viernes, 7 de marzo de 2008

Rompiendo las conciencias. Lars Von Trier


En 1995, los directores daneses Lars Von Trier, Thomas Vinterberg y Soren Kragh-Jacobsen crearon el movimiento DOGMA 95, en el que fijaban una serie de pautas para realizar cine. Dichas pautas, que los directores recogieron en un decálogo al que denominaron “voto de castidad”, son las siguientes:

El rodaje debe realizarse en exteriores. Accesorios y decorados no pueden ser introducidos (si un accesorio en concreto es necesario para la historia, será preciso elegir uno de los exteriores en los que se encuentre este accesorio).
El sonido no debe ser producido separado de las imágenes y viceversa. (No se puede utilizar música, salvo si está presente en la escena en la que se rueda).
La cámara debe sostenerse en la mano. Cualquier movimiento -o inmovilidad- conseguido con la mano están autorizados.
La película tiene que ser en color. La iluminación especial no es aceptada. (Si hay poca luz, la escena debe ser cortada, o bien se puede montar sólo una luz sobre la cámara).
Los trucajes y filtros están prohibidos.
La película no debe contener ninguna acción superficial. (Muertos, armas, etc., en ningún caso).
Los cambios temporales y geográficos están prohibidos. (Es decir, que la película sucede aquí y ahora).
Las películas de género no son válidas.
El formato de la película debe ser en 35 mm.
El director no debe aparecer en los créditos
En “Rompiendo las olas”(1996), el propio Lars Von Trier se salta a la torera el mandamiento número 5, al colgar del cielo dos descomunales campanas irreales que tañen el sacrificio de Bess, personaje interpretado por la entonces debutante Emily Watson, actriz con unos magníficos recursos interpretativos, no precisamente bella pero ciertamente muy expresiva.

En la película, Bess se enamora de Jan (Stellan Skarsgard), un joven que trabaja en una plataforma petrolífera. Pese a la oposición de la familia y los amigos, Bess y Jan se casan, y el vuelve a su trabajo, en el que sufre un accidente que le deja paralítico. Cuando vuelve, sin poder levantarse de la cama, le hace una extraña petición a Bess: le ayudaría mucho a curarse si ella se acostara con otros hombres y le contara sus experiencias. Tan grande es el amor que siente Bess por Jan, que accede a su petición, provocando el rechazo de todo el pequeño pueblo del norte de Escocia en el que viven. A ella no le importan ni los insultos ni el desprecio al que la someten. Jan no se preocupa por deshacer el error confesando que es el quien le ha pedido a Bess que actúe así. Al final, cansada tanto del desprecio como del maltrato psicológico de su marido paralítico, Bess se autoinmola acudiendo a un barco del que sabe de sobra que no va a salir viva. Cuando Jan se da cuenta de lo mucho que la quería, ya es demasiado tarde. Una gran película, que produce sin duda una gran desazón en el alma, a la que contribuyen la perfecta ambientación en las frías y nebulosas tierras escocesas y la soberbia interpretación de la actriz, su marido y el pueblo en el que viven.

La angustia que me produjo “Rompiendo las olas” me parecía lo suficientemente seria como para olvidarme para siempre de este director, pero al ver el vídeo de la canción “I've Seen It All”, canción perteneciente a la película “Bailando en la oscuridad”(2000) interpretada por Bjork, no pude sustraerme a verla. Aquí os dejo el enlace de la escena en cuestión. No me negareis que es impresionante:
http://www.youtube.com/watch?v=62pLY5zFTtc

Creo que nunca me ha impactado más una película. Lars Von Trier consigue una extraña y personal mezcla, utilizando números musicales de bellísima factura, y que solo existen en la imaginación de Selma, el personaje que interpreta Bjork, con una historia brutal, oscura y demoledora. Selma, una emigrante danesa que trabaja en una cadena de montaje, que se está quedando ciega aunque intenta disimularlo, se evade de su rutinario trabajo imaginando un mundo musical en el que ella es la absoluta protagonista. Un mundo musical que surge de los sonidos cotidianos que salpican su vida. La fábrica, los trenes...Selma tiene un hijo, que corre el riesgo de quedarse ciego si no se somete a una costosa operación cuando llegue a una determinada edad. Para ello, Selma se ha pasado toda la vida ahorrando, sacrificándose para juntar el dinero necesario. Los acontecimientos se desbordan, y la tragedia se cierne sin piedad sobre la al parecer indefensa e inocente Selma. Hasta el mismo final, Selma no deja de imaginarse esos fascinantes números musicales. Un final impactante, desolador, brutal. Con toda seguridad, el final más impactante, desolador y brutal que jamás se haya visto en una sala de cine. La crudeza de la película, rodada en estilo documental, se atenúa solamente en los números musicales, en los que la pantalla se llena del color que no puede percibir Selma más que gracias a su desbordante imaginación. Os juro que estuve sentado en mi butaca durante bastante tiempo después de que se encendieran las luces de la sala, y que no era el único. La gente, con unos rostros que reflejaban una gran tristeza, se miraban unos a otros desconcertados ante lo que acababan de ver. La primera y la única vez que me ha ocurrido algo así. A pesar del puñetazo a la conciencia que me acababa de dar el amigo Lars, infinitinamente más poderoso que el de “Rompiendo las olas”, decidí que a partir de entonces se iba a convertir en una referencia cinematográfica.

“Dogville”(2003) se filmó en un gigantesco hangar, en el que no se construyó un solo decorado. Las viviendas, las calles, las casas, la iglesia, no son más que rayas blancas pintadas en el suelo, sobre las que se ha dispuesto un escueto mobiliario. Exactamente igual que el actual anuncio de Vodafone, sin ir más lejos. El creativo de turno no se ha calentado mucho la cabeza que digamos para exponer una idea que muchos creen de lo más original. Grace (magnífica Nicole Kidman) llega al villorrio huyendo de un gángster. Pide cobijo, y consigue la ayuda incondicional de Paul Bettany, que se convierte en el portavoz de la chica ante los demás vecinos del pueblo. Ella, agradecida, se ofrece para realizar pequeños trabajos para la comunidad. Una comunidad que poco a poco se permite el lujo de abusar de Grace, en una especie de chantaje social, amenazando con denunciarla a la policía y al gángster que la busca si no accede a las cada vez más duras y humillantes imposiciones de los habitantes de Dogville. El personaje interpretado por Paul Bettany, al principio conciliador, va retorciendo su conciencia hasta convertirse en un auténtico ser despreciable. Como anécdota, deciros simplemente que jamás he soportado que se mate a un niño en una película...Excepto en esta (bueno, y en “¿Quién puede matar a un niño?”. Los dos únicos casos).

