuenta Lorenzo Silva en esta magnífica entrada:


Asqueado por tanta hipocresía, mezclada con el oportunismo de unos cuantos a los que lo único que les mueve en estos días la conciencia son esas grotescas elecciones europeas que están a punto de celebrarse, cambio de canal, y me encuentro con un reportaje de comercio justo en el que se menciona a los niños esclavos que recolectan cacao en Sierra Leona. Por un sueldo miserable, que apenas les llega para comer, pasan todo el día trabajando, de sol a sol, con la infancia robada para que los niños occidentales disfruten de la suya con un buen vaso de chocolate. La solución a todo esto pasa por comprar cacao de comercio justo. El fina eso está en nuestras manos, como siempre. En lugar de hacer un boicot a nivel institucional a todas las grandes empresas europeas que compran cacao a precios irrisorios, descarguemos el problema en el consumidor, que no se entera de nada. El que quiera estar con su conciencia tranquila, que compre en el comercio justo, a pesar de que eso sea una gota en el océano comparado con los ingentes beneficios que comporta lo otro.

El problema es que, mires donde mires, veas el canal que veas, al final llegas a la conclusión de que el tercer mundo está cada vez más esquilmado, cada vez más explotado por ese hipotético primer mundo al que pertenecemos. Sigue siendo el tercer mundo, y cada día más, pero a algún iluminado, a algún experto en márketing, se le ha ocurrido llamarles “países emergentes”, que suena menos duro. Un entrañable gesto para volver a tranquilizar las conciencias de los que nos importa una mierda ese mundo que parece pertenecer a un planeta diferente al nuestro. ¿Qué más nos da que para fabricar nuestro teléfono móvil se utilice el coltán, que provoca guerras en los países productores al objeto de controlar sus yacimientos? ¿Qué importa que tras ese diamante que con tanto placer exhibe una mujer, haya corrido la sangre de unos cuantos niños guerrilleros? Se trata de África, y lo que ocurra allí, o en la India, o en cualquier otro lugar que no sea nuestro sacrosanto occidente, no nos tiene que importar una mierda.

Vivimos en el momento más floreciente de la información, pero no sabemos, o no queremos, utilizarla de forma adecuada. Podemos seguir perfectamente por Internet el rastro de unas zapatillas deportivas carísimas, hasta llegar a esa fábrica del tercer mundo en el que los niños esclavos las fabrican en condiciones infrahumanas, pero no nos apetece hacerlo. ¿Qué culpa tenemos nosotros de lo que ocurra fuera de nuestras fronteras?

A eso, a no querer ver las cosas, algo en lo que los europeos nos estamos volviendo unos expertos a causa de nuestra cada vez más grande cobardía, se le llama hipocresía.