viernes 3 de abril de 2009

Bolonia


Con especial cariño para mi amiga Charo Bolívar


No tenemos remedio. Somos un país de mierderos, y eso no cambiará jamás. Y no puede cambiar, por una sencilla razón: nos importa un carajo un tema tan importante como la educación. Y no me refiero a la educación en las formas, que tampoco, o a esa especie de costumbre ancestral que consiste en hablar mal, sin que nos importe no saber ni siquiera expresarnos, tal y como demuestran día a día personas, gobernantes y artistas. No. Me refiero a algo de más enjundia, a una educación global, total, que nos convirtiera en personas parecidas a las que pueblan nuestro entorno europeo, y no en histéricos mentecatos, llenos de cobardía y de miedo, que únicamente responden a los impulsos del fútbol, los toros, los programas del colorín, las absurdas Operaciones Triunfo o los exabruptos destructores de una derecha recalcitrante y una izquierda estúpida.

Nadie, absolutamente nadie, le da importancia a la educación en este país. Los cachorros de las clases dirigentes, o simplemente de los que tienen pasta, se marchan a estudiar a Inglaterra, a Francia o a Estados Unidos, a lugares destinados a convertirles en tiburones, en empresarios sin escrúpulos que sigan perpetuando esa tradición codiciosa y antinatural que consiste en levantar y hundir empresas mientras se cubre uno de pasta. Los que se quedan aquí se meterán como mínimo a un máster, pagado por su padre, por supuesto, en el que se les enseña el lado más salvaje de un capitalismo que se fagocitará a sí mismo sin que nadie pueda impedirlo. “Ten cuidado con ese, que acaba de acabar el máster, y no le importa lo más mínimo despedir a diez o doce personas porque no le guste como vistan”, me comentaba hace unos cuantos años un compañero que había pasado por el mismo trance del máster. Da igual. A nadie le importa. Los trabajadores estamos demasiado ocupados intentando sobrevivir con la miseria que nos paga la élite triunfadora, la de los másters. Nuestros hijos no están hechos para el estudio. Lo mejor es ir a una academia de baile, o como mucho a la FP, para hacerse fontanero, que ahí sí que se gana pasta. Con suerte, la Jenny, mi Jenny, hará un día un casting, y podrá triunfar en Gran Hermano, o en Gran casino, o en la Grandísima puta.

Estamos entre dos fuegos. Por un lado, la élite de los másters, los que devoran, los osados, los brokers, los hijos de puta que nos han metido en este follón del que nadie sabe como salir, pero del que ellos han salido fortalecidos. Por otro lado, la masa, la ingente masa que piensa que la educación no sirve absolutamente para nada. El padre mentecato que abofetea al profesor que ha regañado a su hijo, a SU HIJO, por el amor de Dios, porque no dejaba de lanzar mensajitos ininteligibles por el móvil. Esa es la situación. Una situación que no supone solamente el final absoluto de una clase media cada vez más reducida, sino el hecho de que la brecha abierta entre las dos clases se haga cada vez más grandes. ¿El sistema de castas hindú?. Un pardillo, si lo comparamos con el sistema que estamos creando nosotros, sin ningún motivo religioso y sin que a nadie le importe un carajo.

Para hacer todavía un poco más grande ese abismo, nuestros gobernantes, nuestros queridos gobernantes, más ocupados en obtener votos que en cualquier otra cosa, han pergeñado una traba más, un escollo más a todo aquel que haya decidido que le gusta estudiar. Se llama Bolonia, y aunque no estoy muy puesto en el tema, he entendido perfectamente que uno de los postulados que predica es que los estudiantes harán un período básico, que les dará el derecho a una titulación mínima, y que si quieren obtener un título más completo y rentable, tendrán que hacer una especie de máster. Pagando, por supuesto.
Ya está en marcha otra vez el absurdo, la gilipollez. Dentro de unos años, las empresas pedirán el oro y el moro, la titulación de Doctor Honoris Causa, para ocupar el puesto de pringado que trae y lleva los cafés por seiscientos euros al mes. Ya lo están haciendo actualmente, ¿qué trabajo les costará seguir haciéndolo en el futuro? Al fin y al cabo, los que dirigen son los tiburones, los que han estudiado en Oxford o en Yale.

Las protestas que se están generalizando en toda España por este tema apenas encuentran eco en los medios de comunicación, ocupados con los tejemanejes de Rajoy, Zapatero o Esperanza Aguirre, o con la comunión de la hija de Belén Esteban. Es acojonante. Nos importan más los gorgoritos de Chenoa que la educación de nuestros hijos. Sólo si hay sangre, como en el caso de la brutal paliza de los mozos de escuadra catalanes a un grupo de estudiantes que protestaban, se despierta el interés de los medios.

Resulta admirable, y lo digo con el corazón en la mano, el esfuerzo, la lucha y el compromiso de todos los estudiantes que se están movilizando para terminar con un objetivo que se sale de cualquier lógica. En una sociedad adormecida, anestesiada por unos acontecimientos que ni siquiera entiende, resulta muy gratificante que existan personas capaces de discernir entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo absurdo, entre la lógica y la demencia más senil que uno se pueda imaginar. Una actitud que contrasta profundamente con la propuesta por un gobierno que debería caminar en otra dirección muy diferente a la que lo está haciendo, a tenor de sus siglas.

Tengo un hijo de catorce años que quiere estudiar, y gracias a vosotros, a los que os encerráis en las escuelas, a los que os manifestáis contra el proyecto, a los que lucháis con ganas por lo que consideráis justo, es muy probable que su deseo no se convierta en una quimera o en un camino de espinas. Os doy las gracias, sinceramente, por estar ahí, y os apoyaré en todo lo que esté en mi mano, y me manifestaré en mi ciudad, y en donde haga falta.

Os doy las gracias, en definitiva, por estar vivos.

domingo 1 de marzo de 2009

Una magnífica exposición










El pasado 26 de febrero, a las 20:30, se inauguró en el incomparable marco del hospital de Santiago, en el corazón de la ciudad de Úbeda, la exposición dedicada a las acuarelas de Juan Valdivia, ese artista que hace música con los pinceles, y al que todos conocéis por los retratos de directores y actores que con tanta generosidad nos ha legado para muchas de las entradas de este blog.