“Dogville” forma parte de una trilogía en la que Von Trier trata de reflejar el modo de pensar que a su juicio tienen los norteamericanos. Es imposible no retrotraerse a otros títulos que también muestran la miseria y el oscurantismo que se vive todavía en muchas zonas del interior de EEUU. “Conspiración de silencio”, “Deliverance”...Ni que decir tiene que el director danés se convirtió a partir de entonces en una especie de maldito para los estadounidenses. Cuando le invitaron a visitar el país para que comprobara por si mismo que las cosas no eran tan sórdidas como el las pintaba, Trier alegó que se había basado en la imagen que los americanos habían forjado de si mismos en innumerables películas. Sin embargo, los que le conocen bien saben que se negó a viajar a EEUU porque el buen hombre tiene un pánico cerval a volar.

Quiero comentar por último “El jefe de todo esto”(2006). Von Trier abandona en esta ocasión su vena trágica para demostrar que es también un gran maestro de la más fina ironía. El propietario de una empresa de componentes informáticos quiere venderla a los islandeses. Siempre se ha inventado un ser superior, un presidente de la compañía, residente en Estados Unidos, que le ayudaba para engañar a los empleados cuando tenía que tomar una decisión incómoda. Los islandeses quieren tratar directamente con el director, “el jefe de todo esto”, y al propietario no le queda más remedio que contratar a un actor mediocre para que interprete el papel de ese supuesto presidente. Las situaciones creadas, tanto con los empleados con la compañía como con los compradores de la empresa, superan siempre al actor, que ni tiene ni idea ni sabe como disimular esa circunstancia. Resultan graciosos los ataques de los islandeses a los daneses, de los que dicen que son incapaces de tomar jamás una decisión, y de que demuestran sus pocas luces con risitas nerviosas. El actor, cada vez más perdido, va tomando sin embargo conciencia de su repentino poder, lo que le sumerge en un mar de indecisiones que acabarán afectando a la compañía y a sus empleados.

La película se empieza a ver con cierto recelo. Trier nos tiene acostumbrados a sus repentinos cambios de registro, capaces de convertir un vodevil en una tragedia. Sin embargo, a medida que avanza, nos damos cuenta de que no, de que en esta ocasión no ha tratado otra cosa que filmar una comedia, y que además, le ha salido bordada.

La acuarela que encabeza la entrada, supongo que lo habreis adivinado, es de Juan Valdivia, que sin duda está consiguiendo un estilo propio, muy personal, elegante y que roza la genialidad, para representar a los grandes directores y actores del cine.



Lars Von Trier, sin duda un director de culto que se ha convertido por méritos propios en referencia para todo aficionado al buen cine.

martes, 4 de marzo de 2008

La Gran Música en el cine


Resultaba complicado establecer una selección para esta entrada, encaminada a hablar de películas cuya temática directa fuera la música clásica en alguna de sus facetas, ya fuera contando la vida de un compositor, un cantante o un famoso instrumentista. Tenía bastante recientes en la memoria las dos primeras, pero me costó bastante recordar las dos últimas. El haber hablado ya de “Amadeus” en otra entrada limitaba bastante el campo de acción, y tampoco quería referenciar las dos películas (tres, si contamos la irregular “Lisztomanía”) que les había dedicado Ken Russell a Tchaikovsky y Mahler, por considerar que son versiones muy personales y porque ya les dediqué un comentario cuando hablé del director inglés.

Creo que la selección no defraudará a los que gustan de la música clásica. Distintas voces, distintas épocas, distintos modos de hacer, y un mismo espíritu, que se eleva en cada uno de los protagonistas cada vez que cantan o tocan un instrumento y se atormenta en su contacto con la mediocre naturaleza humana.

“Farinelli”(1994), dirigida por André Corbiau, nos dibuja una completa biografía de Carlo Broschi, famoso castrati italiano cuya magnífica voz se escuchó por muchos escenarios europeos durante el siglo XVIII. Protagonizada por Stefano Dionisi, al que pudimos ver en “Sostiene Pereira”, interpretando el papel de Farinelli, y por Enrico Lo Verso, que encarna a su hermano Ricardo, compositor, la película está llena de referencias y escenas en las que predomina la música de Handel, que descubre en la película al cantante observándole mientras este mide su arte con un trompetista, al que supera con facilidad tanto en potencia como en virtuosismo. La película refleja a la perfección la relación de amor-odio que tuvieron estos dos gigantes de la música, con encuentros y desencuentros influenciados en gran parte por la presencia del hermano de Farinelli, mediocre compositor siempre celoso de la portentosa voz de su hermano.

Película de comienzos duros, que muestra al principio el suicidio de un joven que se suicida arrojándose al vacío porque no puede asumir que le han castrado para que cante como un angel, la trama discurre de una forma perfecta desde la cruda disciplina impuesta por el maestro, el siempre imponente Omero Antonutti, hasta la actuación de Farinelli en las cortes de los principales reyes europeos, entre ellos el de España. Como principales números musicales, llenos de colorido y con un público permanentemente rendido a la grandeza del cantante, podemos destacar el aria “lascia chio pianga”, perteneciente a “Rinaldo”, de Handel, “cara sposa”, de la misma ópera (creo recordar que es en esta escena en la que una asistente a la actuación sufre literalmente un orgasmo provocado por la belleza de lo que está escuchando) o “son qual nave ch´agitata”, compuesta por su hermano Ricardo. La película cuenta también curiosas estrategias amatorias de los dos hermanos, en las que Farinelli conquista con su encanto y su arte a las mujeres y Ricardo remata la faena mientras su hermano abandona el lecho.

“Todas las mañanas del mundo”(1991), dirigida por Alain Coirneau, nos cuenta otra relación de amor-odio entre el mítico maestro de viola de gamba Sainte-Colombe, al parecer el más prestigioso intérprete de este instrumento, y su alumno, un obsesivo Marin-Marais que quiere aprender a tocar a pesar de los continuos desdenes del maestro, un rara avis solitario que no ha podido sobrellevar la pérdida de su esposa, muerta mientras el tocaba para un amigo también moribundo. A partir de ese momento, la muerte se convierte en una de las principales compañías del maestro, que considera la música como la voz de los que no tienen voz, la voz de la naturaleza, del viento entre las hojas, del agua...A través de su viola, Sainte-Colombe se comunica con su esposa muerta, y es su música la que le permite soportar la tragedia del suicidio de su hija, a la que Marais había dejado embarazada antes del que el maestro le echara de su casa al considerarle un buen tañedor de viola, pero un mal músico. Al final de la película, Marais llora cuando Sainte-Colombe se le aparece y reconoce la belleza de su música.

