jueves, 14 de febrero de 2008

El aventurero elegante. Peter Weir


Decía la propaganda de la película, en el inolvidable folleto que te daban en el cinestudio Griffith (una especie de póster con las películas del mes en pequeño. Lástima que no conserve ninguno). “de un lugar del que nunca has oído hablar, llega una historia que nunca olvidarás”. Se trataba de “Gallípoli”, rodada por Peter Weir en 1981, y en la que se nos contaba, aparte de la historia de intensa amistad entre un debutante Mel Gibson y el actor Mark Lee, el absurdo sacrificio de todo un ejército formado por australianos en la batalla de Galípoli, en el transcurso de la primera guerra mundial.

Título emblemático para tomar conciencia de lo absurdo de cualquier conflicto armado, “Gallípoli” refleja a la perfección la honestidad y la nobleza de unos jóvenes ilusionados con la vida, enfrentados a la enfermiza mentalidad guerrera y adoradora de la muerte de unos altos mandos que no dudan ni un momento en enviarlos al matadero. Las escenas de la carrera de Mark Lee contra un caballo, amenizada con la por aquel entonces famosa música de Jean Michel Jarre (se trata de “Oxígeno”, que sin duda recordareis), la desesperación de los atildados británicos, al pie de las pirámides, ante esos indisciplinados soldados australianos, la llegada bajo una lluvia de bombas a Gallípoli, y la desesperada y emotiva carrera final de Mel Gibson para tratar de impedir la masacre, forman parte indeleble de la historia del cine. Por no mencionar la última carrera, antes de morir, completamente en silencio, del protagonista. Una maravilla que no puede dejar indiferente a cualquier espectador que no tenga un mínimo de sensibilidad. La crítica de la época hablaba así de la película: “Retrato de la amistad mucho más grande que la propia vida. La escena final se antoja uno de los finales más emotivos y tensos del cine moderno. Meticulosa dirección dotada de una rara habilidad para destripar emociones” (Luis Martínez: Diario El País).

Poco después, en 1983, pudimos ver “El año que vivimos peligrosamente”, la historia de un reportero, Guy Hamilton (interpretado de nuevo por Mel Gibson) que vive en primera línea los sucesos acaecidos en Indonesia en 1965. Una historia de amor, coprotagonizada por Sigourney Weaver, ambientada en el tenso escenario de un conflicto político, la insurrección contra el régimen dictatorial de Sukarno, que tuvo gran repercusión. Resulta curiosa la presencia de Linda Hunt, una actriz que interpretaba a un hombre, Billy Kwan, de pequeño tamaño pero de gran calado filosófico, y buen conocedor de la situación de su país. Tan fascinante resultaba la presencia de este personaje, que la Academia no dudó en otorgarle ese año el oscar a la mejor actriz de reparto. Como muestra, he recuperado uno de los diálogos más impactantes mantenidos entre el periodista y su amigo indonesio:

Billy Kwan: La gente preguntaba que debemos hacer entonces.
Guy Hamilton: ¿Cómo dices?
Billy Kwan: Es de Lucas, capítulo 3 versículo 10. ¿Qué debemos hacer entonces? Tolstoi se hizo la misma pregunta. Escribió un libro con ese título. Estaba tan preocupado por la pobreza de Moscú, que una noche entró en el lugar más pobre y les dio todo su dinero. Usted podría hacer lo mismo. Cinco dólares serían una fortuna para cualquiera de ellos.
Guy Hamilton: No iba a solucionar nada. Sería una gota en el océano.
Billy Kwan: Esa es la misma conclusión a que llegó Tolstoi. Yo no estoy de acuerdo.
Guy Hamilton: ¿Cúal es la solución?
Billy Kwan: Soy de la opinión de que no se debe pensar en el problema en general. Debe hacerse lo que se pueda por la miseria que se tiene delante. Sumar la luz propia a toda la luz.
Guy Hamilton: ...
Billy Kwan: Piensa que es ingenuo ¿no?
Guy Hamilton: Si.
Billy Kwan: Muchos periodistas piensan lo mismo.
Guy Hamilton: No nos podemos entrometer.
Billy Kwan: Típica respuesta de un periodista....
“Único testigo”(1985) supuso el salto de Weir a Hollywood. Para mi gusto, la película supone la mejor interpretación de Harrison Ford de su larga carrera. El actor encarna el papel de un policía al que no le queda más remedio que integrarse en la extraña y anacrónica comunidad Amish para proteger a un niño que ha sido testigo de un crimen. Resulta inolvidable su reacción ante el típico turista patoso que disfruta insultando a personas que no se defienden (la película parece dejar ver que los Amish responden a la afrenta presentando la otra mejilla), o la forma en la que se enamora de una chica de la comunidad, magistralmente interpretada por Kelly McGuillis, que parece sumergirse por primera vez, aunque con una indudable sensualidad, en el terreno del amor. A recordar también la escena en la que se muestra el levantamiento de la casa de madera, en un solo día, y en el que interviene toda la comunidad Amish montando una gran fiesta. Como colofón a una buena película, un final emotivo y entrañable, que despierta sin duda los sentimientos más emotivos del espectador.

“El show de Truman”(1998) nos muestra el apocalíptico poder de la televisión. El pobre Truman (Jim Carrey) vive una vida perfecta, en la que todo está milimétricamente ordenado, enfocado y dirigido a que toda su existencia no sea más que un programa de televisión, en tiempo real, de máxima audiencia. Los personajes que rodean a Truman, que al parecer ha nacido incluso en el plató, son actores contratados al efecto, con auriculares a través de los cuales el centro de control les indica cada paso a dar en cada momento. Las novias que ha tenido Truman, sus amigos...Todo es falso. La ciudad en la que vive, el lago, todo está encerrado en una gran cúpula de tela destinada a simular el efecto de realidad. El creador de tan magna idea, Ed Harrys, tendrá que componérselas para engañar a un Truman que de repente, y a causa de unas pocas situaciones inesperadas, empieza a desconfiar, cada vez con más intensidad, de todo lo que le rodea. Las sospechas del personaje contribuyen a que el público del programa tome postura, a su favor o en su contra, deseando que encuentre la verdad unos, y que siga en su falso mundo una buena parte de la audiencia. El discurso de Ed Harrys hacia el final, con el aire de sumo creador de todo lo visible e invisible, no consigue que Truman desista en su empeño de salir de esa falsa vida a la que le han confinado sin ser consciente jamás de ello. Uno de los grandes logros de la película es el de mostrar la sospecha paulatinamente, poco a poco, como si los primeros treinta años de la vida del personaje los hubiera pasado completamente en el limbo. Una buena actuación de Jim Carrey, actor que a mi al menos me convence cuando no muestra ese catálogo de gestos histriónicos con el que suele amenizarnos en la mayoría de sus títulos.

