domingo, 4 de marzo de 2012

Elling


Hace tiempo que aprendí algo que me ayuda mucho en esta afición a la literatura, al cine, al teatro: a no fiarme de las apariencias. En absoluto. La carrera del lector o espectador es ardua, dura, complicada. A veces desasosegante, otras veces agradecida, pero nunca, nunca jamás, debe de estar condicionada por las apariencias, por las críticas, por lo que nos digan los medios. No, amigos, lo siento, la capacidad de descubrir joyas, ese libro que te conmueve el alma hasta dejarte sin habla durante varias horas, esa obra de teatro que te pone la carne de gallina cuando menos te lo esperas, esa película de la que sales con lágrimas en los ojos o la mandíbula dolorida de tanto reír, se la tiene que currar uno mismo, zambullirse de lleno en ella, sin tener en cuenta críticas, apariencias o cualquier otra consideración, como la fama o la parición en revistas. Los críticos profesionales han perdido la capacidad de emocionarse ante algo desde el mismo momento en que se han hecho profesionales, y sus críticas y comentarios valen, por supuesto, pero están influenciadas por compromisos, intereses u otros elementos que nada tienen que ver con el mero disfrute de una obra, simplemente porque ya no tienen esa capacidad. Salvo honrosas excepciones, por supuesto.
¿Y a qué viene todo este discurso? Mirad la fotografía de los personajes durante un momento, por favor. ¿Cabe algo más patético? Aparentemente, Elling es un dislate, un par de “zumbaos” declamando, y posiblemente, gritando incoherencias en el escenario, pensarán muchos. Yo mismo esta tarde proclamaba en una conversación en FB, poco antes de ir al teatro, que iba a ver “a unos zumbaos”, así, literalmente. Elling jamás se hará famosa, jamás saldrá anunciada en ninguna revista que no sea de puro teatro, de las pocas que hay.
Sin embargo, y a pesar de las premisas, había algo que me llamaba la atención de la obra desde el momento que se estrenó, y ese algo es alguien, Carmelo Gómez, del que ya he dicho varias veces que para mi gusto es, con el permiso de Rafael Alvarez, “El brujo”, el mejor actor español de todos los tiempos. ¿Se iba a prestar Carmelo Gómez a interpretar un papel de loco así, sin más? No podía ser, así que me he zambullido, sin red y sin protección, en Elling.
Y os aseguro, amigo, que hacía mucho tiempo que no he disfrutado tanto de una obra de teatro.
Elling procede de la película del mismo nombre de Peter Naess, rodada en el 2001, y procedente a su vez de la tercera parte, titulada “Hermanos de sangre”, de una tetralogía del autor noruego Ingvar Ambjomsen. David Serrano hace una adaptación, que cae en manos de Carmelo Gómez cuando este está finalizando “Días de vino y rosas”, y el actor convence a Javier Gutierrez para embarcarse en la aventura. Estos datos los he sacado de la página oficial de Elling, que os invito a visitar.
No quise leer ninguna crítica, ni siquiera el argumento. Algo me hacía presentir que la obra no me iba a defraudar, como así ha sido. El planteamiento es sencillo: dos pacientes de un manicomio lo abandonan para empezar la vida en el exterior por sí mismos. El erotómano Kjel (impresionante Javier Gutiérrez), al que lo único que parece interesarle en esta vida es encontrar a una mujer con la que acostarse, se une a Elling, Carmelo Gómez, para salir al mundo exterior, después de pasar un par de años juntos en la institución. A Elling le cuesta desprenderse de la pesada influencia de su madre muerta, a la que no puede dejar de invocar cuando algún acontecimiento le supera.
Esta es la base, el punto de partida, la premisa sobre la cual se desarrolla una obra aparentemente surrealista, de esas que, cuando se abre el telón, más de uno murmura “bueeeeeno…Otra gilipollez de gritos y tonterías”, y no es eso, nada de eso. Ni mucho menos.
Elling es la actuación en estado puro. Elling es esbozar una sonrisa al salir, con el espíritu satisfecho por haber contemplado algo grande, muy grande, la esencia del oficio de Actor así, con mayúscula. Es una obra de las que hacen afición, de las que no te duele haberte gastado el dinero para verla, de las que piensas que de habértela perdido, hubieras cometido una especie de sacrilegio. Es una de esas obras en las que sales del teatro y te dan ganas de bajar corriendo por la calle, gritando su grandeza para que nadie se la pierda. ¿No os duele a veces no poder compartir algo bueno con el mayor número posible de personas? Pues ese sentimiento es el que me ha llevado, esta noche, a colocar esta entrada.
La enormidad interpretativa de los dos gigantes, convierte en pequeño el escenario. De los cuatro, en realidad. Chema Adeva y Rebeca Montero, que interpretan varios papeles, son también magníficos actores, así como el pianista Mikhail Studyenov, que a medida que transcurre el drama va tomando cierta preponderancia.
Jamás había escuchado al final, soberbio final, poético y entrañable final, de los que ponen la carne de gallina, exclamaciones de placer y emoción de los espectadores como las que he escuchado esta tarde, incluso antes de que se apagaran las luces por última vez. Jamás me había reído tanto en un momento, y emocionado en el momento siguiente. Elling está llena de matices, de giros, de momentos que te mantienen en vilo, con la atención siempre atenta, durante toda la función.
A veces me siento triste por este vicio mío de no dejarme llevar por las apariencias, y de zambullirme sin red en todo proyecto, ya sea literario, cinematográfico o teatral, que despierte mi interés. En esta ocasión, sin embargo, me siento orgulloso de esa manía mía, porque he salido con la impresión, con la certeza más bien, de que he asistido a algo grande, muy grande.
Amigos, no os dejéis llevar por las apariencias, nunca. Que ni siquiera esta entrada influencie vuestro ánimo, pero eso sí, os animo a descubrir Elling, porque creo que no os defraudará.
Un fuerte abrazo a todos.