El hospital de Santiago, dedicado en la actualidad a centro cultural, es uno de los edificios renacentistas más emblemáticos de los que se pueden encontrar en Úbeda, ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad debido a su legado en este estilo arquitectónico y a lo bien conservado de sus monumentos. Encerrado en una muralla de la que todavía se conservan bastantes vestigios, el casco antiguo de Úbeda está salpicado de iglesias, conventos, casas señoriales y palacios de renombre, monumentos todos ellos caracterizados por el tono anaranjado de sus piedras, que destacan con identidad propia entre las casas blancas que las circundan. Un tono que Juan Valdivia no solo ha sabido captar en gran parte de sus obras maestras, sino que incluso ha sido capaz de mejorar. Las pinceladas de Juan Valdivia, esos blancos que consigue con una maestría de auténtico profesional, esas aguadas delicadas y poderosas a partes iguales, nos hablan de arte con mayúsculas, del que entra por los sentidos y se queda para siempre grabado en la retina del observador.

El Hospital de Santiago se encuentra en una zona muy concurrida de la ciudad, en una calle que, lindando con el casco antiguo, mucho más tranquilo, recoge y conduce la mayor parte del tráfico y el movimiento de una ciudad que bulle día a día gracias a la vitalidad de sus habitantes. Lo primero que me impresionó, cuando llegué a Úbeda el jueves al mediodía, y me encontraba todavía perdido en una ciudad que había visitado apenas de pasada casi veinte años atrás, fue ver el cartel que anunciaba la exposición de Juan, un enorme cartel que colgaba de uno de los balcones que se asomaban a la fachada principal del edificio. En aquel momento pude situarme, porque supe que aquella mole era el Hospital de Santiago, la referencia que había tomado para dibujarme un plano visual de la ciudad.

Llegamos a la exposición antes de las 20:30, la hora prevista para su comienzo. En uno de esos regalos que te depara la vida de vez en cuando, tuvimos la suerte de escuchar el ensayo de un joven pianista que ensayaba en el salón de actos del edificio. Nos sentamos en las butacas, esperando el comienzo de la exposición, y a aquel hombre, de manera espontánea, y después de bromear un poco con unos amigos, se sentó al piano y tocó con verdadera maestría unas cuantas piezas de Chopin, y hasta una pieza compuesta por él, que nos pareció perfecta.

Poco después se inauguró oficialmente la exposición de Juan, en una privilegiada sala, de tamaño considerable, situada en el piso superior. Al abrirse las puertas, el numeroso público penetró rápidamente en el recinto. Juan Valdivia habló, con esa serenidad y profunda voz que le caracteriza, agradeciendo a los asistentes su asistencia, y declarando de antemano que se considera un novel en el mundo de la acuarela, algo que queda desmentido nada más toparse con su arte. La acuarela es probablemente el arte figurativo más difícil, por su agilidad y la destreza de trazo que necesita para que quede bien, y en eso, Juan ha demostrado, por mucho que él se empeñe en decir lo contrario, que es un auténtico maestro.

La exposición está dominada por paisajes, portadas y monumentos de una amplia zona de la comarca, desde Valdepeñas de Jaén, ciudad natal del pintor, hasta Úbeda, Baeza y Aranjuez, pasando por Sabiote, lugar en el que el maestro trabaja actualmente.

Es difícil describir la maestría de un pintor, o al menos a mí me lo parece. Siempre he sido incapaz ni de pergueñar ni de entender una crítica de tal o cuadro, a menos que de lo que se trate sea de que nos cuenten la historia que representa o la que envolvió su ejecución. Jamás he comprendido esas palabras rimbombantes que los entendidos les dedican a esas obras que, para mi, hablan por sí mismas, sin necesidad de que nadie tenga que explicarlas. Esa es la sensación que tengo ante las pinturas de Juan Valdivia. Serenidad. Sosiego, paz infinita... Soy capaz de imaginar, apenas de lejos, el placer que ha sentido el artista a la hora de plasmar en el papel su visión del objeto que ha elegido para retratar. La esencia de la piedra, es lo que sabe sacar Juan con una maestría de verdadero arquitecto. A sus ojos, los monumentos cobran una personalidad y un esplendor difícil de captar al natural, a menos que se disponga de la sensibilidad artística del de Valdepeñas de Jaen.

Es complicado tratar de transmitir las sensaciones que produce su pintura, como resulta muy, muy complicado, elegir una obra preferida. Todas destacan por algo, por algún detalle que no tiene la otra. El color en unas, las líneas en otras, el difuminado de ese cielo siempre azul de Andalucía, el dorado que ese sol, siempre presente, esparce con cariño por todo lo que se coloca bajo su manto. Al pincel de Juan, a su mirada perfecta, no se le escapa una. Capta lo mejor de cada modelo en su momento justo, con la sombra adecuada, en el momento preciso. Juan es capaz de convertir, como un prestidigitador de la mirada, un tema a primera vista gris y anodino, en una verdadera obra maestra. Es capaz de encontrar siempre el lado positivo de cada mirada, de cada rincón, de cada paso que da. Resulta increíble su destreza a la hora de representar tanto la arquitectura como la naturaleza, cada una con sus particularidades, sus luces y sus sombras en la realidad, y su esplendor indiscutible cuando adquieren el privilegio de convertirse en un motivo para que Juan las plasme en el papel, en ese papel inmaculado que se transforma, por obra y gracia de un artista, en un objeto que despierta, en cualquiera que lo contemple, la emoción de sentirse parte de este universo de paisajes dignos de los pinceles de Juan.

Os recomiendo encarecidamente que visitéis la exposición, e incluso que adquiráis alguna de las obras que se exponen, a un precio tan asequible, que dudo que a la hora de escribir esta entrada quede alguna por vender. Una escapada de fin de semana, una vuelta a paso tranquilo por la ciudad, recorriendo con sosiego sus calles y sus plazas, para terminar con la visita al Hospital de Santiago. ¿Qué más se puede pedir?. Por si sirve para estimular un poco más vuestros sentidos, os dejo el enlace al blog que Juan ha creado con motivo de la exposición. En esta ocasión vuelve a corroborarse que una imagen vale más que mil palabras:

http://exposicionhospitaldesantiago.blogspot.com/

Nada más. Solo me queda reiterar la enhorabuena a Juan, que indudablemente ha triunfado como acuarelista, y agradecerle, sinceramente y de todo corazón, la emotiva acogida que me brindó, a mi familia y a mi, en una visita que recordaré durante toda la vida. Ya sabes que tanto María, tu mujer, como tú mismo, habéis entrado hasta el fondo de mi corazón, y que espero con verdadera ansiedad que se repita el encuentro.

