Preguntas, preguntas, a veces sin respuesta, en ocasiones
retóricas, necesarias cuando el ánimo flaquea y me paso una buena temporada sin
escribir nada, sin sentir esa necesidad de transmitir. Es en esas ocasiones
cuando sigo escribiendo, pero no para compartir en redes, sino por el simple
placer de hacerlo. Placer entre comillas, porque no sé si es muy justo llamar
placer a algo que es más bien una necesidad, una adicción, o como diría un
poeta del romanticismo, un castigo divino.
Desde que empecé con el blog, en Diciembre de 2007, mucha
gente me ha hecho a veces esa pregunta, y lo cierto es que nunca he tenido
clara la respuesta, porque las razones por las que lo hago han ido cambiando
desde entonces, del mismo modo que cambia nuestra forma de pensar, nuestra
naturaleza, nuestra alma. En aquel momento suponía una válvula de escape ante
una situación familiar delicada y muy intensa, en la que pasábamos en un
instante de la euforia más desatada a momentos de bajón, que nos parecían
infranqueables hasta que aparecían otros peores. Vivíamos en una montaña rusa,
pendientes de resultados médicos, de síntomas, de novedades, y el blog me
ayudaba a sobrellevar todo eso, como una especie de terapia, de desconexión de
la dura realidad, aunque sólo fuera durante el tiempo que empleaba en escribir la
entrada. Ya por aquel entonces escribía sobre películas, sobre directores de
cine, con unas ilustraciones que me enviaba un magnífico acuarelista, Juan Valdivia.
El blog no estaba separado por temas, como ahora. Se mezclaba el pensamiento
con los comentarios de películas. Hubo muchas lagunas temporales, sobre todo a
partir de Agosto de 2008, en la que publiqué una entrada sobre el accidente en
Barajas de Spanair, y no volví a retomarlo hasta febrero del año siguiente.
Después, en el 2014, hubo un vacío de casi cinco años, hasta el 2019, y desde
entonces hasta ahora, con mayor o menor frecuencia y con algunos cambios
sustanciales, he seguido dando la paliza con mis cosas.
Algunas personas de mi entorno han aventurado las razones
por las que ellos suponen que alguien puede decidirse a exponer ante los demás
sus ideas. Todos ellos reflexionaban sobre ello casi siempre en primera persona, “yo no necesito que me aplaudan”, “yo no necesito escribir para forrarme”,
“ni necesito ni me gusta caer bien a la gente”, como dando a entender, de una
manera implícita, o incluso explícita, que esas son las razones para hacer lo
que hago, extrapolando de esa manera hacia mí los motivos por los que
probablemente ellos lo harían.
No, lo cierto es que no son esas las razones. Creo que hace
ya mucho tiempo que perdí la necesidad de caer bien a la gente. De hecho es
algo que no me importa porque no espero nada de nadie. El no tener expectativas
te da, o al menos en mi caso creo que es así, la facilidad para mostrarte tal
como eres, porque no necesitas estar fingiendo, ni crearte un “yo” que no eres,
para cautivar al prójimo. Me dan mucha lástima las personas que viven una vida
en la realidad, y otra muy distinta en redes, más atractiva, más interesante,
pero también mucho más superficial, y sobre todo falsa. No, no es el caso, no
es mi caso. Por otro lado, alguien me dijo también que mostrarte como eres te
hace más vulnerable, te pueden hacer daño con facilidad. La verdad es que, al
no tener expectativas de nadie, es muy difícil también que nadie te haga daño.
No me cuesta nada escribir sobre lo que pienso, sobre lo que soy, sobre lo que
siento ante un determinado suceso, ya sea algo triste o alegre. Escribir sobre
eso, y esa sí es una de las razones por las que lo hago, me ayuda de alguna
manera a sobrellevarlo, a asimilarlo y digerirlo de una manera más tranquila
que si no lo plasmo en el papel. Es un tópico que se utiliza mucho para hablar
sobre los que escriben, pero en mi caso es verdad que el traspasar al papel los problemas me ayuda a que se queden ahí, y no en la cabeza.
Tampoco escribo para forrarme, por supuesto. No nos
engañemos, nadie en su sano juicio escribe para forrarse. Hace poco escuché a
Landero en una entrevista hablar sobre este punto. “Si escribes para forrarte,
lo mejor es que dejes de hacerlo, porque aunque sólo sea por estadística, no
vas a llegar a nada. Pero si lo haces porque no puedes dejar de escribir,
porque para ti es como una necesidad casi física, sigue escribiendo”. En sus
mejores momentos, este blog era leído por setecientas, ochocientas personas
como mucho. Al retomarlo en 2019, esa cifra pegó un bajón terrible, entre otras razones porque había abandonado Facebook por salud mental, y ahora es
muy raro que una entrada sea leída por más de cien personas. No, no me voy a
forrar escribiendo, eso lo tengo muy claro, como también tengo claro que de
hecho no he hecho nunca nada en la vida para forrarme, más que nada porque ni
valgo para eso ni me interesa.
