viernes, 22 de agosto de 2008

Un profundo dolor


No me resulta fácil expresar con palabras el dolor y la consternación que me ha producido la tragedia aérea acaecida el pasado miércoles en Barajas. A la incertidumbre de las primeras noticias, que hablaban de siete muertos mientras que la columna de humo que se divisaba desde bastantes puntos de Madrid parecía indicar algo más grave, le siguieron la ansiedad y la angustia a medida que la cifra avanzaba, a lo largo de la tarde, hasta situarse en esos fatídicos 153 muertos y 19 heridos.

Tampoco me resulta fácil describir la vergüenza y la rabia que siento ante una cierta clase periodística, que lejos de indagar de forma profesional sobre las posibles causas de la tragedia, a mi modo de ver han perdido tanto el rumbo como el pudor, y se dedican durantes estos días, sin ningún escrúpulo y sin ningún sentido del respeto y la intimidad, a acosar a los parientes de las víctimas con preguntas tan absurdas y dolorosas como "¿qué es lo que está usted sintiendo?". No recuerdo en qué cadena escuché esa idiotez, procedente de la mecánica voz de una periodista que no era capaz de reflejar ningún tipo de sentimiento humano. ¿Que se supone que va a sentir una persona que acaba de perder de un golpe a uno o a varios seres queridos?. ¿Tan insensibles nos estamos volviendo que somos incapaces de ponernos en el lugar de una persona que acaba de sufrir una desgracia de ese calibre?. A poco que tratemos de entender la tragedia en toda su magnitud, seremos conscientes del destrozo psicológico que tiene que sufrir una persona a la que le dan de repente una noticia de esa magnitud. No entiendo esa necesidad de informar sobre la tristeza, sobre el íntimo dolor que sufre una persona. No entiendo ese morbo absurdo que se recrea una y otra vez en hurgar en las heridas abiertas, cuanto más recientes y profundas, mejor. Se siente a veces impotencia, y mucha vergüenza, de pertenecer a una especie que parece recrearse en el dolor del prójimo.

Tampoco me parece suficiente que la solidaridad con las víctimas consista en que las autoridades políticas visiten con rapidez el lugar de la tragedia y a los heridos en los hospitales, o que nuestros representantes en Pekín improvisen unos crespones negros con cinta adhesiva. Son gestos necesarios, pero no suficientes. La verdadera solidaridad consistiría en exigir que se esclarezca la verdad, en investigar a fondo las causas del accidente, y en tomar las medidas necesarias para que, en la medida de nuestras posibilidades, no vuelva a ocurrir algo parecido. ¿Alguien duda a estas alturas de que finalmente se culpabilizará del mismo a una extraña maniobra del piloto, o a una negligencia humana?. Ya ocurrió con el accidente del metro de Valencia, del que se responsabilizó al conductor, y hace unos cuantos años, con el choque de trenes en Chinchilla, que se achacó a una negligencia del factor. A nadie se le ocurrió entonces plantearse que los sistemas de seguridad del metro eran obsoletos, o que resulta peor que tercermundista que la línea ferroviaria que une Albacete con Murcia conste de una sola vía. Da igual. Ahí siguen las dos infraestructuras, esperando agazapadas a que ocurra el próximo accidente. Se escucha muchas veces, ante una tragedia como esta, y procedente sobre todo de personas o empleados de la compañía implicada, la misma coletilla: “lo raro es que no haya sucedido antes”. Ocurre lo mismo cuando algún empleado del Canal de Isabel Segunda manifiesta, como si de un dogma de fe se tratara, que “se pierde más agua por las juntas en mal estado de las tuberías que por los grifos o por las piscinas”. Nos resignamos ante hechos como los de Coslada, localidad en la que, ante el último caso de corrupción policial, la inmensa mayoría de los vecinos declararon que “ya se sabía”. Vivimos en una gran mentira, en una especie de fatalismo demoledor, de pereza mental que a lo único que conduce es a que sucedan una y otra vez cosas como esta. Un fatalismo que lo único que hace es vomitar frases como “lo raro es que no haya ocurrido antes” o la de “no ocurren más cosas porque Dios no quiere”. Uno se siente pequeño ante una catástrofe así. Uno se siente basura, rebaño, una ínfima parte de la naturaleza. Un saco de polvo, como dice Manolo García, que adopta una forma durante una temporada.

En el caso del avión de Spanair, seguro que ya se encuentra todo un ejército de analistas, abogados y peritos de compañías de seguros trabajando para buscar un culpable humano, tal y como ya se está empezando a entrever en las declaraciones de los responsables ante los medios de comunicación. A nadie se le va a ocurrir pensar que tal vez sea insuficiente una revisión anual para un aparato que lleva volando más de veinte años. A nadie se le ocurrirá plantearse que los parámetros analizados en la revisión sean insuficientes. Esta mañana he escuchado a un representante de Spanair decir que ellos superaban con sus revisiones las prescritas por el ministerio de Fomento. Prefiero no indagar mucho sobre la naturaleza de esas revisiones, ya que posiblemente nos llevaríamos una gran sorpresa si las comparamos con las que se ejecuten en otros países de nuestro entorno. Resulta triste viajar por Europa y comprobar, a cada metro que se recorre, que los impuestos que pagan sus ciudadanos se repercuten en su propio beneficio, y no en el de cuatro hijos de puta que viven a costa de comisiones, de subvenciones y del mamoneo al que ya nos hemos acostumbrado con resignación mariana.

Ya se empieza a hablar de cifras, de indemnizaciones que en ningún caso le devolverán la vida a un ser querido, de responsabilidades que se diluirán en el olvido y en la apatía de siempre en cuanto el tiempo arroje un poco de carga sobre el asunto. Nuestra capacidad para olvidar es infinita. Los que jamás olvidarán, los que jamás recuperarán a sus seres queridos, son los que los perdieron esa fatídica tarde de miércoles.

La verdadera solidaridad con las víctimas consistiría en desprendernos de ese fatalismo, tan instaurado en nuestra sociedad. Mientras no exijamos que se adopten todas las medidas encaminadas a mejorar nuestras infraestructuras, a mejorar una calidad de vida que en teoría es idílica y en realidad no es más que una puñetera mierda encaminada a engordar las arcas de las compañías y las multinacionales, no seremos capaces de desprendernos de ese complejo de carne de cañón que nos entra a todos cuando ocurren tragedias de esta envergadura.

La verdadera solidaridad con las víctimas solo puede manifestarse, en estos momentos de tristeza y dolor, llorando a su lado y expresándoles nuestras más sinceras condolencias.

lunes, 16 de junio de 2008

el mago de las superproducciones. David Lean



Resulta curioso que comience la entrada dedicada a un mago de las superproducciones a todo color hablando de una película en blanco y negro y con una duración que no llega a la hora y media, pero es que “Breve encuentro”(1945), aparte de ser una de las películas que más veces he visto y que no me canso de ver, es posiblemente una de las diez mejores películas de todos los tiempos.

La historia no puede ser más sencilla: Laura (Cyril Raymond) y Alec (Trevor Howard) coinciden todos los jueves en una estación de tren que les lleva a la ciudad. El, que es médico, visita ese día uno de los hospitales en que trabaja, y ella, casada y con una hija, aprovecha esa tarde para hacer compras y pasar un rato en el cine. Poco a poco, el roce va haciendo el cariño, hasta que caen perdidamente enamorados el uno del otro. La película no es más que la muestra palpable de que el amor, cuando es verdadero, no se puede controlar en absoluto, aunque se antepongan valores aparentemente tan sólidos como un matrimonio previo o la maternidad. Laura se sumerge en un mar de dudas, ya que a pesar de sus fuertes sentimientos hacia Alec, no quiere tirar su vida por la borda.

Tanto Trevor Howard como Cyril Raymond están soberbios en sus interpretaciones, hasta el punto que, cuando veíamos esta película en el cine, los chavales acabábamos perdidamente enamorados de Laura y las chicas de Alec. Las actuaciones contenidas, extrañas tanto en un actor como en el otro (A Howard estábamos acostumbrados a verle en papeles de policía o militar), contribuyen sin duda a realzar el profundo sentimiento amoroso que embarga a la pareja. Os recomiendo esta película como una de las mejores de la historia del cine, y para los incondicionales de las versiones, os recomiendo también la que rodaron en 1984 Robert de Niro y Meryl Streep, “Enamorarse”, también magnífica, aunque no llega a la altura de su predecesora.

“Lawrence de Arabia”(1962) es una de esas películas que todo el mundo tiene que ver, al menos una vez en su vida, en un cine de pantalla enorme, refrigerado, y con una buena carga de bocadillos para cenar. Es al menos así como yo la recuerdo. En un cine de verano, con la música atronando por los cuatro costados, los habitantes de la casa de al lado, de cuetro alturas, asomados a la ventana, y la gravilla metida entre las inevitables sandalias de cuero marrón que nos colocaban sin ninguna piedad nuestras madres en cuanto subía la temperatura.

No voy a juzgar la capacidad de autocrítica de una película inglesa, cuando los ingleses utilizaron descaradamente a los árabes para mantener sus intereses frente a Turquía. La película aborda este problema de una forma tímida, basándose únicamente en la animadversión que provocaba Lawrence entre sus propios compatriotas cuando se sumerge hasta tal punto en la cultura árabe, que parece transformarse en uno de ellos.

Lawrence de Arabia es Peter O´Toole, o Peter O´Toole es Lawrence de Arabia, como prefiráis. No creo que este enigmático actor sea recordado más profundamente que por su papel en esta película. Son gloriosas las escenas rodadas en el desierto, o la escena del tren, cuando las tropas le aclaman como líder mientras el pasea disciplente sobre los vagones. Son magníficos también sus diálogos con Omar Shariff, con Anthony Quinn o con sus superiores militares. Es magnífica la música, también inolvidable. Un título, en definitiva, de los que hacen afición al cine de todos los tiempos.

No menos importante en la historia del cine es “Doctor Zhivago”(1965), protagonizada por Omar Sharif en el papel de Zhivago, Julie Christie como la inolvidable Lara, y Geraldine Chaplin en uno de los mejores papeles de toda su carrera. La película, rodada en las nevadas estepas extremeñas, circunstancia que apenas se nota, nos lleva en el tiempo a los inicios de la convulsa revolución rusa de 1917. Zhivago representa a la perfección la lucha por la supervivencia de un hombre normal y enamorado en los feroces tiempos en los que se desata la locura. La perfidia está encarnada por otro gran actor, Rod Steiger, que encarna a la perfección la ambición y la falta de humanidad de un comisario político. Omar Sharif, para mi gusto uno de los más grandes actores de todos los tiempos, hoy injustamente olvidado, encarna a la perfección a este médico y poeta que sufre, ama y trata de sobrevivir a toda costa.

Una epopeya vital, con una melodía también inolvidable, que figura en cualquier antología de música de cine de todos los tiempos. La película está basada en la novela de Boris Pasternak, un poeta y novelista ruso que cayó en desgracia en la década de los 30, aunque se libró de los campos de concentración. Según cuenta la Wikipedia, a Pasternak le concedieron el Nobel en 1958 gracias a una estratagema de la CIA, que envió unos cuantos ejemplares de “Doctor Zhivago” impresos con tipografía rusa y papel ruso, ya que la edición de la obra en el país de nacimiento era una condición, al parecer indispensable (al menos en aquella época), para obtener tan preciado galardón.

La última película comentada hoy no puede ser otra que “Pasaje a la India”(1984), una muestra más de la fascinación de Lean por desarrollar sus historias en países de Oriente. En esta ocasión, la película está basada en una novela de E. M. Forster, al que debemos también joyas tan incomparables como “Howard´s End” y “Una habitación con vistas”, llevadas también ambas al cine.

