jueves, 15 de octubre de 2009

Valkiria

Sentía cierto recelo antes de entrar al cine. ¿La crónica de uno de los atentados más famosos contra Hitler, protagonizada por el guapo Tom Cruise?. Algo me decía que aquello no podía salir bien, que un acontecimiento tan trágico como el protagonizado por el oficial alemán Von Stauffenberg, tamizado por el filtro de Hollywood, no podía funcionar. Tenía todavía fresca en la retina la versión alemana del mismo asunto, rodada en 2004 y protagonizada por el magnífico actor Wolfang Preiss, al que admiro desde que vi “La vida de los otros”.
Nada más lejos de la realidad. Mi instinto volvió a fallar, como en tantas otras ocasiones. Ya desde el mismo comienzo de la película, con ese juego de efectos que transforma la palabra “Valkiria”, tuve la sensación de que estaba viendo un producto muy digno.
¿Cuál es la clave de que me encontrara cómodo con Tom Cruise interpretando a Von Stauffenberg?. Cruise no es precisamente uno de mis iconos como actor. Siempre le he visto interpretando el mismo papel, el de Tom Cruise. Únicamente me gustó algo en “Magnolia”, una extraña película que debería ser de obligada visión por su magnífico guión, en el que se entrecruzan historias protagonizadas por unos actores que, si bien por aquel entonces eran desconocidos, exceptuando precisamente a Tom Cruise, después se hicieron famosos.
He llegado a la conclusión, después de disfrutar con la película, de que me gustó Von Stauffenberg precisamente porque, por una ocasión, y probablemente sin que sirva de precedente, Tom Cruise no hace de guapo. El atormentado Von Stauffenberg, tan amante de su patria como crítico con sus dirigentes, es dignamente interpretado por un Tom Cruise sereno, maduro y sufridor, como se demuestra desde el principio, desde la escena en que pierde el brazo y el ojo a causa de un ataque aéreo mientras estaba en Africa. A partir de ese momento, con ese muñón que levanta con energía cuando Tom Wilkinson, que interpreta a su ambiguo superior, se lo requiere, y ese ojo de cristal que se coloca y se quita con naturalidad, Tom Cruise se mete en la piel de Von Stauffenberg con todas sus consecuencias.

Siempre me ha fascinado un determinado cine de nazis. “Valkiria” es digna sucesora de otra película con una ambientación muy similar, “El hundimiento”, hasta el punto de que en la primera actúan varios actores secundarios de la segunda. Es un cine que no se limita a presentar al alemán de aquella trágica época (y digo bien, al alemán) como a la bestia salida de los infiernos. Mi fascinación comenzó con los libros de Sven Hassell, un soldado alemán que aborrecía a los nazis y a las SS probablemente más que a sus enemigos rusos. Tomé conciencia entonces de algo que me ha acompañado a lo largo de mi trayectoria cinéfila y literaria, y que despierta mi interés cada vez que aparece en pantalla o en libro: no todos eran malos. Ni mucho menos. Hay un personaje de Valkiria que pone precisamente el dedo en la llaga cuando dice “si fracasamos (ante la posibilidad de matar a Hitler), todo el mundo nos recordará como la Alemania de Hitler”. Nada más lejos de la realidad. Es absolutamente cierto que la inmensa mayoría del ejército alemán, oficiales incluídos, odiaban profundamente a Hitler, a sus secuaces, y al tinglado que se habían montado para acabar con sus enemigos. Es algo que se ve en películas tan maravillosas como “Odessa”, “La cruz de hierro”, la ya mencionada “El hundimiento” o esta magistral joya que estoy comentando hoy. El ser humano está lleno de matices, creo que ya lo he mencionado en otras ocasiones, y es precisamente de agradecer que el cine de Hollywood se haya dado cuenta de esto a la hora de acometer el proyecto de “Valkiria”.
Buena parte del atractivo de la cinta lo constituye su magnífica ambientación. La película se rodó en Berlín y en otros escenarios reales, como el histórico Benderblock, lugar en el que fueron fusilados los personajes reales. Despachos imposibles, arquitecturas colosalistas, banderas y símbolos por todas partes, reflejan perfectamente la época del dominio nazi de Alemania. Son sobrecogedoras también las escenas filmadas en el Berghof, el refugio de montaña de Hitler. El dictador y sus secuaces mantienen un ambiente de tranquilidad y desidia que contrasta profundamente con los millones de soldados alemanes que en ese momento se estaban dejando la piel en los innumerables frentes abiertos. Impresionante también el búnker en que se comete el atentado, así como el cuartel de la reserva.
Quisiera destacar el personaje interpretado por Terence Stamp, un actor al que siempre he considerado un modelo a seguir. En la película interpreta a un militar que se pasa al lado político, que ama profundamente a Alemania por encima de todas las cosas, y que odia con la misma profundidad el estado en el que la han sumido Hitler y sus secuaces. Es admirable la elegancia y entereza con la que este hombre pide una pistola cuando le detienen.
Otra escena que me heló el corazón fue la protagonizada por el oficial de la reserva que tiene que detener a Goebbels. Su cara se convierte en un auténtico poema cuando escucha la voz de Hitler, al que se suponía muerto, al otro lado del teléfono.
Es una película, en definitiva, grandiosa, importante, sumamente ágil a pesar de no tener apenas escenas de violencia. Una muestra de que se puede hacer buen cine, magnífico cine, más bien, sin necesidad de reventar cabezas con bates de béisbol (comparar “Valkiria” con “Malditos bastardos”, la última locura de Tarantino, en la que el alemán en general es malo por naturaleza, es como comparar “Alien” con “Garbancito de la mancha”).
La acuarela que preside la entrada, que refleja mejor que nada el atormentado espíritu del Von Stauffenberg interpretado por Tom Cruise, es obra de Juan Valdivia, quien ya participó con todo su arte en las anteriores entradas del blog. Muchas gracias, Juan, por deleitarnos de nuevo con esa maestría tuya con los pinceles.

miércoles, 7 de octubre de 2009

La que se nos viene encima


Dedicado con todo mi cariño a Carmen Jiménez y a Juan Valdivia, ese par de liantes...

Retomo este blog en gran parte gracias, o por culpa, de ese par de liantes a los que dedico la entrada. Con sus palabras de ánimo, con sus artículos en los blogs que ambos presiden, y que os aconsejo encarecidamente, y sobre todo, porqué no decirlo, con su imprudencia temeraria, han conseguido que me vuelva a liar la manta a la cabeza, así que sólo me queda decir lo siguiente: que sea lo que Dios quiera. ¡! Que apechuguen ellos con las consecuencias ¡!.

