lunes 23 de noviembre de 2009

Primera etapa de Fritz Lang




Me da cierta grima confesarlo, pero tengo que reconocer que el cine de Fritz Lang comenzó a interesarme a partir de un infumable montaje que se hizo en los años ochenta de “Metrópolis”, con escenas coloreadas en tonos chillones y música de Giorgio Moroder con algunas piezas de Queen. Por la razón que fuera, al salir del cine tuve la necesidad de ver la versión original, la buena, la auténtica, algo que conseguí muchos años después, porque “Metrópolis” no era una película que se soliera colocar en cartelera.
“Metrópolis” está basado en una novela de Thea Von Harbou, que participó también en el guión y que era, además, la esposa de Fritz Lang. Nos cuenta la historia de un mundo futurista, en el que los obreros trabajan bajo tierra para que los poderosos puedan disfrutar de la luz del sol. Las escenas de los obreros acudiendo al trabajo o manejando las máquinas que mantienen en su esplendor la superficie, son ciertamente sobrecogedoras. Parece mentira, y eso es precisamente lo que me fascina de ese tipo de cine, que alguien en 1927, con los pocos medios de que se disponía, sea capaz de filmar una obra maestra como “Metrópolis”.
Con el cine mudo me ocurre algo curioso. Mientras estoy viendo una película de esas características, pienso a veces “¿qué hago viendo esto, con los efectos especiales y el sonido envolvente que tienen las películas modernas?”, y si la película no me atrae demasiado, me levanto y me pongo “La guerra de los clones” o “Piratas del Caribe”, por poner un ejemplo. No es el caso de las películas de Fritz Lang. Existen autores de cine mudo que hay que ver porque hay que verlos, pero para mi gusto resultan infumables. No fui capaz, por ejemplo, de terminar de ver “Intolerancia”, del amigo Cecil B de Mille, por ese motivo, porque no aguantaba. Es algo que jamás me ha sucedido con Fritz Lang. Y con algunas de Murnau, otro maestro del que hablaré en otra ocasión.
Hace poco disfruté como un enano con la historia del amigo Sigfrido, las walkirias y los nibelungos. Despertó mi interés un libro de Joseph Roth, que os recomiendo encarecidamente, titulado, “la filial del infierno en la tierra”, compuesto de soberbios artículos escritos antes de que el nazismo mostrara su verdadera cara. En ese libro, el escritor judío pone en tela de juicio la sacrosanta leyenda que emplearon los nazis como seña de identidad, que procedía a su vez de leyendas medievales a las que Wagner convirtió en monumento sonoro. Os confieso que me picó la curiosidad las afirmaciones de Roth, en el sentido de que todos esos héroes de pura raza aria no eran más que unos delincuentes mentirosos y trapaceros. “¿Cómo puede ser esto, si siempre se ha considerado a Sigfrido como un modelo de belleza y honor?”, así que traté de acceder a la leyenda a través de las cuatro óperas de Wagner, que suman un total de quince horas, más o menos.
Ufffff... Amigos, reconozco, no sin cierta vergüenza, que no poseo en absoluto el espíritu operístico necesario para tragarme una ópera de esas características. Admiro a todo aquel que sea capaz de hacerlo, de verdad, pero yo no pude, lo reconozco. Creo que aguanté sólo una hora y media de la primera ópera. ¿Cómo conocer, entonces, la leyenda de los nibelungos?. Descubrí entonces “Los nibelungos”, la película que rodó Fritz Lang en 1924, que si bien es bastante larga (dos partes de más de noventa minutos cada una), se disfruta bastante más y mejor que la ópera de Wagner.
En “Los nibelungos”, Lang hace un refrito, orquestado también por su mujer, Thea Von Harbou, de varias leyendas medievales alemanas, que dan lugar a la leyenda germana por excelencia. Se dice que Lang rodó la película como respuesta a “El nacimiento de una nación”, esa exaltación a las Américas y al Ku Klux Klan que había rodado Griffith en 1915. Lang negó siempre sin embargo esa motivación. Lo que quería en realidad era rodar algo estéticamente bello, más o menos fiel a la leyenda, pero siempre sugerente, y lo consiguió con creces.
La primera parte, la que nos cuenta la historia de Sigfrido, es simplemente magnífica. Con una técnica narrativa que hasta ahora no había percibido en ninguna película muda, se nos cuenta la pelea de Sigfrido con el dragón, su encuentro con los reyes nibelungos, la petición a Gunther, el rey burgundio, de la mano de su hermana Crimilda, la treta de la que se sirbven los dos para conquistar a Brunilda, la reina de Islandia, bastante perjudicada mentalmente por cierto, el encuentro de las dos mujeres en la puerta de la iglesia, que provoca chispas y hace que se desencadene toda la tragedia, y la muerte de Sigfrido a manos de Hagen Tronje, representación absoluta del mal.
La segunda parte es más espesa. Se titula “La venganza de Crimilda”, y trata de eso, de la historia que se monta Crimilda para vengarse de la muerte de Sigfrido. Para ello se casa con Atila, y provoca un encuentro con sus hermanos que acaba en tragedia, con el hijo de Atila muerto y otros sucesos de enorme dramatismo. Lo curioso es que resulta imposible despegar los ojos de la pantalla. “Es muda, y dura más de cuatro horas, pero estoy disfrutando como un enano”, pensaba mientras la veía. Por cierto, amigos, Joseph Roth tenía razón. Toda la historia está basada en robos (a los nibelungos les roba Sigfrido su tesoro sin ningún escrúpulo), en engaños (para que Brunilda se case con Gunther, Sigfrido se pone una capucha que le hace invisible), en asesinatos y en salvajadas varias. Si esa leyenda constituye el ideal de espíritu alemán, que Dios nos pille confesados. No entiendo muy bien porqué la UFA, al frente de la cual se colocó más tarde ese maestro de ceremonias que era Goebbels, permitió que se reflejara tan crudamente esa parte de su ideario legendario.
Quiero hablar para terminar esta entrada de la primera etapa de Fritz Lang de la saga del “Doctor Mabuse”, en especial de la primera parte. El doctor Mabuse es un médico que se disfraza cada dos por tres para robar lo que se le ponga por delante, que se sirve del hipnotismo para eliminar la voluntad de las personas que se cruzan en su camino, y hacerles que bailen al son que él quiera tocar. Es una película también muy dinámica, y con muchos episodios que tienen incluso cierta ironía muy bien llevada. Mabuse es un personaje curioso. Nunca ríe, y siempre parece que le está doliendo algo. Sus esbirros realizan su trabajo de esbirros al milímetro, sin fallos, con eficacia total. Una joya que os recomiendo también. En estos días voy a ver “El testamento del Dr Mabuse”, así que ya os diré algo.
Hoy tenemos el enorme privilegio de contar con tres magníficas acuarelas, tres de esos grandes artistas que colaboran habitualmente en este blog. Juan Valdivia nos deleita con un detallado primer plano de Fritz Lang. Una pintura de auténtico profesional, con esos toques blancos que dotan a la imagen de una fuerza descomunal. Otro tanto se puede decir de la imagen que nos trae Carlos León-Salazar, que con su estilo personal y ya casi inconfundible, ha captado a un joven Fritz Lang en plena faena de rodaje. Carmen, por último, ha conseguido con esa acuarela del robot de “Metrópolis” captar toda la esencia y la inquietud de tan fascinante película.
Gracias otra vez a los tres por vuestras colaboraciones. No me cansaré de deciros que sois los mejores.