Una magnífica película, llena de referencias a la música de Lully, Couperin, Marin Marais o el mismo Sainte Colombe, interpretadas por el máximo representante actual de la viola de Gamba, el mismo Jordi Savall. La banda sonora es un placer continuo para los sentidos, y la ambientación, tanto en lo que se refiere a las pocas escenas que se desarrollan en la corte como a la sobriedad del retiro del semi ermitaño Sainte Colombe, está también perfectamente conseguida.

“Shine”(1996), basada en hechos reales, nos cuenta la vida de David Helfgott, un pianista australiano que acabó trastornado por la fuerte presión a la que era sometido por su padre, personaje magistralmente interpretado por Armin Mueller-Stahl. Tengo que reconocer humildemente que esta película tiene un especial valor para mi, ya que el actor Geoffrey Rush, que interpreta al pianista, es uno de mis favoritos. Me pareció soberbio como el empresario teatral incombustible y optimista de “Sakespheare enamorado”, y desde ese título no he sido capaz de dejar de seguirle la pista. La interpretación que el actor, también australiano, hace del desquiciado pianista, es digna ya no solo de un oscar, para el que estuvo nominado, sino de figurar para siempre en la zona más importante del altar del séptimo arte. Sus saltos en pelotas en la cama elástica, o sus magistrales interpretaciones en el piano del bar en el que entra a trabajar, provocan en el espectador emociones difíciles tanto de describir con palabras como de olvidar. Como muestra, os dejo este enlace:

http://www.youtube.com/watch?v=y-QrSc_Jw3g


y si la escena no os pone de inmediato la piel de gallina, haceos revisar la circulación, por favor.

La angustiosa presión a la que le somete su padre, que le obligaba a interpretar a Rachmaninov a pesar de que era consciente de que al parecer era un compositor demasiado complicado para un niño, provoca en quien la observa una ansiedad que pide a gritos que la pobre criatura agarre el piano y se lo estrelle al padre en la cabeza. Como piezas importantes interpretadas en la película, cabe destacar la ya mencionada “el vuelo del moscardón” y bastantes piezas del ya mencionado Rachmaninov.

Y por último, y no por ello menos importante, me gustaría comentar la magnífica película “Hillary y Jackie”(1998), dirigida por Arnand Tucker, que nos cuenta la vida de la prestigiosa violonchelista Jacqueline Du Pré, muerta prematuramente a causa de una esclerosis múltiple que cubrió de tinieblas su virtuosismo durante los últimos años de su vida. Magistralmente interpretada tanto por Emily Watson, dando vida a Jacqueline, como por Rachel Griffiths, en el papel de su hermana Hillary, el argumento nos muestra a dos hermanas, una que roza la gloria con los dedos y la otra que, si bien no consigue la fama mundial y el reconocimiento que tiene su hermana, ha logrado convertirse por méritos propios y con un gran esfuerzo en una prestigiosa intérprete de flauta. En un concurso infantil, Hillary gana en el apartado de flauta, y el público aplaude, pero cuando sale al escenario su hermana Jacqueline, campeona en el apartado de violonchelo, el público enloquece, y eso es algo que la pobre Hillary no entiende, y que la marcará para toda la vida.

Si en lo profesional Jacqueline ha alcanzado la gloria, es en lo personal en lo que Hillary se lleva las de ganar, ya que se casa con un buen hombre, tiene dos hijas preciosas y vive una existencia feliz en una casa de campo. Jacqueline, que vive toda una serie de altibajos con el pianista Daniel Baremboin, le complicará la vida a su sencilla hermana hasta el punto de arreglárselas, durante una estancia en la casa de Hillary, para acostarse con su marido, contando incluso con el permiso de su hermana. Una tensa situación, como casi todas las provocadas por Jacqueline entre concierto y concierto. Una vida tumultuosa que se rompe de repente cuando se le detecta la esclerosis múltiple que acabó con su vida. Como escena destacada, tanto por su emotividad como por la fuerza musical que tiene, aquella en la que Jacqueline Du Pré interpreta el primer movimiento del concierto para violonchelo de Elgar. Una escena inolvidable, que resulta gratificante para todo el que la contemple, sea o no aficionado a la buena música. No puedo resistirme a colgar el enlace, con la auténtica Du Pré interpretando tan maravillosa música:

http://www.youtube.com/watch?v=L5C99JyP2ns&feature=related

Cuatro personajes inmortales, en definitiva, que a pesar de pertenecer a distintos lugares y épocas, poseen el común deniminador de ser capaces de reconfortar cada día su atormentado espíritu con la inagotable genialidad de su arte musical. Y aquí debe ser donde, inevitablemente, se lance al aire la pregunta: ¿es preciso un espíritu atormentado para crear?. Si alguien tiene la respuesta, que ponga un comentario, por favor.

En esta ocasión contamos con la inestimable colaboración de Cristóbal, creador de la magnífica acuarela que preside esta entrada. Compañero de pinceles de Carmen y Juan, Cristóbal es otro gran artista, al que podéis visitar pinchando el enlace que acabo de colocar en el apartado “Blogs de mis amigos”.

sábado, 1 de marzo de 2008

Entretenimiento en estado puro. Brian de Palma


El truco consistía en lo siguiente: uno se las arreglaba para que la chica de la panda que le gustaba se sentara a su lado en el cine de verano, después de varios subterfugios, apaños o sobornos a los otros diecisiete miembros para que se produjera tan placentera situación. Por supuesto, uno ya había visto la película, “Carrie”(1976), protagonizada por una jovencísima Sissy Spacek, que nos cuenta la historia de una niña con poderes no demasiado bien vista en el inevitable instituto americano de turno. Se trata de la adaptación de una novela de Stephen King que constituye uno de esos extraños casos en los que la película supera con creces al libro, hasta el extremo de llegar a convertirse en todo un clásico del cine de terror. En este caso, el terror venía de la mano de la madre de Carrie, interpretada por una todavía joven Piper Laurie. Una mujer desquiciada e iluminada, temerosa hasta la enfermedad de cualquier cosa que oliera a modernidad, y con la insana manía de encerrar a su hija, cada vez que interpretaba en su perturbada mentalidad que la había ofendido, en un cuartito oscuro con un Jesucristo crucificado cuyos ojos provocaban el terror perpetuo del que los contemplaba.

Perdón, que me he ido del tema. El asunto era ese, colocarse al lado de la chica en cuestión, después, por supuesto, de haber visto previamente la película. “Carrie” tenía la facultad de no provocar nada de miedo en su segunda visión, con lo que uno podía hacerse el machote después de haberse cagado literalmente de miedo en la primera. La película transcurría con sus sobresaltos más o menos importantes, con las locuras de la madre, los desdenes de los compañeros, la inefable amiguita fiel (la por siempre empalagosilla Amy Irving) y la locura de la broma final en la fiesta del instituto, cuando nombran a Carrie reina de la noche con la absurda pretensión de embadurnarla de sangre, lo que despierta, lógicamente sus iras. Así, entre sangre y fuego, llegaba el final, cuando la inefable amiga se acerca a la tumba de Carrie, que ha muerto después de destrozar su casa, al tiempo que suena una música romantiquilla, más propia de un anuncio de compresas. Todo va bien, todo ha terminado. En ese momento, la mano ensangrentada de Carrie surge de la tumba y agarra la de su amiga. Resulta que no era más que una pesadilla, pero una escena tan inesperada provocaba, indefectiblemente, que la chica en cuestión se agarrara como una loca del brazo de uno gritando como una posesa.

