viernes, 22 de agosto de 2008

Un profundo dolor


No me resulta fácil expresar con palabras el dolor y la consternación que me ha producido la tragedia aérea acaecida el pasado miércoles en Barajas. A la incertidumbre de las primeras noticias, que hablaban de siete muertos mientras que la columna de humo que se divisaba desde bastantes puntos de Madrid parecía indicar algo más grave, le siguieron la ansiedad y la angustia a medida que la cifra avanzaba, a lo largo de la tarde, hasta situarse en esos fatídicos 153 muertos y 19 heridos.

Tampoco me resulta fácil describir la vergüenza y la rabia que siento ante una cierta clase periodística, que lejos de indagar de forma profesional sobre las posibles causas de la tragedia, a mi modo de ver han perdido tanto el rumbo como el pudor, y se dedican durantes estos días, sin ningún escrúpulo y sin ningún sentido del respeto y la intimidad, a acosar a los parientes de las víctimas con preguntas tan absurdas y dolorosas como "¿qué es lo que está usted sintiendo?". No recuerdo en qué cadena escuché esa idiotez, procedente de la mecánica voz de una periodista que no era capaz de reflejar ningún tipo de sentimiento humano. ¿Que se supone que va a sentir una persona que acaba de perder de un golpe a uno o a varios seres queridos?. ¿Tan insensibles nos estamos volviendo que somos incapaces de ponernos en el lugar de una persona que acaba de sufrir una desgracia de ese calibre?. A poco que tratemos de entender la tragedia en toda su magnitud, seremos conscientes del destrozo psicológico que tiene que sufrir una persona a la que le dan de repente una noticia de esa magnitud. No entiendo esa necesidad de informar sobre la tristeza, sobre el íntimo dolor que sufre una persona. No entiendo ese morbo absurdo que se recrea una y otra vez en hurgar en las heridas abiertas, cuanto más recientes y profundas, mejor. Se siente a veces impotencia, y mucha vergüenza, de pertenecer a una especie que parece recrearse en el dolor del prójimo.

Tampoco me parece suficiente que la solidaridad con las víctimas consista en que las autoridades políticas visiten con rapidez el lugar de la tragedia y a los heridos en los hospitales, o que nuestros representantes en Pekín improvisen unos crespones negros con cinta adhesiva. Son gestos necesarios, pero no suficientes. La verdadera solidaridad consistiría en exigir que se esclarezca la verdad, en investigar a fondo las causas del accidente, y en tomar las medidas necesarias para que, en la medida de nuestras posibilidades, no vuelva a ocurrir algo parecido. ¿Alguien duda a estas alturas de que finalmente se culpabilizará del mismo a una extraña maniobra del piloto, o a una negligencia humana?. Ya ocurrió con el accidente del metro de Valencia, del que se responsabilizó al conductor, y hace unos cuantos años, con el choque de trenes en Chinchilla, que se achacó a una negligencia del factor. A nadie se le ocurrió entonces plantearse que los sistemas de seguridad del metro eran obsoletos, o que resulta peor que tercermundista que la línea ferroviaria que une Albacete con Murcia conste de una sola vía. Da igual. Ahí siguen las dos infraestructuras, esperando agazapadas a que ocurra el próximo accidente. Se escucha muchas veces, ante una tragedia como esta, y procedente sobre todo de personas o empleados de la compañía implicada, la misma coletilla: “lo raro es que no haya sucedido antes”. Ocurre lo mismo cuando algún empleado del Canal de Isabel Segunda manifiesta, como si de un dogma de fe se tratara, que “se pierde más agua por las juntas en mal estado de las tuberías que por los grifos o por las piscinas”. Nos resignamos ante hechos como los de Coslada, localidad en la que, ante el último caso de corrupción policial, la inmensa mayoría de los vecinos declararon que “ya se sabía”. Vivimos en una gran mentira, en una especie de fatalismo demoledor, de pereza mental que a lo único que conduce es a que sucedan una y otra vez cosas como esta. Un fatalismo que lo único que hace es vomitar frases como “lo raro es que no haya ocurrido antes” o la de “no ocurren más cosas porque Dios no quiere”. Uno se siente pequeño ante una catástrofe así. Uno se siente basura, rebaño, una ínfima parte de la naturaleza. Un saco de polvo, como dice Manolo García, que adopta una forma durante una temporada.

En el caso del avión de Spanair, seguro que ya se encuentra todo un ejército de analistas, abogados y peritos de compañías de seguros trabajando para buscar un culpable humano, tal y como ya se está empezando a entrever en las declaraciones de los responsables ante los medios de comunicación. A nadie se le va a ocurrir pensar que tal vez sea insuficiente una revisión anual para un aparato que lleva volando más de veinte años. A nadie se le ocurrirá plantearse que los parámetros analizados en la revisión sean insuficientes. Esta mañana he escuchado a un representante de Spanair decir que ellos superaban con sus revisiones las prescritas por el ministerio de Fomento. Prefiero no indagar mucho sobre la naturaleza de esas revisiones, ya que posiblemente nos llevaríamos una gran sorpresa si las comparamos con las que se ejecuten en otros países de nuestro entorno. Resulta triste viajar por Europa y comprobar, a cada metro que se recorre, que los impuestos que pagan sus ciudadanos se repercuten en su propio beneficio, y no en el de cuatro hijos de puta que viven a costa de comisiones, de subvenciones y del mamoneo al que ya nos hemos acostumbrado con resignación mariana.

Ya se empieza a hablar de cifras, de indemnizaciones que en ningún caso le devolverán la vida a un ser querido, de responsabilidades que se diluirán en el olvido y en la apatía de siempre en cuanto el tiempo arroje un poco de carga sobre el asunto. Nuestra capacidad para olvidar es infinita. Los que jamás olvidarán, los que jamás recuperarán a sus seres queridos, son los que los perdieron esa fatídica tarde de miércoles.

La verdadera solidaridad con las víctimas consistiría en desprendernos de ese fatalismo, tan instaurado en nuestra sociedad. Mientras no exijamos que se adopten todas las medidas encaminadas a mejorar nuestras infraestructuras, a mejorar una calidad de vida que en teoría es idílica y en realidad no es más que una puñetera mierda encaminada a engordar las arcas de las compañías y las multinacionales, no seremos capaces de desprendernos de ese complejo de carne de cañón que nos entra a todos cuando ocurren tragedias de esta envergadura.

La verdadera solidaridad con las víctimas solo puede manifestarse, en estos momentos de tristeza y dolor, llorando a su lado y expresándoles nuestras más sinceras condolencias.

lunes, 16 de junio de 2008

el mago de las superproducciones. David Lean



Resulta curioso que comience la entrada dedicada a un mago de las superproducciones a todo color hablando de una película en blanco y negro y con una duración que no llega a la hora y media, pero es que “Breve encuentro”(1945), aparte de ser una de las películas que más veces he visto y que no me canso de ver, es posiblemente una de las diez mejores películas de todos los tiempos.