domingo, 12 de febrero de 2012

Memento mori

En esta ocasión voy a trabajar poco.  Es un poco largo, pero merece la pena perder unos minutos para leerlo y otros tantos para reflexionar. Con un artículo tan magnífico como el que os presento, sobran las palabras. Os dejo las de David Santos Orcero:

memento mori

Sábado, 23 de Septiembre de 2006
Por mi post anterior en el blog, ya pueden imaginarse mi interés por la ética del periodo republicano de Roma. Este va tambien de lo mismo.
Hablando con unos amigos de una persona que ha llegado hace poco a su cargo de gran responsabilidad en una empresa muy importante en su sector de ámbito nacional, uno de ellos comentó: “fulanito ha comenzado a levitar demasiado pronto”. Curiosa forma de definir la acción de una persona.
Desgraciadamente algunas personas cuando ocupan un puesto de poder o de responsabilidad -la ya comentada potestas-, comienzan a hacer tonterías que ninguna persona en su sano juicio habría realizado. Me recuerda a una viñeta cómica de Brasil, donde un Fernando Henrique Cardoso -ex-presidente de Brasil-, en pleno auge de su mandato, desde el palco y contemplando una manifestación, le pregunta a su vice: ¿Quien es aquel que grita tanto allá al fondo de la manifestación? Es usted hace diez años, le responde su vice.. Por haber mencionado un ejemplo de una viñeta cómica de un político, no debemos pensar que esto es un problema de los políticos: muy al contrario, afecta a las personas independientemente del estrato cultural y del poder alcanzado, y tiene más que ver con el hecho de haber adquirido la potestas sin el periodo de “combate en las trincheras” necesario para adquirir auctoritas. Dale un pito a un tonto, dice el dicho castellano, y tendrás un tirano.
Algunas personas, desgraciadamente -para ellos y para las empresas para las que trabajan- una vez que alcanzado un cargo ejecutivo, comienzan a distanciarse de la realidad; su percepción de esta comienza a alterarse, y comienza a creerse el centro del universo y que sus opiniones, por tener un cargo ejecutivo, son correctas per se. Y los humanos de a pie que lo escuchan ven su disociación de la realidad; pero nadie quiere gritar que el rey está desnudo. Esto es la levitación, que desgraciadamente es una enfermedad que afecta a algunas personas con poder real. Todos hemos tenido al inicio de nuestra carrera profesional algún jefe tipo “Jefe de Dilbert”. Años más tarde, cuando ascendemos en la empresa y conocemos a antiguos colaboradores de sudodicho iluminado, descubrimos que muchas veces este jefe fue una persona inteligente, aguda y competente en algún momento pasado; y su visión comenzó a disociarse de la realidad en algún momento después de adquirir la potestas. Otras veces nos confirman que ya venía imbécil de fábrica, y que lo único que ha pasado es que ha tardado en descubrir su vocación: tengo particularmente en la cabeza ahora a un middle-management de la banca, reconvertido a otro sector, y que vive levitando, mientras que salta de la empresa grande en la que trabajaba y que ha sumergido en el caos a otra pequeña, sumerge en el caos a la pequeña, y retorna a la grande para seguir esparciendo caos. En base a mi experiencia, no es el primero ni el último al que la potestas le sienta muy mal.
También encontramos empresarios, de gran experiencia profesional y valía, muy competentes, que ante una situación de crisis comienzan a creerse su propia propaganda. Y van cantando, victoria tras victoria, hasta la derrota final. Han olvidado que la realidad es terca, y se suele imponer a su propia propaganda.
Algunos pueden pensar que esto es una derivación del principio de Peter, o del más moderno -y más depresivo- “principio Dilbert”. Sin embargo, si vamos un poco más al pasado, veremos que estos dos principios están completamente descaminados: el despegue de la realidad por parte de algunas personas que tienen poder efectivo es tan antiguo como el mundo.
Volvamos a Roma. Porque ya ellos sabían de este problema, y tenían una curiosa forma de plantear una solución. En la época de la república romana, existía una ceremonia, denominada Triunfo, con unas características muy interesantes. Antes de que degenerara durante el Imperio en una ceremonia de exaltación del Imperator, el Triunfo era un evento culturalmente muy interesante para el tema que nos toca. Vamos a hablar de este tema, con el enfoque que supone algo que se hacía hace dos milenios.
En la época republicana, era potestad exclusiva del senado el otorgar el triunfo a una legión; y se notaba en todos sus detalles: el triunfo era una ceremonia en la que se enaltecía el trabajo por la república realizada por una unidad militar, siempre según el principio de la virtus romana. Las condiciones para celebrar un triunfo eran muy estrictas: la primera, que el dux -comandante de las tropas- debía haber adquirido la potestas de consul o praetor; estas son dos potestas que necesitan toda una vida de ejercicio de las virtudes romanas para ser obtenidas. Además, el dux y las legiones aclamadas debían haber ganado una victoria sobre extranjeros: no valía una victoria sobre legiones romanas en una guerra civil, algo que no era visto por los propios romanos como una victoria. Los romanos nunca vieron una victoria de sus legiones sobre los propios romanos como una victoria; sino como una derrota, ganara quien ganara.
La victoria debía haber sido rotunda: al menos, debía haber exterminado a 5000 soldados enemigos. 5000 soldados enemigos, para la época, eran muchos soldados enemigos; sobre todo si tenemos en cuenta que no contaban, por supuesto, víctimas de pillaje ni civiles. Masacrar poblaciones civiles no daba derecho al triunfo. Vencer a una fuerza militar superior sí. Por si fuera poco, solamente se podía celebrar el triunfo si la mayor parte de las tropas propias volvían. Una victoria pírrica, o una batalla sangrienta no daba triunfo. Recordemos que las legiones en la época republicana aún no estaban profesionalizadas, por lo que la muerte de una legión era un daño para muchos sectores de la ciudad. Es curioso, pero si un romano de la época republicana viese uno de nuestros proyectos tipo “marcha de la muerte” los consideraría un fracaso, aunque se terminase el proyecto correctamente: comenzar con veinte programadores, y terminar con seis, de los cuales la mitad no comenzaron contigo, y contabilizando conque dentro del equipo ha habido un divorcio, tres rupturas con novios o novias, dos ex trabajadores con depresión, varios con terrores nocturnos, uno con eccemas cutáneos por estres, tres úlceras de estómago -una sangrante- y todos los programadores completamente quemados, no puede ser considerados por nadie como un triunfo. Ni siquiera por el jefe de equipo que se gana un bonus y es ascendido por su habilidad con el látigo y el mobbing. Los romanos, al menos, no lo considerarían meritorio del triunfo.