“Pasaje a la India nos muestra uno de los temas recurrentes en la literatura de Forster: la imposible reconciliación entre las diferentes clases sociales, más pronunciadas si encima se mezclan miembros de diferentes razas. Una joven inglesa, Judy Davis, viaja a la India para reunirse con su prometido. Aunque en principio parece totalmente fascinada por el exotismo que la rodea, hasta el punto de querer sumergirse de lleno en el país de la mano de un médico hindú, el doctor Aziv (Saeed Jafreey), un extraño suceso en las cuevas de Marabar parece trastornarla hasta el punto de denunciar al médico por haberla violado. Entramos así de lleno en el conflicto entre dos formas muy diferentes de moverse por el mundo: la de la pretenciosa sociedad británica de la época, y la de los pobres habitantes de la colonia, que no pueden levantar cabeza aunque, aparentemente, sean aceptados por sus conquistadores, como es el caso del doctor Aziv, que tiene amigos ingleses.

James Fox, en un papel correcto, representa la excepción que confirma la regla, el papel del inglés que se pone del lado de los oprimidos. La incomparable Peggy Ashcroft, en un papel que le valió el oscar, interpreta a la señora Moore, la futura suegra de la joven que, aunque parece no creerse nada de la historia que le cuenta su futura nuera, no le queda más remedio que aceptar la situación porque así se lo exige su rango y su raza. Cuando huye del problema en el tren, en una memorable escena, el brahman interpretado magistralmente por Alex Guinnes se inclina ante ella con las palmas de las manos juntas. Alec Guinnes interpreta la aceptación, el dejar fluir los acontecimientos tan propio de la cultura india. No se altera en absoluto, porque piensa que todo está escrito, y que las cosas no se pueden cambiar. Resulta en ocasiones irritante su falta de apoyo al doctor Aziv.

Cuando vi esta película, me quedé con la sensación de que me hubiera gustado ver más. Gran parte del metraje está ocupado por el juicio a Aziv. Creo que Lean debería haberle dedicado más tiempo a los usos y costumbres locales que a narrarnos una situación, la de un juicio, que no se diferencia casi nada se desarrolle en el país que se desarrolle. No obstante, la película es una gran película, que recomiendo también con placer.

En esta ocasión contamos con el incomparable arte de Juan Valdivia, que en un incomparable salto mortal vuelve a superarse a sí mismo. Gracias, Juan. Tu retrato de David Lean es magnífico. Tan magnífico como la acuarela de Carmen, que representa una de las escenas de "Pasaje a la India". Gracias a ti también, Carmen. Vuestro arte es cada vez mejor.

miércoles, 11 de junio de 2008

Freaks (1932)


Conocí la película prácticamente en la adolescencia, a través de una antigua revista de comics de terror que se llamaba “Vampus”, y que bebía casi literalmente de otra americana, que se publicó después también en España con su propio nombre y con más pena que gloria, que se llamaba “Creepy”. “Vampus publicó un artículo de varias páginas en el que no solo contaba la historia del enano Hans, sino que mostraba bastantes fotografías de aspecto antiguo que mostraban a gran parte de los seres deformes que protagonizan esta inclasificable joya del séptimo arte de todos los tiempos.

Dirigida por Tod Browning en 1932, la película nos cuenta la historia de Hans, una especie de gentleman enano, siempre trajeado, que está comprometido con Frida, una enana guapísima. Ambos trabajan en el circo de madame Tetrallini, una especie de hada benefactora que acoge en su senos a toda una serie de seres humanos deformes, que recorren Francia con su espectáculo circense. Lo angustioso de la situación es que los protagonistas eran deformes de verdad, en la vida real, habiendoalcanzado algunos de ellos cierta fama precisamente por el hecho de ser deformes.

La forma de narrar de Tod Browning en esta película supera con creces la de su anterior título, la primera versión de Drácula protagonizada por el mítico Bela Lugosi. Desgraciadamente, la primera aparición del conde transilvano en la gran pantalla ha envejecido mucho peor de la película motivo de esta entrada. Resulta fascinante el propio comienzo, en el que un charlatán de feria suelta su discurso, presentando, sin mostrarla todavía, a la singular Cleopatra, una mujer antaño bellísima, y ahora... Mediante un fundido, retrocedemos hasta el momento en que Hans contempla extasiado el número de Cleopatra, la bella trapecista encarnada por Olga Baclanova. Los ojos de Hans denotan algo más que admiración hacia el bello cuerpo que se columpia en el aire. Frieda, la mujer enana a la que Hans está comprometido, nota que algo falla en su relación.

En una escena que me produjo pesadillas durante bastante tiempo, el dueño de unos terrenos se encuentra de repente en un claro de su propiedad con un grupo de microcefálicos, hombres sin brazos, hermanas siamesas y un muchacho que, no teniendo piernas, anda sobre sus manos con verdadera agilidad. El grupo, asustado ante la presencia del hombre, corre a refugiarse a la vera de Madame Tetrallini, su benefactora, en un cuadro difícil de olvidar. Causa una gran sensación escuchar hablar a esta mujer de sus “pobres criaturas”.

Cleopatra, huelga decirlo, desprecia profundamente tanto al enano como a los otros miembros del circo, y juguetea con Hércules, el hombre más fuerte de la compañía. Cleopatra y Hércules son el cpontrapunto de Frodo, el payaso, y Violet, la domadora de focas, que respetan profundamente a sus compañeros deformes y conviven con ellos en un ambiente de normalidad.

Cleopatra sigue despreciando al enano y jugando con sus sentimientos, hasta que se entera por casualidad, precisamente cuando Frieda intenta llamarla al orden, de que Hans es poseedor de una inmensa fortuna. Es entonces cuando decide, ni más ni menos, casarse con el enano, matarle y repartirse la fortuna con el corpulento Hércules.

La boda de Hans con Cleopatra merece pasar por sí sola a los anales de la cinematografía universal. Cleopatra no descuida ninguna ocasión de humillar a su flamante esposo. Hacia el final del banquete, que se celebra en la pista, uno de los enanos llena una gran copa de licor, y bailotea en la larga mesa mientras se la va pasando a todos y cada uno de los asistentes al evento, que beben mientras entonan una de esas canciones que se te quedan grabadas en la memoria para siempre: “Goble, goble, we accept her, one of us...” (copa, copa, la aceptamos como uno de nosotros), letra que repiten cada vez más obsesivamente en un paroxismo de ritmo y surrealismo que se rompe cuando la copa llega a Cleopatra, que la desprecia gritando como una loca que de eso nada, que ella no es como ellos ni por asomo, que son todos unos monstruos (freaks), insulto que repite varias veces hasta acabar la actuación besando en la boca delante de todos a su amado Hércules.

Podría pensarse que una actuación así por parte de Cleopatra supondría el final de su relación con Hans, pero después de varias zalamerías, y de jurarle y perjurarle al pobre enano que estaba bebida cuando montó el espectáculo en el banquete, consigue engancharle de nuevo en sus redes. Comienza entonces a envenenar a Hans. Frieda, que se percata, avisa a Frodo, el payaso, y a todos los demás. Durante uno de los desplazamientos del circo, en medio de una gran tormenta en la que a los carros no les queda más remedio que pararse, la liga de las criaturas deformes lleva a cabo su venganza. Resulta impresionante la imagen de los amigos de Hans, armados hasta los dientes, dirigiéndose lentamente bajo la lluvia hacia el carromato de Cleopatra y Hércules.

El charlatán de feria del principio está llegando al final de su relato. “El sufrimiento de uno es el sufrimiento de todos, y la alegría de uno es la alegría de todos”, sentencia como en una especie de inquietante código moral. Al descorrer la cortina que tapa la jaula, un terrible grito de terror se escapa de la garganta de una de las asistentes al espectáculo: la antaño bellísima Cleopatra grazna, con la mirada perdida, convertida en una especie de gallina sin piernas.

Uno de los “atractivos”, por llamarlo de alguna manera, de esta gran película, cuyo mensaje ético, no lo olvidemos, es que hasta las más desvalidas criaturas son capaces de unirse ante una agresión (aunque existe otra lectura: precisamente, cuanto más desvalidas, más unión entre ellas), es el casting que se realizó para hacerla. Al parecer, se presentaron miles de fotografías de gente con defectos de nacimiento. Finalmente se escogieron varios personajes entre los que destacaban Daisy Hilton y Violet Hilton, hermanas siamesas, Johnny Eick, el hombre sin piernas, que participó en varias películas, Randian, un hombre sin brazos ni piernas pero que es capaz de encender un cigarro ayudándose solo con la boca, Koo Koo, la chica ave, Frances O´Connor, la mujer sin brazos, y el grupo de los microcefálicos, con sus inquietantes sonrisas y extraños movimientos, compuesto por Schlitzie, Jenie Lee Snow y Elvira Snow. Toda una muestra de malformaciones humanas reales. La fotografía en blanco y negro, la atmósfera casi siempre tenebrosa, el sufrimiento de Hans y Frieda causado por seres humanos aparentemente normales. Convierten sin ninguna duda a “Freaks” en uno de esos títulos de referencia.

Si alguno de vosotros tiene acceso al DVD de la película, le aconsejo que la vea en versión original subtitulada. Las voces de alguno de los personajes (Hans, Hércules, Frieda, Frodo...), y sobre todo, la inquietante canción que entonan todos en el banquete de bodas, tienen que escucharse forzosamente en versión original. En castellano pierde bastante la película, hacedme caso.

martes, 3 de junio de 2008

Algo perfecto. Jonathan Demme


Reconozco que comencé a fijarme en este director cuando ya llevaba bastantes años detrás de las cámaras. Sucedió con “Algo salvaje”(1986), en la que una fascinante Melanie Griffith se las ingenia para liar al siempre ingenuo Jeff Daniels (un actor por el que siento un especial cariño desde que le descubrí como el explorador surgido de la pantalla en “La rosa púrpura del Cairo”), llevárselo a un motel y vivir una noche loca, cosa que no hubiera tenido la menor importancia si al día siguiente la chica, ligeramente desquiciada, no le hubiera obligado al pobre Daniels a visitar a su madre en Pensilvania.

Lo que el inocente contable se prometía como la aventura de su vida con una escultural mujer (me enamoré de Melanie Griffith en “doble cuerpo”, de Brian de Palma), se convierte paulatinamente en una pesadilla surrealista. No se comprende que Jeff Daniels no emprenda una rápida huida cuando Melanie se cambia de ropa, abandonando su aspecto siniestro y sugerente para adoptar un aire provinciano y anodino.

En este título descubrí a Ray Liotta, un actor que casi siempre interpreta papeles cuando menos inquietantes, con una alta dosis de perversidad en la mirada y en los gestos. Encarna en “Algo salvaje” al exaltado exnovio de Melanie, y borda el papel de poco menos que un auténtico psicópata. Parece uno volver a recordar las palizas que nos daban los mayores cuando estábamos en el colegio al ver al amigo Ray zumbándole la badana al inocente Jeff, que al final resulta no serlo tanto cuando consigue, mediante ciertas estratagemas, recuperar al amor de su vida.

También asistimos en este título a una de las constantes en bastantes de las películas de Demme: su cuidada y elegante elección de la banda sonora. Se pueden escuchar temas de Laurie Anderson, John Cale, David Byrne y hasta de la misma hermana de Bob Marley, que aparece además cantando en todo su esplendor en los créditos finales. Muchos de los temas que aparecen en la película eran famosos en aquella época, sin duda la más sugerente de la historia de la música moderna. Creo que nunca se han llegado a alcanzar más altas cotas de placer musical que durante la afamada década de los ochenta, pero esa, amigos, es otra historia.

Después de rodar algunas comedias ligeras, Jonathan Demme parece renacer de sus cenizas con un título que en su día nos dejó marcados a todos los que lo vimos. Y digo marcados literalmente, porque conocí a bastantes personas que adoptaron durante varias semanas la forma de actuar del doctor Aníbal Lecter, el verdadero alma mater de la película “El silencio de los corderos”(1990), un thriller perfecto que merece estar por méritos propios en la zona más alta del altar dedicado a las películas de terror de cualquier aficionado. Infinitamente mejor que la novela homónima de Thomas Harris, “el silencio de los corderos demuestra una vez más que es posible superar la novela cuando la imaginación del director está por encima de la del novelista.

