martes, 7 de febrero de 2012

EL HOMBRE DE GRAFENECK

 Lorenz Hackenholt, un oficial mecánico con conocimientos de albañilería afiliado a las SS, comienza en Noviembre de 1939, tras una entrevista con Viktor Brack, responsable del programa T-4 de eutanasia compasiva desarrollado por los nazis, su trayectoria como criminal de guerra y constructor de cámaras de gas en lugares tan siniestros como Grafeneck en Alemania, Belzec, Madjanek y Treblinka en Polonia, y San Sabba en Italia.
En Mayo de 2007, con un día de diferencia, son brutalmente asesinados los jóvenes Manuel Merchant en Aínsa, provincia de Huesca, y Roberto Solano en Madrid. La prensa atribuye la muerte de este último a un asunto de drogas. Dos años más tarde, Sandra Limonero, novia de uno de los jóvenes asesinados, conoce a Bernardo Soto, un escritor, famoso en el pasado, que ha perdido la inspiración. Juntos, recorrerán los recovecos de una trama de asesinatos, oscuros secretos, amor y una acción constante, digna de la novela que Bernardo hubiera deseado escribir.
 El hombre de Grafeneck es una novela basada en hechos reales,  cuya parte de ficción transcurre paralela a la trayectoria vital del constructor de cámaras de gas del Tercer Reich. Contiene dos historias: una ambientada en la Alemania nazi, y la otra en pleno siglo XXI, unidas ambas por un hilo conductor que se irá desarrollando de una manera sorprendente y atractiva para el lector. La trama, que logra unificar dos destinos dispares, desembocará en un final absolutamente inesperado.
En el prólogo del libro “Los doctores nazis”, su autor, Robert Jay Lifton, nos cuenta que al hablarle a un superviviente de Auschwitz de los estudios y entrevistas que Lifton había realizado a varios criminales del Tercer Reich que mostraban en ellas su lado humano, este respondió: resulta diabólico que no fueran diabólicos.
A continuación, el superviviente de Auschwitz le formuló a Lifton la siguiente pregunta: ¿Cómo llegaron a convertirse en asesinos?.
El hombre de Grafeneck, novela estrictamente documentada, trata de indagar en esa cuestión, mostrando el lado siniestro de los asesinos nazis, pero también su lado humano, su día a día, sus ilusiones, sus relaciones familiares y amistosas, su forma de pensar, sus grandes y pequeñas miserias, y el mecanismo mental que les llevó a exteriorizar y a asumir como rutina de trabajo la naturaleza más perversa del ser humano.
Probablemente, tal y como daba a entender aquel superviviente de Auschwitz con su afirmación, conocer la naturaleza humana de los hombres y mujeres que participaron en aquello, resulte más terrible que imaginarlos como seres diabólicos.”
Este es el resumen de la novela “El hombre de Grafeneck”, de la que soy autor, tal y como aparece en la página de Amazon.es, lugar en el que se puede comprar a un precio muy asequible (0,89 €) en su versión digital. Os dejo el enlace que os llevará directamente hasta la novela:
También se puede adquirir en Amazon.com, para todos aquellos lectores de habla hispana desperdigados por el mundo. En este caso, además de poderse comprar en dólares, es posible leer un buen número de páginas de la novela haciendo click sobre la fotografía de la portada. El enlace es el siguiente:
Algo está ocurriendo en el mundo de la literatura. Hasta hace muy poco tiempo, quizá incluso menos de un año, el único recurso que nos quedaba a los pocos locos que tratábamos de hacernos un hueco en el mundo de las letras, era enviar nuestros manuscritos a agentes y editoriales, y esperar a que la vista de alguno de ellos se posara sobre la obra que con tanta ilusión, y con indeterminada técnica, habíamos parido. La mayoría de las veces, por no decir todas, el envío resultaba infructuoso. Una carta muy cordial, pero que a nuestra mente le producía el mismo efecto que un mazazo, rechazaba el manuscrito por variopintas razones, como las de “no adaptarse a nuestra línea editorial”, “tener cubierta durante este año nuestra cartera de autores” o, simplemente, “no tener tiempo de leer el manuscrito”. Otros, los menos por suerte (de hecho en este último envío sólo uno), te responden que les pagues una determinada cantidad de dinero, que no suele bajar de tres cifras, por tomarse la molestia de leer el manuscrito.
Ante semejante panorama, el escritor novel empieza a perder la confianza en sí mismo, y, lo que es peor, a pensar que no vale para esto, cuando la mayor parte de las veces no es verdad. Toda obra, con un mínimo de calidad, es susceptible de encontrar al lector al que le agrade. Resulta penoso emprender ese camino de lágrimas, sin que nadie se digne siquiera a leer el resumen (miento. Unos cuantos agentes sí lo han hecho y me han pedido el manuscrito para estudiarlo), así que me he decidido, aconsejado por una buena amiga, escritora de éxito, a emprender otra singladura, con la que nada tengo que perder, y sí mucho que ganar si mi obra es descubierta por la ingente cantidad de lectores de habla hispana que visitan su página.
La guerra no es entre dispositivos. Eso es una tontería. No es entre el libro digital y el libro en papel. Cualquiera que lea un buen libro digital acabará comprándolo en papel. Cualquiera al que lo que de verdad le guste sea realmente leer, usará indistintamente los dos medios, el digital y el impreso, en función de sus necesidades y espacio en la librería. Amazon está revolucionando el mercado por una sencilla razón: descubre a los lectores autores de talento a un precio muy asequible. Tal ha sido el éxito de ventas en esa página de cinco autores concretos, que la editorial B de Books los ha fichado para editar sus obras en papel. El mundo al revés. Las editoriales no están dispuestas a quedarse sin su parte del pastel. Los cinco autores con sus respectivos libros, que os invito a adquirir a un precio irrisorio, son los siguientes:
El enigma de los vencidos, de Armando Rodera
El secretodel tío Óscar, de Fernando Trujillo Sanz
Juicio final. Sangre en el cielo, de César García Muñoz
Realidad Aumentada, de Bruno Nievas
La guerra no es entre dispositivos, sino entre lectores y editoriales. Son los lectores los que tienen la última palabra, los que deciden lo que quieren y no quieren leer. Son los lectores los que eligen la temática, el contenido, el estilo que les gusta. Son los lectores, en definitiva, los que tienen la última palabra, y las editoriales se han dado cuenta de eso.
Algo está cambiando, y tengo la impresión de que va a ser para bien.