El triunfo incluía en la cabecera los símbolos republicanos, incluyendo las ágilas de las legiones homenajeadas -las ágilas eran esos bastones con un águila en la punta, donde ponía S.P.Q.R., que son las siglas de Senatus Populusque Romanus, el senado del pueblo de Roma-. Estos signos simbolizaban que la legión no había ido a guerrear a beneficio del dux, sino en nombre del senado. ¿Cuantos proyectos y cuantas decisiones se toman a beneficio de un cargo intermedio en una empresa, en lugar de por el bien del conjunto? Como representación del senado, la pérdida de un águila conllevaba la ejecución de parte de los soldados. Pero esto es otra historia, de la que ya hablaremos.
Detrás del águila iban todos los recursos que, como parte del tratado de rendición, los rendidos habían “cedido”. Oro, gemas, y otros productos preciosos, que pasaban a pertenecer al pueblo de Roma. Frente a lo que dice la mitología popular, ni el dux ni la legión se beneficiaba del pillaje de las ciudades conquistadas; los legionarios cobraban su paga todos los meses, y al final un interesante paquete de jubilación. Esto permitía evitar que las tropas se diesen al pillaje en lugar de ser disciplinadas cuando no debían serlo. No somos conscientes de la cantidad de batallas que se han perdido porque los soldados se han dedicado al pillaje con las poblaciones civiles, en lugar de a la lucha contra los ejércitos enemigos.
Inmediatamente detrás iban encadenados los prisioneros de guerra y los esclavos. Los romanos tenían la costumbre de que si tomaban una ciudad por rendición o con poca violencia, respetaban a las poblaciones autóctonas. Si la resistencia era especialmente fiera, los más valientes de los enemigos capturados eran prisioneros de guerra, que serían ejecutados. Los supervivientes eran vendidos como esclavos.
Después iban porteadores con grandes pendones con los momentos más críticos de la batalla bordados.
Finalmente, las legiones homenajeadas y el dux.
Muchos pensamos que en este evento encontraríamos una exaltación del dux, y apenas una representación mínima de las tropas, y las tropas apenas para cubrir hueco. De hecho, así era en la época imperial, y en la época moderna: en la actualidad cuando una empresa tiene un éxito, las felicitaciones orales y monetarias suelen ir para los “dux”, no para las legiones. Y las medallas se las cuelgan los “dux”. Pero no era así en la república. En el triunfo de la república, era una fiesta del pueblo de Roma a todos y cada uno de los heroicos legionarios. Todos los legionarios participaban de la celebración.
¿Y el Dux?
El dux no desfilaba en su caballo, lo que hubiese sido razonable -y más heroico-, sino una biga -un carro ligero como los empleados por las unidades de arqueros egipcias, de dos caballos-. Esto no era honroso, ni glorioso.
¿Por qué?
La razón de emplear una biga para llevar al dux es que no podía ir solo en un triunfo jamás. Siempre debía llevar un esclavo en el carro. El esclavo -lo más bajo de la sociedad romana- debía sujetar una corona de laurel encima de la cabeza del dux, que no podía tocar la cabeza del dux, y debía estar repitiendo constantemente en los oidos del dux la frase “Memento mori”. Literalmente: Recuerda que vas a morirte.
Lo del esclavo era un punto más importante y simbólico de lo que puede parecer. La sociedad romana tenía una serie de puntos muy negativos: era muy esclavista, y muy clasista. Lo más bajo de la sociedad era un esclavo. Lo más alto en aquel momento era el dux, además en pleno triunfo. Y era un esclavo, el más bajo de la sociedad, el que repetía insistentemente al dux en lo que probablemente sería lo más alto y memorable de su carrera política que iba a morir. El laurel era el símbolo del triunfo; pero nunca podía tocar la cabeza del dux. Al dux durante el triunfo no se le reconocía el privilegio de portar la corona de laurel; sólamente podía tenerla de forma temporal sobre la cabeza, sin tocarla; y además sujeta por un esclavo, hasta llegar al templo de Jupiter Optimum Máximum, donde se le ofrecía el triunfo a la triada capitolina, como símbolo de que el triunfo realmente le correspondía a los valores romanos, simbolizados por la triada capitolina. El culto a la triada capitolina se confundía con los valores romanos hasta el punto que “impietas” era indistintamente no respetar a los dioses de la triada capitolina, desobedecer al senado o traicionar a los valores de la propia Roma.
Dejando a un lado que ya sabemos de donde viene la costumbre de entregarle el triunfo de la liga de fútbol a una virgen, hay una serie de enseñanzas muy interesantes que podemos extraer. Dejando a un lado la vena salvaje que teníamos hace dos mil años -incluyendo guerras y esclavitud-, hay una serie de valores que debemos aprender del mundo romano; porque independientemente de sus errores, son aplicables al mundo moderno.
La primera enseñanza que podemos extraer de la ceremonia del triunfo es como entendían los romanos el triunfo: el triunfo de una empresa es algo que debe agradecérsele no sólamente al que “manda”; es un esfuerzo de todo el conjunto de la empresa, obtenido gracias a muchos sacrificios de todos sus pertenecientes. El triunfo no es propiedad del directivo, sino es algo de todos y que se ofrece a la empresa y a la sociedad. Para llegar el triunfo, han participado gran cantidad de personas como piezas de un engranaje. Lo que ha marcado el triunfo ha sido el equipo, no el individuo.
La segunda enseñanza es la importancia que tenía el individuo en el mundo romano: el triunfo se podía celebrar solamente si las tropas volvían. Una de las “modas” en “management” es pensar en el equipo técnico ya no como recursos, sino además como recursos fungibles. Quemarlos hasta que se vallan, y confiar en que habrá sustitutos en el mercado. Es cierto que los técnicos son sustituibles, tal y como repite incesantemente una parte del “management” que ha cosificado a sus empleados. Pero ojo: el equipo directivo también es reemplazable. Nadie es imprescindible, aunque el costo de la sustitución por la pérdida de Know-how y por el desgaste de la moral de la plantilla hace que no sea una estrategia inteligente quemar, desgastar y echar a la gente valiosa.
Por último, la enseñanza más importante hasta en el momento más álgido de su carrera, el directivo siempre tiene que recordar “memento mori”. Recuerda que vas a morirte. Ser consciente que quien es el verdadero artífice del triunfo, a quien pertenece este, y que aún en la posición más alta dentro de la cadena de mandos uno es mortal. Esto es imprescindible para no convertirse mañana en el jefe de Dilbert, o simplemente en otro que de un momento a otro comenzará a levitar.
¿Un consejo no solicitado? Evita sufrir la levitación. Evita que se convierta en tu enfermedad laboral. Mucha gente con muchísima potestas no padece levitación, por lo que es posible evitarla: basta con tener la responsabilidad para escuchar a tu equipo, y la humildad para aprender de ellos, especialmente cuando alguno de nuestros empleados nos recuerda que el rey está desnudo. No debemos jamás reprender al que te dice la verdad en lugar de lo que queremos oír. Por el contrario, debemos apreciarlo. Él es el único que tiene el valor, el coraje y la integridad profesional de recordarnos al oído: “memento mori”. Este empleado será nuestro ancla a la realidad.

