
Título emblemático para tomar conciencia de lo absurdo de cualquier conflicto armado, “Gallípoli” refleja a la perfección la honestidad y la nobleza de unos jóvenes ilusionados con la vida, enfrentados a la enfermiza mentalidad guerrera y adoradora de la muerte de unos altos mandos que no dudan ni un momento en enviarlos al matadero. Las escenas de la carrera de Mark Lee contra un caballo, amenizada con la por aquel entonces famosa música de Jean Michel Jarre (se trata de “Oxígeno”, que sin duda recordareis), la desesperación de los atildados británicos, al pie de las pirámides, ante esos indisciplinados soldados australianos, la llegada bajo una lluvia de bombas a Gallípoli, y la desesperada y emotiva carrera final de Mel Gibson para tratar de impedir la masacre, forman parte indeleble de la historia del cine. Por no mencionar la última carrera, antes de morir, completamente en silencio, del protagonista. Una maravilla que no puede dejar indiferente a cualquier espectador que no tenga un mínimo de sensibilidad. La crítica de la época hablaba así de la película: “Retrato de la amistad mucho más grande que la propia vida. La escena final se antoja uno de los finales más emotivos y tensos del cine moderno. Meticulosa dirección dotada de una rara habilidad para destripar emociones” (Luis Martínez: Diario El País).
Poco después, en 1983, pudimos ver “El año que vivimos peligrosamente”, la historia de un reportero, Guy Hamilton (interpretado de nuevo por Mel Gibson) que vive en primera línea los sucesos acaecidos en Indonesia en 1965. Una historia de amor, coprotagonizada por Sigourney Weaver, ambientada en el tenso escenario de un conflicto político, la insurrección contra el régimen dictatorial de Sukarno, que tuvo gran repercusión. Resulta curiosa la presencia de Linda Hunt, una actriz que interpretaba a un hombre, Billy Kwan, de pequeño tamaño pero de gran calado filosófico, y buen conocedor de la situación de su país. Tan fascinante resultaba la presencia de este personaje, que la Academia no dudó en otorgarle ese año el oscar a la mejor actriz de reparto. Como muestra, he recuperado uno de los diálogos más impactantes mantenidos entre el periodista y su amigo indonesio:
Billy Kwan: La gente preguntaba que debemos hacer entonces.
“El show de Truman”(1998) nos muestra el apocalíptico poder de la televisión. El pobre Truman (Jim Carrey) vive una vida perfecta, en la que todo está milimétricamente ordenado, enfocado y dirigido a que toda su existencia no sea más que un programa de televisión, en tiempo real, de máxima audiencia. Los personajes que rodean a Truman, que al parecer ha nacido incluso en el plató, son actores contratados al efecto, con auriculares a través de los cuales el centro de control les indica cada paso a dar en cada momento. Las novias que ha tenido Truman, sus amigos...Todo es falso. La ciudad en la que vive, el lago, todo está encerrado en una gran cúpula de tela destinada a simular el efecto de realidad. El creador de tan magna idea, Ed Harrys, tendrá que componérselas para engañar a un Truman que de repente, y a causa de unas pocas situaciones inesperadas, empieza a desconfiar, cada vez con más intensidad, de todo lo que le rodea. Las sospechas del personaje contribuyen a que el público del programa tome postura, a su favor o en su contra, deseando que encuentre la verdad unos, y que siga en su falso mundo una buena parte de la audiencia. El discurso de Ed Harrys hacia el final, con el aire de sumo creador de todo lo visible e invisible, no consigue que Truman desista en su empeño de salir de esa falsa vida a la que le han confinado sin ser consciente jamás de ello. Uno de los grandes logros de la película es el de mostrar la sospecha paulatinamente, poco a poco, como si los primeros treinta años de la vida del personaje los hubiera pasado completamente en el limbo. Una buena actuación de Jim Carrey, actor que a mi al menos me convence cuando no muestra ese catálogo de gestos histriónicos con el que suele amenizarnos en la mayoría de sus títulos.
Y quiero comentar finalmente “Master and Commander”(2003), un digno regreso al cine de aventuras de todos los tiempos, interpretado por Russell Crowe (Jack Aubrey) y el siempre acertado Paul Bettany (Stephen Maturin). La película está basada en las novelas que escribió Patrick O´Brian, situadas en torno al año 1805, en pleno período napoleónico, y recoge distintos episodios, como la persecución del Acheron o la estancia del médico (Paul Bettany) en las Islas galápagos para recuperarse de una delicada operación que se ha infligido a sí mismo. Correcta en su planteamiento, “Master and Comander” despierta los sentidos de cualquier aficionado al mar y a la navegación. Las tomas de las naves desde el cielo resultan muy cuidadas y sugerentes, así como la ambientación musical, basada en piezas y autores de la época. Una buena y digna muestra de que la comercialidad y los altos presupuestos no tienen porqué ser un obstáculo para hacer buen cine cuando el director de orquesta es tan válido como nuestro amigo de Sydney.