La historia no puede ser más sencilla: Laura (Cyril Raymond) y Alec (Trevor Howard) coinciden todos los jueves en una estación de tren que les lleva a la ciudad. El, que es médico, visita ese día uno de los hospitales en que trabaja, y ella, casada y con una hija, aprovecha esa tarde para hacer compras y pasar un rato en el cine. Poco a poco, el roce va haciendo el cariño, hasta que caen perdidamente enamorados el uno del otro. La película no es más que la muestra palpable de que el amor, cuando es verdadero, no se puede controlar en absoluto, aunque se antepongan valores aparentemente tan sólidos como un matrimonio previo o la maternidad. Laura se sumerge en un mar de dudas, ya que a pesar de sus fuertes sentimientos hacia Alec, no quiere tirar su vida por la borda.

Tanto Trevor Howard como Cyril Raymond están soberbios en sus interpretaciones, hasta el punto que, cuando veíamos esta película en el cine, los chavales acabábamos perdidamente enamorados de Laura y las chicas de Alec. Las actuaciones contenidas, extrañas tanto en un actor como en el otro (A Howard estábamos acostumbrados a verle en papeles de policía o militar), contribuyen sin duda a realzar el profundo sentimiento amoroso que embarga a la pareja. Os recomiendo esta película como una de las mejores de la historia del cine, y para los incondicionales de las versiones, os recomiendo también la que rodaron en 1984 Robert de Niro y Meryl Streep, “Enamorarse”, también magnífica, aunque no llega a la altura de su predecesora.

“Lawrence de Arabia”(1962) es una de esas películas que todo el mundo tiene que ver, al menos una vez en su vida, en un cine de pantalla enorme, refrigerado, y con una buena carga de bocadillos para cenar. Es al menos así como yo la recuerdo. En un cine de verano, con la música atronando por los cuatro costados, los habitantes de la casa de al lado, de cuetro alturas, asomados a la ventana, y la gravilla metida entre las inevitables sandalias de cuero marrón que nos colocaban sin ninguna piedad nuestras madres en cuanto subía la temperatura.

No voy a juzgar la capacidad de autocrítica de una película inglesa, cuando los ingleses utilizaron descaradamente a los árabes para mantener sus intereses frente a Turquía. La película aborda este problema de una forma tímida, basándose únicamente en la animadversión que provocaba Lawrence entre sus propios compatriotas cuando se sumerge hasta tal punto en la cultura árabe, que parece transformarse en uno de ellos.

Lawrence de Arabia es Peter O´Toole, o Peter O´Toole es Lawrence de Arabia, como prefiráis. No creo que este enigmático actor sea recordado más profundamente que por su papel en esta película. Son gloriosas las escenas rodadas en el desierto, o la escena del tren, cuando las tropas le aclaman como líder mientras el pasea disciplente sobre los vagones. Son magníficos también sus diálogos con Omar Shariff, con Anthony Quinn o con sus superiores militares. Es magnífica la música, también inolvidable. Un título, en definitiva, de los que hacen afición al cine de todos los tiempos.

No menos importante en la historia del cine es “Doctor Zhivago”(1965), protagonizada por Omar Sharif en el papel de Zhivago, Julie Christie como la inolvidable Lara, y Geraldine Chaplin en uno de los mejores papeles de toda su carrera. La película, rodada en las nevadas estepas extremeñas, circunstancia que apenas se nota, nos lleva en el tiempo a los inicios de la convulsa revolución rusa de 1917. Zhivago representa a la perfección la lucha por la supervivencia de un hombre normal y enamorado en los feroces tiempos en los que se desata la locura. La perfidia está encarnada por otro gran actor, Rod Steiger, que encarna a la perfección la ambición y la falta de humanidad de un comisario político. Omar Sharif, para mi gusto uno de los más grandes actores de todos los tiempos, hoy injustamente olvidado, encarna a la perfección a este médico y poeta que sufre, ama y trata de sobrevivir a toda costa.

Una epopeya vital, con una melodía también inolvidable, que figura en cualquier antología de música de cine de todos los tiempos. La película está basada en la novela de Boris Pasternak, un poeta y novelista ruso que cayó en desgracia en la década de los 30, aunque se libró de los campos de concentración. Según cuenta la Wikipedia, a Pasternak le concedieron el Nobel en 1958 gracias a una estratagema de la CIA, que envió unos cuantos ejemplares de “Doctor Zhivago” impresos con tipografía rusa y papel ruso, ya que la edición de la obra en el país de nacimiento era una condición, al parecer indispensable (al menos en aquella época), para obtener tan preciado galardón.

La última película comentada hoy no puede ser otra que “Pasaje a la India”(1984), una muestra más de la fascinación de Lean por desarrollar sus historias en países de Oriente. En esta ocasión, la película está basada en una novela de E. M. Forster, al que debemos también joyas tan incomparables como “Howard´s End” y “Una habitación con vistas”, llevadas también ambas al cine.

“Pasaje a la India nos muestra uno de los temas recurrentes en la literatura de Forster: la imposible reconciliación entre las diferentes clases sociales, más pronunciadas si encima se mezclan miembros de diferentes razas. Una joven inglesa, Judy Davis, viaja a la India para reunirse con su prometido. Aunque en principio parece totalmente fascinada por el exotismo que la rodea, hasta el punto de querer sumergirse de lleno en el país de la mano de un médico hindú, el doctor Aziv (Saeed Jafreey), un extraño suceso en las cuevas de Marabar parece trastornarla hasta el punto de denunciar al médico por haberla violado. Entramos así de lleno en el conflicto entre dos formas muy diferentes de moverse por el mundo: la de la pretenciosa sociedad británica de la época, y la de los pobres habitantes de la colonia, que no pueden levantar cabeza aunque, aparentemente, sean aceptados por sus conquistadores, como es el caso del doctor Aziv, que tiene amigos ingleses.

James Fox, en un papel correcto, representa la excepción que confirma la regla, el papel del inglés que se pone del lado de los oprimidos. La incomparable Peggy Ashcroft, en un papel que le valió el oscar, interpreta a la señora Moore, la futura suegra de la joven que, aunque parece no creerse nada de la historia que le cuenta su futura nuera, no le queda más remedio que aceptar la situación porque así se lo exige su rango y su raza. Cuando huye del problema en el tren, en una memorable escena, el brahman interpretado magistralmente por Alex Guinnes se inclina ante ella con las palmas de las manos juntas. Alec Guinnes interpreta la aceptación, el dejar fluir los acontecimientos tan propio de la cultura india. No se altera en absoluto, porque piensa que todo está escrito, y que las cosas no se pueden cambiar. Resulta en ocasiones irritante su falta de apoyo al doctor Aziv.

Cuando vi esta película, me quedé con la sensación de que me hubiera gustado ver más. Gran parte del metraje está ocupado por el juicio a Aziv. Creo que Lean debería haberle dedicado más tiempo a los usos y costumbres locales que a narrarnos una situación, la de un juicio, que no se diferencia casi nada se desarrolle en el país que se desarrolle. No obstante, la película es una gran película, que recomiendo también con placer.