¿Qué os parece? Creo que esto es aplicable a todos los estamentos de la sociedad, no sólo a los directivos. Me refiero al hecho de levitar. Todos levitamos en algún momento, cuando los tiempos que corren obligan a bajar a tierra, clavar bien hondo los pies en el suelo, y empezar a arrimar el hombro. No podemos seguir soportando que los listos, los pícaros, los fanáticos, los radicales, los racistas, los ladrones, los absentistas laborales profesionales, los vagos, los chulos, los que nos toman por idiotas mientras se lucran con nosotros, los déspotas, los acosadores, los sobornables, los codiciosos, los imbéciles,  los miserables, y todos los que en general levitan y son incapaces de producir absolutamente nada, nos sigan restregando encima por la cara su nauseabunda forma de moverse por la vida.

Os dejo el enlace por si queréis echarle un vistazo en su versión original. merece la pena:


Un fuerte abrazo a todos

martes, 7 de febrero de 2012

EL HOMBRE DE GRAFENECK

 Lorenz Hackenholt, un oficial mecánico con conocimientos de albañilería afiliado a las SS, comienza en Noviembre de 1939, tras una entrevista con Viktor Brack, responsable del programa T-4 de eutanasia compasiva desarrollado por los nazis, su trayectoria como criminal de guerra y constructor de cámaras de gas en lugares tan siniestros como Grafeneck en Alemania, Belzec, Madjanek y Treblinka en Polonia, y San Sabba en Italia.
En Mayo de 2007, con un día de diferencia, son brutalmente asesinados los jóvenes Manuel Merchant en Aínsa, provincia de Huesca, y Roberto Solano en Madrid. La prensa atribuye la muerte de este último a un asunto de drogas. Dos años más tarde, Sandra Limonero, novia de uno de los jóvenes asesinados, conoce a Bernardo Soto, un escritor, famoso en el pasado, que ha perdido la inspiración. Juntos, recorrerán los recovecos de una trama de asesinatos, oscuros secretos, amor y una acción constante, digna de la novela que Bernardo hubiera deseado escribir.
 El hombre de Grafeneck es una novela basada en hechos reales,  cuya parte de ficción transcurre paralela a la trayectoria vital del constructor de cámaras de gas del Tercer Reich. Contiene dos historias: una ambientada en la Alemania nazi, y la otra en pleno siglo XXI, unidas ambas por un hilo conductor que se irá desarrollando de una manera sorprendente y atractiva para el lector. La trama, que logra unificar dos destinos dispares, desembocará en un final absolutamente inesperado.
En el prólogo del libro “Los doctores nazis”, su autor, Robert Jay Lifton, nos cuenta que al hablarle a un superviviente de Auschwitz de los estudios y entrevistas que Lifton había realizado a varios criminales del Tercer Reich que mostraban en ellas su lado humano, este respondió: resulta diabólico que no fueran diabólicos.
A continuación, el superviviente de Auschwitz le formuló a Lifton la siguiente pregunta: ¿Cómo llegaron a convertirse en asesinos?.
El hombre de Grafeneck, novela estrictamente documentada, trata de indagar en esa cuestión, mostrando el lado siniestro de los asesinos nazis, pero también su lado humano, su día a día, sus ilusiones, sus relaciones familiares y amistosas, su forma de pensar, sus grandes y pequeñas miserias, y el mecanismo mental que les llevó a exteriorizar y a asumir como rutina de trabajo la naturaleza más perversa del ser humano.
Probablemente, tal y como daba a entender aquel superviviente de Auschwitz con su afirmación, conocer la naturaleza humana de los hombres y mujeres que participaron en aquello, resulte más terrible que imaginarlos como seres diabólicos.”
Este es el resumen de la novela “El hombre de Grafeneck”, de la que soy autor, tal y como aparece en la página de Amazon.es, lugar en el que se puede comprar a un precio muy asequible (0,89 €) en su versión digital. Os dejo el enlace que os llevará directamente hasta la novela:
También se puede adquirir en Amazon.com, para todos aquellos lectores de habla hispana desperdigados por el mundo. En este caso, además de poderse comprar en dólares, es posible leer un buen número de páginas de la novela haciendo click sobre la fotografía de la portada. El enlace es el siguiente:
Algo está ocurriendo en el mundo de la literatura. Hasta hace muy poco tiempo, quizá incluso menos de un año, el único recurso que nos quedaba a los pocos locos que tratábamos de hacernos un hueco en el mundo de las letras, era enviar nuestros manuscritos a agentes y editoriales, y esperar a que la vista de alguno de ellos se posara sobre la obra que con tanta ilusión, y con indeterminada técnica, habíamos parido. La mayoría de las veces, por no decir todas, el envío resultaba infructuoso. Una carta muy cordial, pero que a nuestra mente le producía el mismo efecto que un mazazo, rechazaba el manuscrito por variopintas razones, como las de “no adaptarse a nuestra línea editorial”, “tener cubierta durante este año nuestra cartera de autores” o, simplemente, “no tener tiempo de leer el manuscrito”. Otros, los menos por suerte (de hecho en este último envío sólo uno), te responden que les pagues una determinada cantidad de dinero, que no suele bajar de tres cifras, por tomarse la molestia de leer el manuscrito.
Ante semejante panorama, el escritor novel empieza a perder la confianza en sí mismo, y, lo que es peor, a pensar que no vale para esto, cuando la mayor parte de las veces no es verdad. Toda obra, con un mínimo de calidad, es susceptible de encontrar al lector al que le agrade. Resulta penoso emprender ese camino de lágrimas, sin que nadie se digne siquiera a leer el resumen (miento. Unos cuantos agentes sí lo han hecho y me han pedido el manuscrito para estudiarlo), así que me he decidido, aconsejado por una buena amiga, escritora de éxito, a emprender otra singladura, con la que nada tengo que perder, y sí mucho que ganar si mi obra es descubierta por la ingente cantidad de lectores de habla hispana que visitan su página.
La guerra no es entre dispositivos. Eso es una tontería. No es entre el libro digital y el libro en papel. Cualquiera que lea un buen libro digital acabará comprándolo en papel. Cualquiera al que lo que de verdad le guste sea realmente leer, usará indistintamente los dos medios, el digital y el impreso, en función de sus necesidades y espacio en la librería. Amazon está revolucionando el mercado por una sencilla razón: descubre a los lectores autores de talento a un precio muy asequible. Tal ha sido el éxito de ventas en esa página de cinco autores concretos, que la editorial B de Books los ha fichado para editar sus obras en papel. El mundo al revés. Las editoriales no están dispuestas a quedarse sin su parte del pastel. Los cinco autores con sus respectivos libros, que os invito a adquirir a un precio irrisorio, son los siguientes:
El enigma de los vencidos, de Armando Rodera
El secretodel tío Óscar, de Fernando Trujillo Sanz
Juicio final. Sangre en el cielo, de César García Muñoz
Realidad Aumentada, de Bruno Nievas
La guerra no es entre dispositivos, sino entre lectores y editoriales. Son los lectores los que tienen la última palabra, los que deciden lo que quieren y no quieren leer. Son los lectores los que eligen la temática, el contenido, el estilo que les gusta. Son los lectores, en definitiva, los que tienen la última palabra, y las editoriales se han dado cuenta de eso.
Algo está cambiando, y tengo la impresión de que va a ser para bien.