No creo que merezca la pena contar el argumento de la película. Se puede resumir en apenas dos líneas: para encontrar a un asesino psicópata que se dedica a secuestrar y a asesinar a chicas con sobrepeso para hacerse un vestido después de arrancarles trozos de su piel, la agente Starling, del FBI (sin duda el mejor papel de toda la carrera de Jodie Foster), se entrevista en varias ocasiones con otro psicópata encarcelado, el singular y ultrapeligroso doctor Aníbal Lecter (un Anthony Hopkins en la cima de su arte), al que le encanta comerse el hígado de sus víctimas regado con una copa de chianti. Aparte de la extraordinaria interpretación de Hopkins, muy por encima de las posteriores apariciones de Lecter en la pantalla, hay que destacar la hipnótica voz conseguida, para la versión en castellano, por el actor de doblaje de este hombre, el siempre magistral y envidiable Camilo García. Hopkins confesó en una entrevista que había tratado de conseguir, para su personaje, una mezcla de las voces de Truman Capote y Katharine Hepburn. A pesar de que aparece apenas quince minutos durante todo el metraje, se convierte por méritos propios en el alma de la película. La inolvidable escena de su preparación para escaparse, después de haber asesinado a los dos policías que le custodian, mientras suena el primer movimiento de las variaciones Goldberg de Bach, y el truco que emplea para desaparecer del mapa, es digno de admiración. Un ejercicio de imaginación difícil de superar, sin ninguna duda.

Descubrí después de ver la película que Jonathan Demme era tan amigo de Roger Corman, uno de los directores a los que algún día dedicaré otra entrada en este blog, que hasta le regaló el papel del jefe Burke del FBI. Corman fue sin duda el maestro del cine de terror de serie B, y eso es algo que se detecta en la película de Demme.

“Philadelphia”(1993) supone un más que digno cambio de registro en la trayectoria del director, que pasa de la comedia y el cine de terror al más puro drama. En unos momentos en los que la enfermedad del sida apenas comenzaba a mostrar su sinistro rostro, Demme elabora un producto inmejorable, tanto por su carga de denuncia como por el lado humano que refleja con todo su esplendor y crudeza.

Tom Hanks interpreta a Andrew Becket, un abogado que es despedido del bufete en el que trabaja por haber contraído el virus del sida. Decide demandar a la empresa por despido improcedente, pero no consigue encontrar un abogadoque le defienda, hasta que Denzel Washington se hace cargo del caso. Denzel, que desde el principio muestra su animadversión hacia todo lo que huela a homosexual, va mutando su espíritu y se deja cautivar por la indudable fuerte personalidad de Andrew, que siendo homosexual, no presenta ninguno de los tópicos que se les pueden aplicar. Muy al contrario, Andrew no duda en mostrarse como es ante la persona que le va a defender.

En una escena digna también de pasar a los anales (os recuerdo que este blog habla sobre todo de escenas dignas de pasar a los anales), Andrew le explica al abogado interpretado por Denzel Washington el aria cumbre de la ópera “Andrea Chenier”, interpretada por maría Callas. Una escena desgarradora, que podría interpretarse como una muestra del dolor que podía sentir en aquella época un enfermo de sida, despreciado por una sociedad que siempre le ha vuelto la espalda a los que sufren.

La película supuso la aceptación de Hollywood a la homosexualidad, o eso se dijo en su momento, basándose los entendidos en el hecho de que a Hanks le entregaran el oscar al mejor actor ese año. El segundo oscar fue a parar a Bruce Springten, el compositor de la magnífica canción que aparece en los créditos iniciales, “Streets of Philadelphia”, que suena en todo su esplendor mientras unas inmejorables tomas aereas nos muestran imágenes con lo mejor de la ciudad en la que se desarrolla la trama. “Philadelphia” es una de esas películas que hay que ver si uno quiere formarse un criterio ético, y que hay que disfrutar cuando ya se tiene. Hasta el mismo Banderas está correcto en su papel de compañero sentimental de Hanks. Al final del drama, en otra escena de gran carga emotiva, la familia de Hanks recuerda a su miembro en un homenaje emocionado y discreto. Denzel Washington, el abogado, ha acudido con su mujer, como un miembro más de esa familia. A destacar también el papel de la madura Joanne Woodward como la madre de Hanks. Una gran película, sin duda.

La acuarela que preside esta entrada es de Carmen. Una maravilla, como siempre, que te agradezco con todo mi cariño, artista.

martes, 27 de mayo de 2008

Un cineasta en la cima de la madurez. Otto Preminger

Me ocurre algo curioso con este director de origen judío, uno de los primeros en burlar la férrea censura cinematográfica de Estados Unidos. He estado rebuscando en mi memoria para tratar de transmitiros, como suelo hacer a veces la sensación que tuve al ver una película suya en tal o cual sala, y he llegado a la conclusión, por la que me arriesgo a que me llevéis directamente a la hoguera, de que no he visto ni una sola de las películas del amigo Preminger en pantalla grande, y os puedo asegurar que he visto casi todas.

Video o DVD. Ese es el formato en el que me he reencontrado con un director que mantenía olvidado desde hacía bastantes años. Recordaba la sensación que me había causado “Buenos días, tristeza”, al verla en algún programa de la 2, seguramente “La clave” del gran Jose Luis Balbín, o esa mutilada “Carmen Jones” (lo de mutilada lo sé porque dispongo de la versión íntegra) que nos debió de regalar algún programa de cine club que haya pasado a mejor vida. También he visto “Anatomía de un asesinato”, que me parece una joya, y “Laura”, que también, pero ocurre lo de siempre, que por razones de tiempo, espacio y misericordia para con mis lectores, voy a limitarme a hablar de los cuatro títulos que más me han cautivado de este amante de los planos largos, tal y como le definen en la Wikipedia.

“Carmen Jones”(1954) nos cuenta la famosa historia de Carmen, la tabaquera creada por Merimée en 1845 y convertida en ópera por Bizet treinta años más tarde, allá por el año 1875. Es precisamente la música de Bizet, soberbiamente adaptada por Oscar Hammerstein II, la que se puede escuchar a lo largo de toda la película. La eterna historia de la seductora Carmen se traslada en esta ocasión a Lousiana, en el sur de los Estados Unidos, a una fábrica de paracaídas que abastece al ejército, en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Carmen se convierte por arte de magia en Carmen Jones, una operaria de la fábrica encarnada por la bellísima actriz de color Dorothy Dandridge, a la que alguno recordareis porque su tumultuosa vida personal fue llevada al cine.

En esta ocasión, el pobre ser humano que cae en sus redes no se llama Jose, sino Joe, un soldado de infantería encarnado por el ya entonces famoso Harry Belafonte. La película cuenta con un ritmo trepidante, unos números musicales tan buenos o incluso mejores que los de “West Side Story”, por poner un ejemplo, y una interpretación que roza la perfección. Las situaciones cómicas, trágicas y siempre sugerentes que provoca la pareja en su entorno casi siempre militar, no dejan indiferente a nadie. Lógicamente, el personaje que causa la ruina de Joe no es un torero, sino un boxeador, Husky Miller, correctamente interpretado por Joe Adams.
Carmen Jones devora con su presencia cualquier otra consideración. Su romanticismo, voracidad sexual, perversidad, egocentrismo y necesidad de jugar con el sexo opuesto, conforman un personaje que consiguió, gracias a su grandeza, la primera nominación al oscar que se le concedía a una actriz de color.

Tengo que confesaros sin ningún pudor que “Buenos días, tristeza”(1958) podría estar entre mis diez películas favoritas, si es que en algún momento de locura me planteara tener que elegir solamente diez películas favoritas. Parece mentira que una historia tan simple como la de los deseos de una adolescente de separar a su padre de su amante, se pueda retorcer tanto como para convertirse en uno de los mayores monumentos de la historia del cine.

Basada en la novela de Francoise Sagan del mismo título (creo que por mi casa circulaba un ejemplar de aquellos que con tanto mimo publicaba la Editorial Reno), que al parecer había levantado cierta polvareda cuando se publicó, la película, que comienza en blanco y negro en un oscuro y neblinoso rincón de París, nos narra los turbios manejos de Cecile, una adolescente interpretada por Jean Seberg, para separar a su padre, Raymond (magistral David Niven. En su salsa. Posiblemente, el mejor papel de toda su vida), de Anne (también excelente interpretación de Deborah Kerr), una amiga que los visita en el transcurso de unas vacaciones de verano en la Riviera francesa.

Las escenas en blanco y negro del inicio de la película contrastan fuertemente con la historia que se nos narra mediante flash backs, en cinemascope y en color. De la sórdida frialdad de un París invernal pasamos de un salto a la calidez y luminosidad de un verano en la Riviera francesa. Estamos hablando de una sociedad basada en el lujo, en el despilfarro, en la decadencia, en el aburrimiento, en la patía y en las ganas de divertirse. Raymond es un hombre de negocios, y Cecile una adolescente cuya ocupación preferida consiste en juguetear con los jóvenes del pueblo y con los hijos de familias tan adineradas como la suya. Las actividades que desarrollan los protagonistas, enmarcadas siempre por el calor, el agua y la arena de la playa privada que poseen en la Riviera, son siempre del mismo tipo: deportes acuáticos, excursiones en velero, veladas con bailes de moda, comidas en el club náutico, bailes de salón... En ese ambiente romántico, divertido y altamente superficial, Raymond comienza a cortejar a Anne, una amiga de toda la vida que en realidad ha venido para desconectar de su trabajo por una temporada. Por nada, por simple aburrimiento, o por alguna razón oculta que puede que se me escape, Cecile se pone como meta destrozar el incipiente romance que está viviendo su padre. Para ello no duda ni un momento en utilizar a la anterior amante de Raymond, una escultural belleza sin la clase y el glamour de Anne, pero bastante más sensual. Finalmente, la treta de Cecile da resultado, el cretino de Raymond, en el fondo un bon-vivant sin criterio ni personalidad, cede a sus instintos de macho latino, y es entonces cuando sobreviene la tragedia.

Uno de los logros más innegables de la película es precisamente ese, el presentar la tragedia en toda su crudeza, como un mazazo, como si en un ambiente tan idílico, despreocupado, indolente y sensual como el que se nos ha presentado hasta el momento, resultara imposible que sucediera algo así. Cecile se queda traumatizada, con la conciencia abatida por lo que ha hecho, y la imagen vuelve a la realidad, a la triste realidad en que se ha convertido su vida, de nuevo en blanco y negro. La película acaba con la adolescente mirándose al espejo y saludando a la tristeza que desde aquel verano se ha apoderado para siempre de su alma. Dicen que Jean Luc Godard, un simple crítico por aquel entonces, se quedó tan prendado de la interpretación de Jean Seberg, que la eligió para su primera película, “Al final de la escapada”.

“El cardenal”(1963) constituye sin duda una de las mejores muestras de la carrera que tiene que seguir un humilde sacerdote para llegar a lo más alto del escalafón eclesiástico. El personaje, encarnado por un correcto aunque ligeramente acartonado Tom Tryon, rememora desde el Vaticano sus comienzos en la religión católica.

Después de estudiar en Estados Unidos, el joven sacerdote interpretado por Tom Tryon se traslada a Austria, lugar en el que conoce a Romy Schneider (guapísima en el momento en el que se rodó la película) y se medio enamora de ella, hasta que su vocación consigue imponerse. Vive primero en Austria el terror de los nazis, en una magistral escena de multitudes en la que una estudiante interpreta el “Ave María” de Schubert mientras los nazis se dedican a vapulear sacerdotes, y revive después el terror cuando, de vuelta a los Estados Unidos, es azotado sin misericordia, hasta quedar casi medio muerto, por el Ku Kux Klan, la extrapolación de las salvajadas nazis al otro lado del Atlántico.

La película, mostrando un gran respeto hacia la Iglesia católica, refleja también la dualidad de las decisiones que tiene que tomar un hombre con la ambición de llegar a lo más alto de su carrera, para lo que no duda en anteponer a sus intereses personales, materiales e incluso familiares, intereses más elevados, religiosos, filosóficos o incluso psicológicos, que le conducirán al manto cardenalicio que le colocan al final de la película. Un título correcto, sentido, que adolece a veces de cierta lentitud, y que muchos piensan que se podría haber resuelto en un par de horas, y no en las tres horas y media que dura.