Y quiero comentar finalmente “Master and Commander”(2003), un digno regreso al cine de aventuras de todos los tiempos, interpretado por Russell Crowe (Jack Aubrey) y el siempre acertado Paul Bettany (Stephen Maturin). La película está basada en las novelas que escribió Patrick O´Brian, situadas en torno al año 1805, en pleno período napoleónico, y recoge distintos episodios, como la persecución del Acheron o la estancia del médico (Paul Bettany) en las Islas galápagos para recuperarse de una delicada operación que se ha infligido a sí mismo. Correcta en su planteamiento, “Master and Comander” despierta los sentidos de cualquier aficionado al mar y a la navegación. Las tomas de las naves desde el cielo resultan muy cuidadas y sugerentes, así como la ambientación musical, basada en piezas y autores de la época. Una buena y digna muestra de que la comercialidad y los altos presupuestos no tienen porqué ser un obstáculo para hacer buen cine cuando el director de orquesta es tan válido como nuestro amigo de Sydney.

martes, 12 de febrero de 2008

!!! Mi amiga Charo Bolívar me ha dado un premio !!!


Mi gran amiga de Yoescribo Charo Bolívar (http://charobolivarindex.blogspot.com/) me ha otorgado el premio ARTE y PICO, aquí a la izquierda. Es un gran honor recibir un premio de una blogera profesional, como es Charo. Su rincón, además de profesionalidad y un perfecto estilo, destila humanidad y creatividad por los cuatro costados. Ahora me toca a mi elegir cinco blogs que cumplan con la siguiente característica:


"Tienes un blog magnifico, y por esta razon, querido amigo, te ha sido otorgado a ti y a tu excelente blog, el Premio "ARTE Y PICO" por el diseño, y el gran interés que tiene tu bitácora para la comunidad."


Una responsabilidad muy grande, y muy complicada, pero en mi caso no tanto, porque dos de las personas a las que se lo pensaba dar ya lo han recibido por parte de Charo: una, el bueno de Andrés Pons, que se lo merece por el indudable y veterano blog que conduce dedicado al cine, y la otra, Lidia Cervantes, también de Yoescribo, a la que se lo ha entregado Andrés, entre otras cosas porque siempre se me adelanta, el muy rapidillo.


Así que, sin más explicaciones, aquí van mis cinco candidatos:


1. http://acuarelasjuanvaldivia.spaces.live.com/ La página de Juan Valdivia, colaborador y gran artista.


2. http://aguacolor.spaces.live.com/ El espacio de Carmen. Acuarelas y algunas cosas más.


3. http://almaleonor.spaces.live.com/ Helicon, donde reside la ilusión. Página de AlmaLeonor


4. http://www.elchancrointelectual.blogspot.com/ La página de Victor Hugo Escalante


5. http://ya-aqui.blogspot.com/ Pues ya que estoy aquí. Blog de la escritora Rosa Ribas



Enhorabuena a los premiados. Estas son las condiciones que tienen que cumplir ahora:


1.- Una vez recibido, se deberán elegir cinco bitácoras que sean merecedoras del premio por su creatividad, diseño, material interesante y aporte a la comunidad bloguera, sin importar su idioma.


2.- Cada premio otorgado debe tener el nombre de su autor/autora y el enlace de su blog para que todos lo visiten.


3.- Cada premiado, debe exhibir el premio y colocar el nombre y enlace al blog de la persona que lo ha premiado.


4.- Tanto el Premiado, como el otorgante, deberán exhibir el enlace de Arte y pico, para que todos sepan el origen de este premio.


Blog ARTE Y PICO http://arteypico.blogspot.com/

sábado, 9 de febrero de 2008

La cara gótica de la fantasía. Tim Burton


Por favor, lo primero que teneis que hacer para leer esta entrada con un ambiente adecuado, es pinchar el play del muñequito anaranjado que aparece en la columna de la izquierda. Por alguna extraña razón que desconozco, se ha desactivado la función de autoplay, que hace que la música comience a sonar nada más acceder al blog.

Necesitaría bastante más espacio del que dispongo en este blog para comentar, una por una, las películas que más me han impresionado de este fascinante director californiano, caracterizado por una visión gótica de la fantasía que podría entroncar directamente con la corriente sugerida por escritores de la talla de Poe, Lovecraft, Machen o Bierce, si no fuera porque Tim Burton hace gala, además, de un especialísimo sentido del humor. Muy bueno en sus películas de personajes reales, soberbio en sus largometrajes animados, incomparable en sus cortometrajes, Tim Burton destaca en el universo cinematográfico por una producción marcada por un sello personal inconfundible. Es muy difícil ver una escena de alguna película sin adivinar, a los pocos minutos, que se trata de una película de Tim Burton.

Le descubrimos con “Bitelchus”, allá por el 88. Los cortometrajes “Vincent”, “Frankenwenie” o “Hansel y Gretel” llegarían a España bastante más tarde, cuando el director ya se había convertido en toda una celebridad. Recuerdo que la gente salía del cine con una sonrisa dibujada en el rostro. La magistral sinvergonzonería de un irreverente y gamberro fantasma, interpretado por un irreconocible Michael Keaton, y los singulares efectos especiales, a los que por aquel entonces todavía no estábamos muy acostumbrados, contribuían a convertir esta comedia negra en una grandiosa excursión al mundo de la fantasía. ¿Cómo olvidar las escenas en la sala de espera sobrenatural, o la maqueta del pueblo en que vivía tan estrafalario personaje?.

A este título le siguió “Batman”, aproximadamente un año más tarde. Posiblemente la mejor versión que se haya hecho nunca del personaje de cómic. Michael Keaton repetía con el director, muy amigo de trabajar siempre con los mismos actores, y Jack Nicholson interpretaba al malvado Joker. La atmósfera creada por Burton para Gotham City resultó irrepetible en ninguno de los títulos posteriores. Abigarradas arquitecturas, que recuerdan al gótico, dominadas por una luz negra e intensa, siniestros rincones y una acertada banda sonora, hacen de este título una referencia, por no decir la única referencia, para todos los amantes del superhéroe murciélago.

