Probablemente se trate de la mejor escena que he visto en mucho tiempo. No creo que haga spoiler contándola. Se trata de la llamada telefónica que le hace la madre al personaje que interpreta Peter Lanzani en ARGENTINA 1985. Ella, miembro de una familia muy bien acomodada, con militares y personajes ilustres en su seno, y que hasta ese momento le ha estado recriminando a su hijo la postura que ha adoptado como abogado, acusando a los militares y saliéndose con ello de esa esfera social a la que pertenece, llora literalmente por teléfono cuando, una vez que se han constatado los hechos, los crímenes de la dictadura militar, reconoce, admite y asimila que aquellos hechos fueron ciertos, y le anima a su hijo a seguir adelante. Me impactó por dos razones: porque es ella la que toma la iniciativa de llamar a su hijo, y porque reconociendo el absoluto mal que han hecho los suyos, lo rechaza. Su lado humano puede más que sus ideas, que su lado político. No quiere que ese crimen, que han cometido los suyos, quede impune. Es un gesto que implica determinación, empatía, inteligencia, valentía, criterio, resignación ante la podredumbre de lo propio, y eso duele. Tiene que doler, me imagino. Como tiene que doler el hecho de reconocer que tu rival en el campo ha jugado mucho mejor que tú, y celebrarlo además aplaudiendo en el estadio.
Eso sucedió en el Bernabeu, el 19 de Noviembre de 2005,
cuando el Barsa ganó al Madrid por tres goles a cero. Hacia el final, cuando ya
mucha gente abandonaba su asiento tirando la localidad al suelo, un espectador
madridista se puso en pie de repente y empezó a aplaudir. Su gesto de
nobleza y de reconocimiento fue rápidamente imitado por una gran cantidad de personas
que se fueron sumando al aplauso. Fue algo grande, hermoso. No soy futbolero,
pero reconozco que me encantó, porque es algo que no suele darse ni en el mundo
del fútbol, ni probablemente en ninguno de los mundos que nos rodean. Es algo
que, cuando se produce, refleja de inmediato la grandeza del ser humano por
encima de todas las cosas, las simpatías o las ideas de cada uno.
Por último, en EL CRACK CERO, Germán Areta, personaje
magistralmente interpretado por Carlos Santos, dice lo siguiente: “También decía
mi padre que cuando un crimen queda impune, eso que llamamos el mundo, la
sociedad, o la vida, lo acusa, y se vuelve un poco peor”.
Resulta muy complicado reconocer el error, la culpa, la
responsabilidad ante lo que alguien de nuestro entorno, de nuestro equipo, de
nuestra ideología política, ha hecho mal. Creo que debe ser algo relacionado
con nuestra educación, con nuestra forma de ver las cosas. Estamos
acostumbrados a un cierto fatalismo que nos dice, cuando ocurre algo así, un
caso de corrupción, que el crimen va a quedar impune, como de hecho sucede, y
ha venido sucediendo, durante muchos años. Siglos de resignación, e incluso, ¿por
qué no decirlo?, de cierta admiración hacia el crimen en general, y ante el
robo de bienes públicos en particular. No, es verdad, les cuesta admitirlo, y
cuando finalmente no les que queda más remedio que asumir que la han cagado, se
escudan en un mantra surrealista, ese “y tú más”, que ya resultaba
triste y patético cuando lo lloriqueábamos en el patio del colegio, señalando
al compañero, si nos regañaban por algo. Ese “y tú más” es lo que más daño
hace, porque da comienzo con su presencia a una sarta de acusaciones de unos
contra otros, jaleadas incluso por unos simpatizantes que lo que deberían hacer
es exigir que se devolviera lo robado y que se metiera en la cárcel a los
ladrones, y no apoyar hasta la muerte a los que en teoría tienen sus mismas
ideas.
No, no reconocen la culpa, y no existen en su entorno cercano ni la madre de Lanzani ni el espectador madridista que aplaudió al Barsa. Hay que hacer un ejercicio de criterio, de liberación, de análisis de las propias ideas para poder exigir la dimisión de los responsables de algún crimen, aunque sean de un entorno en teoría afín a nosotros. Y para hacer eso, es necesario, es obligatorio, que la población esté lo suficientemente educada para ello.
Hace unos días, Raquel Lanseros, poeta y periodista, habló
en el Instituto Cervantes de la enorme riqueza intelectual y educativa que
floreció en España en la época anterior a 1936, gracias a la voluntad de reformar
el magisterio y potenciar una enseñanza pública, obligatoria, gratuita y laica.
Proliferaban instituciones como la Institución Libre de enseñanza, salones
culturales como el Ateneo, reuniones literarias, cafés culturales, escuelas de
pintura y escultura… La población tenía un acceso sencillo y directo a la
cultura, a la educación, al desarrollo de valores humanos. Todo eso se
desvaneció de un cañonazo al comienzo de la horrenda guerra civil, que dejó
convertida a España en un erial, en un desierto cultural durante más de ochenta años.
Mencionó Raquel a esas generaciones enteras de hombres y mujeres que nacieron y
murieron en ese intervalo de oscurantismo, miedo al pecado e ignorancia
institucionalizada, y no pude evitar recordar a las mujeres de mi familia, abuelas,
tías, incluso mi propia madre, que se perdieron la posibilidad de poder
educarse con voluntad, con criterio, con esa inteligencia que les hubiera
permitido no consentir la impunidad, el fanatismo o la intolerancia, no
consentir el abuso contra los más vulnerables. No consentir, en definitiva, que
alguien a quien se ha votado se lucre con el dolor de toda una población en el
peor momento de su historia, cuando una pandemia mortal se abatió sobre
nosotros.
Es complicado volver a recuperar aquel periodo de esplendor
de la educación y la cultura. Es una lucha a muerte contra la tendencia a
seguir a youtubers, influencers y tiktokers a los que lo único que les importa
es el materialismo más exacerbado, y que además se han convertido en sacerdotes
de una ambición tan obscena como los que se dedican sistemáticamente a agrandar
la brecha entre ricos y pobres. Es complicado, pero los que tenemos claro que
la única vía para mejorar la sociedad, el mundo o la vida, como dice Germán
Areta, es acabar con la impunidad, no podemos dejar de luchar, de exigir
responsabilidades, de forzar dimisiones, aunque nos tengamos que convertir en
la madre de Lanzani y arremeter contra nuestros en teoría afines.
Y ya no valen las urnas. Ya no vale esperar a que cambie
algo para que se haga justicia. La justicia tiene que ser inmediata, instantánea,
contundente y explosiva como un mazazo. Las urnas están manipuladas por la
mentira, el miedo, los medios y un sistema de corruptos que se retroalimenta a
sí mismo. Es imprescindible desterrar para siempre ese “Y tú más” que
nos convierte en cómplices. Cambiar esto depende únicamente de la educación,
del criterio y de la inteligencia de la mayoría de las personas que formamos la
sociedad, y para conseguirlo, es imprescindible que podamos convertirnos, con
un chasquido de dedos, en la madre de Lanzani o en aquel espectador madridista
que aplaudió al Barsa.
Y una vez que hayamos logrado hacer eso, volveremos a las urnas, pero en una sociedad un poco mejor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario