miércoles, 2 de julio de 2014

Se acabó el recreo

Venga, chicos, que ya se ha acabado la hora del recreo, dejad de jugar de una vez a haceros los importantes, los privilegiados, los que Dios ha elegido para llevar las riendas de la Humanidad. Veeeenga, que ya no queda casi pastel, es hora de volver a clase a hacer los deberes, a arrimar el hombro como todos los demás, a sacrificarse para conseguir sacar las cosas adelante.

Dejaos ya de cachondeo, de despreciar la voluntad luchadora de todo un pueblo mucho más que preparado para poder sacar adelante una nación, de reíros de los sufrimientos a los que vuestra locura y ansia de poder está abocando a una parte de la población cada vez más grande. Sufrimientos que callan, que por pura vergüenza no proclaman a los cuatro vientos, cuando a los que se les debería caer la cara de vergüenza es a vosotros y a los que piensan como vosotros.

Os creéis los amos cuando en realidad seríais incapaces, por vosotros mismos, de sacar adelante cualquier proyecto por simple que fuera. Necesitáis del enchufe del familiar, el amigo de toda la vida o el miembro más influyente de la secta que sea, porque habéis ocupado el cargo, el máximo al que se puede aspirar, directamente, a base de soltar pasta o repartir la influencia de vuestros progenitores. Como mucho, después de “estudiar” un máster en el que se desprecia la experiencia acumulada, en el que se enseña que lo único importante es el máximo beneficio de la empresa al menor coste posible, y en el que el factor humano es el primero a prescindir. Estáis convencidos de que eso es así porque algún iluminado anterior ha decidido que eso sea así, y cobra ingentes cantidades de dinero por impartir sus enseñanzas. Para vosotros, lo caro tiene que ser cierto por fuerza, así que os lanzáis a aprender esas cuatro consignas que hunden empresas en otro tiempo más que rentables.

Os cagáis directamente en la experiencia, en la fuerza del trabajador, en el sacrificio de muchos por llevar a cabo una buena labor, una buena gestión, con el único condicionante de percibir una remuneración económica mucho más que merecida, que se amortiza rápidamente con dos o tres buenas gestiones a lo largo del año. Eso no lo veis, sois incapaces, porque en el máster o en lo que sea no se menciona que la capacidad de trabajo de una persona supera con creces cualquier otro planteamiento, y que si esa persona está contenta con lo que percibe, consumirá, y conseguirá que la rueda siga girando. Eso, con todas vuestras luces, vuestras conferencias, vuestros emblemáticos y exclusivos encuentros en la cumbre, en las fundaciones o en cualquier otro lugar en el que se reúnen otros especímenes como vosotros, no sois capaces de entenderlo, a pesar de su sencillez. En esa rueda estamos todos, y no tiene ningún sentido, ni a largo ni a corto plazo, que una gran parte de la población pierda ilusión, capacidad y poder adquisitivo, porque la rueda se acabará parando, tenedlo por seguro, y todos, TODOS nos hundiremos en la miseria.

Ahora habláis de terminar con el sueldo mínimo, y con la prestación de desempleo. ¿Qué será lo próximo? ¿Qué tipo de casta de empresario pensáis que estáis creando? Por favor, viajad un poco, daos una vuelta por el mundo en general y por Europa en particular. En ningún otro lugar el sueldo mínimo es tan bajo, pero existe. Posiblemente existan muchas personas que abusen de las prestaciones, no digo que no, pero eso también es una consecuencia de la mala política de empleo y de la bajada de sueldos. ¿Para qué trabajar, si voy a ganar lo mismo sin dar un palo al agua? Si los sueldos fueran dignos, y el reconocimiento al que se esfuerza de verdad fuera premiado, la cuestión laboral daría un giro radical, y lo sabéis.


Por favor, dejad de jugar, chicos. Venga, ha llegado la hora de que la gente seria, los profesionales verdaderamente auténticos, los que aman su profesión de verdad, los que saben de lo que hablan y son respetados en su entorno por ello, tomen de nuevo las riendas. Dejad de jugar, y de robar, y de desviar fondos a paraísos fiscales de todo tipo. Y me refiero a cualquiera que piense como vosotros, ya sea miembro de un consejo de administración, dirigente de un sindicato obrero, ex-trabajador buscador compulsivo de subvenciones y ayudas incapaz de dar un palo al agua, alcalde, concejal, o miembro de un partido político, sea del signo que sea. Dejad que los que trabajan, los que aportan, los que pagan religiosamente sus impuestos, sigan haciendo lo que hacen, que es levantar el país, algo para lo que ninguno en absoluto de vosotros está mínimamente preparado.

sábado, 17 de mayo de 2014

Algunas reflexiones relacionadas con el asesinato de León

Con relación a la inmensa polvareda que se ha montado en todas partes por el asesinato a sangre fría de Isabel Carrasco, se me ocurren algunas cosas:
1.- Se achacó en un principio al clima de odio generado contra la clase política. Creo recordar hablando en los informativos en este sentido a Rita Barberá, a Isabel San Sebastián, que insistió en vincularlo con los escraches, a Luis Salom, que culpa a un chiste que publicó El Jueves hace nada menos que dos años… "Este tipo de bromas acaban sembrando odio y, al final, ha pasado lo más grave, un asesinato", dijo el señor Salom.

Ninguno de los mencionados se ha disculpado, ahora que se ha demostrado que el crimen se debe a una venganza personal planeada desde hace dos años. Prácticamente en el momento de conocerse la noticia, ellos soltaron así, sin anestesia, y con la caja de resonancia que suponen los medios para cosas como esta, sus fantasmas personales.

Da la impresión de que no tienen la conciencia demasiado tranquila, de que saben que muy bien no lo están haciendo precisamente, cuando están tan seguros de que se está generando este clima de ODIO contra la clase política. Y puede incluso que sea verdad, que las actuaciones de los últimos años (bastantes años, incluso antes de que volviera a ganar el PP) hayan generado algo de odio, pero lo que han generado, sobre todo, es rabia, impotencia, desesperación ante la corrupción generalizada, ante la impunidad absoluta y vergonzosa de los que se han forrado con nuestro dinero, ante la descarada soberbia de unos políticos que siguen teniendo prebendas y sueldos altísimos cuando la situación no lo permite. Esto genera odio, pero también muchas cosas más, ante la imposibilidad que tiene el ciudadano de a pie de modificar la situación, porque su voto no vale absolutamente para nada. 

¿Se les ha ocurrido pensar a los que nos gobiernan que, posiblemente, para acabar con ese clima de odio, lo más sencillo sería que ellos hicieran bien su trabajo, que castigaran a los corruptos y a los miserables de sus filas, y que se ocuparan de verdad de gobernar de una forma eficaz y honrada?

2.- Ana Samboal, presentadora de Telemadrid, alucina frente a Hermann Tersch y Nicolás Redondo Terreros, y comenta que cada uno de nosotros es responsable de lo que nos está pasando, que hay seis millones de parados y que como ese clima de odio se generalice, adiós muy buenas. Sin comentarios. Una de las cosas que nos están robando precisamente es la de poder hacernos dueños de nuestra propia vida, porque repito, ni siquiera nuestro voto, o la ausencia del mismo, vale absolutamente para nada. Para esta señora no deben existir los miles de personas que han tenido que salir del país a buscarse la vida, ni los miles que saldrán en breve.

3.- Ahora resulta que la bestia negra es Twitter. Señores, por favor, vamos a tener un poco de cabeza. Twitter no tiene nada que ver con los descerebrados absolutos que lo usan. Nadie, ni Twitter ni ninguna otra plataforma, tiene nada que ver, de hecho, con la cantidad de descerebrados que llenan las calles. Pero seamos realistas, por el amor de Dios. No hace falta meterse en Internet para ser consciente de esto. Basta con darse una vuelta por los bares situados en los alrededores de un estadio un día de partido importante, para escuchar verdaderas salvajadas, en primer lugar contra el equipo contrario, pero también contra la mujer en general, contra los inmigrantes, contra la religión o a favor de ella… Señores, su política de educación (la suya y la de todos los gobiernos anteriores al suyo) está produciendo una auténtica plaga de descerebrados, movidos por el odio o por la insensatez, porque son incapaces de pensar de otra manera, con una mente abierta como la que tienen los habitantes de otros muchos lugares del mundo. Existe un artículo en el código penal, que es el 510, “que penaliza la provocación a la discriminación, al odio o a la violencia contra grupos o asociaciones”. No me jodan, señores. Si se aplicara ese artículo con rigor, media España estaría en la cárcel, y la otra media a punto de entrar. Y muchos de los dirigentes políticos que se llevan las manos a la cabeza, escandalizados por el clima de odio que ellos mismos han creado, también.

Ocurre lo de siempre. Los medios, los políticos, las personas comprometidas con cualquier ideología, los descerebrados, los incapaces, los imbéciles de todo rango, los que se creen el ombligo del mundo, los que creen que pueden sacar tajada, económica o de poder, se empeñan, cuando ocurre un hecho tan lamentable como este, de remover la conciencia de los que no tenemos absolutamente nada que ver, ni con lo que se ha hecho ni con lo que se dice. Yo no me siento culpable en absoluto de nada, y ni siquiera pensé en nada cuando me enteré de la noticia. Sospechaba desde el principio que se trataba de algo que llevaba mucho tiempo gestándose, de una venganza personal que nada tiene que ver ni con las afiliaciones de asesinada y asesinas, ni con el clima de crispación, ni con los escraches, ni con ninguna de esas tonterías. Dos personas matan a otra, a tiros, y eso es lo que debería hacernos reflexionar. Todo lo demás son esas gilipolleces con las que quieren calentarnos la cabeza para que votemos en un sentido o en otro y sigamos portándonos como corderos.

Algo muy podrido debe de haber en todo el tinglado que han montado, cuando el que gana las elecciones se alegra, a pesar de saber lo que, hipotéticamente, se le va a venir encima…

domingo, 11 de mayo de 2014

Los hipócritas

Lo primero que piensas al leer el cartelito que porta la mujer de Obama, es que Twitter se va a forrar con esto, de una u otra manera. Hasta la frase está pensada, con el símbolo del hashtag de entrada, para arrasar en esa red social en la que, si no estás, no eres absolutamente nada. “Bring Back our girls”, cuando en realidad debería ser “Bring our girls back”. Lo segundo que te pasa por la cabeza es la parafernalia, el montaje que conlleva realizar una campaña como esa. Los americanos son muy serios para esas cosas, porque saben que hacen mella en las conciencias de todo el mundo. Algún experto en expresiones ha estado varias horas con la señora Obama, cobrando una buena cantidad por ello, asesorándola, para que adopte una expresión “triste, pero con cierta dureza”. Ni siquiera algunas de las fotos de las niñas que circulan por ahí sn auténticas, como puedes leer en este enlace: 

http://www.abc.es/internacional/20140510/abci-fotos-bring-back-girls-201405091921.html 

Lo tercero, piensas en la forma en que algunos, muchos, se subirán al carro. En efecto. Pocas horas después de la fotografía de la señora Obama, aparecen otras personas, actores, actrices, políticos de todo el mundo, con el mismo cartelito en la mano. Algunos pensarán que muy bien, que ya está de nuevo Occidente movilizándose ante una causa justa. Qué orgullo, el de pertenecer al primer mundo, para poder ocuparse de solucionarles la vida a esos pobres tercermundistas que son incapaces de organizarse por sí mismos.

¿Y las niñas? ¿Alguien se ha puesto, de verdad, seriamente, a pensar en esas niñas, absolutamente inocentes? ¿Le importa a alguien, en realidad, lo que pueda sucederles?

La esclavitud está permitida en los países árabes, y consentida por las grandes potencias que dependen del petróleo. Existen más de treinta millones de esclavos en todo el mundo, muchos de ellos niños. Pero no nos engañemos. Muchas de esas niñas, si es que nadie se ocupa de verdad de recuperarlas, algo que parece ya lejano dado el tiempo que ha pasado desde su secuestro, acabarán en Europa, y algunas de ellas en España, en algún polígono industrial, o en la Casa de Campo. En cualquier lugar al que acudan esos enfermos de nuestra sociedad que buscan alivio rápido a sus impulsos sexuales. Acabarán probablemente como Edith Napoleon, la chica que acabó asesinada y descuartizada como un animal, tal y como nos cuenta Lorenzo Silva en esta magnífica entrada:


Asqueado por tanta hipocresía, mezclada con el oportunismo de unos cuantos a los que lo único que les mueve en estos días la conciencia son esas grotescas elecciones europeas que están a punto de celebrarse, cambio de canal, y me encuentro con un reportaje de comercio justo en el que se menciona a los niños esclavos que recolectan cacao en Sierra Leona. Por un sueldo miserable, que apenas les llega para comer, pasan todo el día trabajando, de sol a sol, con la infancia robada para que los niños occidentales disfruten de la suya con un buen vaso de chocolate. La solución a todo esto pasa por comprar cacao de comercio justo. El fina eso está en nuestras manos, como siempre. En lugar de hacer un boicot a nivel institucional a todas las grandes empresas europeas que compran cacao a precios irrisorios, descarguemos el problema en el consumidor, que no se entera de nada. El que quiera estar con su conciencia tranquila, que compre en el comercio justo, a pesar de que eso sea una gota en el océano comparado con los ingentes beneficios que comporta lo otro.

El problema es que, mires donde mires, veas el canal que veas, al final llegas a la conclusión de que el tercer mundo está cada vez más esquilmado, cada vez más explotado por ese hipotético primer mundo al que pertenecemos. Sigue siendo el tercer mundo, y cada día más, pero a algún iluminado, a algún experto en márketing, se le ha ocurrido llamarles “países emergentes”, que suena menos duro. Un entrañable gesto para volver a tranquilizar las conciencias de los que nos importa una mierda ese mundo que parece pertenecer a un planeta diferente al nuestro. ¿Qué más nos da que para fabricar nuestro teléfono móvil se utilice el coltán, que provoca guerras en los países productores al objeto de controlar sus yacimientos? ¿Qué importa que tras ese diamante que con tanto placer exhibe una mujer, haya corrido la sangre de unos cuantos niños guerrilleros? Se trata de África, y lo que ocurra allí, o en la India, o en cualquier otro lugar que no sea nuestro sacrosanto occidente, no nos tiene que importar una mierda.

Vivimos en el momento más floreciente de la información, pero no sabemos, o no queremos, utilizarla de forma adecuada. Podemos seguir perfectamente por Internet el rastro de unas zapatillas deportivas carísimas, hasta llegar a esa fábrica del tercer mundo en el que los niños esclavos las fabrican en condiciones infrahumanas, pero no nos apetece hacerlo. ¿Qué culpa tenemos nosotros de lo que ocurra fuera de nuestras fronteras?

A eso, a no querer ver las cosas, algo en lo que los europeos nos estamos volviendo unos expertos a causa de nuestra cada vez más grande cobardía, se le llama hipocresía.   


jueves, 27 de febrero de 2014

Huellas

La eterna pregunta, a la que nadie, ni persona, ni religión, ni ciencia, ha conseguido dar jamás respuesta. ¿Qué ocurre cuando mueres? ¿Existe el cielo o el infierno? ¿Se libera el espíritu para volar libre por otro espacio y otra dimensión? ¿Te reencarnas, según los actos que hayas hecho en tu vida, en un ente superior o inferior? ¿No ocurre nada, fin y ya está? Clint Eastwood plasmó su idea en “más allá de la vida”, recreando de paso las teorías de la doctora canadiense Elizabeth Kubler Ross. Los que hemos sufrido la pérdida de un ser querido buscamos afanosamente algo a lo que agarrarnos, aunque sea de una forma “cogida por los hilos”, que demuestre que existe algo más allá, que no se acaba todo. Nos resulta triste pensar que cuando la persona a la que amamos se va, se convierte simplemente en polvo.

Al fin y al cabo, nadie sabe lo que ocurre después, porque nadie ha regresado. Hace tiempo mantuve una conversación con alguien que me dijo “convéncete, no hay nada”. Me sorprendió sobre todo la rotundidad de la afirmación. Me lo dijo sin fisuras, sin matices, basando su afirmación en su profunda creencia en lo científico, totalmente desligada de cualquier influencia religiosa. Creía en eso, y se aferraba a ello con convencimiento. ¿Por qué la gente se aferra con uñas y dientes a una idea?, recuerdo que pensé entonces. ¿Qué hay de malo en dudar? Para mí, dudar es creer, y en el caso del tremendo dolor que supone la pérdida de un ser querido, creo incluso que dudar no sólo es sano, sino necesario. No, no me puedo convencer de que no hay nada, a menos que me lo dijera alguien venido del más allá, lo cual ya sería un contrasentido en sí mismo
.
Comienzas a asimilar la pérdida cuando la persona que se ha ido aparece en tus pensamientos o en tus sueños tal y como era antes del final, de la larga enfermedad, o del momento del accidente. Suele pasar un tiempo de más o menos tres meses desde que se va hasta que empiezas a recuperarla de nuevo. Es curioso. Una compañera de trabajo me dijo una vez, tan convencida como la que me dijo que no había nada, que durante un tiempo vagan perdidos en el más allá, desorientados, hasta que su vida pasa ante ellos, rinden cuentas, y se reúnen con parientes y amigos que fallecieron antes que ellos. ¿Tendrá esto algo que ver con lo de los tres meses que, al menos en mi caso, tardé en recuperar a mis seres queridos?