Un abrazo muy fuerte, amigos Juan y María, y hasta pronto.

martes 24 de febrero de 2009

El chollo de tu vida


A ser como tú eres se empieza desde pequeño, desde la más tierna infancia. Es lo mismo que los grandes campeones de tenis o de cualquier otro deporte de élite: si no empiezan siendo críos a dar raquetazos, es imposible, se tuercen, y luego no hay manera de encontrar el camino adecuado.

Así pues, tienes que empezar desde el principio, desde tu puesta en sociedad, por así decirlo, en esa guardería de barrio en la que ya nadie te considera el centro del universo, porque hay muchos otros como tu. Si te dejas pisar, vendrá de entrada algún niño a tocarte las narices. Si es más grande que tú, no te preocupes, porque es lo normal. El mundo está lleno de abusones, ya lo irás aprendiendo. El problema es que sea más pequeño. Si te domina a las primeras de cambio, con un par de empujones y alguna torta mal dada (es improbable que un niño de tres años sepa dar tortazos de categoría), estarás perdido para el resto de tu vida. Deja de llorar, porque ni tu padre ni tu madre van a venir a cogerte en brazos, y reacciona: la vida es dura, esa es la primera premisa que tienes que aprender. Dale dos bofetadas bien dadas al niño cabrón, que aprenda a respetarte, y te harás enseguida con el respeto del resto.

Los demás están a tu servicio. Tienes que tener esto claro desde el principio. Sus chuches, sus chupetes, sus vidas, te pertenecen, y al que no asuma un axioma tan básico como ese, le tienes que hacer la vida imposible. En cualquier reunión social, ya sea un mitin, una comida o una simple conversación, siempre hay alguien que lleva la voz cantante, y ese tienes que ser tú. No hay otro modo, si quieres ser como eres.

A medida que creces, y te vas abriendo camino en tu entorno, te das cuenta de uno de los principios fundamentales de tu existencia: los demás son despreciables. No importa ni la cuna ni el nivel económico de tu familia. Da igual que vivas en la Moraleja, en Madrid, o en el barrio del Sacromonte de Granada. Los demás están muy por debajo de tu categoría como persona. Eso es algo que tienes que asumir, en la medida en que te llevará a cualquier meta que te propongas. No importa en absoluto que pises a nadie, que robes apuntes, que los demás te desprecien por tus méritos como estudiante, porque eso es algo normal. Son despreciables tus compañeros, sus familias, tus amigos, por muy cerca que estén de tu nivel. No te hablo ya de camareros, taxistas, mecánicos, bomberos, maestros, zapateros, etc. Todas esas personas no son ni despreciables ni interesantes: simplemente, no son nada. Su existencia podría asemejarse a la de meros comparsas que rellenan un hueco en el mundo en el que tú, y los de tu casta, dirigís las cosas a vuestro antojo. Ni que decir tiene que, en esas ocasiones en las que empezarás a abrirte al mundo, a medida que crezcas y realices caros viajes, te cruzarás con personas que ni siquiera alcancen la categoría de comparsas. Nadie importa en países como la India, China, México, Perú, Bolivia y toda Africa, por supuesto. Ni siquiera existen, como no sea para venderte collares o servirte los daikiris en el hotel de lujo. No es que llegues a tener el privilegio que tienen algunos potentados italianos, de poder organizar cacerías de seres humanos en las selvas del Amazonas. No, tampoco se trata de eso, pero lo cierto es que la muerte, el hambre o la miseria de millones de personas no tiene porqué importarte un carajo. Cada uno tiene lo que se merece, ni más ni menos, y tú te mereces lo mejor.

Finalizarás por fin tu carrera, y entrarás de lleno en el mundo de los opositores. No de conciencia, no, que eso no es más que una mariconada, que no tiene ningún sentido desde que no existe el servicio militar obligatorio. Te convertirás en opositor para meter la cabeza en cualquier administración del estado, ya sea central o autonómica, da igual. También existe el recurso de meterte de interino, pero el camino será más largo, y tendrás que currar más, así que no es muy recomendable ese camino. Lo único que tiene de positivo esa posibilidad es que ya estás dentro, con todo lo que eso conlleva de acceso a la oportunidad de trepar.

Cuando apruebes, te permitirás el lujo de celebrarlo a lo grande, porque por fin habrás llegado a lo más alto de la cadena alimenticia humana. Serás funcionario, con todo lo que eso conlleva. Tendrás todo el tiempo del mundo para hacer tus gestiones personales, para informarte en Internet, para inflarte a cafés y a sandwiches de más de media hora, y si eres fumador, entonces tendrás el cielo ganado, porque tus salidas a la calle, de más de veinte minutos (resulta curioso lo que puede llegar a tardar en consumirse un cigarro en manos de un funcionario). Si tienes pretensiones, podrás incluso fundar una empresa paralela que gestiones en tus ratos libres, normalmente por la tarde, relacionada con la actividad que desarrollas, y de la que harás publicidad a los pobres consumidores cada vez que se te presente una ocasión. No se trata de que coacciones a nadie para que utilicen tus servicios, por supuesto. Simplemente, si lo hacen, las gestiones y los papeles se moverán más rápidamente de mesa a mesa. Simplemente con eso ya tendrás al pobre consumidor cogido de las pelotas, que es de lo que se trata de momento.

Este es el camino, pero no la meta que estás buscando. Siendo como eres, el puesto que ocupas no resulta suficiente. Es necesario ser funcionario para llegar a donde quieres llegar, pero eso no quiere decir que todos los funcionarios sean como tú, por supuesto. Recuerda que tú eres el centro, la élite. Existen muchos funcionarios realmente pringados, que trabajan el tiempo que les corresponde. Eso no es de tu incumbencia. Tienes muy claro que la mayor parte de la humanidad es miserable de pensamiento y de obra, aunque no de palabra. Existen unas cuantas excepciones, gente que, de tan buena, es tonta perdida, a la que les importa los demás. Gente que nunca llegará a la meta que te propones, porque su conciencia no se lo permite. Gente que puede ser funcionario, autónomo, empresario o trabajador, que forman una minoría dentro de la masa de miserables que llena las calles. No te preocupes por ellos. De hecho, no te preocupes por nadie, pero mucho menos por ellos, o por los voluntarios de cualquier tipo, con esa mirada iluminada que les proporciona el sentirse en paz con la humanidad y consigo mismos. No entiendes, no entra en tu cabeza qué tipo de placer puede sentir alguien ayudando a los demás, pasando un rato con un enfermo de cáncer o fundando un pozo en un país tercermundista que algún día una guerrilla se encargará de destruir otra vez.