sábado, 14 de enero de 2012

"La doctrina del shock", de Naomí Klein

Todos tenemos más o menos alguna teoría sobre lo que está ocurriendo con la economía mundial en general y la española en particular. Cada cual aporta su granito de arena en función de lo que ha escuchado o de lo que hayan dicho en el informativo de la mañana. Cada cual aporta su solución, influenciada muchas veces por su matiz político, por su estatus social, por su inteligencia o por su falta de ella. Las discusiones sobre economía, sobre paro, sobre crisis o sobre la prima de riesgo, algo que antes de lo que nos está ocurriendo ni siquiera sabíamos que existía, ganan “audiencia”, por utilizar un símil televisivo, a las que versan sobre fútbol, toros, o las veleidades sentimentales de Belén Esteban. No terminamos de comprometernos, porque tampoco entendemos lo suficiente como para saber qué camino deberían tomar los políticos a los que votamos. No podemos cargar la culpa contra un enemigo interno, porque el enemigo son “los mercados”, así, como suena, con toda su carga de dispersión y falta de concreción. Damos bandazos a uno y otro lado, mientras las empresas siguen cayendo, los créditos no fluyen y el horizonte se pone cada vez más negro. Sentimos cierta necesidad de indignarnos, pero nos damos la vuelta cuando comprobamos que a cualquier movimiento en ese sentido se juntan enseguida okupas, vagos y tañedores de flauta que nada tienen que ver con nuestro estatus. Por cierto, ¿cuál es nuestro estatus?
“La doctrina del shock”, el documental que pusieron ayer en la 2, resulta muy esclarecedor en muchos sentidos. Basado en el libro de Naomí Klein del mismo título, desgrana desde los comienzos la historia de las razones de lo que nos está pasando. Es una película amena, llena de imágenes reales de sus protagonistas, que analiza un período histórico que abarca desde la gran depresión hasta nuestros días. Poco a poco iremos entendiendo las razones, los motivos, la forma de actuar y las terribles consecuencias que se derivan de la política económica a la que nos están llevando unos cuantos descerebrados sin escrúpulos. El enlace para ver “La doctrina del shock” en youtube es el siguiente:


Todo procede de las teorías económicas de un catedrático de la Universidad de Chicago, Milton Friedman, que llegó incluso, posteriormente, a ser premio nobel de economía (impagables las imágenes reales de la entrega del premio, con un exaltado que le insultó). Este hombre era partidario de desregularizar la intromisión de los gobiernos en la industria y la economía, y de la privatización de las empresas públicas, con lo que se conseguiría que los problemas económicos se resolvieran por sí mismos. Es lo que se ha dado en llamar capitalismo neoliberal o capitalismo salvaje, que entronca profundamente con las ideas, opuestas en esencia, de John Maynard Keynes, que propugnaba la intervención gubernamental en la economía para que no se desmadrara la economía en función de las tendencias fluctuantes financieras, que es precisamente lo que está ocurriendo hoy. Keynes pensaba, y lo copio de la Wikipedia, “que el sistema capitalista no tiende a un equilibrio de pleno empleo de los factores productivos, sino hacia un equilibrio que solo de forma accidental coincidirá con el pleno empleo. Keynes y sus seguidores de la posguerra destacaron no solo el carácter ascendente de la oferta agregada en contraposición con la visión clásica, sino además la inestabilidad de la demanda agregada proveniente de los shocks ocurridos en mercados privados, como consecuencia de los altibajos en la confianza de los inversionistas”. ¿Os suena? Exacto, estamos precisamente en eso. Por alguna extraña razón que se me escapa, alguien decidió en algún momento adoptar las locuras de Friedman. ¿Quién? Tanto en el libro de Naomí Klein como en el documental de la 2, queda diáfanamente claro.
Las teorías de Friedman eran demasiado descabelladas como para llevarlas a cabo en el propio territorio de los Estados Unidos. Se exportaron a Chile, como una especie de experimento. Los “chicago boys” ocuparon varios altos cargos del ministerio de economía, y en esas estaban cuando surgió el amigo Allende desafiando el poder de los EEUU. ¿Qué hizo Nixon? Quitárselo de en medio y colocar al amigo Pinochet, de infausto recuerdo. Es en este momento donde aprendemos, viendo el documental, que esa teoría económica sólo puede darse en un estado en el que se mantenga a la población adormecida, aterrorizada, ya que la primera consecuencia de la aplicación de las privatizaciones salvajes es el cierre de industrias estatales, el paro, y por lo tanto, la indignación de la población, que se neutraliza con la búsqueda de un enemigo, exterior o interior, real o imaginario, que en el caso de Chile fue la lucha contra el marxismo, en la que murieron muchas personas y se torturó a una gran parte de la población. En Argentina se hizo exactamente lo mismo, con las mismas consecuencias. En un país en el que no había parados, la implantación de las teorías de Friedman provocó la mayor inflación del mundo. ¿Qué ocurría en el mundo supuestamente civilizado? Aparentemente nada, hasta que los amigos Reagan y Tatcher coincidieron en el poder. No quiero aburriros, porque ese documental hay que verlo. El caso es que ahora todo sigue igual. Bush se buscó el enemigo fuera cuando cayó el bloque comunista, centrando el eje del mal en Afganistán primero e Iraq después (curiosa la referencia a Pakistán, un hervidero de terroristas y fundamentalismo en el que EEUU no sólo no se  fijó, sino que le financiaba y le vendía material nuclear). El documental termina con Naomí Klein poniendo un ejemplo que estremece. Después de la Gran depresión, similar e incluso inferior a la ocurrida en los ochenta y los noventa, hubo más cuatro mil huelgas, ¿sabéis cuantas ha habido en esta crisis?”, y alguien de la sala responde “dos”, despertando la risa del auditorio, y la Klein aclara “veinte”, para acabar diciendo que la única manera de parar esto es luchar contra ello “ahí fuera”.