Creo no exagerar demasiado si afirmo que más del cincuenta por ciento de las familias españolas cuyos padres tenían por aquella época más o menos 18 años se deben sin duda a la escena final de “Carrie”. A uno no le quedaba más remedio que tranquilizar a la chica en cuestión, acompañarla a su casa, etc. Manolo, un amigo mío, se casó dos años después con la chica que le había roto la camisa al final de la película. La chica se empeñó en llevarle a su casa para coserle la manga, y ocurrió lo que tenía que ocurrir. Otros, que en un verano dado no habíamos tenido tanta suerte, volvíamos a intentarlo al verano siguiente, y a veces funcionaba. Otras veces no, claro. Alberto se pasó media hora sacándose las uñas que Nieves le había clavado en el antebrazo, sin ninguna misericordia, al contemplar la dichosa escena.

Bromas aparte, considero “Carrie” una gran película, tanto por la tensión que tiene, que no desfallece en ningún momento, como por el tema que plantea, el de los poderes paranormales, que en aquella época constituían toda una novedad. Alguien podría pensar que la película ha envejecido mal, pero cre que, aún hoy, es capaz de despertar más morbo que muchos títulos de terror actuales.

“El fantasma del paraíso”(1974) es anterior a “Carrie”, pero creo recordar que en España se estrenó más tarde. Sobre lo que significa para mi, deciros simplemente que probablemente sea el musical más sugerente que he visto nunca, y que jamás he entendido la inmerecida fama de otros musicales semejantes, como “The Rocky Horror Picture show”, por ejemplo, frente al olvido al que ha sido relegada injustamente esta maravilla del séptimo arte.

Un compositor a caballo entre el rock y la música clásica, Winslow Leach (William Finley), crea una ópera rock basada en la historia de “Fausto”. Un empresario sin escrúpulos, Swan (John Williams), le roba la obra para estrenarla en una sala de conciertos de su propiedad, a la que ha llamado “El paraíso”. Cuando Winslow trata desesperadamente de recuperar su música, su rostro se desfigura, aplastado por una prensa de discos. Comienza entonces a boicotear la sala de Swan, con atentados que rozan el surrealismo y el humor negro a partes iguales, hasta que Swan llega con el a un acuerdo para que deje en paz a Phoenix (Jessica Harper), la estrella del espectáculo. Winslow accede, entre otras razones porque se ha enamorado perdidamente de la cantante.

La película es un sentido homenaje al clásico “El fantasma de la ópera”, revisitado en clave de Rock y con bastantes guiños también al “Fausto” de Goethe. La magnífica banda sonora, con las inquietantes composiciones de Winslow como hilo conductor, la maléfica y retorcida personalidad de Swan, la emotividad de Winslow y la inocencia de Phoenix componen un cuadro inolvidable, una historia inmortal que sin duda dejará huella en el alma del espectador.

Después de estos dos títulos, Brian de Palma rodó dos películas que sin duda recordareis. “Vestida para matar”(1980) nos cuenta las andanzas de un psicópata asesino. Protagonizada por Michael Caine y Angie Dickinson, despertó tantas o más pasiones que la ya por aquel entonces legendaria “Carrie”. En “Impacto”, un técnico cinematográfico interpretado por John Travolta, consigue, gracias a su ciencia, esclarecer un crimen de un personaje importante que se había intentado disfrazar de fortuito accidente. Estos dos correctos thrilers surgieron sin duda como tributo al maestro Hitchcock, al que De Palma adoraba incluso públicamente.

Vino después “El precio del poder”(1983), la epopeya que narra la ascensión desde la miseria hasta las más altas cimas de la riqueza de Tony Montana (Al Pacino), un inmigrante cubano que logra, por méritos propios y sin ningún tipo de escrúpulos, erigirse en uno de los más importantes narcotraficantes de Norteamérica. Desde sus inicios sangrientos en el campo de refugiados cubanos, asesinando a un compatriota en compañía de su amigo inseparable, Manny Rivera, Tony Montana irá subiendo puestos en el escalafón del crimen, aunque para ello tenga que matar, extorsionar, traicionar e incluso enfrentarse abiertamente a todo un cartel de la droga colombiano. Resulta relevante la aparición en el reparto de F. Murray Abraham, famoso desde su participación en “Amadeus”, así como la fascinante belleza felina de Michael Pfeiffer, la chica del gangster al que Manero planta cara hasta hacerse tanto con su imperio como con ella.

En “Doble cuerpo”(1984) me enamoré para siempre de Melanie Grifith. Un estupendo thriler, amenizado con una soberbia banda sonora, en el que el inocente Craig Wesson se ve sumergido, a causa de su repentino enamoramiento de la figura femenina que observa a través de un telescopio, en una complicada trama encaminada a arruinarle la vida y culparle de un crimen que no ha cometido. La claustrofobia que el protagonista siente en ciertos espacios, como túneles o pasos peatonales, contribuye a la configuración por parte del director de angustiosas escenas que parecen desarrollarse a cámara lenta.

“Los intocables de Elliot Ness”(1987) nos cuenta, en clave de leyenda, la historia del grupo de policías capitaneados por el mítico Elliot Ness (Kevin Costner), entre los que destaca un soberbio Sean Connery en uno de sus papeles más acertados. La película está llena de referencias cinéfilas. Es famosa la escena de la escalera de la estación de tren, rodad a cámara lenta, que recrea la famosa escena de la bajada del coche de niño por la escalinata de “El acorazado Potemkin”. A destacar también la desquiciada personalidad de Al Capone (Robert De Niro) y las escenas de extrema violencia que protagoniza.
Brian De Palma, un director de cine en estado puro que raramente defrauda.

sábado, 23 de febrero de 2008

La dignidad del ser humano. Milos Forman

Los que más o menos seguís este blog, dedicado en su mayor parte a directores de cine, os habréis dado cuenta de que para cada uno de ellos intento colocar, como título de la entrada, una frase que defina en cierto modo su estilo de hacer cine. Es uno de mis mayores quebraderos de cabeza, porque intento ser breve pero decir algo al mismo tiempo, y me he pasado bastante tiempo pensando qué adjetivos le irían más o menos bien a cada uno de los que he comentado hasta ahora.

