lunes, 15 de abril de 2013

El espíritu

Irradian paz, eso de entrada. Una tranquilidad en su forma de hablar que invita a la reflexión, a la charla amigable, a la complicidad, a la risa. Sí, a la risa también, porque su sentido del humor es incomparable.


La comida transcurre con normalidad, al filo de las tres de la tarde. El matrimonio anfitrión las invitó a comer el día antes (invitar a comer, para ellos y la pareja invitada, es pasar la tarde, y hasta la noche a veces), al encontrarse en un conocido restaurante de la zona. Empezamos a charlar desde el primer momento. A pesar de no conocerlas de nada, me sentí integrado casi al instante, gracias a esa familiaridad que sólo unas pocas personas son capaces de mostrar, mantener y compartir con los demás. Me sentía cómodo. Tenía la extraña y grata sensación de conocerlas de toda la vida, como cuando conocí al matrimonio anfitrión, los padres de mi pareja.


Las dos están curtidas en cien batallas, en los reveses, sinsabores, alegrías y tristezas que les ha dado la vida. Creo que eso es algo muy importante para poder sentirse a gusto, para ser capaz de impregnarse de su experiencia, de su entereza, de su jovialidad, de su amor a la vida. No hay que hacer nada cuando uno tiene la inmensa suerte de encontrarse con personas como ellas. Sólo dejarse llevar, convertirse en esponja, escuchar, aprender, disfrutar y asimilar esa lección de vida.


Poco a poco se van desgranando historias, anécdotas, viajes que en los cuatro, ellas y el matrimonio anfitrión, disfrutaron y rieron como si fuera la primera vez que salían. Probablemente la experiencia consista en eso, en ser capaz de disfrutar de todo y de todo como si lo que ocurre sucediera por primera vez. Quizá la sabiduría se alcance cuando volvemos a recuperar el espíritu del niño que se ilusiona ante lo nuevo, ante lo bueno, dejando atrás prejuicios, ideas preconcebidas, dogmas de fe y todo aquello que limita el vuelo libre de nuestro espíritu. Aquella tarde me dio mucho que pensar.


Pondré como ejemplo solamente un par de charlas. Una de ellas, que se define a sí misma como roja “no sólo por fuera, sino hasta el mismo tuétano”, más a la izquierda que la misma Pasionaria, nos contó sus sensaciones ante la procesión del “Cautivo”. Con un sentido de emoción que arrancaba nuestras risas a cada frase pronunciada por ella, nos describió perfectamente la emoción que sintió en ese momento, hasta el punto de ponernos a todos la carne de gallina. Nos contó su sorpresa ante sus sensaciones. “¿Cómo era posible que yo, más de izquierdas que la misma izquierda, estuviera tan afectada por la visión de aquello, por el encuentro de quién en teoría era el enemigo?”. Ella, que se define como más allá de atea y agnóstica, sintió en su corazón el fervor, el respeto y la profundidad de sentimientos de aquella procesión, a la que no deja de asistir cada año desde entonces.


La otra charla magistral que nos regaló fue la relacionada con el Ayuntamiento de la localidad en la que vive. La alcaldesa es del PP, y ella ocupa un lugar importante en la casa. A pesar de no compartir ni ideas políticas, ni dogmas ni otra cosa que se le parezca, nos relató con minuciosidad la meritoria labor que la joven alcaldesa está llevando a cabo en el municipio. Al parecer se deshizo de buena parte del inmenso despacho que mantenía el alcalde anterior, como primera medida. Utiliza su coche para los desplazamientos oficiales, y ha impuesto una política de austeridad que ha logrado sus frutos. Simplemente, ha puesto a todo el mundo a trabajar, desde los servicios técnicos municipales, que al parecer antes eran un auténtico caos, hasta los trabajadores de limpieza.


Me sorprendía no lo que mi nueva amiga me contaba de la alcaldesa, sino el RESPETO, así, con mayúsculas, que sentía hacia esa forma de actuar, independientemente de cualquier otra consideración. Me sorprendía no la forma en que me contó las sensaciones que tuvo ante la procesión del cautivo, sino el RESPETO hacia algo en lo que ella no creía. Y me sorprendió porque jamás hubiera esperado que una persona en teoría en el otro extremo político de los dos sucesos que nos contó, hablara con tanto entusiasmo de algo con lo que a priori, según la mezquina consideración y cortedad de miras de los que son incapaces de entender algo tan sencillo como eso, debería estar en contra.


Más tarde hablamos de tolerancia, de la famosa frase de Voltaire, que tanto ella como yo hemos adoptado como forma de vida: “no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo”, de RESPETO, de esfuerzo, de compromiso, de lo mucho que se conseguiría si todo el mundo se pusiera realmente a trabajar. La alcaldesa y ella son las primeras en llegar a la alcaldía y las últimas en marcharse. ¿Qué pasaría si todo el mundo hiciera lo mismo, si cada uno se preocupara menos de llenarse los bolsillos y de escaquearse y más de aportar realmente su experiencia, su trabajo y su buena voluntad para alcanzar el bien común?


Sé que esto es una utopía, una perogrullada tan irreal como imposible de conseguir en un país en el que lo único que se respeta es la picaresca y el beneficio inmediato con el mínimo esfuerzo posible, el despilfarro inútil y los anillos que nadie se merece en realidad, pero conociéndolas a ellas dos, creo que está claro que el espíritu existe. En unos pocos, pero existe. Ese es el espíritu que se debería mantener, potenciar, votar, envidiar y cuidar si algún día queremos salir del agujero de ignorancia, imbecilidad y negrura en el que ahora mismo estamos todos inmersos.


Cuando miré el reloj pensando que habían pasado como máximo tres horas, ya eran las nueve. La tarde se nos había pasado en un suspiro. ¿Será que el tiempo pasa volando cuando tienes la inmensa suerte de encontrarte con alguien capaz de removerte el alma, hacerte pensar y convencerte de que por encima de ideologías está la inteligencia y la capacidad del ser humano?


Será eso, seguro.

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