viernes 13 de noviembre de 2009

La ola (Die welle)


Dedicado a mi sobrino Adrian


“La ola” es una película alemana, dirigida por Dennis Gansel, con un argumento sencillo, que va cobrando fuerza a medida que avanza. Ya he comentado bastantes veces que considero en cierto modo aburrido y poco agradable a los ojos en general el cine alemán, pero reconozco que de vez en cuando nos sorprende con auténticas joyas como esta. Porque “la ola”, amigos, es eso, una joya, de esas que te hacen pensar y remueven tus esquemas.


La historia es sencilla. Al profesor Rainer Wenger (interpretado por Jürgen Vogel, un actor al que no conocía, pero que a partir de esta película se ha convertido en uno de mis ídolos) le emplazan para que realice con sus alumnos un trabajo sobre la autocracia. No le gusta el asunto, porque hubiera preferido dar otra materia, pero en la primera clase, cuando sus alumnos le dicen que sería impensable un resurgimiento del nazismo, se le ocurre la idea feliz que constituye el entramado de toda la película.


Todo empieza como un juego, como un ejercicio destinado a entretener a unos alumnos que están a punto de acabar el curso, y que no quieren complicaciones. Rainer les dice que se levanten, que estiren la espalda, y que respiren profundamente. Nada más, sólo eso, pero todos al mismo tiempo. Se propone demostrar que no resulta sencillo sustraerse al atractivo de pertenecer a un grupo, y para mantener cohesionado a ese grupo, lo principal es mantener la disciplina. Una disciplina, la que sea, pero todos por igual. Esa es la clave del éxito que empieza a tener Rainer. Uno de sus alumnos les comentará entusiasmado a sus padres, durante la cena, lo bien que se lo ha pasado ese día en clase, y sobre todo, lo importante que se ha sentido. Es de destacar, y lo considero un acierto del guión, que el padre de ese muchacho pasa de lo que le está contando su hijo, lo que denota probablemente la razón de la debilidad de espíritu del muchacho.


El segundo día de clase, Rainer les hace levantarse, y les pone simplemente a andar en el sitio con paso marcial. Todos al mismo tiempo, eso es lo importante. Poco a poco, el paso se va haciendo más denso, más potente, hasta el punto de hacer temblar el techo de la clase que están dando abajo. Es el comienzo de la identidad de grupo. A lo largo de los días, se van sumando a la clase de Rainer más alumnos, entusiasmados con esa especie de experimento que está haciendo el profesor. El siguiente paso es vestirse todos con la misma ropa, una simple camisa blanca, y establecer un saludo, para reconocerse unos a otros cuando estén fuera del grupo. Estamos asistiendo, sin apenas darnos cuenta, a la creación de un movimiento totalitario, y lo terrible del asunto, lo que me puso los pelos de punta como espectador, es lo fácil que puede resultar llegar a conseguir algo así. Es abominable ser testigo de lo que se puede lograr con un poco de labia, no mucha, y un poco de disciplina. Llegas a la conclusión, viendo la película, de que la disciplina fascina, probablemente sobre todo cuando jamás se ha practicado.


El guión nace de la novela de Morton Rhue, que se basaba a su vez en el experimento que William Ron Jones, un profesor de la universidad de Palo Alto, California, realizó en 1967. Al parecer, el personaje de Rainer está inspirado en ese profesor.


Al buscar nombres para el movimiento, se impone “la ola” por encima de todos los demás. Una ola que arrasa todo a su paso, y que va creciendo, incontenible y decidida. Se van sumando cada vez más alumnos al movimiento. Es curioso, pero no pude evitar pensar que ni siquiera se daban las circunstancias en las que triunfó el nazismo en Alemania. No había paro, ni hambre, ni contubernios judeo masónicos, causas que se esgrimen a veces para intentar justificar lo injustificable. Nada de eso. Los alumnos integrantes de la ola son muchachos privilegiados, pertenecientes a una sociedad opulenta, sin problemas de ningún tipo. ¿Porqué fascina entonces tanto una aberración como la que va tejiendo Rainer?. Porque son jóvenes, y por tanto manipulables. Bueno... No estoy de acuerdo totalmente con eso. Son jóvenes, de acuerdo, pero también son inteligentes, y sobradamente preparados en lo que se refiere a los últimos adelantos informáticos y de cualquier otro tipo. ¿Porqué, entonces?. Esa es la pregunta que late desde el principio, y a la que ni yo ni creo que nadie haya sido capaz todavía de dar una respuesta del todo adecuada.


Es posible que se trate de una necesidad enfermiza de gregarismo. El propio Rainer lo apunta en uno de sus discursos. El individuo por sí sólo no vale nada, es la pertenencia al grupo lo que le protege, lo que le da fuerza. Los integrantes de “la ola” están cada vez más orgullosos de su pertenencia al grupo, y se vuelven insolentes y despectivos con los que no tienen el privilegio de compartir esa enorme dicha.