Ese no es el caso de Milos Forman. En esta ocasión, no he dudado casi nada a la hora de titular la entrada. He realizado un simple análisis de las cuatro películas que quiero comentar, y en todas ellas he encontrado una característica común: la lucha del hombre contra las normas, contra el deseo de homogeneizar a las personas. La lucha por mantener la propia identidad, por encima de convencionalismos. Milos Forman se muestra radicalmente en contra de cualquier totalitarismo, fuese del signo que fuese. Vivió en sus carnes la tragedia del régimen nazi –perdió a sus padres en Auschwitz-, y emigró a Estados Unidos cuando Praga fue invadida por los comunistas.

“Alguien voló sobre el nido del cuco”(1975) fue su segunda película de la etapa americana. Creo que resulta irrelevante recordaros al personaje de Randle McMurphy, interpretado por Jack Nicholson, que se gana a los enfermos psiquiátricos gracias a su tremenda vitalidad y a su fuerza de voluntad. Creo que resulta también irrelevante recordaros a la enfermera Ratchel, interpretada por una monumental Louise Fletcher, actriz a la que la mayoría de los espectadores empezó a odiar con intensidad a partir de este título. Randle le declara la guerra a la enfermera, una fría mujer obsesionada con las normas y con controlar la voluntad de los enfermos a su cargo anulándoles la personalidad con fármacos y violencia soterrada. A pesar de que el enfrentamiento acabe en tragedia, es indudable que la estancia de Randle en el hospital psiquiátrico supone un antes y un después en la filosofía vital de los internos. En esa película aparece un personaje, anclado a una silla de ruedas a pesar de que puede andar, que repite una y otra vez la frase “estoy cansado...Tan cansado”, como una antítesis a la hiperactividad física y mental de la que hace gala Jack Nicholson cada vez que interviene. La enfermera Ratchel entrevee rápidamente el daño que la influencia del nuevo paciente puede causar a sus sumisos corderos, y se dedica en cuerpo y alma, de una forma gélida y calculadora, a anular sistemáticamente sus iniciativas. Un gran título, que acaparó cinco oscars de la academia y se convirtió en éxito mundial.

¿Qué puedo decir de “Hair”(1979), ese soberbio alegato antimilitarista basado en la obra teatral del mismo título?. Es muy posible que muchos de vosotros no sepáis que la música del anuncio de Aquarius, convenientemente asesinada también en la infame versión de Raphael, es el tema principal de la película. Otra vez la integridad de un individuo, Berger (Treat Williams), que vive con su grupo de amigos hippies completamente a espaldas de las normas establecidas, y en especial la que obligaba a los jóvenes estadounidenses, allá por 1967, a alistarse para ir a morir a Vietnam. Claude (John Savage, que también participó en otro título antimilitarista, “El cazador”) va a Nueva York a alistarse, y conoce a Berger y sus amigos, dejándose llevar por su forma de vida. Cuando está en el cuartel, sus amigos acuden a verle, y Berger se hace pasar por el para que Claude pueda salir y pasar el día con Sheila, su novia. En ese momento, los reclutas parten a Vietnam. Impresiona ver a los jóvenes desfilando bajo los acordes de la impresionante “Let the sunshine”, meterse en la tripa de un avión, y bajar, en la siguiente escena, metidos en una interminable fila de ataúdes. Es imposible evitar la compra de la banda sonora, siempre sugerente, inmortal, en la que la canción “Hair”(pelo) se convirtió en una especie de himno al libre albedrío de cada persona.

“Amadeus”(1984) nos cuenta la vida del inmortal Mozart (Tom Hulce) narrada por su peor enemigo, Salieri (F. Murray Abraham). Salieri intenta suicidarse al principio de la película, mientras grita que el ha asesinado a Mozart. Sus criados le internan en un centro psiquiátrico, donde le cuenta a un sacerdote su relación con tan gran compositor. Podemos no estar muy de acuerdo con la personalidad del personaje de Mozart que nos muestra Forman, rayando el papanatismo, podemos incluso investigar un poco y descubrir que Salieri tampoco era tan perverso, y que el personaje enmascarado no podía ser el, sino, según los historiadores, y casi con toda probabilidad, el propio padre del músico. Podemos analizar todos esos datos históricos, pero aún así, es imposible que no nos dejemos arrastrar por la cuidada ambientación, la desbordante interpretación de F. Murray Abraham como Salieri, y la contundencia de una banda sonora que crea una atmósfera de incuestionable belleza. Resulta imposible salir de ver esta película y no comprarse, de manera un poco compulsiva, algún cd con la obra del genial compositor. Luego se descubre que Bach sonaba mejor, y que muchos otros sonaban mejor que Bach, pero es indudable que “Amadeus” puede suponer un pistoletazo más que digno para sumergirse de lleno en el universo de la música clásica.

Resulta emocionante la forma en que Salieri nos cuenta, más o menos resignado, que el era el único en poder reconocer el auténtico talento de Mozart, el designio divino que impregnaba sus composiciones, porque los oídos de la época no estaban aún preparados para apreciar un arte tan sublime. Causa casi tristeza contemplar la envidia que le consume, la impotencia para crear algo que esté a la altura de la música creada por su enemigo, y se percibe claramente el desprecio que siente ante un personaje, más bufón que otra cosa, que no sabe reconocer el don que ha recibido del cielo. Al terminar su historia, Salieri emprende un inolvidable recorrido por el pasillo del manicomio al que le han llevado. Una escena que se queda grabada para siempre en la memoria del espectador que la contempla. Mientras avanza lentamente entre los enfermos, les bendice entrañablemente y proclama, a todo aquel que quiera escucharle: “yo os bendigo, hijos míos. Soy el líder de los mediocres del mundo, su santo patrón”. Francamente conmovedor.

“Man on the moon”(1999) es, junto con la ya comentada “El show de Truman” la más contenida interpretación del normalmente histriónico e inaguantable Jim Carrey. Basada en la vida del extraño humorista Andy Kauffman, nos relata su trayectoria, en la que se nos muestran sus extraños números ante un público universitario, la popularidad alcanzada a trevés de su participación en la serie “taxi” y su prematura muerte a causa de un cáncer. Dejándose arrastrar por la falsa esperanza que proporcionan los curanderos, Kauffman acude a un médico filipino que opera con las manos (se hizo bastante famoso en la época de los 70, ¿no recordáis?), con tan mala suerte que descubre el patético truco que usa con sus pacientes. La cara que se le queda al pobre Kauffman cuando comprueba la manera tan burda en la que le han engañado es digna de pasar a la historia. Forman nos regala un final completamente abierto, en el que parece intuirse que Kauffman en realidad no ha muerto, y que toda la ceremonia de su entierro no ha sido más que la última broma macabra del peculiar humorista.