Comencé este blog con la idea de dedicarlo a temas generales, aunque finalmente desembocó en un blog de cine. No es que haya cambiado de idea, pero pretendo alternar ese gran tema, en el que tanto Carmen como Juan como Carlos León se mueven como pez en el agua con sus maravillosas ilustraciones, con otros asuntos que, por su temática o naturaleza, despierten mi interés. Es por ello que para la de hoy, primera entrada de la reanudación, haya escogido un tema de rabiosa actualidad. Tan rabiosa, de hecho, que se refiere al programa que emitieron ayer en Antena 3, sin ir más lejos. “Curso del 63”, creo que se llama, porque tuve la inmensa desdicha de verlo empezado.

¿A qué me refiero con el título de la entrada? Simplemente, a eso. Después de ver el programa, y de contemplar el futuro del país, representado por unos cuantos chavales y chavalas que no tienen desperdicio, no me queda más remedio que echarme las manos a la cabeza, y rezar.

Vivimos en un país de difícil clasificación en lo que se refiere a las gentes que lo habitan. Nuestra rancia y arribista estirpe de empresarios no se encuentra ya en ningún lugar, ni de Europa ni de, me atrevo a afirmarlo, del mundo. Pelo engominado, gafas de sol (look “el bigotes”, por poner un ejemplo), entrada para la corrida de toros asomando por el bolsillo, es capaz de discutirle durante un par de días a uno de sus empleados una subida de diez céntimos la hora, pero ni siquiera se despeina cuando invita a varios amigos, socios, o simples advenedizos, a una comida de trescientos euros el cubierto. Ese es nuestro empresario tipo. Tripero, putero, y más cosas que acaben en “ero” que se os puedan ocurrir. Se buscará un florero elegante, distinguido, de largas piernas y sedosa cabellera, que luzca bonito en su yate de quince metros de eslora.
Nuestro obrero tipo tampoco encuentra parangón en el resto de Europa. No es de extrañar, con estos mimbres, que seamos los últimos en salir de la crisis, si es que salimos. Sindicalista de frases hechas, vago, vocinglero, chauvinista y con el palillo en la boca siempre a punto, se queja de que un rumano realice en media hora el trabajo que él desarrolla en un par de días. Su eterno rencor hacia el patrono (el del pelo engominado) le revuelve tanto las tripas, que se pasa más de la mitad de la jornada laboral planeando estrategias para un escaqueo cada vez más pronunciado. De las doce horas que se pasa en su puesto de trabajo (esa es otra. Más vale estar, aunque no se produzca nada), unas cuantas las dedica a temas de su vida personal.
Cuando hablo de patrono y obrero me refiero a todos los órdenes de nuestra sociedad, no sólo a los patronos o los obreros de la construcción, que son tan respetables, o tan poco respetables, como los funcionarios, los empleados de una tienda, o los que se dediquen a cualquier otra actividad. La vida se paraliza en España a la hora del desayuno, que oscila entre las diez y las doce de la mañana, si es que no se prolonga más. Da igual que la cola llegue hasta la parte de atrás del edificio. Esa es la forma en que se construye el país. La vida se paraliza también ante un partido de fútbol, una corrida de toros, o las fiestas del pueblo. Da igual que estemos en crisis. Al fin y al cabo, hay que divertirse, tomarse la vida con filosofía, que para eso somos mediterráneos, coño.
¿Cuál es la alternativa a todo esto? Por nuestra buena salud mental y nuestro futuro, espero de todo corazón que no sea la que vi ayer.
¿Pero de dónde coño han salido unos zopencos como los que exhibió ayer Antena 3? ¿Es real? No me lo puedo creer ¿No está preparado? ¿Es posible que se confunda a Cervantes con un escritor de la generación del 27, o que alguien declare, con una bobalicona sonrisa, que 2 por seis son dieciocho? La visión del programa resultaba tan alucinante, que no daba crédito a mis ojos. Aluciné cuando uno de los alumnos abandonó el centro porque le obligaban a cortarse el pelo. El argumento que dio fue que “su pelo era él”. Creo que era el más sensato, porque probablemente era cierto que su pelo fuera bastante más inteligente que la cabeza sobre la que estaba.
Aluciné cuando una niñata que presumía de tener un piercing en el pezón, declaró que la habían echado de dos colegios por pegar a sus profesoras. Aluciné cuando un niñato presumía de pasarse no sé cuántas horas al día en el gimnasio, después de dejar los estudios a los quince años para ponerse a trabajar. Aluciné cuando una chica que casi no sabía ni hablar, dijo en el patio “habemos varios de Málaga y unos cuantos de Valencia”. Aluciné, de verdad, pero cuando más aluciné, y eso os lo juro por lo más sagrado, fue cuando entrevistaban a los padres de cada una de las “criaturas”, verdaderos frikis todos ellos, con pendientes imposibles, tatuajes, vestidos comprados para la ocasión (salir en la televisión es probablemente lo más importante que les ha ocurrido en sus vidas), y una actitud entre chulesca y provocativa, de defensa a ultranza de sus ignorantes vástagos. Uno de los padres, en un alarde de saber estar y de defensa de valores, dijo ante las cámaras que “si el profesor me hace eso a mí, le suelto una hostia).