sábado, 14 de enero de 2012

"La doctrina del shock", de Naomí Klein

Todos tenemos más o menos alguna teoría sobre lo que está ocurriendo con la economía mundial en general y la española en particular. Cada cual aporta su granito de arena en función de lo que ha escuchado o de lo que hayan dicho en el informativo de la mañana. Cada cual aporta su solución, influenciada muchas veces por su matiz político, por su estatus social, por su inteligencia o por su falta de ella. Las discusiones sobre economía, sobre paro, sobre crisis o sobre la prima de riesgo, algo que antes de lo que nos está ocurriendo ni siquiera sabíamos que existía, ganan “audiencia”, por utilizar un símil televisivo, a las que versan sobre fútbol, toros, o las veleidades sentimentales de Belén Esteban. No terminamos de comprometernos, porque tampoco entendemos lo suficiente como para saber qué camino deberían tomar los políticos a los que votamos. No podemos cargar la culpa contra un enemigo interno, porque el enemigo son “los mercados”, así, como suena, con toda su carga de dispersión y falta de concreción. Damos bandazos a uno y otro lado, mientras las empresas siguen cayendo, los créditos no fluyen y el horizonte se pone cada vez más negro. Sentimos cierta necesidad de indignarnos, pero nos damos la vuelta cuando comprobamos que a cualquier movimiento en ese sentido se juntan enseguida okupas, vagos y tañedores de flauta que nada tienen que ver con nuestro estatus. Por cierto, ¿cuál es nuestro estatus?
“La doctrina del shock”, el documental que pusieron ayer en la 2, resulta muy esclarecedor en muchos sentidos. Basado en el libro de Naomí Klein del mismo título, desgrana desde los comienzos la historia de las razones de lo que nos está pasando. Es una película amena, llena de imágenes reales de sus protagonistas, que analiza un período histórico que abarca desde la gran depresión hasta nuestros días. Poco a poco iremos entendiendo las razones, los motivos, la forma de actuar y las terribles consecuencias que se derivan de la política económica a la que nos están llevando unos cuantos descerebrados sin escrúpulos. El enlace para ver “La doctrina del shock” en youtube es el siguiente:


Todo procede de las teorías económicas de un catedrático de la Universidad de Chicago, Milton Friedman, que llegó incluso, posteriormente, a ser premio nobel de economía (impagables las imágenes reales de la entrega del premio, con un exaltado que le insultó). Este hombre era partidario de desregularizar la intromisión de los gobiernos en la industria y la economía, y de la privatización de las empresas públicas, con lo que se conseguiría que los problemas económicos se resolvieran por sí mismos. Es lo que se ha dado en llamar capitalismo neoliberal o capitalismo salvaje, que entronca profundamente con las ideas, opuestas en esencia, de John Maynard Keynes, que propugnaba la intervención gubernamental en la economía para que no se desmadrara la economía en función de las tendencias fluctuantes financieras, que es precisamente lo que está ocurriendo hoy. Keynes pensaba, y lo copio de la Wikipedia, “que el sistema capitalista no tiende a un equilibrio de pleno empleo de los factores productivos, sino hacia un equilibrio que solo de forma accidental coincidirá con el pleno empleo. Keynes y sus seguidores de la posguerra destacaron no solo el carácter ascendente de la oferta agregada en contraposición con la visión clásica, sino además la inestabilidad de la demanda agregada proveniente de los shocks ocurridos en mercados privados, como consecuencia de los altibajos en la confianza de los inversionistas”. ¿Os suena? Exacto, estamos precisamente en eso. Por alguna extraña razón que se me escapa, alguien decidió en algún momento adoptar las locuras de Friedman. ¿Quién? Tanto en el libro de Naomí Klein como en el documental de la 2, queda diáfanamente claro.
Las teorías de Friedman eran demasiado descabelladas como para llevarlas a cabo en el propio territorio de los Estados Unidos. Se exportaron a Chile, como una especie de experimento. Los “chicago boys” ocuparon varios altos cargos del ministerio de economía, y en esas estaban cuando surgió el amigo Allende desafiando el poder de los EEUU. ¿Qué hizo Nixon? Quitárselo de en medio y colocar al amigo Pinochet, de infausto recuerdo. Es en este momento donde aprendemos, viendo el documental, que esa teoría económica sólo puede darse en un estado en el que se mantenga a la población adormecida, aterrorizada, ya que la primera consecuencia de la aplicación de las privatizaciones salvajes es el cierre de industrias estatales, el paro, y por lo tanto, la indignación de la población, que se neutraliza con la búsqueda de un enemigo, exterior o interior, real o imaginario, que en el caso de Chile fue la lucha contra el marxismo, en la que murieron muchas personas y se torturó a una gran parte de la población. En Argentina se hizo exactamente lo mismo, con las mismas consecuencias. En un país en el que no había parados, la implantación de las teorías de Friedman provocó la mayor inflación del mundo. ¿Qué ocurría en el mundo supuestamente civilizado? Aparentemente nada, hasta que los amigos Reagan y Tatcher coincidieron en el poder. No quiero aburriros, porque ese documental hay que verlo. El caso es que ahora todo sigue igual. Bush se buscó el enemigo fuera cuando cayó el bloque comunista, centrando el eje del mal en Afganistán primero e Iraq después (curiosa la referencia a Pakistán, un hervidero de terroristas y fundamentalismo en el que EEUU no sólo no se  fijó, sino que le financiaba y le vendía material nuclear). El documental termina con Naomí Klein poniendo un ejemplo que estremece. Después de la Gran depresión, similar e incluso inferior a la ocurrida en los ochenta y los noventa, hubo más cuatro mil huelgas, ¿sabéis cuantas ha habido en esta crisis?”, y alguien de la sala responde “dos”, despertando la risa del auditorio, y la Klein aclara “veinte”, para acabar diciendo que la única manera de parar esto es luchar contra ello “ahí fuera”.