Después de lamer los correspondientes culos, y de tocar las teclas adecuadas, entrarás por fin en política, y ese será por fin el chollo de tu vida. Da exactamente igual que seas consejero, concejal, alcalde o cualquier otro cargo. En todos los casos resulta similar. Lo único que varía son los metros cuadrados del despacho y la suntuosidad del mobiliario. Una vez sentado en tu silla, un buen día aparecerá un tipo más o menos atildado, más o menos simpático, más o menos corruptor. Te ofrecerá el negocio redondo, el chollo de tu vida: tú le contratas sus servicios, y él, a cambio, te dará una importante cantidad de pasta. Así de sencillo. Al fin y al cabo, ¿qué importa que una carretera de mierda cueste doce veces más de lo que debería de costar?. Nadie se va a poner a investigar, y si por alguna extraña casualidad alguien lo hace, siempre queda ese dogma de fé, ese argumento sagrado que aleja todos los males, y que tan de moda se ha puesto en este país para seguir trincando a manos llenas: “cuando los otros estaban, hacían lo mismo”. Esos “otros” pueden ser de izquierdas, o derechas. Da igual, es lo mismo. Tú también puedes haber elegido la izquierda o la derecha, eso carece de importancia para lo que realmente quieres, que es forrarte a costa del presupuesto. Al fin y al cabo, ¿qué importancia puede tener coger un puñado de dinero de esas ovejas, de esos borregos que con tanta alegría se la entregan al gobierno elegido por ellos mismos?. No existe ningún peligro. La sociedad está completamente adormecida, aborregada, dispuesta a servir con alegría a la clase dominante, de la que tú has conseguido con tu esfuerzo llegar a formar parte. Hoy en día ya nadie se plantea que se pudiera producir ni siquiera una mínima protesta ante una situación que nos acerca cada vez con mayor velocidad a países como Argentina, Venezuela o cualquier otra república bananera del cono sur. La situación ideal para que medren las personas como tú. Ha desaparecido por completo la clase media, sustituida por una clase baja a la que la educación y la cultura, esos posibles gérmenes de protesta, les importan un verdadero carajo. Una clase baja cuya juventud solo tiene como meta aparecer en la televisión, lo que supondría su triunfo en la vida. ¿Cómo narices te va a importar perjudicar a toda esa gentuza?. Que ellos se dediquen a trabajar cada vez más horas por unos sueldos cada vez más mierderos, mientras la televisión les bombardea con gilipolleces del tipo “porque tú lo vales”. Cuanto más trabajen, más dinero te llegará a ti a las manos para mangonear todo lo que quieras.

Al fin y al cabo, todo el mundo es miserable, y los otros lo hicieron antes. De vez en cuando, el jefe, ya sea de izquierdas o de derechas, ya esté gobernando o en la oposición, os dará un discurso muy bonito y entrañable, recordándoos que a política se llega para servir al ciudadano, no para hacer carrera. Parece mentira que el jefe diga esas cosas, pero para eso es el jefe. Hay que dejarle que se desahogue.

viernes 22 de agosto de 2008

Un profundo dolor


No me resulta fácil expresar con palabras el dolor y la consternación que me ha producido la tragedia aérea acaecida el pasado miércoles en Barajas. A la incertidumbre de las primeras noticias, que hablaban de siete muertos mientras que la columna de humo que se divisaba desde bastantes puntos de Madrid parecía indicar algo más grave, le siguieron la ansiedad y la angustia a medida que la cifra avanzaba, a lo largo de la tarde, hasta situarse en esos fatídicos 153 muertos y 19 heridos.

Tampoco me resulta fácil describir la vergüenza y la rabia que siento ante una cierta clase periodística, que lejos de indagar de forma profesional sobre las posibles causas de la tragedia, a mi modo de ver han perdido tanto el rumbo como el pudor, y se dedican durantes estos días, sin ningún escrúpulo y sin ningún sentido del respeto y la intimidad, a acosar a los parientes de las víctimas con preguntas tan absurdas y dolorosas como "¿qué es lo que está usted sintiendo?". No recuerdo en qué cadena escuché esa idiotez, procedente de la mecánica voz de una periodista que no era capaz de reflejar ningún tipo de sentimiento humano. ¿Que se supone que va a sentir una persona que acaba de perder de un golpe a uno o a varios seres queridos?. ¿Tan insensibles nos estamos volviendo que somos incapaces de ponernos en el lugar de una persona que acaba de sufrir una desgracia de ese calibre?. A poco que tratemos de entender la tragedia en toda su magnitud, seremos conscientes del destrozo psicológico que tiene que sufrir una persona a la que le dan de repente una noticia de esa magnitud. No entiendo esa necesidad de informar sobre la tristeza, sobre el íntimo dolor que sufre una persona. No entiendo ese morbo absurdo que se recrea una y otra vez en hurgar en las heridas abiertas, cuanto más recientes y profundas, mejor. Se siente a veces impotencia, y mucha vergüenza, de pertenecer a una especie que parece recrearse en el dolor del prójimo.