Esa hostia, tan repartida en los institutos a los profesores, y no a los propios hijos, es la que tiene sin duda la culpa de lo que está pasando. El programa en cuestión no es más que una prueba palpable de que se ha despreciado desde tiempo inmemorial la disciplina, por considerársela un símbolo de la etapa anterior, en una de esas gilipolleces filosóficas que están dando al traste con nuestra educación, que sin duda es lo más importante, como saben muy bien nuestros vecinos europeos. Es lo mismo que no reforestar nuestros bosques “porque lo hacía Franco”, como si la medida perdiera su validez por haber sido utilizada por un dictador. No tiene nada que ver el hecho de que uno sea de izquierdas o de derechas para que tenga una serie de valores y unos cuantos conceptos de educación mínimos. Eso es lo que se está tratando de inculcar, que la educación del individuo es un privilegio de la derecha, cuando la realidad debería ser otra muy diferente.
Sin embargo, lo peor de todo no es que se desprecie la indisciplina, sino que se considere la cultura, una cierta cultura, aunque sea mínima, poco menos que como un signo de imbecilidad. Seguro que cualquiera de las criaturitas de ayer sabe de sobra cuál es el último éxito de Juanes, pero cualquiera es incapaz también de saber la tabla del dos. Eso lo justificaba una de las madres, con tatuajes en el brazo, diciendo “es que mi hija es muy de hoy”. No sé a qué se refería la buena señora con eso, pero si el hecho de que una niña lleve un piercing en la teta es muy de hoy, yo debo de ser un retrógrado de mucho cuidado. Si no saber hablar, soltar un taco cada tres letras, mascar chicle de forma compulsiva, gritar como un poseso o reírse en la cara del profesor es de hoy, va a costarme ponerme al día.
Tengamos un poco de sensatez, por favor. Tanto esos chavales como sus padres se harán famosillos por el programa, y se convertirán entonces en modelos a seguir por otros muchos chavales y padres de chavales.Creo sinceramente que deberían sacar a los chavales del colegio por una temporada y meter a sus padres, que buena falta les hace. Si a las sandeces de series como “Física o química”, unimos ahora este programa, no me queda más remedio que repetir el título de esta entrada. Dios mío, la que se nos viene encima.

En el próximo artículo hablaré de cine, lo prometo.

viernes, 3 de abril de 2009

Bolonia


Con especial cariño para mi amiga Charo Bolívar


No tenemos remedio. Somos un país de mierderos, y eso no cambiará jamás. Y no puede cambiar, por una sencilla razón: nos importa un carajo un tema tan importante como la educación. Y no me refiero a la educación en las formas, que tampoco, o a esa especie de costumbre ancestral que consiste en hablar mal, sin que nos importe no saber ni siquiera expresarnos, tal y como demuestran día a día personas, gobernantes y artistas. No. Me refiero a algo de más enjundia, a una educación global, total, que nos convirtiera en personas parecidas a las que pueblan nuestro entorno europeo, y no en histéricos mentecatos, llenos de cobardía y de miedo, que únicamente responden a los impulsos del fútbol, los toros, los programas del colorín, las absurdas Operaciones Triunfo o los exabruptos destructores de una derecha recalcitrante y una izquierda estúpida.

Nadie, absolutamente nadie, le da importancia a la educación en este país. Los cachorros de las clases dirigentes, o simplemente de los que tienen pasta, se marchan a estudiar a Inglaterra, a Francia o a Estados Unidos, a lugares destinados a convertirles en tiburones, en empresarios sin escrúpulos que sigan perpetuando esa tradición codiciosa y antinatural que consiste en levantar y hundir empresas mientras se cubre uno de pasta. Los que se quedan aquí se meterán como mínimo a un máster, pagado por su padre, por supuesto, en el que se les enseña el lado más salvaje de un capitalismo que se fagocitará a sí mismo sin que nadie pueda impedirlo. “Ten cuidado con ese, que acaba de acabar el máster, y no le importa lo más mínimo despedir a diez o doce personas porque no le guste como vistan”, me comentaba hace unos cuantos años un compañero que había pasado por el mismo trance del máster. Da igual. A nadie le importa. Los trabajadores estamos demasiado ocupados intentando sobrevivir con la miseria que nos paga la élite triunfadora, la de los másters. Nuestros hijos no están hechos para el estudio. Lo mejor es ir a una academia de baile, o como mucho a la FP, para hacerse fontanero, que ahí sí que se gana pasta. Con suerte, la Jenny, mi Jenny, hará un día un casting, y podrá triunfar en Gran Hermano, o en Gran casino, o en la Grandísima puta.

Estamos entre dos fuegos. Por un lado, la élite de los másters, los que devoran, los osados, los brokers, los hijos de puta que nos han metido en este follón del que nadie sabe como salir, pero del que ellos han salido fortalecidos. Por otro lado, la masa, la ingente masa que piensa que la educación no sirve absolutamente para nada. El padre mentecato que abofetea al profesor que ha regañado a su hijo, a SU HIJO, por el amor de Dios, porque no dejaba de lanzar mensajitos ininteligibles por el móvil. Esa es la situación. Una situación que no supone solamente el final absoluto de una clase media cada vez más reducida, sino el hecho de que la brecha abierta entre las dos clases se haga cada vez más grandes. ¿El sistema de castas hindú?. Un pardillo, si lo comparamos con el sistema que estamos creando nosotros, sin ningún motivo religioso y sin que a nadie le importe un carajo.

Para hacer todavía un poco más grande ese abismo, nuestros gobernantes, nuestros queridos gobernantes, más ocupados en obtener votos que en cualquier otra cosa, han pergeñado una traba más, un escollo más a todo aquel que haya decidido que le gusta estudiar. Se llama Bolonia, y aunque no estoy muy puesto en el tema, he entendido perfectamente que uno de los postulados que predica es que los estudiantes harán un período básico, que les dará el derecho a una titulación mínima, y que si quieren obtener un título más completo y rentable, tendrán que hacer una especie de máster. Pagando, por supuesto.
Ya está en marcha otra vez el absurdo, la gilipollez. Dentro de unos años, las empresas pedirán el oro y el moro, la titulación de Doctor Honoris Causa, para ocupar el puesto de pringado que trae y lleva los cafés por seiscientos euros al mes. Ya lo están haciendo actualmente, ¿qué trabajo les costará seguir haciéndolo en el futuro? Al fin y al cabo, los que dirigen son los tiburones, los que han estudiado en Oxford o en Yale.

Las protestas que se están generalizando en toda España por este tema apenas encuentran eco en los medios de comunicación, ocupados con los tejemanejes de Rajoy, Zapatero o Esperanza Aguirre, o con la comunión de la hija de Belén Esteban. Es acojonante. Nos importan más los gorgoritos de Chenoa que la educación de nuestros hijos. Sólo si hay sangre, como en el caso de la brutal paliza de los mozos de escuadra catalanes a un grupo de estudiantes que protestaban, se despierta el interés de los medios.

Resulta admirable, y lo digo con el corazón en la mano, el esfuerzo, la lucha y el compromiso de todos los estudiantes que se están movilizando para terminar con un objetivo que se sale de cualquier lógica. En una sociedad adormecida, anestesiada por unos acontecimientos que ni siquiera entiende, resulta muy gratificante que existan personas capaces de discernir entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo absurdo, entre la lógica y la demencia más senil que uno se pueda imaginar. Una actitud que contrasta profundamente con la propuesta por un gobierno que debería caminar en otra dirección muy diferente a la que lo está haciendo, a tenor de sus siglas.

