Se sale de la casa, situada a escasos metros de la carretera de Alcorcón a Plasencia. Ya desde el jardín se percibe el sonido de los vehículos, bastante fuerte a pesar de ser un tramo, el que cruza el pueblo, de baja velocidad. Se trata casi de un ruido continuo debido a la densidad de la circulación, que no descansa prácticamente en ningún momento, ni de día ni de noche. El trayecto es llano al principio, por una calle, paralela a la vía, con una acera tan estrecha que no invita a pisarla. Caminas por la calzada, mirando hacia atrás cada vez que escuchas el ruido de un motor, porque no sabes si el vehículo en cuestión te viene por la calle o, lo que es más habitual, por la carretera. Nada más pasar por Casa Fermín, normalmente cerrado a esas horas de la mañana, y tras cruzar el callejón de la Cueva de los moros, la calle y la acera se ensanchan frente al puesto de churros, también cerrado, al tiempo que el lamento continuo del asfalto comienza a mitigarse por la barrera que conforma el edificio de la esquina entre nosotros y él. Recuerdo que la primera vez que hice la ruta llevaba cascos, y no disfruté hasta casi el final de los matices sonoros del viaje.
Tras un corto tramo, todavía en llano, llegamos a la
calle Huerto de los Guindos. Las primeras veces me despistaba el cartel de
"Calle sin salida" situado al principio, algo que además es
mentira, ya que un coche no demasiado grande, pero tampoco necesariamente
pequeño, puede recorrerla sin problema hasta el otro extremo del pueblo.
A partir de aquí comienza el verdadero calvario, el
largo camino cuesta arriba que nos lleva sin descanso, sin ningún tramo llano,
directamente hasta la zona más alta del recorrido, situada a ciento treinta
metros por encima del punto de inicio. Ya la propia calle empieza con chulería,
con pendientes imposibles, peraltes insolentes, y curvas cerradas que salvan de
repente varios metros de desnivel. Asfalto agrietado con heridas de hormigón,
piedra natural y tierra, lomas y hondonadas por todas partes, sin un dibujo
claro. Hierba, tierra y musgo en portones cerrados de madera antigua y
carcomida. Esta parte de la ruta es la primera señal de que estamos en la
antesala del campo, lejos de la sensación de civilización rodada que teníamos
justo antes de meternos en ella. Nunca la he subido en coche (no me atrevería),
pero de hacerlo, estoy seguro de tener que meter primera hasta el final, y de
ir a velocidad de peatón para no dar bandazos por culpa del bache continuo, que
no termina hasta llegar a una zona de adoquín que conecta ya con una calle de
trazado mucho más urbano. Esa calle nos lleva, después de varios recovecos
sombríos y estrechos, a la plaza de la Escarabajosa, donde se sitúan, como Dios
manda, la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y el Ayuntamiento, los poderes
espiritual y terrenal a pocos metros uno del otro, no se sabe muy bien si por
afinidad, o para no perderse de vista. En el balcón del Ayuntamiento, el cartel
morado que conmemora el 8 de marzo de este año, día internacional de la mujer,
todavía colgado cuatro días después de la fecha. Me queda la duda de si no se
ha retirado por desidia, o como recordatorio, pero no hay nadie en la calle a
quien le pueda preguntar.
Cruzamos la plaza y enfilamos la calle Regino Rodríguez sin dejar de subir, para girar después a la derecha por la de Pedro Menéndez. En esta llegamos a un tramo flanqueado por un enorme muro de piedra situado a la izquierda del camino, que sirve de contrafuerte a una finca ajardinada situada a varios metros por encima de nosotros. Este muro, con bastante vegetación, mucho musgo, y numerosas filtraciones en cualquier época del año que provocan regueras que recorren la cuesta, me recuerda a los paseos por las ruas de Santiago, con un aspecto muy parecido y esa humedad siempre presente. En este momento la pendiente es mucho menor, y el corazón parece descansar de la larga subida que nos ha traído hasta aquí, pero no se trata más que de un corto espejismo, porque en una especie de plaza sin nombre, aparentemente llana, la calle cambia de nombre. Pedro Menéndez se transmuta en el Camino del Canto Reventado y empieza a empinarse sin piedad, con una pendiente tan inclinada en según que tramos, que te entran ganas de subirla a gatas, y que no dejará ya de subir hasta el punto más alto. El corazón late ya casi desbocado, la cabeza retumba, y los jadeos se descontrolan. Más vale no cruzarse con nadie, porque el "Buenos días" obligatorio sonaría como un fuelle roto.