En “Exodo”(1960) se nos narra la fundación del estado de Israel. Independientemente de la historia tergiversada que se nos presenta, hay que reconocer que se trata de una gran película, con una soberbia interpretación de Paul Newman y Sal Mineo y una Eva Marie Saint que no consigue en ningún momento quitarnos de la cabeza la idea de su eterna bondad. La banda sonora se convirtió en todo un clásico, y la actitud de los casi setecientos refugiados que deambulaban por el barco como sardinas en lata, en todo un monumento a la tenacidad y a la solidaridad humanas. Otra cuestión muy diferente es que no se refleje en la película la traición de los británicos a los árabes, a los que habían tenido como aliados para luchar contra Turquía, y a los que no les quedaba más remedio que mentir para calmar las pretensiones de los judíos ingleses y norteamericanos, que habían financiado con sus fortunas los ejércitos de ambos países en las dos guerras. Tampoco se hace mención en la película a que fueron en realidad los sionistas los que introdujeron poco a poco en Palestina, no los judíos como raza. Quedémonos, pues, con la parte romántica, con los ojos de Eva Marie Saint (bueno, vale, y con los de Paul Newman) y con esa música eterna que todos llevamos grabada en el alma.

Esta vez tenemos el privilegio de poder admirar dos magníficas acuarelas de Carmen y Juan Valdivia, nuestros colaboradores habituales. Gracias a vosotros, amigos de Hispacuarela, este blog se viste de gala cada vez que se renueva (y olé...).

martes, 20 de mayo de 2008

Películas de jazz. Segunda parte



Siguiendo los acertados deseos de mi amigo Victor Hugo Escalante, no me queda más remedio que comenzar esta entrada hablando de la película “El hombre del brazo de oro”(1955), de Otto Preminger, un gran director al que probablemente dedicaré la próxima entrada. La película, protagonizada por Frank Sinatra en el que probablemente representa el mejor papel de su carrera, está rodada en un contundente blanco y negro, y aunque no esté plenamente dedicada al jazz, es merecedora de figurar en una antología dedicada a este género musical, tanto por su soberbia banda sonora, firmada por Elmer Bernstein, como por la profesión que quiere ejercer Frankie Machine, el personaje interpretado por Frank Sinatra, que es nada más y nada menos que la de trompetista de una orquesta de Jazz.

Frankie Machine vuelve a su barrio, situado en una zona marginal de Chicago, después de pasar una temporada en una clínica de desintoxicación. Su esposa, interpretada por Eleanor Parker, vive atada a una silla de ruedas, al parecer debido a un accidente del que tuvo la culpa su propio marido. Poco a poco, y ante la falta de oportunidades, asistimos a la paulatina decadencia vital de Frankie, que retoma su afición al póker, y sobre todo su aparentemente perdida adicción a las drogas, concretamente a la heroína, hostigado por el camello del barrio, un engominado personaje llamado Louie, que le dice “la adicción a las drogas solo se cura con más droga”.

Al fracasar en una prueba de trompeta que se le presenta debido a que no ha descansado nada, Frankie se derrumba como persona, y decide desintoxicarse en casa de la que fuera su amante, una escultural Kim Novak. Las escenas de la ansiedad que le provoca el mono de heroína fueron censuradas en su época por su extrema crudeza. Un gran título incluso para los no muy aficionados a Frank Sinatra, que interpreta en esta ocasión a un hombre consumido por sus propias circunstancias vitales, ciertamente dramáticas. Una película inclasificable entre el drama y el cine negro, pasando por una especie de neorrealismo a la americana bastante entrañable.

“El trompetista”(1950), de Michael Curtiz, gran amante del jazz, nos cuenta la aventura vital de Rick Martin, interpretado por Kirk Douglas, un trompetista vocacional que da sus primeros pasos prácticamente en la niñez, poco después de quedarse huérfano. La película narra la vida de un trompetista real, Bix Beiderbecke, que sentía verdadera pasión por el instrumento que tocaba. Para contar la historia, Curtiz nos regala la presencia de un narrador de lujo, el famoso músico Hoagy Carmichael, que interpreta al amigo íntimo de Rick Martin.

Rick acompaña con su trompeta las canciones a la cantante Jo Jordan, interpretada por la estrella musical Doris Day, que se mueve como pez en el agua por cualquier tipo de escenario. La cantante tiene una amiga fatal, como no podía ser menos, ínterpretada por una bellísima Lauren Bacall, que vive su momento de romance con el músico. Se trata de otra película en blanco y negro, como debe ser cualquier película de jazz de la época que se precie. También existen conexiones entre este tipo de cine musical y el cine negro, sobre todo cuando Rick toca en el club de unos delincuentes. No es que se trate de una película famosa, ni del mejor papel de Kirk Douglas, pero es seguro que no dejará indiferente a ningún amante del jazz. Los números musicales, muy numerosos tienen gran calidad.

Prometí la semana pasada escribir de otra película de Scorsese que omití totalmente a sabiendas de la entrada dedicada a tan insigne director. Se trata de “New York, New York”(1977), protagonizada por Robert de Niro en el papel del inolvidable Jimmy Doyle, y Liza Minnelli en el papel de la inolvidable Francine Evans. La pareja se conoce el mismo día en que acaba la Segunda Guerra Mundial, y decide unir sus vidas, no sin cierta reticencia inicial de Francine, a la que acosa sin ninguna piedad y con bastante pesadez el implacable Jimmy. Los diálogos obsesivos que protagoniza la pareja recuerdan bastante a los que se mostraban en “Toro salvaje” entre el boxeador y su mujer o su hermano. No creo que exista nadie en el mundo que no haya terminado odiando la cargante machaconería de Robert de Niro en estas dos películas. El rifi-rafe protagonizado con el siempre grandioso Lionel Stander es digno de figurar en la zona más alta del altar a situaciones surrealistas en el cine.

Independientemente de la dolorosa personalidad de los dos protagonistas, que se van desuniendo sin remedio desde el mismo momento en que deciden unirse, hay que destacar la soberbia capacidad musical tanto de uno como del otro. Se ha dicho muchas veces que Robert de Niro tocaba personalmente el saxo en la película, pero al parecer no fue así. La personalidad de quein tocaba el instrumento puede albergar alguna duda, no existe ninguna con respecto a la soberbia voz de Liza Minelli, que para mi gusto superó incluso con este título a la Sally Bowles de “Cabaret”.

Como escenas memorables, mencionar aquella en la que Robert De Niro toca en un club de músicos de color. Nunca he podido, ni leyendo los títulos de crédito, conseguir saber quienes eran los músicos que le acompañaban en esa escena, pero no creo haber vuelto a ver tocar jamás a un pianista con la agilidad en los dedos que tiene el que aparece ahí. Otras dos escenas memorables son las que muestran las diferentes interpretaciones de la canción New York New York, compuesta por De Niro (en la película). Sobria y contenida la del saxofonista, y grandiosa y musical la de Francine, como sus personalidades, diferentes y muy alejadas la una de la otra, pero convergentes en la dosis de arte de su alma. Jimmy y Francine se separan, pero en el fondo se quieren. Existe un final alternativo en el que vuelven a unirse, pero yo me quedo, sin ninguna duda, con el final oficial, puede que más triste, pero infinitamente más sugerente.

Y quiero finalizar con “Calle 54”(2000), de Fernando Trueba, que no siendo una película de jazz puro, supone una buena muestra, por no decir la mejor, de lo que representa el conocido como jazz latino o jazz fusion.

A la desaparición de las salas de sesión continua en Madrid le siguió muy de cerca la proliferación, como si de setas se tratara, de minúsculas salas en galerías comerciales, agrupadas sin orden ni concierto, con nefastas condiciones sonoras y una pantalla poco más grande que la que se puede comprar uno hoy en día en cualquier establecimiento en el que vendan televisiones de plasma. A la sala se entraba por una parte y se salía, a la puta calle, por una puerta situada normalmente junto a la pantalla. Fue el paso intermedio entre las mencionadas salas de seión continua y las grandiosas salas actuales, con su Dolby Surround y sus enormes pantallas, posiblemente las más grandes de Europa (he estado ya en ocho cines que presumen de tener la pantalla más grande de Europa, vaya usted a saber porqué).

Pues bien, fue en una de esas cutre-salas en la que vi, un domingo por la noche (estaba solo en el cine), el sentido homenaje de Fernando Trueba a toda un género musical, representado por músicos tan prestigiosos y sugerentes como Cachao, Gato Barbieri, Eliane Elías, Michel Camilo, Chano Domínguez, Bebo Valdés, Chucho Valdés, Paquito de Rivera, Patato, Puntilla, Jerry González o el mismísimo Tito Puente. Trueba nos introduce en cada una de las piezas musicales mediante una breve entrevista con el músico en cuestión, en la que este nos revela aspectos más o menos interesantes de su vida y de su obra. Si algo se desprende de la película, es el gran amor que siente Trueba hacia este tipo de música, que al parecer conocía y devoraba desde principios de los años ochenta. A pesar de la mala calidad del sonido, acabé tan enamorado de este tipo de música que no he dejado de escucharla desde entonces.




Tenemos hoy el placer de poder disfrutar de dos magníficas acuarelas, la primera del ya habitual Juan Valdivia, que representa una escena de "Round Midnight", y la segunda de Carlos León Salazar, que ya ilustró la entrada sobre Homprey Bogart con una magnífica escena de casablanca. Estas dos acuarelas han viajado a la exposición de Hispacuarela que se celebrará en Junio en Puerto de Santa María, en Cádiz. Os invito a visitarla a todos los que tengáis ocasión. La gran calidad de todos los artistas de Hispacuarela lo merecen. Gracias a los dos por vuestra colaboración y por vuestro arte.

viernes, 16 de mayo de 2008

Cine español. La soledad


No puedo. Juro por lo más sagrado que lo he intentado, pero no hay manera. Traté de reconciliarme con el cine español actual (y subrayo lo de actual) con “La mala educación”, de Almodóvar, que me recomendó una compañera de trabajo, y volví a tener una recaída. La visión de mi admirado Quinet de “La plaza del diamante” (Lluis Homar), retozando con un tío, apasionado y sudoroso, en un destartalado sofá, y el sempiterno ataque a la Iglesia, oportunista, chapucero y hoy en día siempre de moda, a costa de unos cuantos de sus miembros, tan viciosos como muchos de los directores de cine que los denuncian, hicieron que volviera escarmentado a mi estado de espectador de todo tipo de películas excepto españolas.

He vuelto a intentarlo con “La soledad”, de Jaime Rosales, recientemente ultragalardonada, aplaudida y bendecida en los últimos premios Goya. Hasta hoy me había resignado. Mi actitud era de simple pasividad ante un mal que nos está corroyendo poco a poco, pero con la visión de esta película he decidido que ya está bien, que ya es hora de enterrar para siempre ese cadáver cansino y machacón en el que se ha convertido el cine español (repito: actual).

Resulta cuando menos curiosa la situación. Nuestros mayores, inmersos indudablemente en una forma de vida bastante más precaria que la nuestra (posguerra, cartilla de racionamiento, oración diaria y hambre), acudían al cine con verdadera ilusión, para intentar librarse durante un par de horas (o bastantes más en los cines de sesión continua) de la sordidez de sus vidas, de la mediocridad de todo lo que les rodeaba. Y no solo eso: eran capaces de disfrutar, además, con películas como “Calabuch”, “Plácido”, “Los jueves, milagro”, “La caza”, “El cochecito”, “El pisito” y otras muchas que no coloco porque la lista sería interminable. Eran capaces de disfrutar de un cine inteligente, brillante, dotado de un gran sentido del humor, sarcástico, agradable.

Ahora no. Aquella etapa de oro del cine español se acabó, como se acabó el imperio en 1898 cuando perdimos Cuba, y como se acaba todo en este país, con una marcada, implacable y recurrente tendencia a la decadencia en cualquiera de sus manifestaciones artísticas. Ahora no se va a ver una película española para evadirse uno, no señor. Ahora se va al cine a sufrir, a que le recuerden a uno la sordidez de su vida, la imposibilidad de intentar asomar la cabeza para ser un poco más feliz, porque te la cortan, la mediocridad de una existencia anodina, absurda, cuya máximo acercamiento a la felicidad consiste únicamente en gastarte una pasta en una entrada para ver una película tan triste como “La soledad”.