La película es alucinante, os lo aseguro. La trama va in crescendo, hasta llegar al paroxismo de la escena final en el campo de deportes, que no os voy a contar, por supuesto, porque quiero que veáis la película. Puedo deciros que uno de los aspectos más inquietantes de “la ola” es su relación espacio-tiempo. Considero un acierto de maestro del cine que el director divida la trama en capítulos, nombrando cada uno con el día en el que transcurre. Resulta monstruoso comprobar en qué se convierten los alumnos en el dilatado plazo de... ¡!una semana!!. Como lo oís. Una sola semana es el tiempo necesario para que un líder carismático sea capaz de rodearse de un ejército de fanáticos. Es increíble.


La dedicatoria de esta entrada tiene mucho sentido. Fue mi sobrino Adrian, un joven de diecisiete años, muy parecido a priori a los que protagonizan la película, quien me la recomendó. No me sorprendió que me la recomendara, porque Adrian es un gran aficionado al cine, con criterio de adulto, y se está ganando por méritos propios un puesto de honor en este mundo, sino la forma en que lo hizo. Me contó por encima el argumento, y reflejaba perfectamente la impresión que le había causado, y que fue exactamente la misma que me causó a mí después de verla. “Es increíble, tío. Parece como si de repente se volvieran todos locos”. Adrian fue quien me empujó a verla. Resulta curioso. Es posible que existan dos tipos de jóvenes, los que se dejan manipular, y los que poco a poco han ido adquiriendo un criterio propio, una forma de ser que haría impensable la vuelta a la barbarie que supondría un experimento como el de Rainer, pero a gran escala. Jóvenes que, como Adrian, son capaces de discernir, de elegir la grandeza del individuo frente a la ofuscación y oscuridad de la masa. Jóvenes que, al observarlos en sus comportamientos y actitudes, transmiten cierta tranquilidad, porque saben lo que quieran.


Adrian es de estos, por suerte, pero, ¿qué pasará con los que no son como él?

lunes 2 de noviembre de 2009

Sam Peckinpah




La primera dificultad al escribir sobre este peculiar director de cine surge ante su mismo nombre: Sam Peckinpah. Un apellido extraño, rotundo, como un latigazo, que cuando se escribe, siempre da la impresión de que sobran "haches" o faltan "kas", o de que las que hay se colocan dónde les sale de las narices. Se escribe así, como yo lo he hecho, y lo he verificado en la Wikipedia, así que, en ese sentido, me quedo tranquilo.


“Bloody Sam” se había ganado el apodo tras el rodaje de “Grupo salvaje”, un western violento protagonizado por un William Holden ya en declive. Se trata de la historia de un grupo de perdedores que se dedica a atracar bancos. Es muy posible que la motivación de Sam para dotar a su película de una buena dosis de violencia fuera la de intentar hacer resurgir el género del western, que por aquel entonces empezaba a estar de capa caída. Ya lo había intentado con “Mayor Dundee”, pero los estudios habían recortado la película hasta tal punto, alegando que los personajes resultaban muy complejos, que nuestro amigo declaró en varias ocasiones que dichos recortes habían convertido la película en incomprensible.


En 1970, y probablemente con la intención de quitarse de encima el apodo sangriento que le habían colocado en su anterior película, el amigo Sam rodó “La balada de Cable Hogue”. Para esa fecha, el género del western había dado ya todo lo que podía dar de sí, o al menos eso parecía, porque Sam consiguió, con esta película, una dignificación repentina, al presentarnos la historia de Cable Hogue, un maduro personaje interpretado magistralmente por Jason Robards. Del mismo modo en que Sam dignifica su género preferido, presentándonos una encantadora historia, aprovecha para enterrarlo. Cable Hogue es incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos, a un mundo moderno, que aplasta sin pudor la decadente forma de vida que se disfrutaba en el Far West. Nuestro personaje vive en el desierto, al lado de un pozo de agua, como si temiera en todo momento moverse lejos de tan preciado elemento. Resulta en cierto modo premonitorio, y hasta irónico (o al menos a mí me lo pareció cuando vi la película), que Cable Hogue muera a causa de un automóvil, el elemento que provocaría la rápida decadencia del transporte a caballo.

Nuestro amigo y colaborador Carlos Salazar nos ha bosquejado de una forma impecable la atmósfera de tranquilidad y sosiego que transmite esta película. Es la acuarela que podeis ver aquí al lado. Muchas gracias, Carlos. Es un placer y un privilegio enorme poder contar con tus aportaciones.

Tras este paréntesis con remanso de paz incluido, y cuando parecía que el director se había encasillado definitivamente en el género del western, rueda en Inglaterra un año más tarde la que, a mi modo de ver, representa la piedra angular del cine con violencia incluida. Se trata de “Perros de paja”.

“Perros de paja” no es ni más ni menos que cine en estado puro. Lo tiene todo. Entretenimiento, venganza, infidelidad, su punto de sexo, ética, valores (pisoteados por una panda de borrachos depravados, pero valores al fin y al cabo), misterio, tensión, y unas interpretaciones magistrales por parte de sus protagonistas. Jamás se me borrará la media sonrisa de labor bien hecha que suelta Dustin Hoffman al final de la película. Ese papel hizo que se convirtiera de repente en uno de mis actores preferidos.


Creo que a estas alturas no merece la pena que os cuente de qué trata “Perros de paja”. Lo que sí me gustaría comentar es que, una vez más, la absurda censura española volvió a jugárnosla, consiguiendo cambiar todo el sentido de la película por el simple procedimiento de eliminar una escena. Una sola escena. Eran tiempos duros. Creo que se estrenó en España más allá del 75, a pesar de haber sido rodada en el 71, o más o menos por aquellas fechas. El caso es que Susan George, que así se llamaba la actriz que interpretaba a la mujer de Dustin Hoffman (y que, por cierto, estaba de muy buen ver, en la versión digamos “actualizada”, le enseña los pechos a uno de los hermanos descerebrados que le está arreglando el tejado, y eso no se veía en la versión española. El hombre se siente citado, como un buen mihura, y es a raíz de ese gesto cuando se desemboca la tragedia. No es que nos perdiéramos mucho, porque las escenas posteriores siguen siendo las mismas, con toda su fuerza y su carga de violencia, pero estaréis conmigo en que no es lo mismo.