Michael Stipe, cantante de REM, dijo una vez en una entrevista que muchos de los fans del grupo habían llegado a serlo a partir de la película “Man on the moon”. Tengo que confesaros que ese fue precisamente mi caso. La canción “Man on the moon”, con su suave cadencia y su hipnótico ritmo, está presente prácticamente en todo momento. No es la única destacable de la banda sonora, compuesta por buenos temas de ayer y de siempre.

Existen otras películas muy buenas de Milos Forman, como “Ragtime”, “Valmont”, “El escándalo de Larry Flint” o la reciente “Los fantasmas de Goya”, pero, al menos para mi gusto, las cuatro comentadas son las más representativas, las que os pueden transmitir una idea más clara del talento cinematográfico de este magnífico director checo.

miércoles, 20 de febrero de 2008

"Alien" y "Blade runner". Ridley Scott

Así, sin adjetivos, entre otras razones porque, para mi gusto, Ridley Scott es el creador de estas dos joyas del séptimo arte, y ninguna de sus posteriores películas está a la altura, ni de lejos, de cualquiera de ellas. No entiendo la inmerecida fama, el intento de convertir en película de culto a “Thelma y Louise”, por ejemplo, cuando la película, al menos, repito, bajo mi humilde punto de vista, no es más que una serie de despropósitos del personaje interpretado por Geena Davis, que conducen a la pareja al trágico final que todos conocemos, con el coche volando a cámara lenta hacia su completa destrucción. Tampoco comparto la pasión que despierta una película como “Gladiator”, a la que no se puede negar su soberbia ambientación, la sugerente banda sonora, y una primera escena, la de la batalla contra los bárbaros, digna por sí sola de pasar a la leyenda, pero bastante normalita en todo lo demás. No digo que las dos películas anteriores sean malas, no, pero no le llegan ni a la suela de los zapatos a las que titulan esta entrada.

También podría haberse titulado la entrada “Homenaje a Charo Bolívar”, mi amiga de Yoescribo, rendida admiradora de “Blade Runner”, la mejor película de la historia del cine, según sus palabras. Sin atreverme a afirmar tanto, tengo que reconocer sin embargo que en más de una ocasión ha estado a punto de convencerme, sobre todo cuando leí, en su blog, la magnífica entrada que le dedicó a la película, en la que incluía, además, la escena, esa sí, casi sin ninguna duda la mejor del cine, en la que el replicante interpretado por Rutger Hauer deja de vivir (nunca he estado seguro de que realmente muriera, o al menos necesitaba aferrarme a esa idea). Os invito encarecidamente a visitar su blog y leer su entrada sobre "Blade RUnner", una verdadera joya escrita desde la admiración y ell respeto.
Por otro lado, la soberbia acuarela de Juan Valdivia (que nos honra como siempre con su valiosísima colaboración) que preside hoy este espacio, merecería por si sola toda una entrada, por la perfección técnica y la emotiva sensibilidad que ha logrado transmitir de nuevo este gran artista con sus pinceles.
Pero pasemos, sin más preámbulos, a comentar estas dos joyas del cine de ciencia ficción de todos los tiempos.

Ridley Scott dirigió “Alien” en 1978. Hasta aquel entonces habíamos vivido una ciencia ficción edulcorada por los colorines, las naves espaciales más o menos brillantes y los marcianos poco menos que rubios y de ojos azules. No estábamos preparados para enfrentarnos a un fenómeno como el que supuso aquella película, que rompía varios moldes de un plumazo.

En primer lugar, era la primera vez que alguien lograba la mezcla perfecta entre terror y ciencia ficción. La estética del Alien, la fascinación que producían sus ágiles movimientos, ese detalle maestro del director de no mostrarle caso nunca en su totalidad, y en cualquier caso durante poco tiempo, la forma en la que acaba con sus pobres víctimas, y lo poco que le cuesta...Por otro lado, el perverso ciclo vital de tan repugnante criatura, que tiene que incubarse, después de salir del huevo estrepitosamente, en el interior de un organismo vivo...La película es una sucesión de tenebrosas y barrocas imágenes, surgidas, la mayor parte de ellas, de la calenturienta imaginación de Rudy Giger, un enigmático creador, siempre vestido de negro, que tiene un castillo-museo en la localidad de Gruyeres, en su suiza natal. El delirante universo creativo de este personaje, plagado de referencias eróticas, necrófilas y mecánicas, se transfiguró en la nave que encuentran los tripulantes del “Nostromo”, que acuden inocentes ante una llamada de radio. Se pueden ver también sus influencias en las mismas bodegas del “Nostromo”, con esos pasillos que parecen el interior oscuro de una extraña garganta mecánica, y también en el propio Alien, con esa cabeza alargada y brillante que quedó instalada para siempre en la imaginación de los espectadores. Después de ver la película, todos corrimos a comprar el especial que la extinta revista “TÓTEM” publicó sobre la misma, con innumerables detalles sobre el trabajo de Giger y sobre el de otros muchos dioses del cómic de aquella época, que contribuyeron con su talento (Moebius como diseñador de trajes espaciales, naves y hasta la gorra que luce Harry Dean Stanton, Chris Foss, Druillet y tantos otros) a convertir el Film en todo un clásico de la fantasía. Como escenas inolvidables, el bichejo saliendo del pecho de John Hurt (se dice que ninguno de los actores sabía lo que iba a ocurrir, lo que realzaba su terror), la muerte del robot interpretado por Ian Holm, el vapor producido por la respiración de los astronautas en el planeta en que encuentran a Alien...En fin, que podría escribir una entrada de cien páginas para comentar la película, cosa que ni es posible ni tengo porqué castigaros con ella. Y no se os ocurra ver las secuelas, que no tienen nada que ver con esta.

Como cien páginas podría escribir de corrido de “Blade Runner”(1982), uno de esos extraños y escasos casos en los que la película supera con creces al libro en el que está basada, en este caso “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, de Philip K. Dick, un prolífico escritor de Ciencia Ficción, que acabó medio loco. Es el autor del que posiblemente se hayan llevado más relatos y novelas a la gran pantalla.

“Blade Runner” nos cuenta básicamente la búsqueda que emprende el detective Deckard, Harrison Ford, de varios replicantes de la serie Nexus 6, fabricados por el holding Tyrell Corporation tiempo atrás para sustituir al ser humano en las tareas más pesadas. Una rebelión de los replicantes terminó con su exterminio absoluto, y los cuatro que busca el detective son los últimos que pululan por la ciudad. Deckard se incorpora a regañadientes a su trabajo, al parecer después de haber estado una larga temporada inactivo. La escena de su llegada a la oficina de la policía, un inmenso edificio piramidal, con la música de Vangelis adueñándose lentamente de nuestros sentidos, merece por si sola la visión repetida durante toda la vida. El opresivo ambiente de la ciudad de los Angeles, magistralmente logrado por un mago llamado Syd Mead, con una mezcla de lluvia interminable, humedad, oscuridad, humo y carteles luminosos, contribuye también a convertir este título en un indispensable de cualquier amante del buen cine. Blade Runner nos recuerda mucho en su planteamiento estético a "metrópolis", de Fritz Lang, y al cómic "The long tomorrow", otra vez de Moebius, en el que al parecer se inspiró Syd Mead.