La visión del documental me dejó claras varias cosas que ya tenía claras desde hace tiempo, pero que no conseguía entrelazar hasta ayer.

-        Ya no existen las derechas ni las izquierdas, sino las ideas particulares de los políticos. En ese sentido, el documental falla, porque trata de imbuir un cierto tufillo izquierdista con homenaje a Obama incluído, pero no os dejéis llevar por los prejuicios. Quedaos con el grano y no con la paja. Tampoco es admisible tratar de achacar todo esto a unos experimentos con electroshock que se hicieron en EEUU a mitad de siglo. Esas partes del documental son anecdóticas, y no deben restarle su verdadera esencia. No podemos seguir votando a golpe de ideología, a ultranza, a uno u otro partido. No es lo mismo el afán privatizador de Esperanza Aguirre, por ejemplo, que el proteccionismo que parecen predicar otros. No hay por qué votar en bloque. Listas abiertas, por tanto, y exigir a cada uno que nos aclare las ideas que piensa aplicar. Eso en lo que se refiere a nosotros. Contra los mercados exteriores, en principio, no se puede hacer nada, pero si seguimos privatizando, acabaremos como Chile o Argentina.

-        El capitalismo salvaje provoca que un encargado general (o un consejero) gane cuatrocientas veces más que un empleado medio. Eso trae como consecuencia 8estremecedoras las imágenes en las que se muestra esto en el documental) que se instaura una élite de supermillonarios por encima de una población sumida en la miseria. Aclaremos esto:  Toda la población acaba sumida en la miseria, salvo la élite, y no nos engañemos: ni tú, ni yo, ni nadie de nuestro entorno, formaríamos parte de esa élite, a la que sólo se accede mediante amiguismos e influencias, como deja claro el documental en el caso de Rusia, con una casta de hipermillonarios amiguetes de Boris Yeltsin que se repartieron las industrias estatales a su antojo y disfrutaban de sus fiestas en el “salvaje oeste” en que se convirtió Moscú, frente a una población que se moría de hambre. El gran triunfo del sistema Friedman es la aniquilación de la clase media, y la creación de una población esclava y sumisa que trabaja para la élite cada día más rica.

-        Nadie, absolutamente nadie, ni los políticos, a menos que se den cuenta de una vez de que están a nuestro servicio, ni por supuesto los bancos, nos van a resolver la vida. Empezamos a ser vistos como carne de cañón, como pagadores de impuestos que no rechistan. Los sueldos son cada vez más bajos, lo que impide, junto a la subida de impuestos, que podamos levantar cabeza y vivir dignamente. Eso los que todavía contamos con sueldos, por supuesto, porque el paro atenaza cada vez más y la miseria está a la vuelta de la esquina. No podemos seguir siendo conformistas y aceptando situaciones de semiesclavitud laboral. No debemos consumir nada cuya manufacturación huela a esclavitud, y creo que eso resultaría sencillo si nos pusiéramos todos más o menos de acuerdo.

Friedman murió poco después del huracán que asoló Nueva Orleáns. Poco antes de morir dijo que la zona devastada era una gran oportunidad para empezar de cero y conseguir jugosos contratos de reconstrucción en la zona. Lo mismo se había hecho en Iraq, zona en la que acabaron existiendo más contratistas que soldados. Tras el tsunami de Filipinas, los que perdieron sus pobres casa de pescadores fueron expulsados de los terrenos que aquella ocupaban para levantar hoteles de lujo. El capitalismo salvaje no es la forma de salir adelante, ni mucho menos. Conocer su filosofía es el primer paso para luchar contra él, y el documental es una buena manera de acercarse al problema. Creo que el libro del mismo título también está disponible en la red. Os invito encarecidamente tanto a ver el documental como a leer el libro. No os defraudará, os lo aseguro.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Navidad




Todo empezaba de nuevo, y ya era el cuarto año tras la pérdida.