Tengo un hijo de catorce años que quiere estudiar, y gracias a vosotros, a los que os encerráis en las escuelas, a los que os manifestáis contra el proyecto, a los que lucháis con ganas por lo que consideráis justo, es muy probable que su deseo no se convierta en una quimera o en un camino de espinas. Os doy las gracias, sinceramente, por estar ahí, y os apoyaré en todo lo que esté en mi mano, y me manifestaré en mi ciudad, y en donde haga falta.

Os doy las gracias, en definitiva, por estar vivos.

domingo, 1 de marzo de 2009

Una magnífica exposición










El pasado 26 de febrero, a las 20:30, se inauguró en el incomparable marco del hospital de Santiago, en el corazón de la ciudad de Úbeda, la exposición dedicada a las acuarelas de Juan Valdivia, ese artista que hace música con los pinceles, y al que todos conocéis por los retratos de directores y actores que con tanta generosidad nos ha legado para muchas de las entradas de este blog.

El hospital de Santiago, dedicado en la actualidad a centro cultural, es uno de los edificios renacentistas más emblemáticos de los que se pueden encontrar en Úbeda, ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad debido a su legado en este estilo arquitectónico y a lo bien conservado de sus monumentos. Encerrado en una muralla de la que todavía se conservan bastantes vestigios, el casco antiguo de Úbeda está salpicado de iglesias, conventos, casas señoriales y palacios de renombre, monumentos todos ellos caracterizados por el tono anaranjado de sus piedras, que destacan con identidad propia entre las casas blancas que las circundan. Un tono que Juan Valdivia no solo ha sabido captar en gran parte de sus obras maestras, sino que incluso ha sido capaz de mejorar. Las pinceladas de Juan Valdivia, esos blancos que consigue con una maestría de auténtico profesional, esas aguadas delicadas y poderosas a partes iguales, nos hablan de arte con mayúsculas, del que entra por los sentidos y se queda para siempre grabado en la retina del observador.

El Hospital de Santiago se encuentra en una zona muy concurrida de la ciudad, en una calle que, lindando con el casco antiguo, mucho más tranquilo, recoge y conduce la mayor parte del tráfico y el movimiento de una ciudad que bulle día a día gracias a la vitalidad de sus habitantes. Lo primero que me impresionó, cuando llegué a Úbeda el jueves al mediodía, y me encontraba todavía perdido en una ciudad que había visitado apenas de pasada casi veinte años atrás, fue ver el cartel que anunciaba la exposición de Juan, un enorme cartel que colgaba de uno de los balcones que se asomaban a la fachada principal del edificio. En aquel momento pude situarme, porque supe que aquella mole era el Hospital de Santiago, la referencia que había tomado para dibujarme un plano visual de la ciudad.

Llegamos a la exposición antes de las 20:30, la hora prevista para su comienzo. En uno de esos regalos que te depara la vida de vez en cuando, tuvimos la suerte de escuchar el ensayo de un joven pianista que ensayaba en el salón de actos del edificio. Nos sentamos en las butacas, esperando el comienzo de la exposición, y a aquel hombre, de manera espontánea, y después de bromear un poco con unos amigos, se sentó al piano y tocó con verdadera maestría unas cuantas piezas de Chopin, y hasta una pieza compuesta por él, que nos pareció perfecta.

Poco después se inauguró oficialmente la exposición de Juan, en una privilegiada sala, de tamaño considerable, situada en el piso superior. Al abrirse las puertas, el numeroso público penetró rápidamente en el recinto. Juan Valdivia habló, con esa serenidad y profunda voz que le caracteriza, agradeciendo a los asistentes su asistencia, y declarando de antemano que se considera un novel en el mundo de la acuarela, algo que queda desmentido nada más toparse con su arte. La acuarela es probablemente el arte figurativo más difícil, por su agilidad y la destreza de trazo que necesita para que quede bien, y en eso, Juan ha demostrado, por mucho que él se empeñe en decir lo contrario, que es un auténtico maestro.

La exposición está dominada por paisajes, portadas y monumentos de una amplia zona de la comarca, desde Valdepeñas de Jaén, ciudad natal del pintor, hasta Úbeda, Baeza y Aranjuez, pasando por Sabiote, lugar en el que el maestro trabaja actualmente.

Es difícil describir la maestría de un pintor, o al menos a mí me lo parece. Siempre he sido incapaz ni de pergueñar ni de entender una crítica de tal o cuadro, a menos que de lo que se trate sea de que nos cuenten la historia que representa o la que envolvió su ejecución. Jamás he comprendido esas palabras rimbombantes que los entendidos les dedican a esas obras que, para mi, hablan por sí mismas, sin necesidad de que nadie tenga que explicarlas. Esa es la sensación que tengo ante las pinturas de Juan Valdivia. Serenidad. Sosiego, paz infinita... Soy capaz de imaginar, apenas de lejos, el placer que ha sentido el artista a la hora de plasmar en el papel su visión del objeto que ha elegido para retratar. La esencia de la piedra, es lo que sabe sacar Juan con una maestría de verdadero arquitecto. A sus ojos, los monumentos cobran una personalidad y un esplendor difícil de captar al natural, a menos que se disponga de la sensibilidad artística del de Valdepeñas de Jaen.

Es complicado tratar de transmitir las sensaciones que produce su pintura, como resulta muy, muy complicado, elegir una obra preferida. Todas destacan por algo, por algún detalle que no tiene la otra. El color en unas, las líneas en otras, el difuminado de ese cielo siempre azul de Andalucía, el dorado que ese sol, siempre presente, esparce con cariño por todo lo que se coloca bajo su manto. Al pincel de Juan, a su mirada perfecta, no se le escapa una. Capta lo mejor de cada modelo en su momento justo, con la sombra adecuada, en el momento preciso. Juan es capaz de convertir, como un prestidigitador de la mirada, un tema a primera vista gris y anodino, en una verdadera obra maestra. Es capaz de encontrar siempre el lado positivo de cada mirada, de cada rincón, de cada paso que da. Resulta increíble su destreza a la hora de representar tanto la arquitectura como la naturaleza, cada una con sus particularidades, sus luces y sus sombras en la realidad, y su esplendor indiscutible cuando adquieren el privilegio de convertirse en un motivo para que Juan las plasme en el papel, en ese papel inmaculado que se transforma, por obra y gracia de un artista, en un objeto que despierta, en cualquiera que lo contemple, la emoción de sentirse parte de este universo de paisajes dignos de los pinceles de Juan.