El sentido de tragedia griega arrasa los países mediterráneos desde tiempo inmemorial. Disfrutamos con la muerte, con la sangre, con la desgracia del prójimo. No se puede explicar de otro modo el éxito de películas como esta, a menos, claro está, que el éxito no sea tal, que el público esté en realidad tan cansado de este tipo de películas, que la única manera de revitalizarlas sea inundarla de premios, por alguna oscura razón que se me escapa. “Habrá que ir a verla”, hemos pensado millones de pardillos no escarmentados que hemos acudido a las salas como moscas cuando se ha repuesto. Pardillos que salíamos del cine con el rostro triste, en silencio, como en una procesión de fracasados a los que se les ha restregado su fracaso por la cara.

No voy a despotricar ahora contra el sórdido recurso, tan mezquino como cruel, de utilizar la muerte de un niño para provocar la tristeza infinita del espectador. Es algo que nunca he podido soportar, y posiblemente uno de los motivos principales por los que mi postura ante “La soledad” no sea todo lo objetiva que debería ser. En otras ocasiones me hubiera salido simplemente del cine, pero en esta ocasión me mantuve firme. Había decidido darle otra oportunidad al cine español, y traté de aguantar como un campeón.

Asistí, tras la brutal escena del autobús, completamente inesperada (no sabía de qué iba la película) a todo un catálogo de desgracias, narradas además con un ritmo absurdo, lentísimo, provocador de bostezos interminables y ansiedad cinematográfica. No entendí en absoluto (pobre de mi) la razón de la utilización por parte de Rosales del recurso, tan retrógrado como pretendidamente innovador, de dividir en dos la pantalla en determinadas escenas, con tan mala suerte en algunas ocasiones, que durante momentos interminables no sucedía nada en ninguna de las dos ventanas. A destacar, en este sentido, la muerte de Antonia, la madre de las tres hijas, una escena innecesariamente larga que al principio no se entiende. Una novedad, según los críticos, que están empezando a seguir el surrealista camino de los críticos de arquitectura, que se alejan de la realidad para sumergirse de lleno en el mundo de la fantasía y del mamoneo corporativista y sectario. Un recurso que ya funcionaba, y dejó de funcionar, en las primeras películas de Brian de Palma, en las que tenía un sentido, puesto que en las dos ventanas sucedía algo.

Como muestra de la tensión acumulada en la sala, diré que se escuchó una carcajada nerviosa ante la única muestra de humor de toda la película, sutil y muy de agradecer en medio de tanta mierda: a la muerte de la madre, las tres hijas, Manolo (posiblemente el personaje más sensato y feliz de toda la trama) y el marido de Elena, están sentados a una mesa, y una de ellas, Nieves, la del cáncer de colon (no os preocupéis. En esta película se cura, pero ya veréis como en la próxima se le reproduce. Es la máxima de este tipo de cine. Nadie, repito, nadie puede levantar cabeza, porque te la cortan) dice “pues a mi siempre me ha giustado ese cuadro”, y todos se ríen, porque al parecer el cuadro es horrible. Ya podía haberle dedicado Rosales al cuadro alguna de sus ventanitas chorras, porque no se ve en ningún momento.

En otra escena terrible, cuando Adela ha vuelto al pueblo a pasar unos días, se confiesa con Pedro, su ex, y le dice que se siente culpable por haber ido a Madrid. Pedro le dice que sí, que el también la ve como culpable. En ningún momento se plantea ninguno de los dos que los culpables puede que no sean ellos, sino los terroristas que han colocado la bomba precisamente en ese autobús. Esta filosofía es muy común en este tipo de películas. No se demoniza al creador del mal, sino al mediocre personaje que, en un intento de sacar la cabeza, se ha colocado en el lugar preciso y en el momento adecuado para que su vida se vaya a la mierda en un instante. Algo parecido sucede con Elena, la hermana mayor. Su modesto intento de levantar la cabeza (comprarse un piso en Torrevieja) es celebrado por su familia tachándola de egoísta, perversa y lianta, buscando además la complicidad del espectador, como si de la mala de “La gata sobre el tejado de cinz” se tratara.

Resumiendo: el cine español es una institución colocada ahí para recordarnos, película tras película, que nuestra existencia es una auténtica mierda, y que si pensamos que el dinero que nos gastamos para evadirnos durante un par de horas de nuestra cruda realidad está bien gastado, vamos dados. Películas como “La soledad” son las que llenan las salas en las que se emiten películas como “Harry Potter” o “La guerra de las galaxias”.

El cine español es un consorcio de amiguetes, de gente guapa, que diciéndose de izquierdas, controlan las subvenciones a su antojo, y juegan desde su Olimpo particular a interpretar los papeles de los pobres mortales que caminamos por el mundo, con todas nuestras miserias, nuestras tristezas y nuestros patéticos futuros. Con una visión más o menos fatalista, más o menos exagerada, y más o menos anodina, pero basada siempre en esa lacra de tragedia griega que nunca somos, ni seremos capaces de poder sacarnos de encima. La posibilidad de reflejar esa misma situación de la inteligente manera en que se hacía en los gloriosos tiempos del cine de Berlanga o Saura se ha esfumado ante esa afición de los directores actuales a recrearse en una forma de vida muy alejada de su torre de marfil. La moda empezó con películas como “Los lunes al sol” o “El bola”, por no mencionar todas las apologías y homenajes a la delincuencia callejera, y sigue con títulos más recientes, como “Pudor” o el comentado en esta entrada. Podría decirse incluso que las incursiones anteriores a los infiernos de la mediocridad (”Los lunes al sol” y “El bola”) gozaban al menos de cierto sentido del humor la primera y de un ajustado catálogo de valores familiares (los que muestra la familia del amigo del protagonista) la segunda. Hasta eso se ha perdido.

Desengañémonos. La tendencia está clara. Es la que premia esa supuesta Academia, y no hay vuelta atrás. Una enrevesada pirueta de la imaginación de algún miembro con poder, vinculado a esa institución o ajeno a ella, no lo sé, ha decidido que lo mejor para olvidarnos un momento de nuestra mediocre existencia es mostrárnosla con toda su crudeza, y ante una actitud tan absurda como esa, el único camino sensato es renunciar a llenar las salas en las que se proyecten películas como esta. Luego dirán que si la cuota, que si tal, que si cual, pero la realidad, la pura realidad, es que hoy en día estamos a años luz de países de nuestro entorno, como Francia, Italia o incluso Alemania, a la hora de hacer cine.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Dialogos de Carmencitas


He decidido recopilar en un libro quince de los dieciséis relatos escritos hasta el momento en mi blog “Los relatos del acompañante”. Los amigos de BUBOK brindan la oportunidad de publicar tu libro a tu gusto, controlando la portada, el tamaño, el tipo de papel...Creo que el resultado es lo bastante digno como para comprarlo, y a un precio asequible. La forma de pago también es una novedad, pues se puede pagar con cualquier tarjeta, y también mediante el sistema Paypal.

Los relatos van desde el primero, “Dulce Navidad”, publicado en Diciembre de 2007, hasta “Amaretto sensual”, que apareció en Marzo de este año. He utilizado uno de los relatos, “Al viento le pregunto”, dividiéndolo en dos partes y modificándolo ligeramente, para añadir a la recopilación una presentación y un epílogo. Hay una dedicatoria especial a Edda, fiel lectora de mi blog, que con sus inteligentes comentarios y sus apreciadas palabras de ánimo me ha animado cada semana a seguir con el blog.

La dirección para comprar los libros es la siguiente:

http://felixon.bubok.es/

También tenéis la opción de leer los relatos, gratis, en el blog, cuya dirección es la siguiente:

http://relatosdefelix.blogspot.com/

Aunque lo más seguro es que, cuando leáis un par de relatos, estaréis deseando comprar el libro.

domingo, 11 de mayo de 2008

Cine en estado puro. Martin Scorsese


Por razones que no vienen al caso, he tenido bastante abandonado este lugar de encuentro para los aficionados al cine durante una corta temporada. Ante la necesidad casi física de retomarlo, he querido dedicar la primera entrada a un maestro, a uno de los más grandes representantes del séptimo arte de todos los tiempos.

Scorsese es probablemente el único director de todos los que he hablado hasta ahora al que se le queda corta una simple entrada del tamaño de las que suelo escribir para este blog. No hay una sola de sus películas que me haya dejado indiferente, ya sea por su originalidad, por su buena factura, por el sentido del humor y la ironía que desprenden muchos de sus títulos, por la música, por los actores (el De Niro en sus mejores tiempos, Harvey Keitel, el impagable Joe Pesci) o por el conjunto en general. Un director que ataca con su singular profesionalidad cualquier género que se le ponga por delante, que nos depara dosis de poesía, de violencia, de humor y de sorpresa a partes iguales, como solo un maestro sabe hacer.

Taxi Driver (1976) se estrenó en España algo más tarde, en plena transición. Robert de Niro, jovencísimo, representa el papel de un veterano de Vietnam al que una extraña enfermedad, aderezada con algún tipo de patología cerebrel, no le permite dormir, por lo que aprovecha las noches para conducir un taxi y sacar algo de pasta. Como escena memorable de esta película, entre otras muchas, tengo que citar la cara que se le queda a Cibyll Sepherd, jovencísima, cuando nuestro amigo Travis (Robert de Niro) la invita al cine, con total naturalidad e inocencia, a ver una película pornográfica. La chica huye espantada, como no podía ser de otra manera, y Travis la persigue hasta la obsesión (Scorsese ha sabido extraer con singular maestría el lado obsesivo de De Niro, en este y en otros cuantos títulos). Como ella trabaja en la oficina electoral de un candidato a presidente de los EEUU, y no le hace ni puñetero caso al taxista, Travis decide acabar con la vida del candidato, por eso, porque su secretaria no le hace caso.

Resultan sorprendentes muchos de los comportamientos de Travis en esta película. Se recuerda bastante la escena de cuando tira al suelo la televisión, sin aspavientos, simplemente volcándola poco a poco con el pie. Resulta mítica también la escena del ensayo con la pistola, cuando, frente al espejo, repite una y otra vez “¿Me hablas a mi?. ¿Estás hablando conmigo...?”, frases que, según la leyenda, se inventó sobre la marcha el propio Robert De Niro. El caso es que, ya se sabe, un clavo saca a otro clavo, y Travis se enamora de Jodie Foster, posiblemente en el mejor papel de toda su carrera, que trabaja como prostituta bajo la batuta de un Harvey Keitel que, a partir de entonces, se convirtió en uno de mis actores fetiche. Y ocurre lo que tenía que ocurrir. El desquiciado Travis, para liberar a su querida amiga de ese mundillo podrido, se carga a unos cuantos gángsteres de poca monta, y se convierte en héroe urbano de la noche a la mañana. Un gran título, que cuenta con la participación de actores consagrados y de otros que se consagrarían en esta ocasión.

New York, New York (1977) merecería figurar en esta entrada, pero he preferido reservarla para la siguiente, el segundo especial dedicado al cine de jazz de todos los tiempos. Pasamos pues, sin más dilación a “Toro salvaje”(1980), posiblemente la película con el comienzo más poético de todos los tiempos, con Robert de Niro entrenando a cámara lenta como Jake La Motta, mientras suenan los compases de la obertura de “Caballería rusticana”. Inolvidable. Solo por esta épica escena merece la pena ver la película.