Los primeros signos, como siempre, empezaron a mediados de octubre. Empezó a sentir la desazón al contemplar las mesas cargadas de turrones y productos navideños, colocadas en el centro del pasillo principal del supermercado al que solía acudir a comprar. La crisis, de repente, se había eclipsado totalmente ante el demoledor empuje de la Navidad. Los jamones de patanegra colgaban de sus ganchos arracimados por todas partes, junto a los productos de limpieza, o pegados a la sección de zapatería.

A los pocos días, hicieron su aparición las primeras guirnaldas de colores, colgadas de todas partes, soltando esos pelillos plateados ante la acción del aire acondicionado. Decidió entonces acudir al lugar sólo cuando resultara imprescindible, e hizo acopio de productos con la vana esperanza de resistir en su casa hasta que toda aquella locura desapareciera. Resultaba imposible. Cada dos o tres días tenía que volver, cuando se le acababa algo con lo que no contaba o cuando su hijo le pedía algún producto nuevo. Sudaba cada vez que entraba en aquel lugar, del que se había apoderado la locura.

El correo de su ordenador empezó a llenarse de mensajes de paz y buena voluntad, algunos muy bien hechos, como el de esos pitufos de color verde que bailaban espasmódicamente alrededor del árbol, con la cara de unos cuantos compañeros de trabajo. Otros trascendenetes, preciosas presentaciones de power point con lapidarias frases de Paulo Coelho o Jorge Ducay sobre fotografías de un magnífico sol naciente o poniente. De cada cuatro mensajes que le entraban, en tres de ellos le felicitaban las fiestas.

La primera tarde que escuchó “We wish you a merry christmas” le temblaron las piernas. Sonaba estridente, como procedente de una lata, enseñoreándose de toda la atmósfera del lugar, a un volumen diez veces por encima de lo que hubiera sido lo normal. Hasta que alguien se dio cuenta de que aquello no estaba convenientemente regulado, y bajó el volumen. La música pareció constituir el pistoletazo de salida oficial. Al menos, prefería esa tortura a los infumables peces en el río. Se estaba alcanzando un cierto nivel. En algún comercio caro había escuchado el año anterior a Frank Sinatra y Bing Crosby. A todas horas, eso sí, pero lo prefería al tamborilero.

Las cuatro ancianas que parecían vivir en el supermercado, o al menos esa era la impresión que le producían cuando se cruzaba con ellas, que era constantemente, corrieron por los pasillos como gallinas enloquecidas, a la caza de barras de turrón que arrojaban a la cesta entre el manojo de puerros y el detergente en oferta.  Los yogures que él colocó en la banda negra de la caja, parecían acomplejados ante los plateados envoltorios de los alfajores y las bolsas de polvorones que les rodeaban. Las miradas que le dirigían sus vecinos de fila no dejaban lugar a dudas. Sin hablarle, le estaban diciendo “¿no te llevas unas hojaldrinas?”, “¿Agua con gas en lugar de sidra “El gaitero”?”. El paroxismo se transformó en terror cuando le llegó el turno.

—Hola. ¿Tarjeta de cliente?

Miró a la cajera. El a todas luces desproporcionado gorro de Papá Noel que llevaba puesto parecía un alien que le había saltado a la cabeza para apoderarse de su voluntad. Aquella terrible visión le provocó un ahogo en el pecho que le impedía respirar con normalidad.

—N…No, no tengo.

La banda blanca del gorrito destacaba intensamente sobre la morena piel de la mujer. Observó que todas las cajeras llevaban el mismo gorro, adornados algunos con guirnaldas de colores, de esas que soltaban pelillos plateados. Algún inconsciente había colocado cables con luces de colores alrededor de las cajas, despreciando el peligro de cortocircuito que tantos watios procedentes de un producto chino podían provocar.

Corrió a casa con sus cuatro yogures. La sonrisa absurda se había instalado ya en los rostros de las personas con las que se cruzaba. Una sonrisa que duraría hasta el 9 de Enero. No había solución. Sólo le cabía resignarse, agazaparse en un rincón, intentar evitar los recuerdos, y esperar a que toda esta locura se disipara cuanto antes.

Al abrir el buzón se encontró varios sobres. La mayor parte de ellos eran felicitaciones de centros comerciales, seguros de vida, bancos y otros lugares en los que a lo largo de todo el año él se dejaba una buena cantidad de pasta. Ni siquiera las miraba. No había nada que le pareciera más patético que una felicitación de El Corte Inglés colocada encima de la televisión, la misma que esa empresa enviaba a varios millones de clientes más.

Entre felicitaciones y facturas, encontró de repente un sobre, con su dirección y el remitente escritos a mano, en tinta azul. ¿Puede existir algún loco, en el mecanizado mundo actual, que todavía escriba cartas a mano?  

Y entonces cayó en la cuenta. Claro que todavía quedaba algún loco de esos.

Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro al abrir el sobre y contemplar a un curioso Papá Noel con gafas que se dejaba llevar colgado de una estrella. Abrió la tarjeta y leyó la felicitación. Su hermano y la mujer de su hermano debían de ser de los pocos que quedaban que mantenían la tradición de la felicitación personalizada. Al leerla, se agolparon en su mente los recuerdos, aquellas salidas mañaneras de su hermano al estanco para comprar los sobres y los sellos, y a la papelería “La estrella” para elegir la felicitación de un desvencijado álbum que la dueña del negocio le enseñaba en el mostrador. Recordó la Navidad, otra Navidad, la procedente de las personas a las que amaba, que nada tiene que ver con la Navidad desnatada de los centros comerciales. Recordó aquellas salidas por el centro de Madrid, para contemplar las luces de colores con la boca abierta, y la nariz y las manos de él y sus dos hermanos pegadas al escaparate de una juguetería, y ese “Me lo pido” musical que solía acabar en media trifulca cuando alguno de ellos se pedía un juguete que le gustara a otro. Y recordó las comidas y las cenas en casa de sus tíos y de su abuela, cuando se juntaban todos a asesinar villancicos (aquello no se podía decir que fuera cantar).