En esta ocasión contamos con el incomparable arte de Juan Valdivia, que en un incomparable salto mortal vuelve a superarse a sí mismo. Gracias, Juan. Tu retrato de David Lean es magnífico. Tan magnífico como la acuarela de Carmen, que representa una de las escenas de "Pasaje a la India". Gracias a ti también, Carmen. Vuestro arte es cada vez mejor.

miércoles, 11 de junio de 2008

Freaks (1932)


Conocí la película prácticamente en la adolescencia, a través de una antigua revista de comics de terror que se llamaba “Vampus”, y que bebía casi literalmente de otra americana, que se publicó después también en España con su propio nombre y con más pena que gloria, que se llamaba “Creepy”. “Vampus publicó un artículo de varias páginas en el que no solo contaba la historia del enano Hans, sino que mostraba bastantes fotografías de aspecto antiguo que mostraban a gran parte de los seres deformes que protagonizan esta inclasificable joya del séptimo arte de todos los tiempos.

Dirigida por Tod Browning en 1932, la película nos cuenta la historia de Hans, una especie de gentleman enano, siempre trajeado, que está comprometido con Frida, una enana guapísima. Ambos trabajan en el circo de madame Tetrallini, una especie de hada benefactora que acoge en su senos a toda una serie de seres humanos deformes, que recorren Francia con su espectáculo circense. Lo angustioso de la situación es que los protagonistas eran deformes de verdad, en la vida real, habiendoalcanzado algunos de ellos cierta fama precisamente por el hecho de ser deformes.

La forma de narrar de Tod Browning en esta película supera con creces la de su anterior título, la primera versión de Drácula protagonizada por el mítico Bela Lugosi. Desgraciadamente, la primera aparición del conde transilvano en la gran pantalla ha envejecido mucho peor de la película motivo de esta entrada. Resulta fascinante el propio comienzo, en el que un charlatán de feria suelta su discurso, presentando, sin mostrarla todavía, a la singular Cleopatra, una mujer antaño bellísima, y ahora... Mediante un fundido, retrocedemos hasta el momento en que Hans contempla extasiado el número de Cleopatra, la bella trapecista encarnada por Olga Baclanova. Los ojos de Hans denotan algo más que admiración hacia el bello cuerpo que se columpia en el aire. Frieda, la mujer enana a la que Hans está comprometido, nota que algo falla en su relación.

En una escena que me produjo pesadillas durante bastante tiempo, el dueño de unos terrenos se encuentra de repente en un claro de su propiedad con un grupo de microcefálicos, hombres sin brazos, hermanas siamesas y un muchacho que, no teniendo piernas, anda sobre sus manos con verdadera agilidad. El grupo, asustado ante la presencia del hombre, corre a refugiarse a la vera de Madame Tetrallini, su benefactora, en un cuadro difícil de olvidar. Causa una gran sensación escuchar hablar a esta mujer de sus “pobres criaturas”.

Cleopatra, huelga decirlo, desprecia profundamente tanto al enano como a los otros miembros del circo, y juguetea con Hércules, el hombre más fuerte de la compañía. Cleopatra y Hércules son el cpontrapunto de Frodo, el payaso, y Violet, la domadora de focas, que respetan profundamente a sus compañeros deformes y conviven con ellos en un ambiente de normalidad.

Cleopatra sigue despreciando al enano y jugando con sus sentimientos, hasta que se entera por casualidad, precisamente cuando Frieda intenta llamarla al orden, de que Hans es poseedor de una inmensa fortuna. Es entonces cuando decide, ni más ni menos, casarse con el enano, matarle y repartirse la fortuna con el corpulento Hércules.

La boda de Hans con Cleopatra merece pasar por sí sola a los anales de la cinematografía universal. Cleopatra no descuida ninguna ocasión de humillar a su flamante esposo. Hacia el final del banquete, que se celebra en la pista, uno de los enanos llena una gran copa de licor, y bailotea en la larga mesa mientras se la va pasando a todos y cada uno de los asistentes al evento, que beben mientras entonan una de esas canciones que se te quedan grabadas en la memoria para siempre: “Goble, goble, we accept her, one of us...” (copa, copa, la aceptamos como uno de nosotros), letra que repiten cada vez más obsesivamente en un paroxismo de ritmo y surrealismo que se rompe cuando la copa llega a Cleopatra, que la desprecia gritando como una loca que de eso nada, que ella no es como ellos ni por asomo, que son todos unos monstruos (freaks), insulto que repite varias veces hasta acabar la actuación besando en la boca delante de todos a su amado Hércules.

Podría pensarse que una actuación así por parte de Cleopatra supondría el final de su relación con Hans, pero después de varias zalamerías, y de jurarle y perjurarle al pobre enano que estaba bebida cuando montó el espectáculo en el banquete, consigue engancharle de nuevo en sus redes. Comienza entonces a envenenar a Hans. Frieda, que se percata, avisa a Frodo, el payaso, y a todos los demás. Durante uno de los desplazamientos del circo, en medio de una gran tormenta en la que a los carros no les queda más remedio que pararse, la liga de las criaturas deformes lleva a cabo su venganza. Resulta impresionante la imagen de los amigos de Hans, armados hasta los dientes, dirigiéndose lentamente bajo la lluvia hacia el carromato de Cleopatra y Hércules.

El charlatán de feria del principio está llegando al final de su relato. “El sufrimiento de uno es el sufrimiento de todos, y la alegría de uno es la alegría de todos”, sentencia como en una especie de inquietante código moral. Al descorrer la cortina que tapa la jaula, un terrible grito de terror se escapa de la garganta de una de las asistentes al espectáculo: la antaño bellísima Cleopatra grazna, con la mirada perdida, convertida en una especie de gallina sin piernas.

Uno de los “atractivos”, por llamarlo de alguna manera, de esta gran película, cuyo mensaje ético, no lo olvidemos, es que hasta las más desvalidas criaturas son capaces de unirse ante una agresión (aunque existe otra lectura: precisamente, cuanto más desvalidas, más unión entre ellas), es el casting que se realizó para hacerla. Al parecer, se presentaron miles de fotografías de gente con defectos de nacimiento. Finalmente se escogieron varios personajes entre los que destacaban Daisy Hilton y Violet Hilton, hermanas siamesas, Johnny Eick, el hombre sin piernas, que participó en varias películas, Randian, un hombre sin brazos ni piernas pero que es capaz de encender un cigarro ayudándose solo con la boca, Koo Koo, la chica ave, Frances O´Connor, la mujer sin brazos, y el grupo de los microcefálicos, con sus inquietantes sonrisas y extraños movimientos, compuesto por Schlitzie, Jenie Lee Snow y Elvira Snow. Toda una muestra de malformaciones humanas reales. La fotografía en blanco y negro, la atmósfera casi siempre tenebrosa, el sufrimiento de Hans y Frieda causado por seres humanos aparentemente normales. Convierten sin ninguna duda a “Freaks” en uno de esos títulos de referencia.