Tampoco me parece suficiente que la solidaridad con las víctimas consista en que las autoridades políticas visiten con rapidez el lugar de la tragedia y a los heridos en los hospitales, o que nuestros representantes en Pekín improvisen unos crespones negros con cinta adhesiva. Son gestos necesarios, pero no suficientes. La verdadera solidaridad consistiría en exigir que se esclarezca la verdad, en investigar a fondo las causas del accidente, y en tomar las medidas necesarias para que, en la medida de nuestras posibilidades, no vuelva a ocurrir algo parecido. ¿Alguien duda a estas alturas de que finalmente se culpabilizará del mismo a una extraña maniobra del piloto, o a una negligencia humana?. Ya ocurrió con el accidente del metro de Valencia, del que se responsabilizó al conductor, y hace unos cuantos años, con el choque de trenes en Chinchilla, que se achacó a una negligencia del factor. A nadie se le ocurrió entonces plantearse que los sistemas de seguridad del metro eran obsoletos, o que resulta peor que tercermundista que la línea ferroviaria que une Albacete con Murcia conste de una sola vía. Da igual. Ahí siguen las dos infraestructuras, esperando agazapadas a que ocurra el próximo accidente. Se escucha muchas veces, ante una tragedia como esta, y procedente sobre todo de personas o empleados de la compañía implicada, la misma coletilla: “lo raro es que no haya sucedido antes”. Ocurre lo mismo cuando algún empleado del Canal de Isabel Segunda manifiesta, como si de un dogma de fe se tratara, que “se pierde más agua por las juntas en mal estado de las tuberías que por los grifos o por las piscinas”. Nos resignamos ante hechos como los de Coslada, localidad en la que, ante el último caso de corrupción policial, la inmensa mayoría de los vecinos declararon que “ya se sabía”. Vivimos en una gran mentira, en una especie de fatalismo demoledor, de pereza mental que a lo único que conduce es a que sucedan una y otra vez cosas como esta. Un fatalismo que lo único que hace es vomitar frases como “lo raro es que no haya ocurrido antes” o la de “no ocurren más cosas porque Dios no quiere”. Uno se siente pequeño ante una catástrofe así. Uno se siente basura, rebaño, una ínfima parte de la naturaleza. Un saco de polvo, como dice Manolo García, que adopta una forma durante una temporada.

En el caso del avión de Spanair, seguro que ya se encuentra todo un ejército de analistas, abogados y peritos de compañías de seguros trabajando para buscar un culpable humano, tal y como ya se está empezando a entrever en las declaraciones de los responsables ante los medios de comunicación. A nadie se le va a ocurrir pensar que tal vez sea insuficiente una revisión anual para un aparato que lleva volando más de veinte años. A nadie se le ocurrirá plantearse que los parámetros analizados en la revisión sean insuficientes. Esta mañana he escuchado a un representante de Spanair decir que ellos superaban con sus revisiones las prescritas por el ministerio de Fomento. Prefiero no indagar mucho sobre la naturaleza de esas revisiones, ya que posiblemente nos llevaríamos una gran sorpresa si las comparamos con las que se ejecuten en otros países de nuestro entorno. Resulta triste viajar por Europa y comprobar, a cada metro que se recorre, que los impuestos que pagan sus ciudadanos se repercuten en su propio beneficio, y no en el de cuatro hijos de puta que viven a costa de comisiones, de subvenciones y del mamoneo al que ya nos hemos acostumbrado con resignación mariana.

Ya se empieza a hablar de cifras, de indemnizaciones que en ningún caso le devolverán la vida a un ser querido, de responsabilidades que se diluirán en el olvido y en la apatía de siempre en cuanto el tiempo arroje un poco de carga sobre el asunto. Nuestra capacidad para olvidar es infinita. Los que jamás olvidarán, los que jamás recuperarán a sus seres queridos, son los que los perdieron esa fatídica tarde de miércoles.

La verdadera solidaridad con las víctimas consistiría en desprendernos de ese fatalismo, tan instaurado en nuestra sociedad. Mientras no exijamos que se adopten todas las medidas encaminadas a mejorar nuestras infraestructuras, a mejorar una calidad de vida que en teoría es idílica y en realidad no es más que una puñetera mierda encaminada a engordar las arcas de las compañías y las multinacionales, no seremos capaces de desprendernos de ese complejo de carne de cañón que nos entra a todos cuando ocurren tragedias de esta envergadura.

La verdadera solidaridad con las víctimas solo puede manifestarse, en estos momentos de tristeza y dolor, llorando a su lado y expresándoles nuestras más sinceras condolencias.

lunes 16 de junio de 2008

el mago de las superproducciones. David Lean



Resulta curioso que comience la entrada dedicada a un mago de las superproducciones a todo color hablando de una película en blanco y negro y con una duración que no llega a la hora y media, pero es que “Breve encuentro”(1945), aparte de ser una de las películas que más veces he visto y que no me canso de ver, es posiblemente una de las diez mejores películas de todos los tiempos.

La historia no puede ser más sencilla: Laura (Cyril Raymond) y Alec (Trevor Howard) coinciden todos los jueves en una estación de tren que les lleva a la ciudad. El, que es médico, visita ese día uno de los hospitales en que trabaja, y ella, casada y con una hija, aprovecha esa tarde para hacer compras y pasar un rato en el cine. Poco a poco, el roce va haciendo el cariño, hasta que caen perdidamente enamorados el uno del otro. La película no es más que la muestra palpable de que el amor, cuando es verdadero, no se puede controlar en absoluto, aunque se antepongan valores aparentemente tan sólidos como un matrimonio previo o la maternidad. Laura se sumerge en un mar de dudas, ya que a pesar de sus fuertes sentimientos hacia Alec, no quiere tirar su vida por la borda.

Tanto Trevor Howard como Cyril Raymond están soberbios en sus interpretaciones, hasta el punto que, cuando veíamos esta película en el cine, los chavales acabábamos perdidamente enamorados de Laura y las chicas de Alec. Las actuaciones contenidas, extrañas tanto en un actor como en el otro (A Howard estábamos acostumbrados a verle en papeles de policía o militar), contribuyen sin duda a realzar el profundo sentimiento amoroso que embarga a la pareja. Os recomiendo esta película como una de las mejores de la historia del cine, y para los incondicionales de las versiones, os recomiendo también la que rodaron en 1984 Robert de Niro y Meryl Streep, “Enamorarse”, también magnífica, aunque no llega a la altura de su predecesora.

“Lawrence de Arabia”(1962) es una de esas películas que todo el mundo tiene que ver, al menos una vez en su vida, en un cine de pantalla enorme, refrigerado, y con una buena carga de bocadillos para cenar. Es al menos así como yo la recuerdo. En un cine de verano, con la música atronando por los cuatro costados, los habitantes de la casa de al lado, de cuetro alturas, asomados a la ventana, y la gravilla metida entre las inevitables sandalias de cuero marrón que nos colocaban sin ninguna piedad nuestras madres en cuanto subía la temperatura.

No voy a juzgar la capacidad de autocrítica de una película inglesa, cuando los ingleses utilizaron descaradamente a los árabes para mantener sus intereses frente a Turquía. La película aborda este problema de una forma tímida, basándose únicamente en la animadversión que provocaba Lawrence entre sus propios compatriotas cuando se sumerge hasta tal punto en la cultura árabe, que parece transformarse en uno de ellos.