Y recordando, recordando, mientras sujetaba en la mano la felicitación que le habían enviado su hermano y su cuñada, la recordó a ella.

Y recordó lo que a ella le gustaba la Navidad, lo feliz que se sentía cuando le enviaba a él al trastero a coger la caja de cartón, ya medio rota, en la que se guardaban las bolas de colores, el árbol, y las figuritas del belén. Y recordó lo feliz que se sentía ella organizando comidas y cenas para la familia, mirando el periódico para conocer el horario de la cabalgata, comprando adornos (cada año caía algo) para el centro de la mesa, o manteles con motivos navideños, o servilletas… Recordó la visita que hicieron en verano del 2008 a una tienda de objetos navideños en un pueblo de Alemania, y el brillo que se instaló en sus ojos al estar rodeada de todo aquello.

Y descubrió por fin, después de algunos años, contemplando aquella felicitación que su cuñada y su hermano habían escrito sólo para él y su hijo, personalizada de verdad, con su nombre escrito a mano y no mediante un programa informático, que la Navidad era ella, y su hermano, y su cuñada, y sus amigos, y su familia, y el reencuentro con todos ellos.

Y gracias a aquella felicitación, a aquel simple papel que encerraba sin embargo todo un aluvión de cariño y de recuerdos, empezó a recuperar de nuevo la Navidad, y a recuperarla a ella.

Feliz Navidad a todos.

Para Leticia y Jose Luis, con todo mi cariño.






jueves, 15 de diciembre de 2011

Cedo la palabra a Rosa

Lo he escuchado esta tarde en la radio. Otra mujer con coraje, que dice las cosas con un estilo claro, incontestable. Sólo quiero comentaros un detalle: al final de su discurso, se ha emocionado. Aquí está el discurso:

"Cualquier ciudadano o ciudadana que formamos parte de esta gran mayoría de víctimas de esta crisis podríamos hablar hoy aquí, en nuestra radio pública y expresar nuestra justa indignación, como voy a intentarlo yo. Cualquiera de los casi 5 millones de parados de España o de los 23 millones en Europa, muchos de ellos rozando la exclusión social, y a quienes los gobiernos de turno sólo ofrecen reformas y más reformas laborales que aumentan el paro, la precariedad y la esclavitud salarial, como es la propuesta última del presidente de la CEOE de los 400 euros para sacar del paro a nuestros jóvenes.

Cualquiera de los pensionistas que ven peligrar el futuro de sus pensiones o de esos jóvenes que ven, desgraciadamente, que hoy mismo ya no tienen futuro. Cualquiera de esos miles de autónomos y pequeños empresarios que cierran porque los bancos no les dan créditos, o los más de 350.000 deshauciados que esos mismos bancos están echando a la calle y perdiendo sus viviendas. Sí, cualquiera de nosotros estamos indignados contra este casino mafioso en el que banqueros y especuladores juegan a la ruleta y siempre ganan, bien inflando burbujas de crédito y de ladrillo o bien, que es muchísimo peor, especulando con las deudas públicas de países que están abocados a la ruina.

Y sobre todo contra estas instituciones europeas y los gobiernos entrantes y salientes que han olvidado que la democracia es el gobierno del pueblo, para el pueblo y que deben gobernar en defensa de los intereses generales y no, como de nuevo ha demostrado esta vergonzosa Cumbre Europea, gobernar en defensa de los intereses de esa minoría que conforman los mercados financieros, los especuladores, y todavía lo que es mucho peor, en beneficio propio como demuestran los escandalosos casos de corrupción de políticos.

Pero la historia confirma que cuando esos pueblos indignados se ponen en marcha se derriban dictaduras, colonialismos y muros raciales y se conquistan derechos laborales y sociales. Hoy, la Primavera Árabe y el movimiento mundial de los indignados del 15M que están desde Wall Street pasando por Londres, por Portugal, por Grecia, por el mundo entero, y se demostró el 13 de octubre, están demostrándonos que otro mundo, que otra economía más justa, solidaria y sostenible con el planeta son posibles. Por lo tanto, hay esperanza."

Estas son sus palabras, pero os invito a escuchar la entrevista completa, en la que Rosa lee este discurso y después nos invita a conocer un poco más de su vida.


Sobran mis palabras. Escuchemos atentamente las de Rosa.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Hasta siempre, Montserrat

El pasado 23 de Noviembre falleció en Barcelona Montserrat Figueras, soprano de voz prodigiosa, musa y esposa de Jordi Savall. Descanse en paz.

No soy un gran entendido en música clásica, pero consigo emocionarme cuando la escucho, y no puedo evitar indagar en todo aquello que me emociona. Dentro de la música clásica existe la parcela de las músicas antigua, renacentista y pre-barroca, todo un universo en el que destaca por encima de todos sus integrantes, tanto nacionales como internacionales, la figura de Jordi Savall, musicólogo, director de su propio sello discográfico (Alia Vox), magnífico intérprete de viola de gamba, y fundador junto a su mujer de los grupos Hesperion XX (ahora Hesperion XXI), la Capella Reial de Catalunya y Les concerts des Nations.