Si alguno de vosotros tiene acceso al DVD de la película, le aconsejo que la vea en versión original subtitulada. Las voces de alguno de los personajes (Hans, Hércules, Frieda, Frodo...), y sobre todo, la inquietante canción que entonan todos en el banquete de bodas, tienen que escucharse forzosamente en versión original. En castellano pierde bastante la película, hacedme caso.

martes, 3 de junio de 2008

Algo perfecto. Jonathan Demme


Reconozco que comencé a fijarme en este director cuando ya llevaba bastantes años detrás de las cámaras. Sucedió con “Algo salvaje”(1986), en la que una fascinante Melanie Griffith se las ingenia para liar al siempre ingenuo Jeff Daniels (un actor por el que siento un especial cariño desde que le descubrí como el explorador surgido de la pantalla en “La rosa púrpura del Cairo”), llevárselo a un motel y vivir una noche loca, cosa que no hubiera tenido la menor importancia si al día siguiente la chica, ligeramente desquiciada, no le hubiera obligado al pobre Daniels a visitar a su madre en Pensilvania.

Lo que el inocente contable se prometía como la aventura de su vida con una escultural mujer (me enamoré de Melanie Griffith en “doble cuerpo”, de Brian de Palma), se convierte paulatinamente en una pesadilla surrealista. No se comprende que Jeff Daniels no emprenda una rápida huida cuando Melanie se cambia de ropa, abandonando su aspecto siniestro y sugerente para adoptar un aire provinciano y anodino.

En este título descubrí a Ray Liotta, un actor que casi siempre interpreta papeles cuando menos inquietantes, con una alta dosis de perversidad en la mirada y en los gestos. Encarna en “Algo salvaje” al exaltado exnovio de Melanie, y borda el papel de poco menos que un auténtico psicópata. Parece uno volver a recordar las palizas que nos daban los mayores cuando estábamos en el colegio al ver al amigo Ray zumbándole la badana al inocente Jeff, que al final resulta no serlo tanto cuando consigue, mediante ciertas estratagemas, recuperar al amor de su vida.

También asistimos en este título a una de las constantes en bastantes de las películas de Demme: su cuidada y elegante elección de la banda sonora. Se pueden escuchar temas de Laurie Anderson, John Cale, David Byrne y hasta de la misma hermana de Bob Marley, que aparece además cantando en todo su esplendor en los créditos finales. Muchos de los temas que aparecen en la película eran famosos en aquella época, sin duda la más sugerente de la historia de la música moderna. Creo que nunca se han llegado a alcanzar más altas cotas de placer musical que durante la afamada década de los ochenta, pero esa, amigos, es otra historia.

Después de rodar algunas comedias ligeras, Jonathan Demme parece renacer de sus cenizas con un título que en su día nos dejó marcados a todos los que lo vimos. Y digo marcados literalmente, porque conocí a bastantes personas que adoptaron durante varias semanas la forma de actuar del doctor Aníbal Lecter, el verdadero alma mater de la película “El silencio de los corderos”(1990), un thriller perfecto que merece estar por méritos propios en la zona más alta del altar dedicado a las películas de terror de cualquier aficionado. Infinitamente mejor que la novela homónima de Thomas Harris, “el silencio de los corderos demuestra una vez más que es posible superar la novela cuando la imaginación del director está por encima de la del novelista.

No creo que merezca la pena contar el argumento de la película. Se puede resumir en apenas dos líneas: para encontrar a un asesino psicópata que se dedica a secuestrar y a asesinar a chicas con sobrepeso para hacerse un vestido después de arrancarles trozos de su piel, la agente Starling, del FBI (sin duda el mejor papel de toda la carrera de Jodie Foster), se entrevista en varias ocasiones con otro psicópata encarcelado, el singular y ultrapeligroso doctor Aníbal Lecter (un Anthony Hopkins en la cima de su arte), al que le encanta comerse el hígado de sus víctimas regado con una copa de chianti. Aparte de la extraordinaria interpretación de Hopkins, muy por encima de las posteriores apariciones de Lecter en la pantalla, hay que destacar la hipnótica voz conseguida, para la versión en castellano, por el actor de doblaje de este hombre, el siempre magistral y envidiable Camilo García. Hopkins confesó en una entrevista que había tratado de conseguir, para su personaje, una mezcla de las voces de Truman Capote y Katharine Hepburn. A pesar de que aparece apenas quince minutos durante todo el metraje, se convierte por méritos propios en el alma de la película. La inolvidable escena de su preparación para escaparse, después de haber asesinado a los dos policías que le custodian, mientras suena el primer movimiento de las variaciones Goldberg de Bach, y el truco que emplea para desaparecer del mapa, es digno de admiración. Un ejercicio de imaginación difícil de superar, sin ninguna duda.

Descubrí después de ver la película que Jonathan Demme era tan amigo de Roger Corman, uno de los directores a los que algún día dedicaré otra entrada en este blog, que hasta le regaló el papel del jefe Burke del FBI. Corman fue sin duda el maestro del cine de terror de serie B, y eso es algo que se detecta en la película de Demme.

“Philadelphia”(1993) supone un más que digno cambio de registro en la trayectoria del director, que pasa de la comedia y el cine de terror al más puro drama. En unos momentos en los que la enfermedad del sida apenas comenzaba a mostrar su sinistro rostro, Demme elabora un producto inmejorable, tanto por su carga de denuncia como por el lado humano que refleja con todo su esplendor y crudeza.

Tom Hanks interpreta a Andrew Becket, un abogado que es despedido del bufete en el que trabaja por haber contraído el virus del sida. Decide demandar a la empresa por despido improcedente, pero no consigue encontrar un abogadoque le defienda, hasta que Denzel Washington se hace cargo del caso. Denzel, que desde el principio muestra su animadversión hacia todo lo que huela a homosexual, va mutando su espíritu y se deja cautivar por la indudable fuerte personalidad de Andrew, que siendo homosexual, no presenta ninguno de los tópicos que se les pueden aplicar. Muy al contrario, Andrew no duda en mostrarse como es ante la persona que le va a defender.

En una escena digna también de pasar a los anales (os recuerdo que este blog habla sobre todo de escenas dignas de pasar a los anales), Andrew le explica al abogado interpretado por Denzel Washington el aria cumbre de la ópera “Andrea Chenier”, interpretada por maría Callas. Una escena desgarradora, que podría interpretarse como una muestra del dolor que podía sentir en aquella época un enfermo de sida, despreciado por una sociedad que siempre le ha vuelto la espalda a los que sufren.