Os recomiendo encarecidamente que visitéis la exposición, e incluso que adquiráis alguna de las obras que se exponen, a un precio tan asequible, que dudo que a la hora de escribir esta entrada quede alguna por vender. Una escapada de fin de semana, una vuelta a paso tranquilo por la ciudad, recorriendo con sosiego sus calles y sus plazas, para terminar con la visita al Hospital de Santiago. ¿Qué más se puede pedir?. Por si sirve para estimular un poco más vuestros sentidos, os dejo el enlace al blog que Juan ha creado con motivo de la exposición. En esta ocasión vuelve a corroborarse que una imagen vale más que mil palabras:

http://exposicionhospitaldesantiago.blogspot.com/

Nada más. Solo me queda reiterar la enhorabuena a Juan, que indudablemente ha triunfado como acuarelista, y agradecerle, sinceramente y de todo corazón, la emotiva acogida que me brindó, a mi familia y a mi, en una visita que recordaré durante toda la vida. Ya sabes que tanto María, tu mujer, como tú mismo, habéis entrado hasta el fondo de mi corazón, y que espero con verdadera ansiedad que se repita el encuentro.

Un abrazo muy fuerte, amigos Juan y María, y hasta pronto.

martes, 24 de febrero de 2009

El chollo de tu vida


A ser como tú eres se empieza desde pequeño, desde la más tierna infancia. Es lo mismo que los grandes campeones de tenis o de cualquier otro deporte de élite: si no empiezan siendo críos a dar raquetazos, es imposible, se tuercen, y luego no hay manera de encontrar el camino adecuado.

Así pues, tienes que empezar desde el principio, desde tu puesta en sociedad, por así decirlo, en esa guardería de barrio en la que ya nadie te considera el centro del universo, porque hay muchos otros como tu. Si te dejas pisar, vendrá de entrada algún niño a tocarte las narices. Si es más grande que tú, no te preocupes, porque es lo normal. El mundo está lleno de abusones, ya lo irás aprendiendo. El problema es que sea más pequeño. Si te domina a las primeras de cambio, con un par de empujones y alguna torta mal dada (es improbable que un niño de tres años sepa dar tortazos de categoría), estarás perdido para el resto de tu vida. Deja de llorar, porque ni tu padre ni tu madre van a venir a cogerte en brazos, y reacciona: la vida es dura, esa es la primera premisa que tienes que aprender. Dale dos bofetadas bien dadas al niño cabrón, que aprenda a respetarte, y te harás enseguida con el respeto del resto.

Los demás están a tu servicio. Tienes que tener esto claro desde el principio. Sus chuches, sus chupetes, sus vidas, te pertenecen, y al que no asuma un axioma tan básico como ese, le tienes que hacer la vida imposible. En cualquier reunión social, ya sea un mitin, una comida o una simple conversación, siempre hay alguien que lleva la voz cantante, y ese tienes que ser tú. No hay otro modo, si quieres ser como eres.

A medida que creces, y te vas abriendo camino en tu entorno, te das cuenta de uno de los principios fundamentales de tu existencia: los demás son despreciables. No importa ni la cuna ni el nivel económico de tu familia. Da igual que vivas en la Moraleja, en Madrid, o en el barrio del Sacromonte de Granada. Los demás están muy por debajo de tu categoría como persona. Eso es algo que tienes que asumir, en la medida en que te llevará a cualquier meta que te propongas. No importa en absoluto que pises a nadie, que robes apuntes, que los demás te desprecien por tus méritos como estudiante, porque eso es algo normal. Son despreciables tus compañeros, sus familias, tus amigos, por muy cerca que estén de tu nivel. No te hablo ya de camareros, taxistas, mecánicos, bomberos, maestros, zapateros, etc. Todas esas personas no son ni despreciables ni interesantes: simplemente, no son nada. Su existencia podría asemejarse a la de meros comparsas que rellenan un hueco en el mundo en el que tú, y los de tu casta, dirigís las cosas a vuestro antojo. Ni que decir tiene que, en esas ocasiones en las que empezarás a abrirte al mundo, a medida que crezcas y realices caros viajes, te cruzarás con personas que ni siquiera alcancen la categoría de comparsas. Nadie importa en países como la India, China, México, Perú, Bolivia y toda Africa, por supuesto. Ni siquiera existen, como no sea para venderte collares o servirte los daikiris en el hotel de lujo. No es que llegues a tener el privilegio que tienen algunos potentados italianos, de poder organizar cacerías de seres humanos en las selvas del Amazonas. No, tampoco se trata de eso, pero lo cierto es que la muerte, el hambre o la miseria de millones de personas no tiene porqué importarte un carajo. Cada uno tiene lo que se merece, ni más ni menos, y tú te mereces lo mejor.

Finalizarás por fin tu carrera, y entrarás de lleno en el mundo de los opositores. No de conciencia, no, que eso no es más que una mariconada, que no tiene ningún sentido desde que no existe el servicio militar obligatorio. Te convertirás en opositor para meter la cabeza en cualquier administración del estado, ya sea central o autonómica, da igual. También existe el recurso de meterte de interino, pero el camino será más largo, y tendrás que currar más, así que no es muy recomendable ese camino. Lo único que tiene de positivo esa posibilidad es que ya estás dentro, con todo lo que eso conlleva de acceso a la oportunidad de trepar.

Cuando apruebes, te permitirás el lujo de celebrarlo a lo grande, porque por fin habrás llegado a lo más alto de la cadena alimenticia humana. Serás funcionario, con todo lo que eso conlleva. Tendrás todo el tiempo del mundo para hacer tus gestiones personales, para informarte en Internet, para inflarte a cafés y a sandwiches de más de media hora, y si eres fumador, entonces tendrás el cielo ganado, porque tus salidas a la calle, de más de veinte minutos (resulta curioso lo que puede llegar a tardar en consumirse un cigarro en manos de un funcionario). Si tienes pretensiones, podrás incluso fundar una empresa paralela que gestiones en tus ratos libres, normalmente por la tarde, relacionada con la actividad que desarrollas, y de la que harás publicidad a los pobres consumidores cada vez que se te presente una ocasión. No se trata de que coacciones a nadie para que utilicen tus servicios, por supuesto. Simplemente, si lo hacen, las gestiones y los papeles se moverán más rápidamente de mesa a mesa. Simplemente con eso ya tendrás al pobre consumidor cogido de las pelotas, que es de lo que se trata de momento.