A partir de ese momento los sueñas, los vives, los recuperas tal y como eran, con sus risas, sus alegrías y tristezas, pero también con sus enfados, sus manías y sus cabreos. En más de una ocasión me he despertado al grito de “!Arriba, arriba!” que solía darme mi mujer mientras me quitaba las sábanas para que me levantara de la cama. Hasta ahora pensaba que esto se conseguía por el recuerdo, por una especie de mecanismo de defensa del cerebro, que sustituía las imágenes tristes de los momentos finales y más duros de la pérdida, por los momentos más felices vividos junto al otro. Hasta ahora, digo, porque algo ha cambiado.

El otro día, mi madre tuvo una reacción muy curiosa. “Es el recuerdo”, pensé al principio, pero no, se trataba de algo mucho más profundo. Actuó exactamente igual que mi padre cuando vivía. Era una tontería, algo que mi padre hacía de vez en cuando y que a mí me cabreaba bastante. Sentí exactamente el mismo cabreo. En aquel instante, mi madre era mi padre.

Cuando salí de su casa estuve pensando mucho en ello. Me analicé a mí mismo, y descubrí reacciones instintivas, reflejos, formas de actuar no influenciadas por el recuerdo, sino por mi propia naturaleza. Al principio, cuando falleció mi mujer, me sorprendía a mí mismo pensando, ante determinadas situaciones relacionadas con mi hijo, “¿Qué haría ella en este caso?”, y más de una vez actuaba tal y como lo habría hecho ella. Poco a poco ya no lo pensaba. Era ella, como si al dejarnos hubiera dejado una huella indeleble de sí misma en nosotros.

No se van a ninguna parte. Pasan a formar parte intrínseca de nuestra propia naturaleza. Esa es la conclusión a la que he llegado después de darle vueltas al asunto durante un par de días. Yo soy mi mujer en muchas ocasiones, y ahora empiezo a ser mi padre. No es que le sienta dentro, es que actúo, siento y vivo como él. Los dos forman parte de mí.

Me he remontado incluso más allá en el pasado. La primera experiencia traumática que tuve fue la muerte de mi abuela. Prácticamente la veía todos los días. Ahora que lo pienso, más de una vez he revivido en mí mismo su sentido del humor, su integridad, la fortaleza que tuvo que desarrollar para sacar adelante a sus cinco hijas. En alguna reunión de trabajo me ha salido su tremenda ironía, sin buscarla, sin pensar en ella siquiera. ¿Por qué? Porque forma parte de mí desde que se fue. Leo exactamente igual que mi tía Bebi. Ensimismado, con la mirada clavada en el libro, sin desmayo, concentrado. A todas horas. La recuerdo siempre así, con su libro, pegado a los ojos a causa de una vista que se le había ido mermando probablemente y precisamente por esa afición a la lectura. Y lo hago sin acordarme de ella, simplemente porque mi tía, al fallecer, pasó a formar parte de mí y de todos los que la queríamos. Y lo mismo ocurre con mi tía Isabel, cuya bondad aderezada con explosiones de carácter que te podían dejar clavado en la silla, aparece también de vez en cuando. O mi tía Pura, o mi tío Félix, la abuela Tomasa, el tío Pepe… De todos y cada uno de ellos puedo encontrar, a poco que rebusque un rasgo definitorio de mi personalidad.

No se van. Se quedan con nosotros, en nuestro interior, en nuestra alma, forjando nuestra manera de ser, de pensar, de vivir. Viven en el recuerdo, en las fotografías, en las conversaciones en las que suelen aparecer, pero también en cada una de nuestras reacciones ante la vida. Es su huella lo que nos hace caminar, lo que forja nuestra alma.


Pensadlo. Puede parecer una tontería, un delirio provocado por la pérdida, por supuesto, pero seguro que si escudriñáis un poco en vuestro interior, en vuestro ser más íntimo, descubriréis rasgos, emociones, sentimientos y formas instintivas de actuar que pertenecían a vuestros seres queridos que ya no están.    