La película supuso la aceptación de Hollywood a la homosexualidad, o eso se dijo en su momento, basándose los entendidos en el hecho de que a Hanks le entregaran el oscar al mejor actor ese año. El segundo oscar fue a parar a Bruce Springten, el compositor de la magnífica canción que aparece en los créditos iniciales, “Streets of Philadelphia”, que suena en todo su esplendor mientras unas inmejorables tomas aereas nos muestran imágenes con lo mejor de la ciudad en la que se desarrolla la trama. “Philadelphia” es una de esas películas que hay que ver si uno quiere formarse un criterio ético, y que hay que disfrutar cuando ya se tiene. Hasta el mismo Banderas está correcto en su papel de compañero sentimental de Hanks. Al final del drama, en otra escena de gran carga emotiva, la familia de Hanks recuerda a su miembro en un homenaje emocionado y discreto. Denzel Washington, el abogado, ha acudido con su mujer, como un miembro más de esa familia. A destacar también el papel de la madura Joanne Woodward como la madre de Hanks. Una gran película, sin duda.

La acuarela que preside esta entrada es de Carmen. Una maravilla, como siempre, que te agradezco con todo mi cariño, artista.

martes, 27 de mayo de 2008

Un cineasta en la cima de la madurez. Otto Preminger

Me ocurre algo curioso con este director de origen judío, uno de los primeros en burlar la férrea censura cinematográfica de Estados Unidos. He estado rebuscando en mi memoria para tratar de transmitiros, como suelo hacer a veces la sensación que tuve al ver una película suya en tal o cual sala, y he llegado a la conclusión, por la que me arriesgo a que me llevéis directamente a la hoguera, de que no he visto ni una sola de las películas del amigo Preminger en pantalla grande, y os puedo asegurar que he visto casi todas.

Video o DVD. Ese es el formato en el que me he reencontrado con un director que mantenía olvidado desde hacía bastantes años. Recordaba la sensación que me había causado “Buenos días, tristeza”, al verla en algún programa de la 2, seguramente “La clave” del gran Jose Luis Balbín, o esa mutilada “Carmen Jones” (lo de mutilada lo sé porque dispongo de la versión íntegra) que nos debió de regalar algún programa de cine club que haya pasado a mejor vida. También he visto “Anatomía de un asesinato”, que me parece una joya, y “Laura”, que también, pero ocurre lo de siempre, que por razones de tiempo, espacio y misericordia para con mis lectores, voy a limitarme a hablar de los cuatro títulos que más me han cautivado de este amante de los planos largos, tal y como le definen en la Wikipedia.

“Carmen Jones”(1954) nos cuenta la famosa historia de Carmen, la tabaquera creada por Merimée en 1845 y convertida en ópera por Bizet treinta años más tarde, allá por el año 1875. Es precisamente la música de Bizet, soberbiamente adaptada por Oscar Hammerstein II, la que se puede escuchar a lo largo de toda la película. La eterna historia de la seductora Carmen se traslada en esta ocasión a Lousiana, en el sur de los Estados Unidos, a una fábrica de paracaídas que abastece al ejército, en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Carmen se convierte por arte de magia en Carmen Jones, una operaria de la fábrica encarnada por la bellísima actriz de color Dorothy Dandridge, a la que alguno recordareis porque su tumultuosa vida personal fue llevada al cine.

En esta ocasión, el pobre ser humano que cae en sus redes no se llama Jose, sino Joe, un soldado de infantería encarnado por el ya entonces famoso Harry Belafonte. La película cuenta con un ritmo trepidante, unos números musicales tan buenos o incluso mejores que los de “West Side Story”, por poner un ejemplo, y una interpretación que roza la perfección. Las situaciones cómicas, trágicas y siempre sugerentes que provoca la pareja en su entorno casi siempre militar, no dejan indiferente a nadie. Lógicamente, el personaje que causa la ruina de Joe no es un torero, sino un boxeador, Husky Miller, correctamente interpretado por Joe Adams.
Carmen Jones devora con su presencia cualquier otra consideración. Su romanticismo, voracidad sexual, perversidad, egocentrismo y necesidad de jugar con el sexo opuesto, conforman un personaje que consiguió, gracias a su grandeza, la primera nominación al oscar que se le concedía a una actriz de color.

Tengo que confesaros sin ningún pudor que “Buenos días, tristeza”(1958) podría estar entre mis diez películas favoritas, si es que en algún momento de locura me planteara tener que elegir solamente diez películas favoritas. Parece mentira que una historia tan simple como la de los deseos de una adolescente de separar a su padre de su amante, se pueda retorcer tanto como para convertirse en uno de los mayores monumentos de la historia del cine.

Basada en la novela de Francoise Sagan del mismo título (creo que por mi casa circulaba un ejemplar de aquellos que con tanto mimo publicaba la Editorial Reno), que al parecer había levantado cierta polvareda cuando se publicó, la película, que comienza en blanco y negro en un oscuro y neblinoso rincón de París, nos narra los turbios manejos de Cecile, una adolescente interpretada por Jean Seberg, para separar a su padre, Raymond (magistral David Niven. En su salsa. Posiblemente, el mejor papel de toda su vida), de Anne (también excelente interpretación de Deborah Kerr), una amiga que los visita en el transcurso de unas vacaciones de verano en la Riviera francesa.

Las escenas en blanco y negro del inicio de la película contrastan fuertemente con la historia que se nos narra mediante flash backs, en cinemascope y en color. De la sórdida frialdad de un París invernal pasamos de un salto a la calidez y luminosidad de un verano en la Riviera francesa. Estamos hablando de una sociedad basada en el lujo, en el despilfarro, en la decadencia, en el aburrimiento, en la patía y en las ganas de divertirse. Raymond es un hombre de negocios, y Cecile una adolescente cuya ocupación preferida consiste en juguetear con los jóvenes del pueblo y con los hijos de familias tan adineradas como la suya. Las actividades que desarrollan los protagonistas, enmarcadas siempre por el calor, el agua y la arena de la playa privada que poseen en la Riviera, son siempre del mismo tipo: deportes acuáticos, excursiones en velero, veladas con bailes de moda, comidas en el club náutico, bailes de salón... En ese ambiente romántico, divertido y altamente superficial, Raymond comienza a cortejar a Anne, una amiga de toda la vida que en realidad ha venido para desconectar de su trabajo por una temporada. Por nada, por simple aburrimiento, o por alguna razón oculta que puede que se me escape, Cecile se pone como meta destrozar el incipiente romance que está viviendo su padre. Para ello no duda ni un momento en utilizar a la anterior amante de Raymond, una escultural belleza sin la clase y el glamour de Anne, pero bastante más sensual. Finalmente, la treta de Cecile da resultado, el cretino de Raymond, en el fondo un bon-vivant sin criterio ni personalidad, cede a sus instintos de macho latino, y es entonces cuando sobreviene la tragedia.

Uno de los logros más innegables de la película es precisamente ese, el presentar la tragedia en toda su crudeza, como un mazazo, como si en un ambiente tan idílico, despreocupado, indolente y sensual como el que se nos ha presentado hasta el momento, resultara imposible que sucediera algo así. Cecile se queda traumatizada, con la conciencia abatida por lo que ha hecho, y la imagen vuelve a la realidad, a la triste realidad en que se ha convertido su vida, de nuevo en blanco y negro. La película acaba con la adolescente mirándose al espejo y saludando a la tristeza que desde aquel verano se ha apoderado para siempre de su alma. Dicen que Jean Luc Godard, un simple crítico por aquel entonces, se quedó tan prendado de la interpretación de Jean Seberg, que la eligió para su primera película, “Al final de la escapada”.