¿Y que decir de “Eduardo Manostijeras”(1990), esa gigantesca fábula sobre la solidaridad y la aceptación de lo diferente?. Esa película debería ser de obligada visión en todos los colegios del mundo. En apenas una hora y media, el gigantesco guión y la personalísima puesta en escena nos narran un auténtico cuento, perfectamente elaborado, en el que se entremezclan la magia, profundos sentimientos, emociones, belleza, sensibilidad y una buena dosis de terror. El resultado, una obra maestra de la fantasía, un monumento a la cordialidad y a la bondad, y un tremendo alegato contra la superficialidad y la banalidad que presiden las relaciones en las sociedades modernas. Una inolvidable interpretación de Johnny Deep, que se convirtió en actor fetiche a partir de este título, de la mano firme de un director capaz de exprimir al rebelde actor hasta sacar lo mejor de sí mismo. A Winona Ryder se le pueden perdonar casi todos sus pecadillos después de verla en la escena de la nieve cayendo sobre ella. El final de la película, que podría parecer triste, queda abierto sin embargo a la esperanza. A destacar también la soberbia banda musical y la interpretación de Vincent Price, como el creador de Eduardo, en uno de los últimos papeles de su vida. El legendario actor actuó en la película porque Tim Burton, rendido admirador suyo, quería rendirle un homenaje.

“Pesadilla antes de navidad”(1993) nos cuenta la obsesión de Jack, un personaje fantasmal, por raptar a Santa Claus y convertir Halloween en Navidad. Siniestros personajes, grotescos intentos por parecer adornos navideños, espectrales cementerios, la patética enamorada de Jack, a la que se le caen a veces los brazos cosidos a su cuerpo... Un cuento para adultos que pueden ver algunos niños. Una banda musical perfecta, con canciones integradas en la trama, convierten a este título en un imprescindible de los amantes de la animación de marionetas.

¿Querréis creer que después de ver “Ed Wood”(1994) me pasé una buena temporada recopilando títulos de tan mediocre director, posiblemente el peor de todos los tiempos, que ni de lejos llegaba al homenaje que le rindió Tim Burton con su acertada visión?. Este título en blanco y negro, protagonizado de nuevo por Johnny Deeo, nos cuenta, en clave Burton, la trayectoria profesional y sentimental de un director de películas de serie B al que no le importaba parir productos cinematográficos más dignos de acabar en la basura que de pasar a la historia del cine. A pesar de su escaso talento, el sentido del humor con el que Burton mira al personaje le convierten en un individuo perfectamente querible, a pesar de las torturas a las que somete a su equipo de producción y a los actores que trabajan para el. En la línea emocional que preside casi toda la producción de Burton, en esta película aparece el mítico Bela Lugosi, al parecer bastante perjudicado hacia el final de su vida, que trabajó con Ed Wood y que añoraba hasta extremos casi de locura el papel de Drácula que había rodado para la Universal. El personaje, magistralmente interpretado por Martín Landau, sigue a duras penas a Ed Wood en sus locuras, a causa de su maltrecho estado de salud y su afición al alcohol y a las drogas. Si tuviera que destacar alguna escena de esta película, sería la de la lucha con el pulpo de peluche o la escena en la que un extra golpea un muro de cartón, este se tambalea hasta casi caerse, y cuando el ayudante le sugiere a Ed Wood parar el rodaje, este, con sus ojos de loco, dice “no, sigue rodando. Es perfecta”.

“Mars Attack”(1996) constituye, a mi juicio, el ataque a la línea de flotación de la absurda idea, propagada por gurús de la calaña de Spielberg o George Lucas, de que los marcianos son bondadosos. ¿A quien se le puede ocurrir semejante tontería?. ¿Cómo van a ser los marcianos como el medio bobo E.T.?. Eso es una gran mentira, amigos. Los marcianos son tan perversos, malvados, viciosos y cabrones como los pinta Tim Burton en su película. Su estética, muy cercana a las antiguas películas de marcianos de serie B, consigue provocarnos un terror irracional a ser invadidos. El irreverente modo en que tratan al mismísimo presidente de los Estados Unidos, interpretado por el siempre acertado Jack Nicholson, o la forma en que reducen al vociferante generalote del estado mayor, los convierte en unos seres despreciables, por no hablar de lo que hacen con el pobre Pierce Brosnan, que a pesar de ello parece seguir defendiéndolos, a los muy puñeteros. A destacar, por magnética, seductora y sugerente, la escena protagonizada por la mujer de Burton en aquel momento, Lisa Marie, cuando se introduce en la Casa Blanca. En muchas ocasiones sueño con los sensuales movimientos de ese marciano disfrazado de mujer.

“Sleepy Hollow”(1999) es el famoso cuento gótico norteamericano que narra las aventuras del jinete sin cabeza. De nuevo Johnny Deep interpretando a un detective, en una película de densa atmósfera terrorífica, perfectamente ambientada y con efectivos sobresaltos que convierten el film en un apetitoso bocado para todos los amantes de este género de terror de época que tanto le gusta al maesto Burton.

Siento decir que la siguiente película de Burton, “El planeta de los simios”(2001) supone para mi gusto un bajón en su hasta ese momento meteórica carrera. A pesar del ingente presupuesto invertido en su filmación, la trama no cautiva ni de lejos tanto como la versión primitiva, dirigida por Franklin Schaffner en 1968 y protagonizada a la perfección por Charlton Heston. La versión de Burton, aunque marcada por la personal estética del director, tiene el tufillo de ser el encargo de la multinacional cinematográfica que la produjo.

Un pequeño bache, del que sin duda salió airoso, y se elevó de nuevo Burton, con su siguiente película, “Big Fish”, protagonizada por Ewan Mcgregor y el siempre soberbio Albert Finney. La película nos narra el viaje vital de Edward, un joven que tiene la máxima vital de que un pez en una pecera pequeña no puede crecer, y sin embargo, en un espacio lo suficientemente grande, puede duplicar, triplicar e incluso cuadruplicar su tamaño. Comienza entonces un viale mítico, surrealista y sorprendente, en el que se cruzará con personajes tan fascinantes y sorprendentes como el gigante Karl, cantantes de salón coreanas, hombres lobo, una vieja con un ojo de cristal que puede ver el futuro y, por supuesto, un pez que se niega a ser cogido. El anciano Edward vive de sueños, de contar todas sus aventuras. La película narra el desencuentro entre este hombre y su hijo, que se niega a creer las fantasías de su padre, hasta que finalmente se reconcilia con el en una de las escenas más emotivas de la historia del cine. Un título más que recomendable, que entronca directamente en la línea de emotividad y sensibilidad que ya mostrara el maestro Burton en “Eduardo Manostijeras”.