lunes, 17 de febrero de 2014

Dos grandes autoras: Antonia J Corrales y Mayte Esteban

El viernes pasado se celebraron en LA LIVRERIA, un lugar que se está convirtiendo por méritos propios en toda una referencia (teatro, coloquios, exposiciones, poesía, libros y una barra para tomar algo mientras te empapas de cultura) situado en la calle Martínez Izquierdo nº 9, muy cerquita de Manuel Becerra, dos eventos entrelazados: la presentación de la novela “Detrás del Cristal”, de Mayte Esteban, y el club de lectura sobre “As de corazones”, de Antonia J. Corrales. Dos ESCRITORAS, así, con mayúsculas, a las que considero amigas, que charlaron largo y tendido no sólo sobre las novelas objeto del debate, sino sobre sus proyectos, sus ilusiones, su forma de hacer, de crear personajes, de entrelazar tramas… Las dos novelas son mucho más que recomendables. Os invito y recomiendo encarecidamente su lectura. No creo que se puedan encuadrar en un génro determinado, por mucho que se empeñen algunos defensores a ultranza de determinados géneros en hacerse con ella. No. Tanto “As de corazones” como “Detrás el cristal” trascienden, por su calidad y su contenido, cualquier clasificación al uso. Son simplemente literatura, con todo lo que comporta esa palabra, y de la buena, de la que te mantiene pegado al libro hasta el final.

No voy a hablar de las dos novelas. Existen otros lugares mucho mejores que yo y más cualificados para reseñar libros. Os recomiendo leerlas, eso sí, pero si queréis más información tendréis que buscarla por vuestra cuenta. Voy a hablar de las personas. 

Conocí a Mayte después de leer “La arena del reloj”, un libro suyo que me marcó. Se lo dije una vez y se lo repito hoy en esta entrada: aquel libro me removió las entrañas hasta el punto de volver a levantarme y empezar de nuevo a vivir con más ganas. Algo así es muy difícil de olvidar. Me encantó el libro, y me encantó ella, su ilusión, su filosofía de vida, su afán por escribir, por transmitir sus emociones, que son muchas, al papel. Se puede decir que Mayte es literatura en estado puro, siempre imaginando, dando vueltas a lo que escribe, perfeccionando un arte que sin duda lleva metido en la sangre.

Otro tanto puedo decir de Antonia J Corrales, aunque a ella la conozco en persona desde hace menos tiempo que a Mayte. Su forma de escribir es contundente, directa, dotada de una gran belleza lingüística, de frases que se te quedan grabadas para siempre en la memoria. Su literatura es como ella. Comprometida, marcada por ese destino siempre incontrolable, y por el amor, que también lo es. “Hay tres cosas que no se pueden controlar: nacer, morir y enamorarse”, dice Antonia.

El viernes acompañamos a dos autoras que hablaban de sus libros, pero había más, mucho más en aquel encuentro. Se vio la ilusión por el trabajo bien hecho, y los sentimientos a flor de piel, la pasión por escribir. Se detectaron la admiración y el respeto, por parte de los lectores, hacia todo aquel que se decide a sentarse un buen día ante una hoja de papel en blanco y se dispone a arrancarse sin compasión un trozo de su alma, porque eso, es, en definitiva, el amor por la literatura. No se está en esto por dinero, o por prestigio. No. Se está por necesidad, porque tanto Mayte como Antonia necesitan exteriorizar toda la grandeza de alma, de imaginación y de pensamiento que llevan en su interior. Ellas son mucho más creíbles que bastantes dinosaurios de la literatura, superventas mundiales, que lo único que hacen es escribir como forma de negocio. Eso no es literatura.

Un placer leerlas, y un lujo inmenso conocerlas en persona. Os invito a disfrutar de su compañía.

Os dejo el enlace de la página de la Livrería, en la que la terremoto Pepa, de “Pepa entre libros” (Pepa, no paras, eres un torbellino de actividad, jajajaja!!) os atenderá con todo el cariño de alguien también enamorado de la cultura y los libros.



Un fuerte abrazo a todos


viernes, 20 de diciembre de 2013

José Luis Jaime, mi padre

“¿Qué es lo que queda?”, nos preguntamos siempre ante la pérdida de un ser querido. “¿Qué ha dejado para la posteridad? ¿Cuáles han sido sus obras?”. Recuerdos, vivencias… En tu caso, además, innumerables cuadros, dibujos, cuadernos escritos con esa letra tuya tan particular, llenos de pensamientos, de cultura, de arte… Cuando te pones a pensar, descubres un legado casi inagotable.

Nos regalaste la mejor infancia que se puede desear. Esa que se recuerda con un brillo en los ojos y una sonrisa permanente. Una infancia llena de viajes de diecisiete horas a Cádiz, o de algo menos a Alicante, al principio en los coches de los tíos que venían de Alemania en verano, y más tarde en ese R8 que escupía correas del ventilador cada cincuenta kilómetros. Una infancia llena de despertares mágicos, con los cinco (tú, mamá y nosotros tres) metidos hasta más de media mañana, los sábados y los domingos, en una cama de matrimonio que parecía ensancharse milagrosamente para aguantarnos mientras planeábamos el fin de semana. Una infancia llena de trastadas, que provocaban tu risa y la desesperación de mamá, como cuando aquella vez que llenamos la pared de rallajos de rotulador, tú le dijiste a ella tan tranquilo “no me negarás que tienen madera de artistas”.