La visión del documental me dejó claras varias cosas que ya tenía claras desde hace tiempo, pero que no conseguía entrelazar hasta ayer.

-        Ya no existen las derechas ni las izquierdas, sino las ideas particulares de los políticos. En ese sentido, el documental falla, porque trata de imbuir un cierto tufillo izquierdista con homenaje a Obama incluído, pero no os dejéis llevar por los prejuicios. Quedaos con el grano y no con la paja. Tampoco es admisible tratar de achacar todo esto a unos experimentos con electroshock que se hicieron en EEUU a mitad de siglo. Esas partes del documental son anecdóticas, y no deben restarle su verdadera esencia. No podemos seguir votando a golpe de ideología, a ultranza, a uno u otro partido. No es lo mismo el afán privatizador de Esperanza Aguirre, por ejemplo, que el proteccionismo que parecen predicar otros. No hay por qué votar en bloque. Listas abiertas, por tanto, y exigir a cada uno que nos aclare las ideas que piensa aplicar. Eso en lo que se refiere a nosotros. Contra los mercados exteriores, en principio, no se puede hacer nada, pero si seguimos privatizando, acabaremos como Chile o Argentina.

-        El capitalismo salvaje provoca que un encargado general (o un consejero) gane cuatrocientas veces más que un empleado medio. Eso trae como consecuencia 8estremecedoras las imágenes en las que se muestra esto en el documental) que se instaura una élite de supermillonarios por encima de una población sumida en la miseria. Aclaremos esto:  Toda la población acaba sumida en la miseria, salvo la élite, y no nos engañemos: ni tú, ni yo, ni nadie de nuestro entorno, formaríamos parte de esa élite, a la que sólo se accede mediante amiguismos e influencias, como deja claro el documental en el caso de Rusia, con una casta de hipermillonarios amiguetes de Boris Yeltsin que se repartieron las industrias estatales a su antojo y disfrutaban de sus fiestas en el “salvaje oeste” en que se convirtió Moscú, frente a una población que se moría de hambre. El gran triunfo del sistema Friedman es la aniquilación de la clase media, y la creación de una población esclava y sumisa que trabaja para la élite cada día más rica.

-        Nadie, absolutamente nadie, ni los políticos, a menos que se den cuenta de una vez de que están a nuestro servicio, ni por supuesto los bancos, nos van a resolver la vida. Empezamos a ser vistos como carne de cañón, como pagadores de impuestos que no rechistan. Los sueldos son cada vez más bajos, lo que impide, junto a la subida de impuestos, que podamos levantar cabeza y vivir dignamente. Eso los que todavía contamos con sueldos, por supuesto, porque el paro atenaza cada vez más y la miseria está a la vuelta de la esquina. No podemos seguir siendo conformistas y aceptando situaciones de semiesclavitud laboral. No debemos consumir nada cuya manufacturación huela a esclavitud, y creo que eso resultaría sencillo si nos pusiéramos todos más o menos de acuerdo.

Friedman murió poco después del huracán que asoló Nueva Orleáns. Poco antes de morir dijo que la zona devastada era una gran oportunidad para empezar de cero y conseguir jugosos contratos de reconstrucción en la zona. Lo mismo se había hecho en Iraq, zona en la que acabaron existiendo más contratistas que soldados. Tras el tsunami de Filipinas, los que perdieron sus pobres casa de pescadores fueron expulsados de los terrenos que aquella ocupaban para levantar hoteles de lujo. El capitalismo salvaje no es la forma de salir adelante, ni mucho menos. Conocer su filosofía es el primer paso para luchar contra él, y el documental es una buena manera de acercarse al problema. Creo que el libro del mismo título también está disponible en la red. Os invito encarecidamente tanto a ver el documental como a leer el libro. No os defraudará, os lo aseguro.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Navidad




Todo empezaba de nuevo, y ya era el cuarto año tras la pérdida.

Los primeros signos, como siempre, empezaron a mediados de octubre. Empezó a sentir la desazón al contemplar las mesas cargadas de turrones y productos navideños, colocadas en el centro del pasillo principal del supermercado al que solía acudir a comprar. La crisis, de repente, se había eclipsado totalmente ante el demoledor empuje de la Navidad. Los jamones de patanegra colgaban de sus ganchos arracimados por todas partes, junto a los productos de limpieza, o pegados a la sección de zapatería.

A los pocos días, hicieron su aparición las primeras guirnaldas de colores, colgadas de todas partes, soltando esos pelillos plateados ante la acción del aire acondicionado. Decidió entonces acudir al lugar sólo cuando resultara imprescindible, e hizo acopio de productos con la vana esperanza de resistir en su casa hasta que toda aquella locura desapareciera. Resultaba imposible. Cada dos o tres días tenía que volver, cuando se le acababa algo con lo que no contaba o cuando su hijo le pedía algún producto nuevo. Sudaba cada vez que entraba en aquel lugar, del que se había apoderado la locura.

El correo de su ordenador empezó a llenarse de mensajes de paz y buena voluntad, algunos muy bien hechos, como el de esos pitufos de color verde que bailaban espasmódicamente alrededor del árbol, con la cara de unos cuantos compañeros de trabajo. Otros trascendenetes, preciosas presentaciones de power point con lapidarias frases de Paulo Coelho o Jorge Ducay sobre fotografías de un magnífico sol naciente o poniente. De cada cuatro mensajes que le entraban, en tres de ellos le felicitaban las fiestas.