La siguiente película, “Charlie y la fábrica de chocolate”(2005), sigue de una forma casi literal la maravillosa historia escrita por Roald Dahl, un escritor que merece un capítulo aparte en este blog. Las fantásticas aventuras de Charlie en la fábrica dirigida por el siempre sorprendente Johnny Deep en el papel del señor Bonka, acompañado de otros tres niños que representan a la perfección el egoísmo, la avaricia, la glotonería y la frivolidad, transcurren en un ambiente colorista, perfectamente creado por el mago de los sueños con la ayuda de los Umpa Lumpa, una extraña raza de hombrecillos verdes que cantan y bailan de una manera ciertamente hipnótica y sugerente. En la película se recoge también otro libro de Dalh, la segunda parte de “Charlie”, que se titulaba “Charlie y el ascensor de cristal”, novela para adolescentes adultos que debería ser de obligada lectura, como la anterior.

Llegamos por fin a “La novia cadáver”(2005), una auténtica joya de la animación de marionetas, con personajes perfectamente conseguidos, tan expresivos y sugerentes que despiertan el interés de todo coleccionista de merchandising que se precie. La conseguida atmósfera en tonos grises y azulados, y la maravillosa historia que se nos cuenta, convierten a Burton una vez más en el mago de los sueños que a todos alguna vez nos gustaría ser. Las escenas que tienen lugar en el cementerio, con el baile de esqueletos incluido, provocan en el espectador una fascinación por lo tenebroso que solo el director, con su peculiar sensibilidad mezclada con sentido del humor, podía conseguir.

Cada vez me resulta más complicado elegir la acuarela de Carmen o Juan que encabece cada entrada. En esta ocasión, el magnífico retrato de Tim Burton es de Juan, y el no menos perfecto retrato de Eduardo Manostijeras, de Carmen. Ya sois muchos los que me habeis hablado de la perfección de esos dibujos, más importantes incluso que mis palabras. Espero seguir contando durante mucho tiempo con la inestimable colaboración de estos dos verdaderos artistas, tan enamorados como yo del cine en todas sus facetas. Os recomiendo encarecidamente que visiteis sus respectivas páginas, pinchando en el enlace que figura en "Blogs de amigos". Os aseguro que os van a encantar.


En estos momentos, espero con ansiedad el estreno de “Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Flete”. La película ha sido, como era de esperar, un éxito en Estados Unidos, y está a punto de estrenarse en España. Se trata, según la crítica, del musical de terror más sangriento de la historia del cine, ambientado en el siglo XIX, una época, sin duda, en la que el maestro Burton se desenvuelve ciertamente como pez en el agua.

Pero esa, amigos, será otra entrada.

martes, 5 de febrero de 2008

El compromiso político. Costa Gavras




Tuvimos que esperar bastante en España para ver “Z”(1969), a mi juicio la mejor película de Costa Gavras. Aquí se pudo ver allá por 1976 o 1977, a los ocho años de su estreno mundial, y cuando ya había triunfado en Cannes y en muchos otros prestigiosos festivales de cine. Tanto Yves Montand como el por aquel entonces joven Jean Louis Trintignant aceptaron trabajar casi gratis con Costa Gavras, fascinados por el sólido guión, escrito en colaboración con Jorge Semprún, y basado en la novela de Vassilis Vassilikos. La novela recrea como ficción el asesinato real del político griego Gregoris Lambrakis, en 1963.

“Z” nos cuenta la historia del asesinato de un líder izquierdista, interpretado por Yves Montand, que muere atropellado por un motocarro después de un mitin, en lo que parece ser un accidente. Las autoridades encargan de la investigación a un inexperto y joven juez, Jean Louis Trintignant, seguros de que va a tratar el caso como ellos quieren que se trate, un simple accidente provocado por un motocarro descontrolado. Por desgracia, el juez les sale íntegro, y empieza a tirar de la manta, deteniendo e interrogando sospechosos hasta involucrar en el atentado a los más altos cargos del estado mayor.

“Z” se trata de una película vibrante, muy ágil en su planteamiento, con mucha acción y un gran compromiso político. Los papeles de Renato Salvatore haciendo de cruzado derechista, y de Irene Papas como la resignada esposa de Yves Montand, le otorgan a la trama la grandeza que suelen aportar actores de su categoría. La inconfundible música de Mikis Theodorakis, y la cuidada ambientación, contribuyen también a sumergirnos en una atmósfera de reivindicación política de la que no podíamos sustraernos los espectadores en aquellos delicados años de la transición. Creo recordar que también se podía ver a algún ultraderechista montando guardia en la puerta del cine, para tratar de disuadir a la gente de que entrara a verla. La desfachatez de la derecha griega, que trata de restarle importancia al asesinato del político, los toques de humor negro que salpican muchas de las intervenciones de los que declaran ante el juez, y por encima de todo, el dramático final, son características, todas ellas, que no dejan indiferente al espectador.

“Missing” (Desaparecido, 1982) llegó a España más o menos en su fecha de estreno. Protagonizada por Jack Lemmon y Sissy Spacek, nos cuenta la búsqueda que emprende un padre americano para encontrar a su hijo, un joven periodista, acompañado de su nuera. Aunque la ciudad militarizada en la que transcurre la acción no se nombra explícitamente, el director nos da muchas pistas para saber que se trata de Santiago de Chile, justo después del golpe militar de Pinochet que acabó con el gobierno legítimo de Salvador Allende.

Era la primera vez que se podía ver a Jack Lemmon interpretando un papel que no fuera de comedia. Al principio culpa a su nuera, y a su hijo, de haberse metido en algo que no les correspondía, de haberse buscado en cierto modo el lío en que estaban por sus tendencias revolucionarias e izquierdistas. Poco a poco, y de una forma bastante dolorosa en ocasiones, se va encontrando con la sordidez, la brutalidad y el salvajismo que rodearon aquel episodio de la vida de Chile. Al comprobar, casi sin podérselo creer, que Estados Unidos contribuyó directamente al triunfo de Pinochet, comprende que la vida de su hijo había estado sentenciada desde el principio.

Me duele recordar ciertas escenas de esta película, que me produjeron una gran tristeza y que aún, hoy en día, soy incapaz de volver a ver. La mayor parte están relacionadas con la visita que hace el padre al estadio de fútbol, en el que permanecen todavía miles de prisioneros, esperando la mayor parte de las veces un desenlace que se nos muestra, en una escena concreta, en toda su crudeza: un prisionero camina, desnudo, por uno de los largos pasillos del estadio. Al fondo, se escucha una descarga de fusiles, y el prisionero, involuntariamente, se encoge y se detiene. El soldado que le acompaña le empuja para que siga andando hacia la muerte segura. Sobrecogedor. Muy duras también las escenas relacionadas con el toque de queda, o la de los muertos que salpican las aceras en los controles militares. Una atmósfera de muerte y destrucción perfectamente conseguida por Gavras, por no mencionar la desesperación y la impotencia de un padre que descubre que a su hijo se lo han cargado como a un perro.