Este es el camino, pero no la meta que estás buscando. Siendo como eres, el puesto que ocupas no resulta suficiente. Es necesario ser funcionario para llegar a donde quieres llegar, pero eso no quiere decir que todos los funcionarios sean como tú, por supuesto. Recuerda que tú eres el centro, la élite. Existen muchos funcionarios realmente pringados, que trabajan el tiempo que les corresponde. Eso no es de tu incumbencia. Tienes muy claro que la mayor parte de la humanidad es miserable de pensamiento y de obra, aunque no de palabra. Existen unas cuantas excepciones, gente que, de tan buena, es tonta perdida, a la que les importa los demás. Gente que nunca llegará a la meta que te propones, porque su conciencia no se lo permite. Gente que puede ser funcionario, autónomo, empresario o trabajador, que forman una minoría dentro de la masa de miserables que llena las calles. No te preocupes por ellos. De hecho, no te preocupes por nadie, pero mucho menos por ellos, o por los voluntarios de cualquier tipo, con esa mirada iluminada que les proporciona el sentirse en paz con la humanidad y consigo mismos. No entiendes, no entra en tu cabeza qué tipo de placer puede sentir alguien ayudando a los demás, pasando un rato con un enfermo de cáncer o fundando un pozo en un país tercermundista que algún día una guerrilla se encargará de destruir otra vez.

Después de lamer los correspondientes culos, y de tocar las teclas adecuadas, entrarás por fin en política, y ese será por fin el chollo de tu vida. Da exactamente igual que seas consejero, concejal, alcalde o cualquier otro cargo. En todos los casos resulta similar. Lo único que varía son los metros cuadrados del despacho y la suntuosidad del mobiliario. Una vez sentado en tu silla, un buen día aparecerá un tipo más o menos atildado, más o menos simpático, más o menos corruptor. Te ofrecerá el negocio redondo, el chollo de tu vida: tú le contratas sus servicios, y él, a cambio, te dará una importante cantidad de pasta. Así de sencillo. Al fin y al cabo, ¿qué importa que una carretera de mierda cueste doce veces más de lo que debería de costar?. Nadie se va a poner a investigar, y si por alguna extraña casualidad alguien lo hace, siempre queda ese dogma de fé, ese argumento sagrado que aleja todos los males, y que tan de moda se ha puesto en este país para seguir trincando a manos llenas: “cuando los otros estaban, hacían lo mismo”. Esos “otros” pueden ser de izquierdas, o derechas. Da igual, es lo mismo. Tú también puedes haber elegido la izquierda o la derecha, eso carece de importancia para lo que realmente quieres, que es forrarte a costa del presupuesto. Al fin y al cabo, ¿qué importancia puede tener coger un puñado de dinero de esas ovejas, de esos borregos que con tanta alegría se la entregan al gobierno elegido por ellos mismos?. No existe ningún peligro. La sociedad está completamente adormecida, aborregada, dispuesta a servir con alegría a la clase dominante, de la que tú has conseguido con tu esfuerzo llegar a formar parte. Hoy en día ya nadie se plantea que se pudiera producir ni siquiera una mínima protesta ante una situación que nos acerca cada vez con mayor velocidad a países como Argentina, Venezuela o cualquier otra república bananera del cono sur. La situación ideal para que medren las personas como tú. Ha desaparecido por completo la clase media, sustituida por una clase baja a la que la educación y la cultura, esos posibles gérmenes de protesta, les importan un verdadero carajo. Una clase baja cuya juventud solo tiene como meta aparecer en la televisión, lo que supondría su triunfo en la vida. ¿Cómo narices te va a importar perjudicar a toda esa gentuza?. Que ellos se dediquen a trabajar cada vez más horas por unos sueldos cada vez más mierderos, mientras la televisión les bombardea con gilipolleces del tipo “porque tú lo vales”. Cuanto más trabajen, más dinero te llegará a ti a las manos para mangonear todo lo que quieras.

Al fin y al cabo, todo el mundo es miserable, y los otros lo hicieron antes. De vez en cuando, el jefe, ya sea de izquierdas o de derechas, ya esté gobernando o en la oposición, os dará un discurso muy bonito y entrañable, recordándoos que a política se llega para servir al ciudadano, no para hacer carrera. Parece mentira que el jefe diga esas cosas, pero para eso es el jefe. Hay que dejarle que se desahogue.

viernes, 22 de agosto de 2008

Un profundo dolor


No me resulta fácil expresar con palabras el dolor y la consternación que me ha producido la tragedia aérea acaecida el pasado miércoles en Barajas. A la incertidumbre de las primeras noticias, que hablaban de siete muertos mientras que la columna de humo que se divisaba desde bastantes puntos de Madrid parecía indicar algo más grave, le siguieron la ansiedad y la angustia a medida que la cifra avanzaba, a lo largo de la tarde, hasta situarse en esos fatídicos 153 muertos y 19 heridos.

Tampoco me resulta fácil describir la vergüenza y la rabia que siento ante una cierta clase periodística, que lejos de indagar de forma profesional sobre las posibles causas de la tragedia, a mi modo de ver han perdido tanto el rumbo como el pudor, y se dedican durantes estos días, sin ningún escrúpulo y sin ningún sentido del respeto y la intimidad, a acosar a los parientes de las víctimas con preguntas tan absurdas y dolorosas como "¿qué es lo que está usted sintiendo?". No recuerdo en qué cadena escuché esa idiotez, procedente de la mecánica voz de una periodista que no era capaz de reflejar ningún tipo de sentimiento humano. ¿Que se supone que va a sentir una persona que acaba de perder de un golpe a uno o a varios seres queridos?. ¿Tan insensibles nos estamos volviendo que somos incapaces de ponernos en el lugar de una persona que acaba de sufrir una desgracia de ese calibre?. A poco que tratemos de entender la tragedia en toda su magnitud, seremos conscientes del destrozo psicológico que tiene que sufrir una persona a la que le dan de repente una noticia de esa magnitud. No entiendo esa necesidad de informar sobre la tristeza, sobre el íntimo dolor que sufre una persona. No entiendo ese morbo absurdo que se recrea una y otra vez en hurgar en las heridas abiertas, cuanto más recientes y profundas, mejor. Se siente a veces impotencia, y mucha vergüenza, de pertenecer a una especie que parece recrearse en el dolor del prójimo.

