jueves, 11 de junio de 2026

LEONORA, de Elena Poniatowska

Ni soy ni he sido nunca lo que se suele denominar "un buen partido". No tengo grandes posesiones materiales, ni dinero, ni joyas. No he sido un magnate de los negocios, ni de las finanzas. Ni siquiera me he molestado en darle alegría a mis redes sociales (que se pudren como esas redes abandonadas al sol en los puertos de Andalucía) para adquirir la fama que tienen los que saben cultivarlas. No, no tengo ni he tenido nunca nada de eso, pero sí que puedo presumir de haber construido, a lo largo de mi vida, un magnífico palacio: el palacio de mi imaginación, el palacio de mi alma.

Los cimientos los puso mi padre, bien anclados, potentes, en una colina de Ítaca. Al principio parecía una casita de pescadores de Santorini, pequeña, azul y blanca, pero poco a poco, como en Versalles, se fueron añadiendo edificios. Posiblemente la mejor época de mi vida transcurrió mientras lo construía. De vez en cuando Poe me echaba una mano. Lovecraft era más vaguete, se pasaba las horas muertas mirando a lo lejos sin poner un ladrillo. A veces Jack London y yo divisábamos a lo lejos el lomo de Moby Dick, desde una torre que crecía a medida que mi imaginación se alimentaba. El palacio no dejaba de crecer, pero cada vez lo hacía más lentamente, más pausado. A la euforia del lector que se iniciaba le siguió la parsimonia de un lector que, por leer mucho, ya no disfrutaba mucho.
Hubo sin embargo dos momentos de ampliación importantes: el primero gracias a mi hijo, que me descubrió a un Piranesi que diseñó para mi palacio unos sótanos inmensos parecidos a sus cárceles, y a un Mies que por fin edificó en mi jardín la torre que un rey ignorante no le permitió plantar en Londres. El segundo gracias a mi pareja, que tiene un palacio a su alma tan grande o incluso más que el mío. Desde que nos conocimos no hacemos más que ampliar alas, tirar tabiques, pintar techos con la pintura de la pasión, unas veces en su palacio y otras en el mío, indistintamente, con sensibilidad y sosiego, pero sin parar. Nuestro palacio, nuestra alma, se retroalimenta con nuestras lecturas.
El palacio, como todos, necesita un mantenimiento, una atención constante. De vez en cuando visitamos los palacios de amigos y conocidos, y algunos dan pena. Grises, oscuros, tristes, con los muros plagados de enredaderas secas, denotan que la imaginación de sus propietarios se ha secado, bien por un exceso de conocimientos, o bien porque se ha perdido esa capacidad de asombro que debe mantenerse tan intacta como la de un niño. Son personas que leen sin pasión, sin dejarse llevar por el libro, buscando estilos, formas, estrategias, sin darse cuenta de que los árboles no les dejan ver el bosque.
Hace unos días, mi palacio sufrió una sacudida terrible desde los mismos cimientos, por culpa de Elena Poniatowska. LEONORA es una obra maestra de casi quinientas páginas que nos cuenta la vida de Leonora Carrington, probablemente la artista surrealista más importante. Con un estilo maravilloso, Elena Poniatowska despliega, con admiración, respeto y magia, mucha magia, el peculiar universo de una persona que, desde el principio de su vida, supo que estaba destinada a engrandecer el alma de quienes tuvieran contacto con ella o con su obra. A Leonora le importaban un pimiento la clase, la posición social o la fortuna de su familia. Antepuso por delante de todo lo demás una libertad alimentada por una imaginación desbordante, plagada de unicornios, caballos alados, shides y todas las demás criaturas de los universos de Alicia y de Gulliver.
El libro te atrapa desde la primera página, o al menos eso fue lo que sucedió conmigo. Hay que leerlo con una tablet o con un teléfono en la otra mano, para buscar y disfrutar de las innumerables referencias a obras no sólo de Leonora, sino también de Max Ernst, de la inigualable Remedios Varo y de otros muchos artistas de los que yo ni siquiera había oído hablar. En el universo de Leonora cabían todos, y muchos ampliaron su universo gracias a ella. Poniatowska nos cuenta la verdadera historia de Frank Cappa, y nos introduce en el pensamiento de George Gurdjieff y su discípulo, Ouspensky.
Al tercer día de empezar el libro estaba ya completamente abducido por Leonora. Le robaba horas al día y a la noche para avanzar, y tomé conciencia de que estaba disfrutando tanto de la lectura, y de la investigación derivada de ella por sus innumerables referencias, como cuando empecé a construir mi palacio. Volví a mis veinte años. El placer era el mismo, y mientras el palacio se tambalear y recuperaba la belleza inicial por completo, yo no podía dejar de leer. Leonora viajó mucho, cambió varias veces de país debido a las circunstancias de la guerra, y en cada uno de esos viajes conoció a personas muy importantes del mundo del arte y la cultura. Leonora vivió intensamente su libertad, su imaginación y su creatividad, hasta crear un mundo propio inolvidable.
Todo el libro es maravilloso,  pero el final... Creo que jamás he leído nada como ese capítulo final. Con la última página mi alma se estremeció, y con la última frase, explotó, directamente. Ese último capítulo de LEONORA constituye por sí sólo una oda a la magia, una obra poética que alguien debería convertir en película, o en una obra de teatro que removería no sólo los cimientos de mi palacio, sino los de todos los palacios del mundo. Tal es su poder, su inmensa carga de Humanidad.
El palacio de mi imaginación ha cambiado varias veces, pero casi nunca con la potencia de ahora. Las fachadas resplandecen, la vegetación se ha llenado de orquídeas exuberantes, y en un rincón del ala norte ha nacido un inmenso torreón, de cientos de metros de altura, con la capacidad suficiente como para albergar a la giganta.