O como un fuelle reventado por el esfuerzo, más acorde
con el nombre de este camino, que se hace eterno hasta llegar a un edificio
moderno, con un curioso cartel de azulejo con desconchones que lo anuncia como
"Estación de tratamiento de aguas potables Santa María del Tietar",
encabezado por el escudo y el título de la "Junta de Castilla y León".
Aquí el camino dobla a la derecha, cambia su nombre a "camino del
depósito", supuestamente para renovarse y seguir subiendo, y a los
pocos metros desaparecen las edificaciones para ceder su lugar al campo puro y
duro. El último vestigio es el depósito que le da nombre. Imposible seguir sin
parar unos segundos para beber agua de la fuente que, en forma de abrevadero,
al parecer nunca se seca.
Y seguimos subiendo. Por aquí ya empiezan a ser más
espectaculares las vistas del Valle, pero si miramos a la izquierda vemos,
mucho más arriba, el punto al que deberíamos llegar si no nos derrumbamos en
este instante y nos damos la vuelta, y desde el que la vista es bastante más
interesante que la de ahora.
Seguimos subiendo, y llegamos a una curva de 360
grados con un cambio de nivel de más de tres metros, que une el camino del
depósito con la carretera de la presa. Se puede tomar por el exterior, con
mayor recorrido pero menos pendiente, o por el interior, salvando los tres
metros subiendo una pared de asfalto casi vertical. Hoy viene un coche desde
abajo, por lo no me queda más remedio que subirla por dentro. Cuando llego
arriba siento que me ahogo, y que la cabeza me va a estallar a un ritmo de más
de ciento cuarenta latidos por minuto. A pesar de eso, y de sentir que no me
llega sangre a las piernas, sigo andando. Sobrepaso el mirador estelar, con su
curioso mapa del cielo, y la ermita de San Marcos, unos metros más adelante. Estoy
al borde del colapso, pero el hecho de saber que el punto más alto del
recorrido está a un tiro de piedra parece que disipa el dolor.
Por fin el camino se pone horizontal. Ando unos metros
y contemplo la monumental vista del valle del Tietar, con Santa María del
Tietar a mis pies y Sotillo de la Adrada a la derecha. Es el punto exacto. Al
llegar aquí la primera vez, me quité los cascos, y escuché, igual que hoy, el
sonido del silencio, el canto ligero de la brisa moviendo las copas de los
árboles, el graznido de alguno de los buitres que sobrevuelan en círculos a
gran altura por encima de mí. Me los quité, escuché… Y jamás he vuelto a usarlos
aquí.
Y hoy ha vuelto a suceder.
No sé si es por la finalización del enorme esfuerzo
que supone la subida, por el ensanchamiento de los pulmones en un entorno limpio,
por la respiración intensa de un aire tan puro como sano, o por cualquier otra
causa, pero escuchar ese sonido mientras contemplo esa vista, provoca en mí un
choque frontal emocional tan brutal, que no creo que exista ninguna sustancia
psicotrópica, alucinógena o alcohólica que sea capaz de conseguir el mismo efecto.
Estoy ahí sólo, conmigo mismo, como si me mirara desde arriba, contemplando
desde un lugar privilegiado una realidad, la de dos villas, que me parece tan pequeña
como falsa. Tomo conciencia de repente, casi dolorosamente, de que esto, esta especie de chute metafísico que estoy viviendo en este instante es LO REAL, y
es lo que importa, o lo que debería importar. La guerra, la codicia, el poder,
el fanatismo, los lados miserables del ser humano, se perciben desde aquí como
algo tan mediocre, tan insignificante, tan innecesario, que desaparecerían de
inmediato, como una mala pesadilla, si el mundo tomara conciencia de lo real
con la misma facilidad que en este momento la estoy tomando yo. Es una
sensación fugaz, pero muy intensa.
Me recreo unos minutos en el paisaje, en los sonidos,
y me pongo de nuevo en marcha, ya completamente recuperado del esfuerzo. Ahora
toca la bajada, ya no hay que subir más. A medida que avanzo, un inconfundible
murmullo inicial se va convirtiendo poco a poco en un estruendo. No cabe
ninguna duda: la presa del embalse del Pajarero está soltando agua. El camino
acaba en su lado sur. Al llegar a ese punto, me encuentro con un hombre que,
metido en la cuneta, está cogiendo plantas y metiéndolas en una bolsa.
— Buenos días, ¿qué andamos cogiendo?