“El cardenal”(1963) constituye sin duda una de las mejores muestras de la carrera que tiene que seguir un humilde sacerdote para llegar a lo más alto del escalafón eclesiástico. El personaje, encarnado por un correcto aunque ligeramente acartonado Tom Tryon, rememora desde el Vaticano sus comienzos en la religión católica.

Después de estudiar en Estados Unidos, el joven sacerdote interpretado por Tom Tryon se traslada a Austria, lugar en el que conoce a Romy Schneider (guapísima en el momento en el que se rodó la película) y se medio enamora de ella, hasta que su vocación consigue imponerse. Vive primero en Austria el terror de los nazis, en una magistral escena de multitudes en la que una estudiante interpreta el “Ave María” de Schubert mientras los nazis se dedican a vapulear sacerdotes, y revive después el terror cuando, de vuelta a los Estados Unidos, es azotado sin misericordia, hasta quedar casi medio muerto, por el Ku Kux Klan, la extrapolación de las salvajadas nazis al otro lado del Atlántico.

La película, mostrando un gran respeto hacia la Iglesia católica, refleja también la dualidad de las decisiones que tiene que tomar un hombre con la ambición de llegar a lo más alto de su carrera, para lo que no duda en anteponer a sus intereses personales, materiales e incluso familiares, intereses más elevados, religiosos, filosóficos o incluso psicológicos, que le conducirán al manto cardenalicio que le colocan al final de la película. Un título correcto, sentido, que adolece a veces de cierta lentitud, y que muchos piensan que se podría haber resuelto en un par de horas, y no en las tres horas y media que dura.

En “Exodo”(1960) se nos narra la fundación del estado de Israel. Independientemente de la historia tergiversada que se nos presenta, hay que reconocer que se trata de una gran película, con una soberbia interpretación de Paul Newman y Sal Mineo y una Eva Marie Saint que no consigue en ningún momento quitarnos de la cabeza la idea de su eterna bondad. La banda sonora se convirtió en todo un clásico, y la actitud de los casi setecientos refugiados que deambulaban por el barco como sardinas en lata, en todo un monumento a la tenacidad y a la solidaridad humanas. Otra cuestión muy diferente es que no se refleje en la película la traición de los británicos a los árabes, a los que habían tenido como aliados para luchar contra Turquía, y a los que no les quedaba más remedio que mentir para calmar las pretensiones de los judíos ingleses y norteamericanos, que habían financiado con sus fortunas los ejércitos de ambos países en las dos guerras. Tampoco se hace mención en la película a que fueron en realidad los sionistas los que introdujeron poco a poco en Palestina, no los judíos como raza. Quedémonos, pues, con la parte romántica, con los ojos de Eva Marie Saint (bueno, vale, y con los de Paul Newman) y con esa música eterna que todos llevamos grabada en el alma.

Esta vez tenemos el privilegio de poder admirar dos magníficas acuarelas de Carmen y Juan Valdivia, nuestros colaboradores habituales. Gracias a vosotros, amigos de Hispacuarela, este blog se viste de gala cada vez que se renueva (y olé...).

martes, 20 de mayo de 2008

Películas de jazz. Segunda parte



Siguiendo los acertados deseos de mi amigo Victor Hugo Escalante, no me queda más remedio que comenzar esta entrada hablando de la película “El hombre del brazo de oro”(1955), de Otto Preminger, un gran director al que probablemente dedicaré la próxima entrada. La película, protagonizada por Frank Sinatra en el que probablemente representa el mejor papel de su carrera, está rodada en un contundente blanco y negro, y aunque no esté plenamente dedicada al jazz, es merecedora de figurar en una antología dedicada a este género musical, tanto por su soberbia banda sonora, firmada por Elmer Bernstein, como por la profesión que quiere ejercer Frankie Machine, el personaje interpretado por Frank Sinatra, que es nada más y nada menos que la de trompetista de una orquesta de Jazz.

Frankie Machine vuelve a su barrio, situado en una zona marginal de Chicago, después de pasar una temporada en una clínica de desintoxicación. Su esposa, interpretada por Eleanor Parker, vive atada a una silla de ruedas, al parecer debido a un accidente del que tuvo la culpa su propio marido. Poco a poco, y ante la falta de oportunidades, asistimos a la paulatina decadencia vital de Frankie, que retoma su afición al póker, y sobre todo su aparentemente perdida adicción a las drogas, concretamente a la heroína, hostigado por el camello del barrio, un engominado personaje llamado Louie, que le dice “la adicción a las drogas solo se cura con más droga”.

Al fracasar en una prueba de trompeta que se le presenta debido a que no ha descansado nada, Frankie se derrumba como persona, y decide desintoxicarse en casa de la que fuera su amante, una escultural Kim Novak. Las escenas de la ansiedad que le provoca el mono de heroína fueron censuradas en su época por su extrema crudeza. Un gran título incluso para los no muy aficionados a Frank Sinatra, que interpreta en esta ocasión a un hombre consumido por sus propias circunstancias vitales, ciertamente dramáticas. Una película inclasificable entre el drama y el cine negro, pasando por una especie de neorrealismo a la americana bastante entrañable.

“El trompetista”(1950), de Michael Curtiz, gran amante del jazz, nos cuenta la aventura vital de Rick Martin, interpretado por Kirk Douglas, un trompetista vocacional que da sus primeros pasos prácticamente en la niñez, poco después de quedarse huérfano. La película narra la vida de un trompetista real, Bix Beiderbecke, que sentía verdadera pasión por el instrumento que tocaba. Para contar la historia, Curtiz nos regala la presencia de un narrador de lujo, el famoso músico Hoagy Carmichael, que interpreta al amigo íntimo de Rick Martin.

Rick acompaña con su trompeta las canciones a la cantante Jo Jordan, interpretada por la estrella musical Doris Day, que se mueve como pez en el agua por cualquier tipo de escenario. La cantante tiene una amiga fatal, como no podía ser menos, ínterpretada por una bellísima Lauren Bacall, que vive su momento de romance con el músico. Se trata de otra película en blanco y negro, como debe ser cualquier película de jazz de la época que se precie. También existen conexiones entre este tipo de cine musical y el cine negro, sobre todo cuando Rick toca en el club de unos delincuentes. No es que se trate de una película famosa, ni del mejor papel de Kirk Douglas, pero es seguro que no dejará indiferente a ningún amante del jazz. Los números musicales, muy numerosos tienen gran calidad.