domingo, 15 de marzo de 2026

LO REAL


Se sale de la casa, situada a escasos metros de la carretera de Alcorcón a Plasencia. Ya desde el jardín se percibe el sonido de los vehículos, bastante fuerte a pesar de ser un tramo, el que cruza el pueblo, de baja velocidad. Se trata casi de un ruido continuo debido a la densidad de la circulación, que no descansa prácticamente en ningún momento, ni de día ni de noche. El trayecto es llano al principio, por una calle, paralela a la vía, con una acera tan estrecha que no invita a pisarla. Caminas por la calzada, mirando hacia atrás cada vez que escuchas el ruido de un motor, porque no sabes si el vehículo en cuestión te viene por la calle o, lo que es más habitual, por la carretera. Recuerdo que la primera vez que hice la ruta llevaba cascos, y no disfruté hasta casi el final de los matices sonoros del viaje

Tras un corto tramo, todavía en llano, llegamos a la calle Huerto de los Guindos. Las primeras veces me despistaba el cartel de "Calle sin salida" situado al principio, algo que además es mentira, ya que un coche no demasiado grande, pero tampoco necesariamente pequeño, puede recorrerla sin problema hasta el otro extremo del pueblo. 

A partir de aquí comienza el verdadero calvario, el largo camino cuesta arriba que nos lleva sin descanso, sin ningún tramo llano, directamente hasta la zona más alta del recorrido, situada a ciento treinta metros por encima del punto de inicio. Ya la propia calle empieza con chulería, con pendientes imposibles, peraltes insolentes, y curvas cerradas que salvan de repente varios metros de desnivel. Asfalto agrietado con heridas de hormigón, piedra natural y tierra, lomas y hondonadas por todas partes, sin un dibujo claro. Hierba, tierra y musgo en portones cerrados de madera antigua y carcomida. Esta parte de la ruta es la primera señal de que estamos en la antesala del campo, lejos de la sensación de civilización rodada que teníamos justo antes de meternos en ella. Nunca la he subido en coche (no me atrevería), pero de hacerlo, estoy seguro de tener que meter primera hasta el final, y de ir a velocidad de peatón para no dar bandazos por culpa del bache continuo, que no termina hasta llegar a una zona de adoquín que conecta ya con una calle de trazado mucho más urbano. 