Lawrence de Arabia es Peter O´Toole, o Peter O´Toole es Lawrence de Arabia, como prefiráis. No creo que este enigmático actor sea recordado más profundamente que por su papel en esta película. Son gloriosas las escenas rodadas en el desierto, o la escena del tren, cuando las tropas le aclaman como líder mientras el pasea disciplente sobre los vagones. Son magníficos también sus diálogos con Omar Shariff, con Anthony Quinn o con sus superiores militares. Es magnífica la música, también inolvidable. Un título, en definitiva, de los que hacen afición al cine de todos los tiempos.

No menos importante en la historia del cine es “Doctor Zhivago”(1965), protagonizada por Omar Sharif en el papel de Zhivago, Julie Christie como la inolvidable Lara, y Geraldine Chaplin en uno de los mejores papeles de toda su carrera. La película, rodada en las nevadas estepas extremeñas, circunstancia que apenas se nota, nos lleva en el tiempo a los inicios de la convulsa revolución rusa de 1917. Zhivago representa a la perfección la lucha por la supervivencia de un hombre normal y enamorado en los feroces tiempos en los que se desata la locura. La perfidia está encarnada por otro gran actor, Rod Steiger, que encarna a la perfección la ambición y la falta de humanidad de un comisario político. Omar Sharif, para mi gusto uno de los más grandes actores de todos los tiempos, hoy injustamente olvidado, encarna a la perfección a este médico y poeta que sufre, ama y trata de sobrevivir a toda costa.

Una epopeya vital, con una melodía también inolvidable, que figura en cualquier antología de música de cine de todos los tiempos. La película está basada en la novela de Boris Pasternak, un poeta y novelista ruso que cayó en desgracia en la década de los 30, aunque se libró de los campos de concentración. Según cuenta la Wikipedia, a Pasternak le concedieron el Nobel en 1958 gracias a una estratagema de la CIA, que envió unos cuantos ejemplares de “Doctor Zhivago” impresos con tipografía rusa y papel ruso, ya que la edición de la obra en el país de nacimiento era una condición, al parecer indispensable (al menos en aquella época), para obtener tan preciado galardón.

La última película comentada hoy no puede ser otra que “Pasaje a la India”(1984), una muestra más de la fascinación de Lean por desarrollar sus historias en países de Oriente. En esta ocasión, la película está basada en una novela de E. M. Forster, al que debemos también joyas tan incomparables como “Howard´s End” y “Una habitación con vistas”, llevadas también ambas al cine.

“Pasaje a la India nos muestra uno de los temas recurrentes en la literatura de Forster: la imposible reconciliación entre las diferentes clases sociales, más pronunciadas si encima se mezclan miembros de diferentes razas. Una joven inglesa, Judy Davis, viaja a la India para reunirse con su prometido. Aunque en principio parece totalmente fascinada por el exotismo que la rodea, hasta el punto de querer sumergirse de lleno en el país de la mano de un médico hindú, el doctor Aziv (Saeed Jafreey), un extraño suceso en las cuevas de Marabar parece trastornarla hasta el punto de denunciar al médico por haberla violado. Entramos así de lleno en el conflicto entre dos formas muy diferentes de moverse por el mundo: la de la pretenciosa sociedad británica de la época, y la de los pobres habitantes de la colonia, que no pueden levantar cabeza aunque, aparentemente, sean aceptados por sus conquistadores, como es el caso del doctor Aziv, que tiene amigos ingleses.

James Fox, en un papel correcto, representa la excepción que confirma la regla, el papel del inglés que se pone del lado de los oprimidos. La incomparable Peggy Ashcroft, en un papel que le valió el oscar, interpreta a la señora Moore, la futura suegra de la joven que, aunque parece no creerse nada de la historia que le cuenta su futura nuera, no le queda más remedio que aceptar la situación porque así se lo exige su rango y su raza. Cuando huye del problema en el tren, en una memorable escena, el brahman interpretado magistralmente por Alex Guinnes se inclina ante ella con las palmas de las manos juntas. Alec Guinnes interpreta la aceptación, el dejar fluir los acontecimientos tan propio de la cultura india. No se altera en absoluto, porque piensa que todo está escrito, y que las cosas no se pueden cambiar. Resulta en ocasiones irritante su falta de apoyo al doctor Aziv.

Cuando vi esta película, me quedé con la sensación de que me hubiera gustado ver más. Gran parte del metraje está ocupado por el juicio a Aziv. Creo que Lean debería haberle dedicado más tiempo a los usos y costumbres locales que a narrarnos una situación, la de un juicio, que no se diferencia casi nada se desarrolle en el país que se desarrolle. No obstante, la película es una gran película, que recomiendo también con placer.

En esta ocasión contamos con el incomparable arte de Juan Valdivia, que en un incomparable salto mortal vuelve a superarse a sí mismo. Gracias, Juan. Tu retrato de David Lean es magnífico. Tan magnífico como la acuarela de Carmen, que representa una de las escenas de "Pasaje a la India". Gracias a ti también, Carmen. Vuestro arte es cada vez mejor.

miércoles 11 de junio de 2008

Freaks (1932)


Conocí la película prácticamente en la adolescencia, a través de una antigua revista de comics de terror que se llamaba “Vampus”, y que bebía casi literalmente de otra americana, que se publicó después también en España con su propio nombre y con más pena que gloria, que se llamaba “Creepy”. “Vampus publicó un artículo de varias páginas en el que no solo contaba la historia del enano Hans, sino que mostraba bastantes fotografías de aspecto antiguo que mostraban a gran parte de los seres deformes que protagonizan esta inclasificable joya del séptimo arte de todos los tiempos.

Dirigida por Tod Browning en 1932, la película nos cuenta la historia de Hans, una especie de gentleman enano, siempre trajeado, que está comprometido con Frida, una enana guapísima. Ambos trabajan en el circo de madame Tetrallini, una especie de hada benefactora que acoge en su senos a toda una serie de seres humanos deformes, que recorren Francia con su espectáculo circense. Lo angustioso de la situación es que los protagonistas eran deformes de verdad, en la vida real, habiendoalcanzado algunos de ellos cierta fama precisamente por el hecho de ser deformes.