Jake La Motta, terriblemente obeso y medio sonado (creo que esta fue la primera ocasión en la que De Niro hizo gala de su extraordinaria capacidad para adelgazar y engordar en función de las exigencias del guión), nos cuenta su vida, sus inicios, sus entrenamientos con la ayuda de su hermano Joey (Joe Pesci), sus neuras con su mujer y sus problemas con la mafia, que le obligaba a amañar combates. Las escenas de boxeo son brutales, magistralmente rodadas mezclando escenas a ritmo normal con tomas a cámara lenta. La sangre y la saliva de los contendientes salpica la pantalla. La película, rodada en un formato que recuerda bastante al documental, representa un duro alegato contra un deporte que debería considerarse más como una carnicería o como una regresión al Imperio romano que como una actividad lúdica. “Toro salvaje” entra por méritos propios en las películas que, denunciando esta salvajada, muestran también su belleza, la fascinación que producen dos hombres dándose puñetazos hasta la extenuación. Personalmente, esta y “Más dura será la caida”, ya comentada, son las máximas representantes de esta tendencia de denuncia.

Habría que haber echado del país a la persona a la que se le ocurrió titular en castellano "After hours”(1985) como “Jo, que noche”. Recuerdo que muchos de mis amigos se echaron para atrás, a la hora de ir al cine a verla, a causa de ese título tan ridículo.

¿No habéis sufrido a veces la pesadilla de tener que llegar a algún lugar y no conseguirlo nunca?. Por lo que sea, por que no funciona el metro, o no funciona el autobús, o se os ha olvidado algo y tenéis que volver a casa...Suele ocurrir cuando tenéis una cita importante al día siguiente a primera hora, y las provoca el miedo a quedarse dormido. Os despertáis jadeando, sudorosos, con la ansiedad a flor de piel...Bueno, pues eso es lo que se muestra perfectamente en la película “After hours”.
Paul (Griffin Dunne), un técnico informático que representa perfectamente al ciudadano medio típico y anodino, tendrá un estrafalario encuentro con la fauna más extraña de la ciudad de Nueva York a raiz de su medio enamoramiento de Rossanna Arquette, que, todo hay que decirlo, en esta película está como para enamorarse de verdad de ella (sin desmerecer para nada a Linda Fiorentino, su amiga, que también sale guapísima). Por una serie de catastróficas desdichas (porque no se pueden definir de otra manera), el bueno de Paul sufrirá en sus carnes la que sin duda se convertirá en la peor noche de toda su existencia. Imposible destacar a un personaje en particular. Todos son surrealistas. Paul es capaz de provocar en el espectador, con auténtica maestría y a causa, sobre todo, de su insultante normalidad cuando se le compara con el resto de personajes que le rodean, la sensación de que no se merece, ni de lejos, nada de lo que le está ocurriendo. Una comedia inteligente, amena, cuya acción arranca de la absoluta tranquilidad hasta subir, in crescendo, hasta las más altas cimas de la locura.

Con “El cabo del miedo”(1991), Scorsese nos demuestra con autoridad que algunos remakes, aunque sea contados con los dedos de una mano, superan con creces a la película en la que se basan. “El cabo del terror”, protagonizada por Gregory Peck en el papel de abogado y Robert Mitchum en el papel de Max Cady (curiosamente, los dos tienen un papel en el remake de Scorsese) es una digna película de cine negro, pero no consiguió despuntar en el universo cinematográfico tanto como lo hizo su secuela.

¿Quién no ha dicho nunca “Abogador...”, influenciado por la imitación de “Cruz y Raya”?. Pues eso es lo que le dice Robert de Niro a un asustado Nick Nolte en una de las escenas más memorables de la película. Resulta difícil olvidar la imagen de Max Cady entrenando en la cárcel, con esos inquietantes tatuajes diseminados por todo el cuerpo, o la escena en la que se agarra a los bajos de la furgoneta del abogado para acompañarle en su huída. Escenas todas ellas ensalzadas por la magistral música, tan terrorífica o más que la de “Psicosis”, que compusieron el tandem de profesionales Bernard Herrman y Elmer Bernstein. A destacar también la actuación de Juliette Lewis, que creo que debutaba en el mundo del cine interpretando el papel de la hija de Nick Nolte. La sensualidad que desprende en la escena del teatro, ante la presencia de Max Cady, mezclada con la inquietud que provoca en el espectador la sensación de catástrofe inminente, es una de las más conseguidas en este tipo de películas. Jessica Lange, que interpreta a la esposa de Nick Nolte, también actúa con la profesionalidad que la caracteriza, mesurada cuando tiene que serlo y aterrada cuando la película alcanza sus puntos álgidos, que son varios y muy bien dosificados.

La última película que quiero destacar en esta entrada es “Infiltrados”(2006), una impresionante muestra de saber hacer, de ese evolucionar como pez en el agua en el género de policías y ladrones, en esta ocasión irlandeses, que ha caracterizado siempre al maestro Scorsese. Protagonizada por Matt Damon y Leonardo Di Caprio, los dos infiltrados, el primero en la policía y el segundo en el grupo mafioso de Frank Costello, el verdadero gigante de toda la película, magistralmente interpretado por el siempre enorme Jack Nicholson.

Cuando Leonardo Di Caprio le dice a Frank Costello, desesperado porque percibe que los tejemanejes del mafioso van a terminar mal, que ya tiene bastante, que ya no necesita más dinero, el bueno de Frank le contesta, lento y pausado, “tampoco necesito follar, y sin embargo me encanta”. Otra de las constantes en la película, la débil frontera que separa a muchos policías de los delincuentes a los que persiguen, es también magistralmente resumida por Frank cuando dice que cuando hay una pistola de por medio, lo de menos es quien la empuñe.

Asistimos al desesperado devenir diario de los dos jóvenes protagonistas, a punto en todo momento de ser descubiertos por policías y mafiosos, y sin saber nada el uno del otro. Una angustiosa película sabiamente aderezada, como en todas las de Scorsese, por títulos musicales independientes, entre los que destaca “The departed tango”, que conforman una banda sonora difícil de olvidar.

Martin Scorsese, un director que sin duda merece un segundo especial, y probablemente un tercero, porque este mago del cine no para de trabajar. La acuarela que preside la entrada es de Carmen, que la tenía preparada desde hace bastante tiempo. Espero que las cosas se normalicen de nuevo a partir de ahora, y que sigamos disfrutando de estas entradas durante el mayor tiempo posible, yo escribiéndolas, Carmen, Juan y los amigos de Hispacuarela ilustrándolas, y vosotros leyéndolas.

domingo, 20 de abril de 2008

Rebobine, por favor



Ocurre muchas veces últimamente, lo que debería hacernos sospechar sobre el criterio a la hora de colocar las películas en la cartelera por parte de las distribuidoras. Ni siquiera recuerdo haber visto trailer alguno de "Rebobine, por favor". Vas al cine casi sin ganas, por aquello de pasar la tarde, y después de echar un vistazo, dices "bueno, Jack Black es graciosillo, esta parece la menos mala, y de lo que se trata es de echar un buen rato". Te metes en la sala más pequeña del supermegacine de tu barrio, porque la han relegado ahí. "Será porque es un bodrio", piensas. Cinco personas desperdigadas por la sala (os lo juro), y empieza la película.



Y entonces te das cuenta, a medida que avanza, que te está encantando, que te recuerda en bastantes planteamientos a "Smoke", la primera de "Clerks", y al final, incluso, a "Cinema Paradiso", pero superándolas, bajo mi humilde punto de vista, a todas ellas, porque "Rebobine, por favor", me parece una película que, sin tener ninguna pretensión, consigue de una manera originalísima un monumental homenaje al cine de todos los tiempos, al jazz, al original esfuerzo personal de toda una comunidad y a los frikis del VHS, entre los cuales me encuentro todavía.


Y por si fuera poco, "rebobine por favor" constituye también un feroz ataque contra el sistema, ese monstruo que es capaz de derribarte una esquina emblemática para construir anodinos apartamentos, o que te dicta las películas que tienes que ver y el formato en el que tienes que verlas. En ese sentido, resulta memorable la escena de Danny Glover tomando notas en el videoclub de última generación (uniforme, pocos títulos pero muchas copias, ordenadas por temas, no hacen falta conocimientos previos de cine...). Una elegante sátira, sin sobresaltos, con la calma que rezuma Glover, monumental, en todas sus apariciones.


A que me gustara la película ayudan detalles tan poco habituales como el sistema de rodaje, tipo documental, la actuación de grandes estrellas como Mía Farrow y, porqué no decirlo, incluso Sigourney Weaver,aunque a esta última te entren ganas de soltarle dos bofetadas. Las patéticas versiones "suecadas" de las películas hacían que las siete personas que ocupábamos la sala nos partiéramos literalmente de risa, aunque claro, sin que se notara mucho, porque siete personas no pueden meter mucha bulla a la hora de reírse. Risas, y lágrimas, que todo hay que decirlo, porque al final lloré como un crío, tanto o más que cuando vi "Cinema Paradiso". Menos mal que solo éramos siete, que nos quedamos además hasta el mismo final de los títulos de crédito, disfrutando de esa última joya que era la película sobre Fats Waller. Y digo menos mal, porque resulta un poco violento levantarte de ver una película y ver a un tiarrón de 110 kg de peso a tu lado llorando como una magdalena.


Resumiendo: que es una total injusticia que esta gran película pueda pasar sin pena ni gloria, a lo cual posiblemente pudiera contribuir el hecho de que Jack Black figure en el reparto. También es posible que sea un...¿como se dice?. Si, un "sleeper", y que se reconozca su grandeza con el tiempo, aunque lo dudo. Así que, lo único que puedo recomendaros es que corrais a verla, ahora que todavía está en pantalla, y que se la recomendeis al mayor número de personas posibles. Entre todos tenemos que lograr que no muera en el olvido, porque no se lo merece.


Para los que querais ver parte de las versiones "suecadas" de las películas de vuestra vida, hay una página web, que aparece en los títulos finales de crédito. Os puedo asegurar que no tiene desperdicio. La dirección es esta:


jueves, 3 de abril de 2008

Le llamaban Bogey. Humphrey Bogart



Creo que hasta ahora no le había dedicado una entrada a un actor. Directores, películas concretas y un guionista, Rafael Azcona, esa ha sido la dinámica que he seguido hasta ahora. No podía resultar de otra manera: la primera entrada dedicada a un actor, tenía que ser para el bueno de Bogey, para muchos el mejor actor cinematográfico de todos los tiempos. Y voy a hablar de el como siempre, rememorando las películas que más me han impactado de su dilatada carrera.

Resultó curioso mi acercamiento a “Casablanca”(1942). Lo hice a través de “Sueños de seductor”, de Woody Allen, ya comentada en la entrada dedicada a ese director. La cara que ponía Allen mientras veía la escena final del mítico film de Michael Curtiz era de las que despertaban la afición. A las dos semanas de ver “sueños de seductor, conseguí ver “Casablanca” en una sesión que le dedicó la Filmoteca Nacional, un curioso cine, que no sé si existe todavía, situado cerca de la Estación del Norte, en Madrid.

La película, de la que ni sus mismos autores esperaban nada, resultó ser una leyenda del séptimo arte con el paso del tiempo, mezclando una sugerente situación política, con la ciudad de Casablanca controlada por el gobierno francés de Vichy, con una imborrable historia de amor. Precisamente, la grandeza del personaje de Rick estriba en su dualidad moral, en ese tener que elegir entre la mujer que ama, Ilsa (Ingrid Bergman), o su deber como buen patriota, facilitando la huida del militante de la resistencia Víctor Laszlo (Paul Henreid). El giro final, quedándose en tierra, es uno de los momentos más emotivos del cine, pero hay otras escenas inolvidables en la película.

Una de ellas, sin duda, la escena con el pianista de color en París, cuando la relación con ILSA alcanzaba su momento álgido, o ese “tócala otra vez, Sam”, que ha pasado por méritos propios a la historia universal de las frases. Otra muy famosa es la que, justo al final, le dice al Claude Rains, que interpreta a un gendarme francés: “creo que este puede ser el comienzo de una hermosa amistad”. Al parecer, la frase no estaba incluida en el guión, y Bogart tuvo que desplazarse, un par de meses después de que acabara el rodaje, para insertarla en la película.