“La caja de música”(1989) es otro gran título de este director. En esta ocasión, la siempre sensual Jessica Lange interpreta el papel de una prestigiosa y buen posicionada abogada de Estados Unidos, hija de un refugiado húngaro, Lazlo, magistralmente interpretado por Armin Mueller-Stahl, y que no hace otra cosa que alabar al país que le dio acogida. Por una extraña pirueta del destino, el padre es acusado de haber colaborado con los nazis cuando estos ocuparon Hungría durante la Segunda Guerra Mundial. Su hija, absolutamente convencida de la inocencia de un padre al que considera progresista y un tótem sagrado de la inmigración que provocó el conflicto, se siente en la obligación de demostrar su inocencia, por lo que no duda en presentarse en Budapest a la búsqueda de pruebas. La altanería y el convencimiento iniciales van dando paso a la duda a medida que la abogada choca frontalmente con un pasado sórdido, plagado de muertos flotando en el río. Un pasado que sale a la luz gracias a los escalofriantes testimonios de supervivientes de aquel horror, que susurran sus horrores a una cada vez más sensibilizada Jessica Lange. Otra vez juega Costa Gavras con los sentimientos paterno filiales, como ya hiciera en “Missing”. La abogada tendrá que escoger, ante la evidencia que le muestra una caja de música que le ha regalado una anciana en Budapest, entre el amor filial y su deber ante la justicia. Un gran film, muy ameno, la mayor parte del cual se rodó en un Budapest que aparece ante nuestros ojos neblinoso y sombrío, en ajustada mimetización a la historia que se nos está narrando.

La última película que quiero comentar de este director (hay otras muchas, pero por razones de espacio y de salubridad mental vuestra no me quiero extender más) es “Amén”(2001), en la que se nos trata de mostrar no ya la consabida tibieza del Vaticano ante los crímenes nazis, durante el papado de Pío XII, sino incluso la descarada ayuda prestada por tan famoso Estado a muchos criminales de guerra a la hora de trasladarse a países como Argentina, Brasil o Paraguay.

La película nos relata el arrepentimiento de un oficial alemán al comprobar, a través de un agujero practicado en una puerta metálica (otra magistral y recordable escena de este maestro del séptimo arte), el horror que se puede conseguir con el gas que él mismo ha contribuido a desarrollar. La Iglesia no tiene ninguna prueba de que los alemanes estén exterminando judíos, y este oficial se encarga, jugándose la vida, de hacerle llegar a un sacerdote las pruebas del horror. A pesar de la evidencia, los más altos cargos eclesiásticos se niegan a condenar el régimen de Hitler. Entre escena y escena, en un alarde de capacidad para provocar la angustia en el espectador, Gavras nos muestra los trenes que van cargados y vuelven vacíos de los campos de concentración. Mientras el vaticano duda, el número de muertos va creciendo. Eso es lo que quiere transmitirnos el director cada pocos minutos. La incredulidad de la curia ante las pruebas que aporta el sacerdote, o tal vez su complicidad, provocan una sensación de tristeza y resignación bastante difícil de olvidar, que llega al paroxismo cuando el oficial alemán encargado del campo habla, ya hacia el final de la película, de su inminente exilio a Argentina.

Costa Gavras, posiblemente el director comprometido políticamente que más adeptos consigue captar a su causa, gracias sobre todo a la maestría en el uso de las emociones como herramienta fundamental para transmitir sus ideas.

viernes, 1 de febrero de 2008

La kermesse heroica



Seguramente os veréis en un auténtico dilema si a alguien se le ocurre preguntaros cual es vuestra película preferida. Imposible dar una respuesta, al menos por mi parte. Siempre nos queda el recurso de seguir la corriente más o menos enteradilla, y contestar con títulos como “Ciudadano Kane”, “La regla del juego” o “Casablanca”, consideradas las tres, según el crítico al que se le pregunte, como las mayores joyas de la historia del cine. Puedo estar más o menos de acuerdo con “Ciudadano Kane”, o incluso con “Casablanca”, pero os puedo asegurar que, por más que veo una y otra vez “La regla del juego”, sigo sin encontrarle esa nota de genialidad que la convierte en la mejor película del mundo según la mayoría. Y digo esto a sabiendas de que me busco la excomulgación de los puristas, pero ya que no me considero un purista, me atrevo a decir, y lo digo, que existen muchas películas mucho mejores que las tres citadas, tanto antiguas como modernas, y que la elección de cada uno en un momento dado de su vida puede variar notablemente con el paso del tiempo.

Todo esto viene a cuento porque me resulta inexplicable que una película como “La kermesse heroica” no figure en ninguna selección más o menos erudita sobre cine. Ni siquiera en esa especie de biblia cinematográfica titulada “Las cien mejores películas”, de John Kobal, publicada por Alianza Editorial, se menciona esa auténtica joya del cine coral, rodada en Francia en 1935, en plena época de entreguerras. Fue dirigida por Jacques Feyder, un hasta entonces director de películas de cine mudo, que tuvo que exilarse de su país después de rodar este título. Si me obligaran a elegir una película entre todas las que he visto como la número uno, es muy probable que me quedara con esta.

El tranquilo pueblo de Boom, en el Flandes ocupado por España, prepara la kermesse anual. Corre el año 1616. Han quedado atrás las terribles batallas de ocupación, y se vive una época más tranquila, aunque los más veteranos evocan todavía con auténtico temor los terrores pasados. El alcalde posa para un joven pintor en compañía de los concejales, la hija del alcalde mira al infinito, enamorada precisamente del joven pintor, el carnicero trafica con el alcalde, que es ganadero, el matrimonio con su hija, ofreciéndole comprar todas las reses si se la entrega. La población llena las animadas calles...Una situación de lo más bucólica, que se interrumpe bruscamente cuando tres emisarios españoles, a cual más malencarado, se presentan en el pueblo anunciando la inminente llegada del Conde Duque de Olivares y su ejército. Al burgomaestre no se le ocurre otra idea mejor, para recibirlos, que hacerse el muerto, esperando que la situación de luto disuada a los españoles de quedarse en el pueblo. La mayoría de los hombres toman la decisión de esconderse, y son las mujeres, encabezadas por Cornelia, la propia mujer del alcalde, las que deciden hacer frente a la situación. Cornelia, una mujer de fuerte carácter, está interpretada por Francoise Rosay, esposa en la vida real del director de la película.