La primera tarde que escuchó “We wish you a merry christmas” le temblaron las piernas. Sonaba estridente, como procedente de una lata, enseñoreándose de toda la atmósfera del lugar, a un volumen diez veces por encima de lo que hubiera sido lo normal. Hasta que alguien se dio cuenta de que aquello no estaba convenientemente regulado, y bajó el volumen. La música pareció constituir el pistoletazo de salida oficial. Al menos, prefería esa tortura a los infumables peces en el río. Se estaba alcanzando un cierto nivel. En algún comercio caro había escuchado el año anterior a Frank Sinatra y Bing Crosby. A todas horas, eso sí, pero lo prefería al tamborilero.

Las cuatro ancianas que parecían vivir en el supermercado, o al menos esa era la impresión que le producían cuando se cruzaba con ellas, que era constantemente, corrieron por los pasillos como gallinas enloquecidas, a la caza de barras de turrón que arrojaban a la cesta entre el manojo de puerros y el detergente en oferta.  Los yogures que él colocó en la banda negra de la caja, parecían acomplejados ante los plateados envoltorios de los alfajores y las bolsas de polvorones que les rodeaban. Las miradas que le dirigían sus vecinos de fila no dejaban lugar a dudas. Sin hablarle, le estaban diciendo “¿no te llevas unas hojaldrinas?”, “¿Agua con gas en lugar de sidra “El gaitero”?”. El paroxismo se transformó en terror cuando le llegó el turno.

—Hola. ¿Tarjeta de cliente?

Miró a la cajera. El a todas luces desproporcionado gorro de Papá Noel que llevaba puesto parecía un alien que le había saltado a la cabeza para apoderarse de su voluntad. Aquella terrible visión le provocó un ahogo en el pecho que le impedía respirar con normalidad.

—N…No, no tengo.

La banda blanca del gorrito destacaba intensamente sobre la morena piel de la mujer. Observó que todas las cajeras llevaban el mismo gorro, adornados algunos con guirnaldas de colores, de esas que soltaban pelillos plateados. Algún inconsciente había colocado cables con luces de colores alrededor de las cajas, despreciando el peligro de cortocircuito que tantos watios procedentes de un producto chino podían provocar.

Corrió a casa con sus cuatro yogures. La sonrisa absurda se había instalado ya en los rostros de las personas con las que se cruzaba. Una sonrisa que duraría hasta el 9 de Enero. No había solución. Sólo le cabía resignarse, agazaparse en un rincón, intentar evitar los recuerdos, y esperar a que toda esta locura se disipara cuanto antes.

Al abrir el buzón se encontró varios sobres. La mayor parte de ellos eran felicitaciones de centros comerciales, seguros de vida, bancos y otros lugares en los que a lo largo de todo el año él se dejaba una buena cantidad de pasta. Ni siquiera las miraba. No había nada que le pareciera más patético que una felicitación de El Corte Inglés colocada encima de la televisión, la misma que esa empresa enviaba a varios millones de clientes más.

Entre felicitaciones y facturas, encontró de repente un sobre, con su dirección y el remitente escritos a mano, en tinta azul. ¿Puede existir algún loco, en el mecanizado mundo actual, que todavía escriba cartas a mano?  

Y entonces cayó en la cuenta. Claro que todavía quedaba algún loco de esos.

Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro al abrir el sobre y contemplar a un curioso Papá Noel con gafas que se dejaba llevar colgado de una estrella. Abrió la tarjeta y leyó la felicitación. Su hermano y la mujer de su hermano debían de ser de los pocos que quedaban que mantenían la tradición de la felicitación personalizada. Al leerla, se agolparon en su mente los recuerdos, aquellas salidas mañaneras de su hermano al estanco para comprar los sobres y los sellos, y a la papelería “La estrella” para elegir la felicitación de un desvencijado álbum que la dueña del negocio le enseñaba en el mostrador. Recordó la Navidad, otra Navidad, la procedente de las personas a las que amaba, que nada tiene que ver con la Navidad desnatada de los centros comerciales. Recordó aquellas salidas por el centro de Madrid, para contemplar las luces de colores con la boca abierta, y la nariz y las manos de él y sus dos hermanos pegadas al escaparate de una juguetería, y ese “Me lo pido” musical que solía acabar en media trifulca cuando alguno de ellos se pedía un juguete que le gustara a otro. Y recordó las comidas y las cenas en casa de sus tíos y de su abuela, cuando se juntaban todos a asesinar villancicos (aquello no se podía decir que fuera cantar).

Y recordando, recordando, mientras sujetaba en la mano la felicitación que le habían enviado su hermano y su cuñada, la recordó a ella.

Y recordó lo que a ella le gustaba la Navidad, lo feliz que se sentía cuando le enviaba a él al trastero a coger la caja de cartón, ya medio rota, en la que se guardaban las bolas de colores, el árbol, y las figuritas del belén. Y recordó lo feliz que se sentía ella organizando comidas y cenas para la familia, mirando el periódico para conocer el horario de la cabalgata, comprando adornos (cada año caía algo) para el centro de la mesa, o manteles con motivos navideños, o servilletas… Recordó la visita que hicieron en verano del 2008 a una tienda de objetos navideños en un pueblo de Alemania, y el brillo que se instaló en sus ojos al estar rodeada de todo aquello.

Y descubrió por fin, después de algunos años, contemplando aquella felicitación que su cuñada y su hermano habían escrito sólo para él y su hijo, personalizada de verdad, con su nombre escrito a mano y no mediante un programa informático, que la Navidad era ella, y su hermano, y su cuñada, y sus amigos, y su familia, y el reencuentro con todos ellos.

Y gracias a aquella felicitación, a aquel simple papel que encerraba sin embargo todo un aluvión de cariño y de recuerdos, empezó a recuperar de nuevo la Navidad, y a recuperarla a ella.

Feliz Navidad a todos.

Para Leticia y Jose Luis, con todo mi cariño.






jueves, 15 de diciembre de 2011

Cedo la palabra a Rosa

Lo he escuchado esta tarde en la radio. Otra mujer con coraje, que dice las cosas con un estilo claro, incontestable. Sólo quiero comentaros un detalle: al final de su discurso, se ha emocionado. Aquí está el discurso:

"Cualquier ciudadano o ciudadana que formamos parte de esta gran mayoría de víctimas de esta crisis podríamos hablar hoy aquí, en nuestra radio pública y expresar nuestra justa indignación, como voy a intentarlo yo. Cualquiera de los casi 5 millones de parados de España o de los 23 millones en Europa, muchos de ellos rozando la exclusión social, y a quienes los gobiernos de turno sólo ofrecen reformas y más reformas laborales que aumentan el paro, la precariedad y la esclavitud salarial, como es la propuesta última del presidente de la CEOE de los 400 euros para sacar del paro a nuestros jóvenes.