Jamás trataste de imponernos tus ideas, salvo una. La mejor que se puede transmitir, con la libertad y esa tolerancia tuya que te caracterizaban: la capacidad para que tuviéramos las nuestras propias. Nos inculcaste la necesidad de pensar por nosotros mismos, para que eligiéramos nuestro propio camino, para que supiéramos vivir. ¿Existe algo más importante que inculcarle a alguien la vida?

Nos enseñaste a pensar, a valorar las pequeñas cosas, a ilusionarnos perpetuamente, incluso en nuestra madurez. Nos transmitiste el placer por el arte, por la cultura, por el cine, con aquellas sesiones de dos películas con cena incluida. Nos enseñaste a reírnos de los problemas, a encontrar situaciones graciosas y entrañables incluso en los peores momentos. A contemplar la situación desde cierta perspectiva, para obtener la visión más positiva y el camino a seguir. A distinguir el valor y el inmenso poder de la sencillez, que es lo realmente grande, como decía Balzac en una frase que tú anotaste en uno de tus cuadernos. A saber que nadie es nada si no tiene humildad y no sabe ponerse en el lugar del otro. A que darle más importancia a lo que se tiene, y no a lo que se es, no conduce a nada.

Nos diste una curiosidad infinita, que te provocaba ese placer que sentías al viajar, para conocer mundo y abrir la mente ante otras gentes y otras culturas. Nos enseñaste a trabajar para vivir, y no a vivir para trabajar. Llenaste tus años de vida, y no tu vida de años. Viviste como quisiste, y te has ido cuando has querido, en el momento adecuado, tranquilo, con serenidad, sin dolor, con la tarea hecha y la obra terminada. Y muy bien terminada, papá.

Así pues, ¿qué queda? Queda la obra, y la obra es buena. Mira a tu alrededor. Tu obra somos nosotros. Observa a la gente que te acompañó en el tanatorio, o en el funeral, o de corazón, aunque no estuvieran presentes. Has dejado huella en todo aquel que haya tenido la suerte, el honor de conocerte. Es imposible no encontrar alguna cualidad tuya en cualquiera de nosotros. Todo el mundo me decía siempre que eras especial, y es verdad, lo eras, y nos has hecho especiales a los demás.

“El río llega al mar. No lo ves, pero ahí está”. No se me ocurre otra frase más emotiva que esta, de mi amigo y hermano Rafa Navidad, para definir de alguna manera tu trayectoria vital. Has llegado al mar, papá, tras una vida propia, plena, serena y tranquila. Y lo que es más importante, elegida y construida por ti mismo. No te vemos, pero estás ahí, en cada uno de nosotros, en esas lágrimas que vertemos al recordarte, en nuestros gestos y en nuestras acciones. En la honradez y en la nobleza de tus nietos, fuertes y decididos, como cuando Adrian se sentó el otro día, llorando, en tu lugar en la mesa, al ver que ninguno de nosotros nos decidíamos a ocuparlo. En la bondad y la empatía que has transmitido a los que te han conocido, y a los que sin duda has hecho un poco mejores de lo que eran antes. Esa es tu obra, papá, y es una gran obra.

Cada uno se imagina a los seres perdidos de una manera. Personalmente, yo te imagino ahora sentado a una mesa, con una taza de café y un chupito de whisky, conversando amigablemente con el tío Félix, y los tíos Fernando, Germán y Gregorio. Te imagino también bailando esa música de tango, que tanto te gustaba, con Isabel, con Pura, con María, con Bebi o con Pilar. Francamente, papá, me cuesta no imaginarte mirándonos desde arriba, riéndote de la travesura que nos has hecho al emprender el viaje. Feliz al haberte salido con la tuya, dejando este mundo. Seguramente porque ya te apetecía, por esa curiosidad tuya que antes mencionaba, conocer otro.


Hasta siempre, papá. Ahora lloramos, pero dentro de poco nos haremos más fuertes al recordarte tal y como eras, tal y como has sido siempre, y sonreiremos otra vez, como tú nos has enseñado.