La hija de Cornelia y su querido pintor se suben a un campanario, y desde ahí anuncian la llegada del ejército al resto de mujeres de la población. Los tambores preceden la llegada de los terribles españoles. De la carroza real se bajan, por este orden, un enano, un fraile tonsurado, y el mismo Conde Duque de Olivares. Son recibidos por Cornelia, que viste de luto, y otras mujeres notables de la población. Al nerviosismo inicial le sigue la tranquilidad, motivada por la constatación de que los españoles no parecen tan fieros como los han pintado los más agoreros. Al contrario. Sus oficiales son altos, muy morenos, con bigote, apuestos...Mientras entran en el pueblo, comienzan a cruzarse inequívocas miradas entre las mujeres y los soldados. Las damas principales (la del alcalde, la pescadera y la dueña de la única posada) toman el brazo del Conde Duque y de dos oficiales. “Al menos siguen manteniendo el rango”, murmura el cobarde alcalde desde su escondite.

Los habitantes de Boom quedan fascinados con sus improvisados visitantes, que muestran unos modales y un saber estar dignos de admiración. No en vano, la mayor parte del séquito ha recorrido mucho mundo, y además son corteses, galantes y amables. La dueña de la posada cae en brazos de varios oficiales, en una sucesión de escenas dignas de figurar para siempre en la historia del cine, pasando de una habitación a otra con la excusa de remendar las descosidas camisas o banderas de sus huéspedes. Hacia el final de la película, cuando su inocente marido le pide que le remiende una manga, la pobre mujer, cansada, le contesta “ya no me queda hilo”.

Resulta curioso emitir un juicio sobre la forma en que se representa a los españoles. Muchos se sentirían ofendidos a causa de la muestra de dos personajes bastante pintorescos, el enano y el fraile, avariciosos, inquisidores y ciertamente poco saludables. Sin embargo, el Conde Duque de Olivares es un personaje encantador, caballero, con unos modales exquisitos y extremadamente culto. El ejército está compuesto de soldados educados, procedentes algunos de Italia o Suiza, caballerosos y apuestos. Una imagen de la España de la época bastante poco habitual tanto en el cine como en la literatura. A veces he pensado que la película no fue muy bien acogida en Francia precisamente por la imagen que daba de los españoles, aunque también he leído por ahí que estuvo prohibida durante muchos años por su espíritu colaboracionista, relacionado con el gobierno de Vichy, que se puso al servicio de Alemania en contra de los intereses de los propios franceses. Se tachó a la película de filogermana, a pesar de tratarse de una comedia.

El cobarde burgomaestre se va poniendo cada vez más nervioso, al comprobar que los habitantes de su pueblo están confraternizando en exceso con los invasores. En la posada, todo el mundo come, bebe, baila y se divierte en un ambiente de sana camaradería. El Conde Duque firma como testigo en la boda de su hija con el joven Breuguel, oficiada por el dominico tonsurado. Su mujer empieza a dejarse envolver por el indudable encanto del noble español. La situación, en definitiva, se le escapa completamente de las manos, pero tampoco se atreve a dejarse ver, actitud que le conduciría directamente a la horca.

Transcurre la noche. Nunca sabremos si Cornelia ha caído en brazos del español. Su enigmática mirada hacia el final, cuando anuncia que Olivares a dispensado a Boom durante un año de pagar impuestos, parece no dejar casi lugar a dudas. Su marido, rizando el rizo en su papel de tonto y cobarde redomado, saluda al pueblo como si fuera el héroe de todo lo que ha ocurrido. Los soldados se despiden de sus amantes. Cuando se reúnen en la plaza para partir, sus fusiles están adornados con ramos de flores.

Uno de los aciertos de la película es la fotografía. Intencionadamente, el maestro Lazare Meerson consigue en cada fotograma evocar los cuadros flamencos de la época. Rembrandt, Brueghel o Franz Hals parecen estar presentes en cada rincón, en cada toma. Resulta a veces decepcionante que la película sea en blanco y negro, tal es el colorido que intuye el espectador. También es importante la música, prácticamente omnipresente a lo largo de todo el metraje, y que consigue enfatizar la grandeza de cada escena. En este sentido, os recomiendo, en caso de que esta entrada haya servido para que os apetezca verla, que lo hagáis en versión original, ya que el doblaje de la versión en dvd está tan deficientemente hecho, que ha conseguido eliminar la música la mayor parte de las veces.

“La kermesse heroica”. Una magnífica película coral que no debe faltar en la videoteca de ningún amante del buen cine.

martes, 29 de enero de 2008

El maestro del humor negro. Roman Polanski


A muchos de los que hayáis estado en Eurodisney (y no digamos a la minoría que haya tenido la fortuna de visitar Disneyland en Orlando) os habrá fascinado, por encima de muchas otras atracciones, la llamada Phantom Manor, en castellano “La mansión de los fantasmas", en la que el viajero se embarca en un macabro viaje poblado de fantasmas, esqueletos, novias ensangrentadas, pianistas enloquecidos y muertos vivientes en general. En uno de los escenarios más conseguidos, se puede ver, en un gran salón, a un incierto número de parejas, de rostros cadavéricos y ataviados con ropas ajadas, bailando al ritmo de un sugerente vals. No me cabe duda de que el tétrico baile está inspirada en la escena cumbre de la película que supuso la puerta de Roman Polanski para acceder al universo de Hollywood: “El baile de los vampiros”(1967), protagonizada por el propio Polanski y una bellísima Sharon Tate, que poco más tarde se convertiría en su esposa.

“El baile de los vampiros” es probablemente la primera desmitificación del cine de vampiros, rodada en una época en la que hacían furor las películas que la Hammer le dedicaba al tema. El subtítulo “perdone, pero sus dientes están en mi cuello” ya apuntaba, antes de verla, al marcado sentido del humor de la cinta. Las andanzas de Ambrosius y su ayudante, el mismísimo Polanski, a la búsqueda de vampiros a los que eliminar con la consabida estaca clavada en el corazón, constituye un entrañable homenaje a todo un género que, a partir de entonces, ya no nos produciría tanto miedo. La presencia de Sharon Tate, en la plenitud de su belleza, contribuye sin ninguna duda a elevar la calidad de la película. La sugerente música de Krzystof Komeda, amigo inseparable de Polanski hasta su muerte en accidente de tráfico en 1969, la cuidada ambientación y el destartalado vestuario de los vampiros asistentes al baile en cuestión, convierten esta película en un producto difícil de olvidar para cualquiera que lo haya visto.