Tampoco me parece suficiente que la solidaridad con las víctimas consista en que las autoridades políticas visiten con rapidez el lugar de la tragedia y a los heridos en los hospitales, o que nuestros representantes en Pekín improvisen unos crespones negros con cinta adhesiva. Son gestos necesarios, pero no suficientes. La verdadera solidaridad consistiría en exigir que se esclarezca la verdad, en investigar a fondo las causas del accidente, y en tomar las medidas necesarias para que, en la medida de nuestras posibilidades, no vuelva a ocurrir algo parecido. ¿Alguien duda a estas alturas de que finalmente se culpabilizará del mismo a una extraña maniobra del piloto, o a una negligencia humana?. Ya ocurrió con el accidente del metro de Valencia, del que se responsabilizó al conductor, y hace unos cuantos años, con el choque de trenes en Chinchilla, que se achacó a una negligencia del factor. A nadie se le ocurrió entonces plantearse que los sistemas de seguridad del metro eran obsoletos, o que resulta peor que tercermundista que la línea ferroviaria que une Albacete con Murcia conste de una sola vía. Da igual. Ahí siguen las dos infraestructuras, esperando agazapadas a que ocurra el próximo accidente. Se escucha muchas veces, ante una tragedia como esta, y procedente sobre todo de personas o empleados de la compañía implicada, la misma coletilla: “lo raro es que no haya sucedido antes”. Ocurre lo mismo cuando algún empleado del Canal de Isabel Segunda manifiesta, como si de un dogma de fe se tratara, que “se pierde más agua por las juntas en mal estado de las tuberías que por los grifos o por las piscinas”. Nos resignamos ante hechos como los de Coslada, localidad en la que, ante el último caso de corrupción policial, la inmensa mayoría de los vecinos declararon que “ya se sabía”. Vivimos en una gran mentira, en una especie de fatalismo demoledor, de pereza mental que a lo único que conduce es a que sucedan una y otra vez cosas como esta. Un fatalismo que lo único que hace es vomitar frases como “lo raro es que no haya ocurrido antes” o la de “no ocurren más cosas porque Dios no quiere”. Uno se siente pequeño ante una catástrofe así. Uno se siente basura, rebaño, una ínfima parte de la naturaleza. Un saco de polvo, como dice Manolo García, que adopta una forma durante una temporada.

En el caso del avión de Spanair, seguro que ya se encuentra todo un ejército de analistas, abogados y peritos de compañías de seguros trabajando para buscar un culpable humano, tal y como ya se está empezando a entrever en las declaraciones de los responsables ante los medios de comunicación. A nadie se le va a ocurrir pensar que tal vez sea insuficiente una revisión anual para un aparato que lleva volando más de veinte años. A nadie se le ocurrirá plantearse que los parámetros analizados en la revisión sean insuficientes. Esta mañana he escuchado a un representante de Spanair decir que ellos superaban con sus revisiones las prescritas por el ministerio de Fomento. Prefiero no indagar mucho sobre la naturaleza de esas revisiones, ya que posiblemente nos llevaríamos una gran sorpresa si las comparamos con las que se ejecuten en otros países de nuestro entorno. Resulta triste viajar por Europa y comprobar, a cada metro que se recorre, que los impuestos que pagan sus ciudadanos se repercuten en su propio beneficio, y no en el de cuatro hijos de puta que viven a costa de comisiones, de subvenciones y del mamoneo al que ya nos hemos acostumbrado con resignación mariana.

Ya se empieza a hablar de cifras, de indemnizaciones que en ningún caso le devolverán la vida a un ser querido, de responsabilidades que se diluirán en el olvido y en la apatía de siempre en cuanto el tiempo arroje un poco de carga sobre el asunto. Nuestra capacidad para olvidar es infinita. Los que jamás olvidarán, los que jamás recuperarán a sus seres queridos, son los que los perdieron esa fatídica tarde de miércoles.

La verdadera solidaridad con las víctimas consistiría en desprendernos de ese fatalismo, tan instaurado en nuestra sociedad. Mientras no exijamos que se adopten todas las medidas encaminadas a mejorar nuestras infraestructuras, a mejorar una calidad de vida que en teoría es idílica y en realidad no es más que una puñetera mierda encaminada a engordar las arcas de las compañías y las multinacionales, no seremos capaces de desprendernos de ese complejo de carne de cañón que nos entra a todos cuando ocurren tragedias de esta envergadura.

La verdadera solidaridad con las víctimas solo puede manifestarse, en estos momentos de tristeza y dolor, llorando a su lado y expresándoles nuestras más sinceras condolencias.

lunes, 16 de junio de 2008

el mago de las superproducciones. David Lean



Resulta curioso que comience la entrada dedicada a un mago de las superproducciones a todo color hablando de una película en blanco y negro y con una duración que no llega a la hora y media, pero es que “Breve encuentro”(1945), aparte de ser una de las películas que más veces he visto y que no me canso de ver, es posiblemente una de las diez mejores películas de todos los tiempos.

La historia no puede ser más sencilla: Laura (Cyril Raymond) y Alec (Trevor Howard) coinciden todos los jueves en una estación de tren que les lleva a la ciudad. El, que es médico, visita ese día uno de los hospitales en que trabaja, y ella, casada y con una hija, aprovecha esa tarde para hacer compras y pasar un rato en el cine. Poco a poco, el roce va haciendo el cariño, hasta que caen perdidamente enamorados el uno del otro. La película no es más que la muestra palpable de que el amor, cuando es verdadero, no se puede controlar en absoluto, aunque se antepongan valores aparentemente tan sólidos como un matrimonio previo o la maternidad. Laura se sumerge en un mar de dudas, ya que a pesar de sus fuertes sentimientos hacia Alec, no quiere tirar su vida por la borda.