La forma de narrar de Tod Browning en esta película supera con creces la de su anterior título, la primera versión de Drácula protagonizada por el mítico Bela Lugosi. Desgraciadamente, la primera aparición del conde transilvano en la gran pantalla ha envejecido mucho peor de la película motivo de esta entrada. Resulta fascinante el propio comienzo, en el que un charlatán de feria suelta su discurso, presentando, sin mostrarla todavía, a la singular Cleopatra, una mujer antaño bellísima, y ahora... Mediante un fundido, retrocedemos hasta el momento en que Hans contempla extasiado el número de Cleopatra, la bella trapecista encarnada por Olga Baclanova. Los ojos de Hans denotan algo más que admiración hacia el bello cuerpo que se columpia en el aire. Frieda, la mujer enana a la que Hans está comprometido, nota que algo falla en su relación.

En una escena que me produjo pesadillas durante bastante tiempo, el dueño de unos terrenos se encuentra de repente en un claro de su propiedad con un grupo de microcefálicos, hombres sin brazos, hermanas siamesas y un muchacho que, no teniendo piernas, anda sobre sus manos con verdadera agilidad. El grupo, asustado ante la presencia del hombre, corre a refugiarse a la vera de Madame Tetrallini, su benefactora, en un cuadro difícil de olvidar. Causa una gran sensación escuchar hablar a esta mujer de sus “pobres criaturas”.

Cleopatra, huelga decirlo, desprecia profundamente tanto al enano como a los otros miembros del circo, y juguetea con Hércules, el hombre más fuerte de la compañía. Cleopatra y Hércules son el cpontrapunto de Frodo, el payaso, y Violet, la domadora de focas, que respetan profundamente a sus compañeros deformes y conviven con ellos en un ambiente de normalidad.

Cleopatra sigue despreciando al enano y jugando con sus sentimientos, hasta que se entera por casualidad, precisamente cuando Frieda intenta llamarla al orden, de que Hans es poseedor de una inmensa fortuna. Es entonces cuando decide, ni más ni menos, casarse con el enano, matarle y repartirse la fortuna con el corpulento Hércules.

La boda de Hans con Cleopatra merece pasar por sí sola a los anales de la cinematografía universal. Cleopatra no descuida ninguna ocasión de humillar a su flamante esposo. Hacia el final del banquete, que se celebra en la pista, uno de los enanos llena una gran copa de licor, y bailotea en la larga mesa mientras se la va pasando a todos y cada uno de los asistentes al evento, que beben mientras entonan una de esas canciones que se te quedan grabadas en la memoria para siempre: “Goble, goble, we accept her, one of us...” (copa, copa, la aceptamos como uno de nosotros), letra que repiten cada vez más obsesivamente en un paroxismo de ritmo y surrealismo que se rompe cuando la copa llega a Cleopatra, que la desprecia gritando como una loca que de eso nada, que ella no es como ellos ni por asomo, que son todos unos monstruos (freaks), insulto que repite varias veces hasta acabar la actuación besando en la boca delante de todos a su amado Hércules.

Podría pensarse que una actuación así por parte de Cleopatra supondría el final de su relación con Hans, pero después de varias zalamerías, y de jurarle y perjurarle al pobre enano que estaba bebida cuando montó el espectáculo en el banquete, consigue engancharle de nuevo en sus redes. Comienza entonces a envenenar a Hans. Frieda, que se percata, avisa a Frodo, el payaso, y a todos los demás. Durante uno de los desplazamientos del circo, en medio de una gran tormenta en la que a los carros no les queda más remedio que pararse, la liga de las criaturas deformes lleva a cabo su venganza. Resulta impresionante la imagen de los amigos de Hans, armados hasta los dientes, dirigiéndose lentamente bajo la lluvia hacia el carromato de Cleopatra y Hércules.

El charlatán de feria del principio está llegando al final de su relato. “El sufrimiento de uno es el sufrimiento de todos, y la alegría de uno es la alegría de todos”, sentencia como en una especie de inquietante código moral. Al descorrer la cortina que tapa la jaula, un terrible grito de terror se escapa de la garganta de una de las asistentes al espectáculo: la antaño bellísima Cleopatra grazna, con la mirada perdida, convertida en una especie de gallina sin piernas.

Uno de los “atractivos”, por llamarlo de alguna manera, de esta gran película, cuyo mensaje ético, no lo olvidemos, es que hasta las más desvalidas criaturas son capaces de unirse ante una agresión (aunque existe otra lectura: precisamente, cuanto más desvalidas, más unión entre ellas), es el casting que se realizó para hacerla. Al parecer, se presentaron miles de fotografías de gente con defectos de nacimiento. Finalmente se escogieron varios personajes entre los que destacaban Daisy Hilton y Violet Hilton, hermanas siamesas, Johnny Eick, el hombre sin piernas, que participó en varias películas, Randian, un hombre sin brazos ni piernas pero que es capaz de encender un cigarro ayudándose solo con la boca, Koo Koo, la chica ave, Frances O´Connor, la mujer sin brazos, y el grupo de los microcefálicos, con sus inquietantes sonrisas y extraños movimientos, compuesto por Schlitzie, Jenie Lee Snow y Elvira Snow. Toda una muestra de malformaciones humanas reales. La fotografía en blanco y negro, la atmósfera casi siempre tenebrosa, el sufrimiento de Hans y Frieda causado por seres humanos aparentemente normales. Convierten sin ninguna duda a “Freaks” en uno de esos títulos de referencia.

Si alguno de vosotros tiene acceso al DVD de la película, le aconsejo que la vea en versión original subtitulada. Las voces de alguno de los personajes (Hans, Hércules, Frieda, Frodo...), y sobre todo, la inquietante canción que entonan todos en el banquete de bodas, tienen que escucharse forzosamente en versión original. En castellano pierde bastante la película, hacedme caso.

martes 3 de junio de 2008

Algo perfecto. Jonathan Demme


Reconozco que comencé a fijarme en este director cuando ya llevaba bastantes años detrás de las cámaras. Sucedió con “Algo salvaje”(1986), en la que una fascinante Melanie Griffith se las ingenia para liar al siempre ingenuo Jeff Daniels (un actor por el que siento un especial cariño desde que le descubrí como el explorador surgido de la pantalla en “La rosa púrpura del Cairo”), llevárselo a un motel y vivir una noche loca, cosa que no hubiera tenido la menor importancia si al día siguiente la chica, ligeramente desquiciada, no le hubiera obligado al pobre Daniels a visitar a su madre en Pensilvania.

Lo que el inocente contable se prometía como la aventura de su vida con una escultural mujer (me enamoré de Melanie Griffith en “doble cuerpo”, de Brian de Palma), se convierte paulatinamente en una pesadilla surrealista. No se comprende que Jeff Daniels no emprenda una rápida huida cuando Melanie se cambia de ropa, abandonando su aspecto siniestro y sugerente para adoptar un aire provinciano y anodino.