Rodó Polanski a continuación “La semilla del diablo”(1968), uno de sus títulos más emblemáticos y polémicos. Rodada íntegramente en el famoso edificio Dakota, sobre el que se han escrito miles de páginas de parapsicología y misterio y que sirvió a su vez como escenario para el asesinato de John Lenon, nos cuenta la terrorífica aventura de Rosemary, interpretada por una jovencísima Mía Farrow, a la que toda una secta de ancianos vecinos del mismo edificio se encarga de preparar, sin que ella misma se de cuenta, para ser la madre del mismo diablo, o más bien de su hijo. Para ello, los ancianos (la mujer anciana es Ruth Gordon, la de “Harold y Maude”) no dudan en contar con la connivencia del marido de Rosemary, Guy, sin duda el mejor papel interpretado por John Cassavetes en toda su carrera de actor. La grandeza del film reside en la capacidad de Polanski para crear horror sin mostrar horror, ni al psicópata ni al asesino de turno. Únicamente la claustrofóbica sensación de amenaza obsesiva y constante que sufre la protagonista, al parecer sin ningún motivo aparente (su marido le llega incluso a insinuar que está perdiendo por completo la cabeza). Una narración perfecta, sin estridencias ni aceleraciones innecesarias, sin grandilocuentes efectos truculentos, pero capaz de despertar en nosotros la insoportable sensación de creciente paranoia que está sufriendo la protagonista. Una característica, la de claustrofobia y ambiente amenazante, muy propia de casi todo el cine de Polanski.

Al año siguiente del estreno de esta película, en 1969, Polanski sufrió el suceso probablemente más trágico de toda su existencia: el asesinato de Sharon Tate, embarazada de ocho meses, y un grupo de amigos, a manos de Charles Manson y sus alucinadas seguidoras. La prensa americana se cebó en el director, que durante la masacre estaba presentando una película en Londres. Culpaban al grupo en general de consumir drogas y beber alcohol, y algún titular decía incluso “se lo han buscado”. Ante tan deprimente perspectiva, Polanski decidió volver a Europa, donde rodó unos cuantos títulos antes de volver por la puerta grande, en 1974, con “Chinatown”, un soberbio homenaje al cine negro de todos los tiempos, con Jack Nicholson, Faye Dunaway y el mismo John Huston interpretando el papel de villano especulador. Polanski se reservaba un curioso papelito, de matón de pequeño tamaño. Es memorable la escena en la que le raja la nariz a Jack Nicholson con su navaja.

“Lunas de hiel”(1992) está basada en la novela del mismo título de Pascal Bruckner. En el claustrofóbico ambiente (otro más) de un crucero en navidades, Nigel y Fiona (Hugh Grant y Kristin Scott Thomas) conocen a Mimi (Emmanuelle Seigner). Desde el primer momento, Nigel cae atrapado por la magnética belleza de la mujer. Cuando la acompañan al camarote, conocen al marido, Oscar (Peter Coyote), quien, después de retar a Nigel para que trate de ligarse a su mujer, procede a contarle la extraña historia de su relación, basada en una irrefrenable pasión inicial, la posterior saturación y aburrimiento, que hace que Oscar acabe repudiando a Mimi, el accidente que clava a Oscar en una silla de ruedas y la absoluta dependencia posterior de su mujer, que disfruta restregándole por la cara todos sus ligues, en una especie de venganza-humillación plagada de desdenes y perversiones cada vez más subidas de tono. Un canto al sado-masoquismo más salvaje, visto desde una perspectiva que cabalga a caballo entre la ironía y la más absoluta desvergüenza. Un ridículo Oscar, pasado de todo, trata de empujar al pobre Nigel, con el simple propósito de divertirse, al abismo de locura que ha presidido su vida durante los últimos años. El estilo, la clase y la inocencia de la pareja formada por Nigel y Fiona contrasta profundamente con la podredumbre humana en que se han convertido Oscar y Mimi. A destacar la abigarrada ambientación y barroquismo de las escenas más fuertes, así como el cinismo y la crueldad presentes en todo el relato de Oscar. Nigel es incapaz de sustraerse al embrujo de la historia que le están contando, y se inventa noche tras noche peregrinas excusas para acudir, como un enfermo, al camarote de la depravada pareja. Uno de los pocos casos en los que la película es muy superior a la novela, que sin ser mediocre, no llega ni de lejos a igualar la magia de Polanski.

Me cuesta trabajo hablar de “El pianista”(2002), una de las películas sobre el holocausto judío más duras que haya visto nunca. El mero hecho de recordar algunas de las escenas más trágicas de la historia del cine me provoca un gran desasosiego. Nada que ver con “La lista de Schindler”, de Spielberg, a pesar de que muchos se empeñan en compararlas. “La lista” se deja llevar a veces por el sentimentalismo intrínseco de su director, y relata la tragedia desde un punto de vista bastante más maniqueo que el del director polaco. En “El pianista”, el maligno Polanski consigue transmitirnos la sensación de la normalidad del mal, la sensación de que las cosas que sucedieron estaban perfectamente orquestadas, hasta el punto de que los judíos ni siquiera sospechaban la malignidad de lo que les estaba ocurriendo. Los testigos asienten incrédulos a las mayores injusticias, como si todo aquello no fuera con ellos. La aparente normalidad del horror más absoluto es algo que ningún otro director ha conseguido con la maestría que desarrolla Polanski en este título. En una especie de trágico guiño a la película de Spielberg, un prisionero judío espera pacientemente, con la inocencia de un cordero, el tiro de gracia que finalmente le suelta un soldado alemán al que se le había encasquillado la pistola.

“El pianista” recoge muchos de los recuerdos de infancia del propio Polanski. En una nefasta decisión, la familia decidió refugiarse en Cracovia, huyendo de París, con la equivocada esperanza de mantenerse a salvo. Su propia madre murió en un campo de concentración, y el propio Polanski sufrió en sus carnes los horrores de aquella enloquecida época. Con la frialdad de un cirujano, Polanski exorciza sus propios fantasmas, y los comparte con nosotros. En alguna entrevista dijo que le había costado muchísimo rodar ciertas escenas, de tan vivos como mantenía los recuerdos, pero que le había venido muy bien para su paz interior compartir sus recuerdos con los espectadores.

