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Por desgracia no es el único caso de destrucción que ha
habido a lo largo de la historia. Todos recordamos el incendio de la biblioteca
de Alejandría por parte de radicales cristianos, la quema de libros por los
protestantes y los católicos, la destrucción de templos y tumbas por una crisis
de ateísmo en el Primer Imperio Medio de Egipto… Los actos de vandalismo pueden
ser colectivos o individuales, como cuando Erostrato incendió el templo de
Diana en Efeso o cuando un loco arremetió a martillazos contra la Piedad de
Miguel Ángel en el Vaticano. Las guerras son un pretexto para destruir la
identidad cultural del enemigo, su patrimonio artístico, para debilitar su
voluntad y poder vencerle con más facilidad.
Pero hoy en día no estamos en guerra, al menos de momento.
Entonces, ¿Cuál es el motivo de querer destruir obras de arte? ¿Estamos en realidad en plena guerra contra nosotros mismos? Borrar la historia no sólo es un grave
error, sino también una aberración. No es ya que todo el que borra su historia
está condenado a repetirla, que suena ya un poco a perogrullo y a algo que
puede ser real o no, sino que intentar borrar la historia es un paso atrás
tremendo en la evolución humana.
Existe una tendencia muy marcada entre los teóricos del arte que consiste e intentar mirar, admirar y sentir el arte tal y como lo hicieron los espectadores en el momento en que la obra fue creada. Para nosotros, un capitel románico, por ejemplo, no tiene el mismo significado que para la persona que lo contempló poco después de ser creado. Seguro que el público que contempló por primera vez la transgresora Venus de Urbino se escandalizó ante un desnudo tan descarado y turbador. Tenemos que comprender que durante muchos siglos la esclavitud se consideró como una costumbre normal, incluso entre los grandes filósofos griegos que tanto admiramos hoy. Recordemos que en el circo romano se mataba gente en la arena mientras en las gradas el público comía alitas de pollo. Somos y hemos sido el producto de una evolución que en algunos casos ha ido por un camino más o menos correcto y en otros se ha desmarcado a usos y costumbres que hoy nos escandalizan, pero que han estado ahí durante muchos siglos consentidas, legisladas y amparadas por nuestros antepasados. Tratemos de ponernos en el lugar de esos antepasados, de empatizar con ellos, porque no nos olvidemos de que la empatía es lo único que puede salvarnos como especie. Si no tenemos la capacidad de asimilar, conocer, y sobre todo PERDONAR lo que hemos sido durante muchos siglos, estamos retrocediendo a las cavernas, a un estado de la Humanidad que se parece mucho precisamente a lo que queremos borrar. La intolerancia hacia el pasado, y el deseo de borrarlo, no conduce a otra cosa que a la misma anulación del sentido de lo humano.
No es cuestión de ideologías, ni de movimientos, ni de
razas, ni de nada. Es un atentado contra el sentido común. Imaginemos que
prosperan las iniciativas de esos nuevos talibanes que incitan a la población a
derribar estatuas, a prohibir películas, a borrar la memoria. ¿Dónde estaría el
límite de su actuación? Vamos a poner algunos ejemplos: en “El nacimiento de
una nación”, Griffith hace una apología admirando al Ku klux Klan. En “Zorba el
griego” no sólo aparece una violación de una mujer en grupo, sino que incluso
dicha mujer es asesinada por uno de sus violadores. En “Casablanca” fuman.
Mejor no indagar en todas las películas del oeste que se hacían antes de que
aparecieran “Soldado azul” o “Pequeño Gran hombre”, en las que los indios eran
malos malísimos y crueles hasta decir basta. Y tampoco nos fijemos en las
novelas de Jane Austin, que reflejan una sociedad victoriana encorsetada en la
que lo único que le esperaba a la mujer era poder pescar un marido rico o dedicarse
a la mala vida, porque simplemente no podía trabajar. ¿Borramos todos esos libros y películas del mapa?
Pensemos por un momento en términos de causa y efecto: un
hombre muere brutalmente asesinado en EEUU bajo la rodilla de un policía, seguramente desequilibrado. Consecuencia: hay que derribar, pacíficamente, la
estatua de Fray Junípero Serra que se encuentra en Palma de Mallorca. A
cualquiera que no sepa nada del tema, y se le plantee esa línea de pensamiento,
lo primero que le vendrá a la cabeza es que una cosa no tiene absolutamente
nada que ver con la otra, como de hecho es en la realidad. Lo segundo, probablemente, sea un rechazo a la causa de George Floyd por la banalización del caso que está provocando todo el circo que se ha montado a su alrededor. Ni siquiera el
derribo de estatuas de esclavistas está justificado, porque en la época en que
esas esculturas se levantaron el esclavismo era una actividad consentida y utilizada
por la sociedad. De hecho hoy en día hay sociedades esclavistas en el mundo, y
que yo sepa nadie ha arremetido contra ellas por el asesinato de esa persona en
EEUU. Probablemente se deba, también, a que una escultura no puede protestar ni
defenderse, y una sociedad sí. La cobardía es libre.
Quiero reproducir un párrafo muy interesante de “La
destrucción del arte”, un maravilloso documento que forma parte de un Máster en
estudios avanzados en Historia del Arte, escrito por Beatriz Yoldi y Dimitra
Gozgou. Podéis leerlo completo aquí:
http://diposit.ub.edu/dspace/bitstream/2445/9682/1/destruccion%20del%20arte.pdf
“Los estudios psicológicos acerca del tema se basan en
hipótesis relacionadas con el subconsciente y la represión social; destaca el
prematuro pero significativo estudio de Julius van Végh de 1915. Para este
investigador, el hombre quiere rebelarse de objetos que significan mucho para
él y que no puede poseer. Esto significa que los iconoclastas agresores son en
realidad más idólatras de lo que ellos creen. Establecen un vínculo emocional
muy fuerte con la obra y llegan a considerarla como algo mucho más
trascendental y espiritual de lo que en realidad es”.
Creo que eso es una de las claves principales para entender
a los que son capaces de derribar esculturas por motivos ideológicos. Para
ellos, el arte no es arte, sino símbolos de algo a lo que su ideología les
empuja a odiar. Para la mayoría de nosotros, el arte es lo más importante que
puede salir de una mente humana, porque crear, construír, es algo que nos
engrandece, el sentido de nuestra vida. Estamos en lo mismo de siempre. Cuando
antepones tu ideología a tu calidad como ser humano, nada que se oponga a esa
ideología tiene sentido, y tiene que ser destruido. Tan simple, tan absurdo y
tan peligroso como eso.
En el mundo hay unos pocos constructores, unos pocos
destructores, y una inmensa masa que se deja llevar a una de las dos tendencias
según se mueva el viento. Lo malo de estos tiempos es que ese viento destructor
circula muy deprisa. La destrucción, la ignorancia y la estupidez se están
haciendo virales. La globalidad es muy buena para muchas cosas, pero nefasta
para otras.