Tuve la inmensa fortuna de adentrarme en el mundo de Jordi Savall a través del cine, en concreto gracias a la película “Todas las mañanas del mundo”, de Alain Corneau, que trata de la relación del melancólico Sainte Colombe con un joven Marin Marais, al que el primero da clases de viola. La música de esta película, con piezas de Colombe, Marais, Lully y otros, se llevó varios premios internacionales por su alta calidad. Con ella descubrí por primera vez el inconfundible sonido Savall, la impronta de buen hacer que el musicólogo impone en todo lo que crea, la “profesionalidad sencilla” de todo aquel que sabe perfectamente lo que hace y domina su oficio a la perfección.

Como no podía ser menos, después de escuchar aquello comencé a bucear en el mundo de la música renacentista y pre-barroca de la mano de Savall, que se ha movido siempre como pez en el agua en ese registro. Tengo pocos discos, lo reconozco, pero los disfruto con pasión cada vez que los escucho. Es un placer que recomiendo a todo aquel que quiera descubrir ese mundo. Las “ensaladas” de Matheo Flecha, “Ludi Music” de Samuel Scheidt, “Cancionero de Palacio”, títulos todos publicados por el sello Auvidis, muy frecuentado por Savall antes de fundar el suyo propio. Hay muchos más títulos, por supuesto, que os invito a descubrir.

La primera vez que escuché la voz de Montserrat Figueras tuve el privilegio de hacerlo con su magnífica interpretación del “Lamento della ninfa”, de Monteverdi, pieza que, a partir de ese momento, consideré como la más importante y bella escrita jamás para una voz femenina. Ya dije antes que no soy un gran entendido en música clásica, así que os dejo el enlace a dicha pieza para que juzguéis por vosotros mismos. La catarata de sensaciones que provoca la voz de Montserrat alcanza cotas inimaginables. Es un tema al que vuelvo recurrentemente cada muy poco tiempo. Precisamente lo estoy escuchando mientras escribo esta entrada.


A partir de ahí, me resultó imposible sustraerme a la belleza de la voz de Montserrat, perfectamente conjugada con la minuciosa labor de investigación sobre música antigua que había emprendido conjuntamente con su marido, Jordi Savall.

En muchas ocasiones, y ahora con más razón, he lamentado profundamente no haberme propuesto asistir a alguno de los conciertos de verano que Savall y su mujer solían hacer en el Castillo de Perelada.

De Montserrat se ha escrito y se está escribiendo mucho estos días por gente mucho más cualificada que yo para hacerlo, más entendida y mucho más comprometida con la música, que la conocían, la seguían y la amaban profundamente. Me apetecía escribir la entrada simplemente para dedicarle mi pequeño homenaje de aficionado, ni siquiera buen aficionado posiblemente, y abrir la puerta de su espíritu inmortal y su buen hacer a los que posiblemente no hayáis tenido la ocasión de cruzaros con ella. Os invito a disfrutar de la perfecta simbiosis Savall-Figueras, a emocionaros con una forma de trabajar y de sentir la música que entra dentro del terreno de la inmortalidad. Para ello, como espoleta de arranque, os invito a ver este magnífico documental:


Atentos a las serenas palabras de Savall, a su modo de hacer, a los sentimientos a flor de piel que transmiten Montserrat y el resto de los músicos, a los escenarios en que se desarrolla ese mundo, a los oficios paralelos, como el magnífico episodio del lutier Bartés. Os aseguro que vais a disfrutar al verlo tanto como lo hice yo.

Montserrat, tu sereno espíritu y tu voz inmortal nos acompañarán para siempre. Descansa en paz allá donde te encuentres.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Adios, tristeza

Enhorabuena, “socialistas”. Y lo pongo, así, entrecomillado, porque lo cierto, queridos amigos, es que vosotros de socialistas no tenéis absolutamente nada.

Ese ha sido vuestro verdadero triunfo, el legado que nos habéis dejado tras unos cuantos años de desgobierno absurdo y rayano en la paranoia: acabar con la verdadera esencia del socialismo, con la filosofía que deberíais haber adoptado desde el principio, y que sin embargo despreciasteis, para emprender esa carrera sin sentido que ha terminado con las ilusiones auténticamente socialistas. Recuperar la ética, la decencia de las ideas y la integridad socialista en las que muchos de nosotros creíamos hasta que vosotros os habéis dedicado a destrozarlas sistemáticamente, va a resultar una labor titánica, de muchos años y varias legislaturas.

Comencemos por el final. ¿Cabe mayor desatino que la patética campaña electoral que habéis llevado a cabo? ¿No se os cae la cara de vergüenza al proclamar, a los cuatro borregos que hayan querido escucharos, que sois vosotros los únicos que tenéis la clave para salir de esta crisis? Si esa afirmación fuera cierta, ¿por qué no la habéis aplicado durante los casi ocho años que lleváis en el gobierno? ¿Cabe mayor desatino, a estas alturas, que hacer campaña ironizando sobre la política del rival, en vez de presentar las propias ideas? Señores, la gente ya no es idiota, o al menos la gente que no se haya dejado abducir por vosotros. Al genio publicitario que se le haya ocurrido imitar grotescamente a una simpatizante del PP para abrir los anuncios, habría que felicitarle públicamente, regalarle una maleta, y embarcarle con billete de ida a un país situado en el otro extremo del mundo, asegurando que no volviera jamás. “Pelea por lo que quieres”… ¿por qué hay que pelear? Yo no quiero pelear. Quiero mantener lo conseguido, y conseguir más, y que no se me escurra entre los dedos, que es lo que vosotros parecéis buscar. Vuestra campaña no ha sido más que la guinda en el pastel de incompetencia, inmadurez política, ignorancia y falta de compromiso que habéis estado elaborando durante todos estos años.