No quiero extenderme más. He comentado las películas que más me han impresionado de este gran director, dejándome en el tintero títulos tan sugerentes como “El cuchillo en el agua”(1962), “Repulsión”(1965), “Cul de sac”(1968) o “El quimérico inquilino”(1976), considerada por muchos admiradores como su mejor película. Podría seguir escribiendo durante un buen número de páginas, pero correría el riesgo de aburriros, y creo, sinceramente, que la entrada sirve perfectamente como semblanza de este gran director polaco.

viernes, 25 de enero de 2008

El hombre de las dos caras. Ken Russell



Posiblemente una de las escenas más sugerentes de la historia del cine: Los dueños de la mina salen en su coche, un magnífico descapotable antiguo, de color blanco, con asientos de cuero teñido de rojo. Impecablemente vestidos, circulan despacio, se podría pensar que adrede, entre dos filas de obreros de rostro ennegrecido por el polvo de la mina, sudorosos y vestidos de negro. La riqueza y la pobreza, el poder y el trabajo duro, la luz contra la oscuridad, merced al genio de un director capaz de sorprendernos y fascinarnos, o de despertar nuestro odio más visceral, a partes iguales, y en ocasiones en el mismo título. Ken Russell, nacido en 1927, creador de joyas como “Mujeres enamoradas”(1970), a la que pertenece la escena descrita, “La pasión de vivir”(1970), “Una sombra en el pasado”(1974), “Tommy”(1975) o “Prisioneros del honor”(1993), y creador también de productos tan infumables, o de difícil catalogación, por ser un poco piadoso, como “Gothic”(1987), “Lisztomanía”(1975), “La guarida del gusano blanco”(1989) o “Salomé”(1988). La muestra viviente de que el genio no tiene porqué estar reñido con la insolencia visual más salvaje.

Otra escena de “Mujeres enamoradas” que me entusiasmó fue la que muestra a Alan Bates (desde “Zorba el griego se convirtió en uno de mis actores preferidos) y a Jennie Linden, en lo que parece ser una cordial tarde de merienda en el campo. Los amantes discuten, hasta el punto de que la mujer abandona a Alan Bates, que se apoya abatido en el coche. Al momento vuelve ella, con unas flores rojas en la mano. “¿No son preciosas?”, le dice a Alan Bates mientras se las entrega, como si no hubiera pasado nada. ¿Se puede idear un modo más simple de reflejar el amor?. “Mujeres enamoradas” es posiblemente una de las películas más sensuales que se hayan rodado nunca. Ken Russell consigue explorar, de una manera magistral, el romanticismo y la sexualidad femeninas, contándonos la historia de dos mujeres que se sorprenden cada día, a medida que van descubriendo lo que son capaces de experimentar en el terreno del amor. Basada en la novela de D.H Lawrence del mismo título, uno de sus mayores logros consiste en la perfecta ambientación de la época en que se desarrolla.

Perfectamente ambientada también resulta la corta en cuanto a duración “Prisioneros del honor”, protagonizada por Richard Dreyfus y Oliver Reed, y que nos cuenta un caso militar que conmocionó Francia allá por el año 1890. El oficial del ejército francés Alfred Dreyfus, al parecer de origen judío, es acusado de pasar información a los alemanes, y después de un juicio rápido y absurdo, es condenado y trasladado a la isla del Diablo. A raíz de la famosa carta que Zola publicó en un famoso periódico, y que tituló “Yo acuso”, se reanuda una investigación, en la que el abogado Picquart tendrá que enfrentarse a las reticencias del alto estado mayor por mostrar la verdad. Una estupenda historia, reflejo de una época en la que el antisemitismo empezaba a hacer su aparición.

¿Y que decir de “Tommy”, estrenada en 1975 en olor de multitudes?. Esa película marcó un antes y un después en el panorama del cine musical de todos los tiempos. Las escenas protagonizadas por Elton John y Tina Turner, entre otras muchas, deberían ser de obligada visión para los que disfrutan de la buena música. La impactante música de los Who, la riqueza visual que despliega Ken Russell en todas las escenas, la fascinante historia del niño que se queda ciego, sordo y mudo cuando contempla un horrible crimen, y el barroquismo que impregna toda la película, contribuyen a levantar una auténtica catedral de la cinematografía de todos los tiempos. Por aquella época solo se hablaba de “Jesucristo Superstar”, merecedora por si sola de una entrada en exclusividad, y de “Tommy”. “Quadrophenia”, otro mito musical, que comparte con “Tommy” el privilegio de contar con música de los Who, llegaría a España mucho más tarde. La participación de Roger Daltrey en “Tommy” le debió servir a Ken Russell para rodar, muy poco después, y contando con el mismo autor, una especie de despropósito en el que se muestra de forma distorsionada y más bien surrealista la vida del compositor Franz Liszt, versión viaje de peyote.

Ken Russell salpica con sugerentes piezas musicales sus dos biopics de Tchaikovsky y Mahler, “La pasión de vivir” y “Una sombra en el pasado", respectivamente. En esta ocasión, y en ambas películas, el director demuestra su maestría, al mezclar ambientaciones perfectas con las extrañas escenas oníricas que salpican toda su producción.

Sugerente y fascinante también el título “Un viaje alucinante al fondo de la mente”, la única incursión de Ken Russell en el género de Ciencia ficción, en la que un debutante William Hurt interpreta a un científico obsesionado con explorar el lado más oscuro de la mente, ya sea a base de elementos como la cámara de vacío, que se puso de moda a partir de entonces en los gimnasios más elitistas, o a base de consumir medicamentos y barbitúricos de alto poder alucinógeno. Nada mejor que el estado alterado de la mente para desarrollar de nuevo, a toda máquina, la desbocada imaginación visual del director. Un título de impactante desenlace, en el que el científico encarnado por Hurt soporta experiencias que hacen que la locura parezca una bendición.

Otro viaje a la locura y a los desenfrenos sentimentales más intensos lo constituye “La pasión de China Blue”, protagonizada por una Kathleen Turner en plenas facultades físicas y mentales, y el siempre estrambótico Anthony Perkins, en el papel de sacerdote que combate el pecado sumergiéndose de lleno en el. Tanto la música como las luces y las sombras de esta película son dignas de recordar. Las escenas en las que la esporádica prostituta seduce al inquisidor están perfectamente resueltas. Pura poesía visual.

Existe otra película digna de mención en esta entrada, pero os remito a la colosal crítica que de la misma hace mi buen amigo Andrés Pons en su libro “El terror según Pons”. Tan memorable es la reseña, que yo, sin haberla visto, después de leerla estoy deseando conseguirla. Se trata de “Los demonios”(1971), basada en el libro “Los demonios de Loudon", de Aldoux Huxley, en la que se narran los acontecimientos que ocurrieron en Loudon, y que terminaron al parecer con las murallas de la ciudad destruidas y el clérigo Grandier abrasado por las llamas.

Un director barroco, genial y polémico a partes iguales, que rechazó el guión de “La naranja mecánica”, cediendo el placer de rodarla a Stanley Kubrick. Puede gustar, escandalizar, disgustar o encantar, pero lo que nadie puede negarle es que jamás ha sido capaz de provocar indiferencia.

Gracias a Juan Valdividia por las dos acuarelas que ilustran este artículo. El reto era complicado, pero la maestría de Juan es capaz de superar cualquier obstáculo que se le ponga por delante.