En este título descubrí a Ray Liotta, un actor que casi siempre interpreta papeles cuando menos inquietantes, con una alta dosis de perversidad en la mirada y en los gestos. Encarna en “Algo salvaje” al exaltado exnovio de Melanie, y borda el papel de poco menos que un auténtico psicópata. Parece uno volver a recordar las palizas que nos daban los mayores cuando estábamos en el colegio al ver al amigo Ray zumbándole la badana al inocente Jeff, que al final resulta no serlo tanto cuando consigue, mediante ciertas estratagemas, recuperar al amor de su vida.

También asistimos en este título a una de las constantes en bastantes de las películas de Demme: su cuidada y elegante elección de la banda sonora. Se pueden escuchar temas de Laurie Anderson, John Cale, David Byrne y hasta de la misma hermana de Bob Marley, que aparece además cantando en todo su esplendor en los créditos finales. Muchos de los temas que aparecen en la película eran famosos en aquella época, sin duda la más sugerente de la historia de la música moderna. Creo que nunca se han llegado a alcanzar más altas cotas de placer musical que durante la afamada década de los ochenta, pero esa, amigos, es otra historia.

Después de rodar algunas comedias ligeras, Jonathan Demme parece renacer de sus cenizas con un título que en su día nos dejó marcados a todos los que lo vimos. Y digo marcados literalmente, porque conocí a bastantes personas que adoptaron durante varias semanas la forma de actuar del doctor Aníbal Lecter, el verdadero alma mater de la película “El silencio de los corderos”(1990), un thriller perfecto que merece estar por méritos propios en la zona más alta del altar dedicado a las películas de terror de cualquier aficionado. Infinitamente mejor que la novela homónima de Thomas Harris, “el silencio de los corderos demuestra una vez más que es posible superar la novela cuando la imaginación del director está por encima de la del novelista.

No creo que merezca la pena contar el argumento de la película. Se puede resumir en apenas dos líneas: para encontrar a un asesino psicópata que se dedica a secuestrar y a asesinar a chicas con sobrepeso para hacerse un vestido después de arrancarles trozos de su piel, la agente Starling, del FBI (sin duda el mejor papel de toda la carrera de Jodie Foster), se entrevista en varias ocasiones con otro psicópata encarcelado, el singular y ultrapeligroso doctor Aníbal Lecter (un Anthony Hopkins en la cima de su arte), al que le encanta comerse el hígado de sus víctimas regado con una copa de chianti. Aparte de la extraordinaria interpretación de Hopkins, muy por encima de las posteriores apariciones de Lecter en la pantalla, hay que destacar la hipnótica voz conseguida, para la versión en castellano, por el actor de doblaje de este hombre, el siempre magistral y envidiable Camilo García. Hopkins confesó en una entrevista que había tratado de conseguir, para su personaje, una mezcla de las voces de Truman Capote y Katharine Hepburn. A pesar de que aparece apenas quince minutos durante todo el metraje, se convierte por méritos propios en el alma de la película. La inolvidable escena de su preparación para escaparse, después de haber asesinado a los dos policías que le custodian, mientras suena el primer movimiento de las variaciones Goldberg de Bach, y el truco que emplea para desaparecer del mapa, es digno de admiración. Un ejercicio de imaginación difícil de superar, sin ninguna duda.

Descubrí después de ver la película que Jonathan Demme era tan amigo de Roger Corman, uno de los directores a los que algún día dedicaré otra entrada en este blog, que hasta le regaló el papel del jefe Burke del FBI. Corman fue sin duda el maestro del cine de terror de serie B, y eso es algo que se detecta en la película de Demme.

“Philadelphia”(1993) supone un más que digno cambio de registro en la trayectoria del director, que pasa de la comedia y el cine de terror al más puro drama. En unos momentos en los que la enfermedad del sida apenas comenzaba a mostrar su sinistro rostro, Demme elabora un producto inmejorable, tanto por su carga de denuncia como por el lado humano que refleja con todo su esplendor y crudeza.

Tom Hanks interpreta a Andrew Becket, un abogado que es despedido del bufete en el que trabaja por haber contraído el virus del sida. Decide demandar a la empresa por despido improcedente, pero no consigue encontrar un abogadoque le defienda, hasta que Denzel Washington se hace cargo del caso. Denzel, que desde el principio muestra su animadversión hacia todo lo que huela a homosexual, va mutando su espíritu y se deja cautivar por la indudable fuerte personalidad de Andrew, que siendo homosexual, no presenta ninguno de los tópicos que se les pueden aplicar. Muy al contrario, Andrew no duda en mostrarse como es ante la persona que le va a defender.

En una escena digna también de pasar a los anales (os recuerdo que este blog habla sobre todo de escenas dignas de pasar a los anales), Andrew le explica al abogado interpretado por Denzel Washington el aria cumbre de la ópera “Andrea Chenier”, interpretada por maría Callas. Una escena desgarradora, que podría interpretarse como una muestra del dolor que podía sentir en aquella época un enfermo de sida, despreciado por una sociedad que siempre le ha vuelto la espalda a los que sufren.

La película supuso la aceptación de Hollywood a la homosexualidad, o eso se dijo en su momento, basándose los entendidos en el hecho de que a Hanks le entregaran el oscar al mejor actor ese año. El segundo oscar fue a parar a Bruce Springten, el compositor de la magnífica canción que aparece en los créditos iniciales, “Streets of Philadelphia”, que suena en todo su esplendor mientras unas inmejorables tomas aereas nos muestran imágenes con lo mejor de la ciudad en la que se desarrolla la trama. “Philadelphia” es una de esas películas que hay que ver si uno quiere formarse un criterio ético, y que hay que disfrutar cuando ya se tiene. Hasta el mismo Banderas está correcto en su papel de compañero sentimental de Hanks. Al final del drama, en otra escena de gran carga emotiva, la familia de Hanks recuerda a su miembro en un homenaje emocionado y discreto. Denzel Washington, el abogado, ha acudido con su mujer, como un miembro más de esa familia. A destacar también el papel de la madura Joanne Woodward como la madre de Hanks. Una gran película, sin duda.

La acuarela que preside esta entrada es de Carmen. Una maravilla, como siempre, que te agradezco con todo mi cariño, artista.