O no le gusta mi pregunta, o no le apetece nada dar
explicaciones a algo que piensa con razón que a mí no me incumbe, porque
responde con cierta dureza.
— Lo que el campo nos proporciona, caballero.
— Que vaya muy bien.
Cuando comienzo a alejarme, el hombre desclava la
garrota que había incrustado en la tierra, y avanza hacia mí. Parece que
después de todo tiene ganas de cháchara.
— Hoy unos ajetes, mañana unos trigueros, pasado unos níscalos... Hay que prestar atención y saber buscar, nada más.
Caminamos lentamente por encima de la presa, hacia el
otro lado, con el embalse a la derecha y el abundante salto de agua a la
izquierda. El hombre viste ropa de cazador. Mucha pana, mucho tono verde,
alguna que otra faltriquera, pero todo muy descuidado, con un aspecto tan
anciano como la persona que lo lleva. Lleva un gorro de lana entre pardusco y
verde oscuro, indefinible.
— ¿Y de dónde viene?
— De Casillas, por el camino ese de ahí
Me señala el sendero blandiendo su garrota de madera,
muy similar a la mía.
— Por ahí me metí yo hace dos semanas, pero no llegué
a Casillas. Había mucho barro. Me pegué una costalada y me di la vuelta.
Me mira las zapatillas.
— Para andar por estos caminos, fundamental llevar un
buen calzado.
Sus zapatillas son mejores, y mucho más curtidas que
las mías.
— Y un buen garrote para apoyarse en los tramos
complicados.
— Fundamental un buen garrote también, sí señor.
Se ve que le encanta la palabra "fundamental".
Parece que ya ha cogido confianza.
— Ahora está muy limpia esta zona, pero el otro día
vine por aquí y estaba lleno de basura, de latas de cerveza, de bolsas de
comida... Se escuchaban a lo lejos ruidos de motos. No respetan nada algunos
salvajes.
— De todo tiene que haber. Es una pena.
— Pues deberían, porque esto — me susurra acercándose
a mí— es LO REAL.
Lo ha dicho así, enfatizando las dos palabras, y me
sorprende que me diga lo mismo que he pensado yo apenas diez minutos antes,
mientras contemplaba el valle.
— Es verdad. Esto es LO REAL.
— No se necesita mucho más.
Hemos llegado al final de la presa. El hombre continúa
para coger una senda que le lleva a la carretera de Casillas, yo me doy la
vuelta para recorrer de nuevo la presa y seguir bajando al pueblo. Mientras nos
despedimos levantando las garrotas, pienso en la suerte que he tenido al
encontrarme con un sabio.
Tengo una extraña sensación al toparme de nuevo con el
pueblo, como si volviera a la civilización después de mucho tiempo, hasta tal
punto me ha absorbido la ruta. Al pasar por la escuela pública, veo a ocho o
nueve niños en el patio de recreo. No juegan. Simplemente están de pie, charlando en voz baja, como si les provocara cargo de conciencia alterar con
sus voces el silencio imperante, o como si ya tuvieran conciencia, desde
niños, de LO REAL que les rodea, de lo reales que son ellos mismos.
Llego a tu casa cansado, sudoroso, pero con una
increíble sensación de paz, de una serenidad casi mística. Al verte frente a tu
ordenador, trabajando, me invade tu realidad, percibo tu sensibilidad, y cuando
me sonríes, con esa expresión luminosa tan especial tuya, vuelvo a tener esa
misma sensación de plenitud que me ha sacudido en el camino. Es exactamente lo
mismo, porque LO REAL no es algo concreto. También podría ser, que por supuesto
no lo sé, que ese chute brutal de realidad que he sentido en el punto más alto
de la ruta, de alguna manera abra una puerta oculta del alma que te permite
valorar, conocer, respetar y admirar otras realidades, como en este caso la
tuya. La realidad no sería entonces una sola, sino varias, tan eternas unas
como las otras. LO REAL, en fin, puede ser un instante de comunión con la
naturaleza, o comprender de repente lo que nos dice con sus palabras uno de esos escritores o escritoras que tanto nos gustan a los dos. Pueden ser unos niños jugando en el patio de un
colegio, o un sabio recogiendo plantas. Puede ser también un director de orquesta
explicándole, a un público entregado, lo que sintió Brahms al componer un
determinado fragmento, o un buen actor transformado en el inmortal
Adriano.
Puede ser todas esas cosas, y puede ser también, por
supuesto, contemplar tu sonrisa al final del paseo.




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