Tras atravesar el pueblo, llegamos a una zona donde la pendiente es mucho menor, y el corazón parece descansar de la larga subida que nos ha traído hasta aquí, pero no se trata más que de un corto espejismo, porque en una especie de plaza sin nombre, aparentemente llana, la calle empieza a empinarse otra vez sin piedad, con una pendiente tan inclinada en según que tramos, que te entran ganas de subirla a gatas, y que no dejará ya de subir hasta el punto más alto. El corazón late ya casi desbocado, la cabeza retumba, y los jadeos se descontrolan. Más vale no cruzarse con nadie, porque el "Buenos días" obligatorio sonaría como un fuelle roto.


El camino se hace eterno hasta llegar a un edificio moderno. Dobla luego a la derecha para seguir subiendo, y a los pocos metros desaparecen las edificaciones para ceder su lugar al campo puro y duro. El último vestigio es el depósito que le da nombre. Imposible seguir sin parar unos segundos para beber agua de la fuente que, en forma de abrevadero, al parecer nunca se seca.

Seguimos subiendo. Siento que me ahogo, y que la cabeza me va a estallar a un ritmo de más de ciento cuarenta latidos por minuto. Estoy al borde del colapso, pero el hecho de saber que el punto más alto del recorrido está a un tiro de piedra parece que disipa el dolor.

Por fin el camino se pone horizontal. Ando unos metros y contemplo la monumental vista del valle del Tietar, con Santa María del Tietar a mis pies y Sotillo de la Adrada a la derecha. Es el punto exacto. Al llegar aquí la primera vez, me quité los cascos, y escuché, igual que hoy, el sonido del silencio, el canto ligero de la brisa moviendo las copas de los árboles, el graznido de alguno de los buitres que sobrevuelan en círculos a gran altura por encima de mí. Me los quité, escuché… Y jamás he vuelto a usarlos aquí.

Y hoy ha vuelto a suceder.

No sé si es por la finalización del enorme esfuerzo que supone la subida, por el ensanchamiento de los pulmones en un entorno limpio, por la respiración intensa de un aire tan puro como sano, o por cualquier otra causa, pero escuchar ese sonido mientras contemplo esa vista, provoca en mí un choque frontal emocional tan brutal, que no creo que exista ninguna sustancia psicotrópica, alucinógena o alcohólica que sea capaz de conseguir el mismo efecto. Estoy ahí sólo, conmigo mismo, como si me mirara desde arriba, contemplando desde un lugar privilegiado una realidad, la de dos villas, que me parece tan pequeña como falsa. Tomo conciencia de repente, casi dolorosamente, de que esto, esta especie de chute metafísico que estoy viviendo en este instante es LO REAL, y es lo que importa, o lo que debería importar. La guerra, la codicia, el poder, el fanatismo, los lados miserables del ser humano, se perciben desde aquí como algo tan mediocre, tan insignificante, tan innecesario, que desaparecerían de inmediato, como una mala pesadilla, si el mundo tomara conciencia de lo real con la misma facilidad que en este momento la estoy tomando yo. Es una sensación fugaz, pero muy intensa. 

Me recreo unos minutos en el paisaje, en los sonidos, y me pongo de nuevo en marcha, ya completamente recuperado del esfuerzo. Ahora toca la bajada, ya no hay que subir más. A medida que avanzo, un inconfundible murmullo inicial se va convirtiendo poco a poco en un estruendo. No cabe ninguna duda: la presa del embalse del Pajarero está soltando agua. El camino acaba en su lado sur. Al llegar a ese punto, me encuentro con un hombre que, metido en la cuneta, está cogiendo plantas y metiéndolas en una bolsa.

— Buenos días, ¿qué andamos cogiendo?

O no le gusta mi pregunta, o no le apetece nada dar explicaciones a algo que piensa con razón que a mí no me incumbe, porque responde con cierta dureza.

— Lo que el campo nos proporciona, caballero.

— Que vaya muy bien. 

Cuando comienzo a alejarme, el hombre desclava la garrota que había incrustado en la tierra, y avanza hacia mí. Parece que después de todo tiene ganas de cháchara.