¿Y qué me decís del duelo de canciones en el café, con los refugiados franceses cantando a voz en grito “La marsellesa” para acallar a un grupo de nazis?. No me digáis que no os apetece, viendo eso, levantaros como con un resorte y comeros un trozo de queso de camembert o una lata de foie...Pues sabed que, en este caso, muchos de los actores que cantaban la canción eran refugiados auténticos, y que se emocionaron de verdad al cantar. Una gran película, en definitiva, que tiene que figurar en un lugar privilegiado de la videoteca de todo aficionado.

La década de los cuarenta fue la época dorada de Bogey, con títulos, todos ellos grandes, como “Sahara”, “Tener y no tener”, “El sueño eterno”, “La senda tenebrosa”, “Callejón sin salida”, “Cayo largo”, “El tesoro de Sierra Madre” o “Llamad a cualquier puerta”, todas ellas importantísimas, que no comento aquí por simples razones de espacio y para no agotaros.

En 1952 rueda “La reina de Africa” bajo la batuta de un maduro John Huston. Ya he comentado en la entrada dedicada a Eastwood que la razón para rodar en Africa no fue otra que el capricho de Huston para cazar un elefante, pero bueno, el resultado es una magnífica película, que a pesar de desarrollarse en más de un ochenta por ciento de su tiempo a bordo de una barquichuela, no defrauda en absoluto. Los increíbles registros interpretativos de Bogart se despliegan en este título con más brillantez, a mi parecer, que en ningún otro, demostrando su inmejorable capacidad para interpretar comedia. Bien es verdad que su compañera en esta película, la incomparable Katharine Hepburn como la victoriana y austera Rose, que cae a medida que avanza la película entre los brazos del dicharachero y borrachín Charlie Alnut, el personaje interpretado por Bogart.

¿Alguien puede olvidarse de la cara de auténtica mezcla de asco y miedo que pone Bogart cuando comprueba que su cuerpo está cubierto de sanguijuelas, o de la que se le queda cuando ve las botellas de ginebra flotando en el río?. Una entrañable y emotiva película, con un trasfondo bastante lejano sobre la II Guerra Mundial, en la que el barco que le da nombre es un personaje tanto o más importante que los dos pasajeros que transporta.

Me gusta “El motín del Caine”(1954), que a priori podría resultar otra película propagandística americana de la época, precisamente por el personaje que interpreta Bogart, el del paranoico capitán Queeg. Bogart no pega nada en este título. La dentífrica sonrisa de sus compañeros de reparto, el colorín, la música que se escuchaba como telón de fondo en todas las películas belicistas de la época, el triunfalismo en general que se respira en cada una de las escenas, se da de patadas con la tenebrosidad del capitán, que está a punto de perder la cabeza mientras se desarrolla una tormenta. Los amigos mantuvimos durante una temporada la costumbre de sacar del bolsillo un par de castañas o de nueces y de juguetear con ellas con la intención de hacernos los locos, del mismo modo que hacía Queeg en el juicio mientras era interrogado por el implacable José Ferrer.

Tuve la desgracia de ver esta película con rodaje Portorriqueño, lo cual no aportaba ningún atractivo al personaje de Bogart. Había que concentrarse en su interpretación y olvidarse de sus palabras, que tenían, en esta ocasión, un marcado acento chicano.

En “Sabrina”(1954), del maestro Billy Wilder, vuelve a mostrarnos sus dotes para la comedia, interpretando a Linus Larrabee, el cerebro de la familia Larrabee, que se enamora de Sabrina, Audrey Hepburn, que vuelve a casa de sus padres después de estudiar en París. Una gran comedia americana, metáfora de Cenicienta, con un torpe William Holden haciendo el papel de hermano juerguista y ligón. Linus Larrabee, el hermano serio, piedra angular de los negocios familiares, será quien finalmente se lleve el gato al agua en lo que se refiere al amor de Sabrina. Como escenas a destacar, me encantan personalmente los diálogos de Sabrina con sus padres, criados de los Larrabee (su padre, en concreto, protagoniza una escena surrealista en la que tiene que ejercer a la vez de chófer y de padre), y el emotivo final, desde la salida de Linus del imperio Larrabee hasta su llegada al barco que ha tomado Sabrina para regresar a París.

Por último, quiero hablar de la última película que protagonizó Bogart, y para mi gusto, con mucho, la mejor de todas. “Más dura será la caída”(1956), de Mark Robson, representa sin duda el ataque más duro contra las corruptelas, tejemanejes y falta de escrúpulos que rodea el mundo del boxeo. Bogart interpreta a Eddie Willis, un periodista con poco trabajo al que contrata Nick Benko (Rod Steiger, un gigante de la interpretación en esta película, a la altura, o incluso superior a veces, del mismo Bogart), un promotor de boxeo que pretende hacer una figura de Toro Moreno (Mike Lane), un descomunal pero sumamente torpe aspirante a boxeador argentino. La inutilidad para el combate del boxeador no es un problema. Nick Benko amaña todos los combates, y monta una especie de circo ambulante en el que Bogart escribe las crónicas y Toro Moreno tumba uno tras otro a sus rivales. La película, rodad en un impresionante y muy bien fotografiado blanco y negro, goza de un ritmo frenético, con continuos desplazamientos de cámara y magníficas escenas rodadas en las habitaciones de los hoteles que la comitiva recorre a lo largo de EEUU. A los que os gustó “Toro Salvaje”, de Scorsese, os recomiendo encarecidamente este título. Comprobareis con sorpresa que muchas de las escenas de combates de ese título parecen calcadas de las que figuran en “Más dura será la caída”.

El final, muy emotivo, recoge el momento en el que Bogart le da al boxeador argentino, que vuelve a su país triste y derrotado, su parte de las ganancias, y escribe el que posiblemente sea su último artículo relacionado con el boxeo.

Un año después, Bogart murió de cáncer de estómago. Un tipo entrañable, comprometido políticamente con los más débiles. Todos recordareis la famosa fotografía en la que encabezaba la marcha contra el senador McCarty, acompañado de su inseparable mujer, la bellísima Lauren Bacall, y de Danny Kaye.

No me queda más que agradecer a Carlos León, otro compañero de acuarela de Carmen, la impresionante aportación que abre esta entrada, y a Carmen la que representa, de forma también magnífica, a la pareja protagonista de “La reina de Africa”.

Hasta la próxima entrada.

viernes, 28 de marzo de 2008

Actor duro, director emotivo. Clint Eastwood


Lo sé. Soy consciente de buscarme las iras de muchos de vosotros, incluso familiares directos, por no colocar en esta entrada ningún comentario de “los puentes de Madison”, posiblemente la película más famosa, como director, de nuestro amigo Clint Eastwood, pero es que no puedo con ella, y lo siento mucho, de verdad. No me parece de recibo tener que dar explicaciones a unos hijos de algo que se hizo con total y absoluta libertad en el pasado, y eso es lo que me parece que trata de hacer ver la película, partir de una premisa que para mi ya es equivocada: coño, si Meryl Streep decidió enrrollarse con el fotógrafo, ya era mayorcita, la mujer, y sus hijos habrían hecho mejor en tratar de mejorar sus propias vidas que en cuestionar la vida de la madre, y punto pelota. Y además, me dio mucha pena del pobre Clint, allí, medio llorando en su camioneta, el pobre, con lo duro que había sido hasta entonces...

Bueno, fuera de bromas, creo que Clint Eastwood es mejor director que actor, y sobre todo de aquellas películas en las que no aparece. Me explico: cada vez que se dirige a sí mismo, se reserva un papel de tipo casi perfecto, emotivo, sincero, padrazo y todos los adjetivos en esta línea que os podáis imaginar, y con esa cara que parece tallada con formón, resulta un poco surrealista, siempre bajo mi modesta opinión, repito, interpretar ese tipo de papel.

Creo que solo existe una película, gran película, por cierto, en la que Eastwood abandona esa faceta ligeramente melosa para convertirse en un director de cine egoísta, obsesivo, frívolo y con un punto bastante marcado de soberbia. Se trata de “Cazador blanco, corazón negro”(1990). Basada en una magnífica novela de Peter Viertel, la película nos cuenta el rodaje de “La reina de Africa”, uno de los mayores éxitos de John Huston. Clint, que interpreta al director, se las ingenia para convencer a la productora correspondiente y llevarse a Africa a todo un equipo, actores incluidos, con la excusa de localizar exteriores adecuados para su película. Al parecer, John Huston montó todo ese circo con la única idea de cazar un elefante. Asistimos así a la desesperación de los actores, Humprey Bogart, Lauren Bacall, que le acompañaba, y Audrey Hepburn (muy solidamente interpretada por Marisa Berenson), que ven como, día tras día, y tras esgrimir Huston las más peregrinas excusas para no rodar esa jornada (lluvia, sol, viento o todos juntos), John Huston se escapa del campamento de rodaje para conseguir su ansiado trofeo.

Una de las cosas que más sorprende de esta película es la paciencia. La paciencia de los actores, la paciencia del equipo de rodaje, la paciencia de los guías locales, frente a una persona, John Huston, que se pasa lo que le digan los demás por sus partes más nobles. Cuesta creer que alguien tenga que soportar tantas vejaciones, tantos desplantes y tantas tonterías, en definitiva, como las que utiliza el inteligente director para alcanzar su meta. La película acaba con una tragedia, que al parecer le deja traumatizado, hasta el punto de sentarse en su silla de director y gritar, por fin, la esperada palabra: “rodando...”.

Alguien ha dicho alguna vez que “Un mundo perfecto”(1993) es probablemente la peor película de Clint Eastwood. También se ha repetido hasta la saciedad que es el mejor trabajo de Kevin Costner, así que una cosa compensa la otra. Resulta fascinante la relación establecida entre el asesino fugado, Buth Haynes (Kevin Costner) con un niño de seis años, perteneciente a una de esas extrañas familias (al parecer, no tan extrañas en los EEUU) en las que es pecado comerse una mazorca de maiz. Costner le hace vivir al niño todo lo que le robaron a el cuando tenía su edad. “Un mundo perfecto” resulta así una fábula sobre la amistad entre una persona mayor y un niño que está disfrutando como una fiera de su aventura policíaca. La sensación de peligro que se tiene desde fuera, donde todos piensan que el recluso fugado se va a cargar en cualquier momento al pobre niño, se convierte en emotividad en estado puro cuando la perja aparece en escena. También es de destacar en esta película que, aunque Clint Eastwood aparece interpretando a un policía, su papel no es ni mucho menos uno de los principales, lo cual resulta de agradecer.

“Mystic River”(1993) es una película dura. Muy dura, diría yo. Jimmy (Sean Penn), Dave (Tim Robins) y Sean (Kevin Bacon) son tres amigos de infancia que se reencuentran, empujados por las circunstancias, después del asesinato de la hija de uno de ellos, Jimmy. Sean, que es policía, es el encargado de investigar tan macabro suceso, y entra de nuevo en contacto con los otros dos. A Dave, la infancia le jugó una mala pasada. Mientras jugaba con sus otros dos amigos al béisbol en las calles de un barrio bajo de Boston, dos individuos le raptaron para mantenerle oculto durante varios días en un sórdido sótano y someterle a toda clase de vejaciones sexuales. Dave no consiguió recuperarse nunca del todo de tan brutal suceso, y esto es algo que tienen muy claro sus otros dos amigos.

Si algo me causó auténtico pavor en esta película, fue el personaje interpretado por Marcia Gay Harden, una actriz que se me estomaga desde que la vi en esta película interpretando el papel de esposa de Dave. Se puede decir sin ningún tipo de duda, que es la absurda actitud de esta mujer la que desencadena la tragedia en todo su esplendor. Una actitud enfermiza, a mi parecer, que antepone el que dirán, o esa estúpida lealtad al grupo que mantienen algunas personas por encima de los intereses de los más allegados. Sin vislumbrar siquiera el salvaje deseo de venganza de Jimmy, se atreve esta buena mujer a insinuar que su marido es culpable, basándose en indicios más que dudables, y desconfiando, por encima de todo, de la palabra de su marido. Una actitud que siempre he visto como autodestructiva y sumamente peligrosa para el que tiene la suerte de encontrarse con una personalidad así. Parecida, sin ir más lejos, a la que mantiene sin duda vuestro pasajero en el coche, cuando otro tipo se salta un stop y está a punto de embestiros. Seguro que vuestro acompañante os culpa a vosotros de la situación. ¿Me equivoco?. Pues la actitud de esta buena mujer es algo así, pero llevado al paroxismo.