Os aplaudo, amigos. Habéis estado a punto de alcanzar la gloria. Hacía años que no se observaba en un país supuestamente civilizado una masa amorfa de población tan inconsciente, ignorante, cobarde y sumisa como la que, a fuerza de decretazos, campañas y lavados de cerebro, habéis conseguido vosotros. Nunca hasta ahora se habían visto vulnerados derechos tan fundamentales como la libertad de prensa o la libertad de expresión. Y lo habéis conseguido enmascarando vuestras acciones para disfrazarlas de modernidad, cuando obedecen en realidad a planteamientos tan anticuados, retrasados, pacatos y tercermundistas como los que se produjeron en la segunda república, posiblemente válidos entonces, pero en absoluto en los tiempos que corren. La prensa hace unos años libre se ha doblegado sumisamente a vuestros deseos. Cada vez que alguien levantaba la voz para debatir, era acallado de inmediato en aras de ese supuesto bien común que para lo único que ha servido ha sido para levantar ampollas entre grandes sectores de la población.

Lejos de fomentar la necesaria, si es que queremos llegar a algo, reconciliación entre las dos Españas, habéis conseguido agrandar la herida con vuestros planteamientos mentecatos y revanchistas. Vuestro socialismo no ha sido en ningún momento el socialismo de la transición, sino una especie de engendro alimentado por el odio y el afán de enfrentar a unos con otros. Ni una sola de las leyes promulgadas por vosotros ha servido para otra cosa que ralentizar, enfangar y calentar a la sociedad para la que en teoría habían sido dictadas.

Ante vuestra incapacidad manifiesta para controlar nada, desde la política exterior hasta esos jueces que dictan sentencias absurdas y ponen a delincuentes en la calle sin que nadie les pare, habéis vuelto la mirada al pueblo, algo que ha resultado nefasto para él. Os ha importado un carajo no sólo la educación, sino la estimulación del esfuerzo personal, de la capacidad intrínseca del individuo para decidir sobre su propio futuro. Habéis engendrado una juventud completamente desmotivada, ignorante, inútil, violenta, golfa, insolente y perezosa, acostumbrada a la subvención y a que alguien les resuelva la vida. En la búsqueda fanática y obsesiva de sectores de votantes cada vez más numerosos, os habéis olvidado en el camino a los verdaderos demócratas, a los que respetamos la individualidad y el libre albedrío del ser humano por encima de todo. Vuestra política ha sido comparable a esas dictaduras de derechas y de izquierdas, cercanas y lejanas, cuya única pretensión ha sido y será siempre la de anular al individuo y acabar con la clase media, verdadero motor de cualquier sociedad civilizada.

Vuestro ideal ha sido conseguir una masa de población miserable, egoísta y enfrentada a los que vosotros definís como “los que tienen mucho”, en ese paroxismo de ambigüedad y falta de criterio que ha caracterizado cada una de vuestras intervenciones. Una masa de población incapaz de medrar en la vida, de crecer, de pensar, de mantener unos ideales y unos valores que vosotros, por alguna siniestra razón que en realidad se me escapa, os habéis empeñado en eliminar de la forma más burda y primitiva.

Me siento triste, indignado y avergonzado de haber abrazado alguna vez el ideal socialista que vosotros habéis demolido con tanta contundencia. Un ideal al que se unieron en su momento personas y políticos dignos, íntegros y más o menos honrados. Un ideal que propugnaba la educación, la cultura y la honestidad por encima de cualquier otra consideración. Un ideal respetado en el mundo entero por lo que significaba. Un ideal, amigos, que si bien existe todavía en muchos países de Europa, ha muerto por completo en el nuestro. Os habéis rendido tan miserablemente a los dictados de los grupos de presión, engendrados muchas veces por vosotros mismos, que cualquier parecido de vuestra política con los ideales verdaderos, no es más que pura coincidencia. Habéis aplaudido y ensalzado a filibusteros como los señores de la SGAE. Vuestros ediles, ministros y diputados han sido los más incapaces de la historia, preocupados la mayor parte de las veces en sacar tajada o insultar a los rivales, que en reivindicar las necesidades de los electores. Ya, ya sé que a esto me vais a contestar que “los otros también lo hacen”. Jamás se ha utilizado tantas veces esa coletilla como en vuestro gobierno, para justificar miserablemente la vergonzosa costumbre de no hacer absolutamente nada por mejorar las cosas.

Enhorabuena, “socialistas”. Descansad, relameos de vuestras heridas, reflexionad sobre la debacle, pero sobre todo, dormid. Dormid, por favor, y que vuestro sueño dure muchos años.