Sam Peckinpah fue sin duda el maestro en el uso de la cámara lenta para las escenas de violencia, y en esta película lo demostró una vez más. A veces siento un poco de pena cuando alguien me habla de las películas de ese descerebrado de Tarantino babeando de adulación. Es una lástima que se haya hecho tan famoso un tipo de cine que no aporta absolutamente nada, simplemente por sus escenas de violencia, que por cierto me resultan chapuceras, pesadas y repetitivas. Es una lástima, decía, que la gente adore de forma bobalicona las películas de Tarantino, cuando nuestro director de hoy le dá cien vueltas.


Después del gran delirio titulado “Quiero la cabeza de Alfredo García”, que recomiendo encarecidamente a todos los que hayan disfrutado con “No es país para viejos”, nuestro director de hoy filmó la que sin duda constituye, a pesar de su violencia, uno de los alegatos antibelicistas más contundentes que se hayan rodado nunca. Se trata de “La cruz de hierro”, protagonizada por un James Coburn en uno de sus mejores papeles.


Creo que se trató de la primera película antibelicista que se vio en España. Después llegarían “Gallípoli”, “El cazador”, “Apocalypse now” y todas las demás. Creo que era la primera vez que se veía en la pantalla a un grupo de soldados alemanes compuesto por seres humanos. Seres humanos que utilizan la violencia, por supuesto, pero en un entorno en el que resulta necesaria. No todos los soldados alemanes eran nazis, ya lo comenté en la entrada anterior, y eso es algo que Sam Peckinpah se encarga de mostrarnos. Rodada al parecer con un presupuesto miserable, la película fue un fracaso en Estados Unidos, pero es considerada la mejor del director en Europa, precisamente por la complejidad de los personajes. Definitivamente, a los americanos hay que dárselo todo etiquetadito y con sus instrucciones correspondiente. Para ellos, los alemanes de la Segunda Guerra Mundial eran todos nazis, del mismo modo que los españoles de hoy somos todos toreros. A nosotros nos gustan más los personajes con matices, con sus capas de personalidad diferentes. Vuelvo a lo que decía antes. Para ellos Tarantino siempre será el maestro.


Esta película nos hizo recapacitar a muchos de los que la vimos (aún a riesgo de ponerme pesadito, diré que eso es algo que jamás he conseguido con una película del Tarantino ese. Vale, vale, ya lo dejo). Creo que era James Coburn el que, hablando con un oficial prusiano, le dice, ante la muerte inminente, “yo te enseñaré el campo en el que crecen las cruces de hierro”. Toda una frase, gran frase, que resume a la perfección el absurdo de la guerra.


Tenemos que agradecer de nuevo a Juan Valdivia la deferencia que ha tenido al colaborar con la imagen de Sam Peckinpah que precede esta entrada. Gracias, Juan, por deleitarnos otra vez con tus magníficos pinceles.