Prometí la semana pasada escribir de otra película de Scorsese que omití totalmente a sabiendas de la entrada dedicada a tan insigne director. Se trata de “New York, New York”(1977), protagonizada por Robert de Niro en el papel del inolvidable Jimmy Doyle, y Liza Minnelli en el papel de la inolvidable Francine Evans. La pareja se conoce el mismo día en que acaba la Segunda Guerra Mundial, y decide unir sus vidas, no sin cierta reticencia inicial de Francine, a la que acosa sin ninguna piedad y con bastante pesadez el implacable Jimmy. Los diálogos obsesivos que protagoniza la pareja recuerdan bastante a los que se mostraban en “Toro salvaje” entre el boxeador y su mujer o su hermano. No creo que exista nadie en el mundo que no haya terminado odiando la cargante machaconería de Robert de Niro en estas dos películas. El rifi-rafe protagonizado con el siempre grandioso Lionel Stander es digno de figurar en la zona más alta del altar a situaciones surrealistas en el cine.

Independientemente de la dolorosa personalidad de los dos protagonistas, que se van desuniendo sin remedio desde el mismo momento en que deciden unirse, hay que destacar la soberbia capacidad musical tanto de uno como del otro. Se ha dicho muchas veces que Robert de Niro tocaba personalmente el saxo en la película, pero al parecer no fue así. La personalidad de quein tocaba el instrumento puede albergar alguna duda, no existe ninguna con respecto a la soberbia voz de Liza Minelli, que para mi gusto superó incluso con este título a la Sally Bowles de “Cabaret”.

Como escenas memorables, mencionar aquella en la que Robert De Niro toca en un club de músicos de color. Nunca he podido, ni leyendo los títulos de crédito, conseguir saber quienes eran los músicos que le acompañaban en esa escena, pero no creo haber vuelto a ver tocar jamás a un pianista con la agilidad en los dedos que tiene el que aparece ahí. Otras dos escenas memorables son las que muestran las diferentes interpretaciones de la canción New York New York, compuesta por De Niro (en la película). Sobria y contenida la del saxofonista, y grandiosa y musical la de Francine, como sus personalidades, diferentes y muy alejadas la una de la otra, pero convergentes en la dosis de arte de su alma. Jimmy y Francine se separan, pero en el fondo se quieren. Existe un final alternativo en el que vuelven a unirse, pero yo me quedo, sin ninguna duda, con el final oficial, puede que más triste, pero infinitamente más sugerente.

Y quiero finalizar con “Calle 54”(2000), de Fernando Trueba, que no siendo una película de jazz puro, supone una buena muestra, por no decir la mejor, de lo que representa el conocido como jazz latino o jazz fusion.

A la desaparición de las salas de sesión continua en Madrid le siguió muy de cerca la proliferación, como si de setas se tratara, de minúsculas salas en galerías comerciales, agrupadas sin orden ni concierto, con nefastas condiciones sonoras y una pantalla poco más grande que la que se puede comprar uno hoy en día en cualquier establecimiento en el que vendan televisiones de plasma. A la sala se entraba por una parte y se salía, a la puta calle, por una puerta situada normalmente junto a la pantalla. Fue el paso intermedio entre las mencionadas salas de seión continua y las grandiosas salas actuales, con su Dolby Surround y sus enormes pantallas, posiblemente las más grandes de Europa (he estado ya en ocho cines que presumen de tener la pantalla más grande de Europa, vaya usted a saber porqué).

Pues bien, fue en una de esas cutre-salas en la que vi, un domingo por la noche (estaba solo en el cine), el sentido homenaje de Fernando Trueba a toda un género musical, representado por músicos tan prestigiosos y sugerentes como Cachao, Gato Barbieri, Eliane Elías, Michel Camilo, Chano Domínguez, Bebo Valdés, Chucho Valdés, Paquito de Rivera, Patato, Puntilla, Jerry González o el mismísimo Tito Puente. Trueba nos introduce en cada una de las piezas musicales mediante una breve entrevista con el músico en cuestión, en la que este nos revela aspectos más o menos interesantes de su vida y de su obra. Si algo se desprende de la película, es el gran amor que siente Trueba hacia este tipo de música, que al parecer conocía y devoraba desde principios de los años ochenta. A pesar de la mala calidad del sonido, acabé tan enamorado de este tipo de música que no he dejado de escucharla desde entonces.




Tenemos hoy el placer de poder disfrutar de dos magníficas acuarelas, la primera del ya habitual Juan Valdivia, que representa una escena de "Round Midnight", y la segunda de Carlos León Salazar, que ya ilustró la entrada sobre Homprey Bogart con una magnífica escena de casablanca. Estas dos acuarelas han viajado a la exposición de Hispacuarela que se celebrará en Junio en Puerto de Santa María, en Cádiz. Os invito a visitarla a todos los que tengáis ocasión. La gran calidad de todos los artistas de Hispacuarela lo merecen. Gracias a los dos por vuestra colaboración y por vuestro arte.

viernes, 16 de mayo de 2008

Cine español. La soledad


No puedo. Juro por lo más sagrado que lo he intentado, pero no hay manera. Traté de reconciliarme con el cine español actual (y subrayo lo de actual) con “La mala educación”, de Almodóvar, que me recomendó una compañera de trabajo, y volví a tener una recaída. La visión de mi admirado Quinet de “La plaza del diamante” (Lluis Homar), retozando con un tío, apasionado y sudoroso, en un destartalado sofá, y el sempiterno ataque a la Iglesia, oportunista, chapucero y hoy en día siempre de moda, a costa de unos cuantos de sus miembros, tan viciosos como muchos de los directores de cine que los denuncian, hicieron que volviera escarmentado a mi estado de espectador de todo tipo de películas excepto españolas.

He vuelto a intentarlo con “La soledad”, de Jaime Rosales, recientemente ultragalardonada, aplaudida y bendecida en los últimos premios Goya. Hasta hoy me había resignado. Mi actitud era de simple pasividad ante un mal que nos está corroyendo poco a poco, pero con la visión de esta película he decidido que ya está bien, que ya es hora de enterrar para siempre ese cadáver cansino y machacón en el que se ha convertido el cine español (repito: actual).

Resulta cuando menos curiosa la situación. Nuestros mayores, inmersos indudablemente en una forma de vida bastante más precaria que la nuestra (posguerra, cartilla de racionamiento, oración diaria y hambre), acudían al cine con verdadera ilusión, para intentar librarse durante un par de horas (o bastantes más en los cines de sesión continua) de la sordidez de sus vidas, de la mediocridad de todo lo que les rodeaba. Y no solo eso: eran capaces de disfrutar, además, con películas como “Calabuch”, “Plácido”, “Los jueves, milagro”, “La caza”, “El cochecito”, “El pisito” y otras muchas que no coloco porque la lista sería interminable. Eran capaces de disfrutar de un cine inteligente, brillante, dotado de un gran sentido del humor, sarcástico, agradable.