“Banderas de nuestros padres” y “Cartas desde Iwo Jima”, ambas del 2006, representan sin dura el alegato contra lo absurdo de la guerra más sólido que haya visto en mucho tiempo. En la primera, se nos narra la encumbración pública de tres supuestos héroes de guerra, que lo único que han hecho ha sido colocar una bandera de recambio en lo alto de la colina más alta de la isla de Iwo Jima, porque al político de turno que visita la isla se le antoja colocar en su rancho la original, de la que no existía foto. Los tres hombres, que han visto morir a sus mejores amigos en tan absurda batalla, se ven desbordados por los acontecimientos, por cuatro comerciantes de vidas humanas a los que lo único que les importa es mostrar a los tres soldados, como si de una atracción de circo se tratara, para recaudar el dinero procedente de la venta de los bonos de guerra correspondientes. Es de destacar la actuación del soldado indio, que tiene que vivir a cada momento el desprecio por su raza, y revivir los sangrientos episodios vividos en la isla.

En “cartas desde Iwo Jima” se nos cuenta la misma batalla, pero desde el punto de vista japonés. Un equipo de arqueólogos encuentra, enterradas en la arena, cartas de soldados que participaron en el conflicto. A través de las mismas, descubrimos la personalidad del general Kuribayashi (Ken Watanabe), que conocía la forma de actuar de las fuerzas americanas debido, principalmente, a que había estudiado en una escuela militar americana durante los tiempos de paz. A través de las cartas, descubrimos el heroísmo, la camaradería, el coraje y la compasión que embargaba a los soldados japoneses que tiñeron la arena de la isla con su sangre. Recuerdo en especial la escena del izado de la famosa bandera por parte de los americanos, que en esta película se ve desde lejos, desde el punto de vista japonés, sin darle la más mínima importancia. La película parece encaminada a mostrarnos que los japoneses también eran seres humanos, y que vivían, morían, lloraban y se destripaban con la misma tristeza que las víctimas del otro lado. Cuesta sobreponerse a la visión de una carnicería que duró más de cuarenta días, con casi treinta mil muertos entre americanos y japoneses, por un trozo de tierra, en definitiva, que podría tener algún valor estratégico, pero que en ningún caso compensaba el gran derroche de vidas humanas que costó.

martes, 25 de marzo de 2008

Rafael Azcona, descanse en paz

Escuchando la radio, me he enterado de que ayer murió Rafael Azcona de un cáncer de pulmón. En el mismo noticiario, el comentarista hace alusión a una entrevista que le hicieron hace un par de años, en la que el gran guionista hablaba de la muerte: “no pienso en mi muerte, por la misma razón que esgrimían los griegos: porque cuando estoy vivo, no estoy muerto, y cuando esté muerto, no estaré vivo, por lo que resulta una tontería pensar en mi muerte. No es un tema que me preocupe. Les preocupará a los que se queden, porque les habré dejado un muerto, y a ver qué hacen con el...”.

Una típica respuesta de este hombre, maestro del humor negro, fiel pintor de la España negra que le tocó vivir en la segunda mitad del siglo veinte, tanto en sus novelas como en sus más de ochenta guiones cinematográficos, para directores tan reputados como Marco Ferreri, Carlos Saura, Fernando Trueba o el mejor Berlanga. Ochenta guiones filmados, porque se dice que los escritos y rechazados por la censura de la época superan con mucho esa cifra.

Resulta curioso nuestro acercamiento como aficionados al mundo del cine. No creo equivocarme si afirmo que lo primero que nos llama la atención son los actores, las actrices. Haced la prueba con vuestros padres, por ejemplo. Ellos, para los que el cine representaba cuatro o cinco horas de evasión, recuerdan con placer a Hedí Lamarr, Clark Gable, Gary Cooper, Greta Garbo... Es raro encontrarse una persona de más de setenta años que sea capaz de nombrar un par de directores de cine. El culto al director se produjo mucho después de esta etapa, allá por la transición, cuando empezaron a proliferar las revistas de cine más analíticas (hasta entonces existía “fotogramas” y algunas más, dedicadas en su mayor parte al culto al actor). Me estoy refiriendo, por supuesto, al aficionado medio, entre los cuales me considero. Seguro que los expertos y críticos estaban a un nivel mucho más elevado. Ya éramos capaces de discutir con nuestros padres, y de demostrarles su ignorancia porque no sabían, por ejemplo, una cosa tan sencilla como que “La reina de Africa” la había dirigido un tipo llamado John Huston.

Ocurre como con todos los órdenes de la vida. Unos se quedan en la superficie, y solo saben de hablar de actores, más o menos guapos o más o menos terroríficos. Otros profundizan un poco más, y se empollan la vida y milagros de los directores que más les gustan. Pues bien, amigos, todavía no me encontrado con nadie, ni siquiera a nivel de revistas especializadas, que le dedique una sola línea al verdadero artífice de nuestra fascinación por el séptimo arte, que no se debe a los actores, a pesar de que tengamos nuestros preferidos, o a los directores, más o menos irregulares en función de su ubicación geográfica, de su presupuesto o de su compromiso con tal o cual compañía, que le obliga de vez en cuando a realizar productos de consumo ante la necesidad de hacer caja. No, amigos. Nuestra fascinación por el cine, al menos en mi caso, viene dada por la calidad de las historias que se nos cuentan, y esa parte, la de escribir la historia, se debe a los que pasan más desapercibidos en los títulos de crédito, a los que se han colocado en estos tiempos más o menos de actualidad por al huelga que mantienen en EEUU para que se reconozcan sus derechos: a los guionistas, esos grandes desconocidos.

Rafael Azcona consiguió sobrepasar por méritos propios la barrera del anonimato impuesto por la profesión que había elegido. De la mano de Marco Ferreri, que le encargó en 1958 el vitriólico guión de la película “El pisito”, entró por la puerta grande en el mundo del cine.

Si no habéis visto “El pisito”(1958), os la recomiendo encarecidamente. Rodolfo (Jose Luis López Vázquez) quiere casarse con su novia, Petra (Mary Carrillo), pero debido a que no tienen ni un duro para comprarse un piso, decide, de común acuerdo con Petra, casarse con una anciana enferma, Doña Martina, y esperar a que muera para quedarse con todo su patrimonio. Así de sencillo. La única manera de soportar una película que reflejara la cruda realidad y las situaciones surrealistas que se podían producir en la España profunda de la época, era a través del sentido del humor, cáustico y negro, pero sentido del humor al fin y a la cabo, y Rafael Azcona andaba sobrado en ese sentido.

Mientras colaboraba para “La codorniz”, la revista satírica políticamente incorrecta de la época, a la que había entrado de la mano de su amigo Mingote, Rafael escribió, un par de años más tarde, otro de sus grandes guiones, “El cochecito”(1960), película en la que un desquiciado Don Anselmo (el siempre magnífico Pepe Isbert) quiere a toda costa comprarse un cochecito de inválido, porque unos cuantos amigos suyos pensionistas tienen uno. Resulta grotesca la pirueta imaginativa mediante la cual Rafael Azcona es capaz de mostrarnos a un grupo de inválidos que discriminan a un pobre anciano por no serlo, porque puede andar perfectamente. Ante tamaña humillación, Don Anselmo empieza a vender todas las posesiones de la familia, que no accede a su extraña petición, para comprarse un último modelo, y será capaz de llegar bastante más lejos para satisfacer su capricho. Una patética situación, resuelta de nuevo con la desbocada imaginación y sentido del humor del guionista logroñés.

Llegamos con nuestro pequeño homenaje a “El verdugo”(1963), de la que afirmo sin ninguna duda que se trata de la mejor película del cine español de todos los tiempos. Nos encontramos de nuevo ante las penurias económicas, ante la imposibilidad de comprarse un piso de Jose Luis (Nino Manfredi) y Carmen (Emma Penella). Cuando son obligados a casarse al haber sido descubiertos en la intimidad, Amadeo, verdugo de profesión, le propone a Jose Luis solicitar su plaza cuando el se jubile, con lo que tendrá derecho a un piso. Jose Luis, que trabaja en una funeraria, acaba aceptando, aunque no muy convencido. Resulta inolvidable en la que Jose Luis va a comprarse una camisa, y Carmen le pregunta la talla de cuello. “No la sé”, responde Jose Luis. Ella mira a su padre, y le pregunta “padre, ¿qué talla de cuello tiene Jose Luis?”. El veterano verdugo le echa una mirada experta al cuello de su yerno, y dice “una cuarenta y dos...”.

Memorable también la escena en las cuevas del Drach, en Mallorca, cuando la guardia civil busca a Jose Luis para su debut mientras suena la música procedente de las barcas en el estanque, o la escena en el patio de la cárcel, con un verdugo bastante más abatido que su propia víctima...Toques de humor negro, en definitiva, que cuesta comprender que burlaran la censura de la época, tal era el soterrado ataque a las bases fundamentales de una sociedad anclada en la penuria y en los valores patrios más rancios.

Quiero comentar, por último, una película magistral, injustamente olvidada en todas las filmografías de berlanga, hasta el punto de que creo que ni siquiera ha sido editada todavía en DVD. Se trata de “Vivan los novios”(1970), en la que Leo (Jose Luis López Vázquez), un empleado de banca que vive y trabaja en Burgos), se traslada a un pueblo de la Costa Brava (creo que es Sitges, pero no estoy muy seguro), acompañado de su madre, para casarse con Loli (Laly Soldevilla), dueña de una tienda de artículos de playa. Viendo el ambiente, el bueno de Leo decide que, antes de casarse, le apetece correrse una aventurilla con cualquiera de las macizas turistas que le salen a cada momento al paso. Resulta patética la forma de deambular de este buen hombre, con su traje, su corbata y sus zapatos de charol, en medio de biquinis y bañadores cortos.

Tratando de tener su aventura, acompaña a Pepito (Jose María Prada) a llevar una paella a un yate de lujo, y cuando vuelve, se encuentra con que su pobre madre ha muerto. Hecho un mar de lágrimas, y sin duda sin ser muy consciente de lo que hace, se deja llevar por Loli y su hermano, que ya han hecho todos los preparativos para la boda, y deciden entre todos meter a la muerta en una bañera con hielo hasta que acabe la boda, y después, tirarla al mar y declarar que se ha perdido.

Inolvidables y surrealistas personajes, como el sacerdote (Luis Ciges), el hermano amnésico (Manuel Aleixandre) o el jefe de Leo, que se ve envuelto en el enredo sin quererlo, conforman uno de los mejores títulos del maestro Berlanga.
No soy precisamente un enamorado del cine español de actualidad. Creo que he colocado en esta entrada cuatro títulos que considero sinceramente de lo mejorcito de nuestra cinematografía. Os sorprendería saber que películas que marcaron gran parte de nuestra transición, como “Pim, Pam Pum fuego”, “Ay, Carmela”, “Mi hija Hildegart”, “Un hombre llamado Flor de Otoño”, “El anacoreta”, “La miel” o “La escopeta nacional” se deben a su vitriólica pluma. Y antes de la transición, películas tan inquietantes como “La gran comilona”, “Tamaño natural”, “Peppermint frappe” o “Ana y los lobos”, también son de el. Podéis encontraros con Rafael Azcona a través de un libro recopilatorio que sacó Alfaguara, “Estrafalario 1”, que recogió los guiones de “El pisito” y “El cochecito”, y una de sus novelas, “Los muertos no se tocan, nene.

Angeles González Sinde, directora nacional de cinematografía, lo expresaba muy bien en una entrevista para la radio esta misma tarde. “Rafael Azcona escribía además desde la libertad, desde elegir el tema que le diera la gana. Escribía a su manera, nunca a la manera de nadie”.

Rafael Azcona, descansa en paz estés donde estés, y échate unas risas a costa de los que nos quedamos aquí, tristes y huérfanos de tu gran sentido del humor.