Es curioso. Parece mentira que una simple charla despierte
un recuerdo, y que ese recuerdo, a su vez, arrastre de otros recuerdos
similares, como si una vez liberado, sacado del abismo de la memoria, tirara
cuerdas invisibles para que se liberen sus compañeros. Aquella charla con
Ananda me trajo a mi padre, y recordé otra vez, como si hubiera ocurrido ayer,
la tarde en que me llevó entusiasmado al cine a ver “Ulises”, con Kirk Douglas,
en una de aquellas sesiones dobles de cine de barrio que, por supuesto,
repetimos en otras muchas ocasiones. Recuerdo también cuando me contaba, con los ojos brillantes, escenas
de películas que después, cuando las veía en pantalla, me parecían más
aburridas que la versión que me había escenificado mi padre. La escena que precisamente Edward G. Robinson protagoniza “Seis destinos” me la sabía de
memoria cuando la vi, porque me la había contado.
Le ocurría lo mismo con la literatura, con la música, con
todo. Su coletilla era siempre la misma: “Tenéis que escuchar esto”, “tenéis
que leer este artículo”, “no os podéis perder esta película”. Gracias a ese
mantra, en mi casa sonaba “Carmen” a todo trapo y a todas horas, se veían
muchas películas en blanco y negro en la 2 de Televisión española, y se leían
libros, tebeos y todo lo que cayera en nuestras manos. ¿Cómo iba yo a conocer
si no a Flash Gordon, al Principe Valiente o al Hombre enmascarado cuando sus
aventuras empezaron a ser publicadas por Buru Lan, si no hubiera sido porque mi
padre me había hablado antes miles de veces de ellos?
Y esa es la razón, el porqué de todo esto. La charla sobre Edward G. Robinson me trajo a la memoria a mi padre, y a su gran pasión por compartir lo que le gustaba. Ese es el motivo, y ayer lo comentaba con una buena amiga: el deseo de compartir.
No sé si una pasión se puede inocular, o viene ya de serie en el ADN, pero
en mi caso ha sido así prácticamente desde niño. Me ocurre exactamente lo mismo que a mi padre cuando
veo algo que me gusta. Me encantaría que lo viera todo el mundo, y por eso lo comparto
por medio de este medio. A pesar que muchos dicen que mi criterio no es fiable,
porque me gusta todo (y no es que me guste todo, sino que siempre encuentro
algo positivo e interesante), creo que seguiré escribiendo cuando me encuentre
con algo sobre lo que merezca la pena escribir, y con que tres o cuatro
personas de las que leen esto me digan que lo que he escrito les ha motivado
para ver una determinada exposición o una película, me daré por más que
satisfecho.
Lo que más me apena de todo esto es que en la época de mi
padre no existieran los medios que tenemos ahora para expresarnos. Habría
reventado Blogger con sus recomendaciones, ya lo creo…
Leerte, sobre todo, me invita a vivir la vida simplificando un poco, hacer más posible disfrutarla
ResponderEliminarEs lo más bonito que alguien me ha dicho sobre el blog. Muchas gracias por tus palabras. Ojalá fuera verdad que supiéramos deshacernos de los lastres que vamos acumulando. Es complicado, pero creo que se puede
EliminarEstimado aparejador, no dejes de compartir lo que escribes, cuando respiramos la vida siempre nos devuelve oxígeno para continuar, a pesar de regalarle lo que creemos que no tiene vaLor. No lo dudes, la pasión la llevas en el interior de tu ADN.
ResponderEliminarPreciosa reflexión, y muy cierta. Ahora estoy precisamente en plena fase de valorar lo realmente valioso, y desaprender lo aprendido para aprender a vivir de una forma más sencilla, pero mucho más plena. Gracias por tus palabras
EliminarComo siempre q leo algo tuyo me emociono y te quiero un poco más. Por toda la pasión q nos transmites, por,la vida. Eres transparente y tu esencia es compartir eso q te gusta y nos traes a través de tú mirada. No déjeme nunca de escribir y de transportar nos a tus sentimientos y tus vivencia De casualidad en Cabo Verde me encontré con tu escrito de por quE Esto vy me caló hasta el corazón y el alma.
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