Tanto Trevor Howard como Cyril Raymond están soberbios en sus interpretaciones, hasta el punto que, cuando veíamos esta película en el cine, los chavales acabábamos perdidamente enamorados de Laura y las chicas de Alec. Las actuaciones contenidas, extrañas tanto en un actor como en el otro (A Howard estábamos acostumbrados a verle en papeles de policía o militar), contribuyen sin duda a realzar el profundo sentimiento amoroso que embarga a la pareja. Os recomiendo esta película como una de las mejores de la historia del cine, y para los incondicionales de las versiones, os recomiendo también la que rodaron en 1984 Robert de Niro y Meryl Streep, “Enamorarse”, también magnífica, aunque no llega a la altura de su predecesora.

“Lawrence de Arabia”(1962) es una de esas películas que todo el mundo tiene que ver, al menos una vez en su vida, en un cine de pantalla enorme, refrigerado, y con una buena carga de bocadillos para cenar. Es al menos así como yo la recuerdo. En un cine de verano, con la música atronando por los cuatro costados, los habitantes de la casa de al lado, de cuetro alturas, asomados a la ventana, y la gravilla metida entre las inevitables sandalias de cuero marrón que nos colocaban sin ninguna piedad nuestras madres en cuanto subía la temperatura.

No voy a juzgar la capacidad de autocrítica de una película inglesa, cuando los ingleses utilizaron descaradamente a los árabes para mantener sus intereses frente a Turquía. La película aborda este problema de una forma tímida, basándose únicamente en la animadversión que provocaba Lawrence entre sus propios compatriotas cuando se sumerge hasta tal punto en la cultura árabe, que parece transformarse en uno de ellos.

Lawrence de Arabia es Peter O´Toole, o Peter O´Toole es Lawrence de Arabia, como prefiráis. No creo que este enigmático actor sea recordado más profundamente que por su papel en esta película. Son gloriosas las escenas rodadas en el desierto, o la escena del tren, cuando las tropas le aclaman como líder mientras el pasea disciplente sobre los vagones. Son magníficos también sus diálogos con Omar Shariff, con Anthony Quinn o con sus superiores militares. Es magnífica la música, también inolvidable. Un título, en definitiva, de los que hacen afición al cine de todos los tiempos.

No menos importante en la historia del cine es “Doctor Zhivago”(1965), protagonizada por Omar Sharif en el papel de Zhivago, Julie Christie como la inolvidable Lara, y Geraldine Chaplin en uno de los mejores papeles de toda su carrera. La película, rodada en las nevadas estepas extremeñas, circunstancia que apenas se nota, nos lleva en el tiempo a los inicios de la convulsa revolución rusa de 1917. Zhivago representa a la perfección la lucha por la supervivencia de un hombre normal y enamorado en los feroces tiempos en los que se desata la locura. La perfidia está encarnada por otro gran actor, Rod Steiger, que encarna a la perfección la ambición y la falta de humanidad de un comisario político. Omar Sharif, para mi gusto uno de los más grandes actores de todos los tiempos, hoy injustamente olvidado, encarna a la perfección a este médico y poeta que sufre, ama y trata de sobrevivir a toda costa.

Una epopeya vital, con una melodía también inolvidable, que figura en cualquier antología de música de cine de todos los tiempos. La película está basada en la novela de Boris Pasternak, un poeta y novelista ruso que cayó en desgracia en la década de los 30, aunque se libró de los campos de concentración. Según cuenta la Wikipedia, a Pasternak le concedieron el Nobel en 1958 gracias a una estratagema de la CIA, que envió unos cuantos ejemplares de “Doctor Zhivago” impresos con tipografía rusa y papel ruso, ya que la edición de la obra en el país de nacimiento era una condición, al parecer indispensable (al menos en aquella época), para obtener tan preciado galardón.

La última película comentada hoy no puede ser otra que “Pasaje a la India”(1984), una muestra más de la fascinación de Lean por desarrollar sus historias en países de Oriente. En esta ocasión, la película está basada en una novela de E. M. Forster, al que debemos también joyas tan incomparables como “Howard´s End” y “Una habitación con vistas”, llevadas también ambas al cine.

“Pasaje a la India nos muestra uno de los temas recurrentes en la literatura de Forster: la imposible reconciliación entre las diferentes clases sociales, más pronunciadas si encima se mezclan miembros de diferentes razas. Una joven inglesa, Judy Davis, viaja a la India para reunirse con su prometido. Aunque en principio parece totalmente fascinada por el exotismo que la rodea, hasta el punto de querer sumergirse de lleno en el país de la mano de un médico hindú, el doctor Aziv (Saeed Jafreey), un extraño suceso en las cuevas de Marabar parece trastornarla hasta el punto de denunciar al médico por haberla violado. Entramos así de lleno en el conflicto entre dos formas muy diferentes de moverse por el mundo: la de la pretenciosa sociedad británica de la época, y la de los pobres habitantes de la colonia, que no pueden levantar cabeza aunque, aparentemente, sean aceptados por sus conquistadores, como es el caso del doctor Aziv, que tiene amigos ingleses.

James Fox, en un papel correcto, representa la excepción que confirma la regla, el papel del inglés que se pone del lado de los oprimidos. La incomparable Peggy Ashcroft, en un papel que le valió el oscar, interpreta a la señora Moore, la futura suegra de la joven que, aunque parece no creerse nada de la historia que le cuenta su futura nuera, no le queda más remedio que aceptar la situación porque así se lo exige su rango y su raza. Cuando huye del problema en el tren, en una memorable escena, el brahman interpretado magistralmente por Alex Guinnes se inclina ante ella con las palmas de las manos juntas. Alec Guinnes interpreta la aceptación, el dejar fluir los acontecimientos tan propio de la cultura india. No se altera en absoluto, porque piensa que todo está escrito, y que las cosas no se pueden cambiar. Resulta en ocasiones irritante su falta de apoyo al doctor Aziv.

Cuando vi esta película, me quedé con la sensación de que me hubiera gustado ver más. Gran parte del metraje está ocupado por el juicio a Aziv. Creo que Lean debería haberle dedicado más tiempo a los usos y costumbres locales que a narrarnos una situación, la de un juicio, que no se diferencia casi nada se desarrolle en el país que se desarrolle. No obstante, la película es una gran película, que recomiendo también con placer.

En esta ocasión contamos con el incomparable arte de Juan Valdivia, que en un incomparable salto mortal vuelve a superarse a sí mismo. Gracias, Juan. Tu retrato de David Lean es magnífico. Tan magnífico como la acuarela de Carmen, que representa una de las escenas de "Pasaje a la India". Gracias a ti también, Carmen. Vuestro arte es cada vez mejor.