Ahora no. Aquella etapa de oro del cine español se acabó, como se acabó el imperio en 1898 cuando perdimos Cuba, y como se acaba todo en este país, con una marcada, implacable y recurrente tendencia a la decadencia en cualquiera de sus manifestaciones artísticas. Ahora no se va a ver una película española para evadirse uno, no señor. Ahora se va al cine a sufrir, a que le recuerden a uno la sordidez de su vida, la imposibilidad de intentar asomar la cabeza para ser un poco más feliz, porque te la cortan, la mediocridad de una existencia anodina, absurda, cuya máximo acercamiento a la felicidad consiste únicamente en gastarte una pasta en una entrada para ver una película tan triste como “La soledad”.

El sentido de tragedia griega arrasa los países mediterráneos desde tiempo inmemorial. Disfrutamos con la muerte, con la sangre, con la desgracia del prójimo. No se puede explicar de otro modo el éxito de películas como esta, a menos, claro está, que el éxito no sea tal, que el público esté en realidad tan cansado de este tipo de películas, que la única manera de revitalizarlas sea inundarla de premios, por alguna oscura razón que se me escapa. “Habrá que ir a verla”, hemos pensado millones de pardillos no escarmentados que hemos acudido a las salas como moscas cuando se ha repuesto. Pardillos que salíamos del cine con el rostro triste, en silencio, como en una procesión de fracasados a los que se les ha restregado su fracaso por la cara.

No voy a despotricar ahora contra el sórdido recurso, tan mezquino como cruel, de utilizar la muerte de un niño para provocar la tristeza infinita del espectador. Es algo que nunca he podido soportar, y posiblemente uno de los motivos principales por los que mi postura ante “La soledad” no sea todo lo objetiva que debería ser. En otras ocasiones me hubiera salido simplemente del cine, pero en esta ocasión me mantuve firme. Había decidido darle otra oportunidad al cine español, y traté de aguantar como un campeón.

Asistí, tras la brutal escena del autobús, completamente inesperada (no sabía de qué iba la película) a todo un catálogo de desgracias, narradas además con un ritmo absurdo, lentísimo, provocador de bostezos interminables y ansiedad cinematográfica. No entendí en absoluto (pobre de mi) la razón de la utilización por parte de Rosales del recurso, tan retrógrado como pretendidamente innovador, de dividir en dos la pantalla en determinadas escenas, con tan mala suerte en algunas ocasiones, que durante momentos interminables no sucedía nada en ninguna de las dos ventanas. A destacar, en este sentido, la muerte de Antonia, la madre de las tres hijas, una escena innecesariamente larga que al principio no se entiende. Una novedad, según los críticos, que están empezando a seguir el surrealista camino de los críticos de arquitectura, que se alejan de la realidad para sumergirse de lleno en el mundo de la fantasía y del mamoneo corporativista y sectario. Un recurso que ya funcionaba, y dejó de funcionar, en las primeras películas de Brian de Palma, en las que tenía un sentido, puesto que en las dos ventanas sucedía algo.

Como muestra de la tensión acumulada en la sala, diré que se escuchó una carcajada nerviosa ante la única muestra de humor de toda la película, sutil y muy de agradecer en medio de tanta mierda: a la muerte de la madre, las tres hijas, Manolo (posiblemente el personaje más sensato y feliz de toda la trama) y el marido de Elena, están sentados a una mesa, y una de ellas, Nieves, la del cáncer de colon (no os preocupéis. En esta película se cura, pero ya veréis como en la próxima se le reproduce. Es la máxima de este tipo de cine. Nadie, repito, nadie puede levantar cabeza, porque te la cortan) dice “pues a mi siempre me ha giustado ese cuadro”, y todos se ríen, porque al parecer el cuadro es horrible. Ya podía haberle dedicado Rosales al cuadro alguna de sus ventanitas chorras, porque no se ve en ningún momento.

En otra escena terrible, cuando Adela ha vuelto al pueblo a pasar unos días, se confiesa con Pedro, su ex, y le dice que se siente culpable por haber ido a Madrid. Pedro le dice que sí, que el también la ve como culpable. En ningún momento se plantea ninguno de los dos que los culpables puede que no sean ellos, sino los terroristas que han colocado la bomba precisamente en ese autobús. Esta filosofía es muy común en este tipo de películas. No se demoniza al creador del mal, sino al mediocre personaje que, en un intento de sacar la cabeza, se ha colocado en el lugar preciso y en el momento adecuado para que su vida se vaya a la mierda en un instante. Algo parecido sucede con Elena, la hermana mayor. Su modesto intento de levantar la cabeza (comprarse un piso en Torrevieja) es celebrado por su familia tachándola de egoísta, perversa y lianta, buscando además la complicidad del espectador, como si de la mala de “La gata sobre el tejado de cinz” se tratara.

Resumiendo: el cine español es una institución colocada ahí para recordarnos, película tras película, que nuestra existencia es una auténtica mierda, y que si pensamos que el dinero que nos gastamos para evadirnos durante un par de horas de nuestra cruda realidad está bien gastado, vamos dados. Películas como “La soledad” son las que llenan las salas en las que se emiten películas como “Harry Potter” o “La guerra de las galaxias”.

El cine español es un consorcio de amiguetes, de gente guapa, que diciéndose de izquierdas, controlan las subvenciones a su antojo, y juegan desde su Olimpo particular a interpretar los papeles de los pobres mortales que caminamos por el mundo, con todas nuestras miserias, nuestras tristezas y nuestros patéticos futuros. Con una visión más o menos fatalista, más o menos exagerada, y más o menos anodina, pero basada siempre en esa lacra de tragedia griega que nunca somos, ni seremos capaces de poder sacarnos de encima. La posibilidad de reflejar esa misma situación de la inteligente manera en que se hacía en los gloriosos tiempos del cine de Berlanga o Saura se ha esfumado ante esa afición de los directores actuales a recrearse en una forma de vida muy alejada de su torre de marfil. La moda empezó con películas como “Los lunes al sol” o “El bola”, por no mencionar todas las apologías y homenajes a la delincuencia callejera, y sigue con títulos más recientes, como “Pudor” o el comentado en esta entrada. Podría decirse incluso que las incursiones anteriores a los infiernos de la mediocridad (”Los lunes al sol” y “El bola”) gozaban al menos de cierto sentido del humor la primera y de un ajustado catálogo de valores familiares (los que muestra la familia del amigo del protagonista) la segunda. Hasta eso se ha perdido.

Desengañémonos. La tendencia está clara. Es la que premia esa supuesta Academia, y no hay vuelta atrás. Una enrevesada pirueta de la imaginación de algún miembro con poder, vinculado a esa institución o ajeno a ella, no lo sé, ha decidido que lo mejor para olvidarnos un momento de nuestra mediocre existencia es mostrárnosla con toda su crudeza, y ante una actitud tan absurda como esa, el único camino sensato es renunciar a llenar las salas en las que se proyecten películas como esta. Luego dirán que si la cuota, que si tal, que si cual, pero la realidad, la pura realidad, es que hoy en día estamos a años luz de países de nuestro entorno, como Francia, Italia o incluso Alemania, a la hora de hacer cine.