viernes 23 de octubre de 2009

Jesucristo Superstar



Creo que “Jesucristo Superstar” supuso un antes y un después en lo que a mis gustos musicales se refiere. Debí de comprar la banda sonora, un soberbio lp doble con libreto, fotografías y toda la parafernalia, allá por 1974, antes del estreno de la película en España. No paraba de escucharlo. Creo que llegué incluso a aprenderme las canciones de memoria. Una locura, vaya. En aquellos tiempos, en los que todavía no existían, yo me había convertido en un auténtico friki de una película de Norman Jewison que no había visto, gracias a la magia del vinilo.
No recuerdo muy bien cuando se estrenó la película. Debió de ser a mediados de 1975, porque muy poco después, en noviembre de ese año, se puso en escena la versión teatral, protagonizada por Camilo Sexto. Acudí al cine a los pocos días del estreno. Por aquel entonces yo era aún demasiado joven como para entender que hubiera en la puerta del cine Infanta Isabel unos cuantos grupos de personas que rezaban el rosario. Es algo que ni entendí entonces ni acabo de asimilar ahora. La película trata de forma muy respetuosa la figura de Jesús, y de hecho le encanta a muchas personas que conozco con arraigadas creencias religiosas. Llega uno a la conclusión, cuando pasa el tiempo y se forma un cierto criterio, de que al que le interesa montar una polémica, es capaz de encontrar motivos para hacerlo hasta en un simple vaso de agua.
Polémicas aparte, disfruté de la película todavía más de lo que lo había hecho con el doble disco. Creo sinceramente que “Jesucristo Superstar” es sin duda la mejor ópera Rock que se ha llevado jamás a la gran pantalla. Me gustó mucho también “Tommy”, de los Who, pero ni mucho menos como la otra. ¿Qué era lo que me llamaba la atención? ¿La increíble obertura, en la que ya se intuían desde el principio los números musicales que íbamos a disfrutar? ¿la no menos hipnotizante primera canción, con ese Judas magistralmente interpretado por Carl Anderson, el actor que ya había interpretado el papel en Broadway? ¿La escena de Jesús mostrando su angustia en el huerto de los olivos, con una canción que todavía me pone la carne de gallina cada vez que la escucho? La suma de todos esos momentos compone un cuadro musical y vital muy difícil de conseguir. A pesar de estar rodada en un desierto, con túnicas y ropajes de andar por casa, y con una estética hippy que en muchas otras películas aparece hoy en día desfasada, la tremenda carga humana de la relación de Jesús y Judas durante la última semana de vida del primero, desborda cualquier otra consideración, tanto de tiempo como de lugar.
Como suele ocurrirme en otras ocasiones, en otras muchas otras ocasiones, diría más bien, las canciones más famosas de un LP o de una película, como en este caso, no son sin embargo las que más me gustan. Me ocurre eso con “Yo no sé cómo amarle”, la archiconocida canción de María Magdalena, que inundó de singles el mercado, tanto en su versión inglesa como en la que tan acertadamente interpretó Ángela Carrasco en la versión española. Lo mismo me ocurre con la canción que da título a la película, “Jesucristo Superstar”, interpretada casi al final de la obra por un Judas que se supone que está en el cielo. Siendo digna, y muy tarareable en las ocasiones en las que se te mete en la cabeza, no se puede comparar, bajo mi punto de vista, con la ya mencionada “Getsemani”, o con el magnífico duelo vocal, que bajo mi punto de vista es el mejor que he escuchado nunca, entre Jesús y Judas, justo después de la última cena. Otra canción que se hizo famosa fue la de “Hosanna”, un himno que, curiosamente, escuché después en bastantes iglesias. En “Getsemani”, es increíble la forma en la que Jesús refleja su angustia ante el sacrificio al que le ha avocado su padre. Hay quien dice que mostrar a Jesús desde ese punto de vista tan humano tuvo también algo que ver con la animadversión de cierto sector cristiano, para quien Jesús no sólo es hijo de Dios, sino, simplemente, Dios. Independientemente de lo que crea cada uno sobre la figura de Jesús, lo que es indudable es que la canción, y lo que nos cuenta, es de una belleza que destaca por encima de todo.
Estas que he nombrado son sin duda las canciones más famosas de la obra, pero hay una, en concreto, que forma parte de la selección de las diez mejores canciones que he escuchado en toda mi vida. Se trata de “El sueño de Pilatos”, interpretada por el actor inglés que daba vida a Pilatos, Barry Dennen, en su primera aparición en el film. Sobria, medida, con un suave acompañamiento de guitarra, la sugerente voz de Pilatos nos cuenta el sueño que ha tenido esa noche, en el que aparece un pobre galileo al que todo el mundo odia. Increíble, de verdad. La canción parece un remanso de paz previo a la tempestad que se nos hecha encima después.
Tengo que confesar que jamás llegué a ver la versión teatral de “Jesucristo Superstar” en España, y que conste que es algo de lo que me arrepentiré toda la vida. Fue tan honda la impresión que me dejó la película, que tuve la certeza de que nada podría superarla. Años después tuve la ocasión de ver la obra de teatro en Londres, y puedo aseguraros que me decepcionó profundamente. Después he visto otras versiones, tanto en televisión como en teatro, pero no hay nada que hacer. La magia que se desprende de esa vieja película de Jewison es algo irrepetible, al menos, repito, bajo mi punto de vista. Creo que nunca he visto, en ninguna otra película musical, que los cantantes se esfuercen tanto por dar lo mejor de sí mismos. Las venas del cuello de Ted Neely parecían siempre a punto de estallar cuando lanzaba esos increíbles agudos que se te metían en el cerebro. Yvonne Elliman, a pesar de parecer una poquita cosa, tenía una voz que enamoraba, y hasta el mismo Herodes se marca un número de cabaret que pasará a la historia como uno de los mejores jamás interpretados.
A la ya mencionada polémica entre ciertos sectores de los creyentes católicos, se unió otra de la que en España, dado nuestro grado de ignorancia ancestral, apenas nos enteramos. En su momento se acusó a la película de antisemita, al presentar a Caifás y a sus secuaces como auténticos cuervos, vestidos de negro y con ansias de sangre. Tuve la ocasión hace poco de escuchar una entrevista a Tim Rice, el autor de la letra de la obra, que declaraba que se trataba de una historia de unos judíos que querían eliminar a otro judío, que era Jesús. No hay nada de antisemitismo en ello. Norman Jewison, cuyo apellido significa algo así como “hijo de judío”, se prestó a dirigir la película sin ningún escrúpulo, seguramente porque no veía nada de antisemita en ella. Independientemente de las polémicas que pudiera suscitar, que como ya he dicho antes se pueden encontrar hasta en un simple vaso de agua, creo que “Jesucristo Superstar” debería ser considerado como una de las joyas más importantes del séptimo arte.
Otra vez tengo que dar las gracias a Carmen por las magníficas acuarelas que ilustran esta entrada. Ha captado como la buena artista que es la serena y bondadosa de Ted Neely en el papel más importante de su vida, y nos regala un sketch rápido, un boceto, del enfrentamiento entre Jesús y Judas después de la última cena. Muchas gracias, Carmen. Te superas a ti misma día a día. Ya sabes que he vuelto a retomar el blog gracias en gran parte a la oportunidad que me brindáis Juan y tú de contar con vuestros trabajos para dignificar unas entradas que, sin ellos, ya no serían lo mismo.

Hasta la próxima entrada.

jueves 15 de octubre de 2009

Valkiria

Sentía cierto recelo antes de entrar al cine. ¿La crónica de uno de los atentados más famosos contra Hitler, protagonizada por el guapo Tom Cruise?. Algo me decía que aquello no podía salir bien, que un acontecimiento tan trágico como el protagonizado por el oficial alemán Von Stauffenberg, tamizado por el filtro de Hollywood, no podía funcionar. Tenía todavía fresca en la retina la versión alemana del mismo asunto, rodada en 2004 y protagonizada por el magnífico actor Wolfang Preiss, al que admiro desde que vi “La vida de los otros”.
Nada más lejos de la realidad. Mi instinto volvió a fallar, como en tantas otras ocasiones. Ya desde el mismo comienzo de la película, con ese juego de efectos que transforma la palabra “Valkiria”, tuve la sensación de que estaba viendo un producto muy digno.
¿Cuál es la clave de que me encontrara cómodo con Tom Cruise interpretando a Von Stauffenberg?. Cruise no es precisamente uno de mis iconos como actor. Siempre le he visto interpretando el mismo papel, el de Tom Cruise. Únicamente me gustó algo en “Magnolia”, una extraña película que debería ser de obligada visión por su magnífico guión, en el que se entrecruzan historias protagonizadas por unos actores que, si bien por aquel entonces eran desconocidos, exceptuando precisamente a Tom Cruise, después se hicieron famosos.
He llegado a la conclusión, después de disfrutar con la película, de que me gustó Von Stauffenberg precisamente porque, por una ocasión, y probablemente sin que sirva de precedente, Tom Cruise no hace de guapo. El atormentado Von Stauffenberg, tan amante de su patria como crítico con sus dirigentes, es dignamente interpretado por un Tom Cruise sereno, maduro y sufridor, como se demuestra desde el principio, desde la escena en que pierde el brazo y el ojo a causa de un ataque aéreo mientras estaba en Africa. A partir de ese momento, con ese muñón que levanta con energía cuando Tom Wilkinson, que interpreta a su ambiguo superior, se lo requiere, y ese ojo de cristal que se coloca y se quita con naturalidad, Tom Cruise se mete en la piel de Von Stauffenberg con todas sus consecuencias.