 

domingo, 13 de noviembre de 2011

"El baile de los vampiros". Un gran musical

Las perspectivas no se presentaban demasiado halagüeñas que digamos. Mi hermana Laura, la misma que nos embarcó a toda la familia a ver “el árbol de la vida” (algo que estuvo a punto de provocar un cisma familiar tan terrible como los que se pueden ver en series como “Gran reserva”, por poner un ejemplo), conoce a un técnico de luces que participa en un grupo de teatro. “Vamos a ver la función, que está muy bien”, decía ella “bueeeennno…”, decíamos todos los demás, hasta que reservó las entradas la muy tunanta y ya no había marcha atrás.
El teatro está en el colegio salesiano San Miguel Arcángel, cerca del Paseo de Extremadura. La sala es grande, con sillas de cuero más o menos deterioradas y una sobria decoración, prácticamente inexistente. Suelo de terrazo, techo de escayola… Prácticamente como el cien por cien de los salones de actos de innumerables colegios, pero con una salvedad, que me extrañó desde el principio: el escenario era magnífico, muy grande. Más grande, me pareció, que muchos escenarios de los teatros de la Gran Vía en que se representan musicales.
Me extrañaron también el programa, y el puesto de venta de camisetas. Todo ello muy cuidado, me pareció, para tratarse de un grupo de teatro de aficionados. La obra era “El baile de los vampiros”, un musical basado en la película de Roman Polanski, una de mis películas preferidas. Eso al menos me proporcionaba cierto consuelo.
Nada más empezar la representación, todas mis malas expectativas se vinieron abajo de inmediato. Al levantarse el telón comprobé que el escenario no sólo era grande, sino profundo, muy profundo. Comprobé también que los decorados no parecían hechos para una función infantil o de colegio, sino que habían sido elaborados de una forma absolutamente profesional. Comprobé también la perfecta coreografía, la indumentaria y las buenas voces de unos actores que eran auténticos profesionales. Las luces se movían de forma profesional, creando una atmósfera muy sugerente. Todo eso lo comprobé desde el primer momento, en un número en el que unos aldeanos de Transilvania cantan las loas del ajo, bueno para la salud y para muchas otras cosas. Dios santo… ¿Qué era aquello? Pensaba encontrarme con una representación de aficionados, y estaba asistiendo a un montaje digno de cualquier teatro de la Gran Vía, o incluso superior en muchos aspectos. Desde el primer momento disfruté profundamente de una magnífica representación, más profesional que muchas de las que he visto, y que son unas cuantas. Me repantingué en mi asiento y me mantuve atento durante las tres horas que dura el espectáculo. En ningún momento me aburrí, en ningún momento decayó la atención, y eso es algo que no siempre se consigue. Todos los números eran perfectos, tanto los individuales de los actores protagonistas, como aquellos en los que participaba un buen número de personas, siempre perfectamente coreografiadas. Descubrí a personajes magistralmente interpretados, como el Barón Von Krolock, el vampiro protagonista cuyas apariciones siempre provocan inquietud, Alfred, el ayudante del profesor, Sarah, la chica de la que se enamora y que es raptada por el vampiro, el profesor Abronsius, siempre despistado y con una simpatía desbordante, Chagal, el padre de Sarah, al que como vampiro no le afectan los crucifijos porque es judío, Magda, su amante y compañera de ataud, Rebeca, la madre de Sarah, y Herbert, un curioso personaje, hijo de Krulock, que protagoniza un par de números que me parecieron estupendos.
El espectáculo transcurrió con todo su esplendor. Los efectos especiales, el humo que no dejaba de salir del escenario, los cambios de decorado, las subidas y bajadas de telón… Quiero hacer especial mención a las luces, magistralmente controladas, de forma más que profesional, por Rafael Justo.
Lo que no me esperaba, ni por lo más remoto, fue lo que sucedió al final. Tras el último número, magnífico, lleno de vampiros perfectamente ataviados con ropajes antiguos que danzaban de forma frenética, el público rompió a aplaudir. A todos nos había encantado, no cabía duda. Habíamos asistido a un musical profesional que además había salido redondo. Después de eso llegaron las presentaciones, primero la gente del coro, luego los protagonistas… Ellos saludaban mientras nosotros aplaudíamos hasta que empezaban a dolernos las manos. Al final, se colocaron todos en un par de filas, y siguieron saludando. Fue entonces cuando mi cuñado me dijo “mira, ese de ahí está llorando”. Me fijé, y era verdad. Uno de los actores estaba llorando a lágrima viva. “Mira, ahí hay otro, en la segunda fila”, dije yo. Y otro, y otro… Era increíble. Me emocioné. Ahora mismo, mientras lo recuerdo, me sigo emocionando. En aquel momento descubrí lo que estaba pasando. Actores llorando en el escenario de pura emoción, de puro sentir el teatro en el alma y en las venas. Eso era. Aquellos chicos y chicas eran actores con mayúsculas, más actores que muchos que se jactan de serlo. Habían disfrutado tanto interpretando, como nosotros al contemplarlos. Se había producido la simbiosis perfecta entre actor y espectador, algo que no suele producirse muy a menudo.
El grupo de teatro se llama “Amorevo”. Para los curiosos, mencionaré, porque lo he leído en su página web, que el nombre procede de “amorevolezza”, el principio que aplicaba para educar Don Bosco, el santo fundador de los salesianos, basado en el amor, nunca en el castigo. Son jóvenes, llenos de ilusión y de profesionalidad, que además, y eso es lo más importante, consiguen transmitir al que los contempla. Después de lo de ayer, creo que son capaces de atreverse con todo, con cualquier representación por complicada que pudiera resultar. El amor al teatro desborda por los poros de todos ellos, y por los de Ignacio Cano, un jovencísimo director que al final nos adelantó lo que viene.  Os dejo el enlace a su página, que es de lo más interesante:


No se les puede perder la pista. A la gente capaz de despertar nuestras emociones, hay que mimarla.