— Hoy unos ajetes, mañana unos trigueros, pasado unos níscalos... Hay que prestar atención y saber buscar, nada más. 


Caminamos lentamente por encima de la presa, hacia el otro lado, con el embalse a la derecha y el abundante salto de agua a la izquierda. El hombre viste ropa de cazador. Mucha pana, mucho tono verde, alguna que otra faltriquera, pero todo muy descuidado, con un aspecto tan anciano como la persona que lo lleva. Lleva un gorro de lana entre pardusco y verde oscuro, indefinible.

— ¿Y de dónde viene?

— De Casillas, por el camino ese de ahí 

Me señala el sendero blandiendo su garrota de madera, muy similar a la mía.

— Por ahí me metí yo hace dos semanas, pero no llegué a Casillas. Había mucho barro. Me pegué una costalada y me di la vuelta.

Me mira las zapatillas.

— Para andar por estos caminos, fundamental llevar un buen calzado.

Sus zapatillas son mejores, y mucho más curtidas que las mías.

— Y un buen garrote para apoyarse en los tramos complicados.

— Fundamental un buen garrote también, sí señor.

Se ve que le encanta la palabra "fundamental". Parece que ya ha cogido confianza.

— Ahora está muy limpia esta zona, pero el otro día vine por aquí y estaba lleno de basura, de latas de cerveza, de bolsas de comida... Se escuchaban a lo lejos ruidos de motos. No respetan nada algunos salvajes.

— De todo tiene que haber. Es una pena.

— Pues deberían, porque esto — me susurra acercándose a mí— es LO REAL.

Lo ha dicho así, enfatizando las dos palabras, y me sorprende que me diga lo mismo que he pensado yo apenas diez minutos antes, mientras contemplaba el valle.

— Es verdad. Esto es LO REAL.

— No se necesita mucho más. 

Hemos llegado al final de la presa. El hombre continúa para coger una senda que le lleva a la carretera de Casillas, yo me doy la vuelta para recorrer de nuevo la presa y seguir bajando al pueblo. Mientras nos despedimos levantando las garrotas, pienso en la suerte que he tenido al encontrarme con un sabio.

Tengo una extraña sensación al toparme de nuevo con el pueblo, como si volviera a la civilización después de mucho tiempo, hasta tal punto me ha absorbido la ruta. Al pasar por la escuela pública, veo a ocho o nueve niños en el patio de recreo. No juegan. Simplemente están de pie, charlando en voz baja, como si les provocara cargo de conciencia alterar con sus voces el silencio imperante, o como si ya tuvieran conciencia, desde niños, de LO REAL que les rodea, de lo reales que son ellos mismos.

Llego a tu casa cansado, sudoroso, pero con una increíble sensación de paz, de una serenidad casi mística. Al verte frente a tu ordenador, trabajando, me invade tu realidad, percibo tu sensibilidad, y cuando me sonríes, con esa expresión luminosa tan especial tuya, vuelvo a tener esa misma sensación de plenitud que me ha sacudido en el camino. Es exactamente lo mismo, porque LO REAL no es algo concreto. También podría ser, que por supuesto no lo sé, que ese chute brutal de realidad que he sentido en el punto más alto de la ruta, de alguna manera abra una puerta oculta del alma que te permite valorar, conocer, respetar y admirar otras realidades, como en este caso la tuya. La realidad no sería entonces una sola, sino varias, tan eternas unas como las otras. LO REAL, en fin, puede ser un instante de comunión con la naturaleza, o comprender de repente lo que nos dice con sus palabras uno de esos escritores o escritoras que tanto nos gustan a los dos. Pueden ser unos niños jugando en el patio de un colegio, o un sabio recogiendo plantas. Puede ser también un director de orquesta explicándole, a un público entregado, lo que sintió Brahms al componer un determinado fragmento, o un buen actor transformado en el inmortal Adriano. 

Puede ser todas esas cosas, y puede ser también, por supuesto, contemplar tu sonrisa al final del paseo.