Mi padre falleció el día 11 de Diciembre a los 86 años de edad. Era un hombre bueno, y sobre todo, VIVIÓ.

domingo, 14 de julio de 2013

Comentario borrado

Ayer coloqué un comentario en una página de FB que se llamaba “Cambio tesoros del Vaticano por comida para Africa, ¿te apuntas?”, en la que más de dos millones y medio de personas le han dado al “Me gusta”. Mi comentario decía más o menos así:
Los tesoros del Vaticano no son más que una gota en el océano si los comparamos con la cantidad de pasta que nos están robando a nivel mundial para las fábricas de armamento, o con las subvenciones para multinacionales que fabrican sus cosas en países del Tercer Mundo explotando a seres humanos. Por favor, no os dejéis engañar, que se supone que pensáis. A toda esa gentuza le viene genial desviar vuestra atención hacia la Iglesia para que no reflexionemos sobre lo que nos están haciendo. Si no os gustan los dictados de la Iglesia, aunque muchos de vosotros os hayáis casado por ella y estéis bautizados y con la Primera Comunión, pasad de ellos, pero no le dediquéis vuestro desprecio. Dedicádselo a los verdaderos culpables, que no son otros que un sistema financiero corrompido e inhumano y una clase política que lo venera”
El comentario fue borrado, algo que ya supuse desde el momento en que lo colgué. Muchas de las entradas de la página hacen referencia a los curas pederastas, al aborto, a los preservativos, y a toda la lista recurrente de dogmas de fe anticlerical.
No sé si voy a ser capaz de hacerme entender con esta entrada, pero voy a intentarlo. No me considero religioso, y tengo dudas de si soy creyente o no. No voy a misa, pero si algún día tengo que entrar en una Iglesia para algún acontecimiento o para acompañar a alguien que quiere escuchar misa, lo hago, y no me salen sarpullidos, ni se me caen los anillos, ni nada de eso. No considero a ”los curas” en su conjunto, de la misma manera que no considero jamás a ningún colectivo en su conjunto. He conocido curas magníficos, y curas pesados y dogmáticos. Cada persona es un mundo, y primero se es persona, y después lo que sea. Lo que no hago nunca, ni he hecho jamás con ninguna institución, ya sea laica o religiosa, es permitir que se entrometan en mi forma de pensar, o que traten de “llevarme a su huerto”, como se suele decir. El problema está en que el colectivo de turno, ya sea la Iglesia, la Cruz Roja, Greenpeace o el padre de Domingo Ortega, se entrometerá en nuestra vida, en nuestra forma de pensar, lo que NOSOTROS le permitamos, que en mi caso, como ya he dicho, es cero.
Partiendo de esa premisa, no entiendo el miedo, cuando el miedo deberíamos tenérselo a los bancos, a la Bolsa o al Club Beidelberg, si es que existe. No entiendo los ataques a personas que tienen fe, como Santi Rodríguez, al que amenazó un fanático cuando declaró que era católico. No entiendo esa comparación entre Iglesia y políticos del PP, cuando en la Semana Santa andaluza, feudo del Psoe y de Izquierda Unida, todo el mundo se echaba a la calle con un respeto reverencial ante los diferentes pasos. Existe mucha gente humilde que tiene Fe, y al contrario. ¿Por qué, entonces, esa intolerancia? Algunos dicen que la Iglesia sigue gobernando el mundo. ¿Realmente se lo creen? El mundo lo gobiernan cuatro hijos de puta que se forran cada día más con la venta de armas y con los tejemanejes en la bolsa, y el que desvíe su atención de eso es que no se entera o no se quiere enterar.
Centrémonos en la realidad, y no nos dispersemos con tonterías. El aborto es un tema demasiado personal e íntimo como para dejarlo en manos de cualquier institución, pero es que eso no hay ni que decirlo. El uso del preservativo, disfrutar del sexo… Por favor, que ya somos mayorcitos, y nadie tiene ni siquiera que opinar sobre lo que cada uno haga en su casa. Los curas pederastas… Los pederastas, a secas. Nadie se mete con el turismo sexual pederasta a países como Thailandia, por ejemplo, o con las redes de pedófilos que florecen como setas en Internet. Tan hijos de puta son unos como otros, pero el desprecio se desvía sólo hacia los curas.
Creo que muchas veces se ha utilizado la intolerancia hacia la Iglesia como una forma de rebelión hacia nuestros mayores, que siguen yendo a misa en cuanto se les presenta la ocasión, pobrecillos ellos, lo engañados que están. Bueno, pues ya hemos madurado un poco. Desviemos nuestra atención hacia los problemas realmente importantes.