Siempre me ha fascinado un determinado cine de nazis. “Valkiria” es digna sucesora de otra película con una ambientación muy similar, “El hundimiento”, hasta el punto de que en la primera actúan varios actores secundarios de la segunda. Es un cine que no se limita a presentar al alemán de aquella trágica época (y digo bien, al alemán) como a la bestia salida de los infiernos. Mi fascinación comenzó con los libros de Sven Hassell, un soldado alemán que aborrecía a los nazis y a las SS probablemente más que a sus enemigos rusos. Tomé conciencia entonces de algo que me ha acompañado a lo largo de mi trayectoria cinéfila y literaria, y que despierta mi interés cada vez que aparece en pantalla o en libro: no todos eran malos. Ni mucho menos. Hay un personaje de Valkiria que pone precisamente el dedo en la llaga cuando dice “si fracasamos (ante la posibilidad de matar a Hitler), todo el mundo nos recordará como la Alemania de Hitler”. Nada más lejos de la realidad. Es absolutamente cierto que la inmensa mayoría del ejército alemán, oficiales incluídos, odiaban profundamente a Hitler, a sus secuaces, y al tinglado que se habían montado para acabar con sus enemigos. Es algo que se ve en películas tan maravillosas como “Odessa”, “La cruz de hierro”, la ya mencionada “El hundimiento” o esta magistral joya que estoy comentando hoy. El ser humano está lleno de matices, creo que ya lo he mencionado en otras ocasiones, y es precisamente de agradecer que el cine de Hollywood se haya dado cuenta de esto a la hora de acometer el proyecto de “Valkiria”.
Buena parte del atractivo de la cinta lo constituye su magnífica ambientación. La película se rodó en Berlín y en otros escenarios reales, como el histórico Benderblock, lugar en el que fueron fusilados los personajes reales. Despachos imposibles, arquitecturas colosalistas, banderas y símbolos por todas partes, reflejan perfectamente la época del dominio nazi de Alemania. Son sobrecogedoras también las escenas filmadas en el Berghof, el refugio de montaña de Hitler. El dictador y sus secuaces mantienen un ambiente de tranquilidad y desidia que contrasta profundamente con los millones de soldados alemanes que en ese momento se estaban dejando la piel en los innumerables frentes abiertos. Impresionante también el búnker en que se comete el atentado, así como el cuartel de la reserva.
Quisiera destacar el personaje interpretado por Terence Stamp, un actor al que siempre he considerado un modelo a seguir. En la película interpreta a un militar que se pasa al lado político, que ama profundamente a Alemania por encima de todas las cosas, y que odia con la misma profundidad el estado en el que la han sumido Hitler y sus secuaces. Es admirable la elegancia y entereza con la que este hombre pide una pistola cuando le detienen.
Otra escena que me heló el corazón fue la protagonizada por el oficial de la reserva que tiene que detener a Goebbels. Su cara se convierte en un auténtico poema cuando escucha la voz de Hitler, al que se suponía muerto, al otro lado del teléfono.
Es una película, en definitiva, grandiosa, importante, sumamente ágil a pesar de no tener apenas escenas de violencia. Una muestra de que se puede hacer buen cine, magnífico cine, más bien, sin necesidad de reventar cabezas con bates de béisbol (comparar “Valkiria” con “Malditos bastardos”, la última locura de Tarantino, en la que el alemán en general es malo por naturaleza, es como comparar “Alien” con “Garbancito de la mancha”).
La acuarela que preside la entrada, que refleja mejor que nada el atormentado espíritu del Von Stauffenberg interpretado por Tom Cruise, es obra de Juan Valdivia, quien ya participó con todo su arte en las anteriores entradas del blog. Muchas gracias, Juan, por deleitarnos de nuevo con esa maestría tuya con los pinceles.

miércoles 7 de octubre de 2009

La que se nos viene encima


Dedicado con todo mi cariño a Carmen Jiménez y a Juan Valdivia, ese par de liantes...

Retomo este blog en gran parte gracias, o por culpa, de ese par de liantes a los que dedico la entrada. Con sus palabras de ánimo, con sus artículos en los blogs que ambos presiden, y que os aconsejo encarecidamente, y sobre todo, porqué no decirlo, con su imprudencia temeraria, han conseguido que me vuelva a liar la manta a la cabeza, así que sólo me queda decir lo siguiente: que sea lo que Dios quiera. ¡! Que apechuguen ellos con las consecuencias ¡!.

Comencé este blog con la idea de dedicarlo a temas generales, aunque finalmente desembocó en un blog de cine. No es que haya cambiado de idea, pero pretendo alternar ese gran tema, en el que tanto Carmen como Juan como Carlos León se mueven como pez en el agua con sus maravillosas ilustraciones, con otros asuntos que, por su temática o naturaleza, despierten mi interés. Es por ello que para la de hoy, primera entrada de la reanudación, haya escogido un tema de rabiosa actualidad. Tan rabiosa, de hecho, que se refiere al programa que emitieron ayer en Antena 3, sin ir más lejos. “Curso del 63”, creo que se llama, porque tuve la inmensa desdicha de verlo empezado.

¿A qué me refiero con el título de la entrada? Simplemente, a eso. Después de ver el programa, y de contemplar el futuro del país, representado por unos cuantos chavales y chavalas que no tienen desperdicio, no me queda más remedio que echarme las manos a la cabeza, y rezar.