Cualquiera de los pensionistas que ven peligrar el futuro de sus pensiones o de esos jóvenes que ven, desgraciadamente, que hoy mismo ya no tienen futuro. Cualquiera de esos miles de autónomos y pequeños empresarios que cierran porque los bancos no les dan créditos, o los más de 350.000 deshauciados que esos mismos bancos están echando a la calle y perdiendo sus viviendas. Sí, cualquiera de nosotros estamos indignados contra este casino mafioso en el que banqueros y especuladores juegan a la ruleta y siempre ganan, bien inflando burbujas de crédito y de ladrillo o bien, que es muchísimo peor, especulando con las deudas públicas de países que están abocados a la ruina.

Y sobre todo contra estas instituciones europeas y los gobiernos entrantes y salientes que han olvidado que la democracia es el gobierno del pueblo, para el pueblo y que deben gobernar en defensa de los intereses generales y no, como de nuevo ha demostrado esta vergonzosa Cumbre Europea, gobernar en defensa de los intereses de esa minoría que conforman los mercados financieros, los especuladores, y todavía lo que es mucho peor, en beneficio propio como demuestran los escandalosos casos de corrupción de políticos.

Pero la historia confirma que cuando esos pueblos indignados se ponen en marcha se derriban dictaduras, colonialismos y muros raciales y se conquistan derechos laborales y sociales. Hoy, la Primavera Árabe y el movimiento mundial de los indignados del 15M que están desde Wall Street pasando por Londres, por Portugal, por Grecia, por el mundo entero, y se demostró el 13 de octubre, están demostrándonos que otro mundo, que otra economía más justa, solidaria y sostenible con el planeta son posibles. Por lo tanto, hay esperanza."

Estas son sus palabras, pero os invito a escuchar la entrevista completa, en la que Rosa lee este discurso y después nos invita a conocer un poco más de su vida.


Sobran mis palabras. Escuchemos atentamente las de Rosa.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Hasta siempre, Montserrat

El pasado 23 de Noviembre falleció en Barcelona Montserrat Figueras, soprano de voz prodigiosa, musa y esposa de Jordi Savall. Descanse en paz.

No soy un gran entendido en música clásica, pero consigo emocionarme cuando la escucho, y no puedo evitar indagar en todo aquello que me emociona. Dentro de la música clásica existe la parcela de las músicas antigua, renacentista y pre-barroca, todo un universo en el que destaca por encima de todos sus integrantes, tanto nacionales como internacionales, la figura de Jordi Savall, musicólogo, director de su propio sello discográfico (Alia Vox), magnífico intérprete de viola de gamba, y fundador junto a su mujer de los grupos Hesperion XX (ahora Hesperion XXI), la Capella Reial de Catalunya y Les concerts des Nations.

Tuve la inmensa fortuna de adentrarme en el mundo de Jordi Savall a través del cine, en concreto gracias a la película “Todas las mañanas del mundo”, de Alain Corneau, que trata de la relación del melancólico Sainte Colombe con un joven Marin Marais, al que el primero da clases de viola. La música de esta película, con piezas de Colombe, Marais, Lully y otros, se llevó varios premios internacionales por su alta calidad. Con ella descubrí por primera vez el inconfundible sonido Savall, la impronta de buen hacer que el musicólogo impone en todo lo que crea, la “profesionalidad sencilla” de todo aquel que sabe perfectamente lo que hace y domina su oficio a la perfección.

Como no podía ser menos, después de escuchar aquello comencé a bucear en el mundo de la música renacentista y pre-barroca de la mano de Savall, que se ha movido siempre como pez en el agua en ese registro. Tengo pocos discos, lo reconozco, pero los disfruto con pasión cada vez que los escucho. Es un placer que recomiendo a todo aquel que quiera descubrir ese mundo. Las “ensaladas” de Matheo Flecha, “Ludi Music” de Samuel Scheidt, “Cancionero de Palacio”, títulos todos publicados por el sello Auvidis, muy frecuentado por Savall antes de fundar el suyo propio. Hay muchos más títulos, por supuesto, que os invito a descubrir.

La primera vez que escuché la voz de Montserrat Figueras tuve el privilegio de hacerlo con su magnífica interpretación del “Lamento della ninfa”, de Monteverdi, pieza que, a partir de ese momento, consideré como la más importante y bella escrita jamás para una voz femenina. Ya dije antes que no soy un gran entendido en música clásica, así que os dejo el enlace a dicha pieza para que juzguéis por vosotros mismos. La catarata de sensaciones que provoca la voz de Montserrat alcanza cotas inimaginables. Es un tema al que vuelvo recurrentemente cada muy poco tiempo. Precisamente lo estoy escuchando mientras escribo esta entrada.


A partir de ahí, me resultó imposible sustraerme a la belleza de la voz de Montserrat, perfectamente conjugada con la minuciosa labor de investigación sobre música antigua que había emprendido conjuntamente con su marido, Jordi Savall.

En muchas ocasiones, y ahora con más razón, he lamentado profundamente no haberme propuesto asistir a alguno de los conciertos de verano que Savall y su mujer solían hacer en el Castillo de Perelada.

De Montserrat se ha escrito y se está escribiendo mucho estos días por gente mucho más cualificada que yo para hacerlo, más entendida y mucho más comprometida con la música, que la conocían, la seguían y la amaban profundamente. Me apetecía escribir la entrada simplemente para dedicarle mi pequeño homenaje de aficionado, ni siquiera buen aficionado posiblemente, y abrir la puerta de su espíritu inmortal y su buen hacer a los que posiblemente no hayáis tenido la ocasión de cruzaros con ella. Os invito a disfrutar de la perfecta simbiosis Savall-Figueras, a emocionaros con una forma de trabajar y de sentir la música que entra dentro del terreno de la inmortalidad. Para ello, como espoleta de arranque, os invito a ver este magnífico documental:


Atentos a las serenas palabras de Savall, a su modo de hacer, a los sentimientos a flor de piel que transmiten Montserrat y el resto de los músicos, a los escenarios en que se desarrolla ese mundo, a los oficios paralelos, como el magnífico episodio del lutier Bartés. Os aseguro que vais a disfrutar al verlo tanto como lo hice yo.

Montserrat, tu sereno espíritu y tu voz inmortal nos acompañarán para siempre. Descansa en paz allá donde te encuentres.