Creo que me enamoré de Sean Young en esta película. La fantástica acuarela de Carmen ha despertado en mi cerebro un aluvión de recuerdos. Su ambigüedad, su siniestra belleza, esa personalidad entre melancólica y perversa, la soterrada historia amorosa que está viviendo con su creador... También me enamoré de Daryll Hanna, con su agilidad, la sombra de sus ojos, su extraña melena puntiaguda, poco vista en estos lares hasta ese momento, la forma humillante en que trata al creador de marionetas... Y por supuesto, como no, me enamoré también de Joanna Cassidy, de sus brazos salpicados de partículas doradas, de esa serpiente mecánica que se deslizaba como si nada sobre su cuerpo, de su fuerza, de su velocidad, de su forma de aferrarse a la vida hasta el último momento... “Blade Runner” transmite magistralmente la dualidad en el espectador. Según transcurre la película, se siente uno embargado por una especie de síndrome de Estocolmo, y siente, en cada ocasión un poco más intensamente, que los replicantes vayan cayendo, poco a poco, bajo la certera pistola de Harrison Ford. Este es un comentario, una especie de guiño para los incondicionales de este título, entre los cuales me cuento: ¿no se os llega a hacer ligeramente antipático el amigo Harrison Ford?. Os confieso que a mi sí. Una antipatía que llega casi al odio más profundo cuando muere Roy, Rutger Hauer, después de pronunciar unas palabras que deberían grabarse a fuego en la memoria de todo el mundo:

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais
Atacar naves en llamas más allá de Orión
He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhauser
Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia
Es hora de morir

Esta maravillosa escena, que le pone la piel de gallina a cualquiera que no esté construido en piedra, supuso para mi una de las claves de la película, la posible explicación a esa complicidad, a esa especie de simpatía que sentía por ellos. Entendí entonces que los replicantes no representaban más que la idealización de lo que debería sentir un ser humano. Los replicantes estaban más vivos, eran más humanos, por así decirlo, que el resto de los seres humanos que poblaban ese caótico mundo. La película termina con Deckard, al que Roy a salvado la vida en el último momento, huyendo con Rachel a un lugar idílico, lejos de la frialdad de Los Angeles. Se quedan muchos interrogantes en el aire, muchas especulaciones que aún hoy en día dan bastante que pensar. ¿Es Deckard un replicante?. ¿Lo es Rachel, más perfeccionada en esta ocasión que los Nexus 6?. ¿Se deja matar por Roy el presidente de Tyrell Corporation?. Que cada uno opine lo que le plazca. Por primera vez, y sin que sirva de precedente, cuelgo en esta entrada la escena comentada más arriba. Un placer para los sentidos.

A vuestra salud, y con especial cariño para Charo Bolívar

jueves, 14 de febrero de 2008

El aventurero elegante. Peter Weir


Decía la propaganda de la película, en el inolvidable folleto que te daban en el cinestudio Griffith (una especie de póster con las películas del mes en pequeño. Lástima que no conserve ninguno). “de un lugar del que nunca has oído hablar, llega una historia que nunca olvidarás”. Se trataba de “Gallípoli”, rodada por Peter Weir en 1981, y en la que se nos contaba, aparte de la historia de intensa amistad entre un debutante Mel Gibson y el actor Mark Lee, el absurdo sacrificio de todo un ejército formado por australianos en la batalla de Galípoli, en el transcurso de la primera guerra mundial.

Título emblemático para tomar conciencia de lo absurdo de cualquier conflicto armado, “Gallípoli” refleja a la perfección la honestidad y la nobleza de unos jóvenes ilusionados con la vida, enfrentados a la enfermiza mentalidad guerrera y adoradora de la muerte de unos altos mandos que no dudan ni un momento en enviarlos al matadero. Las escenas de la carrera de Mark Lee contra un caballo, amenizada con la por aquel entonces famosa música de Jean Michel Jarre (se trata de “Oxígeno”, que sin duda recordareis), la desesperación de los atildados británicos, al pie de las pirámides, ante esos indisciplinados soldados australianos, la llegada bajo una lluvia de bombas a Gallípoli, y la desesperada y emotiva carrera final de Mel Gibson para tratar de impedir la masacre, forman parte indeleble de la historia del cine. Por no mencionar la última carrera, antes de morir, completamente en silencio, del protagonista. Una maravilla que no puede dejar indiferente a cualquier espectador que no tenga un mínimo de sensibilidad. La crítica de la época hablaba así de la película: “Retrato de la amistad mucho más grande que la propia vida. La escena final se antoja uno de los finales más emotivos y tensos del cine moderno. Meticulosa dirección dotada de una rara habilidad para destripar emociones” (Luis Martínez: Diario El País).

Poco después, en 1983, pudimos ver “El año que vivimos peligrosamente”, la historia de un reportero, Guy Hamilton (interpretado de nuevo por Mel Gibson) que vive en primera línea los sucesos acaecidos en Indonesia en 1965. Una historia de amor, coprotagonizada por Sigourney Weaver, ambientada en el tenso escenario de un conflicto político, la insurrección contra el régimen dictatorial de Sukarno, que tuvo gran repercusión. Resulta curiosa la presencia de Linda Hunt, una actriz que interpretaba a un hombre, Billy Kwan, de pequeño tamaño pero de gran calado filosófico, y buen conocedor de la situación de su país. Tan fascinante resultaba la presencia de este personaje, que la Academia no dudó en otorgarle ese año el oscar a la mejor actriz de reparto. Como muestra, he recuperado uno de los diálogos más impactantes mantenidos entre el periodista y su amigo indonesio:

Billy Kwan: La gente preguntaba que debemos hacer entonces.
Guy Hamilton: ¿Cómo dices?
Billy Kwan: Es de Lucas, capítulo 3 versículo 10. ¿Qué debemos hacer entonces? Tolstoi se hizo la misma pregunta. Escribió un libro con ese título. Estaba tan preocupado por la pobreza de Moscú, que una noche entró en el lugar más pobre y les dio todo su dinero. Usted podría hacer lo mismo. Cinco dólares serían una fortuna para cualquiera de ellos.
Guy Hamilton: No iba a solucionar nada. Sería una gota en el océano.
Billy Kwan: Esa es la misma conclusión a que llegó Tolstoi. Yo no estoy de acuerdo.
Guy Hamilton: ¿Cúal es la solución?
Billy Kwan: Soy de la opinión de que no se debe pensar en el problema en general. Debe hacerse lo que se pueda por la miseria que se tiene delante. Sumar la luz propia a toda la luz.
Guy Hamilton: ...
Billy Kwan: Piensa que es ingenuo ¿no?
Guy Hamilton: Si.
Billy Kwan: Muchos periodistas piensan lo mismo.
Guy Hamilton: No nos podemos entrometer.
Billy Kwan: Típica respuesta de un periodista....
“Único testigo”(1985) supuso el salto de Weir a Hollywood. Para mi gusto, la película supone la mejor interpretación de Harrison Ford de su larga carrera. El actor encarna el papel de un policía al que no le queda más remedio que integrarse en la extraña y anacrónica comunidad Amish para proteger a un niño que ha sido testigo de un crimen. Resulta inolvidable su reacción ante el típico turista patoso que disfruta insultando a personas que no se defienden (la película parece dejar ver que los Amish responden a la afrenta presentando la otra mejilla), o la forma en la que se enamora de una chica de la comunidad, magistralmente interpretada por Kelly McGuillis, que parece sumergirse por primera vez, aunque con una indudable sensualidad, en el terreno del amor. A recordar también la escena en la que se muestra el levantamiento de la casa de madera, en un solo día, y en el que interviene toda la comunidad Amish montando una gran fiesta. Como colofón a una buena película, un final emotivo y entrañable, que despierta sin duda los sentimientos más emotivos del espectador.

“El show de Truman”(1998) nos muestra el apocalíptico poder de la televisión. El pobre Truman (Jim Carrey) vive una vida perfecta, en la que todo está milimétricamente ordenado, enfocado y dirigido a que toda su existencia no sea más que un programa de televisión, en tiempo real, de máxima audiencia. Los personajes que rodean a Truman, que al parecer ha nacido incluso en el plató, son actores contratados al efecto, con auriculares a través de los cuales el centro de control les indica cada paso a dar en cada momento. Las novias que ha tenido Truman, sus amigos...Todo es falso. La ciudad en la que vive, el lago, todo está encerrado en una gran cúpula de tela destinada a simular el efecto de realidad. El creador de tan magna idea, Ed Harrys, tendrá que componérselas para engañar a un Truman que de repente, y a causa de unas pocas situaciones inesperadas, empieza a desconfiar, cada vez con más intensidad, de todo lo que le rodea. Las sospechas del personaje contribuyen a que el público del programa tome postura, a su favor o en su contra, deseando que encuentre la verdad unos, y que siga en su falso mundo una buena parte de la audiencia. El discurso de Ed Harrys hacia el final, con el aire de sumo creador de todo lo visible e invisible, no consigue que Truman desista en su empeño de salir de esa falsa vida a la que le han confinado sin ser consciente jamás de ello. Uno de los grandes logros de la película es el de mostrar la sospecha paulatinamente, poco a poco, como si los primeros treinta años de la vida del personaje los hubiera pasado completamente en el limbo. Una buena actuación de Jim Carrey, actor que a mi al menos me convence cuando no muestra ese catálogo de gestos histriónicos con el que suele amenizarnos en la mayoría de sus títulos.

Y quiero comentar finalmente “Master and Commander”(2003), un digno regreso al cine de aventuras de todos los tiempos, interpretado por Russell Crowe (Jack Aubrey) y el siempre acertado Paul Bettany (Stephen Maturin). La película está basada en las novelas que escribió Patrick O´Brian, situadas en torno al año 1805, en pleno período napoleónico, y recoge distintos episodios, como la persecución del Acheron o la estancia del médico (Paul Bettany) en las Islas galápagos para recuperarse de una delicada operación que se ha infligido a sí mismo. Correcta en su planteamiento, “Master and Comander” despierta los sentidos de cualquier aficionado al mar y a la navegación. Las tomas de las naves desde el cielo resultan muy cuidadas y sugerentes, así como la ambientación musical, basada en piezas y autores de la época. Una buena y digna muestra de que la comercialidad y los altos presupuestos no tienen porqué ser un obstáculo para hacer buen cine cuando el director de orquesta es tan válido como nuestro amigo de Sydney.

martes, 12 de febrero de 2008

!!! Mi amiga Charo Bolívar me ha dado un premio !!!


Mi gran amiga de Yoescribo Charo Bolívar (http://charobolivarindex.blogspot.com/) me ha otorgado el premio ARTE y PICO, aquí a la izquierda. Es un gran honor recibir un premio de una blogera profesional, como es Charo. Su rincón, además de profesionalidad y un perfecto estilo, destila humanidad y creatividad por los cuatro costados. Ahora me toca a mi elegir cinco blogs que cumplan con la siguiente característica:


"Tienes un blog magnifico, y por esta razon, querido amigo, te ha sido otorgado a ti y a tu excelente blog, el Premio "ARTE Y PICO" por el diseño, y el gran interés que tiene tu bitácora para la comunidad."


Una responsabilidad muy grande, y muy complicada, pero en mi caso no tanto, porque dos de las personas a las que se lo pensaba dar ya lo han recibido por parte de Charo: una, el bueno de Andrés Pons, que se lo merece por el indudable y veterano blog que conduce dedicado al cine, y la otra, Lidia Cervantes, también de Yoescribo, a la que se lo ha entregado Andrés, entre otras cosas porque siempre se me adelanta, el muy rapidillo.


Así que, sin más explicaciones, aquí van mis cinco candidatos:


1. http://acuarelasjuanvaldivia.spaces.live.com/ La página de Juan Valdivia, colaborador y gran artista.


2. http://aguacolor.spaces.live.com/ El espacio de Carmen. Acuarelas y algunas cosas más.


3. http://almaleonor.spaces.live.com/ Helicon, donde reside la ilusión. Página de AlmaLeonor


4. http://www.elchancrointelectual.blogspot.com/ La página de Victor Hugo Escalante


5. http://ya-aqui.blogspot.com/ Pues ya que estoy aquí. Blog de la escritora Rosa Ribas



Enhorabuena a los premiados. Estas son las condiciones que tienen que cumplir ahora:


1.- Una vez recibido, se deberán elegir cinco bitácoras que sean merecedoras del premio por su creatividad, diseño, material interesante y aporte a la comunidad bloguera, sin importar su idioma.


2.- Cada premio otorgado debe tener el nombre de su autor/autora y el enlace de su blog para que todos lo visiten.


3.- Cada premiado, debe exhibir el premio y colocar el nombre y enlace al blog de la persona que lo ha premiado.


4.- Tanto el Premiado, como el otorgante, deberán exhibir el enlace de Arte y pico, para que todos sepan el origen de este premio.


Blog ARTE Y PICO http://arteypico.blogspot.com/