Vivimos en un país de difícil clasificación en lo que se refiere a las gentes que lo habitan. Nuestra rancia y arribista estirpe de empresarios no se encuentra ya en ningún lugar, ni de Europa ni de, me atrevo a afirmarlo, del mundo. Pelo engominado, gafas de sol (look “el bigotes”, por poner un ejemplo), entrada para la corrida de toros asomando por el bolsillo, es capaz de discutirle durante un par de días a uno de sus empleados una subida de diez céntimos la hora, pero ni siquiera se despeina cuando invita a varios amigos, socios, o simples advenedizos, a una comida de trescientos euros el cubierto. Ese es nuestro empresario tipo. Tripero, putero, y más cosas que acaben en “ero” que se os puedan ocurrir. Se buscará un florero elegante, distinguido, de largas piernas y sedosa cabellera, que luzca bonito en su yate de quince metros de eslora.
Nuestro obrero tipo tampoco encuentra parangón en el resto de Europa. No es de extrañar, con estos mimbres, que seamos los últimos en salir de la crisis, si es que salimos. Sindicalista de frases hechas, vago, vocinglero, chauvinista y con el palillo en la boca siempre a punto, se queja de que un rumano realice en media hora el trabajo que él desarrolla en un par de días. Su eterno rencor hacia el patrono (el del pelo engominado) le revuelve tanto las tripas, que se pasa más de la mitad de la jornada laboral planeando estrategias para un escaqueo cada vez más pronunciado. De las doce horas que se pasa en su puesto de trabajo (esa es otra. Más vale estar, aunque no se produzca nada), unas cuantas las dedica a temas de su vida personal.
Cuando hablo de patrono y obrero me refiero a todos los órdenes de nuestra sociedad, no sólo a los patronos o los obreros de la construcción, que son tan respetables, o tan poco respetables, como los funcionarios, los empleados de una tienda, o los que se dediquen a cualquier otra actividad. La vida se paraliza en España a la hora del desayuno, que oscila entre las diez y las doce de la mañana, si es que no se prolonga más. Da igual que la cola llegue hasta la parte de atrás del edificio. Esa es la forma en que se construye el país. La vida se paraliza también ante un partido de fútbol, una corrida de toros, o las fiestas del pueblo. Da igual que estemos en crisis. Al fin y al cabo, hay que divertirse, tomarse la vida con filosofía, que para eso somos mediterráneos, coño.
¿Cuál es la alternativa a todo esto? Por nuestra buena salud mental y nuestro futuro, espero de todo corazón que no sea la que vi ayer.
¿Pero de dónde coño han salido unos zopencos como los que exhibió ayer Antena 3? ¿Es real? No me lo puedo creer ¿No está preparado? ¿Es posible que se confunda a Cervantes con un escritor de la generación del 27, o que alguien declare, con una bobalicona sonrisa, que 2 por seis son dieciocho? La visión del programa resultaba tan alucinante, que no daba crédito a mis ojos. Aluciné cuando uno de los alumnos abandonó el centro porque le obligaban a cortarse el pelo. El argumento que dio fue que “su pelo era él”. Creo que era el más sensato, porque probablemente era cierto que su pelo fuera bastante más inteligente que la cabeza sobre la que estaba.
Aluciné cuando una niñata que presumía de tener un piercing en el pezón, declaró que la habían echado de dos colegios por pegar a sus profesoras. Aluciné cuando un niñato presumía de pasarse no sé cuántas horas al día en el gimnasio, después de dejar los estudios a los quince años para ponerse a trabajar. Aluciné cuando una chica que casi no sabía ni hablar, dijo en el patio “habemos varios de Málaga y unos cuantos de Valencia”. Aluciné, de verdad, pero cuando más aluciné, y eso os lo juro por lo más sagrado, fue cuando entrevistaban a los padres de cada una de las “criaturas”, verdaderos frikis todos ellos, con pendientes imposibles, tatuajes, vestidos comprados para la ocasión (salir en la televisión es probablemente lo más importante que les ha ocurrido en sus vidas), y una actitud entre chulesca y provocativa, de defensa a ultranza de sus ignorantes vástagos. Uno de los padres, en un alarde de saber estar y de defensa de valores, dijo ante las cámaras que “si el profesor me hace eso a mí, le suelto una hostia).

Esa hostia, tan repartida en los institutos a los profesores, y no a los propios hijos, es la que tiene sin duda la culpa de lo que está pasando. El programa en cuestión no es más que una prueba palpable de que se ha despreciado desde tiempo inmemorial la disciplina, por considerársela un símbolo de la etapa anterior, en una de esas gilipolleces filosóficas que están dando al traste con nuestra educación, que sin duda es lo más importante, como saben muy bien nuestros vecinos europeos. Es lo mismo que no reforestar nuestros bosques “porque lo hacía Franco”, como si la medida perdiera su validez por haber sido utilizada por un dictador. No tiene nada que ver el hecho de que uno sea de izquierdas o de derechas para que tenga una serie de valores y unos cuantos conceptos de educación mínimos. Eso es lo que se está tratando de inculcar, que la educación del individuo es un privilegio de la derecha, cuando la realidad debería ser otra muy diferente.
Sin embargo, lo peor de todo no es que se desprecie la indisciplina, sino que se considere la cultura, una cierta cultura, aunque sea mínima, poco menos que como un signo de imbecilidad. Seguro que cualquiera de las criaturitas de ayer sabe de sobra cuál es el último éxito de Juanes, pero cualquiera es incapaz también de saber la tabla del dos. Eso lo justificaba una de las madres, con tatuajes en el brazo, diciendo “es que mi hija es muy de hoy”. No sé a qué se refería la buena señora con eso, pero si el hecho de que una niña lleve un piercing en la teta es muy de hoy, yo debo de ser un retrógrado de mucho cuidado. Si no saber hablar, soltar un taco cada tres letras, mascar chicle de forma compulsiva, gritar como un poseso o reírse en la cara del profesor es de hoy, va a costarme ponerme al día.
Tengamos un poco de sensatez, por favor. Tanto esos chavales como sus padres se harán famosillos por el programa, y se convertirán entonces en modelos a seguir por otros muchos chavales y padres de chavales.Creo sinceramente que deberían sacar a los chavales del colegio por una temporada y meter a sus padres, que buena falta les hace. Si a las sandeces de series como “Física o química”, unimos ahora este programa, no me queda más remedio que repetir el título de esta entrada. Dios mío, la que se nos viene encima.

En el próximo artículo hablaré de cine, lo prometo.

viernes 3 de abril de 2009

Bolonia


Con especial cariño para mi amiga Charo Bolívar


No tenemos remedio. Somos un país de mierderos, y eso no cambiará jamás. Y no puede cambiar, por una sencilla razón: nos importa un carajo un tema tan importante como la educación. Y no me refiero a la educación en las formas, que tampoco, o a esa especie de costumbre ancestral que consiste en hablar mal, sin que nos importe no saber ni siquiera expresarnos, tal y como demuestran día a día personas, gobernantes y artistas. No. Me refiero a algo de más enjundia, a una educación global, total, que nos convirtiera en personas parecidas a las que pueblan nuestro entorno europeo, y no en histéricos mentecatos, llenos de cobardía y de miedo, que únicamente responden a los impulsos del fútbol, los toros, los programas del colorín, las absurdas Operaciones Triunfo o los exabruptos destructores de una derecha recalcitrante y una izquierda estúpida.

Nadie, absolutamente nadie, le da importancia a la educación en este país. Los cachorros de las clases dirigentes, o simplemente de los que tienen pasta, se marchan a estudiar a Inglaterra, a Francia o a Estados Unidos, a lugares destinados a convertirles en tiburones, en empresarios sin escrúpulos que sigan perpetuando esa tradición codiciosa y antinatural que consiste en levantar y hundir empresas mientras se cubre uno de pasta. Los que se quedan aquí se meterán como mínimo a un máster, pagado por su padre, por supuesto, en el que se les enseña el lado más salvaje de un capitalismo que se fagocitará a sí mismo sin que nadie pueda impedirlo. “Ten cuidado con ese, que acaba de acabar el máster, y no le importa lo más mínimo despedir a diez o doce personas porque no le guste como vistan”, me comentaba hace unos cuantos años un compañero que había pasado por el mismo trance del máster. Da igual. A nadie le importa. Los trabajadores estamos demasiado ocupados intentando sobrevivir con la miseria que nos paga la élite triunfadora, la de los másters. Nuestros hijos no están hechos para el estudio. Lo mejor es ir a una academia de baile, o como mucho a la FP, para hacerse fontanero, que ahí sí que se gana pasta. Con suerte, la Jenny, mi Jenny, hará un día un casting, y podrá triunfar en Gran Hermano, o en Gran casino, o en la Grandísima puta.

Estamos entre dos fuegos. Por un lado, la élite de los másters, los que devoran, los osados, los brokers, los hijos de puta que nos han metido en este follón del que nadie sabe como salir, pero del que ellos han salido fortalecidos. Por otro lado, la masa, la ingente masa que piensa que la educación no sirve absolutamente para nada. El padre mentecato que abofetea al profesor que ha regañado a su hijo, a SU HIJO, por el amor de Dios, porque no dejaba de lanzar mensajitos ininteligibles por el móvil. Esa es la situación. Una situación que no supone solamente el final absoluto de una clase media cada vez más reducida, sino el hecho de que la brecha abierta entre las dos clases se haga cada vez más grandes. ¿El sistema de castas hindú?. Un pardillo, si lo comparamos con el sistema que estamos creando nosotros, sin ningún motivo religioso y sin que a nadie le importe un carajo.

Para hacer todavía un poco más grande ese abismo, nuestros gobernantes, nuestros queridos gobernantes, más ocupados en obtener votos que en cualquier otra cosa, han pergeñado una traba más, un escollo más a todo aquel que haya decidido que le gusta estudiar. Se llama Bolonia, y aunque no estoy muy puesto en el tema, he entendido perfectamente que uno de los postulados que predica es que los estudiantes harán un período básico, que les dará el derecho a una titulación mínima, y que si quieren obtener un título más completo y rentable, tendrán que hacer una especie de máster. Pagando, por supuesto.
Ya está en marcha otra vez el absurdo, la gilipollez. Dentro de unos años, las empresas pedirán el oro y el moro, la titulación de Doctor Honoris Causa, para ocupar el puesto de pringado que trae y lleva los cafés por seiscientos euros al mes. Ya lo están haciendo actualmente, ¿qué trabajo les costará seguir haciéndolo en el futuro? Al fin y al cabo, los que dirigen son los tiburones, los que han estudiado en Oxford o en Yale.

Las protestas que se están generalizando en toda España por este tema apenas encuentran eco en los medios de comunicación, ocupados con los tejemanejes de Rajoy, Zapatero o Esperanza Aguirre, o con la comunión de la hija de Belén Esteban. Es acojonante. Nos importan más los gorgoritos de Chenoa que la educación de nuestros hijos. Sólo si hay sangre, como en el caso de la brutal paliza de los mozos de escuadra catalanes a un grupo de estudiantes que protestaban, se despierta el interés de los medios.

Resulta admirable, y lo digo con el corazón en la mano, el esfuerzo, la lucha y el compromiso de todos los estudiantes que se están movilizando para terminar con un objetivo que se sale de cualquier lógica. En una sociedad adormecida, anestesiada por unos acontecimientos que ni siquiera entiende, resulta muy gratificante que existan personas capaces de discernir entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo absurdo, entre la lógica y la demencia más senil que uno se pueda imaginar. Una actitud que contrasta profundamente con la propuesta por un gobierno que debería caminar en otra dirección muy diferente a la que lo está haciendo, a tenor de sus siglas.

Tengo un hijo de catorce años que quiere estudiar, y gracias a vosotros, a los que os encerráis en las escuelas, a los que os manifestáis contra el proyecto, a los que lucháis con ganas por lo que consideráis justo, es muy probable que su deseo no se convierta en una quimera o en un camino de espinas. Os doy las gracias, sinceramente, por estar ahí, y os apoyaré en todo lo que esté en mi mano, y me manifestaré en mi ciudad, y en donde haga falta.

Os doy las gracias, en definitiva, por estar vivos.